Por Lautaro Yankas*
Entremos en materia procurando asomarnos al mundo del Quijote y luego veamos esto del «quijotismo». En otra oportunidad intentaremos confrontar los conceptos hoy tan fustigados de «lo español» y de «hispanidad», cuyas voces se han dado a caminar por España y el Nuevo Mundo como si acabasen de entrar en su adolescencia.
El simbolismo cervantino, a diferencia de lo sucedido con otros grandes aciertos literarios, tuvo un significado casi inmediato en la España de su tiempo. Creció dentro del pueblo que lo originó, y ganó su conciencia proyectando de este modo un sendero hacia el pensamiento y hacia las reacciones inmediatas y futuras de aquel pueblo resquebrajado por agrestes y ruidosos regionalismos. El concepto de novela satírica con que se midiera al Quijote en su tiempo inicial, tuvo el valor trascendente, al par encubierto y evadido, que corresponde a un testimonio de superación social. Y si hubiésemos de buscar un parangón para el arquetipo cervantino, no caeríamos en el lugar común de oponerlo a Dante o a Goethe, sino que apuntaríamos hacia la tranquila y terrible intimidad de Hamlet, pues en uno y otro mundo de aurora y de tiniebla hallaríamos la identidad y el contraste de un realismo sin doctrina, de una fantasía emanada de la más pura esencia terrenal y una inspiración filosófica siempre erguida por encima del tiempo.
La dualidad humana del Quijote manejada como resorte nucleal de su estructura, define una filosofía, una iluminada postura en la exploración del destino individual y colectivo. De allí su signo de anticipación, de presagio. La España y el mundo de aquel tiempo viven dormitantes en esta dualidad. El Quijote la ilumina. Puede que esta filosofía como tal hoy no preocupe a nadie. Pero no ha caducado su coeficiente de verdad esencial volcada en la obra literaria integrando la unidad de creación.
Digo y repito que el complejo del mundo contemporáneo poco o nada tendría que espigar en el «ingenioso» dualismo central del Quijote; a lo más, pudiera sonreír ante el juego de contrastes, sin gran sucesión de matices, de aquella humanidad lanzada en acción descalabrante no exenta de truculencias. La desintegración del espíritu, precipitada por la neurosis del ente civilizado —urbano y cosmopolita— mucho antes de la dispersión del átomo, y la racionalización del subconsciente tras su cómoda exploración, nos obsequian un producto de uso intensivo, llamado «conciencia del ser o del hombre espectral».
El español de Madrid, de Barcelona, ciudades barridas por el vértigo del siglo, despierta cada mañana con la lengua áspera, bajo el látigo de la impaciencia, de la angustia, de los plazos inminentes. España piensa, siente, vibra a través de sus grandes ciudades; ellas concretan su acento nacional, su carácter. Viendo y oyendo al español medio se llega a pensar que olvidaron desde la escuela el Quijote, cuando era recitado bajo la férula de un maestro rebelde o distraído. Ahora viven hostigados por la conciencia de no perecer, de no ceder, siquiera sea por el valor de una «perra chica». Esta actitud ha sepultado al idealismo, no digo al ideal. ¿Qué resta del Quijote? ¿Qué de su ánima? ¿Habría que buscarla en la campiña, en la sierra árida y rocosa? Allí está el hombre con su mujer y sus mulos curvados sobre la tierra arisca, desangrada, pobre, ayudándola para que haga cuajar el fruto magro. En las tierras generosas del sur están lo mismo que en el cerro abrupto, doblegados por la necesidad, torvos, agrios, con sus voces bravías y duras. La mujer española siempre está castigando a quien la escucha: pobre de su marido o de su crío. En Córdoba, en una calleja balconada y risueña de flores, he visto a una mujer joven quitarse el zapato en la acera y golpear con él sin piedad a su hijo que se resistía a ir al colegio. Y sobre todo esto, un gran silencio, el silencio del dolor inútil, del esfuerzo vencido, y quizás, de la agonía del pensamiento. No es —así lo creo— la presencia de los muertos de la última guerra civil la que urde este suspenso. Es la vida sin excitantes, sin destino, sin mañana, la que ahoga la risa. Pienso que cualquiera que sea el porvenir humano de España, esta penumbra del alma no se desvanecerá. Diríase que el espíritu ha sellado todas sus puertas y compuertas, justamente cuando el español las necesita abiertas de par en par. Este peso sobre el alma, nos hace mirar hacia todas partes, caminar, henchir el pecho, como si temiésemos la falta del aire elemental, bajo un cielo intensamente azul.
Muchos españoles han porfiado sobre los caminos de la patria, en animosa búsqueda del espíritu del Quijote, y otros, los más, en ausentación del alma de España. ¿Es acaso, lo mismo? Sin duda, Azorín ha sido el más resuelto en esta valoración de lo específicamente español. Pero el gran escritor, antes que dejar hablar a sus personajes, describe, y al golpe de su varilla, vive el ánima de las cosas, de la naturaleza divina y de la humana. Hay mucho de estático en esta España del maestro, de inmóvil y quedo, que se llega a nuestra conciencia como un sopor. ¿Es esto España? ¿La España eterna? Irradia, asimismo, un hondo silencio, no un mutismo, sino esa imposición del espíritu y de la tierra en su perspectiva sin término, en mutua contemplación. Dice Azorín, en su prólogo de España, uno de sus últimos libros:
Algunos de estos breves ensayos han sido pensados y trasladados al papel recientemente. En ellos verá el lector como una preocupación, como una manera de ver la vida, como una tendencia. Domina esta tendencia en todo el libro.
Nos preocupa menos el color y la forma. Un ritmo eterno, escondido, de las cosas se impone a nuestro espíritu. Si somos discretos, si la experiencia no ha pasado en balde sobre nosotros, una sola actitud mental adoptaremos para el resto de nuestros días. Nos recogeremos sobre nosotros mismos, confiaremos en los demás menos que en nosotros; miraremos con un profundo respeto el misterio de la vida; comprenderemos los extravíos ajenos; y tendremos conformidad y nos resignaremos, en suma, dulcemente, sin tensión de espíritu, sin gesto trágico, ante lo irremediable.
¿Es eso la España? ¿Y el dolor y la alegría de la vida bullente? ¿Y el fragor del mundo? Veo una cisura entre la imagen del escritor y la España de nuestro tiempo. No vislumbro la fusión, sino llanuras disímiles, zonas de tiempo y de realidad discontinuas.
Las empresas intentadas por España a partir de la aparición del Quijote pudieran reflejar el derrotismo embozado en la idealidad cervantina. La mayor parte de tales afanes acaban en descalabros o los frutos, tardíos, sugieren una traición del destino a la hidalguía empeñada. La sangre y la bizarría españolas no siempre han sido recompensadas. El idealismo cervantino bien pudiera estar salvaguardado por la ascendente y la vívida realidad de América como rebrote criollo de la España heroica.
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Si los españoles no se dan respiro en la expresión viviente de las esencias de la raza. «¿No está en estas iglesias —escribe Azorín en el libro señalado—, en estos calvarios, en estas ermitas, en estos conventos, en este cielo seco, en este campo duro y raso, toda nuestra alma, todo el espíritu intenso y enérgico de nuestra raza?»; si los españoles se afanan por el reencuentro de su ánima, de ningún modo desvanecida, muchos hombres de la América criolla hemos crecido y madurado prendidos al verbo del Quijote, abrevando en su idealidad retozona, en su genio bizarro, en su simbología excitante y embriagadora como aquel vino trasegado de los cueros a las jarras en los mesones de El Toboso. Hemos trasuntado en el genio de la dualidad quijotesca, la riqueza del espíritu hispano, su alternativa inmortal, el ritmo de su temperamento, su eterno alumbramiento, su ánima insomne, siempre en afanes de empresa, dejando a la espalda las burlas y las penas. El paisaje para el hombre de América es respaldo y desafío, superado el clima tabú del primer aborigen. Existe para el chileno —señala un tipo americano— el fustazo del destino original, avizor y errabundo, que sumado a la sangre del conquistador hispano permite una postura resuelta frente al mundo. La chilenidad cabalga, pues, sin alardes, en trance de voluntad lúcida y de no equivocado optimismo sobre Rocinante y Rucio, conjugando acaso mejor que en otros tiempos el ensueño y la carne, el impulso y la mente. Hemos encontrado chilenos en los más extraños rincones de América y Europa y ese rostro entre adusto y sonriente que los distingue, no oculta la chispa de la aventura en que viven ni la malicia de su espíritu dominante y esquivo. Estos hombres queman su vitalidad por doquiera y un día regresan a su tierra más ricos de latitudes que de bolsillo, o «mueren en su ley».
El chileno deambula por caminos de la madre patria, y sin meditarlo, más bien por inspiración, anuda horizontes, a la zaga de las imágenes que encienden su cerebro y lo acosan mucho más en el día que durante el sueño. Asombra a veces esta su insistencia festiva, plena de ágil humor, como si en la vida no hubiese nada más importante. Camina cualquier día sobre la ruta del Gran Iluso, olvidándose de la búsqueda de lo español. Salta a la vista esta divergencia de mirajes, esta bifurcación espiritual y mental dada la evidencia de comunes y soberbias raíces. Un español me decía en Sevilla que «la gente de hoy tiene muchas otras cosas en que pensar; ya no se le ocurre a nadie matar las horas como antaño en bobalicadas». Ni el español ni el chileno entienden el quietismo en estos tiempos, ni el hidalgo manchego lo soportó. ¿Entonces? Acaso el americano quisiera que el español cabalgase de nuevo sobre los caminos de la Mancha; pero el español anda hoy descalabrado con sus últimos sueños, y piensa, quizás, en su destino, a diferencia de aquellos que sólo sabían beber y soltar tacos en los mesones de las ventas.
Así, pues, los unos testificando el ánima de España en esa recogida quietud de los pueblos que apuntan en una ladera o coronan un roquedal, los otros oteando el espíritu heroico y la sonrisa insomne del Gran Hidalgo, el hispano inspirado y el criollo de América, se han cruzado muchas veces en los caminos manchegos, sin reconocerse, acaso.
Un criollo, que ya en su patria las emprendía a diario contra sus propios molinos de viento y trocaba arrieros en malandrines, ha empezado a preparar en Madrid su aventura de El Toboso. Irá a pie, caminando de día y alojando en las ventas, escaso de duros, como conviene a una empresa del espíritu. Espera de este modo, siguiendo paso a paso la ruta del Gran Iluso y Gran Caballero, comulgar sin posibilidad de equívocos en el gran milagro de la verdad purificada por las penas físicas, despojada de todo cálculo y premeditación, lacras del espíritu contemporáneo. Vivirá en trance durante meses, ausente de nuestro tiempo. Pienso que este criollo, iluminado por el espectro del Gran Caballero habrá de identificarse mejor que muchos romeros con el espíritu de España, enferma y cansada, aunque no adormecida. Su oído habrá de escuchar lo que de otro modo no habría logrado comprender.
Y le sucederá lo que a otros criollos que caballeros del Quijote han perseguido una verdad fría o ardiente en esta tierra: han acabado por encontrarse a sí mismos en su dimensión americana de libres horizontes y abierto destino. Todo ello mientras sus ojos se sumergían embelesados en el cielo bullente de la España maternal, hidalga y amorosa.