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El «Quijote» en América

«Preámbulo» y «Primeros y últimos pasos»

Por Juan Uribe-Echevarría*

Preámbulo

Los pueblos de lengua española cuentan con un libro que ha logrado a través de los siglos y de las vicisitudes del acontecer histórico, una plena e ininterrumpida identificación con su destino cultural.

No existe una obra semejante en la literatura francesa ni en la rusa ni en la inglesa.

Jorge Brandes no pone más que tres nombres a la cabeza de la literatura cristiana: Shakespeare, el Dante y Cervantes. Pero no hablemos todavía de nombres, sino de esas «biblias profanas» que la suerte ha deparado a muy pocos pueblos.

Las literaturas ibéricas pueden enorgullecerse con dos de estas obras de excepción: Os Lusiadas de Camoens y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de don Miguel de Cervantes y Saavedra, aunque en su proyección moderna y de futuro ilimitado, la creación cervantina no admita comparación posible.

Hablar de Cervantes como genio universal no es el motivo específico de estas páginas. Eruditos como don Leopoldo Rius1 y el mexicano Francisco A. de Icaza,2 han precisado, con abundancia de citas, la influencia y asimilación de Cervantes en las letras europeas.

Hay un Quijote para cada época de la cultura europea a partir del siglo xvii. Existe también un Cervantes y un Quijote para ingleses, franceses, alemanes, italianos, portugueses, norteamericanos y rusos.

De Heine a J. P. Richter, Schelling, Hegel, Pfandl, Helmut Hatzfeld y Thomas Mann; de Puchkine a Dostoyewsky, Gorki y Lunacharski; de Ben Jonson a Bowle, Walter Scott, Sterne y Dickens; de Saint-Evremond a Víctor Hugo, Sismondi, Sainte-Beuve, Anatole France, J. J. Bertrand, León Gautier y Paul Hazard; de Gioberti a Carducci, Savj López, Arturo Farinelli y Benedetto Croce; de Longfellow a John Dos Passos, Rudolph Schevill y Waldo Frank; grandes novelistas, poetas, críticos, filósofos y dramaturgos probaron suerte en la incógnita cervantina o imitaron tal o cual aspecto de su obra novelesca.

Tiene razón don Emilio Vaïsse (Omer Emeth) en su ensayo Don Quijote fuera de España (Apuntes para la historia del Quijotismo).3

En tiempos de Cervantes, la España sola era el pueblo del Quijote; hoy el mundo entero pertenece al insigne Caballero de la Triste Figura. Es que Don Quijote es la «Razón Teórica» encarnada, como Sancho es la «Razón Práctica»; Kant al descubrir después de muchos trabajos a ambas «razones» nos dió la fórmula y la clave del libro de Cervantes.

Así y todo hay un Cervantes privativo del mundo hispánico.

Todo lo que en España había sido incomprensión y despego de la obra cervantina durante el siglo xvii y gran parte del xviii, se transforma a partir del primer tercio del siglo pasado en una verdadera avalancha de estudios y monografías, muchos de ellos estimulados por los homenajes de Centenarios (1905-1916) que se tributaron a Cervantes y a su obra.

A los trabajos de Vicente de los Ríos (1780), Juan Antonio Pellicer (1797-1798), Diego Clemencín (1833-9), Martín Fernández de Navarrete (1810), J. E. Hartzenbusch (1864) y Nicolás Díaz de Benjumea (1859-1880) suceden las contribuciones de Marcelino Menéndez Pelayo, Juan Valera, Américo Castro, Rodríguez Marín, Menéndez Pidal y la revisión candente y dramática de los escritores del 98 (Unamuno, Ortega y Gasset, Maeztu y Azorín).

Estas manifestaciones de fervor cervantino se producen también en América desde mediados del siglo pasado y en marcha tan ascendente como en la propia España; ya lo veremos más adelante.

Y fue creciendo un Cervantes médico, filósofo, gramático, músico, dietético, geógrafo, etc.

Don Marcelino Menéndez Pelayo alentaba la interpretación de los símbolos cervantinos y los estudios de crítica y exégesis.

Cada cual tiene derecho de admirar el Quijote a su manera, y de razonar los fundamentos de su admiración, por muy lejanos que éstos parezcan del común sentir de la crítica y aún de la letra de la obra.

Precisamente, porque el Quijote es obra de genio, y porque toda obra de genio sugiere más de lo que expresamente dice, son posibles esas interpretaciones que a nadie se le ocurre aplicar a las obras del talento reflexivo y de la medianía laboriosa.4

Pero el deporte de la ficha cervantina, con ser apasionante, contenía un sutil engaño. El crecimiento del Cervantes personal, justo y reparador, nos alejaba de su obra en lo que ella tiene de mensaje particular para sus hermanos de raza y lengua.

Don Miguel de Unamuno, cuya obra Vida de Don Quijote y Sancho (1905), ha tenido una influencia tan grande en América, reaccionó contra el fárrago de la erudición cervantina separando en forma violenta a los quijotistas de los cervantistas.

La erudición suele encubrir en España la hedionda llaga de la cobardía moral que nos tiene empozoñada el alma colectiva. Suele ser en muchos una especie de opio para aplacar y apagar anhelos y ansias; suele ser en otros un medio de esquivar el tener que pensar por cuenta propia, limitándose a exponer lo que otros han pensado.

Se han registrado por lo que respecta a nuestro libro todo género de minucias sin importancia y toda clase de insignificancias. Le han dado vueltas y más vueltas considerándolo como obra literaria, y apenas si ha habido quien se haya metido en sus entrañas…

… En vez de llegar a la poesía del Quijote, a lo verdaderamente eterno y universal de él, solemos quedarnos en su literatura, en lo que tiene de temporal y de particular.

puede haber inspiración y soplo quijotesco en un estilo y lenguaje que se aparten de los empleados por Cervantes en su libro imperecedero.

Todo consiste en separar a Cervantes del Quijote y hacer que a la plaga de los cervantófilos o cervantistas sustituya la legión sagrada de los quijotistas. Nos falta quijotismo tanto cuanto nos sobra cervantismo.

Cervantes no fue más que un instrumento para que la España del siglo xv pariese a Don Quijote…5

Unamuno al polemizar vitalizó el viejo tema al mismo tiempo que le infundía una insospechada fuerza mística y poética.

Celoso de Cervantes se apoderó de su creación mítica para recrearla y dinamizarla.

Su actitud —y esto muestra la cohesión del mundo hispano— tenía antecedentes en la posición igualmente dramática aunque cervantófila de dos escritores americanos: Urdaneta y Montalvo.

Unamuno insiste en las correspondencias españolas y americanas del Caballero de la Mancha. Quijotes son para él Ignacio de Loyola y Simón Bolívar.6

Bolívar fue uno de los más fieles adeptos del quijotismo.

(pág. 278)

Cita la anécdota recogida por Ricardo Palma según la cual Bolívar, en su lecho de muerte, habría declarado:

Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y... yo.

(pág. 278)

En el paralelo trazado por el pensador vasco, la Aldonza Lorenzo de Bolívar sería su mujer, María Teresa Rodríguez, muerta a temprana edad.

Unamuno se entusiasma con los aspectos quijotescos de la vida del Libertador y se propone trazar un paralelo plutarquiano.

Quijotesca se le ocurre la idea de promover la expedición libertadora a Cuba y Puerto Rico, para poder marchar luego a España… «si para entonces no quieren la paz los españoles…» (pág. 280).

Poesía, sí, esta es la palabra —termina Unamuno— poesía es la que rezuma de la vida de Bolívar, como es poesía lo que rezuma de la historia de la emancipación de las repúblicas hispanoamericanas.

(pág. 283)

Es sin duda esta influencia moral de Cervantes y el Quijote la de mayor importancia en la vida cultural hispanoamericana.

Desprovista de grandes pensadores filosóficos sistemáticos, la raza ha buscado su orientación en los poetas, iluminados y pensadores de tipo místico y reformista.

José Gaos, ensayista español, acierta en las características del pensamiento hispanoamericano:

Puede formularse así: una pedagogía política por la ética y más aún por la estética; una empresa educativa, o más profunda y anchamente «formativa» —creadora o reformadora, de «independencia», «constituyente», o «constitucional», de «reconstrucción», «regeneración», «renovación»— de los pueblos hispanoamericanos, por medio de la «formación» de minorías operantes sobre el pueblo y de la directa educación de éste… 7

Cervantes es un escritor divino y también un lugar común. Para todos escribió y todos usamos su nombre.

No vamos a hacer la cronología, por otra parte imposible, de todos los escritores americanos que han citado al genial novelista.

Desde hace un siglo o más, Cervantes es en América tema escolar de colegios secundarios y universitarios. También es referencia periodística y frase de discursos políticos, patrióticos o simplemente familiares. Pero también, y esto es lo que importa, una influencia moral y literaria de Cervantes y el Quijote se ha ejercitado en gran cantidad de hombres representativos del pensamiento americano. Críticos, poetas, novelistas, ensayistas, dramaturgos y reformadores sociales y políticos han hurgado con desigual éxito y tesón en la vida y en la obra del escritor complutense.

Ningún autor del Siglo de Oro caló más hondo que Cervantes en la substancia de lo español. De ahí que cada vuelco —superación o retroceso— de lo hispánico, nos procure una nueva perspectiva de enfoque artístico o moral hacia su obra.

Nuestra labor se ha reducido a recoger las noticias más seguras sobre el conocimiento que se tenía en América de la obra cervantina en los siglos xvii y xviii, y a verificar su influencia variable pero constante en el arte y el pensamiento hispanoamericanos a partir del siglo xix.

Primeros y últimos pasos de Don Quijote y Cervantes en América

Mascaradas, homenajes, celebraciones.

El ilustre cervantista don Francisco Rodríguez Marín y más tarde el norteamericano Irving A. Leonard, el argentino José Torre Revello y el peruano Guillermo Lohmann Villena, se han preocupado de investigar los primeros contactos americanos con la obra y los célebres personajes de Cervantes.

Afirmaciones como las de don Miguel Luis Amunátegui 8, el colombiano José María Vergara y Vergara9 y el argentino Vicente Gaspar Quesada 10, perdieron totalmente su valor al aparecer en 1911 la obra de Rodríguez Marín: El Quijote y Don Quijote en América11.

Prueba el erudito español que la primera edición del Quijote (Juan de la Cuesta, Madrid 1605) llegó casi intacta a nuestras tierras pese a la prohibición expresa de que pasaran obras de caballería al Nuevo Mundo.

La primera disposición conocida sobre la circulación de libros en la América-Hispana —informa Lohmann Villena12— data de 1506, cuando Fernando de Aragón ordenó que no se consintiese en La Española la venta de aquellos «profanos ni de vanidades ni de materias escandalosas».

La cédula más conocida y que ha llevado a afirmaciones erróneas a muchos historiadores americanos es de 1531, y prohíbe expresamente que lleven a América «libros de romance de historias vanas o de profanidad, como son de Amadís, e otros de esta calidad porque es mal ejercicio para los Indios, e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean». 13

El cumplimiento de esta cédula no debió ser muy estricto —afirma Torre Revello— «por cuanto por otra cédula de Valladolid, a 13 de Septiembre de 1543, se repetía el contexto de la anterior, agregando que en dicha clase de libros “profanos” aprenderían los indios vicios y costumbres malas».14

En 1555 se pidió oficialmente por los Procuradores de las Cortes de Valladolid, y casi se obtuvo, que los libros de Caballería no volvieran a editarse en la propia España. Contra esta literatura clamaban esclarecidos ingenios como Luis Vives, Alejo Venegas, Diego Gracián, Melchor Cano, Fray Luis de Granada, Benito Arias Montano, Fray Antonio de Guevara y Francisco Cervantes de Salazar, «lamentándose algunos de que en España abundara más esta peste que en otros reinos».

Pero como distingue Rodríguez Marín, las razones que aconsejaban la prohibición de que tales libros se llevaran a América, eran muy diferentes de las que se esgrimían contra los lectores peninsulares:

En España por velar la moral y las buenas costumbres, mal avenidas con las escenas fantásticas y a menudo lascivas que de ordinario se pintan en aquella casta de obras.

La expresada prohibición para el Nuevo Mundo obedecía a motivos teológicos.

Nos somos informados que de llevarse a esas partes los libros de Romanze de materias profanas y fábulas, así como los libros de Amadís y otros de esta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes; porque los indios que supieren leer, dándose a ellos, dejarán los libros de Sancta y buena doctrina y, leyéndolos de mentirosas historias, deprenderán en ellos malas costumbres y vicios y demás desto, de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin haber pasado así, podría ser que perdiesen el autoridad y crédito de la Sagrada Escritura y otros libros de Doctores, creyendo, como gente no arraigada en la fe, que todos nuestros libros eran de una autoridad y manera...

(Real Cédula de 1543)

Sin embargo, desde 1580, y con el beneplácito del Tribunal de la Inquisición, llegaban a América la mayor parte de los libros «peligrosos». Conviene recordar, además, que los reyes españoles otorgaban a sus colonias las mismas franquicias de Castilla, o sea «liberación del pago de alcabala, almojarifazgo y cualquier otro impuesto, al transporte de impresos a las tierras recién descubiertas. En análoga situación se hallaban los libros que se importasen de las Indias. El único gravamen que pesaba sobre ellos era el de “avería”, destinado a satisfacer los gastos que irrogaba el sostenimiento de los navíos que acompañaban las flotas en su navegación a Indias»15.

Rodríguez Marín revisando en el Archivo General de Indias los «Registros de ida de naos» y listines de «cajas» que llevaban libros, hace llegar a 346 el número de ejemplares de la primera edición del Quijote que partieron a América el mismo año de su aparición. Pero no se contenta con dicha cantidad y nos advierte que para tener una idea aproximada del justo envío habría que multiplicar por cuatro dicha cifra.

Lohmann Villena ha completado la investigación de Rodríguez Marín, descubriendo la lista de otros quince ejemplares, lo que hace subir la suma a la cantidad precisa de 361 Primeras Partes del Quijote.

El historiador norteamericano Irving A. Leonard16 copia un documento de dos libreros limeños —Miguel Méndez y Juan de Sarria— que acusan haber recibido, en Lima y en 1606, setenta y dos ejemplares del Quijote. Los mismos libreros hacen llegar al Cuzco otros nueve ejemplares de la solicitada obra.

Según avanzaba la décima séptima centuria —agrega Lohmann Villena— iba alterándose paulatinamente el panorama de las aficiones a determinados géneros… A la vez, nuevos autores comienzan a figurar entre los ya conocidos. Conservaron siempre su primacía Lope y Cervantes; el primero, sobre todo por sus obras dramáticas; el segundo merced al Persiles y Segismunda17

Torre Revello completa estas informaciones sobre los gustos literarios en la Colonia durante el siglo xvii:

El escritor español que tuvo más lectores…, como ya hemos dicho, fue el humanista Antonio de Nebrixa, principalmente con su Arte de la Lengua Castellana y sus Introducciones in latinam grammaticam.

En el período señalado es muy leída la Galatea de Cervantes que rivaliza con el Romancero de Pedro de Padilla y el Historiado de Lucas Rodríguez…18

En el remate de la Biblioteca de don Manuel Gayoso de Lemos, Gobernador General de la Provincia de la Louisiana (1799) que copia Irving A. Leonard19, aparece un ejemplar de Persiles y Segismunda, en dos tomos (Madrid, 1781), y también las Novelas Ejemplares (2 vols. Madrid, 1783). Tampoco falta un ejemplar de Los seis libros de Galatea (2 vols. Madrid, 1784).

El ya citado erudito americano ha completado magistralmente las investigaciones de Rodríguez Marín comprobando, en forma casi definitiva, la enorme cantidad de Novelas de Caballería que se leía en Hispano-América.20

Torre Revello en su artículo «Por qué circularon los libros de Caballería en América en el siglo xvi»21 explica esta notable afición.

Las novelas caballerescas o libros de caballería tuvieron en América en el siglo xvi y comienzos del xvii muchos más lectores que cualquier otro libro de ficción literaria, y aun que aquellos que relataban las heroicas proezas que en el Nuevo Mundo habían realizado los grandes conquistadores y caudillos.

La Inquisición no consideró digno de condenación a ninguno de aquellos libros de caballería que tan profusamente circularon en España. Este curioso hecho, apuntado por Menéndez Pelayo, es lo que permitió que en el siglo xvi se inundara de tales libros todo el continente americano, entregándose afanosos a la lectura los férreos conquistadores, que soñaban con ciudades encantadas y con príncipes fabulosos, cuyos brillantes espejismos les alentaba en su largo andar por todo nuestro hemisferio.

En la segunda parte de su libro, Rodríguez Marín insiste en la resonancia popular que alcanzaron los dos personajes simbólicos de la creación cervantina, en las fiestas y mascaradas coloniales.

Los dones plásticos de la inmortal pareja ya habían sido aprovechados en España y en otros países europeos, en celebraciones religiosas o de carácter bufo.

El primer cronista de estas fiestas fue el portugués Thomé Pinheiro da Veiga, autor de Memorias de Valladolid, quien nos relata una fiesta ocurrida el 1.º de Junio de 1605 con motivo del nacimiento del príncipe Don Felipe y en la que aparecía Don Quijote montado en un caballo de cochero y Sancho Panza «con anteojos en señal de autoridad, y en la mitad del pecho una venera de hábito de Christo».

Don Leopoldo Rius en su Bibliografía Crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra (tomo 2) recoge cinco fiestas de esta naturaleza celebradas entre los años 1614 y 1618.

Notable fue el hallazgo de la Infanta Doña Paz de Borbón según el cual Don Quijote intervino convocando a un torneo en Heidelberg (1613), para solemnizar la entrada a la ciudad del elector Federico V del Palatinado y de Isabel Stuart de Inglaterra. El cartel de desafío aparecía escrito en alemán.

La intervención de los personajes cervantinos en fiestas alegóricas americanas se hacía, por todos los motivos ya estudiados, inevitable.

En una máscara que los artífices del gremio de la platería de México y devotos del glorioso San Isidro el Labrador de Madrid, hicieron en honra de su gloriosa beatificación y compuesta por Juan Rodríguez Abril, platero, el 24 de Enero de 1621, aparecen «Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el Caballero del Febo y su hermano más viejo y moderno, Don Quijote de la Mancha, a quien acompañaban Melia la Encantadora, Urganda la Desconocida, Sancho Panza y Dulcinea del Toboso».

El corregidor del partido de Parinacocha (Perú), por la nueva del proveimiento de Virrey en la persona del Marqués de Montes Claros celebró en la ciudad de Paussa «una sortija» o juego de gente militar, con gran aparato, en Octubre o Noviembre de 1607. En dicha fiesta actuaron, entre otros, el Caballero de la Ardiente Espada, el Caballero Antártico de Luzissor, el Dudado Furibundo, el Caballero de la Selva, el de la Escura Cueva, el de la Triste Figura, don Quijote de la Mancha, acompañado del cura, el barbero, la infante Micomicona, Sancho Panza y hasta el yelmo de Mambrino.

De los premios «de letra, gala e invención», Don Quijote obtuvo el último consistente en 4 varas de raso morado que el Caballero entregó a Sancho para que lo pusiera a los pies de la sin par Dulcinea.

Quién había de pensar —concluye Rodríguez Marín— que allí o muy cerca de donde Cervantes quiso ir (la ciudad de La Paz en el Alto Perú), su representante moral, su doble espiritual, Don Quijote de la Mancha y su escudero, en vida de su autor regocijarían a españoles y americanos. Pero las relaciones del Perú colonial y Cervantes van más allá. Según el investigador peruano don Raúl Porras Barrenechea 22, el gobernador y pacificador del Perú, don Cristóbal Vaca de Castro, pudo servir de modelo en algunos rasgos de Sancho Panza al gobernar éste la Isla Barataria. Agrega Porras Barrenechea que la célebre carta de Sancho a su mujer podría considerarse como una réplica o imitación bufa de la carta que dirigiera Vaca de Castro a la suya, y que era conocida y ridiculizada en Valladolid en la época en que Cervantes vivía en dicha ciudad.

Don José Toribio Medina en su obra Cervantes en las Letras Chilenas (Notas Bibliográficas) 23, sostiene que el Quijote no se leyó en Chile antes de los últimos años del siglo xviii. Se basa el erudito chileno en los índices de las librerías de oidores, abogados o eclesiásticos. Cita Medina los estudios de Thayer Ojeda sobre bibliotecas coloniales en que aparece un ejemplar del Quijote que perteneció a don Francisco Ruiz de Berecedo, a quien se debió la iniciativa de que se fundara en Santiago una Universidad Real y que murió en 1746.

¡Un ejemplar del Quijote en la capital de Chile a mediados del siglo xviii! ¡Qué testimonio más elocuente de lo que afirmamos! y es necesario que pasen unos veinte años más para encontrar inventariados entre los libros de don José Valeriano de Ahumada, después de su muerte, ocurrida por los años de 1770, otros dos ejemplares del Ingenioso Hidalgo; uno de ellos en edición de cuatro tomos en 4.º, y el segundo, un tomo 4.º de otro en 8.º Buen indicio este último de que su dueño tenía prestados los restantes…

(Págs. 9 y 10.)

En 1858 —informa Medina— ya las cosas habían cambiado con haberse establecido entre nosotros un librero español, don Santos Tornero, de tal modo que en el catálogo suyo de 1858 se ofrecían al público no menos de ocho ediciones diversas del gran libro…

A las investigaciones precisas que hemos citado, debemos agregar algunas que no alcanzan el mismo rigor científico.

Don Ricardo Palma en su estudio «Sobre el Quijote en América» (dedicado a Miguel de Unamuno) afirma

que al doctor José Dávila Condemarín, cervantófilo fervoroso le oyó decir que el primer ejemplar del Quijote lo recibió el virrey del Perú don Gaspar de Zúñiga Acevedo y Fonseca, a fines de 1605.24

Palma nos habla también del ejemplar con dedicatoria que poseía Juan de Avendaño, amigo de Cervantes. Por último informa el tradicionista peruano, que los mexicanos, en el siglo xix, dieron a la estampa seis ediciones de la novela.

La primera edición se hizo en 1833 por la Imprenta de Mariana Arévalo. La segunda, salió a luz en 1842. Edición de gran valor bibliográfico que lleva el retrato de Cervantes. En 1853 el impresor Blanquel publicó la tercera edición; dos tomos en cuarto. La cuarta edición se hizo en los años de 1868 y 1869 por la Imprenta de la Viuda Segura. En 1877, don Ireneo Paz, director y propietario del Diario La Patria, dió a luz la quinta edición en cuatro volúmenes. La novela apareció como folletín en aquel diario. En 1900 salió a luz la sexta edición con espléndidos grabados.

Recuerda también Palma que la única edición de Sudamérica en que se ha conmemorado el Tercer Centenario de la aparición del Quijote (1905) se hizo en La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, con prólogo del bibliotecario don Luis Ricardo Fors, español de origen.

Es de algún interés la obra del mexicano Luis González Obregón, México viejo y anecdótico, libro en el que aparecen noticias sobre el Quijote («De como vino a México don Quijote», «Una Tradición sobre el Quijote»).25

A partir de fines del siglo xix y con mayor impulso desde 1905, se han sucedido los homenajes y celebraciones cervantinas, en España y América.

De la mascarada irreverente hemos llegado por etapas al estudio respetuoso y a la exaltación lírica auténtica o simulada.

En el apéndice bibliográfico que damos a continuación podrá el lector completar algunas noticias al respecto.

  • (1) Bibliografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes, Madrid-Barcelona, 1895-1904 (3 vols.). volver
  • (2) El Quijote durante tres siglos. Renacimiento. Madrid, 1918. volver
  • (3)El Mercurio, 26 de Septiembre de 1908. volver
  • (4) Discurso pronunciado en la Real Academia Española (29 de mayo de 1904). volver
  • (5) Sobre la lectura e interpretación del Quijote. Ensayos, Tomo V. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Madrid 1917. (Este ensayo fue escrito en abril de 1905). volver
  • (6) Soliloquios y Conversaciones. Biblioteca Renacimiento. Madrid, 1912. volver
  • (7) Cuadernos Americanos, N.º 2. Marzo-Abril de 1943. vol. VIII. volver
  • (8) «…los hispanoamericanos no podían leer poesías, novelas o cualquier otro género literario de entretenimientos. Según lo establecido por la ley los colonos no hubieran podido gozar del deleite ofrecido por el Quijote o las obras teatrales de Calderón y Lope de Vega». («Los precursores de la Independencia»). volver
  • (9) «Ningún libro, si se exceptúan los de un determinado género llegaba a estas colonias tan celosamente vigiladas. Pretendían convertirnos en ermitaños y nos hicieron revolucionarios». (Historia de la Literatura en Nueva Granada). volver
  • (10) «…estas obras literarias (las de lectura recreativa) constituían, sin embargo, una gran parte de la literatura contemporánea de la madre patria en el momento en que se publicó este decreto, el que proscribía las novelas de caballería, por lo cual se evidencia que tal prohibición equivalía a despojar absolutamente a los sudamericanos de material de lectura». (La Vida Intelectual en la América Española durante los siglos xvi, xvii y xviii). volver
  • (11) Librería de los sucesores de Hernando. Madrid 1911. volver
  • (12) «Los Libros Españoles en Indias». Ver Revista Arbor N.º 6, Madrid 1944. volver
  • (13) Real Célula del 4 de Abril de 1531, expedida en Ocaña. volver
  • (14) El Libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación Española. Buenos Aires. Casa Jacobo Peusser. 1940. volver
  • (15) Lohmann Villena. Trabajo citado, págs. 230-231. volver
  • (16) «Don Quixote and the book trade in Lima. 1606» (Reprinted from Hispanic Review, vol.VIII N.º 4. October, 1940, págs. 294-295). volver
  • (17) Estudio citado. Pág. 224. volver
  • (18) El Libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación española. (Casa Jacobo Peusser. Buenos Aires, 1940). volver
  • (19) «A frontier Library, 1799». Reprinted from the Hispanic American Historical Review, volume XXIII,  N.º 1, February, 1943. volver
  • (20) Romances of Chivalry in the Spanish Indies. University of California Press. Berkeley, California, 1939. volver
  • (21) La Prensa. Buenos Aires, Suplemento Literario del 27 de Agosto de 1939. volver
  • (22) «Cervantes y el Perú». Aparece en Arbor N.º 9 (Revista General del Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Tomo V. Madrid, Mayo-Junio de 1945. volver
  • (23) Imprenta Universitaria. Santiago, 1923. volver
  • (24) Mis últimas Tradiciones Peruanas y Cachivachería. Casa Editorial Maucci, Barcelona, 1906. volver
  • (25) Rafael Eliodoro Valle, se preocupa del tema en dos artículos: «El Ingenioso Hidalgo en México» (Revista Cervantes). Habana, Febrero de 1939. Año XIV. N.º 2. «¿Cuándo llegó a México Don Quijote?» Habana, Abril de 1939. N.º 4. volver
  • (*) Tomado de Cervantes en las letras hispanoamericanas (Antología y Crítica). Santiago de Chile: Ediciones de la Universidad de Chile, 1949. 11-15 y 17-24, respectivamente. volver
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