Por Maurice W. Sullivan*
El estudio de la llegada, la influencia y el aprecio de la obra de Cervantes en Chile no es más que una parte del estudio de los mismos temas en toda la América hispana, dada la comunidad de influencia literaria durante toda la época colonial. Sin embargo, siempre se pueden señalar algunas diferencias o particularidades.
El famoso cervantista Rodríguez Marín fue el primero que se orientó hacia trabajos en este sentido. Su folleto El «Quijote» y Don Quijote en América, publicado en 1911, estudiaba tanto la difusión del libro cervantino como la influencia ejercida posteriormente. Otros trabajos han venido a ampliar, completar o, simplemente, repetir sus conclusiones. De ellos, nos son conocidos los siguientes: El «Quijote» durante tres siglos, de Francisco A. de Icaza; Don Quixote and the book trade in Lima, de Irving A. Leonard, en Hispanic Review, vol. VIII, núm. 4, octubre de 1940; El libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación española, de José Torre Revello; Los libros españoles en Indias, de Lohman Villena, en Arbor, número 6, Madrid, 1944; «Don Quijote en Indias…», de Santiago Magariños, en su obra Quijotes de España, Cultura Hispánica, Madrid, 1951; Books of the Brave, Don Quixote and the book trade in Lima, 1606, y Romances of Chivalry in the Spanish Indies, 1939, del citado Irving A. Leonard.
Todos ellos coinciden en señalar, siguiendo el descubrimiento de Rodríguez Marín, que la primera edición del inmortal libro, salida de los talleres de Juan de la Cuesta en 1605, pasó casi intacta a tierras americanas, derramándose posteriormente por las regiones virreinales, encontrándose huellas del paso de las siguientes ediciones y de las demás novelas cervantinas en registros de naos, librerías, etc., para atestiguar que en las bibliotecas y la lectura de los pobladores de América ocuparon lugar destacado las obras de Miguel de Cervantes.
A continuación veremos la parte que corresponde a Chile en esta difusión y estimación.
El primer síntoma aparece en la existencia de bibliografía particular, correspondiente a esta visión general para toda América. Si Rodríguez Marín, el cervantista español, abrió el anterior camino, un cervantista chileno, José Toribio Medina, inició el de los ensayos parciales sobre la fortuna cervantina en su país. En 1923 publicó Cervantes en las letras chilenas, que puede unirse a los Apuntes para una bibliografía chilena sobre Cervantes en Chile, de Leonardo Eliz, aparecido en 1916, y cuyos datos amplía notablemente. Mayor extensión abarca el libro de Juan Uribe Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Santiago, 1949), que si se refiere a otros países es especialmente valioso en cuanto a Chile, y al que aún se añade algún dato en el artículo, posterior, de Julio Molina, «Cervantes en Chile», en el número especial de Atenea, número 268, Santiago, 1947. Por nuestra parte, hemos podido aportar algún nuevo dato gracias a los fondos de la Biblioteca Nacional de Madrid y a la Sección de Revistas del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo.
Los testimonios de los diversos autores citados más arriba están de acuerdo en que Chile no puede ofrecer la prioridad en la lectura y aprecio de los textos cervantinos que otros países de América se disputan. Toribio Medina afirmaba que hasta finales del siglo xviii no se leyó allí el Quijote, basándose en la ausencia en los índices de librerías de eclesiásticos, oidores, etc., apareciendo por primera vez registrado un ejemplar en 1746, en manos de Francisco Ruiz de Berecedo, que falleció ese año, encontrándose dos más en 1770.
Comprendemos que el investigador no puede operar más que con datos positivos, pero tampoco puede excluirse de modo rotundo el conocimiento anterior de una obra porque no haya quedado ningún testimonio. De todos modos, es indudable la menor difusión cervantina en Chile que en otros lugares, lo que es fácil comprender por la diferencia del nivel cultural y de vida de la colonia chilena con la de las cortes virreinales.
Sin embargo, Chile parece estar decidido a resarcirse de este retraso. En 1858 tenemos el documento de un librero, Santos Tornero, que ofrecía al público hasta ocho ediciones distintas, y él mismo realiza una edición abreviada para ser puesta en manos de los niños. Desde entonces la influencia y aprecio de la obra cervantina es cada vez mayor, pudiéndose afirmar, con palabras de Uribe Echevarría, que «desde hace un siglo o más, Cervantes es en América tema escolar de colegios secundarios y universitarios. También es referencia periodística y frase de discursos políticos, patrióticos o simplemente familiares. Pero también, y esto es lo que importa, una influencia moral y literaria de Cervantes y el Quijote se ha ejercitado en gran cantidad de hombres representativos del pensamiento americano. Críticos, poetas, ensayistas, dramaturgos y reformadores sociales y políticos han hurgado con desigual éxito y tesón en la vida y en la obra del escritor complutense» (Cervantes en las letras hispano-americanas). El mismo autor insiste en que si en el comienzo de la literatura chilena la influencia de Cervantes ha sido menor que la de Góngora y Quevedo, en cambio su persistencia ha sido más tenaz y continuada, llegando a nuestros días y sin mostrar síntoma de ceder.
Para una mejor distribución de nuestro estudio hemos considerado los siguientes apartados, correspondientes a diversas formas de manifestarse la influencia cervantina: Obras directamente imitadas o inspiradas por Cervantes; Obras en que puede advertirse filiación cervantina; Poemas dedicados a Cervantes, su obra o sus personajes; Estudios críticos, y Conmemoraciones.
Gracias a la tarea investigadora emprendida por Uribe Echevarría y a su afán difusor, tenemos abundantes noticias del costumbrista chileno Antonio Espiñeira, que no hay duda fue un denodado cervantista, lector muchas veces del Quijote y otras obras del Príncipe de los Ingenios hasta llegar a compenetrarse con sus personajes, que utilizó en creaciones propias.
Vivió de 1855 a 1907, y con motivo del doscientos sesenta y dos aniversario de la muerte de Cervantes, en 1878, escribió una fantasía en prosa que tituló Alboroto en el cotarro. En ella imita el estilo cervantino con bastante acierto y ofrece como motivo la llegada al Parnaso del manco de Lepanto, al que siguen varios de sus hijos —Don Quijote, Sancho Panza, el Licenciado Vidriera, el Amante liberal, el Curioso impertinente, Persiles, Galatea, etc.—, provocándose gran revuelo entre los que se hallan allí, y son nada menos que Garcilaso y Fray Luis de León, entre otros.
Esta especie de juego, que consiste en cumplir el homenaje demostrando la compenetración con Cervantes, no fue la única cosa que nos interesa de Espiñeira. Una obra dramática, Martirios de amor, se publicó en 1882, aunque no lograse saltar a las tablas hasta cinco años más tarde, y el argumento es totalmente cervantino. Se trata de escenificar, al modo del teatro histórico romántico, el famoso episodio de la muerte de Gaspar de Ezpeleta en Valladolid, que vino a constituir una de las muchas desventuras que pasó el ingenioso escritor.
La prosa y el verso se entremezclan para animar la construcción zorrillesca del drama en que el caballero asesinado ama a la hija de Cervantes y es muerto por su rival, el duque de Béjar, concluyendo ella por entrar en un convento.
El propio Cervantes suministró las fuentes de una directísima inspiración de otra obra de Espiñeira, con Los tratos de Argel y la Historia del cautivo, incluida en el Quijote. Cervantes en Argel se titula el drama del costumbrista chileno, que se publicó en 1886, y en donde el verso, por sí solo, llena los cinco actos. Toribio Medina afirma que se documentó en la Vida de Cervantes, de Fernández de Navarrete, y la Topografía e historia de Argel, de Diego de Haedo. No es nada extraño que sea cierta tal rebusca de datos, porque la obra abunda en peripecias hasta el punto de que Uribe la califica de «serial en versos». Los amores de Cervantes con la hija del bajá, los proyectos de fuga, las persecuciones de los soldados turcos, la solución final, cuando en el peor momento aparece una nave española, todo ello da al drama un sentido romántico lleno de acción, propio ya de los folletines de la segunda mitad del siglo.
Con todo, no es lo más valioso de Espiñeira su «pastiche» estilístico ni la utilización de argumentos cervantinos, sino la compenetración con su maestro. Se trata de la que se considera su obra «más cervantina», que no lo parece ni por el título ni a una mirada superficial: es la comedia-sainete Chincol en Sartén.
Es un tema puramente propio que se desarrolla entre pícaros chilenos: el pícaro Sartén, roto y bufón, payador que compite y es vencido por otro payador, Chincol. No se puede señalar en ella fácil copia, aunque aparecen recuerdos de La elección de los alcaldes de Daganzo y Pedro de Urdemalas, en su comienzo. El cervantismo está diluido en la concepción y desarrollo del sainete. Uribe ha sintetizado esta cristalización de lo cervantino en esta pieza: «…con ser muy chilena, es la de un lector consumado del teatro de Cervantes…; es indudable que en el nombre, dibujo de los personajes y también en el ambiente de picardía sana en que se mueven, supo Espiñeira convertir en oro nacional las mejores cualidades del teatro cómico de don Miguel de Cervantes» («Cervantes en la obra de Antonio Espiñeira», en Atenea, núm. 268).
Otro autor que utilizó sus lecturas cervantinas en la propia obra es Juan Rafael Allende (1850-1909), autor de una novela picaresca de intención satírica, Memorias de un perro escritas por su propia pata, obra de gran importancia para la consideración de la picaresca americana, donde se da la «más evidente y lograda asimilación de ciertas facetas del espíritu de Cervantes en toda nuestra literatura» (Uribe, op. cit.).
Otra historia de pícaros es la que José Luis Fermandois firmó con el seudónimo «Jotavé», Diablofuerte (La historia de un suplementero), cuyo protagonista parece pariente de Rinconete o Cortadillo, tanto como algunos párrafos de la novela recuerdan otros de la de Cervantes, hasta el punto de que Guillermo Rojas Carrasco, en su ensayo La novela picaresca en Chile (Santiago, 1936), opina que es una «imitación servil y afectada de los clásicos, o quizás sólo del Quijote». Desde luego, además del tema y el estilo encontramos una indudable reminiscencia cervantina cuando parodia:
Y la verdad fue que el paco
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
Egidio Poblete (1860-1940) figura entre los que han querido dar una continuación al Quijote, adaptando su admiración por la creación cervantina a sus propósitos literarios o políticos. Su Don Quijote en Chile supone la existencia del Ingenioso Hidalgo en sus días, interviniendo en las costumbres, que de este modo son satirizadas. (Se publicó en Chile Ilustrado, núm. 34, mayo de 1905).
Parecido propósito fue el de Juan Barros en El zapato chino, donde hace aparecer a Cervantes visitando el Colegio de los Jesuitas de Santiago, satirizando la enseñanza de la literatura española que en él se hacía.
Otra continuación del Quijote es la que ha escrito el historiador chileno Julio Alemparte, aún inédita, pero de la que hay testimonios. Uribe se refiere a ella en su libro 1, y aquí, en Madrid, nos comunica Jorge Campos haber asistido a su lectura. Es un capítulo cervantino que habría que intercalar entre los que tienen lugar en casa de los Duques, en el Quijote, y se supone transcurre en él la única aventura amorosa del Ingenioso Hidalgo. Un filtro, que una dueña le hace tomar, despierta en él apetitos carnales, y el atrevido estilo del pasaje central se disuelve en un suave humor, muy a propósito de la obra imitada. La ficción se presenta como resultado del hallazgo de tal capítulo en un manuscrito existente en un archivo toledano, dentro de un cofrecillo.
El afamado escritor Mariano Latorre (n. 1886), uno de los más importantes cultivadores actuales de la prosa chilena, elogiado tanto por sus descripciones paisajísticas como por la creación de tipos, demuestra en su formación una influencia de los libros de Cervantes que viene a reflejarse en varias de sus obras, a pesar de lo original de su creación.
Uno de sus primeros trabajos, Los dos molinos, que apareció en 1918 en la revista argentina Plus Ultra, es declaradamente cervantino. Después, en algunas de sus novelas encontramos huellas también directas: en Zurzulita —que figura entre sus más elogiadas producciones— hay un tipo, Pantaleón Letelier, que, buscando unos leones sólo existentes en su imaginación, se retrata quijotesco. También Juan Sapo, personaje que si no protagoniza ninguna novela aparece con frecuencia en sus cuentos —Una astucia de Juan Sapo, Sangre de cristiano, El zorreador burlado (pueden verse en Hombres y zorros)—, es de filiación semejante, siendo aquí el escudero y no el caballero quien le sirvió de patrón. La vida apicarada y la contaminación con un medio delincuente son los elementos que separan a Juan Sapo de su antepasado Sancho Panza.
Apoteosis de Cervantes en el Parnaso es el título de una obra de Leonardo Eliz (n. 1861), «pastiche» cervantino que puede considerarse como una ampliación de la idea que utilizara Espiñeira para su comedia asainetada Alboroto en el cotarro, de que ya hemos hablado anteriormente. La utilización de textos de los mismos escritores y poetas que aparecen en ella hace que la semejanza con los escritos de su época sea mayor; pero también contribuye a dar irregularidad a su estilo. Quienes rodean a Cervantes e intervienen en la acción son Fray Luis de León y Garcilaso, formando el Parnaso un grupo que va descendiendo de categoría para dar entrada a genios hispánicos y valores de la literatura chilena: Píndaro, Safo, Virgilio, Dante, Petrarca, Milton, Goethe, Heine, Klopstock, Byron, Víctor Hugo, Mistral, Olmedo, Heredia, Pombo, Eusebio Lillo, José Antonio Soffía y Eduardo de la Barra.
También de inspiración directa había de ser una obra de la que no tenemos más noticia de la que nos aporta Uribe en su libro varias veces citado, Don Quijote pasa, de C. Sos Gantreau, «A propósito en un acto, dividido en un cuadro», que tiene como motivo la escenificación de la derrota de Don Quijote. Análogo sentido tendría otra obra de la que las noticias son aún menos concretas. Ignoramos el título, y sólo se conserva de ella la referencia de que «hace unos treinta años, y en el Politeama (hoy Estadio Chile), se estrenó una zarzuela de Tomás Gatica Martínez en la que intervenían Don Quijote y Sancho».
Hasta aquí las imitaciones directas de estilo, las continuaciones al Quijote, los aprovechamientos de lo cervantino para servir a la literatura o la política chilena. Sólo ellas colocan este país entre los primeros en cuanto a influencia y estimación. Nos queda ahora ver, y eso es más difícil de llevar a un agotamiento del tema, todas aquellas obras y autores en que, sin propósito de adaptar tipos o situaciones, ni de imitar el lenguaje de Cervantes, es patente en sus autores la lectura y la estimación del ilustre escritor.
En primer lugar, entre las novelas en que se discute una filiación cervantina hay que citar la de Víctor Torres Arce, Las aventuras de un pije, «novela de costumbres por Pedro de Urdemales» (sic), que apareció en 1871, y donde el pije o catrín —lechuguino, dirían en España— que aparece en el título, es un tipo nacional al modo como lo son en Méjico las creaciones de Fernández de Lizardi, cuyo parentesco ya ha sido señalado. Para Uribe, lo que predomina en el libro es una influencia de la picaresca hispánica, con su sintaxis castellana, de período largo, de antecedentes tanto cervantinos como de cualquier otro contemporáneo. No opina así Rojas Carrasco en su estudio ya citado, que ha encontrado y señala giros netamente cervantinos.
La misma postura desapasionada adopta Uribe al enjuiciar la obra del costumbrista Daniel Barros Gresz (1834-1896), especialmente su novela El huérfano, sátira política contra el gobierno de Diego Portales. Cree que nada tiene el libro de quijotesco, y que no ha sido Don Quijote el modelo usado para su personaje central. Frente a esta opinión está la más corriente y exagerada, que califica ésta y otras obras del mismo autor con la sencilla y rotunda manera que lo hace Luis Alberto Sánchez en su Nueva Historia de la Literatura Hispanoamericana («…publicó dos libros cervantescos…» ). Fue Domingo Amunátegui Solar quien advirtió rasgos de semejanza con Don Quijote en los de Simpliciano Tragaderas, que protagoniza El huérfano.
Limitándonos al eclecticismo de Uribe, hay en las peripecias del personaje, cuando le nombran gobernador, bastantes que recuerdan las de Sancho Panza en análogo trance.
En La Academia Político-Literaria (novela de costumbres políticas) existe una gruñona doña Nicolasa que utiliza los refranes como medio de expresión, del mismo modo que lo hacía Sancho, hasta llegar a parecer una variante femenina del mismo tipo literario.
Primeras aventuras del Maravilloso Perro Cuatro Remos (Santiago, 1888) es, a primera impresión, una variante, ampliada, del Coloquio de los Perros; mas a juzgar por lo que el autor mismo nos cuenta, se basó en acontecimientos reales y partió de la realidad para su ficción. Si no puede hablarse de imitación declarada, sí de utilización de lo verdadero para servir a un molde literario que le era grato. Tan grato como nos lo demuestran estas diversas influencias cervantinas, que no permiten afirmar su directa imitación, pero sí la huella dejada en él por una admirable lectura.
Más remoto es el antecedente cervantino en Lances de Nochebuena, de Moisés Vargas (1843-1898), que apareció en 1865. Sabemos por Juan Uribe que el novelista chileno Manuel Rojas «hace recuerdos del Quijote en una novela en preparación», y se sabe de la existencia de un libro, hoy de gran rareza, de José Luis Fermandois, Historia de Pedro de Urdemales, donde al recuerdo de Cervantes se une el de la primera picaresca.
El poema ha sido frecuentemente vehículo de expresión para la admiración o el homenaje al que fuera llamado Príncipe de los Ingenios. En todas las conmemoraciones hay una parte poética, no siempre recogida en revistas o publicaciones. Vamos a hacer relación de las llegadas a nuestro conocimiento:
Reunimos en este apartado cuantos trabajos tienen como motivo un tema cervantino, ya se trate de ensayos interpretando un pasaje u obra, ya de consideraciones más generales, o de recopilaciones bibliográficas, descendiendo hasta el artículo periodístico, siempre que haya llegado a nuestro conocimiento de manera directa o en fuente de toda garantía.
Los repertorios chilenos suelen iniciar su recuento de cervantistas con las páginas que el gran patriarca de su historiografía, Diego Barros Arana, le dedica en sus Elementos de Literatura (1869), donde su estudio abarca ocho páginas, con juicios personales, en que le defiende con ardor de supuestas servidumbres a temas o escritores de la clasicidad antigua.
Tras él, el primer cervantista definido claramente como tal es Enrique del Solar (1844-1893), que publicó un análisis de Cervantes, poeta, en La Estrella de Chile, del 23 de junio de 1872, considerándole gran lírico, aunque acusándole de algunos defectos de versificación.
Cervantista de mayor producción es Enrique Nercasseau y Morán (1855-1925), organizador del homenaje de 1878, que reseñamos en su lugar correspondiente. El tipo de sus estudios puede parangonarse al que nos es conocido por Clemencín. Hemos logrado recoger las siguientes referencias:
Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886), «En la Mancha», donde relata un viaje realizado por las tierras del Quijote, en Aniversario CCLXII, ya citado, 1878.
Idéntico itinerario ocupó, poco después, páginas del libro de Rafael Sanhueza Lizardi, Viaje en España, 1886.
De Pedro Nolasco Cruz nos dice Uribe, sin citar dónde, que hizo un estudio comparativo de Cervantes y Quevedo. Pedro Pablo Figueroa (1857-1909), en Los Homeros de la Risa, le dedica importante espacio.
El cervantismo de Antonio Bórquez Solar quedó ya patente al citar sus sonetos, pero no se limitó a este aspecto en su devoción por el Manco de Lepanto. Se cuenta que en su labor educadora era tal el afecto hacia lo cervantino, que obligaba a sus alumnos a aprender de memoria fragmentos del Quijote. Su conferencia Del dolor del Quijote es comparada por Uribe con El sentimiento trágico de la vida, de Unamuno. Fue pronunciada en 1905, en ocasión del centenario, y editada el mismo año. En 1918 publicó en El Mercurio (21 de julio) «El Quijote terraconense. El famoso Quijote constituye el más famoso trabacuentas de la historia literaria».
Y hemos llegado al más famoso e importante de los cervantistas chilenos, que ya tuvimos ocasión de citar al comienzo de nuestro trabajo: José Toribio Medina. De él hemos anotado los siguientes títulos:
Amanda Labarca Hubertson tiene un capítulo, «La sombra de Don Quijote», en su libro Impresiones de juventud, donde estudia la participación de los modernistas en la estimación del Quijote.
Luis Orrego Luco, «El centenario de Don Quijote», Chile Ilustrado, número 34, de 1905. Opina debe comenzarse a leer en primavera para concluirlo al llegar el otoño, correspondiendo este tiempo a la etapa vital del protagonista.
Juan Barros, «Castigat Ridendo Mores (Ringorrangos) —En torno a Cervantes y Don Quijote—», Chile Ilustrado, mayo 1905.
M. Antonio Román, «La lengua del Quijote y la de Chile», en Homenaje a Cervantes, Santiago de Chile, 1916.
Del mismo, «Vida y obras de Cervantes», en igual lugar.
Julio Vicuña Cifuentes ha dejado importantes aportaciones cervantistas en las «Cartas-prólogo» que preceden a los libros de Toribio Medina, El disfrazado autor del Quijote…, La Tía Fingida… y amplia recensión de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, en Studium, Santiago de Chile, 1927. También publicó «El Quijote de Avellaneda», en la Revista de Historia y Geografía, vol. V, núm. 262, Santiago de Chile, 1918, y reprodujo varias veces su discurso en los Juegos Florales Cervantinos de 1916, con el título «La divina locura» (Boletín de la Academia Chilena, I, págs. 143-152, Santiago de Chile, 1915; He Dicho, Santiago de Chile, 1916; Homenaje a Cervantes, Santiago de Chile, 1916).
Leonardo Eliz, con su nombre o con el seudónimo Rodófilo, publicó, además del drama ya citado en otro lugar, Cervantes y las rosas. Contestación de Clemente Barahona Vega, Valparaíso, 1916; Apuntes para una bibliografía chilena sobre Cervantes, Valparaíso, 1916; Cervantinas: Homero, Dante, Camoens y Cervantes, Valparaíso, 1916, y Cervantes y las letras chilenas, 1933.
Aníbal Echeverría y Reyes (1864-1938) también ha sido un devoto cervantista, como lo prueban sus trabajos:
Clemente Barahona Vega, el colaborador de Eliz, publicó, además de la obra citada al hablar de éste, Cervantes en el folklore chileno. Un proyecto para la celebración del Centenario, Santiago de Chile, 1915.
El crítico y filólogo Armando Donoso también rozó el tema cervantino:
Los últimos días y la muerte de Cervantes, Santiago de Chile, 1916. Cervantes y Pérez Galdós, 1925.
Julio Saavedra Molina, «Sobre un plagio de La Rochefoucauld a Cervantes», en Homenaje de la Universidad de Chile a su ex Rector don Domingo Amunátegui Solar, Santiago, 1935. (Demuestra no existió tal problema, nacido de un error de traducción).
P.E. de San José, Cervantes y la España de su época, Santiago de Chile, 1916. Estudio crítico histórico.
Enrique C. Marshall, «Dulcinea», Conferencia en el Club de Señoras, Meditaciones. 1933.
Roque Esteban Scarpa, El maestro de soledades, 1940.
Arturo Fontaine Aldunate, «Todo o nada. Actitud vital de España», Estudios, núm. 167, diciembre 1946, Santiago de Chile.
Antonio Doddis, «Se engendró en la cárcel…», Vértice, núm. 1, Santiago de Chile, 1946.
Fernando Cuadra, «Proyección del Quijote en Miguel de Unamuno», Ídem.
Ernesto Montenegro, «Literatura y Pedagogía» (En defensa de las adaptaciones del Quijote para la infancia), La Prensa, Buenos Aires, 27 de julio de 1947.
Carlos Vicuña Cifuentes, «La locura de Don Quijote», El Diario Ilustrado, 26 de octubre de 1947.
Pablo de Rokha, Interpretación dialéctica de América, 1947.
Edgardo Garrido Merino, «Luz y cuna de Cervantes», El Diario Ilustrado, 19 de octubre de 1947.
Ricardo A. Latchman, «Página cervantina», de La Nación, 12 de octubre de 1947.
Fernando Uriarte, «Don Quijote, el gran aficionado», Atenea, núm. 268, octubre de 1947.
Hermelo Arabena Williams, «El Quijote y un cervantista chileno» (Sobre Nercasseau y Morán), La Hora, 26 de octubre de 1947.
Carlos Silva Vildósola, La familia de Sancho Panza a Chile (Sátira contra los investigadores de minucias cervantinas).
Eugenio Orrego Vicuña, «Historia del Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Biografía ejemplar», Anales de la Universidad de Chile, volumen CV, núms. 67 y 68, 3.º y 4.º trimestres, Santiago de Chile, 1947.
«Don Quijote, imagen del hombre», Anónimo, Estudios, núm. 179, Santiago de Chile, 1947.
Jorge F. Nicolai, «El “poema” de Don Quijote. Ensayo psicológico sobre el fundamento de la poesía. (Cervantes comparado con Dante y Shakespeare)», Anales de la Universidad de Chile, vol. CV, núm. 67 y 68, ya citado.
Mariano Latorre, «Cervantes y Galdós», Atenea, XXIV, núm. 268, octubre de 1947.
Edgardo Garrido Merino, «Espiritualidad y humanismo del Quijote», ídem.
Pedro Selva, «Sin haber releído El Quijote», ídem.
Félix Armando Núñez, «Relectura del Quijote», ídem.
Antonio R. Romera, «Cervantes y Velázquez», ídem.
Diego Muñoz, «Cervantes, su época y El Quijote», ídem.
José M. Corredor, «Cervantes o la gran piedad de los hombres», ídem.
Julio Molina, «Cervantes en Chile», ídem.
Vicente Mengod, «Leyendo a Cervantes», ídem.
Graciela Illanes Adaro, «Figuras femeninas del Quijote», ídem.
Eugenio Orrego Vicuña, «Donde se trata de la historia de Don Quijote y de cómo le han juzgado ingenios de diversas lenguas y tiempo», ídem.
Y cerramos esta recopilación de ensayistas chilenos con el nombre de Juan Uribe Echevarría, a quien nos hemos visto obligados a referimos en más de una ocasión:
Al hacer la anterior recopilación, nos fueron surgiendo bastantes fichas de ensayos críticos publicados en Chile, pero cuyos autores no pertenecen a aquella nación. Creemos que también ofrece algún interés su inclusión aquí, pues indican que la estimación cervantina llega a recoger también aquello que dicho sobre el ilustre escritor se considera valioso. Las referencias halladas son las que siguen:
Suprema forma de devoción cervantina nos parece la que consiste en recorrer las tierras de La Mancha, por donde peregrinaron en andante caballería el Ingenioso Hidalgo y su no menos ingenioso escudero. Varios escritores chilenos nos han dejado en sus páginas testimonio de ese recorrido por los lugares que sirven de marco a la ficción cervantina. Citados han quedado en lugar anterior; pero queremos destacar aquí este aspecto, así como nombrar alguno que no cuajó en texto escrito su peregrinaje.
El primero en el tiempo es Benjamín Vicuña Mackenna, que publicó sus impresiones bajo el título «En La Mancha» en el libro que se compuso y editó en Santiago de Chile en 1878 para honrar la memoria del Príncipe de los Ingenios, y del que damos completa cuenta al hablar de las conmemoraciones.
Le siguió Rafael Sanhueza Lizardi con su Viaje en España, donde hay una importante parte dedicada a esta ruta literaria y que apareció en 1886.
Después hemos de citar el libro más importante a este respecto: el de Augusto D'Halmar, que no sólo tiene valor en relación con la bibliografía chilena, sino que se sale de este marco para impresionar a cuantos se han sentido atraídos por los campos y rutas que Azorín describió magistralmente en las letras hispanas. Escritor de importancia, estilista, situable entre los seguidores de la estética modernista, D'Halmar trazó una emocionada ruta donde a las descripciones del paisaje se unen las evocaciones de la eterna aventura del último y más glorioso Caballero Andante.
Reproducimos su índice como el mejor testimonio de esta compenetración con el ambiente manchego y el clima cervantino en este libro que, publicado en 1934, goza en Chile de gran estimación. Su título, La Mancha de Don Quijote, se refiere con exactitud a ambas vertientes de su visión:
Introducción: I. Vela de Armas. Primera jornada. (Argamasilla de Alba). —II. La llanura manchega. —III. En un lugar cuyo nombre. —IV. La figura del caballero triste. Sobremesa de burlas y veras con el Licenciado y el Bachiller. Intermedio. —VI. Uvas y queso. Segunda jornada. (El Toboso, Criptana y Puerto Lápice). —VII. A las puertas del Toboso. —VIII. Los palacios de Doña Dulcinea. —IX. La venta de Maritornes y otros nuevos comentarios. —X. Los molinos sin viento y Puerto Lápice. Tercera jornada. (Peñarroya. Las huertas de Agua y la Vega. Ruidera y las lagunas). —XI. El castillo desmantelado y las Huertas de Camacho. —XII. Los batanes silenciosos y las fábricas del fluido. —XIII. La ventera iluminada de Ruidera. —XIV. Mañana fue ayer. Final. —XV. La inaccesible Cueva de Montesinos. Epílogo.
Últimamente don Antonio Doddis, profesor de Literatura española, director de un trabajo de seminario sobre la frase que ha hecho suponer que el Quijote se escribió o proyectó en la cárcel, y citado entre la bibliografía crítica, realizó un viaje por el mismo recorrido, con el objeto de completar la visión obtenida en la lectura.
Creemos haber logrado el dato de las conmemoraciones más importantes de fechas cervantinas celebradas en la capital chilena, organizadas por las más destacadas instituciones del país. Tenemos, sin embargo, el convencimiento —nacido precisamente de la amplitud y resonancia de la obra cervantina en este país— de que habrá muchas otras organizadas en provincias y por centros culturales, escolares, etc., que no habrán llegado a nosotros. Todas ellas testimonian otro modo de afecto y estimación a Cervantes, que si por su parte más elevada hacen participar a los más preclaros eruditos y los doctos de cada época, por otra se hunden en el pueblo y contribuyen a mantener viva la popularizada figura de los héroes que Cervantes creara.
En los repertorios bibliográficos que hemos recogido en las páginas interiores van, con detalle, los artículos correspondientes a publicaciones hechas con motivo de centenarios, homenajes, etc. Aquí damos la ficha de las publicaciones o ediciones. También el simple repaso de las fichas anteriores nos indica cómo hay algunas fechas en que se polariza la atención a Cervantes (1878, 1905, 1916, 1947…), correspondiendo a otras tantas conmemoraciones. Igualmente es fácil deducir el aumento de esta atención con arreglo a la posterioridad de la fecha. Por ello nos parece más adecuado ordenar nuestras referencias en este apartado por orden cronológico:
Lanzando una ojeada al conjunto de nuestro trabajo podemos apreciar la influencia cervantina en Chile y deducir que es de indudable importancia. Hemos hallado, por no citar más que lo esencial, obras de directa filiación cervantina, como las de Antonio Espiñeira, Allende, Poblete y Alemparte; influencia no tan directa, pero apreciable en otra decena de ellas, cerca de treinta poemas inspirados por asuntos cervantinos, y más de setenta estudios críticos, algunos de ellos de gran valor. Varios chilenos han realizado una peregrinación quijotesca en todos los sentidos de la palabra, y la relación de los homenajes tributados al ilustre escritor no desmerecen al lado de los que han tenido lugar en la propia España.
Finalmente, en la bibliografía precursora de este tema, Toribio Medina, Eliz y Uribe-Echevarría han sentado bases difícilmente superables, y a las noticias aportadas por ellos hemos añadido y completado las encontradas en la Biblioteca Nacional y el Instituto Fernández de Oviedo.
Paradójicamente, en un trabajo bibliográfico, la bibliografía es de poca dimensión. Nosotros hemos de limitamos, para no repetir fichas, a indicar aquellos repertorios de donde hemos sacado las noticias fundamentales:
Rafael Heliodoro Valle y Emilia Romero, Bibliografía cervantina en la América Española, Universidad Nacional Autónoma de México. Méjico, 1950.
Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispanoamericanas, Santiago de Chile, 1949. Este libro recoge casi todo lo anotado en repertorios anteriores.
Revista de Indias, del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, de Madrid, en su sección El americanismo en las revistas: Letras, que redacta Jorge Campos, ha recogido cuanto de conmemoración cervantina en la América hispana llegó a su conocimiento en 1947.