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El «Quijote» en América

América y los molinos del Quijote

Por Carlos Sander*

Ya estoy cerca de lo que tanto esperé. Cuando el peregrino se dirige a algo deseado y lo va a obtener, vive un momento sacro. Como el que tiene el artista o el poeta en el momento de la creación, ese instante místico en que efluvios leves e intangibles, preparan en crisoles misteriosos, el caldo mitológico que el arte entrega con sus alas esotéricas.

El sol está en todo su apogeo. Su beso ardiente se deposita en las colinas y en la epidermis. El cielo tiene un color azulado y en algunos trechos flotan algodones protegidos por el sol. Aquí está Campo de Criptana, la Ciudad de los Molinos. Que parece vivir en un mundo de harina, por la blancura de su silencio y de sus cosas.

Antes de ingresar a su entraña misma, a su vértice telúrico, me detengo. La ciudad blanca es iluminada por el día en apogeo. Lo primero que veo son los molinos. Parecen juguetes con aspas, colocados en la Sierra de la Paz, en la pequeña colina. La perspectiva es diáfana, pues ellos colocan una belleza especial a la llanura terca y hosca. Son faros erguidos y silenciosos. Monogramas manchegos de la villa.

Atrás ha quedado Alcázar de San Juan, con su iglesia de Santa María la Mayor y los frisos romanos extraídos del subsuelo.

Una picaza de cola graciosa levanta su vuelo, como que fuera hacia los molinos de Criptana. La villa me espera con su cara de campesina antigua. Penetro al pueblo al que llego desde lejanas tierras, para hincarme delante de sus molinos, en el empedrado de sus calles frente al estío, en cuyo epicentro voy a encontrarme con Don Quijote.

Campo de Criptana tiene la misma faz de muchos pueblos cervantinos de la Mancha: casas blancas de fachada, con sus zócalos azules. Campos donde predomina el verde y el trigo en caña. Calles angostas que suben y bajan. Los hombres pasean por la plaza pequeña donde se alza el Ayuntamiento, frente al cual caminan las gentes. Tiene una iglesia reconstruida que rige un cura gordo y bonachón, que sigue los preceptos de Cristo, que ayuna los viernes y ama su pueblo con una devoción de tiempos pastoriles.

Cruzan las breves veredas hermosas mujeres, campesinas de cuerpos ondulantes y renegridas cabelleras, ojos profundos donde velan sus armas los ensueños de sus amores. Campo de Criptana de quien se dice suavemente:

Al Campo de Criptana,
van mis suspiros.
Tierras de chicas guapas
y de molinos.

Acá hasta las calles hablan de Cervantes y de Don Quijote. Camino por todas ellas, lentamente, como quien quiere grabar en su alma todo el paisaje telúrico y humano. Las calles van hacia los molinos. Vienen desde los molinos. Penetro a esas curiosas casas incrustadas en las colinas, cuevas blancas que la pulcritud aldeana hace bellas y perfumadas a piedras, a voces soterradas. Hablar adentro con los moradores, es como alzar la voz en el interior de una mina. Una viejecilla muy antigua y hermosa, de cabellera blanca y manos con dedos sarmentosos, me hace pasar a su cueva que está adosada a un altozano. Todo es perfecto en los tres o cuatro cuartos que tiene la casa. Es un pequeño palacio sin ventanas ni luz, pero donde se respira una blancura impalpable, un perfume especial como si esta cueva criptanense fuera gruta hecha cerca de un jardín o perforada en el vientre del océano y tapizada de algas y caracolas murmurantes.

Salgo a la superficie y sigo mi camino. Los nombres de las calles me traen evocaciones cervantinas: Cervantes, Convento, Amadís de Gaula, Sabio Merlín, Princesa Urganda, Clavileño, Rocinante, Don Quijote, Dulcinea, Sancho Panza, Insula Barataria, Yelmo de Mambrino, Alonso Quijano, Bachiller Sansón Carrasco, Licenciado Pero Pérez, El Barbero, El Vizcaíno, Pastora Marcela. También tienen otros nombres que parecen extraídos de cuentos y leyendas: Virgen de Criptana, Cristo de Villajos, los patrones del pueblo. Y otros nombres suaves y tersos tales como Pósito, Tercia, Amargura, Calvario, Pasión, Verónica, Ascensión, Escalerilla, Costanilla, Fontanilla, Pozodulce y Plaza de las Infantas. ¿No es maravilloso caminar por calles con nombres tan bellos y evocadores?

Ahora dos hombres, que son definitivos para Campo de Criptana, me acompañan. Ambos han de ser para mí, en esta visita, los sabios guiadores, los eruditos, los soñadores, los que con su fe guardan el prestigio de esta hermosa villa.

Uno es el Alcalde de Campo de Criptana, el poeta José González Lara. Es un hombre joven, fuerte, de ojos brillantes y decidores, alegre, optimista, de hablar pausado y con entonaciones donde parecen navegar láminas de poesía y realidad. Para Campo de Criptana es casi un símbolo. No sólo es el primer hombre de esta pequeña ciudad blanca, por ser su alcalde, sino también quien la defiende y la canta en versos de cristal que los niños repiten en todas las fiestas tradicionales del pueblo. Es autor de un hermoso soneto que ha titulado «Al Campo de Criptana» y que dice en una parte:

Gigantes que engendrara una locura
te miran y te guardan por Sultana.
Molinos que te dan cada mañana
un ósculo de paz y de ternura.
Aún mejor gire las perlas y diamantes,
Dios te dio las mujeres más garridas.
Tus Quijotes y Sanchos van errantes,
en busca de aventuras desfallidas.
Tú fuiste, en fin, la vida de Cervantes,
el que pensando en ti acabó su vida.

Él ha sido una gran fuerza motriz para esta villa y ha logrado para ella en los últimos años un gran progreso. Es un hijo de esta tierra que sabe el valor cervantino que ella tiene, no ignora que en los nocturnos el Caballero de la Triste Figura deambula por las estrechas calles, acompañado de Sancho Panza. He llegado invitado por él para pronunciar una conferencia en el Teatro Cervantes de Campo de Criptana, que he titulado «El presente de la hispanidad».

El otro hombre que camina a mi lado, es una venerable figura. Se trata de don Francisco Granero y Martínez Borja, que es tal vez el hombre de más años de este pueblo, ya que va a cumplir los noventa. Pero como los viejos molinos, se mantiene vigoroso y enhiesto. Es el historiador verdadero de Campo de Criptana. Ya hablaremos más detalladamente de él. Al marchar entre un poeta y un historiador criptanenses, he encontrado el ideal y la verdadera conjunción para que mi viaje sea provechoso. Puede aplicarse en este caso lo que Sansón Carrasco le expresara a Sancho Panza en el capítulo tercero de la Parte Segunda de Don Quijote de la Mancha: «Pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna». Ambos me entregarán los efluvios que necesito en este peregrinaje por la ciudad de los molinos.

Con mis acompañantes marcho hacia la Sierra de los Molinos, para verlos. Asciendo y asciendo, por las callejas estrechas. Nos detenemos en la explanada y puedo mirar los cuatro molinos que mueven sus aspas, al imperio del viento y colocan más blancura en el paisaje y en la tarde crepuscular.

Con mis acompañantes camino por entre los molinos, que me enseñan su corpachón blanco, su techo circular y brillante, su puerta, sus doce ventanas pequeñas o «vientos» y sus aspas forradas por cuatro velas. Cruzo por cimientos que fueron enhiestos molinos y que el tiempo destruyó. Había en esta Sierra de la Paz, treinta y cuatro molinos y sólo quedan cuatro. Son los reyes de Criptana. Los cuatro mosqueteros que cuidan de la villa blanca. Tienen nombres extraños y manchegos: «El lnfanto», «El Burleta», «El Sardinero» y «El Culebro».

Golpean sus nombres el rostro de Castilla, mientras sus aspas se mueven desaforadamente. Me alejo de ellos algún trecho para verlos y embeberme en la poesía que contienen.

Don Francisco Graneros me dice que esta villa ha sido cuna de muchos poetas jóvenes y recuerda a un joven poeta muerto, don José Escribano de la Torre, que gustaba cantar a los molinos. Dice que era hijo de un pastorcillo de ovejas y al verlo tan listo el maestro de la escuela, se interesó tanto por él que le dio clases de las asignaturas para hacerlo maestro y le pagó la matrícula. Llegó a serlo y más tarde el muchacho se casó y publicó muchos versos. Murió a los veinticuatro años de edad. Su mujer tenía un baúl lleno de poemas sin publicar. Dice meditativamente don Francisco: «Yo le prometí seleccionar y publicar algunos y que los beneficios serían para ella. Espero que algún día pueda hacerlo. Yo estoy seguro que si hubiera vivido, habría sido uno de los mejores poetas de España». Don Francisco recita a media voz parte del hermoso poema de este poeta, que tituló «A los Molinos de Don Quijote»:

Molinos de Criptana, los de severos trazos,
enhiestas caperuzas, y los corpulentos brazos
que aún os erguís, en reto de vuestra fuerza, en balde;
callados centinelas sobre el páramo jalde,
que añoráis otros tiempos en que vencisteis, fieros,
a un Caballero, espejo y flor de caballeros,
que salió a combatiros con su rocín al trote;
¡pues si erais los Gigantes, él era Don Quijote!

Don Francisco Graneros enmudece ante nosotros y mirando los cuatro molinos que viven y los cimientos donde se alzaron los que ya no existen, termina el poema de José Escribano de la Torre, musitándolo a media voz frente al viento de Criptana:

¡Molinos del Quijote! Gladiadores heridos,
que estáis desvencijados, dolientes, carcomidos,
mutilados, deshechos, olvidados, vencidos...
Centinelas gallardos de los páramos secos,
cuando érais poderosos y alzábais vuestras frentes
y, en alarde de fuerzas, vuestros brazos potentes.
¡Morid ya! ¡Yo lo ansío, decrépitos gigantes!
¡Doble llave ha cerrado la tumba de Cervantes... ¡
¡Ya no quedan Quijotes, ni quedan Rocinantes...!

Hemos trepado hasta uno de los molinos, que guarda el aroma de la harina. Y vale la pena citar nuevamente la descripción que hace de uno de ellos, el periodista y escritor Víctor de la Serna, en el libro ya citado, Por tierras de la Mancha. Él vio lo que estoy contemplando en este momento:

La maquinaria de los molinos es también algo entrañable, porque es toda de madera. Un gran eje central de encina, de un diámetro de unos cuarenta centímetros, termina mirando al cielo, con una ligera inclinación como de catalejo hacia arriba. Al final están las aspas, en las que se iza el aparejo de velas de lona. Hacia adentro, el eje termina en un engranaje de madera que mueve el eje vertical de las muelas.

Todo este enorme y pesadísimo tinglado está bajo la cúpula del molino, que gira sobre sí misma, por medio de unos carriles también de madera. Unas veces gira como una veleta gigantesca, orientándose por sí misma en busca del viento. Cuando sólo hay brisa, el molinero orienta el aparejo —y, por lo tanto, todo el motor con su cúpula— mediante el «palo de gobierno». La «maquinaria», con el roce y el polvillo de la harina ha tomado un color de marfil viejo, brillante y oloroso. Y cuando gira a toda velocidad, gimen las maderas como las cuadernas de un velero bajo el temporal

Desde lo alto del molino, al lado de mis acompañantes, por las pequeñas ventanitas puedo contemplar la extensa llanada, su infinitud, su extensión rojiza y verdeante. Allá lejos se divisan otros pueblitos cervantinos. Y también puedo contemplar a los habitantes de Campo de Criptana que caminan por las estrechas callejas. Y más lejos está el patrono de la villa: «El Cristo de Villajos», en su casa grande, sobre una colina yerma, hasta la cual hay que subir pausadamente. Es el mismo que se lleva a las procesiones de Semana Santa, que adquieren solemnidad en todos los pueblos de España. Este Cristo es más Cristo en esta villa, porque es el Cristo que vio Cervantes y ante el cual rezó Don Quijote y Sancho Panza. Y en otro lugar está la patrona: «La Virgen de Criptana», con su faz bellísima y pura, cuidando el destino y las alegrías de la Ciudad de los Molinos.

Camino con mis acompañantes por una de las callejas del pueblo. El alcalde y poeta don José González Lara nos deja para dirigirse hacia el Ayuntamiento. Dentro de poco, el sol se ocultará y sobre la Mancha se producirá el incendio magnífico del atardecer, que colocará lámparas salvajes en las extensas llanadas, en la copa de los almendros y los olivos. Don Francisco Graneros me toma fuertemente de un brazo y me lleva a su casa, para conversar sobre su amado pueblo y sobre molinos. Nos detenemos ante una casona de presencia blanca y de zócalo azul, como son casi todas las de la villa. Es una mansión grande. El zaguán está tenuemente iluminado y sembrado de guijos pequeños. Balcón ancho, con barrotes. Y al fondo el patizuelo típico de Castilla. No hay pozo, pero entrecerrando los ojos se puede adivinar y oírse muy al fondo el murmullo del agua agitada por el viento o por alguna piedra diminuta lanzada a su fondo por la mano de algún fantasma. Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas.

El dueño de casa me hace subir por una escalera que me lleva a un amplio hall. Y empezamos la charla. La memoria de don Paco, como le dicen las gentes es privilegiada. Él recuerda los detalles más íntimos de su pueblo, las gentes ilustres que por acá pasaron. Yo diría que don Francisco Graneros es la reserva espiritual de Campo de Criptana. Algo tan amado como son los Molinos del Quijote. El padre de Criptana es el buen mago que cuida de que no se extinga el amor hacia Cervantes y con sus palabras, su erudición y su trabajo de investigador, entrega a la juventud un entusiasmo veraz, que hace que las gentes de Campo de Criptana sean las continuadoras de todos los hermosos sueños que tuvo Cervantes para España y los españoles.

Don Francisco Graneros vive en los inviernos en Madrid, hacia donde se dirige en otoño. Tiene una casa amable en la calle de Churruca 25, muy cerca de la Glorieta de Bilbao.

Don Paco recuerda sus años mozos, cuando era hombre de capa y amores, que platicaba con su dama afuera del ventanal enrejado y con voz entera y susurrante, recitaba algún poema de amor o cerca de las estrellas, miraba los ojos de la amada.

Don Paco gusta recordar sus años mozos. ¿Y quién no? Él vivió cuando Criptana tenía siembras de molinos. Es un amador de ellos. Su mejor defensor. Propugna en todos los círculos y ante quien quiere oírle, que hay que luchar por hacerlos de nuevo, ya que faltan muchos.

Don Paco habla con gran energía. Al hablar de los viejos tiempos y de los molinos, se ilumina su faz y sus ojos refulgen. Piensa que la villa no debe descuidarse. Él se ha dedicado a escribir mucho sobre este tema, a través de setenta años de su vida. Expresa: «Yo me he metido muy adentro de la historia de Campo de Criptana. Como hijo de esta villa, siempre pensé que tenía ese deber». Se levanta y trae unos legajos, manuscritos polvorientos que ha ido recolectando a través de toda su vida. Los ha sacado la mayoría del Museo Histórico Nacional y no admiten dudas. Los abre y me los muestra. Sonríe. Dice:

Todo esto lo escribí en diarios y revistas de la época, con el seudónimo de «El Curioso Impertinente»; piense que yo recuerdo a Campo de Criptana con veinticinco molinos y siendo niño vi los treinta y cuatro molinos que tuvo originalmente este pueblo. Pero incluso los ignorantes y mal intencionados discuten que en Campo de Criptana haya centrado Cervantes su famosa escena de los molinos, cuando Don Quijote cae a tierra derribado por las aspas de uno de ellos. Y esto es absurdo. Escuche usted la explicación: Don Quijote camina por el Campo de Montiel; muchos entendieron que el Campo de Montiel limitaba por NO con el saliente del término de Alcázar de San Juan, y que los molinos, que veía Don Quijote, eran del Campo de Montiel. El Campo de Montiel tenía muchos pueblos, en unos documentos, veinticuatro, en otros, noventa; por lo tanto era un continente, no un contenido; y así mal podía referirse Don Quijote a ver de un golpe tan vasto territorio, aunque no hay montañas en él. Al saliente, sí, de Alcázar de San Juan, estaba y está el pueblo de Campo de Criptana.

En muchos documentos referentes a este pueblo, por aquellos años del 1300 al 1600, se le nombra sólo «El Campo»; y aun ahora mismo las gentes sencillas de los pueblos comarcanos así lo nombran, sin añadir Criptana, y se entienden perfectamente. Por todo lo cual vemos, que la palabra «Campo» del texto, se refiere a Campo de Criptana; y si esto no satisface, se verá claramente probado al analizar las palabras «treinta o cuarenta molinos» y, «treinta o pocos más desaforados gigantes»; fíjese bien, no cuarenta, «treinta o pocos más». Por lo tanto es indiscutible.

Efectivamente, don Francisco Graneros tiene razón. En las Relaciones Topográficas de Felipe II, en diciembre de 1575, tomo III, la de este pueblo de Campo de Criptana, dice, entre otras cosas bien interesantes para aclarar puntos culminantes del Quijote:

«Hay en la Sierra junto a la villa, muchos molinos de viento». Esos «muchos molinos de viento» son en el Catastro del Marqués de la Ensenada, treinta y cuatro, con sus nombres, los de sus dueños, la distancia que había de la villa a ellos por pasos, unos a cien pasos, otros a ciento cincuenta, otros a trescientos, etc., y hasta consta el importe de la contribución de ellos, que rebasa los doce mil reales al año.

En otros pueblos de la Mancha secular, como también se llamó a esa región, había molinos, pero el que más tenía ocho, Villarrobledo, otros uno y la mayor parte ninguno. Es interesante consignar los nombres tan curiosos que tenían los treinta y cuatro molinos de Campo de Criptana. Se llamaban: El Poyatos, Perco, Burillo, Aletas, Charquera, Alambique, Tahona, Castaño, Aburraco, Esteban, Usado, Pilón, Guindalero, Celebro, Burlapobres, Infanto, Horno de Poba, Escribanillo, Tardío, Gambaluas, Condado, Huerta-mañana, Zaragüelles, La Cana, Lagarto, Carcoma, Rana, Beneficio, Quimera, Calvillo, Valera, Guicepo, Cebadal y Pintocerrillo. Todo esto prueba claramente que la palabra «campo» se refiere a Campo de Criptana y que los «treinta o pocos más desaforados gigantes» eran los treinta y cuatro molinos citados de Campo de Criptana.

Don Francisco Graneros continúa en su erudita disertación diciendo:

Vamos con las frases «es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra». Un documento de entonces, de Campo de Criptana, relata la queja de una mujer al Alcalde por la maquila, que de una fanega de trigo le había hecho un molinero, y llamando el alcalde al molinero le pregunta: ¿Qué es lo que usted maquila? Le contesta: «la costumbre»; le vuelve a preguntar: ¿Qué es la costumbre? Y le dice: «lo de siempre»; y, ¿qué es lo de siempre? Y le responde, «pues lo que maquilan todos»; como se ve, no aclara lo que maquiló, y entonces el alcalde le castiga con que devuelva a la mujer una «chanega» de trigo de buena clase y que en lo sucesivo no «abuse». Después de esto, ¿cómo no iba a ser justo quitar de la faz de la tierra tan mala simiente? Ya hemos citado ciertos versos satíricos, que hablaban de la riqueza de los molineros. Abundan los versos satíricos de esos tiempos en que en la Sierra de la Paz habían muchas decenas de molinos.

Don Francisco Graneros explica doctamente que nadie debe extrañarse de que

[…] el pueblo pusiera en verso, en satíricos pareados, las medidas de la maquila, porque en aquellos años se celebró en Campo de Criptana un certamen poético y a él concurrieron nada menos que nueve hijos del pueblo y por cierto uno era mujer, Isabel de Perillán, con versos de todas clases, sonetos, décimas, octavas reales, etc., y no sólo en castellano sino también en latín, lo que pasma en un pueblo de novecientas almas. Dos de los concursantes hijos del pueblo, eran hermanos y profesores de la Universidad de Alcalá, uno de Filosofía, el otro de Metafísica y suplente del Rector, Doctor Sierra; se llamaban Félix y Diego Ortiz. Este apellido Ortiz subsiste en el pueblo y por cierto, uno que lo lleva es poeta premiado en celebrados certámenes, en dos de ellos con el primer premio; es don José Vicente Ortiz. Su padre, don Antonio, también publicó poesías, como un primo suyo, don José María; los padres de estos dos; José el estudiante tampoco fue hombre de estudios; seguramente todos esos Ortiz, son descendientes de aquellos dos poetas y profesores de la Universidad de Alcalá.

Don Francisco Graneros me explica que en Campo de Criptana también hubo entonces veinticuatro curas, dos de ellos se llamaban don Juan y don Fernando Cervantes y otros dos, don Alejo y don Francisco de Marcilla y tal vez por casualidad..., entonces figuraba en Madrid un cura amigo de Cervantes, que se llama don Francisco de Marcilla, que tiene una casa y en ella vivió y murió Cervantes. Hay que preguntarse, ¿serían dos o sería uno solo?

El padre de Campo de Criptana se anima al enfocar lo que él considera la gran interrogación ante la historia. Dice con voz lenta:

En Campo de Criptana había también, entonces, el apellido Quijano. Y en 1575 había una Hermandad compuesta por treinta hidalgos con caballos, lanza y adarga y... privilegiados de S. M. Hermandad, que en 1604 ya no existe por muerte de todos ellos. Cervantes publica El Quijote en 1605 y ya sabemos, que dice: «en un lugar de la Mancha... no ha mucho tiempo vivía un Hidalgo... con caballo, lanza y adarga...». Dulcinea era de El Toboso, pueblo cerca del suyo... y en el capítulo XIII, Don Quijote hablando con Vivaldo encarecía el linaje de Dulcinea y, Sancho no creía en tal princesa, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado a su noticia, aunque vivía tan cerca de El Toboso. Y en el capítulo último, el Bachiller Sansón Carrasco anima a Don Quijote enfermo y, como pensaba hacerse pastor le dice que él había ya comprado dos perros a un ganadero del Quintanar. Y Juan Haldudo el Rico, que en el capítulo IV castigaba a su pastorcillo Andrés, también del Quintanar. Este pueblo está junto a El Toboso y a Campo de Criptana. Los capítulos IV y V se desarrollan en las inmediaciones de Campo de Criptana. ¡Cuántas coincidencias entre el libro inmortal, los documentos encontrados y la realidad del escenario! Verdaderamete Cervantes conoció todo este rincón al detalle. ¿Por qué? ¿Por qué?

Don Francisco Graneros enmudece y ante mi mirada sembrada de interrogaciones sonríe y me dice con energía:

Sólo falta descubrir un punto capital, ¡sí, señor!, dar con los nombres de los treinta hidalgos de la célebre Hermandad, que seguramente están en más de un documento y a lo mejor figura Alonso Quijano el Bueno, porque los papeles ésos dicen fulano el Rubio, fulano el Honrado, fulano el Bachiller, fulano el Pimpollo, fulana la Pulida, etc. Todo estos datos no son fruto del capricho, sino proceden de documentos manuscritos existentes en la Biblioteca Nacional, en el Archivo Histórico, en el Ministerio de Hacienda, en la Academia de la Historia, en el Escorial y referencias del molinero Francisco López-Casero y Lara, de Campo de Criptana que cuenta ochenta y ocho años de edad y heredó de su padre el molino titulado «Infanto», que fue de su abuelo. Además, en esas bibliotecas hay cientos de documentos referentes a Campo de Criptana, desgraciadamente ilegibles para la mayor parte de los nacidos. Ante todo esto, yo me pregunto, mi querido amigo, ¿se restaurarán los treinta y cuatro molinos de viento de Campo de Criptana, únicos en el mundo por su historia y por su número?

He aquí que don Francisco Graneros, el padre de Criptana, lanza una teoría más sobre el lugar donde Cervantes encontró el modelo del cual sacó a don Alonso Quijano el Bueno. Esquivias, Argamasilla de Alba y ahora Campo de Criptana, según la teoría de mi ilustre amigo, pudieron ser los lugares donde el príncipe de la lengua castellana Don Miguel de Cervantes Saavedra encontró al hidalgo que debía transformarse en Don Quijote de la Mancha, loco genial, destinado a redimir el género humano.

La teoría lanzada por don Francisco Graneros, no tiene nada de imposible y ha sido comentada por más de un periódico. Hace poco tiempo el diario Arriba, que en un tiempo se llamara El Sol, decía lo siguiente sobre el tema: «En el libro Campo de Criptana en la Edad de Oro, por transcripción de doña Isabel Pérez Valera, directora del Centro Coordinador de Bibliotecas de Ciudad Real, con notas del erudito local don Juan Antonio Sánchez-Manjavacas, personas que siempre buscan y hallan el modo de enriquecer el acervo cervantino de esta provincia».

Fundada ignoramos qué año, la Hermandad de los Treinta Hidalgos dejó de existir en 1604 —un año antes de editar Cuesta el primer Don Quijote de la Mancha—. Y dejó de existir «por muerte de todos ellos». Acaso ese año que hace sólo uno o dos, o tres, y la asociación se mantuvo vigente hasta última hora. Cuando el último caballero abandonó este valle de lágrimas, la entidad quedó automáticamente disuelta. Un fin de auténtica «fuerza mayor...».

Al decir de las crónicas, la Hermandad —su nombre era: Cofradía de Gracia— fundóse con el propósito de defender la religión católica contra los moros que quedaron después de la Reconquista. (¿Un cuerpo, en cierto modo, precursor del somatén?) Sus individuos lucían un uniforme azul y rojo, y el emblema consistía en una cruz grande de oro y plata, que enarbolaban en un asta, llevando en otro largo palo una bandera encarnada con la efigie bordada de Nuestra Señora de la Asunción.

Estos hombres se acompañaban de música, de trompetas, de atabales y chirimías. En total eran sesenta armados, de los cuales, treinta iban a caballo —los de condición hidalga— con lanza y adarga, y porque eran mucho que también llevaran armadura. Gozaban de ciertos privilegios de Su Majestad, y entre sus ordenanzas figuraba la de hacer solemne reseña los días de Santiago y la Asunción de la Virgen. (Sánchez-Manjavacas escribe que todavía se llama al de Santiago Apóstol «Día de las Fiestas»).

En las famosas y concienzudas Relaciones Topográficas, elaboradas durante el reinado de Felipe II (1575), se alude a la Hermandad de los Treinta Hidalgos. O sea, justamente cuando pudo existir don Alonso de Quijano... ¿No es curioso? Cervantes al principio de su inmortal novela dice: «No ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...».

Y el periodista que escribe este artículo en el diario Arriba, don Miguel García de Mora, se pregunta, como lo hiciera don Francisco Graneros ¿Puede caber duda de que el glorioso Manco de Lepanto conociera a la Cofradía de Gracia o a alguno de sus integrantes, vistiendo a su protagonista, nuestro señor don Quijote con tales que otras peculiaridades de aquellos caballeros...?

Cervantes, La Mancha, Campo de Criptana, la Hermandad de los Treinta Hidalgos, los años de 1575 a 1604, la publicación del libro en 1605... ¿quiere decir algo todo esto, con permiso de los exigentes cervantistas que en el mundo son y han sido? ¿No vemos aquí una concatenación de lugares, circunstancias y tiempo que no cabe atribuir simplemente a «mera coincidencia»? Si en La Mancha, en efecto, no hubo otra Hermandad similar a la del Campo de Criptana y si admitimos que Cervantes recorrió La Mancha con cierto detenimiento, y no se le escaparía una institución tan extraña. Y es segurísimo que los motivos caballerescos de ella y de sus componentes le seducirían lo bastante como para «colocar» alguno en don Quijote, de modo que él, Caballero de la Triste Figura, fuese en parte una derivación de «los Treinta».

Es decir, que en La Mancha había en aquellos entonces hidalgos suficientes para servir de «materia prima» a cualquier héroe de libros de caballería.

Estos y otros pueblos seguirán disputando éstas y otras personalidades que figuran en el célebre libro, pero las interrogaciones seguirán latentes, tal vez para demostrar que lo único que interesa, es la filosofía que campea en la obra, las enseñanzas que entrega al hombre y no aquellas cosas sin importancia y que sólo tienen que ver con lo terreno y con lo apegado a la vida de un pueblo, de una casa, de una situación geográfica.

Lo que sí es indudable y sin lugar a discusión, es que Campo de Criptana fue la villa que inspiró a Cervantes para su escena de los molinos de viento. Y él sacó esa escena del emblema que tiene el escudo de Alcázar de San Juan, el pueblo vecino y que muestra a un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo. Ahí está la base de la escena inmortal en que Don Quijote de la Mancha, ciego por su ideal, arremete contra un molino, que con sus aspas lanza por tierra a caballo y caballero.

Ahora camino solo por una de las calles de Campo de Criptana. Las gentes me miran con curiosidad. En estos pueblitos manchegos siempre se sabe cuando un hombre venido de fuera, un «forastero», ingresa al pueblo. Y entonces le sonríen, como para demostrarle su cordialidad y bienvenida. Las mujeres visten con gran sencillez y los hombres con un atuendo que les es típico: una especie de blusa de sarga o mezclilla, de color negro, que les cubre hasta muy abajo y que les sirve para todos los trabajos. Es como nuestro «guardapolvo» americano, pero más corto. Lo he visto también como atuendo de los valencianos, que lo usan para sus trabajos en los campos de arroz y en los naranjales.

Dentro de poco la tarde va a empezar a declinar. Yo quiero que el véspero me sorprenda en la Sierra de la Paz, para que los cuatro molinos me hablen de los siglos pretéritos.

No puede ser más hermosa la vista o el panorama que desde aquí se divisa. Por un lado el blanco pueblito, con sus casas de zócalos azules y sus sencillas gentes caminando a la iglesia en esta hora del Ángelus, en que las campanas llaman a la oración. Por otro lado esta Sierra extensa que muestra a los cuatro molinos que tengo tan cerca y extendiendo la mirada a lo lejos toda la Mancha sale a mi encuentro. Muchas decenas de pueblitos que se divisan con sus almendros y sus olivos y de improviso la brillantez de un río o de un estero, que coloca tintes acuosos en el paisaje desértico. Hay, algunas horas en que se produce una gran claridad atmosférica, tanta, que desde esta Sierra de la Paz se pueden contemplar muchos miles de kilómetros, por no decir toda la Mancha Ciudadrealeña.

Caigo en el ensueño. Ahí está el impar Caballero y su fiel escudero Sancho, el bueno. Revivo nuevamente la escena inmortal. Y oigo la descripción que de ella hace Don Miguel. En la primera parte, capítulo VIII, se puede leer:

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: La aventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; por que ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos, comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho.

—Aquéllos que ves allí —respondió don Quijote, su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes sino molinos de viento...

—Bien parece que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí...

Y rememoro todo lo demás de la famosísima aventura. Sancho, porfía que son molinos y nuestro Caballero que son gigantes. Y que el sabio Frestón, el mismo que le robó los aposentos y los libros ha tornado los gigantes en molinos, sólo por quitarle la gloria. Don Quijote está malherido y a duras penas puede aplicársele el pensamiento que Cervantes coloca en sus labios, en otro de las capítulos: «Las feridas que se reciben en las batallas antes dan honra que la quitan».

Los tratadistas han hablado de esta escena inmortal y vale la pena citar algo de lo que han dicho. El erudito escritor don José Ortega y Gasset, en su libro Meditaciones del Quijote, plantea interesantes hipótesis sobre la escena de los molinos y dice que se llega a la comprensión de que las cosas tienen dos vertientes. Es una el «sentido» de las cosas, su significación, lo que son cuando se las interpreta. Es otra la «materialidad» de las cosas, su positiva sustancia, lo que las constituye antes y por encima de toda interpretación. Dice el escritor textualmente en este libro que ya antes hemos citado:

Sobre la línea del horizonte en estas puestas de sol inyectadas en sangre —como si una vena del firmamento hubiera sido punzada— levántanse los molinos harineros de Criptana y hacen al ocaso sus aspavientos. Estos molinos tienen un sentido: como «sentido» estos molinos son gigantes. Verdad es que Don Quijote no anda en su juicio. Pero el problema no queda resuelto porque Don Quijote sea declarado demente. Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá siendo normal en la humanidad. Bien que estos gigantes no lo sean, pero... ¿y los otros?, quiero decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el hombre los gigantes? Porque ni los hubo ni los hay en «realidad». Fuere cuando fuere, la ocasión en que el hombre pensó por vez primera en los gigantes no se diferencia en nada esencial de esta escena cervantina. Siempre se trataría de una cosa que no era gigante, pero que mirada desde su vertiente ideal tendía a hacerse gigante. En las aspas giratorias de estos molinos hay una alusión hacia unos brazos briarios. Si obedecemos al impulso de esa alusión y nos dejamos ir según la curva allí anunciada, llegaremos al gigante. También justicia y verdad, la obra toda del espíritu son espejismos que se producen en la materia. La cultura —la vertiente ideal de las cosas— pretende establecerse como un mundo aparte y suficiente, a donde podamos trasladar nuestras entrañas.

Esto es una ilusión, y sólo mirada como ilusión, sólo puesta como un espejismo sobre la tierra, está la cultura puesta en su lugar.

Es la interpretación más filosófica, la que hace don José Ortega y Gasset, pero hay otras que hablan más a nuestra sensibilidad y a nuestra comprensión.

Quien ha interpretado en la forma más bella la escena de los molinos es seguramente don Miguel de Unamuno en el libro que ya hemos citado, Vida de Don Quijote y Sancho, y en cuyo capítulo VIII se refiere a la batalla de Don Quijote con los molinos, diciendo que tenía razón el Caballero y que el miedo, sólo el miedo, le hacía a Sancho y nos hace a los demás simples mortales, ver molinos de viento en los desaforados gigantes que siembran mal por la tierra. Dice que aquellos molinos molían pan, y de ese pan comían hombres endurecidos en la ceguera. Que hoy no se nos aparecen ya como molinos, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran al mismo daño y el miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos inspiran el culto y veneración al vapor y a la electricidad, el miedo y sólo el miedo sanchopancesco hace caer de hinojos ante los desaforados gigantes de la mecánica y la química, implorando de ellos misericordia. El autor dice que al fin rendirá el género humano su espíritu agotado de cansancio y de hastío al pie de una colosal fábrica de elixir de larga vida. Y que el molido Don Quijote vivirá, porque buscó la salud dentro de sí y se atrevió a arremeter a los molinos. Dice textualmente don Miguel de Unamuno:

Llegóse Sancho a su amo y le recordó sus advertencias, que no eran sino molinos de viento y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza. Claro está, amigo Sancho, claro está; sólo quien lleve en la cabeza molinos, de los que muelen y hacen con el bruto trigo que por los sentidos entra harina de pan espiritual, sólo quien lleve molinos molederos puede arremeter a los otros, a los aparenciales, a los desaforados gigantes disfrazados de ellos. Es en la cabeza, amigo Sancho, es en la cabeza donde hay que llevar la mecánica y la dinámica y la química y el vapor y la electricidad, y luego... arremeter a los artefactos y armatostes en que los encierran. Sólo el que lleva en su cabeza la esencia eterna de la química, quien sepa sentir en la ley de sus afectos la ley universal de los afectos de las partículas materiales, quien sienta que el ritmo del universo es el ritmo de su corazón, sólo ése no tiene miedo al arte de formar o transformar drogas o al de armar aparatos y maquinarias. Lo peor fue que en esta acometida se le rompió la lanza a Don Quijote. Es lo que pueden esos gigantes, rompernos las armas, pero no el corazón. Más sobran encinas y robles con qué reponerlas.

Al recordar estas hermosas palabras de don Miguel de Unamuno, mientras contemplo los cuatro molinos en pie y los treinta cimientos donde se alzaron otros, siento fortificado mi espíritu y que un ideal hermoso me baña el alma, en la ya casi noche criptanense en que vislumbro las figuras de Don Quijote y Sancho que caminan por esta Sierra de la Paz.

Otro día en la villa blanca. El mediodía alumbra y el sol deja caer su luminosidad sobre la Mancha. Voy a vivir un momento emocionante. Alzaré mi palabra ante las gentes sencillas de este pueblo casi mitológico. Estoy en el escenario del teatro Cervantes. ¿Cómo no llevar el nombre del escritor este teatro, hecho con antiguas maderas y empolvado de tradición?

He sido invitado por el Excelentísimo Ayuntamiento para inaugurar el IV Ciclo del Aula de Cultura, con una conferencia sobre el tema «El presente de la hispanidad».

Preside el acto el Gobernador de la provincia de Ciudad Real, don José Utrera Molina, mi ya amigo el poeta y alcalde José González Lara, el Director de la Biblioteca «Alonso Quijano» don José Antonio Sánchez-Manjavacas Cano, el cura párroco a quien todos llaman simplemente «Don Gregorio» y otras personalidades de la villa.

Voy a entregar parte de lo que España me ha comunicado en mi larga residencia en la península a los hombres y mujeres que han venido a escucharme afectuosamente en esta mañana de julio.

Es mi tema predilecto. Disertar sobre la hispanidad. Lo he hecho en muchas decenas de pueblos españoles. He alzado la voz en las tribunas de Chile y aquí y allá, he tratado de ir anudando las ligazones que al fin se han producido entre la patria madre y las hijas de América.

Soy un convencido que debemos hispanoamericanizar a todos los pueblos de occidente. Decir lo que somos y lo que ansiamos, cuál es el camino que nos conviene en la hora alucinante que vive el mundo. Al hacerlo siento que ancestrales entusiasmos están en mi palabra de peregrino de las Américas. Que hombres que ya se fueron, me susurran al oído sus verdades. Los próceres civiles y militares, que aquí y allá entregaron una tradición, siguen vivos en la lucha por la hispanidad.

Nombro a los hombres principales de nuestra América, que durante siglos batallaron por asegurar en forma más permanente los vínculos entre España y los países de ultramar.

Cito nombres, relato anécdotas, enumero hechos gloriosos y que el tiempo no ha logrado borrar. Hago un poco de historia de España y de historia de América, cuando muros de incomprensión los separaban, cuando los enemigos interesados en quebrar nuestro íntimo parentesco, sembraron la desconfianza, dando a entender que España y América estaban divididas por un gran abismo.

Y le rindo tributo a los grandes intelectuales, que lucharon contra la «leyenda negra» y colocaron amor en nuestras relaciones. Hablo de la España colonial y monárquica y de la América Republicana. Diserto sobre nuestras diferentes tradiciones, que no tienen por qué empañar nuestra fraternidad, ni destruir los poderosos hilos que atan a los países americanos, al vientre de España. Digo que nuestra Independencia no pudo romper la unión umbilical con nuestra Madre, que siguió influenciando en lo espiritual y en lo moral. Les rindo tributo a los grandes escritores españoles que empezaron a derribar todos los escollos. Los románticos, encabezados por Mariano José de Larra, que ya hablaban en nuestro idioma, al hablar de libertad y preconizar nuevas formas de vida para todos los pueblos de occidente, que enseñó a leer a los españoles en libros elaborados por franceses, ingleses, alemanes, italianos, donde se podía encontrar el gran zumo cultural de occidente. Hablo en forma emocionada de esa gran generación, que se conoce como «del 98».

Generación que derribó en forma intangible todas las paredes graníticas que el sectarismo había construido con mano irresponsable. Esa generación que produjo el grupo de hombres más trascendentes de España. Ellos tuvieran la virtud de escribir para el mundo, como había preconizado Larra, de hablar en forma descarnada no sólo de las virtudes, sino también de los defectos de nuestra raza y plantear grandes interrogantes, proponiendo las soluciones más ejecutivas. Gracias a esos hombres las juventudes de América empezaron a conocer la verdad española y a mirar con más interés hacia la Madre Patria. Se nutrieron en las enseñanzas de estos hombres que se llamaron Unamuno, Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Benavente, Maeztu, Menéndez Pidal, los hermanos Machado y tantos más. Algunos de éstos corresponden exactamente a la generación del 98, otros son un poco anteriores o posteriores, pero todos ellos tienen el mismo espíritu de crítica, de angustia, de meditación, de ejemplarización, de prédica fuerte y redentora.

Y cito en forma detallada muchos de los pensamientos que expresara ese gran espíritu que se llamó Ramiro de Maeztu, quien en sus libros Defensa de la Hispanidad y Defensa del Espíritu, preconiza el ideal hispánico, el aglutinamiento de todos los países de América y España en una Comunidad de pueblos hispánicos. Él decía que algún día los «Caballeros de la Hispanidad» cruzarían el océano para venir a España y los españoles devolverían la visita.

Nuestras juventudes se vendrían a nutrir de cultura en las universidades españolas, caminarían por todos los senderos ibéricos para empaparse de un pasado que les pertenecía, para conocer el solar de donde habían salido sus antepasados, cuando marcharon hacia América para conquistarla y fundar la raza más prodigiosa del mundo, en las tierras descubiertas por Cristóbal Colón.

Y los españoles conocerían la nueva América, los países que dejaron de ser hijos de España para ser hermanos, por la madurez política, social, cultural y moral que ya tienen.

Ese ideal de Ramiro de Maeztu se ha ido cumpliendo poco a poco y los Caballeros de la Hispanidad caminan en América y en España, se retribuyen visitas, se conocen íntimamente y se quieren sin reticencias. Hoy día las ligazones son fuertes y España tiene calidad de astro para los pueblos que fundó, los que a su vez han cobrado para España, importancia vital.

Largamente le hablo de todas estas sentidas cosas a los ciudadanos de Campo de Criptana y evoco la egregia figura de Don Miguel de Cervantes Saavedra, el gran padre del idioma castellano, que me ha traído a este pueblo de leyenda para que sienta la presencia de Don Quijote de la Mancha que sigue recorriendo las llanuras manchegas y luchando en esta villa contra los molinos, creyéndolos gigantes.

Ahora estoy usufructuando de la generosidad de un almuerzo con las gentes principales de Campo de Criptana. Ha sido emocionante hablar en uno de los lugares más históricos del cervantismo y lo es más, escuchar las palabras de los hombres que dirigen los destinos de esta provincia y de esta pequeña ciudad.

Después tenemos una reunión cervantina en una de las salas del Ayuntamiento, donde asisten las mismas personas que presidieron mi conferencia sobre «El presente de la hispanidad».

Se habla de América y de España. Se conversa de Cervantes y de Don Quijote. Y se habla de molinos, de los molinos de Campo de Criptana.

Me agitan sueños en esta hora y quisiera poder entregar una encomienda poderosa en esta mi Segunda Salida hacia la Mancha.

¿En qué momento nacen las grandes ideas, los generosos pensamientos, los nobles arrestos? ¿Quién es el que inspira el ideal y susurra al oído palabras de cábala, para tomar la espada o la lanza y salir a la batalla? Dios está siempre presente en esos momentos. Como cuando el artista o el escritor están creando. Son momentos definitivos para el alma humana. Es la hora en que el hombre recolecta perfumados racimos, en las vendimias del alma. Yo siento en este momento que me agitan nobles ideales, grandes sueños. Como si de improviso Dios me dijera que mi viaje a Campo de Criptana no puede ser baldío, ni mi peregrinación convertirse en un mero paseo.

De improviso levanto la voz ante mi breve auditorio y les comunico la idea que empieza a fructificar en el cerebro y en el corazón. Les digo que es necesario colocar la realidad sobre los grandes sueños que tiene la molinería de estos parajes y que América no puede cerrar sus oídos ante los caminos del ideal.

Les expreso que América tiene una deuda de gratitud con el príncipe de la lengua castellana, Don Miguel de Cervantes Saavedra, que hizo conocer de manera magistral el idioma más cantarino y hermoso de la tierra. Que esa deuda de gratitud debe pagarla, en moneda buena y bella, moneda espiritual e intelectual. Debe perpetuar en un escenario como Campo de Criptana, su amor a España, la madre ubérrima y fundadora. Hay que cumplir todos los ideales enunciados por los que luchan por reconstruir los viejos molinos en diversos pueblos de la Mancha. Especialmente Campo de Criptana, la ciudad de los molinos, debe reconstruirlos y planteo la idea. América debe ser la que reconstruya los molinos del Quijote. Cada país debe reconstruir su propio molino. Que llevará uno de los nombres de los viejos molinos, que figuran en el Catastro del Marqués de la Ensenada y que fueron los que Cervantes vio cuando vino a este pueblo. Los molinos reconstruidos por los países americanos, no tendrán en su interior maquinarias que muelan trigo y produzcan harina. Estarán divididos en dos plantas, comunicadas entre sí por una pequeña escalera. En esas plantas se colocará un museo artístico e intelectual del país que lo reconstruya. Cuando los veintidós países del otro lado del mar hayan reconstruido los molinos e instalado los museos que se proyectan, el Estado español trazará en forma seria la ruta del Quijote, que pasará a través de todos los pueblos cervantinos que figuran en el libro inmortal y construirá hoteles y paradores lo lo largo de la ruta, ya que cientos y miles de gentes llegarían a bañar su alma, a purificar su espíritu en los pueblos cervantinos y especialmente a mirar en Campo de Criptana a los veintidós molinos de América. Podrán entonces conocer en forma detallada lo que somos en el mundo intelectual y artístico, ya que cada país mostrará en «su molino» lo que es, exhibiendo con orgullo su museo. Así las gentes venidas de todo el mundo, del Oriente y Occidente, conocerán en forma bastante completa a nuestra América, que estará presente en el corazón de la Mancha.

Y junto a los molinos se construirá un gran auditorium, donde alzarán la voz hombres doctos de toda la tierra para hablar de diversos temas. Será maravilloso poder disertar junto a la efigie de los molinos de América, que junto con llevar los viejos nombres que tuvieron, llevarán el nombre del país que los reconstruyó, sobre los viejos cimientos, en que se alzaron los antiguos.

Y entonces Don Quijote y Sancho volverán a la Sierra de la Paz, para contemplar emocionados de qué manera han surgido los molinos y cómo el joven continente está presente en un homenaje que perdurará eternamente.

Mis interlocutores han sonreído con esperanza e incredulidad. Me dicen que el proyecto es casi fabuloso, difícil de llevar a la práctica, pero que es hermoso pensar que pudiera realizarse. El poeta y alcalde José González Lara me mira con alegría y me expresa que ése sería el día más glorioso para la villa, cuando se iniciara la reconstrucción de los molinos que el tiempo destruyó y cuyos cimientos son como una acusación cotidiana para los hombres de hoy.

Yo les digo que esto hay que realizarlo. Que lo veo fácil y que Chile debe ser el primer país de América que reconstruya el primer molino-museo. Por algo somos la atalaya de la joven civilización de nuestro continente joven y la Atenas, por nuestro amor a la cultura, a la verdad, a la libertad, a todo eso que tan acertadamente cantó en La Araucana don Alonso de Ercilla y Zúñiga.

Un país como Chile debe dar el ejemplo, expreso, una vez que reconstruyamos el primer molino los demás países seguirán el ejemplo Y llegará un día en que todos los países de la América donde se habla castellano, inglés, francés y portugués, estarán presentes en Campo de Criptana y la Sierra de la Paz será el gran proscenio donde se juntarán las tradiciones de España y América y donde se elevarán los himnos destinados a mejorar al género humano.

Se ha producido un silencio decidor en la sala del Excelentísimo Ayuntamiento donde estamos reunidos. Todos nos mirarnos con esperanza. Yo siento lo mismo que debieron sentir los soldados de cualquier patria antes de entrar a una batalla. Acabo de echarme sobre los hombros una pesada responsabilidad. Yo no puedo defraudar a estos hombres principales de la Mancha, que me miran con esperanza y entusiasmo, que de improviso me quieren dotar de fuerzas que no creo tener, que piensan que sólo vine a Campo de Criptana para iniciar la reconstrucción de sus molinos.

Los países de América, les digo a mis interlocutores, deben en nombre de América y de su cultura pagar con gratitud todo lo que España hizo por ellos, que fue mucho. No olvidemos, señores de Campo de Criptana, lo que Cervantes dijo sobre la gratitud y que figura en la parte segunda, capítulo LVIII:

Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan, y así, es Dios sobre todos porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, las suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo, y lo que tengo de mi cosecha...

Les digo a mis amigos, que me escuchan en esta tarde criptanense: «Yo espero que mi gratitud hacia Campo de Criptana no quede sólo en “deseos de hacerlas”, en cuanto a las obras que he venido a prometer y que todo lo que pueda llevar a la realidad y que algún día se alcen los molinos de América y que el de Chile sea el primero».

A la usanza antigua, yo podría formular un juramento que dijera: Yo, Carlos Sander, poeta por la gracia de Dios, juro ante los hombres más principales de Campo de Criptana, no descansar hasta ver que América reconstruya los viejos molinos del Quijote y coloque en cada uno de ellos un museo artístico e intelectual. Al formular este juramento, yo pido a Dios que me dé las fuerzas necesarias para cumplirlo, con gloria y modestia.

Campo de Criptana que desde ahora se llamará para mí «la ciudad bienamada de los molinos» se empieza a alejar de mis miradas. Sigo mi peregrinaje. El Toboso y su Dulcinea me esperan en su silencio conventual, para mostrarme el reino del amor, los territorios del gran amor de Don Quijote.

  • (*) Tomado de Sander, Carlos. «América y los molinos del Quijote.» [Capítulo undécimo] En busca del Quijote. Santiago de Chile: Editorial Nacimiento, 1967. 289-316. volver
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