Por Manuel Antonio Román*
Señoras, señores: Gratísima tarea y dulcísimo solaz es para un escritor hablar del libro más ameno y mejor modelado que ha producido el humano ingenio, que inmortalizó a su autor y colma de legítimo orgullo a su nación; pero con cierta envidia tengo de confesar que no fui yo comisionado para tan lucido trabajo, sino para otro más árido e ingrato. Mientras otros Académicos estudian la parte viva de la obra de Cervantes, yo estudiaré la parte hasta cierto punto muerta; mientras ellos hablan de las bellezas y lozanías del Quijote, y dejan caer sobre su autor una lluvia de flores, yo mostraré las flores secas e inodoras de los inmensos prados y vergeles de la sin par novela. Resignaos pues, señores, a oírme tratar de las voces del Quijote anticuadas hoy día en España, pero vivas y subsistentes en Chile.
Fácil me habría sido idear una piececilla dramática o novelesca, o por lo menos un cuento, en que, haciendo obra artística y literaria, fueran engarzándose al descuido y con cuidado todas las perlas del caudal léxico que dejó perdidas u olvidadas la madre España en esta larga faja de su riquísimo imperio colonial; aunque tentadora esta forma o manera, no satisfizo mi inteligencia ni doblegó mi voluntad, porque creo que esta selecta concurrencia, flor y gala del buen gusto y de la cultura chilena, me pide un trabajo más serio y claro, más fundamental y duradero.
Para proceder con orden, hablaré, lo más brevemente que sea posible, de la ortografía, de la fonética, de la morfología y del léxico del Quijote en relación con el castellano que se habla en Chile, subdividiendo está última parte en voces y acepciones que usó Cervantes y usamos nosotros y que no aparecen en el Diccionario de la Real Academia, y en voces no castizas corrientes en Chile que pueden corregirse con otras equivalentes que nos brinda el áureo libro del Quijote.
Cuando escribió Cervantes su obra, la anarquía ortográfica era general. Viendo esto y por instinto de orden y disciplina se acogían los impresores a la ortografía enseñada por Nebrija, uno de los más sabios y autorizados humanistas españoles; pero esa ortografía, medio latinizada aún y muy distinta de la presente, no era seguida en todo ni por todos, y de ahí la falta de uniformidad que se ve en el Quijote, como en todos los libros de aquel tiempo. Así, por ejemplo, se confunde la b con la v, porque el español nunca las ha distinguido en la pronunciación, y muchas veces se sustituían en lo escrito por la u. La j y x se confundían en muchas palabras, tanto que se escribía Quixote, congoxa, xabón, dixo. La g después de e, i, se confundía también con la j en voces en que no era reclamada por la etimología. La h andaba mucho más libre que ahora para suprimirse y agregarse indebidamente. La y o y griega no se confundía, como en Chile y otros países, con la ll, porque ambas tenían diversos sonidos; tampoco la s con la c y z, sonidos que desdichadamente confundimos en Chile y en toda la América. En España se usaba además e indistintamente con la z, la ç (c con cedilla) que ahora ha desaparecido.
El uso de mayúsculas, de los acentos y de la puntuación era aún más irregular y deficiente, sin contar con las muchas abreviaturas, que a veces no era fácil descifrar.
Esta confusión ortográfica, unida a la pérdida de los sonidos de la ll y de la z, causó y sigue causando en Chile grandes perjuicios a la lengua. No juzgando sino por los apellidos, es triste y vergonzoso ver escritos con z muchos nombres que jamás la han tenido ni pueden tenerla en castellano, como Chaves, Cortés, Fuensalida, Mesa, Pavés, Quesada, Quirós; otros sin h, como Haro, Bohórquez, Bahamonde; otros con letras de más o de menos, como Allende, escrito aquí Alliende, Madriaga por Madariaga.
Estudiar la fonética del Quijote sería estudiar la del castellano de la época, porque Cervantes, en su obra magistral empleó el lenguaje corriente entonces. Fuera del arcaico de los libros de caballería, que tan entonadamente usa Don Quijote, y fuera de algunos voquibles estropeados por Sancho Panza, «prevaricador del buen lenguaje», como se lo cantó su amo, todo lo demás es el buen castellano, el castellano clásico del siglo de oro de España, ya elegante, noble, elevado y profundo cuando habla el autor u otros personajes ilustres, ya sencillo y pedestre, pero siempre gracioso y ameno, en boca de Sancho, de los pastores, venteros y criados, ya picaresco o intencionado cuando oímos al Licenciado, a Corchuelo, al socarrón de Carrasco, a los estudiantes, bandidos, etc. En todas estas manifestaciones del habla española hay muchos vocablos que sonaban entonces de distinta manera que ahora, y no porque el vulgo los estropeara, sino porque, según las leyes de la fonética castellana, así los había adoptado la lengua desde su origen. Y esta lengua fue la que los conquistadores españoles, junto con su religión, sus artes y demás conocimientos, esparcieron en América, cuando comenzaban los primeros rayos del Renacimiento; por consiguiente, esos vocablos venían sencillos y llanos, semejantes a la escueta tierra castellana, porque todavía los humanistas y los eruditos no habían hecho remontar la corriente de la lengua volviéndola a las fuentes del Lacio. Por eso se pronunciaba entonces agora, mesmo, repunar, dotrina, letura, condutor, noturno, vitoria, letor, escuro, escuridad, escurecer, escurana, contino, monstro, inreparable, inremediable, inresoluto, hanega, Madalena, Ingalaterra, previlegio, ligítimo, jurisdición, escrebir, recebir, etc., etc. Así hablaban todos en España hasta después del descubrimiento de América y muy entrado ya el Renacimiento, hasta que al fin triunfó éste, y todos esos vocablos volvieron al troquel latino. Nuestro pueblo iletrado, que, como el de todas partes, es apegado a lo que aprendió de sus padres, conserva todavía estas antiguas formas, y aún tiene un sonido que es la prueba viviente de la lucha que hubo entre el antiguo fonetismo castellano y el nuevo de los renacentistas: es el vocalizar en u a c y la p antes de t y c, en casi todas las voces en que ocurren estos grupos. Por ejemplo: aución, leución, reutor, aceutar, coceución. Lo mismo hace con el grupo gn y con la x, que es letra doble, como se ve en mauno (de Carlo Magno). Benuino, Máucimo de Benigno y Máximo. Fue esta una como transacción entre ambas formas; sin embargo, no hay prueba de esto en el Quijote fuera de auto, que aparece usado como ahora, pacto, no se pronuncia pauto, como dice el chileno, sino más bien pato, por lo cual Sancho Panza no entendió «pacto expreso con el diablo», sino patio espeso.
En cuanto a acentos, pronunciaba Cervantes como nosotros descúido, como se ve en estos versos (I, 3):
Yo no sé a dónde me guía
Y así navego confuso
El alma a mirarla atenta
Cuidadosa con descuido.
Muy breve he de ser también en esta parte, que trata de la formación de las palabras; y, principiando por el verbo, que es la principal, veamos lo que merece notarse con respecto a nuestro lenguaje. En el habla caballeresca que usa Don Quijote las segundas personas de plural terminan en des esdrújulo: tratáredes, alcanzásedes, quisiéredes verdades; en des grave aparecen: veredes, habedes, sepades, queredes, acuitades, mostredes. A pesar de que a los inferiores e iguales se les trata de vos en toda la obra, como se usaba entonces en toda España, no aparece jamás la forma aguda en ís que usa nuestro pueblo en el presente de indicativo de la segunda conjugación: querís, comís, ponís, tenís. Sólo en la Biblioteca de Gallardo y en uno que otro autor he hallado ejemplos sueltos de este uso.
La forma del singular stes, que malamente usan algunos semicultos en el pretérito del indicativo, como te fuistes, te callastes, me dijistes, puede traer su origen de la que usaba Cervantes y todos los autores de su tiempo, pero en plural y concordando con vos, nunca con tú; como hicistes, salistes, acertastes, hallastes, que ahora son hicisteis, salisteis, acertasteis, hallasteis.
Formas mal usadas de verbos hallamos; entriégame, como dice nuestro vulgo; hollen por huellen; trujo, anticuado, que todavía se usa en algunos pueblos del Sur; vais por vayáis.
En los infinitivos suprime el vulgo chileno la r final cuando van seguidos de los pronombres el y la: pegale, correla, por pegarle y correrla. Con el se es más raro. Cervantes suele convertir en ll las dos consonantes: meneallo, oíllo, pagalla, disparalla.
Respecto de los géneros, usa Cervantes como femeninos color y puente, que nosotros también hacemos femeninos en ciertas acepciones.
En cuanto a los adverbios en mente, que muy poco usa nuestro pueblo, reemplazándolos por el adjetivo, sólo hallamos dos casos en el Quijote: «Las prevenciones que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas» (I, 4); «Entré secreto y dejé una mula» (I, 27). Así dice también el vulgo chileno: «Me pagan injusto; Ven para acá lijero; Anterior no eras así; Contéstame referente a mi profesión».
En el uso de los pronombres ignora el pueblo chileno el tú, del cual sólo toma el acusativo y el dativo, mezclándolo con vos: ¿Qué te importa a vos? Nos es enteramente desconocido y se reemplaza con los: vámolos, los fuimos. Asimismo os, que se reemplaza con los, las, les y a ustedes. Nótese que en el uso de vosotros pecamos todos en el lenguaje familiar, pues lo suprimimos enteramente y lo reemplazamos con ustedes, que no es igual. A los mismos individuos a quienes en singular tratamos de tú, o de vos, en plural los tratamos de ustedes, que significa «vuestras mercedes». No es porque su mayor número nos infunda respeto o temor, sino porque el vosotros es inusitado en el pueblo.
En la sintaxis, lo más probable que tenemos es el mal uso del se pasivo, y que Bello denomina cuasi reflejo. En esto se está introduciendo en Chile un error tan grande, que no hallo palabras apropiadas con que condenarlo; y todo ello por la mala enseñanza y el peor ejemplo de los profesores extranjeros. Para éstos ya no «se afinan pianos, ya no se compra y se venden casas, no se admiten alumnos, no se enseñan las ciencias, sino que se afina pianos, se compra y se vende casas, se admite alumnos, se enseña las ciencias». Esto equivale a minar el castellano por su base, porque así se le quita uno de los modos que siempre ha tenido para expresar la voz pasiva. Por eso, consultada sobre este punto la Real Academia Española por un literato peruano, le contestó que lo castizo y correcto es concordar el verbo con el sujeto, y en seguida lo remitió al índice del Quijote, donde abunda esta construcción, y siempre de la única manera que se ha usado en castellano.
Hablamos como el autor del Quijote y a despecho del Diccionario de la Academia en los siguientes vocablos:
Adivino,na.− Además de s., lo hacemos adj. como Cervantes: «Memorables adivinanzas del mono adivino» (II, 25). «Viene aquí el mono adivino» (Ibíd.). «Quién [era] el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos» (II, 27).
Alborotarse, en el significado de encabritarse: «Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes» (I, 20).
Alejandro Empuño o Empuña. No le da este apellido Cervantes al héroe de Macedonia, pero le da como cualidad característica la liberalidad, que es lo que, por contraposición o antífrasis, hizo llamar Alejandro Empuño o Empuña al mezquino o tacaño, hombres que, según Dante, hasta de la sepultura resucitarán con el puño cerrado:
Quiste risurgeranno del sepulcro
Col pugno chuiso
Divina Comedia, infern., c. VII
«Quiso privarse del instrumento y causa que le hacía gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo Alejandro pareciera estrecho» (I, 39). «¡Oh liberal sobre todos los Alejandros!» (I, 52).
Armonía.− Así llamamos en Chile la bulla de palabras, y especialmente la alegre en que se oyen las alabanzas, requiebros, etc., porque nos suena al oído dulce y acordada como una armonía musical. Así sonaba también para el regocijado novelista la graciosa escena que describió en la venta que Don Quijote imaginaba ser castillo, cuando «daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no se daban punto de reposo». Armonía era todo esto para el autor, pues dice que «ella sola [Maritornes] era la ocasión de toda aquella armonía» (I, 16).
Hacemos auto de una cosa cuando la condenamos o arrojamos al fuego, como lo hicieron el cura, la sobrina y el ama de Don Quijote quemándole toda su peregrina y sin par biblioteca. «A fe que no se pase el día de mañana [dijo el valiente cura] sin que ellos no se haga auto público y sean condenados al fuego» (I, 5).
Barranco es para el Diccionario «quiebra profunda que hacen en la tierra las corrientes de la aguas», para Cervantes y para nosotros es el lado, orilla, borde o altura de esta misma quiebra, es el ribazo español. Sólo así se entiende este texto del Quijote: «No hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo» (I, 28). Así hablaron también Garcilaso, Castellanos, Mariana y el Maestro Alejo Venegas. No nos dice el Diccionario qué es hacer baza en sentido figurado, y ¡tan claro que lo dijo Cervantes en estos versos! (II, 46):
Pintura sobre pintura
Ni se muestra ni señala;
Y do hay primera belleza
La segunda no hace baza.
De bolsico dice que es anticuado y que significaba «caudal o dinero». El pueblo lo usa en Chile en vez de bolsillo, y así dijo también Cervantes: «Le había dado un bolsico con docientos escudos de oro» (II, 57). Más claro lo dijo Vargas Machuca, que estuvo en América y escribió dos cosas de América: «En los cuales [sayos], algunos usan unos bolsicos, cosidos por fuera, para la munición» (Milicia de las Indias, 1. II).
La expresión adverbial a borbollones está interpretada en el léxico «atropelladamente», mientras Cervantes y nosotros la usamos en sentido propio: «Se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones» (I, 50).
Bien se ve el origen de nuestras candelillas en este texto: «Vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente» (II, 25); como en este otro de Quevedo: «Hay maridos linternas, muy compuestos, muy lucidos, muy bravos, que, vistos de noche a escuras, parecen estrellas, y llegados cerca, son candelilla, cuerno y hierro, rata por cantidad» (Visita de los chistes).
La expresión Casa Otomana, que se dio como sobrenombre a una poderosa familia de Santiago, tiene su explicación en estas palabras del Quijote: «No hay entre ellos [los turcos] sino cuatro apellidos de linajes, que descienden de la Casa Otomana, y los demás… toman nombre y apellido ya de las tachas del cuerpo, y ya de las virtudes del ánimo» (I, 40).
Coche. Hasta esta voz casera, con que llamamos al puerco o cochino (que, con perdón de vosotros, señores, así se llama), hallamos autorizada por Cervantes en su obra magna. Y ¡cómo no, cuando hasta el nombre chileno chancho es araucanización del segundo de sus héroes, el escudero Sancho Panza! Está la voz coche usada en sentido figurado e involucrada en un como refrán, y por eso no es fácil conocerla: «Debe andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, el estricote, aquí y allí, barriendo las calles» (II, 8). Es decir, anda mi honra como un puerco al cual se arroja de un lugar. Para que no quede duda de que este coche es el mismo vocablo que nosotros usamos, oigamos al Inca Garcilaso: «A los puercos llaman los indios cuchi, y han introducido esta palabra en el lenguaje para decir puerco, porque oyeron decir a los españoles coche, coche, cuando les hablaban» (Comentarios reales, p. I, l. IX, c. XIX). Bien claro lo dijo también el Maestro Gonzalo Correas: «Cuando el zapatero dice boj, mete la casa en alboroj, piensa el mozo que dice cox [coz?], la mujer que dice a vos, el gato que dice mox, la polla que dice ox, el perro que dice to y el gallo que dice clo y el cochino que dice coche y mete la cá en alborote» (Vocabulario).
Devoto.− Además de usarlo en las acepciones comunes, aplicámoslo nosotros al santo a quien tenemos devoción. Así habló también Cervantes, aunque en sentido jocoso: «Es tan devota mía [esta bota de vino] y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la de mil besos y mil abrazos» (II, 13). Así también los clásicos Valdivielso (sic) y Murillo, y, sobre todo, el escritor a quien podemos llamar el mono de Cervantes, porque no hizo sino remedar a su divino modelo fríamente, con muecas y contorsiones como hacen los monos, y sin tener talento ni arte suficientes para darnos un Don Quijote y un Sancho vivos, con alma y corazón, con cualidades españolas, con dotes de inmortalidad. Pues bien, el pseudo Avellaneda usó también el adjetivo sustantivado devoto como Cervantes y como nosotros: «A fe, dijo Sancho, que era santo de chapa [San Bernardo]; yo lo quiero tomar por devoto de aquí adelante por si me viera en algún trabajo» (Quijote de Avellaneda, c. I).
Don.−Práctica es de nuestro pueblo juntar el Don con los apellidos: Don Peña, Don Guzmán, Don Montes, como algunos pueblos italianos, que dicen Don Bosco, Don Cagliero, y los religiosos benedictinos, que abrevian en Dom, el Dominus latino: Dom Calmet, Dom Cellerier. Cervantes dijo también: «Señor Don Montecinos, cuente vuesa merced su historia como debe» (II, 23). Otro Don usó también unido a nombres comunes, indicativos de injuria o ultraje: don diablo, don ladrón, don bellaco, don tonto, don villano, don vencido y don molido a palos; como dice también el chileno por burla o mofa: ¡Cómo le va, don tonto! —replicando a quien le ha echado en rostro ese calificativo. Lo más común en la gente del pueblo es usar el ño y ña, sílabas a que han quedado reducidas las voces señor, señora, por ambos casos desgastadas: Ño ladrón, ño ratero, ño fulano, ño tramposo, ña flojera, ña pereza, ña fatiga.
La voz entierro, por tesoro escondido, no fue desconocida para Cervantes; aunque en el texto se lee encierro, por el sentido y por lo que sigue después, es evidente que es errata por entierro: «Yo sé, Sancho, que no tocaron a mi encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba» (II, 54); y poco más adelante lo llama «tesoro».
Entremeterse, no entrometerse, dice también como nuestro pueblo en dos partes (I, 45; II, 63).
«Yo espero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia» (II, 19), como decimos también en Chile, y no ver las estrellas, como da esta frase el Diccionario.
Llama falso nuestro pueblo al falto de valor, al cobarde, miedoso o medroso. Sólo en este sentido puede entenderse el epíteto de falso que aplicó la desenvuelta Altisidora al valiente Manchego en el gracioso (llamémoslo en chileno) esquinazo, que le dio en el palacio de los Duques (II, 57):
Mira, falso, que no huyes
De alguna serpiente fiera
Sino de una corderilla
Que está muy lejos de oveja…
Seas tenido por falso
Desde Sevilla a Marchena
«Significando falso de ley, de realidad o veracidad (dije en mi Diccionario de Chilenismos), y siendo el valor la ley militar y del buen caballero, era natural que al que no lo tenía se le llamara, en aquellos tiempos de tantas guerras, falso militar, falso caballero; de donde el pueblo vino a llamar soldado falso y hombre falso al cobarde o al falto de valor».
Las frases forenses Ha lugar, No ha lugar, se construyen casi siempre mal en Chile, agregándoles la preposición a, como si el verbo significara existir, cuando en realidad significa tener como el habere latino, de donde se deriva. «Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición», leemos en el Quijote (I, 44). Para que llevara preposición sería necesario que hubiera usado la forma moderna hay y no la antigua ha, que, como más cercana a su origen, solo significa tener. En mi Diccionario de Chilenismos traté extensamente este punto.
Helársele a uno la chacra, es en Chile frustrársele un proyecto o una empresa; y abreviando, Se le heló, Se le heló, es voz de burla o censura que se dice al que, al empezar una riña o empresa arriesgada, desiste de ella por cobardía. Así también se expresó Cervantes: «A la más necesaria ocasión y cuando es menester dar una traza que importe, se les hielan las migas entre la boca y la mano, y no saben cuál es su mano derecha» (I, 22). «En lugar de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él» (I, 28).
Hereje, en el Quijote y en Chile, no es solamente el que abraza una herejía, sino que en lenguaje familiar es el atrevido o descarado, el desvergonzado, y aun el ignorante y el travieso. «Ven acá, hereje [¡hereje el pobre Sancho, que tantas veces hizo alarde de ser “cristiano viejo”!] ¿no te he dicho que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea?» (II, 9).
Mano a mano, modo adverbial, que entre jugadores significa sin ventaja de uno a otro o con partido igual, dice el Diccionario; pero en Chile se usa no sólo entre jugadores sino también entre personas que luchan o riñen. Así también el Quijote: «En éste, que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo satisfacerme del agravio que me ha hecho peleando con el mano a mano, como hombre honrado» (I, 24). «¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador!» (II, 46). ¡Y no comprendía el sublime loco que se las había con un gato, que nada tenía de encantado! Juan de la Cueva, en su poema «La Conquista de la Bética», dijo también como nosotros (libros XV y XX):
Donde se esconde Garcí Perez
Que aquí la guardo mano a mano
Conmigo su dolor; no se detenga.
Desvía a Darfira y deja al africano
Con hélvetico modo mano a mano
La negra figurada y familiarmente es voz muy usada en Chile para significar la arrogancia, astucia y habilidades con que una persona hace negocios o ganancias sin dinero. Por eso jugar con la negra, ganar a uno con la negra, emprender un negocio con la negra es hacer todo esto sin dinero, con la pura apariencia, con meras palabras o habilidades. El origen de este significado parece ser espada negra, con que se designa en esgrima la espada de hierro, sin lustre ni corte y con un botón en la punta para que hiera; a diferencia de la espada blanca, que es acerada y bruñida y con la punta descubierta. Después de esta aclaración léase este pasaje del Quijote: «Bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado y que le puede dar Camacho, por esconder el tirar de la barra y el jugar a la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de barra y sobre una gentil treta de espada, no vale un cuartillo de vino en la taberna» (II, 20). Aquí se puede ver como ya el uso de la espada negra, y abreviadamente la negra se comparaba con la pobreza. Por lo demás, la metáfora está bien inventada; porque, así como la espada negra no corta ni hiere, a no ser por la mucha habilidad del esgrimidor o la impericia del adversario, así también el que está sin dinero no podrá hacer negocio alguno sino por su astucia y por la credulidad de los demás (de mi Diccionario de Chilenismos).
Hacer notomía es para el chileno hacer carnicería o destrozo, hacer crueldades y así también Don Quijote: «Esperaba ver por sus ojos hacer notomía de las entrañas de su honra» (I, 34). Álvarez de Toledo que cantó las guerras de Arauco escribió también Purén indómito (c. 1):
¡Eterno padre, poderoso y alto!
Tu divino favor, señor, me envía
Con el cual cantaré, sin quedar falto
El sangriento destrozo de este día
El estruendo, el alboroto, el sobresalto,
La espantosa y horrenda notomía
Que en los tristes y míseros cristianos
Los bárbaros hicieron inhumanos.
Otra autoridad de altísimo valor hallamos en El Cortesano de Boscán (I., i c. i): «En ninguna cosa entiendo, sino en hacer notomía de corazones». Entre tanto el Diccionario dice solamente de este vocablo que significa: «Esqueleto, y antiguamente anatomía», del cual se deriva; pero no registra nuestra frase.
De neutro o intransitivo califica el Diccionario al verbo pelotear en la acepción: «Arrojar una cosa de una parte a otra»; en el Quijote y en Chile es activo y transitivo: «Llegué a la puerta [del infierno], a donde estaban jugando una docena de diablos a la pelota…, y lo que más me admiró fue les servían en lugar de pelotas los libros… Prosiguieron su juego peloteando otros libros…» (II, 70). Del uso chileno somos testigos todos los chilenos; pero mejor citaré al clásico padre Alonso Ovalle, jesuita nacido y educado en Chile autor de Histórica relación del Reino de Chile, y cuya autoridad es una de las de casa para la Real Academia: «Habiendo ido un indio [dice] de los de nuestro servicio a la plaza donde se lidiaban toros, a verlos jugar, por su desgracia lo cogió un toro y lo peloteó en el aire» (libro I, cap. 2).
Más notable es la omisión que se ha hecho de una acepción del verbo penar, usadísima entre nosotros, y con la cual se significa que las almas del purgatorio se aparecen en este mundo para manifestar las penas que padecen y pedir auxilio en ellas. Oigamos a Cervantes: «Oyendo lo cual [las quejas y voces de Sancho caído en una profunda sima] don Quijote…, se le acrecentó el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho debía de ser muerto, y que estaba allí penando su alma» (II, 55).
Picar.− Entre muchas otras, le da el Diccionario esta acepción: «picar en la espuela a la cabalgadura para que ande, o castigarla para que obedezca»; definición que no alcanza a todo el significado de la acepción, pues se aplica no sólo al que va a caballo, sino también al que va a pie: Pique para la plaza; piquemos para la Alameda, decimos corrientemente en Chile. Cierto es que en el Quijote sólo se aplica esta acepción a los de a caballo, pero una multitud de clásicos, el mismo Diccionario de Autoridades y los autores españoles modernos la aplican también, como nosotros, a los de a pie.
No conoce el Diccionario la frase hacer poderíos, hacer uno todo cuanto puede. «Yo haré en ello todos los poderíos» dijo Cervantes (I, 29), y Álvaro de Toledo: «Haga con tierno amor su poderío», en el Purén indómito, Canto III.
Prometer, en la acepción de asegurar, afirmar una cosa, muy usada en Chile y en el Quijote, como se le pasó también por alto al Diccionario. «Yo te prometo y juro como católica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento» (II, 52). «Yo le prometo, que, cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante» (II, 62). El vulgo pone todavía a este verbo la a protésica que se usaba antes en España, diciendo aprometer.
Es corriente en Chile llamar pruebas las habilidades y ejercicios que hacen los acróbatas, volatineros y demás gente de la laya; lo cual se ha originado sin duda, de confundir dos tiempos: el del ensayo privado de la habilidad o ejercicio y el de su ejecución en público. En el primer tiempo es evidente que es una prueba, un tanteo o ensayo: en el segundo es la habilidad puesta en ejecución. Esclarecido así el verdadero concepto de prueba, no debemos creer que se legitima nuestro uso con este texto de Cervantes: «Un día estando en un terrado de nuestra prisión con tres compañeros haciendo pruebas de saltar con las cadenas...» (I, 40). Es claro: el cautivo, que no era otro que el mismo manco de Lepanto, ensayaba privadamente el modo de andar a saltos con las cadenas de su prisión, para no despertar la atención cuando de esa misma manera pudiera fugarse.
Construimos el verbo quedaron con la preposición de cuando sigue infinitivo, y con cursiva en en los demás tiempos; lo mismo leemos en el Quijote: «Quedó de tener especial y gran cuidado» (I, 40). «Quedaron de darse noticias de sus sucesos» (I, 47). «Después que quedamos en esto» (I, 40).
Acostumbra nuestro pueblo, y aun algunas personas cultas, llamar religioso a todo sacerdote, lo que no es conforme con la Teología ni el Derecho Canónico. «¡Qué Santo religioso!, Este santo religioso», dicen por su mismo cura, que es santo secular. Pues bien, Cervantes llama también religioso varias veces al canónigo que en casa de los duques «mostró tan mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes» (II, 36), haciendo montar en cólera al que era la flor y nata de ellos.
Dos veces emplea Cervantes la frase dar soga, en la gran aventura de la cueva de Montesinos (II, 22), pero la emplea en sentido recto de alargar o soltar un tanto la soga o cuerda. Nosotros, además de éste, le damos el figurado de dar un poco de libertad o suelta a una persona. «¡Cómo me confieso pues, padre, cuando el patrón no me da soga!» decía un huaso ambicionero. Esta frase, que en tal acepción no conoce el Diccionario, es castiza como las que más. «Estos llamamientos de Dios... y el de un sano costino, que le espera y le va dando soga y le da un grito en una huerta donde estaba...», escribió el clásico Malón de Chaide (Conversión de la Magdalena, p. 3 c. 8). «A la mujer brava dalle la soga larga», dice un antiguo refrán español.
Como activo solamente admite el Diccionario al verbo topar en la acepción de «hallar casualmente o sin solicitud», mientras Cervantes y nosotros lo usamos también como neutro. «El primero con quien topó fue con el apuñeado de Don Quijote» (I, 16). «Desgraciada aventura que se topó Don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses» (I, 15). «No hemos topado con ninguna [aventura] que lo sea» (I, 16). «Topó con el que buscaba» (I, 45).
Interesante por lo demás es la materia; pero como el tiempo no detiene su velocidad habré de tratarla brevemente.
«Esperad que aclare el día» (I, 46). «Ya a esta sazón aclarado el día» (I, 44), dice Cervantes, haciendo personal el verbo y no impersonal como nosotros.
«He determinado sacar a luz El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha al abrigo del clarísimo nombre de vuestra excelencia» (Dedicatoria) y no al abrigo de los vientos, tempestades y de toda duda, que es giro galicano.
«Gana [Sanchica] cada día ocho maravedís horros que los va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar» (II, 52), dice Teresa Panza; en lo que nos enseña que la alcancía no es lo que se pone en las iglesias o barajes públicos para recibir limosna: esta se llama cepo o cepillo.
«Haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un licurgo moderno» (II, 1), el alicurco de nuestro pueblo.
«Todas las veces que me encuentro en mi mal logrado, se me arrasan los ojos de lágrimas» (II, 48), no en lágrimas.
«Vente tras mi» (I, 18), «Y ven tras mi… siempre andaba ciega del» (I, 21) y no detrás de mí, detrás de él. «Azoróse de manera como si le hubiera dicho que era fea» (II, 33). «Sobresaltóse el corazón de Don Quijote y azoróse el de Sancho» (II, 68). No asarearse, que tanto se usa en Chile.
«Estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco» (II, 27). Sardesco, sustantivo y adjetivo, es el nombre del caballo chilote.
«Toda la caterva de filósofos», «la caterva de los libros vanos de caballerías» (Prol.). «Toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan» (II, 31); y no catervá ni catervada.
«Bien así como el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse» (II, 54); no cambiarse como están diciendo contra toda ley los incultos y hasta los cultos de Chile.
«Duerme, digo otra vez, y lo diré otras ciento» (II, 20), «Hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como unos jirifaltes» (II, 32); y no la forma apocopada cien.
«Cuanto más que con lo que ahora pienso decirte» (I, 33), «Cuanto más que la verdadera nobleza consiste en la virtud» (I, 36). Cuanto más, cuanto y más o cuantimás, es como debe decirse y no contimás, como el vulgo chileno.
«¿Quién más acuchillado ni acuchillador que don Belianís?» (II, 1). No cuchillero, que dicen en Chile.
«Denantes dije que yo era licenciado» (I, 19), «Por el mismo que denantes juraste» (I, 25), «Lo que le quería decir denantes» (I, 43), «Aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes» (I, 12). Aunque anticuado en el Diccionario, la gente culta de Chile usa todavía el adverbio denantes, a diferencia del vulgo, que dice en denantes, anticuado también y en enantes.
«Y así con aquel espacio [no despacio, que sólo es adverbio]… caminaron hasta dos leguas» (I, 47), «Me parece que venís a pie y despeado» (II, 73), ¡Y aquí asquean de este adjetivo los bienhablados, creyendo que sólo se aplica a las bestias!
«Temía si quedaría… deslocado su amo que no fuera poca ventura si deslocado quedara» (II, 64). Juego de palabras entre deslocado por dislocado que se refiere al hueso fuera de su lugar, y deslocado, que significaría salida del estado de locura. En Chile se usa un verbo dislocarse, que nunca ha sido castizo, en el sentido de volverse loco y de perder los estribos de la paciencia.
«Unas tajadicas subtiles de carne de membrillo» (II, 47): este es el nombre de nuestro dulce de membrillo.
«El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón» (I, 25), «Por esta sencillez les quiero como a las telas de mi corazón» (II, 13); y en Chile como si todos fueran sastres o modistas, se habla de las entretelas del corazón.
«Me parece que la estada nuestra en este castillo ya es sin provecho» (I, 46), «Por no ser para más mi venida, no ha de ser más mi estada» (II, 34); así estada, estancia, permanencia y no estadía que es propia de los buques o barcos.
«Cansóse el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada, quiso que todos lo demás se quemasen» (I, 6), «Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado» (II, 58). A fardo cerrado decimos en Chile.
«No se ha de añadir aflición al afligido» (II, prol.). Al fregado fregarlo, que decimos familiarmente.
«Ya no veía la hora de verme gozar sin sobresalto» (I, 41), «Pregunto qué hora era» (II, 53). Y en Chile usamos indebidamente el plural horas.
«La ligereza e instabilidad de la vida presente» (II, 53), no se diga inestabilidad, como en Chile.
«Sobre el cual [sepulcro de mármol] vi a un caballero tendido de largo a largo» (II, 23), «Se tendió de largo a largo en la cama» (II, 74), «Real y verdaderamente yace de largo a largo» (Ibid). Nosotros le quitamos a este modismo indebidamente el de.
«Le rogaron se la contase [la causa de su daño]» (I, 27). Un chileno habría dicho, mal por cierto, se las contase. «Yo no se la he querido dar [La novela de El curioso impertinente, a unos huéspedes]». También un chileno habría dicho: «No se las he que querido dar».
«Tuvieron lugar con él las persuasiones del cura» (II, 21), «Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente» (II, 42). Ninguna de estas es la frase galicana tener lugar en el sentido de realizarse, efectuarse, verificarse, celebrarse.
«De un sueño se la llevó toda [la noche]» (I, 8). Llevar, cuando envuelve la idea de tiempo, pide complemento directo expreso: «me lo llevo estudiando» y no me llevo estudiando.
«Su vida no era suya, sino de todos aquellos que le habían de menester» (II; 4). Este de es anticuado y vicioso y no debemos imitarlo.
«Yo haré que mi Altisidora se ocupe de aquí en adelante, en hacer alguna labor blanca» (II, 70). «Quedaba ocupado en cierta cosa» (I, 26). Ocuparse de un asunto es una necedad galiparlera, dice Segador, y con él todos los hablistas.
«Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca» (II, 59). Manos y uñas son los nombres de nuestras patas o patitas.
«No hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte» (II, 20), la pelada que decimos familiarmente.
«La pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre» (II, 26); lo que nosotros llamamos abierto de piernas o con las piernas abiertas.
«Le hizo sentar junto a sí en una silla baja» (II, 33); no en un piso o pisito.
«No se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos» (I, 10); en chileno, pilón de un oreja.
«Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba a aquel» (I, 40). Ahorcar y desorejar, en vez de horcar y pilonar.
«Pudo más con él, el amor de su señor que el cariño de su jumento» (II, 11). No digamos nunca le pudo más.
«Salió Teresa Panza… con una saya parda» (II, 50). Falda y saya son las voces castizas que equivalen a pollera.
«Sintieron… tanta lástima como admiración de su desgracia» (I, 39). Por su desgracia, dicen los galiparlantes. «Quedó tan preso de mis amores» (I, 28), sustantivo habrían empleado aquí los mismos.
«No parecía sino que ponían en él la puntería» (II, 54); no se diga hacerle puntos, hacerle los puntos.
«Todos pensamos que iba tras ella para robarla» (II, 54), este verbo hace inútil el neologismo raptar.
«Según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo» (II, 12), «Escupió y remondóse el pecho» (II, 46); raspar la cancha dice figuradamente el pueblo.
«Almohácenme estas barbas» (II, 32). En tiempos de Sancho no se conocía el verbo rasquetear, que sólo fue admitido en el Diccionario de 1914.
«Lo más acertado será,… que cortes algunas retamas de las muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho», «se puso en camino del llano, y apareciendo de trecho a trecho los ramos de la retama» (I, 25). Nosotros decimos el retamo, masculino.
«Cómo se lamenta y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio» (II, 26). Esta acción explica el origen de nuestro verbo repelarse.
«Este se llama don San Diego Matamoros… invocando [a] aquel San Diego Matamoros» (II, 58). Dyago y Diego son formas dialectales de Yago y de este se formó Sant-Iago, por eso aunque se diga, y se dice bien, San Diego, no debe decirse San Santiago.
«Hablaba como un silguero» (II, 37), así silguero o jilguero y no sílguero o jílguero.
«Eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho» (I, 2), quiere decir en reales sencillos o de bellón, a diferencia del real de a ocho, que valía ocho de aquellos. Sencillo, sustantivado por dinero menudo, dinero trocado, dinero suelto, no es castizo. Suelto, sí, se usa como sustantivo y con trocado, lo hizo también Cervantes en Rinconete y Cortadillo. Menudo, sustantivo plural, son los dineros de cobre que se conservan sueltos.
«Ya pensábamos que se quedaba allá para casta» (II, 22), para semilla decimos en Chile.
«Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas, dejándole en prendas una sotana nueva del cura» (I, 27), no hay para decir en plural sotanas.
«No tuvo el alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas» (I, 29), «Tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo… la paciencia en las adversidades y el sufrimiento así en las desgracias como en las heridas» (II, 3), «Tan de valientes corazones es… tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades» (II, 66). Este es el sufrimiento castellano que corre parejas con el adjetivo sufrido y significa «paciencia, conformidad, tolerancia con que se sufre una cosa», es el aguante, el acto de soportar o sobrellevar un dolor; por consiguiente, no es sinónimo de padecimiento, ni puede usarse en plural.
«Estoy por decir que no llega [Dulcinea] a su zapato de la que está delante» (I, 30). No hay ninguna que llegue a la suela de su zapato. Como entre la gente del pueblo muchos andan descalzos o sólo con ojotas, corrigieron aquí la frase, diciendo al talón.
«Y es tan verdad esto» (I, 15), «Y eso tan ansí» (I, 49), «Es tan verdad, señor» (II, 3), «Esto es tan verdad como es ahora de día» (II, 29). He aquí enmendado el cursi tan es así.
«Y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo» (I, 37), no hay que decir ¡tras!, en este sentido.
«Dando varazos a un macho que venía cargado de lanzas y de alabardas» (II, 24), en vez de varillazos que usamos nosotros.
«Lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino» (I, 8), «Y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban [en el manteamiento], tenían sus nombres» (I, 18), «Asió de Sancho y, levantándole en los brazos,… le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco… votaba a Dios que si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos» (II, 63). Tal es el voltear castellano (dar vueltas a una persona o cosa, y también neutro, dar vueltas una persona o cosa) y no derribar, postrar, hacer caer, como malamente lo usamos en Chile.
«Yo sacaré de adahala… que me han de dar una parte de reino» (I, 31). De yapa, habría dicho un chileno.
Larga ha sido, señores la tira mira de vocablos, así castizos como chilenos, que abusando quizás de vuestra paciencia, he revisado con vosotros; dispensadme si no pude abreviarla más; la materia es tentadora, y el campo en que se espiga, más fértil que el del rico Booz. Al hablar de Quijote, no puede un amante de la lengua castellana moderar su entusiasmo ni condensarlo en pocas palabras, aunque no deba hablar de la obra misma, como no debo hacerlo yo en esta ocasión, sino solamente de las venas y arrugas de su corteza; pero son tales las bellezas y gracias de esta obra sin igual, tal el hechizo que causa, que una simple palabra de ella, un arcaísmo, un giro peculiar suyo, le trae a uno a la memoria aquel sartal de chistes, aquella serenidad y sana filosofía, aquellos ideales y ensueños del más cumplido de los caballeros; de todo lo cual es una artística mezcla, esta, no que novela, sino amenísimo poema cómicamente épico. En él vació Cervantes toda su alma, hermosa como pocas, tan contrastada en los azares de la vida, cuan resignada, benévola e indulgente con todos; y, aunque él mismo se decía «más versado en desdichas que en versos» (II, 6), en este poema en prosa dio pruebas de ser versadísimo en todo lo que es literatura, desde las escenas más vulgares hasta los más sublimes paisajes, desde las mozas de cántaro hasta las princesas y reinas, y desde los rústicos y gente de la hampa hasta el más perfecto caballero. Bullía en la mente de Cervantes un mundo entero de doradas ilusiones, de mejoras y reformas, de cristiano amor a la humanidad, de poesía legítima y bienhechora, y no hallaba cómo reunirlo todo en ánfora, preciosa e inmortal en la cual pudieran escanciar todos los tristes y acuitados, los desengañados de la vida, los que buscan un rato de solaz, hasta que le ocurrió esta hermosísima fábula en que, extrayendo todo lo que había de ridículo y sublime de los libros de caballería, lo amasó con lo más prosaico de la vida, con los escollos de la realidad y con el egoísmo de la gente; de donde tenía que resultar un héroe semejante al autor, «carne de su carne y hueso de sus huesos», que en el valor y el talento se sentía gigante, pero en la ejecución un loco. Esa contraposición es el perenne manantial de la risa del Quijote, al mismo tiempo que infunde veneración y lástima para con el pobre caballero.
¿Pero cómo leer con gusto el Quijote, como dirán algunos, cuando está plagado de voces y giros anticuados y de regímenes que todas las gramáticas condenan? Corre el riesgo de creer que son voces correctas agora, mesmo, ligítimo, previlegio y tantas otras que son hoy de exclusivo uso del vulgo; puede uno creer que es buen régimen determinó de hablarle, prometiole de hacer, se dignase de echarle su bendición, etc. Con el fin de que sea más leída esta portentosa obra, para honra y gloria de Cervantes, para lustre y prez de las buenas letras castellanas, y aun para mejoramiento de costumbres, yo me atrevo, señores, a proponer una idea que, aunque puede parecer mal a los críticos y eruditos, juzgo que será aceptada por la inmensa multitud de lectores y lectoras; y es que se haga una edición popular del Quijote, no como las expurgadas que se ponen en manos de los niños, sino completa y que limpie solamente el texto, no de los arcaísmos de los libros caballerescos, que son parte esencial de la obra, sino del fonetismo vetusto y de los giros arcaicos que ya desestima el lenguaje correcto de hoy día. Para conservarle la pátina de su tiempo, bástale a la obra el lenguaje del héroe, que lleva en la cabeza toda la andante caballería, sin necesidad de conservar el inútil polvo de tres siglos que hasta en los museos debe sacudirse. La misma Academia Chilena podría encargarse de tan fácil y beneficioso trabajo. ¡Qué acontecimiento para nuestras letras nacionales, qué renacimiento tan digno de aplaudirse, si de esta forma viéramos en manos de todos la obra de Cervantes! ¡Qué brisa de saludable pureza y de sabrosa elegancia en el lenguaje orearía todo este país, donde a dicha y gala tenemos poseer y conservar el habla hermosa de Castilla! Ya en vida y refiriéndose a la primera parte solamente, decía el autor: «No hay antecámara de señor donde no se haye un Quijote, unos le toman si otros le dejan, estos le embisten y aquellos le piden». Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta ahora se haya visto, porque en toda ella no se descubre una palabra deshonesta, ni «un pensamiento menos que católico» (II, 3). ¿Qué diremos nosotros al ver que la segunda parte es tan superior a la primera, como el joven y varón lo son al niño? ¿Qué diremos, al ver que toda la obra es la delicia y encanto aun de los sabios? Hartzenbush la alcanzó a leer más de cincuenta veces, y Menéndez Pelayo, como avergonzado, decía que llevaba solamente nueve; a un ilustrado religioso español le oí que todos los años se daba el gusto de leerla para conservar el buen lenguaje.
Sí, leed una y otra vez el Quijote; leedlo y releedlo, y en cada lectura hallaréis nuevas bellezas y creciente placer estético. Las obras clásicas, si el gusto no está bien educado, no se entienden ni se saborean la primera vez; pero, cuando se ha salvado esta dificultad, es tan grande el placer intelectual que baña el alma, que no hay nada con que compararlo. Esto es lo que os prometo y aseguro a todos los que leáis el libro rey de la literatura española.
Dije.**