Por Egidio Poblete*
Ya que Chile es uno de los países de habla española, según cuenta la tradición —nada más que la tradición, pues si bien es verdad que aún nos queda el habla y mucha, los hechos prueban que no es española—, es natural que aquí se celebre el tercer centenario de la publicación del Quijote, el interesante libro del distinguido escritor señor Cervantes, según la feliz expresión de un literato contemporáneo, que también hablaba castellano.
Y es muy probable que si don Alonso Quijano el bueno resucitara y, siguiendo antigua y mala afición a la lectura, se leyera todo lo que se ha escrito y «discurseado» en este mes sobre este libro en nuestro país y demás en habla hispana, otra vez se volvería loco, y perdería otra vez el seso de remate (no se crea que sea esto una alusión a los martilleros) y cargaría contra los organizadores de este tercer aniversario ¡Que no le baste a un hombre tan ilustre como desgraciado la protección de una lápida de trescientos años para librarse de los lateros y de los amigos de meterse en vidas ajenas!
Estoy seguro de que, a estas horas, el buen Cervantes se desespera en el rinconcito chiquitito de cielo reservado a los pocos escritores que han merecido la salvación eterna, y se lamenta de la mala suerte que los persigue hasta en las alturas. —¡Dios Mío! ¿Qué mal les he hecho? Mientras vivía allá abajo me metieron preso, me dejaron pobre, y hasta me negaron el saludo; y ahora que tengo derecho al descanso eterno, hace ya trescientos años que todos los poetas, todos los escritores me cantan, me echan discursos, me trajinan a mi y a mis libros, les cuentan las letras, me averiguan todo lo que tenía oculto y hasta me sacan la madre! Que lo hagan con Avellaneda, convengo en ello; pero, ¡Conmigo y con tanta crueldad, como si yo fuera el sentido común!... ¿Cómo habría de imaginarme, que mi hijo, mi propio Quijote, se volviera contra mí, desde la tierra en que lo dejé?
Afortunadamente, el distinguido señor Cervantes no ha de bajar a castigar nuestra temeridad, y podemos seguir batiéndonos con Don Quijote.
Entre tanto, dilucidemos un punto de actualidad: ¿Qué haría Don Quijote si viniera al mundo en Chile y en los días que corren?
Lo supongo nacido ya entre nosotros y enseguida se me ocurre que, convertido en un ciudadano chileno, no sería atacado por la locura que lo hizo célebre; se nos acababa el hombre. Llegaría a ser un vulgar empleado público, fumaría cigarros puros ajenos, habría negociado y perdido en ganaderas, solicitaría todos los años un aumento de sueldo y de su estado legendario no le quedaría otra huella que su afición a las armas, sobre todo al sable.
Y concediendo que hubiera conservado también su afición a la lectura, es indudable que habría tenido siempre gusto por los libros de caballería, por la relación estrecha que hay entre la caballería y el sable, y hubiera preferido, en este género, aquel libro de caballería impreso en cuarenta hojas y que ostenta cuatro caballos entre sus páginas y diez grabados con espadas. Pero, con toda seguridad, no se habría vuelto loco con tal lectura, aunque en ella se pasara nuevamente las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, según es uso contemporáneo.
Pero si la fatalidad lo condenara a perder la cabeza con la lectura, sería indudablemente leyendo versos de poetas decadentes, editoriales de diarios antiguos y graves, las sesiones de las Cámaras, los hechos de policía, las cuentas fiscales y Diario Oficial.
Más, demos por seguro que Don Quijote, en esta segunda vida, se volviera loco a consecuencia de leer libros de caballería, le diera la misma manía que lo aquejó en la primera y saliera en busca de entuertos que deshacer, sinrazones que enmendar, yerros que conseguir y agravios que satisfacer. ¿Cuáles serían sus aventuras?
En su primera salida por la calle de la Compañía o las de Ahumada u otra cualquiera, y apenas asomara las narices, sería juguete de encontradas pretensiones: la policía lo reclamaría para sí por el caballo, que sería el aspecto característicamente policial; los cocheros lo pedirían por la misma razón; el Museo Militar lo exigiría como reliquia propia; los médicos lo declararían tuberculoso o bubónico; los abogados verían en él un ejemplar memorable de las Siete Partidas encuadernadas en pergamino y se dispondrían a jugarle una en regla, como la interdicción con su consiguiente curatela. Solo las Cámaras lo rechazarían: sería un loco demasiado cuerdo.
Si salvaba bien de este primer encuentro, puede que emprendiera la aventura de los molinos; pero en tal caso tendría que dar cincuenta mil botes de lanza, esto es tantos como empleados públicos, pues esos son los molinos modernos y no de vientos sino de salitre. Al primer bote no le quedaban ni astillas de la lanza y salía disparado como una bala, pues detrás de cada aspa empleado están los partidos.
Enseguida, la aventura de los carneros. Pero como son tantos, no tendría por dónde principiar; y luego, los pastores, es decir, los jefes de los partidos lo creerían candidato a la presidencia de la República y lo traían redondo al suelo a pedradas.
Tal vez en alguna venta… devotos lo armaran caballero, o lo que es lo mismo le darían un cartera ministerial, pero aunque preparara nuevamente el bálsamo de Fierabrás, no tardaría en salir molido por alguna crisis y habría que llevarlo a casa atravesado en alguna mala cabalgadura.
¿Sería más afortunado en la segunda o tercera salida? Seguramente no y al fin desengañado se dedicaría a pastor. Buscaría una concesión de terreno para criar ovejas en Magallanes, donde le sobrevendría la última desgracia, la razón, si bien con el consuelo de la muerte a renglón.
Don Quijote, pues, no podría vivir en nuestro país; se repetiría toda su primera vida. El único que puede hacerlo es Sancho Panza, su apellido le abriría todas las puertas.