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El «Quijote» en América

Cervantes en Chile

Por Julio Molina*

Para nosotros los sudamericanos aparece desordenado en sustancia todo intento encaminado hacia la dinámica objetivación de los símbolos que misteriosa, pero inequívocamente, nos brindara la existencia de nuestros distantes antepasados.

Así, frente al contenido formal de efemérides con tanto valor explicativo para los europeos, los hombres de este continente en pleno ciclo de conquistas debemos optar entre dos actitudes: de mera resonancia coral ésta, plena de sugestión o imitativo acatamiento de un tiempo al cual asistimos desde fuera; aquélla por lo mismo, debe anteponérsele como la fundación de una angustia llena de vigor y deseos de vivir las diferencias y parecidos del «mundo» sin renunciar al joven estilo de nuestras generaciones, condenadas a depender de una actualidad veloz y compleja a pesar de la dramática persistencia de la materia sobre su íntimo nodo espiritual.

Dentro de la ciencia literaria, la crítica de Meyerson a la insuficiente manera expresional que las leyes del pensamiento han dado a los resultados de la investigación, adquiere eficiencia plena. La explicación de los resultados generales de la cultura no puede quedar en la instancia documental. Explicar quiere decir, sin necesidad de caer en la eternización de la historia ni tampoco en negar el problema metafísico del valor, desplegar la imagen que tenemos de la materia tanto como sea posible, como si se tratara de una tela afecta a innúmeros dobleces.

Ya se ha afirmado que el arte y la filosofía pueden apoyarse en la bóveda de la historia. Pero solamente por medio de una labor documental comprendida a través de lo anteriormente dicho. El más grande objeto de las llamadas ciencias de la naturaleza y ciencias de la cultura permite que pensemos que la historia de las grandes creaciones literarias puede alcanzar también este dichoso momento, en que el lenguaje de sus especulaciones y resultados dependa de todos los otros aspectos de la ciencia, la vida, y sus comentarios, en una conexión que la psicología deberá tomar como el material preferido de sus nuevas significaciones.

El propósito declarado de las grandes obras humanas no ha sido, en curso de ideas, el de ejemplo más señero. En ese caso la jurisprudencia, la ciencia política o la moral positiva nos traerían de antemano solucionados los diversos problemas de la duración humana, por un procedimiento formulario. Es fácil, para los que miramos nuestro pasado inmediato, observar cómo esta forma de pulcra barbarie, alcanzó a los criollos escritores y cronistas, fabricantes de ideologías o de calcados recuentos de los hechos más visibles de la Sociedad.

Intuiciones polémicas de parecido vuelo nos llevan a ver, tomando base en C. G. Jung de cómo «la novela no psicológica brinda, en general, mejores posibilidades, puesto que en ella la intención no psicológica del autor no se adelanta a trazar una forma anímica determinada de sus personajes, con lo cual no sólo deja margen al análisis y a la interpretación, sino que los ayuda por medio de la descripción».

Acostumbrados a considerar que la literatura universal es, por un egocentrismo históricamente explicable, aquella de los países de Europa, se nos hace difícil aceptar cuando recordamos el carácter ecuménico de la obra de Miguel de Cervantes, el de una chilenidad en las proyecciones superiores de las mismas. No es que deseemos colocar nuestro caso particular en un terreno arbitrario, siguiendo los movimientos tardíos del amor hacia España; pero la verdad es, para todos los que buscamos adentrarnos en su invencible simpatía, que algún papel puede tener para los que gusten oírnos este punto de vista. El hispanismo del ánimo admirativo pudo servir a los hombres de afición literaria en algún recodo del sendero, mas hoy en que las voces especializadas nos dicen que una obra literaria hace su estreno en la literatura de todas las épocas y regiones desde el momento en que no pertenece a la literatura de un determinado continente, todo ello es susceptible de no seguir siendo considerado tan absurdo.

Los pueblos dan literariamente al mundo lo que sólo por ellos puede ser creado. En cambio, esperan recibir lo que no pueden producir por sí mismos. Esto es verdad incluso cuando nos enfrentamos a problemas de moral estética como el de la imitación demasiado fiel que algunos han querido ver en cuanto a la obra cervantina en La Rochefoucauld, Fletcher, Fielding u otros autores de más reciente data. O, asimismo, en el procedimiento creador y en el público interés, todo por beneficio del bien definido caballero de Cervantes, que nuestra América siente por las novelas. Hablamos de las que aquí se cuentan como las más representativas de cada una de las regiones naturales en que el héroe y el paisaje amenizan su evidente unidad geográfica y humana.

El hombre siempre ha gustado de la narración de sentimientos. En cierto modo la historia fue parte integrante del arte literario por iniciativa de este mismo afán. La experiencia religiosa pudo satisfacerlo, como la poesía de los románticos, por haber querido significar lo real de la verdad, a pesar de la persistente y tremenda interferencia que el espíritu científico fue haciéndole dentro del campo de sus objetos desde los comienzos de la filosofía cartesiana. El recuerdo que hoy, por absorbente imposición de la intimidad y del ambiente nacional, hacemos de Cervantes en la síntesis de su novela definitiva, nos permite ilustrar el porqué este género literario ha logrado imponerse en forma tan extensa como profunda en la conciencia universal. Desde la aparición del Quijote hasta las actuales piezas novelísticas de incomprensible popularidad, hemos de destacar esta misión del género en el bosquejo de la imagen de la época en que fueron escritas, empeño en que el artista trabajó y trabaja hasta ahora de consuno con los deseos de perduración peculiar que el instinto social manifiesta como supremo modo de madurez escéptica o aún no prestigiada adolescencia.

Valga sinceridad si nos hemos colocado en esta posición actual de generación mestiza y remota para celebrar el natalicio del más grande de los españoles que hayan existido, en su cuarto centenario desde aquellos días de la primera semana de octubre de 1547 transcurridos en Alcalá de Henares de la meseta castellana.

La bibliografía cervantina que en Chile los eruditos han recogido nos muestra a las claras el conocimiento que de las obras clásicas de la literatura española tuvimos durante centurias. Fuera de las notas bibliográficas que de la novela chilena nos dejó en 1910 Luis Ignacio Silva, en que es posible tomar una impresión de conjunto respecto del rasgo afrancesado que los contenidos de nuestros escritores dan a sus libros, y la completa lista que en la sección de novelas de un ensayo bibliográfico nos han facilitado los autores Raúl Silva Castro y Arturo Torres Rioseco, y que alcanza hasta el año 1931, debemos recurrir en demanda de mayor precisión para nuestro objeto al muy erudito compatriota José Toribio Medina en su obra sobre las preocupaciones del «Manco de Lepanto» hacia el mundo hispanoamericano y, sobre todo, a la que intituló «Cervantes en las letras chilenas». Es este un nutrido folleto de ochenta páginas en reducido formato que su autor dio a la estampa en 1923, como un postrer resplandor de la gran actividad que sacudió a nuestro gremio intelectual con ocasión del cumplimiento de los trescientos años desde la muerte de don Miguel.

La actualidad inmediata nos entrega el testimonio valioso de obras de historia literaria, como las recientemente premiadas de los escritores nacionales Juan Uribe Echeverría y Roberto Vilches Acuña; de la celebración de la Semana Cervantina, cuya inauguración se hizo hace unos pocos días, y que ha dado margen a conferencias, exposiciones de libros españoles, cenáculos y foros diversos en la Universidad de Chile, y de la apertura de la Exposición de ediciones de obras de Cervantes y de comentadores de sus diversos aspectos, procedentes de los más variados países y épocas, que se mantiene en la Biblioteca Nacional, y en la que hemos podido apreciar desde ediciones de Síscar y Máyans hasta otras más recientes, junto a los libros de ensayistas mundiales, o de americanos como Montalvo, Ricardo Rojas, Medina, Febres Cordero, Eliz y muchos otros.

El escritor chileno Augusto D'Halmar con su libro La Mancha de Don Quijote, editado en nuestro país en 1934, se adelantó a darnos una visión traspasada por el ambiente cálido y seco que domina gran parte de la península, según aquello de que: «El español busca el sol, / Porque el sol es español».

Volviendo a las notas documentales de Medina, completamos revista a la producción cervantina nacional durante lo que va corrido del presente siglo. Hemos visto las publicaciones del tricentenario, en especial el libro de los juegos florales cervantistas de 1916, precedido de un discurso del que fue gran poeta y catedrático en la Universidad santiaguina, Julio Vicuña Cifuentes, que ofició de mantenedor de aquel torneo lírico. Allí están las producciones del español avecindado en Chile José Peláez, y las de los bardos criollos Luis A. Hurtado, David Bari, Samuel A. Lillo, Leonardo Eliz y otros más. Uno de ellos, Desiderio Lizana, publicó edición especial de sus versos jocosos que intituló «Sancho en el cielo».

Seguimos remontando el curso de los años. Según nuestro criterio de impresiones graduales, para encontrarnos con el proyecto del escritor Clemente Barahona Vega en el sentido de investigar la influencia cervantesca en el folklore chileno. Estamos de acuerdo con don José Toribio en cuanto que muy poco, por no decir nada, es lo que hay en este aspecto especialísimo que pudiera recopilarse.

Como una demostración del interés que en esos años tuvo la juventud estudiosa por el más grande los clásicos hispánicos, podemos mencionar la traducción de Graciela Mandujano y María del Rosario Godoy de la biografía que sobre él escribió Fitz-Maurice Kelly, profesor que fue de filología castellana en la Universidad de Liverpool.

Varios escritores nacionales se inspiraron en el tema: Carlos Varas (impresiones de viaje), Honorio Henríquez Pérez (un romance), Amanda Labarca (en un libro de recuerdos de juventud), E. Nercasseau y Moran (sobre el auténtico retrato de Cervantes por Jáuregui encontrado en 1912, y del cual hay fototipos en nuestras colecciones iconográficas).

En esos años (1908) fue publicada por una revista la poesía de Víctor Domingo Silva «El Viernes Santo de Don Quijote», que después el autor incluyó en libro. Sus versos fáciles y descriptivos nos dicen en una de sus estancias:

Don Quijote, llevado de sus sueños lejanos,
sintió que le embriagaban éxtasis sobrehumanos.
Tendió la vista inquieta por el vasto horizonte
y vio lejos, muy lejos, sobre un abrupto monte
perdido entre arreboles, a las ambiguas luces
del crepúsculo, alzarse tres solitarias cruces.

El crítico francés, radicado en Chile, Omer Emeth publicó una breve apuntación sobre Don Quijote fuera de España, adelantándosele nuestro popular Egidio Poblete (1905) con un artículo revisteril sobre el Caballero de la Triste Figura entre nosotros.

El ánimo de agotar las alusiones al autor o a su obra seguramente no lo hemos cumplido ni hemos pensado en ello. Pero creemos haber orientado la impresión general nimbada de modesta circunstancialidad, fuera de la obra de D'Halmar, las recientemente premiadas y no más de dos títulos que agregar, en este cuadro del cervantismo chileno durante el presente siglo.

Las primeras ediciones nacionales del Quijote datan en Chile de la segunda mitad del siglo xix. Tal era el desconocimiento anterior de Cervantes, según nos informa Medina, pues tuvo que llegar hasta nosotros el librero español Santos Tornero, quien en el catálogo de su fondo bibliográfico de 1858, incluyó la famosísima novela, leída por todo el mundo culto a la sazón, en ocho ediciones diversas. En la librería nacional de Cueto Hermanos, contemporánea de la anteriormente citada no había ejemplar del Quijote en 1850.

Todo ello no quiere significar que en las estanterías de las bibliotecas públicas y privadas faltara algún título de Cervantes; pero prueba sí la poca difusión que por mucho tiempo obtuvo.

Medina se apresuró a decirnos que se podría probar historiográficamente que en Chile el Quijote no se leyó sino a fines del siglo xviii, a pesar de que en los comienzos de la centuria —sabemos de la moda universal que por ese tiempo adquirió su autor— la obra «debe haber sido de lectura no escasa en los virreinatos de México y el Perú».

Aquí no registraron su presencia los índices de «librerías» —como en ese tiempo se decía de las bibliotecas particulares— de oidores, obispos, abogados o eclesiásticos. El primer indicio lo encontramos en el inventario bibliográfico particular practicado después de la muerte de Francisco Ruiz de Berecedo (1746), personaje colonial al que debemos, conjuntamente con Tomás de Azúa e Iturgoyen, la fundación de la Universidad de San Felipe. La rica y famosa biblioteca de José Valeriano de Ahumada, quien no solamente nos legó el nombre de la más central de las calles de Santiago, sino que ha pasado a la posterioridad como una figura estimable en el capítulo correspondiente al siglo de la Ilustración de nuestra incipiente historia cultural, tuvo ejemplares de los libros de Cervantes en sus anaqueles. Todo ello consta del inventario de bienes practicado después de su fallecimiento, ocurrido en 1770.

Nadie debe ignorar que las ediciones príncipes de las dos partes del Quijote, aparecidas a comienzos del siglo xvii tuvieron rápida y triunfante difusión. La primera traducción que se hizo de ellas a una lengua extranjera fue la inglesa, realizada por Shelton en 1612 y 1620 respectivamente. Sabemos que casi no hay lengua en que no exista versión de la gran novela desde las indostaní, árabe y los diversos idiomas asiáticos, africanos y de otros continentes, frente a las que siempre hay que colocar las bellísimas ediciones españolas, las francesas ilustradas por Doré y la de Síscar, dada a luz pública por J. y R. Tonson en Londres el año 1738, y que permaneció como modelo durante casi cien años, al lado de las antes de ella mencionadas. Nuestros ilustrados abuelos, que viajaron por tierras europeas, seguramente conocieron estas famosas ediciones. Sabemos sin embargo cuan difícil si no peligrosa habría sido su decisión de traer consigo, a su vuelta, dichos libros profanos.

Lo que para la más lejana de las colonias del Rey de España pudo ser total ignorancia de Cervantes, no lo fue por lo que respecta a otras comarcas de la jurisdicción indiana. Ya hemos anotado que él deleitó a no escasos lectores mexicanos y peruanos. El gran polígrafo chileno, que tanto hemos referido a este ensayo, nos dice del examen de los registros de las naves que salían del privilegiado puerto de Sevilla hacia Puertobelo y la Veracruz que revela «el hecho curiosísimo» de haber sido enviados hacia nuestro continente ejemplares del Quijote ya en los primeros decenios del siglo en que fue difundido por su mismo autor.

¿Qué había ya pasado, qué estaba sucediendo en el mundo europeo en la época en que Miguel de Cervantes vino al mundo? ¿Cual fue la significación que, en conciencia, empezó a tener el esfuerzo de los descubridores, conquistadores materiales y protocolonizadores de nuestro solar americano?

Hasta mediados del siglo xvii se siguió en Europa un largo proceso que comenzó con las guerras de Italia (1494) y en que tan importante papel llevó la monarquía española. Las guerras de religión y las llamadas políticas fueron el ambiente en que creció y llegó a la madurez la generación de Cervantes. Cuando el gran manco murió, en 1616, estaba ya gestándose la guerra europea, que la tradición ha conservado con el nombre de los Treinta Años. Con ella quedó establecido todo el sistema político, diplomático y económico propio de la época llamada mercantilista en el desarrollo de los tiempos modernos. Pero en la patria del Quijote quedaron muchos resabios medievales, a pesar de la fuerte concentración monárquica. Algo de este espíritu conservaron los llamados corregidores, enviados por el poder central al gobierno de los partidos territoriales, y los adelantados que hicieron empresa grande en la dominación de las Indias.

Es ésta la época por excelencia de la Contrarreforma (Burckhardt), y de Felipe II, con todas las manifestaciones de extremo catolicismo impresas en los actos de su monarquía. Cervantes ocupó ya en sus guerras, ya en sus actos de administración, un puesto digno y sacrificado de pequeño hidalgo castellano.

Con todo, la geografía de la historia y de la ficción sigue hoy siendo la misma en aquel rincón meridional de Castilla la Nueva en que se reclinó el genio cervantino a buscar ámbito y pueblo para su creación universal. El clima anota dos puntos extremos: riqueza de sol y pobreza de lluvias, una tierra sin límite, pero que no sirve sino de asiento a un cielo todavía más vasto... desde la provincia de Ciudad-Real donde está Argamasilla de Alba, hasta la de Albacete donde está Ruídera, pasando por la de Toledo, donde está El Toboso (D'Halmar). Allí reina el sol, como solamente en Grecia o Italia puede comparársele. Las altas presiones, venidas de las por esos tiempos ignotas tierras de Rusia y Siberia, han contribuido con su paradoja a la sequedad y limpieza del aire, tal como en el día presente. Hay oscilaciones termométricas anuales que pueden llegar a 55 grados de diferencia. A veces, trascurren veranos frescos y cortos. La Mancha, Madrid, Alcalá de Henares registran también heladas pertinaces y temperaturas muy bajas. La parte oriental de la meseta con sus desnudas parameras y agrios cerros es una zona de frío en constante amenaza. Hacia el límite portugués en Badajoz o en Andalucía, contrastan con ella las altas temperaturas de tipo africano.

Los vientos de Castilla son el cierzo, «frío, seco e impetuoso», que le regala el norte. De la sierra baja el viento así llamado «guadarrama», helado y sutil, en eterno choque sobre los campos de Montiel con el veranero solano que viaje desde el sur...

El Toboso podrá ser ahora una ruina desierta, como nos lo dice Ricardo Rojas. Pero de aquel señorial lugar queda realmente la aldea con sus casas pintadas de blanco y sus nítidas tejas oscuras... y a campo abierto, en «tierras de pan llevar», más allá todavía y en donde los espacios mandan al tañido del recuerdo, olivares de solemne verde, siembras de enjuta laboriosidad, senderos calizos y ferrosos para el paso de las cabalgatas.

Y así se puede decir de Villacañas, La Guardia, Quero, Chinchilla, Tomelloso, Criptana, hasta llegar a la villa de Alcalá de Henares, situada algunas leguas al oriente de la capital matritense, ambas latitud más alta y en relieve más acusado.

Por medio de ese amplio concierto de toponimias geosociales pasó la avalancha de ingenios, aquel alto y universal pregón perfecto y desmedido que el eruditismo helenizante del siglo pasado ha incluido en la voz «Renacimiento» literario. Quizá si Cervantes tuvo conciencia de ello nada más que cuando, anciano y pobre, compuso en Madrid su reminiscente Persiles y Segismunda. Pero frente a este afán comparativo y arcaizante, Pfandl mismo se encargó de ilustrarnos que «Doña Dulcinea del Toboso no es otra cosa que la encarnación misma de la monarquía, de la nacionalidad, de la fe, con todo el orgullo, altivez y sentimiento del honor de aquella España dinámica».

Sea que el español se gobierne en sus mejores arquetipos por la serenidad suprema —la ataraxia— y que derivando de Epicuro dé en la preocupación moral de sus más antiguos prohombres estoicos, lo grave e interesante es que él no sintió esta separación intencionada con ciertos ideales de la Edad Media, que continuaron concurriendo a formar la trama compleja y ecuménica de su ejemplo. Muy poco hay en esa alma que permitiera crónicas de perdurabilidad al santo espíritu de orden (la «sancta masserizia») de los burgueses del siglo xvi de la Italia septentrional, el sur de Alemania o los Países Bajos, patrias de comerciantes enriquecidos en la «moral de los negocios» y el ahorro.

España fue mercado para pocos burgueses en ese instante del máximo aprovechamiento de las aptitudes capitalistas superiores. Quizá si su fondo céltico, a pesar de los jalones góticos, semíticos y moriscos de su visible psicofisiología retuvieron las mejores corazonadas del ingenio en la gran empresa popular de inventarnos el Quijote y venir a morir en los «adelantamientos» épicos de las Indias por entonces recientemente descubiertas. Es por eso que España no tuvo filosofía.

Tal como en el medioevo, «había un ambiente de fácil emotividad y las gentes estaban prontas a soltar el llanto, de pena o de gozo» (Huizinga).

La pobreza, la plenitud alegre, la conformidad frente a la obra realizada, dieron a muchos de estos hombres únicos de la España en constante presentimiento de su ultramar, generosidad y gran claridad en el juicio. Cervantes fue uno de ellos. No ha mucho que entre nosotros se abundó en eruditas exposiciones acerca de sus apetencias hispanoamericanistas... Nada mejor nos vendría que recordar la figura de nuestro extremeño Diego de Almagro, hijo de la Elvira Gutiérrez, caballero iletrado y magnífico, del cual el capitán y cronista mayor Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en su Historia general y natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, algunos de cuyos capítulos de la III y última parte se publicaron en 1547 y que es donosísima crónica de la aurora hispánica en América, escribió a propósito de la ruptura que a la entrada del seco y tórrido desierto de Atacama —manchego— practicó con ingentes documentos de crédito que tuvo a su favor y en contra de los soldados de su hueste chilena: «Porque los reyes pueden e saben dar, quando les place, cibdades y estados e señoríos e otras cosas grandes; pero un hombre que le vimos ayer pobre e quanto tenía era muy poco, bastarle el ánimo a lo que tengo dicho, téngolo en tanto, que no sé cosa semejante en nuestros tiempos ni otros que se le iguale».

La materialidad de ciertas acciones guarda nada más que apariencias, podrán alegar los que conciben la narración del pasado como un constante juicio de pruebas. Pero no olvidemos que el objeto de la ciencia literaria son las ficciones mejor concebidas. Cuando estas ficciones o novelas cumplen su fin más edificante, es que ha sonado la hora de preguntarse acerca de si no será sólo por ellas mismas que nosotros estamos contando la historia de su argumento, o practicando los ritos aconsejados por sus singulares invenciones.

  • (*) Tomado de Molina, Julio. «Cervantes en Chile». Atenea 268 (Octubre 1947): 136-147. volver
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