Centro Virtual Cervantes
Literatura

El «Quijote» en América > Chile > S. Macías
El «Quijote» en América

De cómo el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha llegó a Chile. Introducción

Por Sergio Macías*

Chile aparece en El Quijote a través de la famosa obra La Araucana, cuyo autor es el soldado y poeta nacido en Madrid, pero de sangre vasca, Alonso de Ercilla. Tal es la importancia de este libro escrito en octavas reales, a la manera de Homero cuando se inspira para escribir La Ilíada, que Miguel de Cervantes y Saavedra lo coloca en su biblioteca como uno de sus textos fundamentales. Así lo dice en un capítulo de la novela más famosa de la lengua castellana y una de las principales de la literatura universal.

A Cervantes le fascinó La Araucana. Encontraba en ella una descripción épica de aventuras históricas, donde curiosamente y a diferencia de El Quijote, la imaginación se acercaba a hechos reales basados en las batallas de los españoles contra los fieros mapuches, los indígenas más indómitos del Nuevo Mundo. Sus combates contra el imperio español se mantuvieron por siglos. El canto épico que hace por aquellos años este joven autor de noble linaje, es exótico por la original base histórica de la secuencia de acciones heroicas y porque Chile, el lugar lejano en que se desarrollan los acontecimientos desde los años 1554 hasta 1562, se encuentra en América en el punto más lejano de la Península Ibérica, aislado por océanos, desiertos y montañas.

Chile, fértil provincia y señalada
en la región Antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa:
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometido.1

Ercilla, que luchó de voluntario en la conquista de Chile, se convierte en personaje y, como don Quijote, está convencido de que su contienda tiene como finalidad un mundo mejor, sin que presente, claro está, ningún síntoma de locura y su idealismo pueda ser muy discutible. Creía en la política del imperio. Tampoco llega a ser, por otro lado, un Sancho Panza. Ercilla es partícipe y testigo de la guerra contra los araucanos; Cervantes, en cambio, inventa el personaje que está inmerso en los sucesos propios de su mundo ficticio.

Miguel de Cervantes no fue cirujano como su padre, Rodrigo, sino soldado y escritor. No tuvo tantos hijos como él, sino solamente una hija y no siete, entre los cuales quedaba menos destacado por ser el cuarto de todos ellos y el segundo hijo varón. Pero también terminó en la cárcel como don Rodrigo, por no poder pagar sus deudas. Ingresará en prisión en más de una ocasión, ya a causa de su arrojo como soldado, ya por las incursiones de los piratas berberiscos.

La primera parte de El Quijote, donde aparece el libro mencionado que se refiere a Chile, fue publicada en Madrid, en 1605, y la segunda, en 1615. Extensa y emotiva narración que contiene ciento veintiséis capítulos. La Araucana había sido publicada también en Madrid, en partes. La primera, en 1569, financiada por el mismo Ercilla. La segunda, en 1578, y la tercera, en 1589. Ambos escritores habrían coincidido en 1582. Cuando el poeta viaja a Lisboa, al parecer, tuvo un encuentro con Cervantes. El historiador chileno José Toribio Medina piensa que se conocieron durante las campañas de Portugal y las Islas Azores, iniciadas por Felipe II, en las cuales ellos participaron.

Entre el llamado Manco de Lepanto, que en realidad no lo fue —le quedó un brazo inutilizado cuando combatió enfermo en la galera Marquesa que lo transportaba—, y Alonso de Ercilla hay un cierto paralelismo. Los dos nacen en la región madrileña, uno en la capital, en 1533, y el otro, en Alcalá de Henares, en 1547. Y ambos terminan sus vidas en Madrid. Son grandes viajeros al estar los dos guiados por el impulso de vivir aventuras. Ercilla se alista con entusiasmo para proteger los intereses de la corona española. Los dos, incansables guerreros y creadores literarios, arriesgan sus vidas por causas que estiman apasionadas y justas.

Aquí llegó, donde otro no ha llegado,
don Alonso de Ercilla, que el primero
en un pequeño barco deslastrado,
con sólo diez pasó el desaguadero
el año de cincuenta y ocho entrado
sobre mil y quinientos, por Hebrero,
a las dos de la tarde, al postrer día,
volviendo a la dejada compañía.2

En cuanto a la divulgación de sus obras, éstas tienen una trascendencia sin parangón, dejando claro que el libro de Cervantes será el de mayor importancia universal. Pero, en todo caso, La Araucana producirá en su época tal admiración, que ni Quevedo ni Cervantes pueden obviarla, sino, por el contrario, la alaban públicamente.

Cervantes nace el 29 de septiembre de 1547, fecha en que se conmemora San Miguel, y fue bautizado en la iglesia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares, el 9 de octubre. Cuando niño era medio tartamudo, acompañado de una inteligencia, ingenio y espíritu aventurero que le hicieron sobresalir a temprana edad.

En el capítulo sexto, que lo titula «Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo», el autor manifiesta que después de la caída que tuvo Rocinante con su jinete, y luego del apaleo sufrido por Don Quijote, estando éste ya de vuelta en casa, le pide a su sobrina las llaves de la habitación para buscar sus libros más queridos. Como los escritos de caballería, según ella, le causaban mal, trajo agua bendita para quitar el encantamiento que le hacían, lo que le causó a éste gran hilaridad. La sobrina lo que deseaba, en verdad, era arrojarlos por la ventana y prenderles fuego. A medida que el cura y el barbero, encargados de la revisión, van cogiendo las obras de la estantería, aparecen los títulos más apreciados por el autor de la novela. Uno de ellos es La Araucana, de don Alonso de Ercilla.

Diego Clemencín, en las precisiones que hace sobre referencias que aparecen en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha3, habla de Alonso de Ercilla como paje de Felipe II y luego gentilhombre del Emperador Maximiliano. Reconoce que asistió a la guerra contra los indígenas como un soldado valiente y un esmerado escritor y que componía sus textos de noche para relatar lo que sucedía de día. El autor, al tratar de ser verdadero, busca escaparse de la afirmación de que su obra sea una epopeya, porque, además, el autor es también un testigo que vive los acontecimientos. Encontramos un poema histórico en el que introduce a veces elementos extraños, como el suceso de la cueva del mago Fitón, tal como correspondía a la concepción épica de esos años. En todo caso, La Araucana ha sido juzgada unas veces con sobrada indulgencia y otras con excesiva severidad, dice don Francisco Martínez de la Rosa, en su Apéndice sobre la poesía épica española. Allí pueden ver los curiosos la crítica más racional y juiciosa que hasta ahora se ha escrito de La Araucana. Si ésta merece elogios, no es como epopeya.

Ercilla fue amigo de Cervantes, quien le introdujo en su Galatea bajo el nombre de Larsileo, como lo hizo también bajo nombres supuestos con otros poetas amigos suyos.4

El poeta y ensayista chileno Hugo Montes, en la introducción que hace a la edición de La Araucana5, aparte de analizar el valor literario de la obra, afirma que entre los elogios que grandes autores le han dedicado se encuentra el de Cervantes: «Muchas alabanzas se han prodigado a la magna creación de Ercilla desde la época misma en que se publicó. Cervantes en la Galatea y en la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; Lope de Vega, en el Laurel de Apolo; Quevedo, en La vida del Buscón; Saavedra Fajardo, en la República Literaria, y varios otros escritores de la Época de Oro y de los siglos actuales han destacado la gracia, el ingenio, la popularidad y otras virtudes de La Araucana».6

El personaje más importante de la conquista de Chile es Ercilla. Luego de las duras y dramáticas contiendas históricas, la única huella valiosa que deja esta situación dolorosa y que no se cuestiona, es el idioma. Con el transcurso del tiempo, el mestizaje significó un desarrollo imparable en la literatura del continente, como se comprueba con los catorce Premios Cervantes: Carpentier, Borges, Onetti, Paz, Sábato, Fuentes, Roa Bastos, Bioy Casares, Loynaz, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Edwards, Mutis y Rojas. Y no sólo ellos, sino escritores como la Mistral, Darío, Martí, Rulfo, Huidobro, García Márquez, Parra. Tantos como el poeta anteriormente señalado, Gonzalo Rojas, quien dijo al recibir de manos del Rey de España el relevante premio literario: «Esa Patria Grande, que nos une a todos por sangre y por oxígeno, se entiende, desde el Cid al Quijote y más acá».7

En Chile, país largo como un cochayuyo interminable, y tan angosto que nos hace tocar las espaldas en la cordillera y el estómago en el mar, se aprende el idioma con la lectura de los clásicos españoles. En el plan de estudios diseñado por el Ministerio de Educación, entre estas obras ocupa un lugar preferente El Quijote. Muchos jóvenes se han fortalecido con el idealismo del hidalgo caballero, con el humor y la ironía de sus sueños en un mundo aún falto de justicia y humanidad. A otros, les sirvió Sancho para andar por la vida con la sabiduría popular, la picardía y un sentido realista, pero no exento de ilusiones. Ambos se integran como personajes de la cultura nacional.

El también chileno y Premio Cervantes Jorge Edwards entregó su punto de vista en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, en Rosario, Argentina, con una ponencia que asume la vitalidad y vigencia de la palabra cervantina en Unamuno, Nabokov y Borges. Afirmó: «Mi primer Quijote fue el que retrata Unamuno en su Vida de Don Quijote y Sancho, un Quijote con aires de Nietzsche, de Kierkegaard, con algo de cristianismo agónico y con una vertiente vasca».8 Agrega que, debido a esa gran fantasía que se cultiva en Europa en el siglo xvii, el auténtico realismo mágico tiene su origen en la obra de Cervantes.

Es importante señalar que S.M. el Rey Don Juan Carlos, en la lectura de su discurso para la entrega del Premio Cervantes a Francisco Umbral, dijo:

Los expertos se asombran ante esta unidad de la vieja lengua de Castilla, que permite a un campesino del altiplano de Los Andes expresarse con palabras justas y certeras donde resuenan los viejos modos de la Edad de Oro de España.

Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo, por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes.

Se sabe hoy que es a partir del siglo xix cuando el castellano comienza verdaderamente su extraordinaria expansión, que no ha cesado de crecer. Y es la tradición literaria, al fijar los usos y embellecerlos, la que ha dado origen a su prodigiosa unidad.

Una tradición renovada siglo a siglo, que cantó con voz de bronce en El Poema del Mío Cid, se hizo son de letanía en las Coplas de Jorge Manrique, se volvió música melancólica en Garcilaso, habló con Dios ardiendo en la llama viva de Juan de la Cruz, se volvió pieza preciosa en Góngora, se hizo pasión de vida en Lope de Vega, desplegó su caudal de furia y sarcasmo en Quevedo.9

Pablo Neruda afirma en su gran poema épico el Canto General, luego de hacer una crítica a la conquista española, que el gran soldado y poeta Alonso de Ercilla con La Araucana entrega a Chile lo más valioso, los diamantes del idioma.

Ahora, en esta compilación que presentamos, vemos autores muy importantes de la literatura chilena que han recibido la influencia de esta preciada obra. Dan sus comentarios, interpretaciones o reflexiones, Labarca, Medina, D'Halmar, Durand, Uribe Echevarría, Santiván, Uribe, Araneda, Lastra, Krauss, Calderón, Matta, Vila, Rubilar, Rabanales, Peña y Lillo, Cordua, Rossel, Martínez Bonati y Teresa Calderón. A estos narradores relevantes hay que agregar a los dos Premios Cervantes, Jorge Edwards y Gonzalo Rojas.

Sabemos que en América Latina El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha fue un libro fundamental para escritores que, a su vez, continuaron dando vida a la reflexión y al análisis de la obra cervantina, como Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes y otros. En Chile y en el resto de los países del continente, diversas lecturas y nuevos textos en torno a la creación de Cervantes sirvieron para fijar aún más su atención en dicha obra, como la que aportó Miguel de Unamuno con Vida de Don Quijote y Sancho; Azorín, con La ruta de Don Quijote; José Ortega y Gasset, con Meditaciones del Quijote, y Américo Castro, con El pensamiento de Cervantes y otros estudios cervantinos.

El escenario de la batalla de Don Quijote con los molinos de viento sigue siendo de gran atracción para todos los lectores, lo que significa una peregrinación constante de latinoamericanos por los paisajes de la Mancha, rastreando las huellas del Caballero de la Triste Figura, tal como lo hizo en su día el gran historiador, político, abogado y ensayista chileno Benjamín Vicuña Mackenna, quien, mientras residió en España, se dedicó a estudiar los Artículos de Indias.

Finalmente diremos, con respecto a las ediciones del Quijote en Chile, que nuestro erudito historiador José Toribio Medina indagó sobre publicaciones diversas hasta elaborar un registro de las primeras que se pueden documentar en Hispanoamérica. Se sabe que en México y Perú aparecieron a principios del siglo xvii unos primeros libros del Quijote, que arribaron, según este investigador, a Veracruz y Puertobelo. Las naves salían desde Sevilla a las Indias. Aunque la obra de Cervantes era conocida en aquellos virreinatos, no ocurría lo mismo en Chile.

No existen referencias al Quijote o a otras obras cervantinas, porque durante la colonia chilena la principal lectura era la de textos históricos. Medina nos informa:

Thayer Ojeda, en el estudio que ha hecho de las Bibliotecas coloniales, sólo ha podido anotar un ejemplar de ese libro en la que perteneció a don Francisco Ruiz de Berecedo, hombre de vasta cultura y a quien se debió la iniciativa de que se fundase en Santiago una Universidad Real, muerto a fines de 1746, cuando no alcanzó a ver logrado aquel su noble anhelo. ¡Un ejemplar del Quijote en la capital de Chile a mediados del siglo xviii!10

Y más adelante dice: «Y es necesario que pasen unos veinte años más para encontrar inventariados entre los libros de don José Valeriano Ahumada, después de su muerte, ocurrida por los años 1770, otros dos ejemplares del ingenioso hidalgo»11, en varios tomos.

Habrá que esperar hasta 1858 para que un librero, Santos Tornero, ofrezca al público algunas ediciones, y ya en 1878 se conmemora en libro el CCLXII aniversario de la muerte de Cervantes. No será sino a partir de 1906 y 1916, en que la obra se difunde más masivamente. Comenzará a ser comentada por los intelectuales y elogiada por la crítica. También será incorporada en los estudios de la asignatura de castellano, en todos los colegios del país.

Tal como hemos mencionado, en los viajes de los intelectuales hispanoamericanos a España, y por tanto de chilenos, la ruta de Don Quijote forma parte esencial de la riqueza cultural que se busca. Ella corresponde al material cultural encontrado en la obra de Cervantes, que representa más simbólicamente la visión del mundo del autor. Ahora, para la celebración del cuarto centenario, los viajes de Don Quijote por la Mancha, Aragón y Cataluña se han difundido masivamente a través de un plan de turismo cultural. Pero, desde hace muchos años, el rumbo del ingenioso hidalgo es conocido y comentado por numerosos viajeros, quienes llegan a Puerto Lápice, donde pesquisan la venta en la que fue armado caballero. Los molinos de viento en Campo de Criptana, contra los que lucha Don Quijote, mencionados en el capítulo VIII, son un referente esencial del ingenioso hidalgo siempre vivo en todos sus lectores:

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quienes pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes?—dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

—Bien parece —respondió Don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que no oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:

—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco el viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:

—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.12

Los movimientos de las aspas que vio el Caballero de la Triste Figura, se deben a los diferentes vientos del lugar, que por el poniente pueden ser, el ábrego hondo o el ábrego fijo; por el norte, el cierzo; por el noreste, el matacabras; por el noroeste, el toledano; por el este, el solano fijo, solano hondo y solano alto, y los vientos de mediodía.

Aparte de tres molinos antiguos que aún se conservan, los otros han sido reconstruidos. Entre estos últimos uno lleva el nombre del gran poeta chileno, fundador del creacionismo, Vicente Huidobro. La Embajada de Chile en España tuvo una destacada actuación para que esto se concretara, y actualmente el molino Huidobro es parte del complejo turístico cultural de Campo de Criptana. En este molino se podrán encontrar libros donados por la embajada y un par de carteles en los que figura un poema de Huidobro creado a semejanza arquitectónica de un molino.

La curiosidad no se satisface si no vemos también la casa de Dulcinea, en el Toboso, la que correspondería a doña Ana Martínez Zarco de Morales; o la Cueva de Montesinos cerca de la ermita de San Pedro; o la vivienda del Bachiller Sansón Carrasco, y la cueva del Medrano, en Argamasilla del Alba, lugar en que pudo estar preso Cervantes, y en la que habría hecho los primeros lineamientos de su célebre novela. Viajar por estos derroteros es ya una aventura, que parte por escudriñar parajes como Villanueva de los Infantes, para encontrar lo que el personaje ha olvidado: «...un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme».

No dejemos de lado a Alonso de Ercilla, y su curiosa invención de la cueva del mago Fitón. Pues bien, Clemencín reflexiona sobre este tema y estima que la «invención y el entusiasmo, prendas esenciales del poeta, serían intolerables en un testigo: del testigo al poeta va lo que del candor tranquilo al entusiasmo y arrebato de la fantasía. Por este contraste resalta más la ridiculez del episodio de la cueva del mago Fitón, que ocupa una parte considerable de La Araucana, donde lo introdujo Ercilla queriendo compensar con lo maravilloso de este incidente la natural aridez de un poema histórico, que no era otra cosa el suyo».13 ¿Pero no sería esta absurda imaginación la que incitaría a Cervantes a leer aquel texto de hazañas, si bien históricas, por otro lado, exageradas al responder al modelo cultural de la épica del Renacimiento?

Si incluimos el capítulo VI de El Quijote es porque esta obra nos enseña los libros que más aprecia Cervantes. Entre ellos, como hemos dicho, nombra el que se escribió en Chile: La Araucana. Todos ellos le sirven para su goce y formación intelectual. También nos daremos cuenta, al reflexionar sobre El Quijote, que en esta hermosa y conmovedora obra sigue aún en pie el espíritu español, el gusto por realizar hazañas, el hacer prevalecer la justicia, el llevar una existencia sencilla y alegre en tabernas y mesones, para compartir la vida con sus avatares. Tener aquella fe del caballero andante para que la ilusión se haga a toda costa realidad. Nada mejor que el epitafio de Sansón Carrasco:

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco:
fue el espantajo y el coco
del mundo en tal coyuntura,
que acreditó su ventura,
morir cuerdo y vivir loco.14

Llama la atención el poder que tiene El Quijote hasta en los lugares más lejanos, como Chile. Al respecto, el sacerdote Fidel Araneda Bravo lo señala muy bien en su excelente trabajo Académicos cervantistas: «En la sesión solemne celebrada por la Academia el 23 de abril de 1916, el Pbdo. Manuel Antonio Román (1858-1920) disertó sobre La lengua del Quijote y la de Chile. Estudia, exhaustivamente, la ortografía, la fonética, la morfología y el léxico del Quijote en relación con el castellano hablado en nuestro país; subdividió la última parte en voces y acepciones usadas por Cervantes y los chilenos, que en 1915, aún no aparecían en el Diccionario de la Real Academia Española y en voces no castizas corrientes en Chile que pueden corregirse con otras equivalentes que nos brinda el áureo libro del Quijote».15 Y recordando a Pedro Lira Urquieta, dice que este abogado, profesor y académico en Notas sobre el lenguaje: «Estudia El Quijote y nuestro lenguaje popular y establece que el habla chilena del pueblo “está más cerca del lenguaje cervantino de lo que pudiera imaginarse”».16 Incluso estas expresiones que pasan al habla habitual también se notan en el folclore. Los personajes son motivo de inspiración, así «El folclorista Ramón A. Laval (1862-1929) recogió una décima cantada por el pueblo en la cual se alude a Don Quijote y Sancho».17

La influencia significó que El Quijote, además de fuente luminosa para la narrativa y la investigación, fuese convertida en tema lírico. En todo caso, este aporte de la literatura chilena a la conmemoración del cuarto centenario de la obra con que se inicia la novela moderna, es parte fundamental de su creación literaria y de su lenguaje. He aquí, pues, El Quijote en Chile y su trascendencia.

  • (1) Alonso de Ercilla: La Araucana, Editorial del Pacífico, 3.ª edición, Chile, 1972, p. 30. volver
  • (2) Ibíd., p. 657. volver
  • (3) Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha, comentada por Clemencín, Editorial Alfredo Ortells, S.L., España, 1993. volver
  • (4) Ibíd., Diego Clemencín, p. 1084. volver
  • (5) Hugo Montes: La Araucana, Editorial de Pacífico, 3.ª edición, Santiago de Chile, 1972, p. 18. volver
  • (6) Ibíd., p. 18. volver
  • (7) Gonzalo Rojas: Discurso del Premio Cervantes. Diario Abc, España, 24 de abril de 2004, p. 58. volver
  • (8) Diario El País, España, 19 de noviembre de 2004, p. 40. volver
  • (9) Diario Abc, 24 de abril de 2001. volver
  • (10) J.T. Medina: Cervantes en las letras chilenas (notas bibliográficas), tirada de 100 ejemplares, Imprenta Universitaria, Chile, 1923, pp. 8 y 9. volver
  • (11) Ibíd. volver
  • (12) Don Quijote de la Mancha, Editorial Alfredo Ortells, España, 1993, pp. 65 y 66. volver
  • (13) Ibíd., p. 1084. volver
  • (14) Ibíd., p. 974. volver
  • (15) Fidel Araneda: Académicos cervantistas. Boletín de la Academia Chilena, N.º 63, Santiago de Chile, 1973. volver
  • (16) Ibíd., p. 17. volver
  • (17) Ibíd., p.19. volver
  • (*)Tomado de Macías, Sergio. «De cómo el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha llegó a Chile. Introducción». El Quijote en Chile. Introducción y selección de textos Sergio Macías. Santiago de Chile: Aguilar, 2005. 13-27. volver
Flecha hacia la izquierda (anterior) Flecha hacia arriba (subir) Flecha hacia la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es