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El «Quijote» en América

El Quijote y nuestro lenguaje

Por Pedro Lira Urquieta*

Encarecer y divulgar la lengua del libro inmortal nos parece que es uno de los modos más fáciles y útiles de acrecentar la tradición hispana. Mucho haría nuestro Instituto si lograra familiarizar a sus socios y a las personas que concurren a sus reuniones con el manejo de Don Quijote de la Mancha. Debería ser Cervantes para nosotros lo que es Shakespeare para los de habla inglesa: el maestro del buen decir, el modelo insuperable de un realismo exento de amargura; y su obra la cantera de la cual pudiéramos extraer, sin agotarla, giros, expresiones y vocablos adecuados para todos los temas y para todos los estilos. Enriqueceríamos así nuestro pobre vocabulario y adquiriríamos aquella flexibilidad idiomática que constituye su mejor ornato.

La lectura atenta de Don Quijote proporciona, como es natural, gratísimas sorpresas. No es la menor de ellas la que se tiene al comprobar que gran parte de las voces y frases del lenguaje vulgar chileno fueron empleadas por Cervantes y que muchas tienen un claro origen andaluz. El insigne D. Francisco Rodríguez Marín se dio a la tarea de señalar en sus Notas, tan eruditas como picarescas, la influencia andaluza en el lenguaje quijotil. Son esas Notas las que han inspirado esta nuestra modesta aportación a la tarea cultural en que se encuentra empeñado nuestro Instituto. Sin asomos científicos ni dejos filosóficos, queremos demostrar con algunos ejemplos que el lenguaje popular chileno está más cerca del lenguaje cervantino de lo que pudiera imaginarse. Por cierto que esto ya lo habían observado los más sagaces escrutadores del habla popular: Román, Medina, Vicuña Cifuentes, Laval, para citar a los mayores. No escasean citas de ellos en las referidas Notas de Rodríguez Marín.

***

Ya en los comienzos de su vida aventurera ha sufrido Don Quijote muchos quebrantos a manos de villanos y malsines que nada saben de las pragmáticas de la andante caballería. En el capítulo V de la Primera Parte le vemos, así, molido a palos y tendido en el campo sin poderse mover. Un labrador que pasa por allí y le reconoce le ayuda a levantarse, recoge las armas maltrechas, las lía sobre Rocinante y conduce al caballero y a su cabalgadura a la casa abandonada, no lejos del sitio de la afrenta. «Y se encaminó hacia su pueblo —leemos—, que de puro molido y quebrantado no se podía tener sobre el borrico».

Dos expresiones cautivan nuestra atención. No dice el texto que el caballero iba pensativo o muy pensativo. Dice que iba «bien pensativo» atribuyendo de esta manera al vocablo «bien» una significación análoga a la que tiene el adverbio «muy». Nuestro pueblo, al igual que el de Andalucía, lo usa frecuentísimamente y oímos frases como ésta: estaba bien apurado, dormí bien mal. Tampoco dijo Cervantes que el vencido iba muy molido, sino escribe «que de puro molido y quebrantado no se podía tener sobre el borrico». Este «puro» equivale asimismo a «muy». Es utilizado por nuestro pueblo, y algunas de las expresiones en que se usa son: enfermó de puro triste, se murió de puro pobre, eso le pasa de puro bueno. En ninguna de ellas el «puro» tiene su significación corriente propia de pureza. Tanto en el Quijote como en el habla popular se emplea mucho, además de modo adverbial «a puro» o «a puros» en vez de «a fuerza de». Se dice así, a puros palos, lo derribó a puros puñetes. En el capítulo X de la Segunda Parte, exclama Sancho hablando consigo mismo: «¿Y paréceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos y no os dejasen hueso sano?»

Ya que hablamos de palos conviene saber que el empleo popular de la locución «de palo» en vez de «de madera» es cervantina. Podemos decir así mesa de palo, horma de palo, en lugar de mesa de madera, horma de madera. Los adverbios, tan usados por el pueblo, de «enantes», «endenantes», son cervantinos también. La significación de despertar del verbo recordar tiene ese mismo y alto abolengo. Igual cosa podemos decir del verbo «sosegarse», «asosegarse», en el sentido de poner término o valla a los atrevimientos. Cuando menudean las caricias, las muchachas y los niños dicen: asosiéguese o sosiéguese. Igual palabra y con igual significado usó Sancho para pedirle a su amo que no continuara golpeándolo cuando recibió un lanzazo como respuesta a sus burlas. El «sosiéguese su merced» de Sancho es bien común en nuestro pueblo.

En cierta ocasión, cuando Sancho quiere beber del milagroso brebaje que ha preparado su amo y se acerca a él, lo ve ensangrentado, al parecer, y dice el texto: «pero reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor que no era sangre». ¡Cuántas expresiones de tinte popular encontramos aquí juntas! Desde luego el verbo reparar, en el sentido de observar con cuidado, de fijarse, es muy usado. ¿No reparó en eso el patrón? Viene luego la expresión «echar de ver», «echó de ver», empleadísima también, y por último cambiar el género del sustantivo color hablando de «la color». Se ha comprobado asimismo que es frecuente oir en Chile «la calor», «las calores», en lugar de decir «el calor», «los calores». En el interesantísimo estudio dialectológico del profesor Y. Pino Saavedra sobre la «Crónica de un soldado en la guerra del Pacífico», recientemente aparecida, encontramos varios ejemplos que confirman nuestro aserto. Hay más, el pueblo chileno, como el pueblo andaluz, gusta mucho de los diminutivos, y se oye decir «la calorcita». La copla andaluza canta:

Mi corazón te camela
por tus dientecitos blancos
tu colorcita morena

Para encarecer el elogio de una persona o de una cosa se acostumbra redoblar el sentido de la palabra empleada. Decimos de esta manera: Fulano es rebueno, y ese rebueno es cervantesco. Otras veces nuestro pueblo, como el andaluz, habla de relindo, requetelindo, rebién, requetebién.

En contadas ocasiones Cervantes, siguiendo el uso andaluz, da a algunas palabras su significación figurada. Hablando de unas visiones leemos que Sancho Panza dijo que ellas no eran muy católicas. Quiso decir que no las estimó muy en regla, muy sujetas a perfección. Exactamente lo mismo hace nuestro pueblo, y oímos de labios populares frases como éstas: estas manzanas no están muy católicas.

A las personas enamoradas se las llama, tanto en el Quijote como en Andalucía y en Chile, «locos, loquitos, perdidos, enamorados perdidamente». La copla popular lo declara:

Yo estoy loquito en pensar
y en pensar me güerbo loco,
en ver que tengo una viña
y me la vendimia otro.

Al decir la copla que se vuelve loquito «en pensar», «en ver», en lugar de decir «pensando o viendo», sigue también a Cervantes cuando emplea en vez de gerundio el infinitivo precedido de la preposición «en». «La duquesa —leemos— no dejó de admirarse en oir las razones de Sancho». Y ya que hablamos de amores sepamos que las frases «tener retratado» o «llevarlo retratado en el corazón» o «en el pecho» al ser amado es una frase clásica. Hablando de Dulcinea, le dice don Quijote a la Duquesa , «que la lleva retratada en su pecho». Una seguidilla sevillana alusiva canta así:

El retrato de un hombre.
llevo en el pecho;
quitármelo no pueden,
porque está dentro;
Pepe, Pepito,
en el alma te tengo
retratadito.

En la aventura de los batanes, era tan grande el susto de Sancho, que queriendo disuadir al valeroso caballero de proseguir su marcha, le dice: «No es bien, señor, tentar a Dios». Tentar a Dios es una expresión que se oye con frecuencia en labios populares. También oímos a menudo estas otras expresiones, todas ellas del lenguaje quijotil: decir nones, no andar buscando tres pies al gato, a juicio de buen varón, hombre de pelo en pecho, niña hecha y derecha, hacer poderíos, temblar como un azogado, a otro perro con ese hueso, hacerse cruces, no dar en el clavo, ver o hacer ver estrellas, pedir peras al olmo.

Son interminables las locuciones cervantinas que se siguen usando en Chile no únicamente por el pueblo, sino por la gente culta. Cuántas veces oímos decir: «luchar a brazo partido», «hacer uno de las suyas», «tener la fiesta en paz», «tomar el pulso», «predicar en el desierto», «no echar en saco roto», «sin tener pie ni cabeza», «hacer buenas migas», «hacer pucheros o pucheritos».

Para ponderar la edad de una persona se habla de que tiene los años de Matusalén, tal como dijo Cervantes. Para indicar que un acontecimiento es muy conocido se dice que es una historia tan trillada, tal cual dijo el insigne escritor.

A veces en el libro que lo ha inmortalizado, Don Quijote aparece perdiendo la paciencia y echando sapos y culebras, para usar los mismos términos cervantinos. Nuestro pueblo dice «echar pestes» o «echar garabatos». Y en el texto hallamos la locución «echar pésetes». Estos pésetes se convirtieron en Chile, como en Andalucía, en pestes. En momentos de cólera, el caballero y el escudero suelen emplear vocablos duros. No los sigamos en su indignación y, digamos, con las mismas palabras pulidas del texto, que no todos están hechos para semejantes retóricas. Contentémonos con recordar algunas locuciones muy usadas entre nosotros. ¿Qué diablos es ésto? dice Sancho; y otras veces: «Dónde diablos» o «dónde demonios». El pueblo emplea mucho estas locuciones y añade las de «cómo diantres» o «dónde diantres», que significan igual cosa. En esos momentos de enojo los protagonistas suelen «echar pullas», locución cervantina que ha pasado a nosotros, y suelen hablar «en troche moche», locución también conservada.

Los diálogos que pasan entre Sancho y su mujer son deliciosos y encontramos allí muchos giros populares y vigorosos. Señalemos algunos. Sancho, ya mareado por las grandezas que le ofrece su amo, habla de casar a su hija con un noble. Teresa Panza le dice que la niña «no se ha de hallar» con ese nuevo estado. Este significado popular del verbo «hallarse» tiene, pues, su origen en esos diálogos. La patrona, oímos, no se halla en el campo, se halla más bien en la ciudad. Quiere esto decir que no se acostumbra, que no se siente bien en el campo. Sanchica o Mari-Sancha, como se la llama, queda envalentonada con lo que oye y habla de «echar coche», que significa adquirir un coche y lucirlo. La frase «echar coche», «sacar joyas» y otras semejantes son usadísimas en Andalucía y en Chile. Y a su presunta enemiga del pueblo, que morirá de envidia al verla ennoblecida, la niña la llama «la tal por cual», giro despectivo que mantiene su vigor. Sancho habla de que a su hija le va a «chantar un don», y esta acepción del verbo «chantar» sigue siendo empleada por el pueblo.

Finalmente, sabemos de la cordura de Teresa Panza que ella se contenta con poco, y en última instancia, como todas las mujeres del pueblo, le dirá a su novio, o a su marido, «Contigo pan y cebolla». Esta expresión, harto usada, inspiró está copla:

De almorzar pan y cebolla;
y al comer cebolla y pan.
Y a la noche, sino hay olla,
más vale pan y cebolla
que acostarse sin cenar.

Y ya que tocamos el tema de expresiones puestas por Cervantes en labios femeninos, agreguemos que usa también la frase: «soltársele un punto a la media», frase que en nuestros días se mantiene con una variante: «írsele un punto a la media».

El ingenio andaluz tomó pie de ella para componer esta moraleja:

La mujer y las medias
son parecidas;
si se les suelta un punto
ya están perdidas.

En el lenguaje de Sancho encontramos no únicamente locuciones peculiares del pueblo, sino una manera de hablar y de dirigirse a su amo que denotan respeto y cariño. Nuestro pueblo ha conservado, o, por mejor decir, conservaba hasta hace poco esa mezcla de respeto y de familiaridad en el trato con sus superiores. Un ejemplo aclara nuestro pensamiento. Cuando Don Quijote acomete la loca aventura de las ovejas, que se le representaron gigantes, Sancho ha quedado a la distancia presenciando la contienda y el vencimiento de su amo. Una vez que los pastores se alejaron, y viendo caído al caballero, baja de la ladera, llégase a él, y hallando que no había perdido el sentido, aunque estaba de muy mal arte, le dice estas palabras de cariñoso reproche: «¿No le decía yo, señor Don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos sino manadas de corderos?» Los servidores prudentes, a menudo, en ocasiones semejantes, les dicen a sus amos: «¿No le decía o no le icía yo, patrón, que se volviese?». Justo es reconocer que en nuestro lenguaje popular se conservan algunas expresiones cervantinas pero con sentido distinto: así, por ejemplo, la locución «estar en pelota» significa estar en cuerpo, estar sin abrigo, sin ropaje largo, en el texto; acá significa estar en cueros. Otras veces la expresión ha variado ligeramente: tarde o mal o nunca dice el Quijote, y nosotros decimos malamente, pero con los españoles de nuestro tiempo, tarde, mal y nunca. En el Quijote se dice «vender gato por liebre», y ahora se dice, «pasar gato por liebre».

Podríamos multiplicar las citas, y ello sería de nunca acabar. Leyendo la obra que ha inspirado estas breves anotaciones, encontramos un consejo atinadísimo de Don Quijote que nos ha decidido a poner punto final al trabajo. Al despedirse de Lorenzo, el hijo poeta del caballero del Verde Gabán, le da este consejo inolvidable: «Sólo me contento con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio; porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que son del entendimiento corre más este engaño».

Por entretenidas y hermosas que nos parezcan estas disquisiciones lingüísticas, no echemos en saco roto el consejo del caballero de aventuras, que saliendo del tema de sus caballerías era cuerdo y prudente en extremo.

  • (*) Tomado de Lira Urquieta, Pedro. «El Quijote y nuestro lenguaje». Boletín de la Academia Chilena correspondiente de la Real Academia Española. Tomo XV – Cuaderno XLVIII (1959): 48-55. volver
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