Por Jorge R. Fernández*
Al profesor Antonio Doddis, en recuerdo
de su excursión por rutas cervantinas.
Siguiendo con su pluma las andanzas de tan notable y honrado caballero y del compendio de gracia escuderil que fueron Don Quijote y Sancho Panza, Cervantes hizo algo más que escribir una novela. Consiguió antes que cualquier otra cosa, darnos un panorama vivo del existir español en su tiempo. Y por eso, para nosotros, por encima de la valía literaria, de su valor como primera novela española, de la situación que ocupa entre las obras a que se concede mérito de clasicismo, está su valor humano, nacional y universal.
Despojada la novela de los aditamentos pastoriles, italianizantes o de evidente pauta caballeresca, nos quedan las jornadas de caballero y criado, limpias, llenas de hondo saber, que si por una parte reflejan la formación literaria del autor, rebosan por todas las demás el sentir popular de su tiempo. Y si los elementos introducidos con afán de entretener, o quizá compendiando cuanto se entendía por novela, pueden tener algún interés por sí solos, es innegable que donde la maestría y el genio se revelan a cada paso es en esas páginas de realismo desnudo dedicadas a las dos figuras centrales. De un realismo tamizado por una luz irónica tan suave como el sol que en la madrugada, por darles de soslayo en los rostros no les fatigaba.
El realismo cervantino es aquel que, en nuestro tiempo, pretende buscarse. El que renace después de un naturalismo combativo que necesitó la contrapartida del culto a la forma. O sea el que sólo trata de contar lo que ha visto, prescindiendo —porque no puede prescindir— de su enfoque literario; no tratando de hacer tesis constante o querer demostrar perennemente que sólo le interesa lo real. En este sentido, y aunque parezcamos seguir apartándonos de nuestro propósito, es acertada la frase que ya empieza a envejecer, de que la novela es un espejo paseado a lo largo de un camino. El espejo cervantino paseado por los caminos de España dio como resultado esa historia del ingenioso hidalgo. Unos caminos por los que no sólo andan caballero y escudero, sino que constantemente se ven cruzados por personas que atienden a sus asuntos, privados unas veces, y otras relacionados con la vida del país: arrieros, mercaderes, viajeros que se dirigen a los puertos, cabreros y pastores, galeotes, cuadrilleros de la Santa Hermandad, comediantes, nobles...
Hombres de toda condición que marchan por las rutas que conducen a través de la Mancha calcinada y representativa, dirigiéndose hacia los puertos valencianos y barceloneses donde bulle el comercio, acudiendo desde la costa para refugio de cautivos liberados, corriendo hacia Sevilla y Cádiz, antesala de las Indias, y siguiendo aún más allá, por las tormentosas aguas que llevan al Nuevo Mundo, o las ondas gloriosas que indican el derrotero de Lepanto.
Este entrecruzar de personas que cortan la marcha de los dos personajes y por tanto la de la novela es lo que da la visión tan viva y exacta del transcurrir español, en las vidas y trabajos de sus hombres. Ese Quijote es por ello una especie de friso de su época. Ya se ha señalado hace tiempo cómo está recogida plenamente la sociedad española con todos sus problemas: la expulsión de los moriscos, las amenazas de guerra con Turquía, etc., visión que no sólo no se contradice, sino que se completa en la restante obra cervantina. Puede afirmarse que lo que se pensaba, lo que se decía, en las conversaciones de mesones y posadas, está latente en el Quijote.
Por eso es posible investigar respecto al tema que nos sirve de título: Presencia de América en la obra de Cervantes, que es como decir en la propia mente del creador, del andariego inventor de la fábula. ¿Se encuentra presente América, las Indias, en la obra cervantina? En esa indudable radiografía nacional que es el Quijote, ¿está presente América, nacida ya al total nacional? ¿Y en el resto de su obra?
La respuesta, de gran interés por lo que recoge del sentir colectivo de su época, es evidente: Al ingenioso autor no pareció tentarle como tema esencial la conquista y colonización americana. Mas no es esa cuestión que pueda achacársele a él solo. Los asuntos de Indias sólo eran temas para historiadores, y si nace La Araucana como primera gran obra inspirada directamente en la conquista, es por lo que tiene de crónica rimada en su intención. El teatro de Juan de la Cueva busca sus motivos en la historia nacional legendaria sin tender la vista hacia la gesta americana. Hay que llegar a Lope de Vega, a su universo temático, a su fecundidad agotadora, para hallarnos con dos comedias americanistas. En ese terreno —como él creyó en otros muchos— se le adelantó Cervantes. No solamente de asunto americano sino de algo más que teatralizar la crónica se encarga Cervantes en dos comedias en las que la acción o sucede en América o está íntimamente relacionada con la vida de España y su colonia. Esto nos hace pensar que para él la vida en Indias era tan integrante del conjunto nacional como la que transcurría en la Mancha. Quizá ello es resultado de sus años de vivir en Sevilla, eslabón último entre esta tierra y las que emergían al otro lado del océano.
Pero no nos adelantemos. Es verdad que a primera vista parece estar muy alejada América de la obra cervantina. No se le ocurrió cantar al héroe, al caballero traspuesto a tierras de maravilla donde los mexicanos vivían en una Venecia de pedrería, los Incas, hijos del Sol, dominaban hombres y tributos, y se alejaban en la fantasía los países de la Canela, el reino del Dorado, las Siete Ciudades, o unos fantásticos imperios poblados por hombres blancos donde podrían tener lugar gestas dignas de Amadís o el Caballero del Febo. Por el contrario, traza la epopeya humorista de la caballería, sin la burla de Morgante o la chocarrería de la rodomontada. Su héroe no es la contrafigura del caballero, sino el propio caballero en un ambiente extraño al vuelo de su heroísmo. Y no sólo se le ocurre cantar al héroe, sino que tampoco le acude a la mente su gesta en ocasiones en que se ofrece fácil y casi lógico que tal suceda. Por ejemplo, cuando en el capítulo XLIX de la parte primera, el canónigo toledano que acompaña a Don Quijote se dispone a conversar con él, recomendándole los hechos históricos sobre los mendaces de la caballería, le trae a colación a Viriato, Aníbal, Alejandro... y viniendo a tiempos más modernos, García de Paredes, Garcilaso, Don Manuel de León, y varios otros nombres entre los que no figura uno solo de los conquistadores. Los ejemplos se repiten en más de una ocasión, y apenas si quedan paliados por la cita que de Cortés se hace ya en la segunda parte (Cap. VIII) cuando se dice que «con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?», o de la fugaz aparición de otros dos conquistadores en el Persiles.
No hay inconveniente en acceder a que América podría no hallarse presente en su mente de literato, más propicia a la fórmula y al recuerdo de la cultura adquirida. Mas de lo que no hay duda es de que no deja de existir un momento, como resultado de que se hallaba evidente en el sentir de ese pueblo que vive entre sus páginas. Y así vemos que el Potosí, cifra y resumen del enriquecimiento fabuloso, tal como sabemos era considerado por el pueblo, y se halla en algún otro autor, y aún en la copla popular transmitida hasta nosotros, era considerado de tal manera por el propio Don Quijote, que, con voz de profundo agradecimiento se dirige a Sancho, cuando piensa en el modo de agradecerle el desencantamiento de Dulcinea:
—Si yo te hubiera de pagar. Sancho, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio... las minas de Potosí fueran poco para pagarte....
Expresión que, en otro tono, concuerda con aquella del pícaro Pedro de Urdemalas:
... y sobre un asno trae puesto
el cerro de Potosí;
viene lleno de doblones ...
con acento no muy desemejante de aquel con que el rufián viudo llamado Trampagos, en el entremés de su nombre se lamenta de la pérdida de su mujer: «¡He perdido una mina potosisca!».
Para ponderar en El rufián dichoso el negocio de los jugadores con ventaja se nos dice
que en dos barajas bruñidas
encierran un Potosí
y así podríamos multiplicar las citas de las que sólo vamos a ofrecer tres. Una del diálogo entre Don Ambrosio y Cristina, en La Entretenida,
— ... Y prométete de mí
montes de oro, que bien puedes.CRISTINA
—La menor de tus mercedes
suele ser un Potosí.
o la que nos regala el Muñoz de la misma obra, en un típico aparte, tapiándonos de sus planes, en primera persona:
—Qué bien trazada
quimera! Si ella llega a colmo, espero
un Potosí de barras y dinero!
Y, para concluir, llegando a la última creación cervantina, el herido conde del capítulo IX del libro III del Persiles: «creo que van hasta veinte mil ducados en oro y en joyas, que no ocupan mucho lugar; y, si como esta cantidad es poca, fuera la grandeza que encierra las entrañas de Potosí, hiciera della lo mismo que desta hacer quiero».
Como no tratamos de hacer un simple estudio de las veces que aparece citada ésta o la otra palabra, no agotamos las citas y pasamos a hacer presente, que tal enumeración significa algo más que la existencia del tópico potosino, acercándose a caracteres de fórmula literaria. Se trata de la idea de riqueza que la mayor parte de las veces —por no decir casi todas—que aparece usada por Cervantes va unida al recuerdo del Nuevo Mundo. Cuando en su obra surge un personaje rico, o que se enriquece directa o indirectamente, lo es en América, y en particular en el Perú, en la mayoría de los casos.
Así, en el Quijote, nos cruzamos con la señora vizcaína que iba a Sevilla donde estaba su marido que marchaba a Indias con un muy honroso cargo (P. I, Cap. VIII) o con un oidor que va a la Audiencia de Méjico (P. I, Cap. XLII). Y junto a estos ejemplos que dan una presencia de la nobleza que pudiéramos llamar burocrática, el esclarecedor recuerdo de lo ocurrido al cautivo y sus hermanos (P. I, Cap. XXXIX).
Como sabemos, eran tres hijos, que hubieron de repartirse el porvenir, ya que no otra cosa. Iglesia, o mar o casa Real, dice el dicho recogido por Cervantes, y que probablemente gracias a él se sigue conociendo por muchos. En efecto, cada uno de los tres hermanos se dispone a adentrarse por un Océano: el que conduce a las Indias, el turquesco mediterráneo o el del escolasticismo. De la suerte del cautivo, no hay que hablar, porque este mismo sobrenombre nos lo indica, y la del hermano letrado es evidente, por lo que se nos explica unos capítulos más adelante (Cap. XLII).
—Mi menor hermano está en el Perú, tan rico, que con lo que ha enviado a mi padre y a mí ha satisfecho bien la parte que él llevó, y aún dado a las manos de mi padre con qué poder hartar su liberalidad natural.
La idea se repite. En Rinconete y Cortadillo, se planea un robo. El judío, en hábito de clérigo, es quien vigila y escoge el lugar. Monipodio le elogia como «gran sacre y de gran conocimiento» porque elige un lugar donde tiene noticia de que dos peruleros viven en la misma casa. Es decir, la garantía de que el golpe no sería en vano. La Grijalva, de La tía fingida, al exclamar en admiraciones adulatorias por recibir una cadena de oro: «—¿Hay príncipe en la tierra como éste, ni papa, ni emperador, ni perulo...» Y como máximo ejemplo ahí está el propio Celoso extremeño, marchándose a Tierra Firme, y en veinte años «ayudado de su astucia e inteligencia, alcanzó a tener más de ciento y cincuenta mil pesos ensayados».
La ecuación es clara: Indias, igual a enriquecimiento. Es la idea que sacamos de esta incompleta rebusca cervantina. La misma que debía compartir Ricote, aquel buen morisco manchego, cuando al explicar a su amigo Sancho la vida que hacía con los peregrinos, le aclara:
—Juntéme con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España, muchos dellos, cada año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias...
No podía expresarse de modo más claro para que Sancho o cualquier hombre del pueblo lo comprendiera, la idea del enriquecimiento que por la limosna obtenían los peregrinos.
Es la idea popular, propicia a la fabulación y mitificación. El Potosí, cuyas riquezas no eran invención, se multiplicaba en las mentes de tierra adentro a quienes sólo llegaban los ecos pasados por el desembarco en suelo andaluz de lo que contaban soldados o colonizadores de retorno.
Ya hemos aludido —y no creemos esté suficientemente estudiado— a que Cervantes aprovecha este motivo popular para la trama de una de esas comedias de que se mostraba tan orgulloso, La Entretenida, en que el enredo se traza a base de la pérdida de una nave de Indias, no sólo con un tesoro con el que se cuenta para un casamiento, sino para dar lugar a una suplantación de personalidad en que se adelanta a los astracanescos enredos de nuestras comedias de los primeros años de este siglo. El suplantador se aparece con la simpática picardía que le es necesaria, y sabiendo que para poder pasar como tal indiano ha de venir provisto de
... algunas piedras bezares,
y algunas sartas de perlas
y papagayos que hablen.
Los atributos coinciden con los que en las litografías baratas y en algunos libros escolares siguen siendo inseparables de Colón. Es el modo más popular de representar al conquistador; el papagayo y las piedras preciosas. Pero también tiene que hablar de sus tesoros que naturalmente no puede presentar porque los echó al mar. Entre ellos «catorce mil tejuelos de oro puro» y
... de perlas, ¡qué de cajas arrojamos,
tamañas como nueces, de buen tomo
blancas como la nieve aun no pisada;
de esmeraldas, las peñas como cubas,
digo, como toneles, y aun más grandes;
piedras bezares, pues dos grandes sacos;
anís y cochinilla, fue sin número.
La consecuencia de esta asociación de las Indias con el enriquecimiento es la de ir a ellas para resolver la necesidad. Ya hemos visto que tal hicieron el hermano del cautivo y el luego llamado Celoso extremeño. Así lo hacen los padres de Isabela en La española Inglesa, según éste explica:
... acudió la necesidad a fatigarme, hasta tanto que, no pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está sentada, determinamos irnos a las Indias, común refugio de los pobres generosos....
Igualmente, Loaysa, el galán de El Celoso extremeño, cuando se ve al final de la novela, «despechado y casi corrido, se pasó a las Indias». Y del comienzo de esta novela es la famosa definición de aquellos lejanos lugares de donde regresa uno de los protagonistas al comienzo, y donde acaba yéndose el otro:
... las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.
La frase parece concluir amargamente, contradiciendo el uso que las Indias y sus riquezas ha venido haciendo en toda su obra, por lo que hay de remedio para pocos a pesar de todo, pero la esperanza sigue latiendo en las palabras primeras. Es refugio y es amparo, protege como el asilo de la iglesia, y ofrece una posibilidad de redención al criminal, como la frontera, ya se llame Far West o comarca del Duero en los viejos días de la reconquista, lugar donde las mujeres pueden alcanzar legítimo matrimonio dejando atrás un pasado tempestuoso. He aquí que el enriquecimiento indiano puede no sólo ser material. Más de un héroe de la picaresca termina su historia prometiendo contar sus andanzas en Indias, sin que luego las dé a la luz. Tal el desventurado Lazarillo de Manzanares. El Nuevo Mundo puede ofrecer una posibilidad de regeneración.
Por eso no es casual que en la otra obra teatral americanista, El Rufián dichoso, el protagonista sea en la primera parte una especie de tenorio sevillano, caballero encanallado y rufián de condición, que en los actos siguientes se transforma hasta llegar a ser un santo en tierra mejicana.
Esta idea que hemos visto en sus personajes, podemos pensar que era compartida por el propio Cervantes. El hombre perseguido por la fortuna, el capitán de carrera truncada por un arcabuzazo, el cautivo entre moros argelinos, o en el engranaje burocrático del imperio recaudando contribuciones por las tierras andaluzas y cayendo en contrariedades con la justicia, vuelve la vista a Indias. Pero no le es concedido lo que pide en aquel año de 1590 y sigue por España con las alas del cuerpo cortadas para la aventura.
Quizá por ello su obra se va llenando cada vez más con la reminiscencia hacia el puesto no alcanzado. Hemos podido advertir ya que las citas alusivas al Nuevo Mundo, aumentan a medida que nos ocupamos de producciones posteriores. Si en La Galatea, por su condición pastoril no aparece la cita, abunda en el Quijote y las Novelas Ejemplares y se acentúa en la Segunda Parte del Quijote, las Comedias y los Entremeses, hasta llegar al Persiles en que el recuerdo americano es esencial.
Como no es nuestro plan presentar todas las citas que en la lectura hemos hallado, sólo vamos a mencionar algunas por su curiosidad. Gran número de ellas podrían ser utilizadas incluso como testimonio fiel de hechos, con valor casi documental. Así, por ejemplo, las numerosas alusiones a la llegada y movimiento de las flotas, en La Entretenida, el Quijote, La tía Fingida, El Celoso Extremeño, etc. descendiendo a algunos datos particulares: El quinto correspondiente al rey (Rinconete y Cortadillo), el navío de registro (El Celoso extremeño), las dificultades de la ruta (La Entretenida), etc. Hasta en obra tan alejada por el tema como El trato de Argel y la gran Sultana doña Catalina de Oviedo.
Solamente queremos destacar las que se refieren a costumbres indígenas, después de repetir aquel elogio de Méjico que puede verse en El licenciado Vidriera, novela que parecía haber escapado a esta generalidad en la alusión:
Desde allí... fue a Venecia, ciudad que a no haber nacido Colón en el mundo no tuviera en él semejante; merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiera. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del Mundo antiguo: la de América, espanto del mundo nuevo.
«¡Cómante malos caribes!», dice una vez por maldecir Pedro de Urdemalas, y en El rufián dichoso se alude a la Florida,
... de mil cuerpos homicida,
adonde, contra natura,
es el cuerpo sepultura
viva del cuerpo sin vida.
En La Entretenida, hay otra referencia al decirse a una dama
—¿Que no quieres ser llevada
en hombros como caciques?
Y en La gitanilla se completa esta serie de utilizaciones de costumbres americanas:
... acocotaron la mula y enterráronla de modo que quedó seguro Andrés de ser por ella descubierto y también enterraron con ella sus alhajas, como fueron silla y freno y cinchas, a uso de los indios, que sepultan con ellos sus más ricas preseas.
Hemos insistido en esta presencia de las costumbres indígenas por lo inseparable que son de la concepción de la última obra de Cervantes. Los Trabajos de Persiles y Segismunda. Dejando aparte la aparición entre los personajes imaginados en la obra, de la presencia real de Pizarro y Orellana, que pasan por ella como para dar una impresión de verosimilitud a lo que acontece en estas tierras y hacer pensar que igual puede ser cierto lo que se sitúa en extraños países septentrionales, es evidente que el pensamiento cervantino estaba fijo en los recuerdos del descubrimiento. La lectura de los primeros capítulos ha traído a la imaginación relatos como los del Diario de Colón o las Cartas de Vespucio. No nos referimos a la similitud de hechos o párrafos, sino a un paralelismo de ambiente, en aquellos derroteros de barcos que van de una isla a otra por un mar desconocido donde encuentran riquezas extraordinarias no recogidas y donde moran bárbaros de extrañas y cruentas costumbres. Ya Bonilla y Schevill (Edición comentada de 1914) hicieron notar la similitud de muchos pasajes con lo que de las costumbres precolombinas refiere el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales. Es probable, por no decir es evidente; pero no hay quien nos quite la intuición de que antes que acudir al libro de donde sacaría la documentación que precisaba, Cervantes llevaba su idea, que provenía del recuerdo de los primeros descubrimientos y las fabulosas historias que oiría en Sevilla en los fecundos días de su adolescencia.
Quiso hacer, él mismo nos lo ha dicho, el mejor de los libros de entretenimiento, añadiendo la tradición de enredo y extraños países boreales que eran propios de la novela bizantina, las costumbres dignas de la más elevada imaginación de lo que el descubrimiento había aportado a la imaginación de Europa.
Paul Wernert publicó un estudio, Cervantes precursor de la Etnografía comparada (Investigación y Progreso, Madrid 1932), en que le considera casi como un creador de esta disciplina, por lo que representa atribuir a unos bárbaros europeos las costumbres de los primitivos de América, adelantándose a la obra de Lafitau, Moeurs des sauvages, comparées aux moeurs des premiers temps, que no apareció hasta 1723, ya en el siglo de la atención al primitivismo indiano.
Para nosotros esta idea no fue intencionada, aunque no quita que así resultase. Cervantes tenía antes que otra cosa aptitudes geniales de novelista y ninguno de los géneros propios de su tiempo dejó de tentarlo. Quiso hacer una novela al modo de la bizantinas, en que lo prodigiosos rodeara totalmente a los personajes, pero dándole a todo ello, al mismo tiempo, un indudable viso de posible realidad. Por eso aparecen Pizarro y Orellana. Por eso hay acontecimientos en lugares que cualquiera podía visitar. Y por ello, a los nebulosos países septentrionales, tan poco conocidos, añade aquellas islas donde moran unos pueblos que califica sencillamente como bárbaros, intuyendo quizá, sin pararse a pensar en ello, que así como eran los salvajes americanos, podrían haber sido los antepasados de las naciones europeas, y por qué no —en una mente novelista cabe la suposición—, no podía haberlas todavía en aquellas regiones por donde su genio creador trazaba las andanzas de su personajes. En unos mares poco conocidos, poblados de numerosas islas ¿no podría repetirse el descubrimiento colombino?
En efecto, el medio cultural de aquellas gentes, es el que hoy nos es descrito en cualquier manual de prehistoria, referido a la edad piedra: «... un puñal que, aunque de piedra era más fuerte y agudo que si de acero forjado fuera...». De igual modo se describen los arcos y flechas, los vestidos de pieles de animales domesticados o selváticos, las tiendas o cavernas, las alimentaciones de frutos naturales, etc.
Los sacrificios humanos de que se habla después nos llevan ya concretamente a las culturas americanas:
... que sacrificasen todos los nombres que a la ínsula llegasen, de cuyos corazones, digo, de cada uno de por sí, luciesen polvos, y los diesen a beber a los bárbaros más principales de la ínsula, con expresa orden que, el que los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras de que le sabían mal, le alzasen por su rey.
Pero donde se advierte plenamente el recuerdo de la llegada de los descubridores es en estos párrafos que nos recuerda el Diario del Almirante:
Como se iba acercando el barco, a la ribera, se iban apiñando los bárbaros, cada uno deseoso de saber, primero que viese, lo que en él venía; y, en señal de que lo recibirían de paz y no de guerra, sacaron muchos lienzos y los campearon por el aire, tiraron infinitas flechas al viento, y, con increíble ligereza, saltaban algunos de unas partes en otras....
Partieron todos los bárbaros a la isla; en un instante volvieron con infinitos pedazos de oro y con luengas sartas de finísimas perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las entregaron....
... pagan en pedazos de oro sin cuño y en preciosísimas perlas, de que los mares de las riberas destas islas abundan....
Pero la imaginación del novelista supera, aun con ser mucha a la de los cronistas: dígalo si no, «la amenísima ribera, cuya arena, vaya fuera todo merecimiento, la formaban granos de oro y menudas perlas», y aquellas «praderas cuyas hierbas no eran verdes por ser hierbas, sino por ser esmeraldas».
* * *
He aquí, pues, a América presente a lo largo de toda la obra cervantina. No como una preocupación literaria, sino como parte integrante del mundo real a que acudía para elaborar su ficción. Las tierras de Indias citadas a cada paso, las costumbres de sus naturales tenidas en cuenta, y germen indudable de su última producción. América así no es ajena a la creación novelística del genial español.