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El «Quijote» en América

América, meta de la caballería

Por Jaime Eyzaguirre*

1. Los caballeros de valor

Si la cruzada de Europa contra protestantes y turcos es ante todo, para la España del siglo xvi, una empresa de la monarquía con el apoyo de todo el pueblo, la cruzada de América ha de señalarse esencialmente como una obra de este último en que a la corona sólo cupo el papel de alentarla, encauzarla y darle forma legal, mediante el régimen de las capitulaciones e instrucciones.

La iniciativa privada, pletórica de aventura y cargada de imágenes caballerescas, toma sobre sí todo el peso de esta tarea sobrehumana, que traspasa los límites de la leyenda. América se vuelve para el español de entonces un imán de atracción irresistible y todos, ricos y pobres, nobles y plebeyos, quieren venir a participar en la acción extraordinaria. Aquí las diferencias de castas que pudieron existir en la metrópoli pierden toda su eficacia y es solo el valor el timbre aristocrático que triunfa. Así se ve al conquistador Alvarado descuidar hasta el desprecio sus insignias de caballero santiaguista traídas de España; a otros abandonar sus históricos escudos de familia para adoptar un novísimo que hablará al futuro de sus hazañas personales; y a un noble de alta alcurnia como don Alonso Enríquez de Guzmán tener a honra servir a un oscuro bastardo como el Adelantado Almagro, de quien a su vez dijo Garcilaso que «fue hijo de padres nobilísimos que fueron sus obras».

El Nuevo Mundo, campo de choque y batallar, permite el reajuste de todas las jerarquías tradicionales y consagra, por sobre las viejas y doradas cunas, el mérito de los audaces. La empresa de conquista es una justa en la que cada uno ha de lucir como mejor pueda la más alta y digna virtud del caballero, que es el valor. Por eso habrán en ella gestos como el barrenamiento de las naves de Cortés para que nadie retroceda, o terquedades sublimes como la de Pizarro en la isla del Gallo con sus trece compañeros; empeñados en conquistar solos un imperio riquísimo. Y habrá también reminiscencias medievales del linaje de los Palmerines, Arturos y Amadices, en esas fantásticas intentonas de buscar el vellocino de oro, el agua de la vida o la ciudad de los césares.

Toda aventura de caballería comienza con la vela de armas y esto tampoco falta en las empresas de América. Será en la iglesia de Panamá donde los socios de Pizarro, Almagro y Luque, comulgarán en la misma hostia antes de iniciar, la conquista del imperio de los incas. Y Pedro de Valdivia pondrá en la catedral del Cuzco su breve fuerza expedicionaria bajo la protección de Santiago y de la Virgen María.

Y después de colocar como inicial el nombre de Dios, comenzarán a tejer con sus proezas la trama del nuevo romance de caballería que admirará el mundo. Aquí habrá siempre un objetivo supremo que dominará a todos los otros: las ansias de gloria y de poder. Y el acaparamiento de oro será sólo el instrumento para lograr esta meta y no la finalidad en sí de la aventura.

Cortés, ya lleno de riquezas después de la conquista de Méjico, no queda satisfecho con esto, sino que emprende a gran costo otras expediciones al sur. A su padre escribe «que tiene por mejor ser rico de fama que de bienes y por conseguir este fin los ha todos pospuesto»; y al emperador dice que ha afrontado tan grandes peligros y padecimientos para dar testimonio a todo el mundo de su fidelidad de vasallo «y no por codicia de tesoros, que si éstos me hubieran movido —agrega—, pues he tenido hartos, digo para un escudero como yo, no los hubiera gastado ni pospuesto para conseguir este otro fin, teniéndolos por más principal».

Alonso de Montejo, a su vez, no se contenta con el pacífico disfrute de su repartimiento en Méjico y sigue en busca de nueva fama a la América Central. Diego de Almagro, que es un Creso después de la cuota recibida del rescate de Atahualpa, la invierte sin tasa ni medida en preparar la expedición a los confines de su gobernación de la Nueva Toledo, donde le acompañaron doscientos cincuenta nobles en un total de quinientos españoles, «la flor de Indias», al decir del cronista Oviedo. Y como la expedición diera al traste y muchos, de los participantes quedaran en extremo adeudados con su jefe —pues éste les había adelantado hasta ciento cincuenta mil pesos de oro para equiparse en la seguridad de que luego le resarcirían con las ventajas logradas en las nuevas tierras—, Almagro, prototipo del hidalgo de alma, ya que no de sangre y nacimiento, antes de regresar al Perú tomó en sus manos las muchas escrituras de obligaciones y haciéndolas mil pedazos cargó sólo con la enorme pérdida económica. Sus palabras de ese momento traen al recuerdo las de Felipe II, después del fracaso de la «invencible armada» y hablan otra vez con los hechos de esa cualidad tan propia del hidalgo: el saber perder. «Demos gracias a Nuestro Señor por todo lo que hace e conformémonos con El, pues por vuestra, parte ni la mía no hemos cesado de trabajar, ni nos queda que quejarnos de nosotros mismos».

Pero ¿cómo no señalar con el destaque que merece, en medio de estas grandes figuras, la extraordinaria de Pedro de Valdivia, el iniciador verdadero de la historia de Chile, el primero que comprendió con el golpe de la intuición genial de que siempre carecieron los indígenas el sentido unitario que encerraba esta angosta faja de tierra, cercada de aguas, cordilleras y desiertos? ¿Cómo no decir que supera en nobleza al tortuoso Francisco Pizarro; que aventaja en visión al caballeresco Almagro, y que no mengua al lado del más grande de los capitanes de la conquista americana, Hernán Cortés, pues si el escenario de éste fue más esplendoroso, más sufrido fue el suyo y no tuvo como él en su larga tarea, tiempo de descanso sino el día en que se lo dio la muerte, que le pilló firme con el arma en la mano?

De estatura mediana, grande la cabeza y ancho el cuerpo, de tez blanca y cabello rubio que acusaba la distante raíz visigótica, «tenía —al decir de Mariño de Lobera, su contemporáneo— un señorío en su persona y trato que parecía de linaje de príncipes». Había nacido para ser jefe, para cumplir una misión de poder, para llevar a su sometimiento multitud de hombres y de tierras. No le satisface el escenario de Venezuela, perdido en la selva, ni tiene ya sitio en el Perú, donde otros se le han adelantado. Entonces se abre a sus ojos la empresa de Chile con un sentido exclusivo y avasallador. Y frente a esta esperanza de gloria nada le importa dejar una rica mina y una encomienda con que en Charcas ha premiado sus servicios el Marqués don Francisco Pizarro.

Hombre de voluntad recia e inconmovible, no se deja abatir por el revés continuo, ni atemorizar por la fiereza india o por la deslealtad de algunos de sus compañeros. Está resuelto a hacer suya esta tierra que ama desde un principio como una prolongación de su propia persona, como el testimonio que a los siglos futuros hablará de su hazaña. Por eso dice a Carlos V: «No deseo sino descubrir y poblar tierras a V. M.... para dejar memoria y fama de mí»; y en su abundante correspondencia con el emperador, que es también la página inicial de la historiografía chilena, reitera su admiración por este país de sus desvelos, alabando la riqueza de la tierra, «que parece la creó Dios a posta para tenerlo todo a mano».

En la brega larga y agotadora ¿qué otra cosa podía ser el oro que el instrumento para convencer a los hombres de que habían de seguirle? Esta gloria con tanto afán perseguida y nunca plenamente lograda, consumía vidas y haciendas, y el dinero propio no era bastante para continuar en su búsqueda. Por eso lo toma y aun por la fuerza y con engaño de sus compañeros, pero después lo devuelve, cuando la empresa parece ir consolidándose; porque Valdivia no es un ladrón sino un jefe imperioso que subordina todo a la suprema ambición de renombre. De ahí que cuando en Concepción le llevaron enormes pepas de oro en una batea, exclamó con gran contentamiento: «Desde ahora comienzo a ser señor». Es que el oro es un instrumento, un medio indispensable para mover a los hombres a seguir su voluntad.

Demasiada alta es su aspiración para ser codicioso y con facilidad extrema se desprende del dinero y aun lo juega en grandes cantidades. Demasiado sutil es su espíritu para que la belleza de la tierra no se le meta por los ojos y haga que en él se conjuguen en las fundaciones de ciudades, la vena del estratega consumado, que causó admiración en su tiempo, con la del fino esteta, sensible ante los atractivos de la naturaleza.

Valdivia fue el primero que supo amar a Chile como una unidad indisoluble y bella y los rudos acentos de su pluma, al ponderar el atractivo del país, suenan como un llamado de anticipación al patriotismo. Un siglo después, el Padre Alonso de Ovalle sabrá prolongar en precioso lenguaje estos acentos iniciales y definir la particularidad de Chile en el inmenso conjunto del imperio español.

2. Don Quijote trasplantado

Al salir Don Quijote tras la gran aventura por la llanura manchega dio en creer gigantes a los molinos de viento y arremetió contra ellos hasta rodar muy maltrecho por los suelos. Y es que el caballero andante, de altos ideales y afiebrada imaginación, ve el mundo con otros ojos que el adocenado burgués, que no se eleva de la exacta superficie de las cosas. Para que una acción sea real empresa de caballería, es preciso que el héroe batalle con adversarios dignos, y por eso el español estuvo muy lejos de aminorar el valor del enemigo indígena que le quiso cerrar el paso. Ante sus ojos de caballero el indio pasó a ser otro caballero; y ante su alma de hidalgo fue esencialmente un igual, porque tenía como él la sustancia eterna del hombre. Por eso la lucha entre españoles e indígenas aparece regida por los mismos principios morales en vigor en el occidente cristiano, y con frecuencia por las mismas normas caballerescas que ya agonizaban en Europa.

¿Qué otra cosa que un cartel de desafío de sabor medieval fue esa requisitoria redactada por el jurisconsulto Palacios Rubio y que Valdivia leyó a los caciques estupefactos del valle del Mapocho, por la que les instaba a someterse a los reyes de España y recibir pacíficamente a los predicadores de la verdadera fe o aceptar en caso contrario la guerra? Y nada más sorprendente como empresa ajustada a los estrictos principios del derecho internacional, aun no definidos explícitamente por Vitoria en Salamanca, que la campaña de Cortés en Méjico. Es que las normas de la caballería y del derecho, permanecían muy arraigadas en el español de entonces, a despecho de la codicia o de la crueldad de que como obra humana no se vio libre naturalmente la acción conquistadora de América.

Este respeto por el adversario no es una cosa rara, y en la tierra de Chile podrían repetirse los ejemplos. Bastará sólo recordar la actitud del Gobernador Alonso García Ramón, que se negó a cumplir una cédula de 1608, que constituía esclavos a los indios prisioneros de guerra, como represalia a la muerte que éstos habían dado en una emboscada al gobernador Oñez de Loyola. García Ramón llegó a decir entonces «que su conciencia no le dictaba hacer esclavo al que nació libre y al que peleaba en defensa de su patria y de su libertad».

Y el sistema de la guerra defensiva, de que hablaremos más adelante, no pasa de ser en el fondo sino un intento de ajustar a las normas de derecho la lucha que europeos y salvajes sostenían en las tierras de Arauco.

Pero sin duda el que más se sobrepasó en la postura admirativa frente al indígena chileno, fue don Alonso de Ercilla, el cantor de nuestro alumbramiento nacional. A la ilusión caballeresca juntó él las amplias licencias de la poesía y grabó para la historia la figura moral del araucano con caracteres tales que no hay etnólogo, por benévolo o ignorante que sea capaz descubrir la menor concomitancia entre la imagen trazada y el modelo que le sirvió de base. Es que Ercilla puso en el salvaje araucano las cualidades propias del hidalgo español, cultor de la honra y de la dignidad, y en extremo justiciero.

Recorriendo las páginas del gran poema encontramos definido a Caupolicán como:

varón de autoridad, grave y severo
amigo de guardar todo derecho,
áspero, riguroso, justiciero,

palabras que parecerían escritas para Pedro Crespo, el Alcalde de Zalamea. Y en la boca de Lautaro hay frases como éstas que bien pudo decir un habitante de Fuente Ovejuna, para incitar al municipio a alzarse contra el mal señor, pisotear de sus fueros:

La fuerza pierde hoy, jamás violada,
vuestras leyes, los fueros y derecho:
de señores, de libres, de temidos,
quedáis siervos, sujetos y abatidos

3. Flandes indiano

¿Cuál era la real imagen de ese indio que nos da el canto de Ercilla tan engalanado a la europea? Desde luego él carecía de toda idea de patria, y esto no sólo por su retrasada cultura sino también porque la población del Chile prehispánico no fue homogénea ni en lo político ni en lo racial, aun en los tiempos fugaces de inmediato a la dominación incaica, que precedió a la española.

En las regiones del desierto de Atacama existió una antigua civilización mezclada alrededor del siglo xii con la peruana de los chinchas; de Copiapó al Choapa habitaron los diaguitas, de origen argentino; y del Choapa al Reloncaví una raza de agricultores de acentuadas reminiscencias matriarcales, que en un tiempo cercano al advenimiento de los españoles, vio interferida su continuidad territorial por la llegada de un pueblo extraño procedente de las pampas argentinas, que se instaló entre el Itata y el Toltén. Este invasor de última hora era el araucano, raza de cazadores totémicos que se mezcló con el indígena agricultor autóctono y adoptó, con varias de sus costumbres, su idioma.

A pesar de estas influencias, el araucano no logró alterar su idiosincrasia, que ya advirtieron los españoles como diversa a los demás indios de Chile. Pues mientras éstos fueron en general dóciles y pronto se entregaron a los conquistadores, sirviéndoles en las labores mineras y agrícolas y hasta en la guerra y mezclándose fuertemente con ellos, los araucanos mantuvieron su espíritu feroz durante siglos y resistieron todo cruce con la sangre europea.

No cabía, por otra parte, congruencia entre el alma española y el alma araucana. El español como todo occidental y aun en grado mayor, creía en los valores del espíritu, tenía la existencia colmada de ideales y había dado con la esperanza del cielo una finalidad extratemporal a su vida. El araucano, en cambio, era del todo negado a la abstracción y sólo reaccionaba frente a lo tangible y sensorial. Su vida carecía en realidad de objetivo determinado, fuera de la guerra y el pillaje, que eran su habitual ocupación. Después de la muerte continuaban los espíritus peleando de igual manera. De ahí que pusiera en las tumbas alimentos, ponchos y armas, para que el finado, con buen equipo, pudiera vencer sin tropiezo en las guerras del más allá. Aquí no hay un cielo, como meta última y reposo de la larga brega existencial. El guerrero araucano sigue el mismo, antes y después de la muerte, y sólo cambia de plano, pero no de tarea. Negado del todo a la abstracción, carecen para él de sentido los ideales de patria, de honor, de gloria, de justicia y derecho. Es sólo el instinto sin freno lo que sabe apreciar. Y por eso el araucano ignora el respeto por la mujer, y exalta la sexualidad, el robo y la borrachera.

Ni aun la audacia extraordinaria que supo en todo momento desplegar este pueblo en su lucha con el conquistador tiene semejanza con el heroísmo de estirpe occidental. En el europeo el valor es el resultado de una experiencia de la vida y de un esfuerzo de la voluntad. Es héroe el que, consciente del peligro, ha llegado a dominar el temor por un vencimiento supremo. En el araucano, como en todos los pueblos salvajes, que apenas conocen el mundo y que lo miran como el niño inexperto, el valor no es otra cosa que un impulso desatado y sin control. Aquí la conciencia y la voluntad no tienen papel alguno y es sólo el instinto el que actúa.

Se comprende de esta manera cuan grande era la barrera que separaba a araucanos, de españoles y qué difícil debía resultar entre ellos el entendimiento y la convivencia pacífica. Los conceptos de Dios, redención, cielo, castidad, templanza, honradez, honor, etc. debían rebotar sin efecto sobre el hombre de Arauco y los misioneros, salvo raras excepciones, estaban en general condenados al mayor de los fracasos. Y por impermeable a los ideales de occidente, resultó también el araucano reacio a la coyunda con el español. La mezcla entre ambas razas se hizo poco menos que imposible y es necesario afirmar, a despecho de una tradición tan asentada como falsa, que de los indígenas existentes al advenimiento de los conquistadores en el territorio que va del despoblado de Atacama al seno de Reloncaví, fueron precisamente los araucanos los que menos contribuyeron a la formación de la nacionalidad chilena y los que más han conservado hasta la fecha su independencia, desvinculación y hermetismo.

Arrancar, pues, el valor del pueblo chileno de su raigambre araucana, es escribir palabras en el aire. El mestizaje nació de la fusión del español con el indio cultivador de la tierra, sedentario y, como tal, poco habituado a la lucha. Este indio, más antiguo que el araucano, y, en consecuencia, más chileno que él, ayudó incluso a los españoles en la guerra, le sirvió como trabajador en el campo y en las minas y se sometió al régimen de la encomienda.

Pero si el araucano no trae a la composición del pueblo chileno un aporte de sangre que pueda estimarse apreciable, influye considerablemente en el desarrollo de la vida nacional y sin él ésta habría tenido de seguro una diversa orientación. Es el araucano en perpetua efervescencia, el que impide, por lo menos durante dos siglos enteros, que se normalice la vida entre los colonos; el que agota los recursos del erario y obliga al gobierno español a respaldar con dinero del Perú el costo de una guerra sin descanso. Es también el araucano el que, con su hábito de romper la paz torna precario el desarrollo de la industria incipiente y más difícil aún la expansión de la cultura. Es también el araucano el que obliga a mantener el hábito guerrero en el criollo de Chile y que crea en el territorio fronterizo de Concepción una tradición militar que, al través de O'Higgins, Bulnes, Freire, Prieto y otros, llegará a hacerse presente en los tiempos de la independencia.

Por eso será en Chile donde se extinguirá más tardíamente que en ningún otro lugar el espíritu caballeresco y donde aun en pleno siglo xvii serán valederos ciertos padrones del espíritu que se han tornado ineficaces en el resto de América y, sobre todo, en Europa.

Cuando ya en España el Quijote aparece vencido por el pícaro, y un desaliento colectivo sucede a la inspirada tarea del siglo anterior; cuando comienza a dudarse de los ideales por que se ha combatido y un desgarramiento y escepticismo interiores abren las puertas a la decadencia, en Chile los postulados de Francisco de Vitoria tienen en el Padre Luis de Valencia un denodado vocero y se ensaya con empeño el sistema de la guerra defensiva. Todavía en esta tierra hay quienes piensan en la posibilidad de subordinar a principios de derecho una lucha que se va haciendo centenaria. Y cuando la noble intención parece del todo derrumbada, sobrevive la sustancia en el sistema de los parlamentos de Arauco, donde españoles e indios periódicamente reajustan las leyes de la guerra y las normas de la paz. Acaso hubo margen entre lo obtenido y lo anhelando, pero no es poca cosa que un país conquistador llegue a otorgar tratamiento de igual a un pueblo de salvajes. En esos históricos parlamentos, los convenios se celebraron de potencia a potencia, entre el Reino de Chile y el Estado de Arauco como regidos por el derecho internacional que supo llevar al campo público la suprema creencia de la raza en la igualdad esencial de los hombres.

España, que se había paseado sin obstáculos de mar a mar y había cogido medio globo en el puño, sólo vino a saber lo que era hallar resistencia en las llanuras de Flandes y en las selvas de Arauco. Por eso un escritor del siglo xvii, el Padre Diego de Rosales, quiso hacernos pasar a la historia como tierra de detención de la más grande potencia del mundo y llamó a nuestra patria Flandes Indiano, nombre que habla mucho de hazañas, pero también de grandes desalientos para la caballería.

  • (*) Tomado de Eyzaguirre, Jaime. «América, meta de la caballería». Revista de Estudios. 145-146 (Febrero-Marzo 1945): 3-12. volver
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