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El «Quijote» en América

América y Cervantes

Por Luis Durand*

Siguiendo el camino de la aventura y tras las huellas ilusionadas del Gran Almirante don Cristóbal Colón, quien señala la ruta portentosa, enderezan su proa audaz, hacia las tierras de América, las naves de Hernando de Magallanes, de Juan Díaz de Solís, y de Vasco Núñez de Balboa, modernos argonautas que inician la gesta heroica de los descubrimientos en estas latitudes de infinitos y dilatados horizontes. Territorios de dimensiones desconocidas, en las que hay selvas y montañas de impresionantes proporciones, lagos y ríos de extensión jamás imaginada por el sueño aventurero, van convirtiendo a cada Adelantado en perínclito personaje de leyenda que incorpora, cada día, nuevos dominios al Imperio español. Al poderoso Imperio que nace bajo la égida de los Reyes Católicos y alcanza su máximo esplendor y poderío, cuando los estandartes de Carlos V tremolan en el viento de los cuatro confines de la tierra.

Del sueño y la aventura nace la prodigiosa realidad. Y como en un desfile de relampagueantes destellos, que iluminan el destino histórico de una raza, surge entre los avatares de la magna empresa, el nombre de los arquetipos que dan lustre a su linaje. Sangre y espíritu que se yergue desde los fuertes cimientos de la unidad racial, que acababan de conquistar, en la península para extender su nacionalidad a las tierras de ultramar, injertando la sangre del Cid en el broncíneo tronco del aborigen americano, que hasta entonces como dijera Érenla, «nunca estuvo a extranjero dominio sometido».

Pizarro y Hernán Cortés, Valdivia y Alvarado, Hernando de Soto y Almagro, Jiménez de Quezada y Juan de Garay, Benalcázar y Alvar Núñez... Son cien capitanes que superan las audacias de Jason, los que plantan en los confines de la América los hitos de sus fundaciones y conquistas. Y junto a ellos, las huestes de pálidos hombres barbudos —como los identifica el aborigen que vive en la tierra del oro y de la plata, y que inventa la leyenda de la ciudad de los Césares—, siembran la semilla de su raza. De este modo la invasión de los vándalos, de los suevos y los alanos, de los godos y visigodos, alcanza hasta el otro lado de los mares. Y de la transfundición gigante, nace la raza americana, vaciada en moldes de bronce. La fusión de sangres vitaliza el espíritu y el carácter de España. Fulgura en Bolívar, en San Martín y en O'Higgins, cuando se manifiesta en la insurgencia apasionada, que arde con el ideal de emancipación. Y es luz radiante en el genio de Darío, de Sarmiento, de Gallegos, de Rivera, de Chocano y la Mistral, cuando la emoción y la belleza confieren al idioma sus resonancias más nobles y expresivas.

España, fortalecida en esta prolongación de su raza nacida en el suelo americano, saluda en estos días al príncipe del ingenio, nacido de su estirpe. Por todos los ámbitos de la América Hispana resuena el nombre egregio de don Miguel de Cervantes y Saavedra, orgullo de la gente que lleva en las venas la misma sangre que palpitó en su corazón y habla el idioma en que se escribiera El Quijote, obra cumbre de la inteligencia humana, por el carácter universal de su intención. El Quijote viene a ser un estupendo símbolo de maravilloso vaticinio, que separa dos edades. Es la primera estrella brotada de las sombras espesas del Medievo, bárbaro y siniestro, que viene a iluminar la aurora del Renacimiento. Es el mágico soplo que transforma la sensibilidad y la cultura de la civilización latina occidental. Desde sus páginas inspiradas en las costumbres, gustos, creencias y supersticiones de la época medieval, surge la risa de una vida nueva, en que el amor es gracia, alegría, inspiración sublime y no tremenda cárcel de angustias y tragedias. La risa en la creación cervantina, no es burla ni sarcasmo ni saeta lancinante; es el alma renacida, purificada y embellecida por un mágico soplo de renovación y juventud. Mentalidad de geniales proyecciones, don Miguel de Cervantes le confiere a su idioma una virtud suprema, al demostrar que las palabras ajenas a él, no hacían falta, para decir con máxima plenitud expresiva, todo cuanto la fantasía humana puede idear.

De su vida aporreada, de sus andanzas y adversidades, don Miguel de Cervantes no deja en su obra huellas pesimistas ni amargas. Por el contrario. Como el mago del cuento de Aladino toca la lámpara de su genio, para que de él surja, nítida, radiosa y humedecida de ternura, la piedra preciosa de la verdadera emoción, hasta entonces extraviada en las absurdas abstracciones del alma de la época. En su risa, en la picardía de sus ficciones, están todas las vivencias, todas las sugestiones que el arte literario puede emplear. Maestro quizá sin pretenderlo, Cervantes establece en los diferentes aspectos de su creación novelesca, los moldes definitivos a que la literatura universal había de recurrir en el futuro.

Seguramente el genio no es una facultad razonadora y según esto no es posible afirmar con seguridad absoluta, si don Miguel de Cervantes hizo con determinado propósito, tal o cual cosa, que señalan sus intérpretes y comentaristas a través de trescientos años de lectura de sus obras. Lo que hay sí, de verdad absoluta, es que el soldado de Lepanto, el camarero del Cardenal Acquaviva, durante su residencia en Italia, cuyo humanismo renacentista influye seguramente en su espíritu; que el cautivo de Argel, el cobrador de alcabalas y otros tributos, que el hombre, en fin, que lleva una existencia, expuesta a las más crueles e inesperadas alternativas, crea el mundo de sus ficciones, directamente. Traslada el dolor y la alegría de su propia existencia, a su creación prodigiosa, cernido en el tamiz de su sensibilidad. Y por milagro de su genio, convierte la desesperanza en alegría y optimismo.

Es así cómo, llevado por esas facultades, hizo quién sabe si sin proponérselo, en Don Quijote, el elogio de la locura. De los caminos del pretérito extrajo la médula de lo que es la condición humana. Y de allí la humanidad entera ha aprendido, que a todo hombre le conviene un poco salir a vagar por los campos de Montiel, para extraerle, pasando de lo abstracto a lo concreto, el regusto a la vida. En su paso por la tierra, el hombre no puede especular con su propio destino. Es liberándose de la tiranía del egoísmo, como la condición humana puede aproximarse a la felicidad.

Cervantes, genio de la raza, cumbre del pensamiento y del espíritu español, con su pasión y sus arranques, vivió en los días de la conquista y de las fundaciones en América. Soñó también con venir a estas tierras, cuya visión se hubiera de este modo incorporado a la obra cervantina. Desgraciadamente no pudo ser. Pero cuando los capitanes de la aventura portentosa creaban un mundo nuevo, él, don Miguel de Cervantes y Saavedra, a quien todas las naciones de habla española y del orbe civilizado rinden ahora homenaje, instauraba el mundo cervantino en cuya trayectoria realizada y perspectiva futura, se proyecta íntegra el alma de España.

Y España somos tanto los que nacimos aquí en América, hablando el idioma de Cervantes, como aquellos que vieron la primera luz en aquella tierra en donde existe «un lugar de la Mancha de cuyo nombre» todo un mundo se acuerda hoy día.

  • (*) Tomado de Durand, Luis. «América y Cervantes». Atenea 268 (Octubre 1947): 5-10. volver
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