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El «Quijote» en América

El Donquijotismo en política electoral

Por Domingo Faustino Sarmiento*

A La Tripulación de la Nave

Requeridos por La Nación a guardar las reglas del debate, entre hombres que piensan y sirven al país, debiendo ser los primeros en dar el ejemplo, sospechamos que tiene o puede tener razón; y es preciso obrar de manera que La Nación no tenga nunca razón, ni aun por la sin razón de otros.

Se trasmite pues, esta orden del día al cuerpo, bajo apercibimiento. Llamamos a todos al orden.*

Un nombre propio, real o imaginario, enriquece las lenguas con un sustantivo nuevo, que representa una idea tan clara como árbol, estanque, congreso. Tales son maquiavelismo, quijotismo, quijotezco y quijotería, jesuitismo, etc. etc., que hoy están en todas las lenguas modernas, y despiertan al oírlas un cúmulo de cualidades definidas.

Hace pocos años, pidiendo un espiritista el nombre de cualquier personaje muerto para evocar su espíritu y hacerlo responder a las preguntas que se le hicieren, un incrédulo, para mofarse del nuevo embeleco, le dijo con afectada gravedad: evoque al Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.

El espiritista se preparaba a proceder como en los demás casos, cuando el burlón, creyéndolo a ese grado ignorante, le observó que D. Quijote era un personaje imaginario.

«Está Vd. en error, contestole el fanático, D. Quijote es un personaje real, que si no ha existido materialmente, es una de las formas del espíritu humano, mas real y caracterizado que el deleznable cuerpo. Y sin embargo, tiene su fisonomía, su porte y su estatura, tan precisa que Gustavo Doré, Rafael, Miguel Ángel y todos los que conversan con el alma, lo habrían de representar con los mismos rasgos, alto, descarnado, triste, como que conocía la miseria humana, que se burla de lo más santo, cual es la generosidad del corazón, la idealidad que nos hace mirar grandioso lo que es pequeño en apariencia.

»Si por mi arte me fuera dado presentar los cuerpos de los espíritus, vería Vd. al ingenioso hidalgo, e involuntariamente se descubriría Vd. en presencia de aquella encarnación del bien, soñado, presentido; pero vivo y real, en el mundo de lo posible, don Quijote es el progreso moral, es un programa de gobierno, de instituciones venideras, como la crítica acerba de sus tiempos en que Cervantes al crearlo, vivía desdeñado, a merced de la caridad de un poderoso, no obstante sus heridas de Lepanto, batalla que salvó a la cristiandad y a la civilización moderna».

Si tanto no dijo el espiritista, lo decimos nosotros que valemos tanto como él, añadiendo que lo que distingue al genio, y caracteriza a Cervantes, es la pintura de hechos que habrán de sobrevenir en el curso de los acontecimientos humanos, toda vez que una ilusión se apodere de nuestro espíritu, y a la luz febril de la imaginación contemplaron los hechos vulgares y de diaria ocurrencia. Qué profundas observaciones las del buen Sancho, el sentido común malicioso y un poco bellaco, como conviene a la crítica convencida. ¡Qué ridículas escenas las que excitan el caballeresco ardor por el bien, por la justicia, por la libertad de los oprimidos de entonces, los galeotes, la mujer, el desvalido, el ignorante cabrero, que no se le alcanza la edad de oro a que llegará un día el mundo!

Y si Cervantes hace ridículos los accesorios, es sólo para fijar en la mente del pueblo sus lecciones, ni más ni menos como Jesús, el sublime Quijote de la moral, da a sus lecciones la forma de parábolas, que quedan en la memoria del oyente. Si hubiera dado sus lecciones como Platón, no fuéramos hoy cristianos.

Trasportémonos, en prueba de lo dicho, a los tiempos modernos, donde el oprimido es el pensamiento, la voluntad en política, donde la Edad de Oro que soñamos en perspectiva es el libre sufragio con la tranquilidad pública, y traigamos a nuestra propia escena una aventura de las mil del valeroso hidalgo, que toma los molinos de viento por gigantes espantables, los odres de vino por tiranos a quienes atraviesa con su lanza revolucionaria, porque es revolucionario don Quijote, inocente, noblemente revolucionario. Encuentra una destilada de presidiarios encadenados, y arremete contra la custodia, creyendo que son electores a quienes se priva de su derecho. Se imagina en las polvaredas que se levantan en el horizonte, dos huestes que van a combatir, y se pone del lado del débil contra la Liga de los Déspotas ligados, y si no sale victorioso, si el infeliz Sancho se desgañita en vano para mostrarle la verdad, no por eso el cuadro que presenta Cervantes es de menos verdad y aplicable en todos tiempos y lugares a los hechos reales de la vida.

Para gloria inmortal del ilustre manchego, para mostrar que circula en nuestra sangre la hidalguía castellana, no hagamos política hoy, y acompañemos al lector a presenciar un rudo combate del sublime poeta contra la prosaica realidad.

No cambiamos sino los nombres propios, por ser muy arrevesados algunos y extraños a nuestro modo de ser muchos; pero no suprimimos ni una frase, sino que reproducimos todo él.

Capítulo 2: De cómo don Quijote desbarató la Liga de los doce malandrines que intentaban violentar a la casta Susana.

«Don Quijote se volvió a Sancho y le dijo:

»Éste es el día en que tengo que hacer obras que queden escritas en el libro de la fama, por todos los venideros siglos. ¿Y ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes que allí vienen marchando... Y con tanto alineo afirmaba don Quijote, que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creerse y a decirle: Señor ¿pues qué hemos de hacer nosotros? ¿Qué? dijo don Quijote, favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestro frente, le conduce y guía el grande Alifanfarrón, señor de la grande Ínsula; este otro, que a mis espaldas marcha, es el de su enemigo el rey de los Guarumbas, Pamplin, el del arremangado brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.

»—Bien se me alcanza, respondió Sancho; ¿pero dónde pondremos a este asno, que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? —Así es verdad, dijo don Quijote; lo que puedes es dejarle a sus aventuras, ahora, se pierda o no, porque serán tantos los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro: pero estame atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caudillos más principales que en estos dos ejércitos vienen.

»Aquel coaligado que allí ves, de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella (y a sus plantas rendido un león) es el valeroso Laurcaleo, señor de la Puente de la plata. El otro, de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, Gobernador de Quiriocia. El otro, de los miembros giganteos, que está a tu derecha mano, es el nunca medroso Branda-barbarón de... y el que viene armado y trae por escudo una puerta que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a esta otra parte, y verás delante y en la frente de este otro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro, en campo leonado con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que según se dice, es la sin par Miáulina, hija del duque Alfeñique del Algarbe. El otro que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas, y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de naden [sic] francés, llamado Pierres Pampin, señor de las baronías de Utrique. El otro que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra...

»Y de esta manera fue nombrando muchos cabecillas, del uno y del otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improvisto, llevado de la imaginación de su nunca vista locura. —Vélame Dios, y cuántas provincias nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!...

»Estaba Sancho colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y de cuando en cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba, y como no descubría a ninguno, le dijo: Señor, encomiendo al diablo, hombre, ni gigante, ni caballeros de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto: a lo menos yo no los veo, quizá, todo debe ser encantamiento, como las fantasmas de noche. —¿Cómo dices eso?... responde don Quijote; ¿no oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

»—No oigo otra cosa, respondió Sancho, sino muchos balidos de ovejas y carneros; y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños. —El miedo que tienes, dijo don Quijote, te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda: y diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza en ristre bajó de la costezuela como un royo.

»Diole voces Sancho, diciéndole: Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas que va a embestir, vuélvase. ¡Desdichado del padre que me engendró! ¡qué locura es esta! mire que no hay gigante alguno, ni ligas, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados; ¿qué es lo que hace? pecador soy yo a Dios. Ni por ésas volvió don Quijote, antes en altas voces iba diciendo: Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso Pamplina, del arremangado brazo, seguidme todos, veréis cuan fácilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfarrón de Trapobana.

»Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores ganaderos, que con la manada venían, dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras de a puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes decía: ¿Adónde estás, soberbio Alifanfarrón? vente a mí, que un caballero solo soy que desea de solo a todo probar sus fuerzas y quitarte la vida en pena de la que das al valeroso Pamplin de Guarumba.

»Llegó en esto una peladilla de arroyo; y dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo.

»Tal fue el golpe, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo...

»Estábase todo este tiempo, Sancho, sobre la cuesta mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se había dado a conocer: viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta, y llegose a él, y hallole de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole: ¿No le decía yo, señor «Redactor de La Nación», que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos sino majadas de carneros?...

»Esta verosímil historia se convierte en verdadera todos los días, y ya tenemos una muestra en los que concitan al combate descomunal, a los del Pacto y los de la Liga, al mando del Alifanfarrón tan temido, y el bárbaro Branda, bárbaro, que de siete leguas siente a provinciano».

  • (*) En El Nacional, 4 de febrero de 1879 [recogido en Obras, publicadas bajo los auspicios del gobierno argentino; caps. I y II, tomo 40, págs. 129-134; Buenos Aires, Imprenta y litografía «Mariano Moreno», 1900]. volver
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