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El «Quijote» en América

Apéndice

Por Ricardo Rojas*

1. Cervantes pide un empleo para pasar a América

Durante varios años, Cervantes residió en Sevilla, verdadera metrópoli de las Indias, puerto de los galeones que partían para el Nuevo Mundo con sus colonizadores o que volvían con el cargamento de sus minas. En Sevilla pudo nuestro poeta familiarizarse con noticias de América, oídas a mercaderes, frailes, soldados, funcionarios y pícaros, sin contar las que pudo leer en los cronistas o saber por relaciones de su propia familia. Tal era entonces la unidad viva que España formaba con sus colonias americanas.

Un tal Juan de Avendaño (homónimo del compañero de Carriazo, personajes de La ilustre fregona), desde Trujillo del Perú, donde residía, envió a Constanza, la sobrina de Cervantes, un obsequio en dinero, mil reales de plata, según consta en Documentos Cervantinos, publicados por Pérez Pastor (I, doc. 50).

Los señores Bonilla y Schevill, editores y anotadores del Persiles, suponen fundadamente que Cervantes había leído los Comentarios Reales del Inca Garcilaso y que de esta obra recibió algunas sugestiones para la suya; pero sea esto verdad o no, es lo cierto que el Inca vivió en Córdoba a fines del siglo xvi, cuando Cervantes andaba por Andalucía y a principios del siglo xvii, Pedro Crasbeeck, que editó en Lisboa el Quijote (1605), fue el editor de los Comentarios (1609), y de la Argentina de Barco Centenera (1602), el libro que bautizó a nuestro país y narró en verso la conquista del Río de la Plata.

Son numerosos, en las obras menores de Cervantes, los pasajes sobre cosas de América, y no faltan otros análogos en el Quijote, así aquel del encuentro con Dulcinea, que alude a los diestros jinetes mejicanos (II, 10), y el del último regreso a la aldea, cuando le dice a Sancho que no podría pagarle ni con todas las minas de Potosí (II, 71). En la Primera Parte del gran libro (cap. 42), don Quijote se encontró en una venta con el licenciado que marchaba de oidor a la Audiencia de Méjico, Juan Pérez de Viedma, uno de cuyos hermanos, combatiente en Lepanto, fue cautivo en Argel, y otro, el menor, vivía rico en el Perú...

He querido señalar estos antecedentes a fin de que se comprenda mejor por qué Cervantes, hacia 1590, menesteroso y fracasado en su patria, pidió un empleo para pasar a las Indias, como lo he recordado en el prólogo de este libro.

El documento de dicha solicitud dirigida al Rey, establece una relación personal de Cervantes con América, y dice así:

Señor: Miguel de Cervantes Saavedra, que ha servido a V. Magestad muchos años en las jornadas de mar y tierra que se han ofrecido de veinte y dos años a esta parte, particularmente en la Batalla naval, donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo, y al año siguiente fue a Navarino, y después a la de Tunes y a la Goleta; y viniendo a esta corte con cartas del Sr. D. Joan y del Duque de Sessa, para que V.M. le hiciese merced, fue captivo en la galera del Sol, él y un hermano suyo, que también ha servido a V.M. en las mismas jornadas, y fueron llevados a Argel, donde gastaron el patrimonio que tenían en rescatarse, y toda la hacienda de sus padres y las dotes de dos hermanas doncellas que tenía, las cuales quedaron pobres por rescatar a sus hermanos; y después de libertados fueron a servir a V.M. en el reino de Portugal y a las Terceras con el Marqués de Santa Cruz, y agora al presente están sirviendo y sirven a V.M., el uno de ellos en Flandes, de alférez, y el Miguel de Cervantes fue el que trajo las cartas y avisos del alcalde de Mostogán y fue a Orán por orden de V.M.; y después ha asistido sirviendo en Sevilla en negocios de la armada por orden de Antonio de Guevara, como consta por las informaciones que tiene, y en todo este tiempo no se le ha hecho merced ninguna.

Pide y suplica humildemente, cuanto puede, a V.M. sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres o cuatro que al presente están vacos, que es el uno en la contaduría del Nuevo reino de Granada, o la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatimala, o contador de las galeras de Cartajena, o corregidor de la ciudad de la Paz; que con cualquiera de estos oficios que V.M. le haga merced la recibiría; porque es hombre hábil y suficiente y benemérito para que V.M. le haga merced; porque su deseo es continuar siempre en el servicio de V.M. y acabar su vida como lo han hecho sus antepasados, que en ello recibirá muy gran bien y merced.

El Rey pasó esta solicitud al Consejo de Indias, y al pie de su texto se lee la negativa, realmente sarcástica, del Consejo: «Busque por acá en qué se le haga merced». Madrid, junio de 1590; firmado: El Doctor Núñez Morquecho...

¡Busque por acá en qué se le haga merced! Y hacía ya diez años lo buscaba, desde el regreso del cautiverio en 1580, y por eso pedía aquella merced en las Indias, a las que él llamó «refugio y amparo de los desesperados de España». Lo era entonces, y ha seguido siéndolo. De ahí que, al publicar en 1916 el facsímil de ese documento con el retrato de Cervantes, lo acompañé de una breve glosa que titulé El memorial indiano; la misma que se leerá a continuación.

2. Cervantes y América: glosa del Memorial Indiano

La vida de Cervantes, que se dilata desde la mitad del siglo xvi hasta los tres primeros lustros de la siguiente centuria, coincide, en significativo sincronismo, con los actos capitales de la colonización americana.

Cervantes vino al mundo cuando Alvar Núñez regresaba del Plata; lo rescataron de los moros cuando Garay fundaba a Buenos Aires; publicó sus principales obras cuando aquí se iniciaba la Universidad de Córdoba: fue, por consiguiente, un testigo inmortal de nuestros orígenes. La sociedad española que su obra nos ha pintado es la que trajo a nuestro país los gérmenes primeros de nuestra cultura actual. Por Cervantes sabemos cómo vivían esos progenitores seculares: los vemos hablar, gesticular, pensar, sentir. Desfilan —protagonistas de sus fábulas— soldados, frailes, estudiantes, pícaros, magistrados y mujeres, que por entonces pasaban a las Indias para fundar nuestra civilización. Por eso consideramos el mundo literario de Cervantes como un duradero nexo espiritual entre España y América, o mejor: entre la Europa del Renacimiento y la Argentina en sus orígenes coloniales; mas no solamente por el vínculo externo del idioma, sino por el contenido social de su obra, y no sólo por el Quijote, sino por todas sus creaciones.

Los elementos plásticos y morales de la sociedad que describen sus cuentos, comedias, romances y entremeses, son tan nuestros en aquel siglo, como pudieran serlo de España; y el íntimo sentido filosófico del quijotismo, es una clave de la Conquista. Pero siendo Cervantes un hombre real, es, por sí mismo, un espécimen de la raza colonizadora en aquel tiempo: de ahí que quisiese pasar a América. Raro hubiera sido que este bohemio heroico, sin renta ni profesión, después de la campaña de Lepanto y del cautiverio de Argel, vago en su patria y miserable en Sevilla, no hubiera sentido en la gran ciudad hispalense que era metrópoli de América, la seducción del Nuevo Mundo. Holgón y hambriento, vería pasar al pie de la Giralda a los señores ministros de la Casa de Contratación, y vería al pie de la Torre del Oro, en el Puerto del Guadalquivir, partir y llegar las naves de América. Por eso hay en sus obras tantos gérmenes de nuestro lenguaje gauchesco y tantas alusiones indianas, como aquélla de El celoso extremeño, famosa, y que resume a todas:

No ha muchos años que de un lugar de Extremadura salió un hidalgo, nacido de padres nobles, el cual, como otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flandes anduvo gastando así los años como la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres y gastado su patrimonio) vino a parar a la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasión muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose, pues, falto de dineros y aún no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos de aquella ciudad se acogen que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (a quien llaman cierto los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.

Cervantes, que eso escribe, había pensado él mismo pasar a las Indias como tantos otros desesperados de su tiempo. Tal es el movimiento de voluntad que le hizo pedir al Rey, en premio de sus servicios y amparo de sus miserias, el puesto de corregidor de La Paz, la misma ciudad adonde llegó más tarde la sublevación de Tupac-Amaru, y en la que tuvo su iniciación revolucionaria nuestro Bernardo Monteagudo…

El favor que Cervantes pedía le fue negado por la rutina fiscal. Quedó, pues, en España, donde quince años después apareció el Quijote, biblia de la estirpe, y el resto de sus obras, pintura de la España colonizadora y de los tipos que vinieron a la América colonizada, entre los cuales algún pícaro como Cristóbal de Lugo, protagonista de El rufián dichoso, pasó al Nuevo Mundo y convirtiose en santo.

Quedándose allá, no malogró su vida, ciertamente; pero es indudable que si alguna vez quiso venir a nuestras tierras de esperanza y refugio, nosotros, recibiéndolo ahora en espíritu, realizamos aquel deseo de su vida.

Lo que Cervantes escribió en El memorial indiano sea ejecutoria de su inmortalidad en América y lazo de humana simpatía para todos los hombres que, como él pensó hacerlo, abandonaron una vez su patria, buscando nuevo hogar en nuestra tierra.

3. Cervantes en Ushuaia, confín austral de América

Como lo explico en el prólogo de este libro, escribí mi Cervantes en Ushuaia, durante un largo confinamiento político, que por ser arbitrario y por realizarse en el extremo austral de nuestra América, resultó un episodio doblemente sudamericano.

Con mis borradores llevé a Ushuaia un ejemplar del Quijote, ya desencuadernado en treinta años de asidua lectura y, releyéndolo, me acordaba de lo que dijo en verso Rubén Darío: «Pero Cervantes es buen amigo»... En las páginas del poema inmortal, chispean frases de sarcasmo: una vez, en el capítulo XVI de la Primera Parte, Sancho explica a Maritornes: «Caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado o emperador»... Así, por mediación del poema, sonriendo a ratos, dialogaba con su autor, y lo sentía a mi lado.

En América, Cervantes tuvo siempre sinceros devotos: lo estudió Bello, lo imitó Montalvo, lo cantó Darío; pero en este caso actual hubo primores nuevos, porque jamás habíale ocurrido al maestro que le rindieran culto en aquel confín del continente. De allá lo traje redivivo, y aún ocurrieron otras circunstancias que debo recordar, porque acaso no fueron simplemente casuales.

De regreso en Buenos Aires supe que generosos colegas de España, al conocer mi prisión, habían suscrito una nota para solicitar mi libertad.

Dicha nota no fue enviada al gobierno, porque se recibió luego en Madrid la noticia de que yo había sido sacado de Ushuaia, y resolvieron obsequiármela como testimonio de adhesión. Me la trajo a mi casa, muy gentilmente, un querido y sabio amigo español residente en Buenos Aires, a quien don Ramón Menéndez Pidal escribió pidiéndole que me la entregara. En esta carta, el Director de la Academia de la Lengua, dice:

Mientras se recogían las firmas, llegó la buena noticia de la libertad de Rojas. Acaso a éste le guste saber de algunas personas que aquí sintieron vivamente su caso, y el medio mejor de que llegue a sus manos el pliego, será enviárselo a usted. Muchos más pensaba yo que firmasen. Unamuno especialmente había escrito para que le enviáramos el pliego, pues está en Salamanca, recién fallecida su mujer. Dé usted a Rojas un abrazo de mi parte y muy afectuoso.

Transcribo a continuación, en señal de público agradecimiento, y porque para mí son título de orgullo, las serenas palabras del petitorio:

Con dolorosa sorpresa hemos sabido los muchos admiradores y amigos que tiene en España el profesor don Ricardo Rojas, que este ilustre escritor y catedrático se halla confinado en uno de los lugares más australes de ese país.

Sin entrar en ningún caso en las razones que hayan determinado al Gobierno de la República a dicho confinamiento y con el máximo respeto a la política de un país tan amado para nosotros como la Argentina, no podemos por menos de sentir en España y en el mundo espiritual en que por vocación y profesión nos hemos movido siempre los abajo firmantes, el dolor por el apartamiento del ilustre profesor Rojas, ni de temer las consecuencias que para su vida pudiese acarrear la residencia prolongada en un lugar de tan duro clima. Y acudimos respetuosamente a V. E. en solicitud y con la esperanza alentadora de que sea alzada o mitigada la deportación sobredicha, seguros en nuestra conciencia de que no nos mueve otro estímulo para tal petición que el deber de solidaridad entre trabajadores intelectuales que han servido todos de uno u otro modo a sus patrias en largos años de consagración a la labor intelectual. ¡Y cuánto más obligatorio no es este sentimiento de fraternidad cuando se trata de dos países que como la República Argentina y España han de sentirse en más entrañable contacto, en más estrecho deber de hermandad que otros cualesquiera!

Al pie de este documento veo las firmas de escritores que son gloria de España:

R. Menéndez Pidal — Francisco Rodríguez Marín — José Alemany — Ricardo León — Emilio Cotarelo — A. Palacio Valdez — B. Cabrera — G. Marañón — Pedro Salinas — L. Luzuriaga — Américo Castro — P. del Río Hortega — Ramón Gómez de la Serna — Luis Giménez de Asúa — L. Torres — Juan Ramón Jiménez.

Cabal satisfacción ha sido para mí el saber que mientras allá, en el confín antártico de mi patria, yo dedicaba mi pensamiento a Cervantes, en la patria de Cervantes, la suerte del exilado argentino conmovía a los mayores representantes de la cultura española.

Yo espero que para mis nobles colegas de España no ha de ser indiferente, cuando reciban este libro, el saber en qué circunstancias lo escribí.

Desde mi ventana de exilado, con el Canal de Beagle de por medio, veía la isla desierta de Navarino, cuyo nombre recuerda al de aquella otra Navarino de los mares griegos, donde Cervantes estuvo como defensor de la causa cristiana. ¡Hasta aquel lejano rincón del mundo llegan nombres de la antigua gloria española!...

Rodeado allí por las islas del Mar Austral, cubiertas de nieve y ricas de leyenda, camino del Polo Sur, tampoco pude olvidar que la imaginación de Cervantes en sus últimos días, cuando escribió Persiles, divagó por paisajes análogos, al ubicar en islas nebulosas las aventuras de aquella obra póstuma, que fue una novela de navegaciones.

Nada menos que con Cervantes, pues, he estado en el confinamiento y algo significa en su gloria que su espíritu se haya recreado en Ushuaia, finisterre austral de esta América a la que él quiso venir en los días ingratos de su dura existencia, y a la que vino para enseñarme, con su experiencia de poeta cautivo, los regalos de la soledad y las evasiones del pensamiento.

  • (*) Datado en Buenos Aires, julio de 1934, y publicado en Cervantes, Buenos Aires, Editorial Losada, 1948, págs. 303-309. Incluye, con modificaciones, el Homenaje a Cervantes de la Universidad Nacional de La Plata (plaqueta de 3 páginas), del 25 de Abril de 1916, con facsímil del Memorial dirigido al Rey de España, en 1590, pidiendo un cargo en América. volver
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