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El «Quijote» en América

Intérpretes y lectores

Por Arturo Marasso*

El Quijote entró con su difusión a ser leído e interpretado con ánimo diferente en el tiempo. La inagotable imaginación de Cervantes da al Quijote una fecundidad que renueva a su héroe convertido en materia de su credulidad que se fascina a sí misma y hace reales las más disparatadas suposiciones, y lo seguimos creyéndolo «aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo tocan, sino pasan las nubes»; el relato trasciende a símbolo palpable en el vivir diario, despierta la sonrisa o el sollozo ante la fatalidad que vence temporariamente a la generosidad invencible. El romántico alemán descubrirá el Quijote metafísico, los franceses el de las lecturas infantiles y las luchas por la libertad política. La patria de Shakespeare tampoco miró a Cervantes como a extraño. La erudición discutió largamente improbables relaciones entre los dos genios. La posteridad acerca en una afinidad misteriosa a don Quijote y Hamlet. Inglaterra fue país de cervantistas: tuvo comentadores sagaces del Quijote, traducciones, ediciones en castellano; la inevitable influencia de Cervantes ejerció acción permanente. De la crítica inglesa del Quijote pueden formarse volúmenes de personal doctrina. Poetas, ensayistas, dijeron su testimonio del héroe de la Mancha. Inglaterra se interesó por la vida de Cervantes; al encargar lord Carteret a Mayáns que escribiera la biografía de Cervantes para ofrecerla como obsequio precioso a la esposa del rey de Inglaterra, descubre la dignidad del escritor y se adelanta a la futura labor de los investigadores de las vidas consagradas a las letras. Inestimable es la edición del Quijote, de Londres, en castellano, de 1738; se colocaba a Cervantes, con ilustres auspicios, en la jerarquía de los genios. La edición castellana, también de Londres, 1781, con notas de Bowle, crea la crítica e interpretación del texto cervantino. Los comentadores de Cervantes continúan la obra comenzada por el cervantista inglés. Conocer al autor y el texto doctamente interpretado fue el intento de estos cervantistas. Traducido El Ingenioso Hidalgo en la lengua de Shakespeare en 1612 —no había aparecido aún la Segunda Parte—, fue desde entonces sentido, vivido, comentado y convertido en presencia inspiradora del arte y del pensar de todos los días; en la obra de Cervantes meditaron poetas como Shelley y Wordsworth. La Universidad de Oxford, donde la poesía irradia, coloca a Cervantes entre los grandes contempladores de la vida y de su ideal inaccesible. ¿Qué hubiera dicho el héroe manchego si en 1738, o en 1781, hubiese entrado en la imprenta de Tonson o de Easton, y al preguntar qué libros componían los tipógrafos, le respondiesen:

El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha en la lengua en que fue escrito; compuesto con elegante tipografía, con cuidado diligente, para que ninguna errata deslustre tan magnífica historia; y publicamos la biografía del autor, con la vida del noble caballero, caballero él mismo y profundo escritor ingenioso que nos eleva con dulce pasatiempo, al orbe donde vio las ideas eternas?

En 1614 el bachiller Sansón Carrasco leía de una manera el Quijote; pasado un siglo, el inglés Sterne nos enseñó a leerlo de otro modo. La alternativa de los tiempos ve aparecer a uno o a otro de los dos héroes de la dramática empresa humana, a Ulises cuerdo o a don Quijote loco, dos facetas quizá no irreconciliables de la realidad del hombre.

La creación, el hecho o el paisaje participan en algo de la mirada de quien contempla; entre don Quijote «pasatiempo, al pecho melancólico y mohíno», según la propia confesión cervantina, al Quijote romántico y metafísico de los filósofos alemanes, se junta el comentario y el saber de lectores innumerables, ilustres o desconocidos, de tantas diversas lenguas y edades de la vida; el libro con sus comentadores forman una obra que nunca podrá ser medida por su multiplicidad; la literatura en torno al hidalgo cervantino, como la de cualquier obra perenne oscilará indefiniblemente. Cada nación europea dio al héroe una parte de su visión y de su sentimiento; será imposible desligarlo de las valoraciones sucesivas para verlo como si por vez primera hubiese aparecido. El mismo Cervantes fue influido por el juicio de los lectores al escribir la Segunda Parte; ya su héroe andaba como Ulises y Eneas precedido por la fama; la grandeza de su creación se hizo más patente con la aparición del Quijote del seudo Avellaneda, novela de índole naturalista y picaresca, cuyo autor carecía del móvil platónico que Cervantes infundió en su héroe haciéndole inalcanzable.

  • (*) En Cervantes, Buenos Aires, título 6 del apartado «En las esferas cervantinas», 1947, págs. 264-267. volver
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