Centro Virtual Cervantes
Literatura

El «Quijote» en América > Argentina > C. A. Leuman
El «Quijote» en América

El idealismo inmóvil de Cervantes

Por Carlos Alberto Leuman*

Enfermo de hidropesía, ya muy grave, a punto de morir, Cervantes se apresura a escribir el prólogo de Persiles y Segismunda. Prólogo muy breve porque se le acaba la fuerza vital, y quizá tenga que dejar en orden alguna otra cosa, fuera de su novela última.nque escrito «con las ansias de la muerte», como la dedicatoria al Conde de Lemos, este prólogo es humorístico, filosóficamente humorístico, como tantas páginas suyas de prosa y verso. Refiere un medio cómico episodio, real o inventado, que habría ocurrido poco antes, durante un viaje suyo de Esquivias a Toledo.

Comienza con una burla de la vanidad humana a propósito de las Esquivias, lugar, dice, «por mil causas famoso, una por sus ilustrísimos linajes, y otra por sus ilustrísimos vinos». Se comprende su intento de enseñar que la presunción de tales linajes no interesa más que presumir de excelencias vinícolas.

Viaja Cervantes a lomo de rocín, como dos amigos que le acompañan. Tras ellos venía dándoles voces un estudiante que monta una borrica. Los alcanza. Nuevas burlas de la vanidad cuando el joven, al saberse junto al autor del Quijote, se apea de su cabalgadura, después de hacer lo imposible por acomodarse al cuello una pomposa valona que se le tuerce para todos lados. Al apearse se le cae «aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba».

El estudiante se puso a prodigar las mayores alabanzas al escritor y lo llama, finalmente, «el regocijo de las Musas».

Cervantes por obligada cortesía, según lo dice, abraza al joven por el cuello, y con eso le echa a perder del todo la valona. Pero no le admite sus elogios desmesurados, y menos el último de ellos. «...soy Cervantes, pero no el regocijo de las Musas ni ninguna de las baratijas que ha dicho».

Luego siguen andando camino juntos, «con paso asentado», y tratan de la enfermedad mortal que Cervantes lleva. A entusiastas y confusas esperanzas de cura que le da su interlocutor, responde él con mansas razones, y dice que su vida concluirá, probablemente para el venidero domingo.

Y cuenta, al cabo del rápido prólogo, cómo aquel estudiante, al separarse de él con rumbo a Segovia, en la puerta de Toledo, lo dejó tan mal dispuesto como el otro iba mal caballero en su burra. Tan mal dispuesto que ahora el caimiento de su ánimo le impide continuar el tema. Por eso se interrumpe, y calla los donaires —agrega— que el estudiante le daba «gran ocasión» de escribir. Pero declara que piensa en la otra vida (declaración bellamente insólita) «anudar este roto hilo» y decir «lo que sé convenía».

La brevedad del prólogo, una expresión vacilante y curiosas fallas de la sintaxis, revelan que se halla desfallecido hasta el punto de no poder, en ese momento, seguir moviendo su pluma. Y escribe algún renglón sin coordinarlo bien con el anterior, de suerte que resulta ambiguo. Y entonces bruscamente concluye: «¡A Dios, gracias; a Dios, donaires; a Dios, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!».

Después de releerlo muchas veces, miro ahora las líneas de este prólogo entrañable oscilar arriba en una especie de nimbo. Nada de todo lo escrito por Cervantes podría llamarnos más cerca de su espíritu, ni hacernos una representación más real de su figura. La muerte que está a su lado, y aguarda, no le hace sombra. Su filosófico buen humor ligeramente melancólico, el mismo de toda su vida, persiste cuando ya empiezan a no obedecerle las facultades de su inteligencia. Persisten, también, sus habituales preocupaciones artísticas. Así la pena íntima de no creerse poeta, de no acertar nunca, en la composición de los versos, con la ideal excelencia, ésa que él admiraba casi religiosamente en los antiguos; y tal vez con más dulzura en la poesía del Dante y del Ariosto. Le había encantado el alma y los sentidos la música del idioma italiano, tanto que ya viejo aún empleaba alguna palabra de Italia al escribir su insuperable prosa hispánica.

Al dejar la vida alumbra inmóvil, en su espíritu, la llama de un maravilloso idealismo. No corresponde otro adjetivo. Parece realmente maravilloso su idealismo cuando allí, obligado a interrumpirse, a callar las cosas ingeniosas que le está pidiendo la costumbre de su pluma, a propósito del estudiante. Imagina que podrá decirlas, anudando el roto hilo, más allá del mundo.

Hago este examen del impresionante prólogo con un objeto que interesa a los estudios modernos del Quijote, y particularmente al problema angustioso, no resuelto: la supuesta burla del ideal y del heroísmo en la concepción del Quijote. Supuesta burla cínica, o dolorosa, o pesimista, o resignada; «La mejor sátira del entusiasmo humano», según la tan difundida expresión de Heine.

Quizá por diversos caminos de análisis crítico podría llegarse a demostrar que Cervantes nunca se burló del ideal ni del heroísmo, en su conciencia ni en la penumbra de la subconciencia. Pero creo que él mismo, o la visión de su imagen profunda, nos asegura esta verdad si leemos con atención concentrada el prólogo breve de Persiles y Segismunda. Y que también nos asegura que del propio generoso entusiasmo, del propio ensueño heroico nunca tuvo la sombra siquiera de una decepción.

Ese Cervantes enfermo y desahuciado no difiere, por los rasgos de su espíritu, del adolescente que más de medio siglo antes lleva ensayos de poesía a su maestro, ni del joven que abandona su país por una necesidad vital de conocer el mundo y por ansias de gloria y de aventuras. No difiere del Cervantes que renunció a las delicias del suelo italiano en la comitiva feliz del cardenal Aquaviva para embarcarse en una nave de guerra y combatir contra los infieles. Ese Cervantes que se va muriendo es todavía idéntico al soldado de Lepanto que pelea con bravura y no deplora luego la pérdida de su brazo. Es el mismo que soportó con entereza su largo cautiverio de Argel. El mismo que allí aborrece su vida esclava y jamás rehúye el peligro de muerte cuando hay, con este peligro, alguna vaga esperanza de liberación. Es igual al Cervantes que no cambió su filosofía serena, superior a las aflicciones injustas de su existencia, ni perdió la tolerancia de su bondad, ni su espíritu de perdón cuando él ha sido víctima de persecuciones mezquinas y de las calumnias más abyectas; y que salió de sus cárceles españolas sin una quejumbre, y que no se parece a los mordidos por un secreto rencor ni a los entristecidos por amarguras incurables. Por eso también su estilo de 1616 es el mismo de siempre. No presenta una mínima huella de padecimientos largos, no ha perdido su virtud ni su pacífico encanto.

Es que a Cervantes lo salvó, constantemente, el ideal.

Había cifrado esperanzas en la gloria bélica y esperanzas en la literatura. Las primeras acabaron en Argel. Pero le dejaron el ideal heroico resplandeciendo en las alturas, según lo advierte el Prólogo al Lector que trae la segunda parte del Quijote. Documento tan categóricamente instructivo como sus últimas palabras en el de Persiles y Segismunda. Recordemos el pasaje sin alterar ni por la ortografía su texto robusto en la edición príncipe: «...o si mi manquedad huviera nacido en alguna taberna sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Y pocas líneas más adelante: «... que el soldado más bien parece muerto en la batalla, que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que así aora me propusieran, y facilitaran un impossible, quisiera antes auerme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano aora de mis heridas, sin auerme hallado en ella».

Aquí la filosofía heroica de Cervantes continúa la de anteriores tiempos en España. Palabras de índole semejante atribuye Hernando del Pulgar a más de un personaje férreo en sus Claros varones de Castilla. ¿Cómo puede suponerse una burla del ideal y una rechifla del entusiasmo humano en la misma obra que trae, de su autor ya viejo, esa memoria siempre encendida de su bravura en la batalla de Lepanto?

La subida llama del ideal persiste, igualmente inmóvil, en el heroísmo de su literatura. La Galatea no produjo ni sombra de aquella admiración pública que le fingieron sus ilusiones, cuando con poética dulzura la escribía. ¿Y el teatro, donde triunfaba, incesantemente, Lope de Vega? ¡Ah, las tablas del teatro fueron para él un campo de batalla aciago, donde luchó con inútil denuedo! No importa. Halló en lo remoto de la más vieja tradición española un asunto bravío y bello como la libertad. ¡Numancia! Escribió Numancia, y es seguro que al componer esta obra él acompañó con alma trémula, en todos sus heroísmos, a los defensores de aquella ciudad que aborrecieron la servidumbre mucho más que a la muerte.

Después se interrumpe su carrera literaria por un silencio de casi veinte años. La investigación de los biógrafos sólo ha podido rastrear, en ese silencio, fracasos, desasosiegos, penurias, miseria. En el abismo tan hondo de sus males se puso a escribir la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Aquella antedicha dificultad de alcanzar, en la composición de los versos, las hermosuras que lógicamente le exigía su genio, le contristaba sin amargarle. Le contristaba por idealismo. ¡Y qué conmovedora la belleza de su resignación! La respuesta mansa al joven que le llamó, con inoportuna afectación, «el regocijo de las Musas», repite su confesión dolida en las primeras páginas del Viaje al Parnaso:

Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

Al mirar esta llama de su idealismo ardiendo pura, inmóvil, hasta la última hora de su vida, parece absurda la idea tan generalizada de que el Quijote es una burla del heroísmo. Conviene descartarla, sin preocuparnos recelosamente de las consecuencias que ello podría traer contra el prestigio romántico y moderno del protagonista manchego. Y sin olvidar que don Quijote es un héroe de ficción y que Cervantes es su dios creador. Y que en el alma de Cervantes nació con vida eterna.

A lo largo del siglo xix y de lo que va del presente, los quijotistas apasionados han ido separando, equívocamente, a don Quijote de su divino autor. Hasta se oponen a la voluntad de éste, y a sus ideas artísticas, y a sus sentimientos. Tanto que Cervantes ama a su criatura, ante todo, porque era bueno. Y ellos porque peleaba contra molinos de viento.

  • (*) En el diario La Prensa, Buenos Aires, 5 de Octubre de 1947, Sección Segunda, 1 pág. volver
Flecha hacia la izquierda (anterior) Flecha hacia arriba (subir) Flecha hacia la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es