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El «Quijote» en América

Cervantes en la Argentina

Por José Luis Lanuza*

Con motivo de celebrarse el cuarto Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, una institución cultural de Buenos Aires organizó un interesante concurso para premiar el mejor estudio sobre el tema «Cervantes en la Argentina».

El asunto se presta para un amplio desarrollo. La sola enumeración de los autores nacionales que han abordado el tema cervantino superaría los límites de un artículo periodístico. Algunos otros, sin embargo, resultan de mención imprescindible, como los de Paul Groussac, Ricardo Rojas, Arturo Marasso y, últimamente, los sagaces atisbos de Jorge Luis Borges y Carlos Alberto Leumann.

El estudio de estos estudios daría material suficiente para una amplia monografía. Sería muy útil, porque es lástima que algunos eruditos españoles desconozcan ciertas contribuciones argentinas al más cabal conocimiento de Cervantes.

Cervantes y la poesía

En un manual sobre La poesía lírica española (Barcelona, 1937), Guillermo Díaz Plaja, crítico fino y bien informado, hablando de los valores poéticos de Cervantes, señala la falta de «un estudio moderno y complejo de esta faceta cervantina». Sin embargo, entre nosotros existe, desde hace tiempo, un estudio sobre la poesía de Cervantes, moderno y completo, debido a la pluma de Ricardo Rojas.

Dejando de lado los trabajos eruditos, otro género literario, la glosa cervantina, ha dado abundantes y a veces maduros frutos entre nosotros. La glosa cervantina participa más de la poesía que de la erudición. Pero muchas veces esa admirativa evocación del libro inmortal nos aproxima más a él que muchas páginas de datos y de notas. La glosa cervantina debe ser hecha con amor y por eso resulta tal vez más esclarecedora del texto que un seco comentario intelectual. Un libro de glosas como La jofaina maravillosa (agenda cervantina), de Alberto Gerchunoff, figurará, seguramente, entre nuestros libros clásicos.

Otras glosas cervantinas acuden a nuestra memoria, como La tristeza de Sancho, de Pedro Miguel Obligado; o las de Manuel Mujica Lainez, El pintor de don Quijote y otras incluidas en Glosas castellanas.

Citar más sería extralimitarnos. Pero ¿cómo olvidar a los poetas? Rubén Darío, que produjo entre nosotros gran parte de su obra, convirtió en una especie de texto sagrado, musitado generosamente en todos los pueblos de habla castellana, su famosa Letanía de nuestro señor don Quijote: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión...».

Los ecos de esa música resonaron en todos los ámbitos del idioma. Los encontramos en los lugares más insospechados, como en las Misas herejes de Evaristo Carriego. Ese libro, del que luego se recordarían exclusivamente sus referencias al suburbio porteño, se inicia, sin embargo, con un largo poema Por el alma del Quijote: «dedico estos sermones porque sí, porque quiero / al único, al Supremo famoso Caballero, a quien pido que siempre me tenga de su mano, / al santo de los santos Don Alonso Quijano / que ahora está en la gloria, y a la diestra del Bueno: / su dulcísimo hermano Jesús el Nazareno, / con las desilusiones de sus caballerías / renegando de todas nuestras bellaquerías».

Y antes de entrar a los dominios del «gringo musicante», de Mamboretá y de «la costurerita que dio aquel mal paso», Carriego nos detiene con otra larga versada cervantina: La apostasía de Andresillo.

La «ínsula» de San Martín

Pero tan interesante como rastrear las huellas cervantinas en nuestra literatura, ha de ser, sin duda, el hallarlas en nuestra propia vida nacional. La influencia cervantina, o ¿por qué no?, quijotesca, es cosa que trasciende los libros y se incorpora a los modales, a las costumbres, a las reacciones y decisiones humanas.

Al poco tiempo de aparecido el libro en España, ya pueden observarse señales de su influencia en la vida americana. A pesar de las restricciones de las leyes de Indias para la importación de «libros de romance de materias profanas, y fábulas, ansí como los de Amadís, y otros de esta calidad, de vanas y mentirosas historias», pasaron a América muchos ejemplares de El ingenioso hidalgo. Sobre todo a Méjico y al Perú. En las suntuosas fiestas de la época colonial, entre torneos y mascaradas, solían aparecer personajes caracterizados como don Quijote y Sancho Panza. Ya se los consideraba como seres vivientes, escapados del libro y que perduraban en la imaginación de las gentes.

Don Quijote fue lectura habitual en todo el mundo de habla hispánica. Es oportuno repetirlo con los versos arcaizantes de Juan Eugenio de Hartzenbusch en su Epístola de don Quijote en rancio, raro e desigual lenguaje:

Por él en Orán e Flandes,
en las lomas de los Andes
e las playas de Luxón,
Don Quijote y Sancho
son conocidos por do vamos;
nos nombran en el camino,
e aun al jaco y al pollino
que montamos.

Así hay que imaginarlos a don Quijote y Sancho. También sobre los Andes y sobre las pampas y las apacibles ciudades coloniales y luego en el caldeado ambiente revolucionario.

Los hombres de la revolución libertadora de América fueron lectores del Quijote. En algunas cartas de San Martín se trasluce su familiaridad con el gran libro. Cuando en 1814 San Martín fue nombrado por el Directorio que presidía Posadas, gobernador de Cuyo, él, que ya maduraba en su imaginación la gigantesca empresa de cruzar los Andes y llegar hasta Lima, llamaba burlonamente al territorio de su gobernación «mi ínsula cuyana». El recuerdo de Sancho y de su malhadado gobierno en la ínsula Barataria se proyectaba risueñamente sobre su situación actual. ¡Qué se iba a engreír él por ser gobernador! El fabuloso episodio de la ínsula Barataria, con la inevitable moraleja de la vanidad de los títulos, revivía en su mente; y contemplaba, al pie de los Andes, el vasto territorio puesto bajo su mando, con cierta sensación de desencanto, de estar de vuelta de Barataria... ¡Su ínsula cuyana!

Personajes quijotescos

El fogoso antiespañolismo de algunos personajes de la época revolucionaria se conciliaba perfectamente con la devoción por don Quijote. El ejemplo más característico de esta dualidad nos lo ofrece, sin duda, el patriota don Francisco Planes.

Don Pancho Planes, como se lo llamaba familiarmente, fue uno de los más exaltados actores de la semana de Mayo. Vociferó contra el virrey Cisneros y contra los cabildantes que perdían el tiempo en cabildeos y paños tibios, sin resolverse a proclamar francamente un cambio de gobierno. Fue ardiente partidario de Moreno y de Monteagudo y orador exaltado en la Sociedad Patriótica. Dictó clases de filosofía. Tuvo fama de hombre ingenioso y algo pintoresco. Y entre sus varias debilidades debía contarse su desmedida afición a la lectura de Don Quijote. Era su libro de cabecera.

Cuando don Pancho Planes se enfermó, ya para morir, como algunos lo instaran a que preparara su alma y recibiera los últimos sacramentos, les contestó, con toda soltura (es su sobrino, el historiador Vicente López quien nos lo cuenta), que el Quijote «era mejor consuelo y auxilio para bien morir que el breviario y las morisquetas de los frailes».

La letra y el espíritu del Quijote estuvieron presentes en la revolución americana, llena de episodios quijotescos. Bastaría recordar el crucero de la fragata «La Argentina», que se lanzó a todos los mares a proclamar nuestra independencia recién nacida. Pero ¿cómo preferir un episodio entre mil?

Quijotescos fueron los próceres de la revolución: San Martín, Bolívar. Es significativo que el poeta Rafael Obligado, en trance de cantar a Cervantes, los recuerde en oportuna décima:

¡San Martín! ¡Bolívar! Gloria,
llama, luz de un sol naciente,
que irradiando a un continente,
lo abrió al día de la historia.
¿Quiénes sois?... ¿Tanta victoria
es vuestra? Tú, paladín
del Andes; tú, de Junín
vencedor, del godo azote...
¿Quiénes sois?... ¡Sois don Quijote,
Bolívar y San Martín!

Una imagen de Sarmiento

No sólo los personajes de la revolución; la misma revolución sudamericana puede compararse con la figura de don Quijote.

Sarmiento, que tenía arranques quijotescos e intuiciones geniales, al comparar su propia vida con la vida de todo el continente sudamericano, nos presenta tal vez inconscientemente, una imagen del Quijote:

En mi vida, tan destituida, tan contrariada y, sin embargo, tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sur, agitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por desplegar las alas y lacerándose a cada tentativa contra los hierros de la jaula que la retiene encadenada.

Así dice Sarmiento. Él comprende que su vida, llena de anhelos de justicia, de arranques heroicos, de tenacidades sin desmayo, se parece a la vida de todo el continente.

Sudamérica se golpea contra los hierros de su jaula. Sudamérica —pudo añadir— embiste contra molinos o contra gigantes. Marcha, mal armada, sobre un flaco rocín. Sueña con una amada ideal cuya belleza proclama a los cuatro vientos. ¿La libertad, la justicia? Una amada por la que está resuelta a luchar contra todos, aunque esa amada padezca por obra de malos encantadores y su realidad no corresponda a la imagen ideal que de ella nos hemos forjado.

Así se ve Sarmiento a sí mismo y así ve a su propio continente. Pero tal imagen ¿no es al mismo tiempo la imagen de don Quijote?

  • (*) Escrito en 1947, y publicado en Las brujas de Cervantes, Buenos Aires, 1973, págs. 69-78. volver
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