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El «Quijote» en América

Introducción

Por Leonor Fleming y Santiago Sylvester

En toda Latinoamérica, y por lo tanto en Argentina, los escritores han sentido siempre a Cervantes como antepasado propio, incluido con pleno derecho en una genealogía literaria que no admite en este caso límites geográficos o nacionales, sino que se rige por la comunidad de lengua y de valores.

Es justamente el valor libertad que atraviesa la novela de Cervantes lo que rescataron de inmediato los hombres de la Independencia y la generación romántica, cuyos miembros crearon en la literatura una nación que era aún inestable en la geografía. Por ello, a diferencia de lo que ocurrió con la recepción del Quijote en otros países de Latinoamérica, como México o Perú, que tuvieron tempranos virreinatos y vigorosa literatura colonial, en Argentina, con la tardía creación del Virreinato del Río de la Plata en 1766, la producción cervantista más interesante ocurre recién en los siglos xix y xx. Y es a partir de la Independencia y de la generación de 1837 que se consolida una admiración irrestricta por la libertad del loco personaje, que fue tomado como modelo de insumiso radical contra todo vasallaje.

Con los episodios de 1810 y 1816 se consolida, en las primeras décadas del siglo, la independencia política de Argentina, pero todo el siglo xix, marcadamente antihispanista, fue escenario de la lucha por la independencia cultural. Esto lo reiteraron, de distinto modo, los escritores más destacados del río de la Plata, como Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi.

Se puede recordar que Alberdi, reflexionando sobre su papel de escritor, dijo que el idioma castellano comenzó a modificarse no bien tocó tierra americana. Incluso defendió el uso local del lenguaje, dando, en el periódico La Moda, un argumento que, bien visto, sirve a cualquier escritor: «preferimos faltar cien veces a la ley de la gramática antes que una sola a la ley de la naturalidad».

En la misma línea, hubo muchas manifestaciones de esa búsqueda de independencia a lo largo del siglo. Entre las más importantes se puede mencionar: la polémica cruda y sin cuartel que mantuvo Echeverría con Dionisio Alcalá Galiano, cuando éste sostuvo la necesidad de que de la literatura española mantuviera un tutelaje sobre la americana1 ; el rechazo de Gutiérrez, en una larga carta llena de argumentos de política cultural, a su designación como miembro correspondiente de la Real Academia Española; y la defensa del uso mestizo del idioma castellano que hizo Sarmiento, «aunque rabie Garcilaso», como lo dijo gráficamente con su prosa de combate. En realidad, estos escritores, como ellos mismos se encargaron de puntualizar, combatían un absolutismo que también era rechazado por buena parte de la intelectualidad española; de ahí que, por ejemplo, Esteban Echeverría haya rescatado, como partidario de un mismo bando más amplio, a Mariano José de Larra, representante del liberalismo romántico que, para los escritores criollos, buscaba para España lo que ellos proponían para sus países americanos.

En medio de ese fervor emancipador, sin embargo, la figura de Cervantes fue siempre tenida en alta estima, no sólo por los valores literarios de la obra, sino por la fuerza liberadora de su personaje principal, enfrentado con la áspera realidad. Como anécdota significativa puede citarse el dato que rescata José Luis Lanuza cuando encuentra en algunas cartas del general José de San Martín referencias a don Quijote; por ejemplo, al ser nombrado gobernador de Cuyo, en 1814, se refiere con ironía al territorio de la gobernación como «mi ínsula cuyana». La «ínsula» de San Martín compartía con la ínsula Barataria la particularidad de no estar rodeada de agua, de ser ambas islas de tierra firme.

No es casual, entonces, sino consecuencia, que dos de los escritores ya nombrados, Alberdi y Sarmiento, hayan utilizado paródicamente la figura de don Quijote para exponer sus ideas políticas, aplicadas a la construcción del país naciente.

En efecto, ambos autores en sendas obras ponen en boca de don Quijote sus incertidumbres y sus propias conclusiones. Sarmiento en un artículo periodístico, «El donquijotismo en política electoral», trasporta a don Quijote a su época y lo utiliza para opinar acerca de los problemas de su país, «donde el oprimido es el pensamiento, la voluntad en política, donde la Edad de Oro que soñamos en perspectiva es el libre sufragio con la tranquilidad pública»; por eso encuentra que el «valeroso hidalgo, que toma los molinos de viento por gigantes espantables, los odres de vino por tiranos a quienes atraviesa con su lanza» es «noblemente revolucionario». Ésta es la idea que a Sarmiento le interesa rescatar del héroe de La Mancha, la que lo acompaña en su propia lucha americana.

A su vez, Alberdi, más extensamente, en Peregrinación de Luz del Día, publicado en 1871, crea en Argentina un territorio imaginario al que llama Quijotanía. A lo largo de las más de doscientas páginas de este «cuento», como lo subtitula su autor, hace desfilar por ese escenario problemas, denuncias, proyectos, costumbres y vicios sociales, y termina haciendo un completo repaso, no sólo de la realidad argentina, sino de sus propios proyectos políticos y jurídicos aplicados a la situación de su país: un verdadero catálogo en el que expresa, de paso, su alta estima por el hidalgo manchego, portador de justicia y honorabilidad. En este sentido, algunos títulos de los capítulos de la obra, con remedo de lenguaje jurídico normativo, anticipan las intenciones de su autor: «Quijotanía, o la colonización socialista en Sud-América», «Plan constitucional de un pueblo de carneros», «De los efectos de la ley», «De las cosas y su propiedad», «Bases de un contraproyecto de Código Civil» o «Fin vergonzoso del Estado de Quijotanía». Es decir, por vía de la parodia, reitera sus opiniones expuestas en 1852 en su obra fundamental, Bases y puntos de partida para la organización política de la Confederación Argentina, que sirvió como antecedente inmediato para la Constitución Nacional de 1853 y que, con modificaciones, rige hasta hoy.

La vigencia de don Quijote, por entonces, queda evidente con la publicación de una revista satírica, en 1884, titulada Don Quijote. Seminario de caricaturas de orientación política. Su director, Eduardo Sojo, también es autor de una revista musical estrenada en 1885 en la localidad de San José de Flores, hoy un barrio de Buenos Aires: se tituló precisamente Don Quijote en Buenos Aires, y consistía en una crítica política que, por ser considerada ofensiva, había sido prohibida en la Capital.

Este uso creativo y ficcional de don Quijote de la Mancha va a ser una de las características sobresalientes de la recepción de la obra de Cervantes en Argentina, que se mantiene también en el siglo xx con una presencia constante, tanto en los periódicos como en la producción literaria, con poemas, cuentos y ensayos de los más destacados escritores.

No bien iniciado el siglo, al cumplirse el tercer Centenario de la publicación de la obra, hubo una atención sostenida a Don Quijote, con escritos y exaltaciones desde ángulos muy diversos. A lo largo de 1905 el diario La Prensa, de Buenos Aires, incluyó en su sección cultural artículos dedicados a este tema. El mismo 1º de enero apareció «España y don Quijote» de Ramiro de Maeztu, y el 30 de marzo se incluyó con el título de «Una primicia literaria» un anticipo de dos capítulos de Vida de don Quijote y Sancho, publicado ese mismo año en España por Miguel de Unamuno. El día 7 de mayo, profusamente ilustrada, apareció una sección dedicada al «III Centenario del Quijote», en la que varios autores españoles recuerdan al hidalgo: Armando Palacio Valdés, Antonio Palomero, Santiago Ramón y Cajal y Francisco Grandmontagne, este último residente desde muy joven en Argentina; al día siguiente, el 8 de ese mes, se publicó «Ofrenda a España» y «El teatro español en los tiempos de Cervantes», como evidencia del interés por los temas cervantinos.

En octubre de 1907, Evaristo Carriego, olvidando por un momento su temática obsesiva sobre el barrio porteño, publicó su poema «Andresillo», de escenario quijotesco, en la revista Nosotros; y Héctor Pedro Blomberg, uno de los poetas más populares de la época, hizo un paréntesis a sus recreaciones portuarias y a su romanticismo de los viajes, para encontrarse en las páginas de la revista Fray Mocho con el Caballero de la Triste Figura, en el soneto «Cervantina», de 1916.

También aparece don Quijote en uno de los libros de poesía fundamentales del siglo xx, como es Lunario sentimental, que Leopoldo Lugones publicó en 1909. En el texto en prosa «Dos lunáticos o La divergencia universal», don Quijote mantiene un diálogo con Hamlet, y debido al desacuerdo básico entre ambos, terminan retándose a duelo, sin saber el uno quién es el otro, hasta el final, cuando ambos leen sus respectivas tarjetas.

Años después Paul Groussac, que fue director de la Biblioteca Nacional durante cuarenta y dos años (un récord absoluto si se piensa en las modificaciones políticas de un período como ése) dio dos conferencias sobre «Cervantes y el Quijote» en la Facultad de Filosofía y Letras, entre octubre y noviembre de 1919, que Borges recogió en su antología Lo mejor de Paul Groussac, de 1981.

Una prueba destacada de sus conocimientos sobre la materia, y a la vez una declaración de amor por la obra cervantina, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones en que terminó su trabajo, es el libro de Ricardo Rojas titulado precisamente Cervantes. Rojas ya había sido rector de la Universidad de Buenos Aires, había creado la primera cátedra dedicada a la literatura argentina (tuvo que ganar un debate en el claustro para poder incluir el Martín Fierro como materia de estudio) y había iniciado la historiografía en las letras de su país con los ocho tomos de su Historia de la literatura argentina.

Como consecuencia del golpe militar del general José Félix Uriburu, en 1930 (el primero de una larga y desdichada serie), Rojas, adherente al partido radical, fue confinado en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, por entonces un caserío de unas ochocientas personas, frente al Canal de Beagle. En ese año de su estadía forzosa en aquel paisaje helado, terminó su libro, que fue una de las primeras lecturas modernas de la obra, junto a la interpretación de José Ortega y Gasset, además de un homenaje a su propia libertad interrumpida. Publicado en 1935, en él analiza, con notable erudición, no sólo el Quijote, sino en general la obra de Cervantes.

Pero antes de aquel libro, Rojas había dado pruebas de su admiración literaria cuando, en 1916, le rindió homenaje con una edición facsimilar, publicada por la Universidad de La Plata y precedida de un estudio, del Memorial indiano, aquel documento por el que Cervantes, aduciendo falta de trabajo en los últimos diez años, pedía al Rey «un oficio en las Indias», que le fue denegado con un escueto «Busque por acá en qué se le haga merced», firmado en junio de 1590 por el doctor Núñez Morquecho. Este trabajo de Rojas, luego incluido en su libro Cervantes, da cuenta, en un capítulo titulado «Don Quijote en Ushuaia», de que el hidalgo manchego no sólo pasó a América sino que llegó a sus confines.

Otro ejemplo destacado del uso creativo de los personajes de Cervantes es el libro Nuevo gobierno de Sancho, del sacerdote jesuita Leonardo Castellani, que utilizó en esa ocasión el seudónimo Cide Hamete Benengeli (h), y que aparece como traducido por Jerónimo del Rey, uno de los seudónimos habituales del autor. El libro consiste en una serie de textos (narraciones, parodias, cuentos con moraleja, un par de poemas) que opinan satíricamente, desde el nacionalismo criollista, y desde luego católico, que caracterizaba su ideología, acerca de la realidad argentina de fines de la década del treinta y comienzos de la del cuarenta, publicado en 1942. Se trata, pues, de un repaso histórico-moral de la situación argentina, como la veía él, y que, en breve, culminaría en la llegada de Juan Domingo Perón a la presidencia, en 1945.

Con motivo de la conmemoración del cuarto Centenario del nacimiento de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, la prensa, la cátedra y la academia dejaron pruebas de la atención con que se recordó la personalidad del escritor a lo largo de 1947.

Los diarios La Nación y La Prensa dedicaron, todo ese año, homenajes recordatorios de los cuatro siglos transcurridos. En el primero de esos periódicos se publicaron, en el mes de enero y de abril, dos artículos del escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien ya vivía en Buenos Aires y donde residió hasta su muerte: uno, con el título directo de «Nuevo centenario de Cervantes»; y el otro, sobre «Noches cervantinas y quijotescas». También en el mes de abril apareció una reflexión de Arturo Marasso sobre «El autor del falso Quijote», y otra del mismo Marasso, en el mes de mayo, se llamó «Nuevos perfiles cervantinos».

Por su parte La Prensa publicó, en mayo y septiembre, sendos artículos de Carlos Alberto Leumann sobre «La gloria pura de Cervantes» y «El idealismo inmóvil de Cervantes»; una rememoración de Valentín de Pedro titulada «Cervantes y Lope coinciden en hablar de libertad»; otra de Julieta Gómez Paz, «La más grande aventura»; y una tercera de Luis Morales Oliver, que se tituló «La triple evasión del Quijote». Paralelamente, y de un modo constante, el periódico dio cuenta de una serie de homenajes y actos dedicados a Cervantes en distintas instituciones culturales argentinas: el Instituto Popular de Conferencias, la Agrupación de Intelectuales Democráticos Españoles, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, etc. Pero el más importante, por la repercusión institucional, fue el realizado en la Academia Argentina de Letras con la intervención del presidente del país, Juan Domingo Perón. En este acto, además del presidente argentino, que aprovechó la figura de Cervantes para referirse a la realidad social del momento, hablaron el académico Arturo Marasso y el presidente de la Academia, Carlos Ibarguren, ambos de ideología contraria a la del presidente.

Unos años después, en 1973, José Luis Lanuza publicó un trabajo muy útil sobre, precisamente, «Cervantes en Argentina», en el que, con estilo periodístico y bien informado, da testimonio de una serie de expresiones literarias, en los distintos géneros, referidas a este asunto. Por allí desfilan escritores argentinos fundamentales, con los más variados temas cervantinos o quijotescos: Alberto Gerchunoff, Pedro Miguel Obligado, Manuel Mujica Lainez, Vicente López y Rafael Obligado, al lado de algunos escritores ya nombrados en esta introducción. De ese paseo por la temática quijotesca en la literatura argentina se puede entresacar, por su consistencia anecdótica, una respuesta de Francisco Planes (patriota argentino partícipe en la semana de mayo de 1810), quien ya viejo y enfermo de gravedad, contestó a alguien que le ofrecía los últimos sacramentos que el Quijote era «mejor consuelo y auxilio para morir que el breviario y las morisquetas de los frailes». No es posible encontrar mayor prueba de veneración.

Gran interés tiene también el ameno y erudito trabajo «Don Quijote, personaje de la literatura argentina» que Delfín Leocadio Garasa leyó en el XXIII Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de Madrid, realizado en esta ciudad en 1984, que fue recogido en Las relaciones literarias entre España e Iberoamérica2 . Se trata de un compendio ajustado acerca del tratamiento literario que se dio a Don Quijote en buena parte de la literatura argentina, con referencias ocasionales a algunas expresiones de otros países latinoamericanos, como la mención que hace de aquella curiosidad histórica ocurrida en Pausa, pueblo del Perú, en 1607, cuando en un desfile de máscaras, organizado para dar la bienvenida al nuevo virrey, dos vecinos se disfrazaron de don Quijote y Sancho.

Una recreación interesante de la temática que aquí tratamos, utilizada con la libertad de la ficción, es la que hace Manuel Mujica Lainez en su relato «El pintor de don Quijote», situando su historia en el Toledo renacentista, y que fue publicado en Glosas castellanas de 1936. Otro buen ejemplo de este uso creativo que venimos consignando lo da años después Marco Denevi, en distintas ocasiones. En su libro Falsificaciones, de 1981, revisa varias veces, siempre con rigor y perspectiva paradójica, la temática cervantina; y es autor también de un obra de teatro, de corte farsesco, Los cuerdos y los locos, en la que tanto don Quijote como Sancho se transforman en embaucadores de vuelo bajo.

Pero, sin dudas, el que más partido le sacó a la obra de Cervantes en el siglo xx fue Jorge Luis Borges: es en «Pierre Menard autor del Quijote» donde lleva a un cenit original y extraordinario la posibilidad del uso creativo de este tema. Se trata de un relato que vino a modificar el punto de vista sobre la literatura en general, a partir de una relectura notable de Don Quijote de la Mancha. En este cuento no hay sátira moral o política, a la manera de Sarmiento o Alberdi, sino una concepción sobre la propia literatura y, de paso, sobre el hecho nada pacífico de leer. La circunstancia de que Borges haya utilizado precisamente a don Quijote para replantear una visión de la literatura y elaborar una teoría acerca de la lectura, encierra una lección sobre la significación emblemática de esa obra en la historia de la modernidad.

A lo largo de su vida, Borges escribió muchas veces sobre Don Quijote; ya en su juventud publicó un temprano trabajo, «La conducta novelística de Cervantes», primero en la revista Criterio y recogido inmediatamente en El idioma de los argentinos, en 1928. Luego escribió artículos, relatos y poemas con tema cervantino, como aquellos sonetos «Sueña Alonso Quijano» y, sobre todo, «Un soldado de Urbina» en el que imagina a Cervantes decepcionado, errando «por su dura España», y sin embargo «por él ya andaban don Quijote y Sancho».

Mención especial merecen los numerosos escritores, eruditos, investigadores, profesores, que produjeron estudios clave en la crítica cervantística general. Se puede mencionar aquí, además de los ya nombrados, los trabajos del salteño José Edmundo Clemente, de Marcos Morínigo que, paraguayo de nacimiento, desarrolló gran parte de su labor en universidades argentinas; de Ángel Rosenblat, cuyo libro La lengua del Quijote es un clásico en la materia; de Celina Sabor de Cortázar e Isaías Lerner, quienes publicaron en 1969 una edición anotada de Don Quijote, cuyo interés reside, además de la erudición consabida, en una perspectiva filológica latinoamericana que tiene en cuenta las diferencias y proximidades entre el castellano peninsular y el americano en la época de Cervantes.

Más próximo en el tiempo, el jujeño Héctor Tizón informa de una anécdota casi policial en la que aparece implicado un ejemplar de la primera edición del ingenioso hidalgo, que estaba, desde la época colonial, en la biblioteca del marqués de Yavi, localidad del altiplano puneño, cerca de la Quebrada de Humahuaca.

A lo largo del año 2005, conmemorativo del cuarto Centenario de la Primera Parte del Quijote, hubo en Argentina, como en todo el ámbito de la lengua, una ingente producción crítica sobre esta novela y, en general, sobre la obra de Cervantes. Se puede señalar una serie de conferencias a cargo de los miembros de la Academia Argentina de Letras, organizada por la Embajada de España en Buenos Aires; los artículos de escritores argentinos incluidos en diversas publicaciones, como Rinconete, la revista virtual del Instituto Cervantes; congresos motivados por la efemérides, como el realizado en la Biblioteca Nacional, sobre «El Quijote en Buenos Aires», organizado por el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas «Dr. Amado Alonso» de la Universidad de Buenos Aires; conferencias como las del encuentro «Jujuy en letras», que congregó en esa provincia a escritores españoles y argentinos, o seminarios realizados en todas la universidades e institutos especializados del país.

Para concluir, puede decirse que, así como en otros países latinoamericanos, sedes de antiguos e importantes virreinatos, el aporte significativo comienza en la literatura de la época de la colonia, de acuerdo con el contexto histórico, en Argentina, las páginas mejores y más originales vinculadas a la obra cervantina son de los siglos xix y xx, debido, entre otros motivos, a la tardía creación del virreinato del Río de la Plata y su incidencia en el desarrollo literario. El siglo xix, en cambio, consigue con su vitalidad logros de interés. Por una parte, las parodias de nuestros mayores escritores, como Sarmiento o Alberdi que, antihispanistas en política, encuentran en el Quijote esa libertad insurrecta con la que ellos buscaban la independencia de la metrópoli en el ámbito cultural. Por otra, las letras cervantistas del siglo xx se encauzan en un amplio espectro de géneros, desde la crítica erudita y el ensayo hasta la libre creatividad y la glosa en prosa o verso, dejando a su paso esa sutil e imprescindible perspectiva de Borges, que da con su «Pierre Menard» una nueva conciencia de la lectura, y demuestra espléndidamente que un clásico renueva su vigencia con las distintas revisiones a través del tiempo.

Notas

  • (1) Sobre esta polémica ver: Fleming, Leonor, «El meridiano cultural: un meridiano polémico», en VV.AA., Las relaciones literarias entre España e Iberoamérica, Madrid, ICI-Universidad Complutense, 1987, págs. 151-160. volver
  • (2) Garasa, Delfín Leocadio, «Don Quijote, personaje de la literatura argentina», Ibídem, págs. 161-169. volver
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