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El «Quijote» en América

Homenaje a Cervantes

Por Carlos Ibarguren, Arturo Marasso y Juan Domingo Perón*

El 12 de octubre de 1947, La Academia Argentina de Letras efectuó una sesión solemne en homenaje a Miguel de Cervantes, con motivo de cumplirse el cuarto Centenario de su nacimiento y para conmemorar a la vez el Día de la Raza. Asistieron a dicho acto el Excmo. señor Presidente de la Nación, General Juan D. Perón; su señora esposa, doña María Eva Duarte de Perón; el señor Presidente de la Academia Argentina de Letras, doctor Carlos lbarguren; el Embajador de España, doctor José María Areilza; los ministros del Poder Ejecutivo, académicos de número y correspondientes, miembros de la Comisión Nacional de Homenaje a Cervantes, el señor Presidente de la Comisión Nacional de Cultura, don Antonio P. Castro; miembros del Cuerpo Diplomático y Consular, enviados especiales y representantes de instituciones culturales y universitarias.

Abrió la sesión con un discurso del señor Presidente de la Academia, don Carlos Ibarguren. Le siguió en el uso de la palabra el señor Académico de Número don Arturo Marasso. Cerró el acto el Excmo. señor Presidente de la República, general Juan D. Perón, con una disertación sobre la hispanidad y el sentido del homenaje tributado a Cervantes.

Discurso del Señor Presidente de la Academia Argentina de Letras, don Carlos Ibarguren

Saludo al Excelentísimo señor Presidente de la Nación cuya presencia, con su alta investidura, honra a este acto, y cuya palabra escucharemos. En esta hora crítica en que la atención de los gobiernos está contraída a las candentes cuestiones de la política y de la economía, es satisfactorio ver que el Jefe del Estado —como ocurre esta tarde— exalta los supremos valores de la cultura, de la inteligencia y de la hispanidad.

El homenaje que la Academia Argentina de Letras rinde hoy a la memoria insigne de Cervantes tiene, por la naturaleza de la misión asignada a quien lo tributa, un sentido más amplio y más hondo que el que pudiera significar el realizado por otra entidad. Celebramos en este acto no sólo al genio cervantino sino también al esplendor de nuestro idioma que aquél abrillantara y por cuya pureza nuestra Corporación está encargada de velar, a la más alta expresión literaria que guarda las esencias griegas y latinas encendidas en el Renacimiento, y al magnífico espíritu de España que palpita entrañablemente en nuestro pueblo.

En medio de la borrasca que agita al mundo del materialismo y de las luchas políticas, sociales y económicas que, diríase, nublan la luz de las bellas letras, es consoladora la tarea de mantener limpio el lenguaje, cultivar en nuestro apacible huerto académico las flores del arte y glorificar, como lo hacemos ahora, la obra insuperable de Cervantes que inmortaliza el genio de nuestra raza.

Cervantes en España, como Shakespeare en Inglaterra, como Dante en Italia, como Goethe en Alemania, a la vez que condensa en el más alto grado la psicología de su pueblo enriquecida por siglos de cultura y tradición espiritual, ha volcado prodigiosamente en sus creaciones un zumo universal del alma humana, con tanta profundidad y fuerza que los hombres se ven reflejados en ellas, en todos los tiempos y en todas las regiones de la tierra. La obra del genio tiene esa trascendencia, cuyo autor la ignora; ella es escrita sin que el creador divise sus futuras proyecciones; la inspiración que la dicta no es cabalmente aquilatada por quien la escribe; el aletazo mental que la eleva no es apreciado en toda su intensidad por el que la concibe y la comunica. La posteridad es la que transforma a un libro, que nace humildemente, en obra maestra que se inmortaliza por la sublime emoción estética que embarga nuestra sensibilidad o la sugestión que conmueve nuestra mente.

En el Quijote, por ejemplo, la gracia juguetona que campea en sus páginas, con su estilo maravilloso, aparece como una fábula risueña escrita para entretenimiento, según el propio Cervantes lo dice: «Yo he dado en Don Quijote pasatiempo al pecho melancólico y mohíno, en cualquiera sazón, en todo tiempo».

Pero bajo esa envoltura ligera hay tal tesoro de belleza y bulle manantial tan hondo y verdadero de vida, que la humanidad durante casi cuatro siglos se ha embelesado leyendo ese libro, ha reído, se ha visto retratada, y ante los símbolos cervantinos ha contemplado la imagen dolorosa y festiva, delirante y razonable, a la vez, del mundo de la existencia. Con razón escribió Menéndez y Pelayo que don Quijote no causa lástima sino veneración; la sabiduría fluye en sus palabras de oro; se le contempla a un tiempo con respeto y risa, como héroe verdadero y como parodia del heroísmo; y según la feliz expresión del poeta inglés Wordworth, la razón anida en el recóndito y majestuoso albergue de su locura. Don Quijote oscila —como Hamlet— en un perpetuo tránsito entre lo ideal y lo real. Y bien hizo Cervantes —lo mismo que Shakespeare— en haber dejado indecisas las fronteras entre la razón y la locura y en dar las mayores lecciones de sapiencia por boca de un alucinado.

Cervantes y sus obras encierran todo lo que hay de complejo, de grande y de profundo en el alma española; el misticismo arrobador y el sensualismo crudo, el optimismo aventurero y el pesimismo fatalista, la picardía chispeante y la gravedad severa, la generosidad caballeresca y la venganza feroz, la arrogancia y la abnegación; y por sobre todas esas múltiples facetas: el culto al honor y la pasión por lo hazañoso y por lo heroico. Así en el Quijote hay una mezcla de exaltación idealista y de fuerte realismo, como en las páginas de santa Teresa, como en los monjes pintados por Zurbarán, en los Cristos de Morales, en las figuras atormentadas de Ribera, en las Vírgenes de Murillo, en las tallas del Montañés y de Alonso Cano y en los cuadros de Velázquez y de Goya. Este genio y estas creaciones admirables hunden sus raíces en el alma de su pueblo, cuya órbita moral es universal, y son nutridas por esa alma y por sus tradiciones nacionales.

Una obra maestra no surge por casualidad, como expresión individual aislada, ajena al ambiente, sino es resultante de un clima social elaborado por la cultura colectiva que provoca, al contacto de un talento extraordinario y de una inspiración superior, esa chispa divina que enciende la creación intelectual dándole luz perenne. Formulo estas reflexiones para que los argentinos, ante el ejemplo que nos brinda la historia espiritual de nuestra madre España, nos esforcemos para forjar una cultura propia infundiendo en ella el espíritu de la Patria. He dicho con insistencia que cuando nuestra producción intelectual y artística esté plenamente definida con nuestros rasgos peculiares y se expanda vigorosamente por doquier, ese día la Argentina habrá conquistado su mayor grandeza. La gloria de los pueblos, que se prolonga a través de los tiempos, no finca en los grandes imperios, que se derrumban, ni en las riquezas, que se pierden, ni en el poderío militar y político que perece; ella sólo brilla perdurablemente cuando sus escritores y poetas han suscitado una emoción superior en las almas, cuando sus sabios han revelado algunos de los misterios del universo y de la vida o cuando sus artistas deleitan a los hombres con una visión de belleza eterna.

Permitidme que reitere aquí algunos conceptos que tengo expresados, desde años atrás, y que son fruto de mis arraigadas convicciones: la expresión más alta de la vida de una sociedad es su cultura. Cuando ella aparece como un reflejo de lo extranjero, el país que así la muestra es, en verdad, una colonia intelectual o una factoría cosmopolita. No basta ser un Estado reconocido con los atributos exteriores de tal para que su pueblo obtenga efectivamente su plena soberanía. No. Para ello es menester haber conquistado —además de la independencia económica— la autonomía intelectual que presta una voz y un acento propios a sus manifestaciones espirituales. La imitación foránea es signo de los sometidos, de los impotentes o de los fracasados. Si un pueblo no sabe elaborar por sí las formas con que su espíritu debe actuar, no cuenta en la historia, ni aporta nada para la civilización. Revela así que carece de fuerza mental. Nuestra Patria, que abrió de par en par sus puertas a las copiosas corrientes extranjeras, fue envuelta por el aluvión inmigratorio que trajo sangre nueva en su légamo fecundo sin apagar la llama espiritual argentina e hispánica y, afortunadamente, la generosa semilla de nuestra estirpe germina y florece en la juventud que asoma como un amanecer de primavera. Empezamos a encontrarnos con nosotros mismos. Un hecho interesante y sugestivo a este respecto es la intensidad y el amor con que hoy se investiga a nuestro folklore para que ese conjunto de tradiciones, creencias, costumbres, fábulas, mitos y cantos populares sea fuente inspiradora en la literatura. Hace algunos años —en 1936— en una memorable asamblea de eminentes intelectuales europeos y americanos, manifesté que los escritores y artistas argentinos estaban agitados por una inquietud fecunda y escudriñaban nuestro ambiente, nuestra existencia urbana y rural y nuestro espíritu en busca de los rasgos dominantes de nuestra idiosincrasia para reflejarlos en el arte. En aquel momento puse en duda la estabilidad de la cultura europea, la que podría sufrir un eclipse o declinar en un ocaso. El temor de tal eclipse, la visión de un porvenir oscuro e incierto debilitó la influencia cultural europea entre nosotros, y ahora procuramos la creación de obras que definan e interpreten nuestra propia personalidad.

Hay en la existencia de los pueblos épocas pacíficas en las que se vive sin angustias, con la sensación de estabilidad; ellas abarcan los períodos de equilibrio que yo llamo clásicos; y hay otras azarosas de desequilibrio y de transformación creadoras de historia, que son las revolucionarias y que comprenden tiempos duros de sacrificio, en los que las palabras ceden a la fuerza de los hechos. El mundo ha entrado en una de estas últimas y se abre ante los hombres un panorama nuevo. La cultura es sacudida por esa ola de inquietud. ¡Quiera Dios que los argentinos realicen, en la era que amanece, obras literarias que den lustre imperecedero a la patria y al idioma! Ese sería el más alto homenaje que rendiríamos a España y a Cervantes.

Discurso del señor Académico de Número, don Arturo Marasso

Lo conocimos en la escuela, con las primeras letras, con la línea aun dificultosamente leída: «Éste que veis aquí»... Era el autor de La Galatea. Su retrato sólo grabado en sus palabras, se esquiva, si lo hubo, perdido a nuestra vista. Queda el brillo de esa mirada de nativa alegría indulgente; en su reidora gracia sobrevive, confiada aún, en la pesadumbre postrera del tiempo y en las innumerables fatigas y trabajos; mirada escrutadora que penetra en la realidad o vaga en el ocio por los follajes pastoriles, por el itinerario antiguo de los héroes o de las leyendas medievales. Lo hallamos en nuestra adolescencia cuando algo en nosotros siente el llamado de las voces insignes y el Caballero de los Leones nos muestra el ámbito de la existencia interior donde lucen las ideas inmaculadas, y su yelmo verdadero y su paso nos exaltan; respetuosamente le consideramos en nuestras sosegadas lecturas como artífice de la lengua, autoridad de su advertido uso, fuente común, con tantos otros escritores ilustres de la familia del habla castellana que se dilata sobre las fronteras para formar una patria, espiritualmente nuestra, el hogar común del idioma. No se nos olvida cuando la nieve inevitable empieza a crecer en nuestras sienes; su ingenio sirve de confrontación de nuestra vida, y aquel multiforme don Quijote quizá cuerdo también en lo tocante a la caballería, suaviza con la memoria de las lejanías entrevistas la apreciación y el juicio; no fue vana su locura. En esa burla estábamos viendo la extensión prodigiosa, lo que no es burla, la realidad invisible que se descubre y destella en la contemplación y el anhelo de las cosas perfectas. No es don Quijote solamente el dechado del caballero andante como él lo ve en sí mismo, sino también el entendedor sutil y el depurado Cortegiano como lo pinta Castiglione; no es solamente el justiciero medieval; su alucinación lo levanta a ser Ulises y Eneas y a ser Hércules; el mito de Hércules adquiría ejemplaridad de símbolo educador en los trabajos que conducen a la salvadora apoteosis del alma libertada; lo que levanta a la naturaleza humana para dignificarla apacienta el ánimo de este hidalgo que parece convertirse en un impresionante visionario que incluye en sí las tentativas del Renacimiento y quiere traer de nuevo el mundo a la época preferida, al prometido retorno de su Siglo de Oro, tal como nació de la mente fundadora de los poetas. La ironía crea intermedios aparentemente contradictorios. El Quijote atesora en la parodia una continua enciclopedia de reminiscencias que tienen despierta la curiosidad o la sonrisa; estas alusiones están escritas para ser sorprendidas al vuelo; abarcan los romances, los libros de caballerías, los poemas, lo hablado, lo escrito; es un pasar continuo de usos, de frases formularias, de anécdotas, en esbozos, referencias y miniaturas del saber de su tiempo. Los mitos antiguos o medievales perduran en la mente de don Quijote en su evidencia intacta, sus ojos lo proyectan en el paisaje exterior. La parodia exige mucha frecuentación de textos, para que su exactitud la descubra inmediatamente en quien la lee. Don Quijote en su rapidísima visión simultánea de muchas realidades se expresa analíticamente; el mito se presenta con acumulaciones hasta en sus adyacencias disparatadas; el lector recuerda y explica; en el relámpago del ver de don Quijote, la memoria aprieta la diversidad en una sola figura. Cuando comienzan a moverse con el viento las grandes aspas de los molinos, cómo no advertir ya un comienzo de batalla; don Quijote los vencerá, aunque mováis, les dice, más brazos, que los del gigante Briareo. Un benemérito comentador de Cervantes anota en este punto, como en otros mil: «Briareo tenía, según la fábula, cien brazos». La época de Cervantes está penetrada por la gigantomaquia, en la epopeya y el lirismo. No hay poeta, moralista y aun filósofo que no aluda a Briareo, desde la Teogonía de Hesíodo hasta Claudiano, vivía entonces y vivirá, mientras perdure nuestro saber, en la imaginación de todos; no en una fábula pretérita, sino una realidad actual, la que ve don Quijote; además, en el libro sexto de la Eneida, lo más conocido y estudiado que existe, tan frecuentado por Cervantes para escribir el Quijote, el centumgeminus Briareus, el Briareo, de cien brazos, no sólo habla a Dante en su Comedia. Reducir el mito, con la sólo preferencia actual, a fábula estéril es hacer del Quijote un libro sin universalidad, sin resonancia, entregado a las ociosas discusiones de los académicos de Argamasilla.

Todos los personajes cervantinos están dotados de vivísimo entendimiento, cada uno en su ser, en su pequeño mundo, en su historia. La inteligencia es el don preferido por Cervantes. Parece raro que a pesar de una tan inagotable erudición subyacente haya recaído en Cervantes el título de «ingenio lego», que en la posteridad, y especialmente en el siglo diecinueve, hizo mucho daño, hasta alcanzar, en la región de su idioma, proporciones de catástrofe. La fama de un Cervantes ignorante que compuso por casualidad una obra maestra rompió la disciplina, rebajó la dignidad egregia del trabajador de las letras; esa casualidad podía dictar a cualquiera otro Quijote. Con la mejor intención los grandes comentaristas buscaban los errores del libro: «aquí se equivocó Cervantes» escribían, como quien se regocija de un hallazgo; insistían en lo que llamaban «habitual negligencia» del autor del Quijote. Esas equivocaciones, mejor dicho, inadvertencias, de las que no se libra alguna vez ningún sabio cuando cita mucho, pertenecen en Cervantes burlescamente al que habla y son, raras por pocas, deliciosas muestras de tradición de la comedia antigua. Pensar también una, con algún romántico, que Miguel de Cervantes escribía las aventuras de su hidalgo llorando y maldiciendo, tampoco resulta exacto. Las escribió con el estímulo noble de la creación en que toda realidad se purifica. Su capacidad de inventiva se multiplicaba en el esfuerzo. «No se hace sin trabajo», decía el autor que había publicado esa nonada, el Lazarillo. «¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?», escribe Cervantes. «Alcanzar uno a ser eminente en las letras le cuesta tiempo, vigilias, desnudez, váguidos de cabeza», afirma don Quijote. La obra duradera, aún la más aérea y repentina, esconde la fatiga del artífice, el desvelo estudioso, el anhelo insatisfecho de la perfección, nunca del todo alcanzada en la fecundidad que se desea. La reflexión viviente y activa de Cervantes participa de la grandeza intelectual de su tiempo. La influencia ya aminorada de la doctrina y del inmenso saber, en lo posible ecuánime, de Erasmo, en lo que fue enseñanza y polémica, en algo debió pasar a Cervantes, si no en todas las esencias en la tradición del diálogo inspirado en Luciano. La ironía lucianesca manejada en formas opuestas caracteriza una época. En nuestro autor se penetra de travesura, de imaginarios imposibles y de platonismo. Si el famoso escrutinio de la librería de don Quijote no entra todavía en el cabal modelo de la subasta de los filósofos del escritor alejandrino, la valuación de tan exquisita gracia de los despedazados títeres del teatro de Maese Pedro, es decir, de los héroes del ciclo carolingio, crea una ática voluta lucianesca. Parte de esta ironía nace de la frecuentación cervantina de Horacio. Dejémosle la sublimidad lírica horaciana a fray Luis de León; la experiencia satírica, normativa, cotidiana, halló un preferido albergue en el espíritu de Cervantes. El hombre moderno se forjó en la escuela con Horacio, le debemos mucho de lo mejor de nosotros mismos; le debemos algo de nuestra actualidad permanente a este latino que fue delicia del género humano. Si no temiera pecar por inconsiderado diría que la lectura de Horacio le sugirió el Quijote a Cervantes, a lo menos el encanto que se junta a ese aticismo que le es propio. Ningún género literario dejó de hallarse en la elaboración del Quijote; en tal forma que en esta novela, sin que nada parezca estudiado, trasciende la intimidad de los libros copiosa y atentamente leídos; en las obras de caballerías recogió caudal de idioma, de recursos formularios, las rarezas sorprendentes, partículas áureas aunque no sean tan válidas como las que el poeta encontraba en Ennio. El secreto de la frase de ritmo sostenido, de lento o de rápido movimiento, de detención o de precipitado desenlace, hace de él un maestro narrativo que no ignora nada de arte. Empezó a escribir el Quijote con la risa grosera de Aristófanes, de quien probablemente es discípulo, para ir transformándola en la fina risa de la nueva comedia ateniense, donde no le falta ni aun el don de las lágrimas. Lo rústico y dramático de la Primera Parte se junta a lo urbano y épico de la Segunda. Él mismo está en los labios de sus personajes, siente la necesidad, a veces, de identificarse con don Quijote y perfila su figura en la trama de la historia del Hidalgo con lo autobiográfico. Se esconde enigmáticamente en su taller de forjador de tantas invenciones, portento de la riqueza valientemente adquirida de la lengua castellana. ¿Cómo negar que fue docto si su potencia en nosotros continúa incesantemente? Él fue por inclinación creador de caracteres, novelista, hombre de opinión, de discusión, de diálogo, pronto a saberlo todo, a ver, a imitar, a inventar, a ser raro inventor, a infundir en la finalidad el bien y la hermosura.

A fines del siglo dieciséis el saber se ajusta mucho al rigor necesario y preciso. El idioma y el estilo eran asuntos vitales, el honor de España. El lince ve la palabra como joya absoluta, censura el error donde aparece. Una cita mal hecha perjudica, niega al que la hace renombre de docto. Se acentúa la técnica culta y la exploración expresiva. La palabra es intención, contenido precioso en su abolengo etimológico. Llega a advertirse a Teócrito junto a Ovidio. Cervantes ve aparecer la generación de Góngora, de Lope, de Balbuena, tiene preclaras semejanzas con el gran don Luis de Góngora de Las Soledades. Escribe, concibe, se pasa, porque es genio, a la conciencia del hombre, mentor y amigo nuestro, escribe mucho y mucho dice. Dichoso ya, salvado de tanto naufragio, vuelve como Ulises al huerto de su padre, al jardín de Laertes, al ramo verde donde están los maduros frutos de las letras.

Discurso del Excelentísimo señor Presidente de la Nación, general Juan D. Perón

No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día en que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo de halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del Orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que para sacar al mundo del caos en el que se debate puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal Genio de España.

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente, en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí un doble homenaje a Cervantes y a la Raza.

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes, que al escribir el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustente en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, penetraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El sabor de «jugarse entero» de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los «quijotes de nuestras pampas».

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

La raza: superación de nuestro destino

Para nosotros, la raza no un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es la que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal indefinible e inconfundible.

Para nosotros, los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.

Porque España aportó al Occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el signo de una auténtica misión. Ella vio a las Indias, ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la reina Isabel de «atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios». Traía para ellos la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraba a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano...

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido, a luchar en un mundo lleno de peligros, donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa, ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que «es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino». Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

América: empresa de héroes

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas, se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyos asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo fue, así, amarrada durante siglos a la roca de la historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están como prueba fehaciente la cúpula de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque

convine —según se lee en la Nueva Recopilación— que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca.

Su celo por difundir la verdad revelada porque —como también dice la Nueva Recopilación

teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar para que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer el gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano.

España levantó templos, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con sello que las hace, si bien, distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva. Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa cuyo cometido la Antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a imagen y semejanza de Dios.

España rediviva en el criollo Quijote

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que ha obtenido la victoria amenaza con «pena de la vida al que los insulte». Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; es sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que alienta a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreducible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.

Señores: la historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el presidente Irigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación

La España descubridora y conquistadora —dice el decreto— volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento.

Porvenir enraizado en el pasado

Si la América española olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: «Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora». Y situado en los antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que «el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado».

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretendan mancillarla. Comprender esta imposición del destino es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir —el 24 de noviembre de 1944— que «tiende, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales».

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es preciso identificar como genio auténticamente español, que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce —a mi modo de ver— la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en este acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, su palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Entraña popular cervantina

En Cervantes cabe señalar, en primer término, la extraordinaria maestría con que subordina todo aparato erudito a la llaneza de la exposición, extraída de la auténtica veta del pueblo, en los aforismos, sentencias y giros propios del ingenio popular. Ningún autor ha penetrado de manera más natural y expresiva en la entraña popular, en el río pintoresco en que bogan, como bajeles de mil colores, las esperanzas, angustias y emociones de los humildes. Esta ausencia de complicación, este deliberado acento familiar con que el genio cervantino traza su prosa, no quiere decir, ni mucho menos, que adolezca de plebeyismo o de pobreza. Por el contrario, es fina y magistral, exhibiendo una riqueza tal de vocablos, que cabe deducir cuán hondos y variados son los matices del habla popular y hasta qué punto es viva y expresiva la facundia del pueblo.

Ya en su primera obra —La Galatea— Cervantes pone de manifiesto la sencillez de su estilo, que cobra naturalidad en las costumbres simples y puras de la vida pastoril a la que pinta con tan noble emoción, que no puede dudarse de la íntima solidaridad que le une a rústicos y desheredados. Don Quijote, dirigiéndose a Sancho, ofrece elocuente testimonio:

Quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

La perennidad del Quijote, su universalidad, reside, esencialmente, en esta comprensión de los humildes, en esta forma de sentir la ardiente comunidad de todos los seres, que trabajan y cantan entre las rubias espigas de la Creación. Ese amor a los humildes que sintió Cervantes, ese mismo afán de compenetración, ese deseo metafórico de comer en el mismo plato, me ha llevado a decir en otra ocasión que el canto de los braceros, de esos centenares de miles de trabajadores anónimos y esforzados, de los que nadie se había acordado hasta ayer, puebla en estos momentos la tierra redimida. Legislamos para todos los argentinos, porque nuestra realidad social es tan indivisible como nuestra realidad geográfica.

Conciencia social de Cervantes

Cervantes demostró profunda conciencia social en todos los actos de su vida. Cuando se desarrolló la batalla naval de Lepanto, no obstante hallarse enfermo y con calentura, quiso correr la suerte de sus camaradas y participar en la lucha, porque «más vale pelear en servicio de Dios e de Su Majestad, e morir por ellos, que no baxarme so cubierta». Más tarde, cautivo en Argel, junto con 25.000 cristianos que pagaban así su delito de amar a la patria y de sentir la fe, el glorioso manco de Lepanto padeció más que su propio dolor físico y espiritual, la incesante tortura de ver aherrojados a sus compañeros de esclavitud y de ver perseguida, aborrecida y negada a la religión en la que había depositado toda la confianza de su corazón. En sus propias palabras lo dice: «Ninguna cosa fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos».

No obstante tan admirables sentimientos, no siempre obtuvo el estímulo de la reciprocidad. Su vida fue triste, estrecha, dolorosa. Como pasa siempre, hasta la gloria más singular y la pureza más nítida tienen sus detractores. Aún muchos años después de haber entrado a la inmortalidad, se le siguió acusando de fallas, defectos y vicios, no faltó quien, en el Diario de Madrid, adujera en 1788 que «depravó, corrompió y estragó el estilo y la gracia del manuscrito». Felizmente, Cervantes, con genial previsión, se adelantó a sus detractores; en su obra póstuma, Persiles y Sigismunda, estampó estas sabias reflexiones aplicables a todos los tiempos y lugares, y especialmente a cuantos compatriotas se empecinan en difamar a no importa quién:

Los satíricos, los maldicientes, los malintencionados, son desterrados y echados de sus casas, sin honra y con vituperio, sin que les quede otra alabanza que llamarse agudos sobre bellacos, y bellacos sobre agudos, y es como lo que suele decirse: la traición contenta, pero el traidor enfada.

La posteridad, que desdeña los inventos de quienes odian todas las muestras de la grandeza, ha hecho a Cervantes la justicia que él esperaba con profética certidumbre. En efecto, en el escudo que exhibe la edición primitiva del Quijote, Cervantes grabó el conmovedor versículo de Job: «Post tenebras spero lucem». No puede suponerse mera elección de esta leyenda. El inmortal alcalaíno fue, dramáticamente, y de una manera tan lacerante que duele el alma el solo pensarlo, el prototipo del caballero católico, de raíz hispánica, que se sumerge en el diálogo metafísico con la propia Divinidad, movido por la angustia de arrancar sus secretos al infinito. Llevado por el fuerte poder creador de lo español, Cervantes se tortura en el intento de descifrar todos los misterios de la vida y de la muerte, del espíritu y de la inmortalidad. Su indómita inteligencia no puede resignarse al acatamiento sumiso de los dictados teológicos y quiere —como Job— «venir a razones con la Divinidad». Urgido por la tremenda necesidad de saberlo todo, levanta su alma a Dios, con delicada humildad, pero dispuesto a interrogar, a hurgar, a saber, pues le atormenta la idea de que acaso su certeza resulte insuficiente y no sea debidamente viva su pasión. Por eso, en la edición primigenia del Quijote, Cervantes se ampara en la dolorosa figura bíblica y se conforta con la desgarradora certeza de que, más allá de las tinieblas, lo espera la luz...

Toda la obra cervantina está penetrada de este latido inmaterial, de esta como niebla desvaída, en que las cosas se van desdibujando y, no obstante, precisando, porque tal es la magia de la eternidad. Cervantes tiene la plenitud y la hondura de lo inefable. Ortega y Gasset lo dice:

He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión podemos blandir como si fuera una lanza. Si supiéramos con evidencia de qué consiste el estilo de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en estas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política.

¿No estará todo dicho, por el propio Cervantes, cuando pone en labios de Marcela, estas palabras maravillosas: «Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera»?

Inteligencia y milicia

Aquí podría terminar el somero viaje cervantino, con que me quise adherir a la solemne celebración del más grande de los escritores castellanos. Pero antes quiero detenerme siquiera sea por unos instantes, en el inmortal Discurso de las armas y de las letras, que Cervantes confía a la minuciosa elocuencia de don Quijote. Cuando el 10 de julio de 1944, cúpome la honra de inaugurar la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad de La Plata, me propuse destacar el sutil enlace que existe entre la inteligencia y las armas, aduciendo:

No es suficiente que los integrantes de las fuerzas armadas nos esforcemos en preparar el instrumento de lucha, en estudiar y preparar la guerra; es también necesario que todas las inteligencias de la Nación, cada una en el aspecto que interesa a sus actividades, se esfuerce también en conocerla, estudiarla y comprenderla.

Aquel pensamiento cervantino disgustó a algunas inteligencias que se proclaman fieles a Cervantes. Sin embargo, el inmortal complutense aboga por la principalísima importancia que tiene el espíritu en el ejercicio de las armas impugnando a quienes sostienen lo contrario,

como si en esto que llamamos armas los que las profesamos, no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero, que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada, así con el espíritu como con el cuerpo.

El Discurso de las armas y de las letras es una de las piezas literarias más acertadas y hermosas que ha producido el ingenio humano. El soldado, con toda la fuerza de renunciamiento que le impone el implacable deber, aparece proyectado en esa atmósfera translúcida e insensible en que la propia vida pierde toda significación. Así, sabedor que el enemigo está minando la parte en que él mismo se encuentra, no le queda otra alternativa que dar aviso al capitán «y él estarse quedo, temiendo y esperando cuando improvisadamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad». Así, también, el marinero, que en la lucha con galera enemiga, «apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, otro ocupa su mesmo lugar, y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes».

En el Discurso, Cervantes proporciona la imagen del héroe, en el gesto perenne de la heroicidad: esa plenitud de lo corporal y lo espiritual, en una amalgama tan indivisa y fluyente, que lo físico se hace etéreo y el puro valor anímico se torna irrealidad. Es el heroísmo que no teme a la muerte porque ama a la inmortalidad.

En el héroe cervantino está sumergido y latente el ideal hispánico —ascético, estoico, acaso resignado—, en el que se abre la flor de la caballería y se amasan los héroes y los santos. Ya lo dijo Cervantes: «El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga».

Según acabamos de ver, hay una concepción del mundo y del lugar que el hombre ocupa como sujeto de la eternidad, que es típica de la cultura occidental y cristiana. En el ámbito de ese orbe espiritual, que es el más puro y elevado que han dado los siglos, España y el hispanismo representan la más prodigiosa acumulación de incitaciones ideales. Toda fecundidad está ingrávida en su arco y sus flechas abren esa multiplicidad de destinos, en que consiste, precisamente, la universalidad de lo español. Weber ha dicho, con notable acierto, que «lo universal se hace concreto en cada lugar». No es otro el misterio y la magia de Cervantes. Lo que don Quijote tiene de español, de auténtico, de aferrado a lo suyo, es lo que le brinda esa universalidad que le permite cabalgar por todos los caminos. «Don Quijote y Sancho poseen el mundo», ha dicho con acierto un notable cervantista inglés.

Por esto, hablar de Cervantes o de España, es meditar alrededor de un único tema. Tema que es tan nuestro como de España, porque es de cuantos suspiran por cosas eternas, adheridos al magro terrón de su tierra única y de su pueblo diferente. Madariaga ha dado una hermosa explicación de esta dualidad:

Esta universalidad de don Quijote se debe —escribió— no a su españolidad precisamente, sino a lo profundo del nivel a que Cervantes llega en su percepción y creación de esta españolidad. Porque lo universal no se alcanza generalizando, es decir extendiéndose a derecha e izquierda para ampliar el área de la observación, sino ahondando en lo único.

o, podríamos completar nosotros, «elevándose hasta lo infinito».

La revolución y las almas

No improviso, por cierto, al proclamar en este acto mi profunda adhesión a los valores espirituales, que nos viene en la tradición hispánica. En esto, como en tantas otras cosas, la unidad de mi pensamiento ha permanecido inalterable.

Desde los balcones de la Casa de Gobierno, el 8 de junio de 1944, en homenaje a la patria, que surgió del genio y de la sangre de España, proclamé la necesidad de que la Revolución llegue a las almas, porque en este país, donde la naturaleza, con toda prodigalidad, ha derrochado a manos llenas la riqueza material, deberíamos dar todos los días gracias a Dios por sus dones maravillosos; pero esa riqueza no es todo, sino que es necesario tender también hacia la riqueza espiritual, hacia eso que constituyen los únicos valores eternos y que son los que unirán, si es necesario, a los argentinos en defensa de la patria, a costa de cualquier sacrificio. Cervantes —prototipo del español— siente, por encima de todo, el amor a España. Ni los sufrimientos corporales que le agobian en los campos de batalla, ni los grandes combates navales del Imperio o en las mazmorras de Argel; ni la pesadumbre moral que le causa el olvido en que le tienen los jefes a quienes ha servido; ni la desesperación que le produce el no poder trasladarse a América ni el rigor de las prisiones llegan a quebrar la exaltada adoración que siente por España, con este patriotismo a la vez lírico y heroico que sus páginas encierran o que sigilosamente anima el espíritu de sus obras.

Grandeza de España

Feliz es el pueblo cuyos prosistas y poetas, clérigos y soldados, nobles y plebeyos, artistas y artesanos, viven enamorados de las bellezas de su tierra. La literatura española está impregnada de lo que puede llamarse amor geográfico. Los ríos, las mares, los valles y las montañas son caudal abundante de emoción patriótica. En la Crónica General, de Alfonso el Sabio, el elogio alcanza tonos de digna y majestuosa belleza:

Esta España que dezimos, tal es como el Paraíso de Dios, que riégase con cinco ríos caudales y cada uno de ellos tiene entre sí y el otro grandes montañas y tierras; y los valles y los llanos son grandes y anchos, y por la bondad de la tierra y el humor de ríos llevan muchos frutos y son ahondados.

España, la mayor parte ella se riega de arroyos y de fuentes, y nunca faltan pozos en cada lugar donde los ha menester.

España es ahondada de mieses, deleitosa de frutas, viciosa de pescados, sabrosa de leche y de todas las cosas que de ella hacen; llena de venados y de caza, cubierta de ganados, lozana de caballos, provechosa de mulos, segura y bastida de castillos; alegre por buenos vinos, holgada de ahondamiento de pan; rica de metales de plomo, de estaño, de argent vivo, de fierro, de arambre, de plata, de otro, de piedras preciosas, de toda manera de piedra mármol; de sales de mar y de salinas de tierra y de sal en peña y de otros mineros muchos azul, almagra, alumbre y otros muchos de cuantos se hallan en otras tierras; briosa de sirgo y cuanto se face dél; dulce de miel y de azúcar, alumbrada de cera, complida de olio; alegre de azafrán.

España sobre todas es ingeniosa, atrevida y mucho esforzada, ligera de afán, leal al Señor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida en todo bien, no hay tierra en el mundo que la semeje en abundancia, ni se iguale ninguna a ella en fortaleza, y pocas hay en el mundo tan grandes como ella.

España, sobre todas es adelantada en grandeza y más que todas preciada por lealtad.

¡Ay, España! ¡No hay lengua ni ingenio que pueda contar tu bien!

Esta prodigalidad de la naturaleza a que se refiere el Rey Sabio hace que todo lo español se ofrezca en un desbordamiento de pasión y excediendo los límites que son comunes a los pueblos de otro origen. Quizá por esta grandiosidad y por esta fuerza pudo ser España, sostiene un escritor contemporáneo,

escenario de grandes dramas históricos y produjo hombres que correspondían a este escenario, exaltados, violentos, enamorados de la aventura, sumisos a los Impulsos de la fe... Quizá en parte ninguna los hombres, el paisaje y las piedras, han formado una plástica con un sentido tan fuerte de unidad.

De ahí que sea tan absorbente, profundo y total el sentimiento patriótico español. Los pueblos de la hispanidad también constituimos una unidad y también vivimos dominados por la pasión patriótica. Tenemos mucho en común que defender: unidad de origen, unidad de cultura y unidad de destino. Vivimos hermanados por vínculos de idioma, de religión, de cultura, de historia. Estas identidades deben impulsarnos a una empresa universal, desbordando los límites geográficos que, aislados, integre la verdadera unidad espiritual de los pueblos hispanos.

Pero nuestra empresa universal no puede interpretarse como bélico sino como un afán pacifista. Como un afán de que los valores humanos, los valores espirituales de cada hombre sean respetados como criatura hija de Dios y hermana nuestra. Que no sienta ninguno de los mortales la injusticia de verse preterido en los goces de la vida por no haber nacido en un círculo de privilegiados que todo lo tienen; que no sienta ningún ser humano la humillación de verse privado de los derechos inherentes a su condición de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. De este sentido primario de la justicia debe arrancar la paz del futuro.

América y España: identidad pacifista

Pero es un dicho conocido y cierto que la paz hay que ganarla como la guerra y que el sacrificio de los ciudadanos se requiere tanto para una situación como para la otra. A ese altísimo fin iba encaminado el llamamiento que en fecha reciente dirigí a todos pueblos y el ofrecimiento que hice, interpretando los deseos de mis conciudadanos en el sentido de que

las fuerzas materiales y espirituales de la Argentina se movilizan hoy para expresar ante el mundo la voluntad nacional de servir a la humanidad en sus anhelos de paz interna e internacional» colocándose «en la línea de ayuda que le sugiere el clamor universal».

La actitud de la Argentina en estos graves momentos responde a su gloriosa trayectoria histórica y al pensamiento inspirador de sus grandes estadistas, y quedó bien definida por mí en dos conceptos fundamentales. Es uno, el requerimiento a la comprensión y a la concordia mediante la exaltación del valor humano.

La labor para lograr la paz internacional —afirmé en aquella ocasión y lo repito ahora— debe realizarse sobre la base del abandono de ideologías antagónicas y la creación de una conciencia mundial de que el hombre está sobre los sistemas y las ideologías, no siendo por ello aceptable que se destruya la humanidad en holocausto de hegemonías de derechas o de izquierdas.

Y es otro el respeto absoluto a la soberanía de todas y cada una de las naciones. Mientras no se proceda en esa forma, serán inútiles cuantos esfuerzos se haga para consolidar la paz en la tierra. Si bien se mira, el desconocimiento de los dos conceptos enunciados, es decir, el afán de hacer prevalecer en el mundo esta o aquella ideología y el desprecio de unos pueblos hacia los derechos y las modalidades de los otros, han sido la causa principal, si no la única, de los dos últimos grandes conflictos bélicos, y pueden originar un tercero. Como no quiero verme envuelto en tan grave responsabilidad, he proclamado el pacifismo y la generosidad pretérita, presente y futura de la política argentina, pues

las generaciones, desde el día mismo que nació la patria, así lo determinaron, y el respeto inalterable por todas las soberanías nacionales, incluso las que forjara la espada luminosa de los arquetipos de la nacionalidad, han sido una virtud inmodificable del espíritu argentino.

Paz y justicia social

Ahora bien, se equivocarán por completo quienes piensen que la guerra o la paz son problemas de relación exclusivamente externa. Pienso, contrariamente, y los hechos me dan la razón, que se trata en esencia de un problema interno, ya que no habrá paz internacional mientras cada nación no la haya conseguido para sí misma. El descontento, la miseria, la desocupación, forman en cada país el clima necesario para la empresa guerrera. Por eso, siempre que he hablado de paz he hablado también de justicia social, y he señalado que «es demasiado duro el clima de la injusticia para condenar al hombre vivir en él».

Sobre los temas internacionales, la Argentina puede hablar fuerte, no sólo porque el desinterés y la objetividad de sus opiniones se han hecho acreedores al respeto y al reconocimiento de los demás pueblos —aunque ello duela a los enemigos internos del gobierno, que mejor querrían ver a la patria postergada que reconocer el éxito de nuestra política exterior—, sino porque en la ayuda a las naciones ha adoptado una posición que, por idealista, sería propio calificar en este día de quijotesca. La Argentina contribuye también de esa manera al mantenimiento de la paz.

Argentina es libertad

No debo insistir en esta cuestión porque mis palabras al respecto son muy recientes y han sido ampliamente difundidas. Permitidme, sin embargo, que resuma mi posición reproduciendo estos conceptos que deseo ver compartidos por todos los gobernantes del mundo:

Representamos una patria que vive, desde su origen, los principios de la libertad. En la historia de la independencia de los Estados, es la nuestra la firme voluntad de ser independientes y libres, respetando la autodeterminación de los pueblos y creyendo que no podrá haber jamás diferendos de cualquier naturaleza que no encuentren en los caminos del derecho y la justicia el cauce para que la civilización no fracase.

Soldado por vocación y por profesión, me enorgullezco al poner mi confianza en los métodos y en las instituciones jurídicas, sin las cuales no hay posibilidad de convivencia civilizada. En lo íntimo del alma que en el sentir de mis compañeros de armas, a quienes creo interpretar, fielmente, está el convencimiento de que el Ejército Argentino, más que ningún otro, tiene como única misión servir al derecho y a la justicia, tanto en el orden nacional como en el internacional. Si los pueblos y sus gobernantes ponen fe en la solución pacífica de sus conflictos, habremos alcanzado la etapa dichosa en que, como ahora sucede en el ámbito nacional, las armas sólo tendrán que actuar en lo internacional, para restablecer el imperio de la justicia y del derecho conculcados.

Señores:

El mundo vive hoy una revolución, quizá la más tremenda que ha conmovido a la humanidad. Espíritus avizores y dotados de sensibilidad habían percibido hace ya muchos años y dado su voz de alerta acerca del profundo cambio a operarse. Dentro de este hueco de tiempo, dos guerras mundiales fueron no la causa de esos desequilibrios, sino parciales manifestaciones del recóndito proceso que afloraba a la superficie y adoptaba las más diversas formas. Trascendía a lo específicamente político y se desbordaba en el campo de la economía, del derecho, del arte y de la ciencia misma, para golpear con toda su fuerza en el ámbito de lo social.

Y esta universal convulsión resquebrajaba todo un sistema de soporte a las relaciones sociales y atacaba los fundamentos filosóficos y jurídicos del Estado burgués, reclamando su perentoria substitución por otro más acorde con los anhelos de la humanidad. La humanidad doliente desea un ordenamiento social, político, jurídico y económico más acorde a las nuevas necesidades.

Muchas y muy variadas fueron las causas que contribuyeron a acelerar este proceso dándole en algunos países un tono sombrío y catastrófico. No fueron ajenas a él las clases rectoras, que por tener la responsabilidad de la conducción, no podían desentenderse de los acontecimientos, como desgraciadamente ocurrió.

Porque en presencia de la vasta transformación que se operaba, optaron por desconocer la realidad, como si fuese posible prescindir del medio y de los acontecimientos que nos rodean.

Transformación del mundo

Por trágica paradoja, las clases conservadoras perdieron el instinto de conservación. Su anhelo vehemente de retenerlo todo, su afán de no ceder una sola de las ventajas no les permitió ver lo que era de manifiesta evidencia: que el querer conservarlo todo las llevaría a perderlo todo. No comprendían que el saber adaptarse a la tremenda transformación que sufría el mundo era un problema de vida o muerte: lo conservador era, precisamente, ser revolucionario. ¡Pero no lo entendieron!...

No comprendían que todo un sistema se había roto, y que lo viril, por consecuencia, era enfrentar los hechos nuevos y los problemas que iban apareciendo, y darles solución. Pero prefirieron volver las espaldas a la realidad o descargar el inútil arsenal de sus denuestos contra los hombres que a su juicio eran los causantes de tales cambios. No advirtieron que la causa de las convulsiones sociales no estaba en los hombres que las promovían o en las masas que a éstos acompañaban, sino en la injusticia social que el antiguo régimen mantenía. Por esto, en su inconsciente razonar han calificado de demagogos a cuantos, conocedores de la injusta desigualdad social y de las aspiraciones de las masas laboriosas, quisieron realizar la transformación social por los caminos del orden y de la comprensión. Por esto, en su insustancial verbosidad, injurian a los que a la postre habían venido a salvarlos de una tragedia que ellos mismos estaban auspiciando con su actitud, y de una catástrofe en la que serían los primeros decapitados —y esto, no por cierto, en sentido metafórico.

El fenómeno ha sido universal y por supuesto nosotros tampoco escapamos a esta abdicación de los deberes propios de las clases rectoras.

Dentro de este proceso histórico, otros movimientos que, inclusive, habían sonado con la revolución se sintieron desbordados o amedrentados por la revolución que se producía en la vida real.

Viose así, al socialismo, por ejemplo, ser superado en el planteo de los problemas, y fue dado presenciar cómo sus corifeos recorrían vanamente los archivos de la literatura marxista sin encontrar soluciones adecuadas.

Ellos confundían la revolución y lo revolucionario con lo extravagante. Hacían de la revolución un problema de vestuario. Ajenos al país y a su sensibilidad negaban el pasado, se mofaban de la patria y de la bandera considerándolos conceptos anacrónicos, sin advertir que lo único pasado de moda era su incomprensión de los verdaderos problemas del trabajador.

Cuando vieron que la revolución que soñaban dejaba de ser un sueño; cuando se enteraron de que en otros países las banderas quedaban rojas a fuerza de la sangre que la revolución vertía, se convirtieron en hormiguitas prácticas, refugiándose en sus celdas para disfrutar pacífica y alegremente de la cosecha recogida en la primavera de la burguesía.

Resurrección del Quijote

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europeo crujen ante la proximidad de mancos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que con la excusa de defender los principios de la democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental no podernos substraernos a un problema que, de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.

  • (*) Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, 1947. Incluye los discursos del Presidente de la Academia, don Carlos Ibarguren (págs. 11-18), del Académico de Número, don Arturo Marasso (págs. 19-26), y del Presidente de la Nación, general Juan Domingo Perón (págs. 27-56). volver
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