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El «Quijote» en América

Génesis, realización y evolución mundial del Quijote
Segunda Conferencia

Por Paul Groussac*

I

Señoras, señores: Henos aquí en presencia de la obra maestra. Hablaré de ella con respetuosa independencia, esperando que me valgan en este ensayo, según la fórmula dantesca, «el grande amor y el largo estudio» con que la tengo escudriñada. Queda así prevenido mi distinguido auditorio de que, al arriesgar este juicio del Quijote, he considerado no solamente conciliables, sino emanadas del mismo principio crítico, la admiración más sincera por las soberanas bellezas de la obra y la comprobación no menos ingenua de sus deficiencias o verdaderas deformidades, siendo las primeras tan sobresalientes que las segundas nada rebajan del altísimo puesto que el conjunto ante el consenso universal tiene conquistado. Sobre corresponder, en efecto, el nombre de Cervantes a uno de los cinco o seis astros de primera magnitud del artístico firmamento, goza su producción genial el rarísimo privilegio —acaso no compartido en igual grado sino con Shakespeare en Inglaterra y Molière en Francia— de ser, por la lectura y el espectáculo, el vivo y siempre renovado alimento espiritual de las generaciones, sin distinción de clases, sexos ni edades; no simplemente, cual con otros «monumentos» literarios ocurre, venerandas reliquias históricas que, puestas en altares, suelen ser reverenciadas de lejos más que asiduamente frecuentadas. Y por supuesto que en ese inmenso concurso de lectores cervantinos a que acabo de aludir, tampoco hay distinción de nacionalidades, ya que, según luego veremos, en la difusión y consagración mundial del Quijote no corresponde la mejor parte al público español sino al extranjero.

Con ceñirme en este estudio sobre la personalidad literaria de Cervantes a considerarlo casi exclusivamente como autor del Quijote, no lo desfavorezco ni cometo con él una injusticia. Siendo así que la obra de arte no se aquilata por su volumen sino por su «ley de fino», al modo que la liga del metal precioso, claro es que rebaja un tanto dicha ley cualquier agregado que, sin dejar de tener su valor propio, arroja al análisis una calidad inferior. Es evidente, para sólo recordar dos casos muy notorios, que más le valiera a Milton no haber intentado recuperar con el Paradise regained su Paraíso perdido; y también que, entre las tragedias del gran Corneille, las mediocres revelan los defectos de las más bellas con exagerarlos, hasta el grado de parecer, a trechos, Agésilas o Attila caricaturas de Cinna o Polyeucte. Aún prescindiendo de la Galatea y del Persiles, insípidos remedos de los géneros pastoril y aventurero, cuyos mismos modelos ya nos resultan intolerables, no habría quizá exceso de severidad en entregar al «brazo seglar del alma» (juntamente con sus demás producciones en verso) las obras dramáticas de Cervantes, cuya indigencia resalta cruelmente por entre el asombroso florecimiento del teatro español contemporáneo. Muy otra sentencia, seguramente, aplicaríamos a las Novelas ejemplares, de cuya docena bien contada (La tía fingida es apócrifa), se extraerían tres o cuatro tan primorosas como Rinconete en el campo de la observación realista, y el Celoso extremeño en el de la psicología. Pero todas ellas, sin excluir a estas últimas, se hallan comprendidas sustancial, si no formalmente, en el único Quijote. En el juicio, pues, que nos merezca la obra superior irá de suyo incluido el de las inferiores; tanto más cuanto que, según es de todos muy sabido, varios episodios digresivos interrumpen el curso de aquélla, formando otras tantas «novelas ejemplares» que no deslucirían la colección.

Señores: Al entrar en materia, debo reconocer desde luego (para que no sea todo ponderar dificultades) que aligera notablemente mi tarea, eximiéndome de su parte más enojosa el que no haya seguramente, entre las personas que me escuchan, quien no conozca el asunto principal y el desarrollo episódico del Quijote. Puedo, por lo tanto, acometer mi sujeto in medias res, según el precepto horaciano, sin necesidad de presentaros a los protagonistas de esta paródica novela de caballerías, ni seguir al avellanado hidalgo manchego y su obeso escudero en sus andanzas por los polvorosos caminos o destartaladas ventas de Castilla y Aragón. Os consta asimismo que el Quijote se compone de dos partes de casi igual extensión, quedando apenas entre ambas acciones el intervalo de un mes: lo que dura la convalecencia del héroe; si bien hemos visto que entre la redacción de una y otra median unos diez años. La elaboración de la Segunda no deja entrever nada de particular, ni presenta otro incidente que el trastorno causado en el final del trabajo por el fraude de Avellaneda, quien, es sabido, ganó por la mano al verdadero autor. Hacia 1612, pues, cuando y como quiso, Cervantes resucitó a don Quijote, después de dejarlo sepultado todo ese tiempo bajo sendos epitafios de los académicos argamasillescos: ningún interés especial ofrece esta resolución de poner por obra una Segunda Parte. Cosa bien diversa es la concepción de la Primera: hoc opus, hic labor. Y bien merece este esfuerzo de invención y tanteo una página de análisis, aunque deba éste apoyarse en parte sobre conjeturas; pues importa, al cabo, la génesis de la obra, de que todos los incidentes y accidentes ulteriores no son sino el desarrollo más o menos lógico.

En el bosquejo de la biografía de Cervantes, a que dediqué mi primera conferencia, vimos que empleó en correrías por Andalucía, casi sin discontinuidad, el último decenio del siglo xvi; en Sevilla, especialmente, vivió los primeros años del decimoséptimo, según documentos en que figura algunas veces como vecino de dicha ciudad, otras, como preso por deudas en aquella cárcel real. Allí, como dije, hubo de pasar la mayor parte del año 1602, al tiempo que estaba también detenido, por causas análogas, Mateo Alemán, el autor de Guzmán de Alfarache, a quien hubo de tratar y cuya carrera presenta con la de Cervantes tan sorprendente analogía. A este origen tristísimo de la festiva novela alude el mismo Cervantes en su Prólogo y en términos que para ningún espíritu recto y libre de preocupaciones dejan lugar a duda: «...como quien (dice el libro) se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». ¿Dirase que mal podía Cervantes publicar en esta forma su propia deshonra? Pero, para él, no había tal. En la desgraciada y repetida malandanza —que por otra parte soportaba con filosofía— nunca vio —y sin duda no había más— sino la consecuencia de su atolondramiento y excesiva confianza en los malos deudores. Además, no habría punto de vista más erróneo que el de juzgar las cosas y las personas de aquel tiempo con nuestras ideas modernas. No parece dudoso, pues, que la primera parte del Quijote se engendró —vale decir, se compuso, hasta llevarse quizá muy adelante— en la cárcel de Sevilla, como lo indica el autor. Y no sé, a este propósito, si merece todavía un de profundis la secular leyenda que, hasta ha poco, hacía de Argamasilla de Alba la cuna del capolavoro y de que es grotesco monumento la famosa edición de Hartzenbusch, hecha en 1863, «en la casa que fue prisión de Cervantes»... Volveré luego sobre este punto al tratar de la no menos legendaria personalidad del escritor; básteme por ahora recordar que en un libro publicado en 1903 1 establecí lo absurdo de aquella tradición, demostrando que Cervantes nunca pudo estar en Argamasilla, ni conoció la Mancha más que por haberla quizá atravesado en sus viajes a Andalucía.

Desde entonces, la demostración ha hecho camino; y es ya fórmula corriente entre los críticos españoles más despiertos (haciendo deplorable excepción el ameno y absurdo peregrinaje de Azorín por la Ruta de don Quijote) aquel chiste de Mariano de Cavia —que data de 1905- sobre que la leyenda de Argamasilla «está de cuerpo presente».

¿Qué génesis tuvo el Quijote? En otros términos, ¿de qué elementos propios, o incorporados a la idiosincrasia del escritor, por el medio social y las circunstancias de su conocida lucha por la existencia, pudo nacer el concepto de la obra y efectuarse el proceso gradual de su formación y cabal desarrollo? Para aventurar una respuesta atendible, siquiera sea en parte conjetural, necesitamos previamente completar la silueta del hombre tal cual resulta de su biografía, con algunos rasgos distintivos de su carácter y mentalidad. Cuando, ya pasados los cincuenta años, recorría la meseta superior de la vida, después de adquirida su dolorosa experiencia en la dura escuela de la desgracia y la pobreza, no era Cervantes —o no parecía ser— sino un mediano escritor, antes aficionado que profesional, no poseyendo sino una varia y flaca ilustración de autodidacto, pescada a diestra y siniestra al acaso de las lecturas ocurrentes. No podía ostentar la base universitaria de casi todos sus rivales, quienes afectaban desdeñar tanto más al «ingenio lego» cuanto que las innegables dotes de gracia y chiste natural que en su prosa campeaban cuando huía de la retórica, le faltaban en el verso, tenido entonces por el género superior. Con alguna mal fijada tintura de latín e italiano, su cosecha literaria provenía sobre todo de los poemas pastoriles y las novelas de caballerías, fábulas arrulladoras del cautiverio y fieles compañeras de la soledad. Pero, con la reacción inevitable que trajeran, después de tanta ficción empalagosa, los años maduros y su ruda enseñanza realista vino a coincidir la que contra dichas novelas movía el gusto público: de ahí la aparente o parcial oportunidad de la sátira caballeresca.

Digamos que en sus tesis sociales como en sus formas literarias —sobre todo en su teatro— Cervantes solía mostrarse un tanto rezagado y hasta retrógrado. Cuando le ocurrió parodiar los libros de caballerías hacía medio siglo que habían cesado casi por completo tales publicaciones, pudiendo decirse sin exageración que, al escribir su Quijote, hacia 1600, el «ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes» partía verdaderamente en guerra contra molinos de viento.

Sea como fuere y dejando aparte la obsesión familiar del Orlando furioso, abundan los cuentos de locos sevillanos en la obra cervantina (sólo en el Prólogo y el capítulo I hay hasta tres). Si, como es probable, la novela psiquiátrica del Licenciado Vidriera se escribió en Sevilla por el tiempo del Celoso y de Rinconete, puede que el caso del licenciado sentencioso y el del ingenioso hidalgo se presentasen simétricamente al autor en figura de díptico. Por eso, hace algunos años emití la hipótesis 2 de haber sido el Quijote, en su núcleo y primitiva forma, una simple «novela ejemplar», constituida por las correrías del protagonista en los despoblados de la Mancha. Se compondría esta novela de seis capítulos iniciales, a saber: la primera salida del hidalgo manchego, todavía sin escudero, por el campo de Montiel, con la parada en la venta; la graciosa velada de las armas; la aventura del muchacho Andrés; por fin, la paliza de estreno —luego seguida de tantas otras— que propina el mozo de mulas al flamante caballero, y su lamentable regreso a la aldea; sirviendo de conclusión y moraleja la quema de la caballeresca librería. Es muy sabido que este ensayo de salida y, diré, maquette de la novela mayor se conservó como principio —algo postizo— de la Primera Parte. No sabemos cómo se operó —si realmente la hubo— esta transformación; pero sugiere una conjetura admisible la indicada presencia simultánea en dicha cárcel sevillana del autor del Guzmán y del futuro autor del Quijote: allí tendrían sin duda sus pláticas diarias en ese patio infame donde rebullían los criminales y pícaros que cínicamente se brindaban a la observación aguda de ambos novelistas. El éxito reciente y extraordinario del Guzmán (26 ediciones en tres años), que por cierto Cervantes releería y glosaría con Alemán, hubo de estimularlo a dilatar el cuento embrionario hasta las proporciones del libro; y de ello pudo surgir el concepto y elaboración del Ingenioso hidalgo en forma de burlesca novela de caballerías, con su sencillísimo plan, primitivamente reducido a describir las tan conocidas y algo monótonas aventuras.

La indicada reminiscencia del Orlando furioso, y sobre todo, del Amadís de Gaula, que presidió el esquema del Quijote, traía infaliblemente aparejada la invención de Sancho y Dulcinea como parodias respectivas de los escuderos Gandolín, Lassino, Ardián, etc. Y así también de las «damas del pensamiento», Oriana, Angélica u otras, que no escasean en el romancesco repertorio. De la «sin par Dulcinea del Toboso» poco hay que decir: es una evocación imaginaria y casi puramente verbal, que sirve de tema a las divagaciones quijotescas y cuya vaga realidad, despojada de su fantástica aureola, apenas se entrevé un segundo —prosaica oruga de la mariposa o Psiquis ideal— bajo la especie de «una moza labradora, de quien el hidalgo cincuentón anduvo un tiempo enamorado, aunque ella jamás lo supo ni se dio cata dello».

II

De muy otra solidez, como sabéis, señores, es la creación del escudero Sancho Panza, cuya regocijada y exuberante realidad se impuso al público desde el primer día, igualando, si no sobrepujaba en interés y vida, la misma escuálida silueta del caballero de la Triste Figura. Pero, antes de ensayar el trazo definitivo del grupo legendario, necesito insistir en la composición del Quijote, procurando destacar, aun más que la analogía evidente de sus partes, su carácter diferencial. Y para que este examen atento de la obra contenga alguna utilidad y enseñanza, probemos ponerla a nuestro nivel humano, vale decir, descendida del pedestal en que la han encaramado tres siglos de creciente superstición admirativa.

Hemos visto, o cuando menos inferido, un primer tanteo en la concepción inicial. Con mayor fundamento —mejor dicho, con entera seguridad— puede afirmarse que, muy lejos de construir su obra según un plan preconcebido, en su conjunto y sus detalles, el escritor nunca la imaginó antes ni acaso la vio después tal como hoy la contemplamos, una vez despojada de los mil ex votos que la exornan y apartada del medio refringente que la transfigura. Poco es decir que su incertidumbre en la marcha de la acción se prolongó hasta los últimos capítulos de la Segunda Parte, no cesando durante el desarrollo de la novela los tropiezos, olvidos y trocatintas sobre los actos y hasta los nombres de sus personajes. Ha quedado célebre el incidente del rucio de Sancho, que en el mismo capítulo desaparece robado y reaparece sin más explicación, lo mismo que los trescientos escudos de Sierra Morena. Podrían citarse otros lapsos no menos sintomáticos. Aun prescindiendo de esos detalles, se revela a cada paso lo descoyuntado del organismo literario, la falta de columna vertebral en las múltiples digresiones parásitas y relatos extraños que se intercalan en la acción, ya tan floja, para acabar de paralizarla; además de la desproporción de ciertos episodios, como el de los duques, que ocupa más del tercio de la Segunda Parte. Otros defectos más graves aún hay en la obra, los cuales podrían calificarse de vicios constitucionales, y que, sin embargo, han pasado inadvertidos o disimulados por la crítica cervantesca, cuando no celebrados entre las excelencias del «famoso todo». Aludo primero a la general ignorancia geográfica y topográfica del teatro de la acción; y segundo, a las continuas infracciones que el autor comete contra la constancia y la lógica, así en el carácter (sibi constet) como en la conducta de sus personajes. De lo segundo me ocuparé luego, concretándome por ahora a los yerros de geografía.

Nadie ignora que la superstición cervántica no se ha limitado a celebrar la precedencia literaria de su ídolo; sino que ha llegado su obcecación admirativa hasta atribuir a su fetiche una supuesta universalidad de conocimientos que forma el más gracioso contraste con ese apodo de «ingenio lego» con que hemos dicho lo motejaban sus contemporáneos. Es así como sus devotos se han repartido la tarea de ensalzarlo en sendos escritos como filósofo, historiador, jurisconsulto, marino, teólogo, lingüista, etc. A don Fermín Caballero le ha tocado pronunciar, en un librito de 120 páginas, el panegírico de ¡«Cervantes perito en geografía»! Ahora bien: en lo tocante a la odisea quijotesca, esta pericia geográfica se revela en realidad por el completo desconocimiento o absoluto desdén de la topografía real en que el asunto se desarrolla. Nada extraño sería que Cervantes, «peregrino en su patria» (fuera de Madrid y Andalucía), se mostrase ignorante de la geografía de Aragón, que nunca divisó, hasta hacer que don Quijote cruzara en dos días al pasitrote de Rocinante las sesenta y tantas leguas que median entre el río Záncara, paraje de los rebuznos, y el Ebro de los duques, sin que en toda la jornada se nos dé noticia de una población entrevista o de un río atravesado. Lo fenomenal es verle vagar, no menos desatentado, por esta Mancha que —no se sabe a qué santo— eligió como teatro de tanta zurribanda, no conociendo de ella, visiblemente, sino algunos nombres de lugares o postas que oiría en sus tres o cuatro viajes de Madrid a Sevilla y viceversa. Comienza este andar a ciegas con las dos caminatas de arranque alrededor del supuesto Argamasilla, en que el camino del campo de Montiel, o sea al sur, resulta luego ser el de Puerto Lápice, que se halla al norte. Pero el itinerario verdaderamente fantástico es el de la cueva de Montesinos, en la Segunda Parte. Estando don Quijote en la aldea de Quiteria, unas veinticinco leguas al norte de Argamasilla, se le ocurre realizar su proyectada visita a la cueva de Montesinos. Parte con un guía y llega esa misma tarde a las lagunas de Ruidera, próximas a la cueva (la cual no es tal profunda sima, sino una mediana hondonada, con su excavación en el cerro, a la cual se desciende a pie por suave pendiente), sin que el autor nos dé a sospechar, ni él mismo sospeche, que los viajeros han tenido que desandar todo el largo camino que sale de su propia aldea, estando Ruidera a unas cuatro leguas al sudoeste de Argamasilla, y pareciendo imposible que el hidalgo no hubiera ido cien veces allí, antes del almuerzo, a cazar algún pato, seguido de su «galgo corredor». No necesito prolongar este desastroso examen de geografía, del que Cervantes resultaría reprobado, aunque por cierto sin gran detrimento de su fama, que sale ilesa de estos y otros más graves tropezones. He querido únicamente dar un espécimen del culto extravagante que infligen a la memoria del ignorante genial sus torpes admiradores: desde los que le inventan absurdas pericias polimáticas, hasta los que van en piadosa romería a su imaginaria cárcel manchega, «en el lugar de cuyo nombre no quiso acordarse» (la misma fórmula usa en el Persiles, y al parecer para el otro lugar homónimo, quizá en reminiscencia del Guzmán), pudiendo vacilarse entre el Argamasilla de Alba y el de Calatrava, que ignoraba a la par.

No tengo que volver sobre la falta de plan que se nota en el Quijote, como tampoco sobre lo desarticulado de la acción, compuesta —fuera de los relatos y episodios parásitos, y conforme al propósito del libro-de aventuras y combates burlescos, entreverados de sabrosas pláticas entre ambos protagonistas. Huelga recordar aquellos lances harto parecidos y repetidos, con su previsto desenlace de palizas y puñetazos brutales, que llueven sobre el héroe manchego y su escudero, en medio de las odiosas y estúpidas risotadas de los circunstantes, por lo regular arrieros y mozos de mulas, o, cuando no lo son, dignos de serlo. Ahora bien: según la observación que hice hace algunos años (y que mantengo hoy, por considerarla exacta), con reproducirse en las dos partes y en forma exteriormente análoga las malandanzas de nuestros personajes, se nota en la Segunda una marcada evolución de los caracteres, la que corresponde a una modificación tan profunda en sus actos y palabras como en la contextura de las escenas en que se agitan. No parece sino que el intervalo de pocos días, existente como dije entre las dos acciones, equivaliera a los diez años transcurridos para el autor, durante los cuales, aunándose la grave experiencia de la vida real a la imaginaria de los tipos por él creados, hubieran éstos venido a inspirarle una suerte de respeto que se percibe hasta en los títulos ya menos grotescos de los capítulos. En esta Segunda Parte, a cierto ennoblecimiento del grupo central, y que luego precisaré, corresponde un embellecimiento correlativo de los cuadros en que aquél actúa: a los desafíos y riñas extravagantes de las encrucijadas y farsas groseras de las ventas, han sucedido cuadros naturales o sociales, con vistas rápidas a la organización religioso-civil y todavía semifeudal de la Península. Los mismos diálogos con que el hidalgo y su escudero entretienen la soledad de las etapas, siguiendo el ritmo lento de sus pacíficas monturas, contienen ya más sustancia y médula, sin haber perdido (pues veremos que el estilo es la faz más desigual de la obra) su mezcla de monótona parodia caballeresca y prosaico desaliño en el amo; como de sabrosa rusticidad en el escudero, desgraciadamente ya mechada en éste de remedos retóricos dos veces inoportunos en los labios macizos de un labriego. Y esto nos conduce al examen de los dos tipos populares cuya creación constituye la gloria inmarcesible de Cervantes y la prenda más certera de su inmortalidad.

Aludiendo a la invención o hallazgo de don Quijote y Sancho Panza, he pronunciado la palabra «creación»: acaso fuera término más exacto el de elaboración para significar la emergencia paulatina de la regocijada pareja y su gradual desprendimiento del fondo imaginativo. Muy lejos, en efecto, de presentársenos su venida al mundo del arte como un doble alumbramiento, surgido instantáneamente al fiat imperativo del genio, nos aparece efectuándose por una serie de esbozos o tropezados ensayos, hasta cumplirse la cabal realización. Esto se refiere principalmente al escudero, cuya personalidad llega sin duda a destacarse, más resaltante y pintoresca que la del mismo protagonista. Físicamente, la silueta inolvidable del hidalgo cincuentón, «seco de carnes y enjuto de rostro», queda burilado desde ese admirable primer capítulo, el mejor escrito del libro, y cuyo esmero nos trae involuntariamente a la memoria (el solo recordarlo parece una crueldad) el tiempo y vagar de que gozaba el preso para cuidar su estilo, y que no le dejó más tarde su libre y siempre apurada existencia. En cambio, la fisonomía moral y mental de don Quijote, su psicología mórbida, como hoy diríamos, se manifiesta al principio y en toda la Primera Parte con unos pocos rasgos exagerados y repetidos que forman un conjunto demasiado simple y rudimental. La observación tan celebrada del caso patológico (hasta por alienistas encandilados, como el profesor Ball) 3, de ese delirio parcial o monomanía caballeresca —para emplear la nomenclatura anticuada pero expresiva de Esquirol— está llena de lagunas y errores. El autor incurre en frecuentes equivocaciones respecto a la actitud lógica de su enfermo en tal o cual coyuntura. Sólo recordaré el caso del combate con los cueros de vino en aquella famosa venta de Maritornes, donde tres o cuatro parejas extraviadas se reconocen, se abrazan, cuentan sus historias y las ajenas, formando una rueda digna del Decamerón. Se trata de un acceso de sonambulismo, quizá incompatible con el estado mental del maníaco; en todo caso, inconciliable con el recuerdo perfecto que don Quijote, ya despierto, conserva de los actos por él ejecutados durante el sueño anormal. Notablemente afinado se ofrece el mismo estudio en la Segunda Parte, así en lo que atañe al actor como a las escenas en que se desempeña. Ya ralean más y más las peleas insensatas del hidalgo con la canalla caminera, así como las groseras confusiones de los fantasmas alucinatorios con los seres y las cosas de la realidad. Su desafío a los leones es un acto de «loca» intrepidez más que de caracterizada demencia. Nada más correcto y señoril que su conducta en casa de El del Verde Gabán o en las bodas de Camacho. Su visión en la cueva de Montesinos no es sino un sueño verdadero, cuyos detalles le quedan naturalmente presentes al despertar. El repentino y breve ataque delirante que le causan los títeres de maese Pedro es una consecuencia conocida del excesivo prestigio teatral en un espectador apasionado. Ya no toma las ventas por castillos; y su ahora más vaga evocación de la Dulcinea ideal es análoga a la ilusión voluntaria del artista. Sufre una recaída parcial y pasajera en el castillo de los duques; pero es consecuencia de la burla pesada y laboriosa «mistificación» (si vale el galicismo) que diariamente le urden con estúpida constancia esos aristócratas ociosos que nos parecen hoy tan plebeyos de ideas como de sentimientos. Apenas merece mención la improvisada y desconcertada visita a Barcelona, desviación del plan primitivo, debida, como indiqué, al plagio de Avellaneda. El retorno al hogar del héroe vencido, que ha recobrado la razón al precio de sus caros ensueños, está impregnado de infinita melancolía. Y cuando, sintiendo próximo su fin, el buen Quijano, que sobrevive unas horas al difunto don Quijote, recibe la visita del bachiller Carrasco, reprende suavemente al incorregible socarrón que quiere seguir la burla: «Poco a poco: en los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño». Los pájaros que se han volado son las cantantes ilusiones hasta ayer anidadas en los follajes que sombrean el camino de la vida...

Tengo señalada en otro lugar la evolución del personaje escuderil, mucho más marcada y por lo mismo menos lógica que la de su amo. Por lo demás, el tipo del rústico burlón y sembrador de refranes, acompañando a su caballero, no era nuevo en la literatura: en los folklores medievales, el sabio Salomón va seguido siempre de un acólito, Marcul, encargado de encontrar un reverso irónico a las nobles máximas del primero. En España, la novela caballeresca de Cifar pone en escena a cierto escudero Ribaldo, a quien el americano Wagner señaló como el prototipo posible del nuestro. Son, además, muy conocidos los refranes relativos a un labriego Sancho, a quien suele acompañar su rocín. Este nombre vino —por lo menos desde el siglo xvi— a aplicarse en España al cerdo, de ahí la designación más común del animal en la América española, según lo demostré hace algunos años 4. Cervantes, pues, recogió de la tradición popular al tipo reconocido del escudero, que completaba naturalmente la parodia de los caballeros andantes, con especial referencia a los del Amadís. Y así tuvimos al Sancho Panza rechoncho e hirsuto, cobarde y glotón, pero de gruesa hilaridad comunicativa; el cual, montado en el borrico fraternal, muy pronto se hizo popular, enseñando en farsas y mojigangas su cara de luna llena, con sus ojillos marrulleros y su bocaza de bezos siempre abiertos para la gula y la risotada refranera. También él, como dije, y más notablemente aún que don Quijote, aparece modificado y desmejorado en la Segunda Parte de la obra. Al mismo tiempo que las zurras y manteadas le ablandaban el cuero, las caravanas y el roce del hidalgo desbastaban su rudeza montaraz. Pero ha sido a costa de la verdad del tipo, y por tanto, de su eficacia artística. Su primitiva grosería, entre bestial e infantil, se ha mestizado feamente de vanidad e insolencia. El palurdo se da importancia; muéstrase con su amo no sólo respondón y atrevido, sino, una vez, hasta ultrajoso. Cree de veras en el favor de esos duques, a que sirve de juguete; y en su gobierno insular de diez días estaba ya tomando aires de grotesco advenedizo, cuando cansado el capricho de sus burladores éstos le devuelven a su jumento y quijotesca domesticidad. Corolario o consecuencia de este yerro en la evocación del personaje es el estilo que le presta Cervantes para acomodarlo a su nueva fortuna. A su alegre retahíla de refranes, Sancho añade por momentos una absurda mezcolanza de afectada prosopopeya y remedada fraseología caballeresca, la cual, además de extravagante en labios rústicos, no pasa de ser, bajo la pluma del autor, un ejercicio de retórica insulsa y trasnochada. Con todo, tal es la vida originaria y el natural vigor del modelo primitivo, que éste persiste para nosotros a despecho de las pasajeras deformaciones intentadas por el escritor envejecido. Más aún: la posteridad, al adoptar el tipo «sanchopanzesco» —para oponerlo al quijotesco— le mondará de sus escorias y repugnantes detalles físicos, para simbolizar en él la faz material y la instintiva exigencia de nuestra humanidad, emparentándolo con el Sileno de la fábula antigua: quien, también montado en el asno clásico y embadurnado de mosto por las bacantes, no deja de ser parte esencial en los misterios dionisíacos como símbolo sagrado y fuerza elemental de la naturaleza.

III

El hallazgo genial de Cervantes, señores, debemos verlo en esta doble creación de don Quijote y Sancho Panza, que encarnan la vida, el interés y, a pesar de las filiaciones indicadas, la verdadera novedad de la inmortal novela. Por cierto, que en torno de la pareja central surgen y circulan otras figuras secundarias, y algunas tan bien salidas como el bachiller Carrasco, el pícaro Ginés de Pasamonte, la encantadora Dorotea y la traviesa Altisidora, a quienes se contrapone la inmunda y repugnante Maritornes. Pero todas estas personas accesorias parece que sólo existieran para formar comparsa y séquito a los protagonistas: son dibujos a lápiz al lado de aquellos otros dos, grabados al aguafuerte.

Tengo indicado ya el vicio general de la composición. Tampoco, y a pesar del entusiasmo fanático con que los cervantistas lo ensalzan, podría buscarse y hallarse en el primor y perfección del estilo cervantesco la razón y causa de la incomparable celebridad alcanzada por el Quijote. Si han de describirse las cosas como son, después de examinadas con el ojo desnudo del crítico, y no a través de la lente que las agranda o del prisma que las irisa, deberemos confesar que una buena mitad de la obra es de forma por demás floja y desaliñada, la cual harto justifica lo del «humilde idioma» que los rivales de Cervantes le achacaban. Y con esto no me refiero única ni principalmente a las impropiedades verbales, a las intolerables repeticiones o retruécanos, a los detalles repugnantes que nos chocan, ni, por fin, a los retazos de pesada grandilocuencia que nos abruman; sino a la contextura generalmente desmayada de esa prosa de sobremesa: a su fácil chorrear de aguachirle, que disuena —sin necesidad de acudir a comparaciones extrañas— con tantos pasajes de estilo expresivo y fuerte como abundan en las Novelas ejemplares y en este mismo Quijote. Muchos oasis tales, felizmente, amenizan aquel arenoso yermo de Castilla. Cada etapa del largo viaje manchego tiene sus gratas estaciones, como otras tantas ventas que pudieran parecernos castillos, a brindársenos tan aseadas y provistas como son pintorescas. Pero está el gran encanto de la jornada en los dos compañeros de ruta que no nos abandonan y cuyo interminable dialogar nunca nos cansaría si otros caminantes no vinieran con sobrada frecuencia a terciar en el sabroso coloquio. De más está decir que no tengo espacio para citar o siquiera señalar los pasajes admirables de la obra: tal inventario sería materia, no de una conferencia, sino de un curso trimestral sobre el Quijote. Por otra parte, no es exhibiendo algunos trozos selectos como os haría valorar el conjunto: una pepita de metal nativo, por descomunal que fuera —y tampoco las hay en el quijotesco criadero— nada nos enseñaría sobre la riqueza del placer aurífero, que sólo resultará del laboreo. Con referirme a ciertos pasajes célebres y deciros, por ejemplo, que las pláticas del ingenioso hidalgo en casa de Miranda, sobre los hijos y la poesía, son dignas, ya de Montaigne, ya de Rabelais, no os habría mostrado por qué Cervantes, con sólo haber dado vida a don Quijote y Sancho Panza, es más grande que Rabelais o Montaigne, ya que humanamente los genios se miden por la altura de sus estatuas, comprendida en ésta la de los pedestales.

Y no es ciertamente que los dos primeros nombrados no estén muy encima de Cervantes por lo vasto de la cultura y la amplitud intelectual. Se necesita padecer el delirio fetichista para descubrir un hombre de «progreso» —como muy vulgarmente se dice— en este «cristiano viejo», imbuido en las más rancias preocupaciones de raza y religión, desde el odio a los moriscos y herejes hasta la veneración del derecho divino de los reyes y de la natural superioridad de los aristócratas ¡en el que profesaba una firme creencia en filtros, amuletos, pronósticos de la astrología judiciaria y demás supersticiones de la época! Nada de «moderno» asoma en Cervantes, ningún presentimiento del porvenir. En ese burlesco gobierno de la ínsula Barataria no hay sino facetas dignas de Patrañuelo: ni una sospecha de lo que hubiera diseñado seguramente, adelantándose a su tiempo, un precursor de la talla de Thomas More, el luminoso soñador de Utopía. Ya tengo mostrado que tampoco se revela en Cervantes un escritor relativamente «artista», a lo Argensola o Góngora. Pase que en el largo vagar y la vida al aire libre de su pareja no despunte nunca el moderno sentimiento de la naturaleza: es achaque de «raza», para usar el término corriente e inexacto. Con poseer España admirables pintores de cuerpos y almas (uno de ellos, Velázquez, igual a los más grandes de otras naciones), no ha tenido hasta ahora un verdadero paisajista: ut pictura poesis. Digamos, sin embargo, para no exagerar, que, al lado de sus insípidas descripciones «poéticas», tomadas en los libros, se encuentran en el Quijote algunas rápidas visiones de naturaleza, si bien más sugeridas que presentadas: tal, verbigracia, aquel croquis del Toboso dormido que, con cuatro o cinco rasgos triviales, produce una sensación total tan penetrante como el Nox erat de Virgilio. Y acaso sea uno de los misterios del genio el dar la impresión de las cosas sin describirlas... Formuladas todas las reservas legítimas (y confieso que no las he escatimado), quédale a Cervantes, lo repito, la gloria de haber animado aquellos dos tipos eternos que, dotados de una vida imaginaria más intensa que la de ningún ser de carne y hueso, e incorporados por siempre a la familia espiritual de la humanidad, bastan para consagrar a su autor entre los grandes maestros del arte.

Me falta decididamente el tiempo, señores —pues no quiero abusar de vuestra benevolencia-, para detenerme, como fue mi propósito, en la evolución del Quijote durante sus tres siglos de propagación y risueño apostolado por el mundo. Es sabido que el favor público lo acogió inmediatamente, si bien su éxito no igualó al pronto el de otras novelas contemporáneas, como el Guzmán. En realidad, la aceptación y fortuna del libro le vino principalmente del «extranjero» (es el caso de galicizar), en especial de Francia e Inglaterra, alcanzando su auge indiscutible a mediados del siglo xviii. Al paso que se multiplicaban las ediciones de la obra (unas ochocientas hasta la fecha, de las cuales la tercera parte son españolas), se alejaban más y más del primitivo concepto del autor los criterios diversos con que se la juzgaba, así en España como fuera de ella. Hoy ningún espíritu sensato pone en duda que el único designio del escritor, por él mismo proclamado, fue burlarse de la ya moribunda literatura caballeresca. Pero lo que de veras se hallaba en el libro, su mismo padre jamás lo sospechó; y nunca como en el caso presente se puso en claro la parte de inconsciencia, de Unbewusste, diría Hartmann, que entra en los actos del genio. Recordáis que, juntamente con la Segunda Parte del Quijote, estaba Cervantes terminando el Persiles; ahora bien: ese insípido relato de aventuras era el libro que él consideraba muy superior al otro y el mejor de los suyos. En cuanto a los contemporáneos, se dividieron respecto al Quijote entre el «vulgo necio» que, sin buscar tres pies al gato, se divertía ingenuamente con las hazañas de don Quijote y las patochadas de Sancho; y los «del mismo oficio», que afectaban desdeñar por igual a unas y otras. Empero, corriendo los años, y en presencia del creciente favor que la obra alcanzaba en Europa, fue elaborándose de rechazo en España el culto cervantista; el cual, como siempre ocurre allí donde la pasión nacional acalla y anula toda crítica, se exaltó hasta adquirir, durante el pasado siglo, los caracteres de un fanatismo intransigente. Y fue la era, que todavía dura, del esoterismo quijotesco y del ciego endiosamiento de su autor: adoración perpetua que no ha producido, ni podía producir, un solo juicio memorable. Y por extraño contraste, tal aberración se avenía con otra del cervantismo, que era cifrar el milagro de la obra maestra en la sal gruesa de su estilo jocoso, y desde luego, en los dicharachos de Sancho Panza: lo que equivaldría a encerrar la grandeza del teatro molieresco o shakespeariano en la jerga de sus aldeas o las cabriolas verbales de sus clowns. En ello estaría el busilis, o sea lo que el estimable paremiólogo y fervoroso cervantista don José María Sbarbi llamaba en un terminacho (no sé si diga «hepta» u «octosílabo») la «intraducibilidad» del Quijote. El excelente P. Sbarbi, que, con ser presbítero, no sabía de esta misa la media, ignoraba que los únicos estudios sustanciales que acerca de este evangelio profano existen, se han hecho sobre traducciones, generalmente malas, pero suficientes para trasegar el vino genial. En medio de estas divagaciones, en efecto, la crítica europea, colocándose a igual distancia del frívolo designio de Cervantes y del que llamé culto idolátrico a base de esoterismo, simbolizaba en el hidalgo y su escudero las dos fases, ideal y material, del homo duplex, opuestas e inseparables como el anverso y el reverso de una medalla. La posteridad, finalmente, otorgaba al Quijote su puesto definitivo entre las más altas y sanas producciones del genio humano, cerrando los ojos a sus enormes deficiencias, en gracia de sus bellezas perdurables.

En conclusión, señores, el concepto primordial que espero dejar sembrado en vuestro espíritu, para que vuestra reflexión a su tiempo lo desarrolle, es que la obra maestra no nace por la sola operación del genio, sino que se hace con el concurso anónimo y prolongado de las generaciones, quienes, interpretando y como plasmando a su grado la obra primitiva, le allegan una verdadera colaboración. Tal es el criterio que me ha guiado en la presente y muy defectuosa conferencia. La califico así sinceramente; y, para que no pongáis en duda esta sinceridad, os confesaré con la misma franqueza que pienso haberme mostrado menos inferior a mi asunto en ciertas páginas de la obrita varias veces citada y publicada en París, hace algunos años 5 Sea como fuere, he terminado. Sólo me resta, señoras y señores, agradeceros vuestra benévola y meritoria atención, deseando que así, imperfectas y someras, como mis dos conferencias han resultado, no dejen de contener un estímulo para los estudiosos, ya que no un regalo para los amantes de las letras.

Notas

  • (1) P. Groussac, Une énigme littéraire. Le don Quijote d'Avellaneda. volver
  • (2) P. Groussac, obra citada, donde se estudia más de cerca esta cuestión. volver
  • (3) Véase la nota relativa a ese pasaje en mi Énigme littéraire, pág. 66. volver
  • (4) Véase Une énigme littéraire, pág. 127. El profesor Rodolfo Lenz, de Chile, en la pág. 859 de su Diccionario de voces chilenas... suplemento al artículo chancho, ha tenido la lealtad de rectificar su propia etimología indígena, que era la universalmente adoptada, transcribiendo in extenso mi página en francés. En caso semejante, los críticos a lo Menéndez y Pelayo empiezan por negar el hallazgo que vulnera su infatuación: tal ha sucedido —entre otras cosillas— con el enigmático soneto liminar de Solisdán, cuya solución me reconocen todas las ediciones recientes del Quijote, contra la negación gratuita del que «lo sabía todo». volver
  • (5) Se han transcrito casi literalmente algunos párrafos de dicho estudio, que no parecía posible sustituir sin debilitar el concepto. volver
  • (*) Conferencia dada el 10 de Noviembre de 1919, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, publicada en Crítica Literaria (1924), y en Lo mejor de Paul Groussac, selección de Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Fraterna, 1981, págs. 238-257. volver
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