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El «Quijote» en América

Un Quijote argentino

Por Alberto Gerchunoff*

He aludido a la guerra de 1914 a 1918. Contaré con tal motivo un episodio hermosamente quijotesco, que conturbó, admiró y mantuvo en suspenso, temerosos y angustiosos, a los que fuimos amigos cercanos de su protagonista. Quiero hablar de la acción de Roberto Payró durante la ocupación alemana de Bruselas, en aquellos años de la conflagración. Payró se radicó en Bruselas, con su familia, en 1909, deseoso de vivir en Europa, después de servir, por espacio de treinta años, a la cultura de nuestro país, en el periodismo, en la novela, en el teatro, del cual fue uno de los creadores iniciales, y continuar, en el retraimiento de una atmósfera propicia, su obra ya caudalosa de escritor. Habitaba un hotelito, amplio y gracioso, en la Avenue Brugmann 327, con una sala espaciosa de trabajo, con todos sus libros de Buenos Aires, con ventanales luminosos que daban al boscoso boulevard, y una veranda de cristal en el fondo, sobre un jardín, con chimenea de caño de hierro forjado y llena la estancia hospitalaria de banquetas de color vivo, de butacas floreadas, de pailas, de jarras de cobre, de morteros de bronce oscurecidos por siglos, de grabados, de cuadros. Este eximio escritor y eminente argentino planeaba allí, en su madurez robusta, las novelas del ciclo de la conquista y del coloniaje de América, con el pensamiento límpido, con el ingenio gozoso, el optimismo sin candor que traslucía su fe en el destino de la humanidad y en el destino de su patria. Allí lo visité en el invierno de 1914 y disfruté del acogimiento de su casa, tan familiar, para mí, tan mía, tan hendida en mi recuerdo como la que habitaba en Buenos Aires y que frecuentaba casi desde mi infancia, porque, he de decirlo con modestia y con orgullo, Roberto Payró ha sido mi maestro, mi amigo grande, mi hermano altísimo, mi amparador y mi animador bienamado. Se entenderá, naturalmente, que me comprenden las generales de la ley y mi opinión podría, por semejante causa, ser motejada de parcialidad. Dios me ha librado hasta ahora de la incolora y proficua ventaja de la neutralidad, de la imparcialidad, de la equidistancia en materia de opinar y de juzgar hombres y acontecimientos y me ha permitido situarme en lo verídico, en lo justiciero, en el discernimiento entre el bien y el mal. Hablaré, con esa certidumbre de lealtad hacia lo bueno y lo digno, de que fue un dechado ese maestro y ese amigo, que enalteció mi vida con su consejo fraternal y su amistad, de lo que lo engrandeció y lo sublimó en el transcurso de la dominación prusiana en Bruselas.

Pudo Roberto Payró, con la diligencia amistosa del ministro argentino en la capital belga, salir del territorio sojuzgado, regresar a su tierra natal, o trasladarse a España o Suiza, sin molestias ni inquietud en lo que concernía a su bienestar y al de su gente. ¿Quién hubiera podido reprochárselo? Pero creía deberse a sus principios de representante de ideales humanos, de la indeclinable caballerosidad espiritual, de la innata investidura quijotil de la verdad y de la justicia, que es una responsabilidad de escritor, de hombre que va al pueblo, con su verso, con su drama, con su cuento, con su novela, con su llamamiento en el periódico. Se quedó, como vengo diciendo, en la Avenue Brugmann, en su hotelito atestado de anaqueles, para estar junto a sus compañeros de letras, que iban a su casa y a los cuales veía casi diariamente, tales como Arnold Goffin, el sapiente traductor de las Florecillas de San Francisco de Asís, el ensimismado pintor de Gouvre de Nuncques, el escultor Lagae, Hostelet, Solvay, Maurice Kuferath, el ilustre musicógrafo y comentador de Nietzsche y de León Tolstoi. Consideraba que gozaba de la hospitalidad de un país bello y generoso, puesto que lo admitió en su sociedad más elevada, y le debía su solidaridad en la hora de su desventura. Los militares del Káiser, no diferentes de los militares de Adolfo Hitler, hicieron sentir muy pronto a la población su rigor de invasores despóticos con actos que resultan probablemente de suavidad femenina si los cotejamos con los que entenebrecieron al mundo, de 1940 hasta las ofensivas rusas y la invasión anglo-americana de Italia y de Francia. Los belgas, viejos y jóvenes, se pusieron en la faena trágica y sigilosa de obstruir al invasor, de espiar sus movimientos para informar al ejército patriota que luchaba con grandioso denuedo en Francia, de remitirle, deslizados en las tinieblas, a combatientes voluntarios, que gateaban en la noche por las proximidades de las fronteras, de dificultar las operaciones, la acción cotidiana de los directores del Cuartel General, de defender a los ciudadanos sospechosos de conspiración o de ayuda a los aliados. Payró actuó en esa peligrosa faena del patriotismo belga, con los políticos, con los periodistas, con los escritores, con los estudiantes. No se satisfizo nuestro compatriota con esa labor disimulada y expuesta a riesgos mortales, en que estaba complicada, y fue llevada ante el pelotón de soldados que la fusiló, la serena y angélica Miss Cavell. Se sintió obligado, por ser periodista, antiguo redactor y colaborador de La Nación, a denunciar a la opinión mundial los horrores de la barbarie germánica. La Nación publicó sus correspondencias acusadoras y el público argentino y americano supo así lo que era y representaba en la práctica la hegemonía de la Alemania de la técnica y de las universidades, de su filosofía constructiva, de su filosofía del super-hombre, del super-pueblo y de la super-nación dolicocéfala y grasientamente blonda. Los coroneles de la Kommandantur, o sea, del Cuartel General en Bruselas, se dieron a inquirir datos sobre el hombre, misterioso para ellos, que revelaba sus asesinatos, atropellos y vejámenes, la resistencia ingeniosa de la masa popular, la astucia del boycot, las travesuras enredadoras de los muchachos belgas. Payró iba al café, charlaba con sus contertulios, mientras en su biblioteca yacían escondidos los manuscritos comprometedores, las notas sobre fusilamientos, sobre encarcelamientos y desapariciones, y en el desván de la Avenue Brugmann se ocultaban, de tanto en tanto, mozos conducidos de burgo en burgo y que esperaban el instante oportuno para escurrirse en la oscuridad hacia el límite con Holanda. No tardaron los precursores de la Gestapo en descifrar el enigma de las publicaciones de Buenos Aires y dar con su autor razonada y fríamente audaz. Registraron su casa con la minuciosidad kantiano-germana, que es un rasgo de la aptitud científica de la raza incuestionablemente aria. No hallaron allí documentos probatorios, más de una vez al alcance de su mirada o de sus manos. Pero comprendieron que estaba ahí el culpable y, pese a la protección del ministro argentino, estuvo en repetidas circunstancias por caer en las zarpas de la Kommandantur, que lo declaró virtualmente su prisionero, con el deber de presentarse todos los sábados a sus oficinas. Payró ha referido sus aventuras de Bruselas en una detenida narración, que yo publiqué después del armisticio de 1918 en El Álbum de la Victoria, y que tiene el valor de un documento literario e histórico de singular importancia para el conocimiento del período de dominación de los alemanes en Bélgica durante la guerra anterior. La vigilancia de los oficiales de la pre-Gestapo no impidió a Roberto Payró continuar sus trabajos de admonición periodística, de participar en los cenáculos de liberación que funcionaban allí donde había belgas, quiero decir, en todas partes. Ese hombre corpulento, de frente arquitectónica, de ojos diáfanamente azules, de rostro pálido, nervioso, inquieto, de fantasía divagante y de resolución decisiva, movida a impulsos de su generosidad, cumplió con su misión quijotil de escritor y de publicista, de huésped de una ciudad asolada por una nube de vándalos.

La actitud magnífica de Roberto Payró en Bruselas no solamente no me extrañó por conocerlo tan profundamente, por su íntimo lineamiento psicológico, por su inagotable humanidad, sino por su educación cervantina. Payró, el traductor de la más expresiva literatura francesa del siglo XIX, era de lejano origen hispánico, como lo avisa la cadencia de su apellido, con raigambre enjundiosa en su espíritu, y nos lo muestra, por lo demás, la última etapa de su obra novelística. A esto agregaba su afición a Don Quijote de la Mancha. Asiduo lector del libro portentoso, lo paladeaba, lo conversaba, barajaba el refranero de Sancho con jubiloso entretenimiento, aplicaba los ejemplos quijotescos a los sólidos contratiempos de la vida, los comentaba con interpolaciones de estrofas del Viejo Vizcacha. —No te canses de leer el Quijote, acostumbraba a decirme en las reuniones del fonducho en que nos reuníamos, terminado el trabajo en la redacción, con Emilio Becher, con Martiniano Leguizamón, con Joaquín de Vedia, con Martín Malharro. Yo me atenía a su recomendación docente. Ese amor a lo quijotil lo enhiestó en su heroísmo sin jactancia en el día que debió hacerlo, como un soldado de la justicia, de la civilización, de la dignidad. En 1919 regresó a Buenos Aires. Lo recuerdo perfectamente bien. Nos juntamos en el restaurante entre varios, y un asistente a la mesa, no poco sanchesco, le asestó esta inefable pregunta:

—¿Por qué no se fue a España, al comienzo de la guerra? Se habría evitado los trastornos que sufrió. ¿No le parece, don Roberto?

A Joaquín de Vedia se le crisparon los puños y a Emilio Becher se le contrajeron las mandíbulas en una tensión alarmante; lo miró largamente y dijo:

—¿Ha leído usted Don Quijote? Léalo, amigo mío, y encontrará la respuesta que don Roberto no le puede dar...

  • (*) En Retorno a don Quijote, cap. IV, Buenos Aires, Sudamericana, 1951, págs. 43-53. volver
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