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El «Quijote» en América

Don Quijote, personaje de la literatura argentina

Por Delfín Leocadio Garasa*

Un cuento de Manuel Mujica Lainez, incluido en Misteriosa Buenos Aires (1951), titulado «El Libro», refiere el arribo en 1605 a la Villa de la Santísima Trinidad de un barco en cuya bodega venía escondido un contrabando de telas, ornamentos y armas, inventariado por un pulpero con ayuda de un joven escribiente. De pronto apareció un objeto inesperado: un libro de amarillenta cubierta de pergamino, editado ese mismo año, un libro de burlas a juicio de un dominico que andaba por allí compartiendo una partida de naipes. La dedicatoria al duque de Béjar lo disuadió de llevarlo al delegado del Santo Oficio, pues había que desconfiar de la letra impresa, tras la que solía acechar el Maligno. Al cabo de un rato, todos se retiraron y el escribiente pudo echar una ojeada al libro abandonado en un rincón. Sin duda —pensó- se trata de un libro de caballerías, pero también de burlas, pues se mencionaban ejércitos de carneros, venteros socarrones y manteada de escuderos. Lo mejor era salir de dudas leyéndolo. Nunca pensó que lo atraparía tanto su lectura que olvidaría su cita nocturna con la pizpireta hija del pulpero. Ésta, cansada de esperar, fue a buscarlo y le reprochó su descortesía. Y no conforme con eso se apoderó del libro causante del olvido de su galán y destrozó sus páginas enroscando algunas despechadamente en su pelo.

Es sabido que las disposiciones reales prohibían expresamente la entrada en Tierra Firme de libros de ficción, no fuera que sembraran en las mentes de los indios y sus conquistadores malos ejemplos o ideas peligrosas. En el Libro primero de las Provisiones, Cédulas, Capítulos de ordenanzas... tocantes al buen gobierno de las Indias (1596) se lee que

de llevarse a esas partes libros de romance de materias profanas y fábulas, así como los libros de Amadís y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes; porque los indios que supiesen leer, dándose a ellos, dexarán los libros de sancta y buena doctrina y, leyendo los de mentirosas historias, deprenderán en ellos malas costumbres y vicios...

En cuanto a los españoles, bastante los trastornaba el Nuevo Mundo con tanta cosa insólita para que esas fruslerías profanas vinieran a echar leña al fuego. Y sin embargo, según ha señalado F. Rodríguez Marín, muchos ejemplares de Don Quijote trasgredieron tan prudente disposición y a fines de 1605 había en América más de mil quinientos ejemplares de El ingenioso Hidalgo.

Explícase así que en el pueblo de Pausa en el Perú, en 1607, en las festividades en honor del nuevo virrey, marqués de Montesclaros, en un desfile de máscaras y carros alegóricos, apareciese de pronto

por la playa el Caballero de la Triste Figura don Quijote de la Mancha, tan al natural y propio de como lo pintan en su libro, que dio grandísimo gusto verle. Venía caballero en un caballo flaco muy parecido a su Rocinante... acompañábale su leal escudero Sancho Panza, graciosamente vestido, caballero en su asno albardado y el yelmo de Mambrino...

Más detalles sobre estos festejos pueden verse en F. Rodríguez Marín, El «Quijote» y Don Quijote en América, Madrid (1911). Había sido tan grande el estímulo de la novela sobre lectores y oyentes que sus personajes habían saltado de sus páginas a las calles, cosa que estaba sucediendo por ese entonces en Europa. Las criaturas cervantinas realizaban así un destino que había sido negado a su autor, que en 1590, viéndose pobre y desvalido, había pedido pasar a América. En su solicitud dirigida al rey, Cervantes puntualizaba su hoja de servicios, en la Batalla Naval (Lepanto), el arcabuzazo en la mano, el cautiverio, las hermanas solteras sin dote, su empleo como acopiador de la Invencible. Con estos antecedentes «pide y suplica humildemente sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias». Incluso menciona que sabe que «al presente están vacos en Nueva Granada, Cartagena, Guatemala y la ciudad de La Paz», no lejos de donde desfilarían sus personajes. Pero el dictamen del Consejo de Indias fue adverso: «Busque por aquí en que se le haga merced» —escribió un funcionario en junio de 1590. Cervantes nunca pudo sospechar que dos criaturas suyas todavía inexistentes, quizá esbozadas en su redaño oscuro, lo representarían tan airosamente en estas tierras tan remotas adonde se le impedía probar mejor suerte.

Deberán pasar siglos para nos reencontremos con don Quijote en el territorio que llevaría el nombre de lo que en tiempos de Cervantes era apenas un adjetivo culterano. A fines del siglo XIX el hidalgo asume la extravagante figura de un sarcástico utopista, forjador de un imperio en una zona desértica del continente. Tal reaparición tiene lugar en la obra alegórico-satírica de Juan Bautista Alberdi, Peregrinación de Luz del Día y Aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo, escrita por el publicista tucumano en su exilio de Londres. En ella destila acerbos juicios sobre la nación Argentina de 1870, en la que veía desvirtuados y escarnecidos los ideales redentores alguna vez proclamados por su generación. Por ese entonces habían surgido escisiones en el antiguo frente de lucha contra la tiranía rosista, frente que veinte años atrás parecía consolidado en sus miras y rechazos. Se habían producido colisiones en la lucha por el poder, antagonismos suscitados por la ambición, coincidencias que tiempo atrás hubieran sido inimaginables (como el encuentro en Inglaterra y el posterior epistolario entre Alberdi y Rosas), de resultas de lo cual la misantropía se había apoderado del antiguo músico de la Asociación de Mayo de 1837. El entonces Figarillo, satírico de las costumbres, sobrevivirá, más incisivo e iconoclasta, tras el constitucionalista de las Bases y el antibelicista de El crimen de la guerra.

La alegoría de esta sátira es escueta en su esbozo y no siempre coherente en su desarrollo. La Verdad, hastiada y defraudada de Europa, decide viajar a América. Llega al Río de la Plata en 1871 y allí encuentra, disimulados con engaños y disfraces, a varios tipos literarios europeos: Tartufo, don Basilio, Gil Blas, Fígaro —alusiones trasparentes a personajes coetáneos— que simbolizaban antiguas corruptelas: la hipocresía, la difamación, el oportunismo, etc. Su presencia es gravitante en el ámbito nacional, aunque para ello hayan debido modificar sus apariencias. Así Tartufo ya no se finge devoto, sino prefiere adoptar el papel de educador liberal. Don Basilio no es el inofensivo calumniador de los salones como en Beaumarchais y Rossini, sino utiliza el libro y la prensa como armas destructoras, etc. Demás está decir que la pobre Luz del Día pasa del asombro a la indignación y vive amargas experiencias que la llevan a la cárcel, donde tiene por compañeras a la Justicia y a la Libertad, pues tal es el destino que aguarda a quienes disienten de los valores establecidos en la nueva sociedad.

Entre los personajes literarios que desfilan por estas acres páginas de Alberdi tenemos a don Quijote. Es aludido por Gil Blas como perteneciente a «una casta de locos», que persiguen quimeras y no temen los golpes o el martirio con tal de alcanzar notoriedad. Hacen punto de honra el mofarse de la gente respetable y alardean de virtudes abstractas como el desinterés y el patriotismo. Desprecian el boato y el éxito, sin pensar en el riesgo que corren de caer bajo la maledicencia de don Basilio o las argucias de Tartufo o Gil Blas. No obstante, Luz del Día quiere tener noticias de él y de otros personajes españoles en América (Pelayo, el Cid), genuinamente españoles y no provenientes de rebuscadas adaptaciones de Beaumarchais o de Lesage. Le pregunta por ellos a Tartufo y éste responde que si bien son los más antiguos, están irreconocibles por «el influjo del régimen de América». ¿Qué papel les cabe en las nuevas tierras dominadas por el comercio y el capitalismo extranjero a estos héroes luchadores contra el infiel? Todavía en tiempos de la Independencia su acción contaba, pero luego debieron disimularse en las ciudades con el hábito de la poltronería y la flojedad o salir al descampado donde son vistos como caudillos excéntricos o fanáticos, al borde de la barbarie, repudiados por los más y sólo adorados por algunos ilusos.

Por fin, un español equívoco, Fígaro, le explica a la perpleja Luz del Día que la libertad en América es sólo un don engañoso, no accesible al pueblo a merced de los pillos y los locos. Entre éstos se halla don Quijote que, peor que en la novela de su nacimiento, todo lo confunde, no sólo los molinos con gigantes y los odres con dragones, sino otra vez los carneros con hombres, la letra impresa con realidad viva, decretos de redacción confusa con disposiciones naturales. Otra vez los libros le han secado el cerebro, pero no ya aquellos que exaltaban las hazañas de Lancelot o Tirante, sino otros igualmente fabulosos, que su locura toma por fidedignos. Uno de esos libros es el Origen de las especies de Darwin, que le ha hecho creer como en artículo de fe en la selección natural y la perfectibilidad infinita de los seres. Nuestro caballero poseía una estancia en la Patagonia, «cerca de la colonia inglesa de las Falkland», poblada por unos miles de carneros, cuya creciente adaptabilidad podrá convertirlos en hombres cabales. ¿No había sido por allí mismo, en la Patagonia, donde Darwin había concebido su teoría? Ahora él mostraría al mundo que en su república de carneros se materializaba una Utopía ideal. Para ello contaba con la ayuda de un mayordomo gallego, diligente y algo codicioso, que respondía al nombre de Sancho, aunque físicamente se diferenciaba del escudero cervantino, como también se diferencia don Quijote.

El nuevo estado de Quijotanía no vive de su tradición, no añora una remota Edad de Oro, sino mira hacia un futuro segregado de su historia, no afianzado en su índole sino en imposiciones financieras oriundas de otras tierras de tradición e historia diferentes. Situada en el extremo austral, debe regirse por una Carta Magna del Norte, administrada por un congreso carneril que algún día tendrá voz propia y decisión, pero por el momento sólo profiere un complaciente balido aprobatorio. El mayordomo duda de que tal estado ovino prospere, pero don Quijote es un empecinado:

¡Candoroso! —responde a sus reparos. ¡Tú crees que los otros estados se componen de otra cosa que de animales! Aunque simulen lo contrario, los ciudadanos no son sino dóciles carneros. Poca distancia hay de sus méeee a los yeees de los sajones.

Quijotanía tiene sus academias, sus códigos, sus leyes y derechos, aunque predominen las prohibiciones sobre las atribuciones y las reglamentaciones anulen las prerrogativas. Don Quijote cree que basta ordenar jurídicamente la transformación para que los carneros se conviertan en hombres. Hay inconvenientes con el cuatrerismo, de que interprete el balido como deseo de cambio y se apodere de la Patagonia. Finalmente, don Quijote fracasa y es destituido, proscribiéndose el libro causante de su locura. Sólo quedará al Hidalgo alejarse y renunciar a su proyecto, pues la Argentina nada tiene que ver con el mundo que aparece en la novela de Cervantes. Tampoco tiene mucho que ver la versión de Alberdi, si bien mantiene algunas puntas satíricas, pero su don Quijote es más un pretexto literario que una réplica fiel y original. Otras criaturas ficticias podrían haber protagonizado su utopía patagónica.

En 1884 apareció en Buenos Aires una revista satírica, titulada Don Quijote. Seminario de caricaturas de orientación política. Se ridiculizaba allí a personajes de la época y, sin color definido, todos los pretextos eran buenos para el despliegue de un ingenio de cuño netamente hispánico, impuesto por su director, Eduardo Sojo, y cultivado por sus adláteres Manuel Mayol y José María Cao. Don Quijote, junto con su colega El Mosquito, constituye un puntal del periodismo ilustrado en la Argentina. Su publicación se fue raleando y todavía duraba en vísperas de la crisis política y económica del 90, que desembocó en una serie de asonadas y revoluciones. Su director, Eduardo Sojo, fue además autor de una revista musical «bufo-política», Don Quijote en Buenos Aires, prohibida en territorio de la capital, por lo cual debió ser estrenada en el pueblo colindante San José de Flores (hoy integrante del sector urbano) en 1885. La pieza, escrita en verso, tiene interés histórico. En ella la Opinión Pública dialoga con los espectadores y luego aparece la pareja cervantina con sus atuendos tradicionales. Acaban de aterrizar en el Río de la Plata donde las cosas andan manga por hombro entre un gobierno inservible y una corte de parásitos a su sombra.

...y el estar aquí obedece / tan sólo a la nigromancia / del encantador Merlín, que en medio de una batalla / nos remontó hasta las nubes / sin lastimarnos en nada / y nos trujo por los aires / a las márgenes del Plata / a realizar altos fines / y portentosas hazañas... ¡Huérfanos y desvalidos, / doncellas, viudas, casadas, / llegad, que aquí está el famoso / don Quijote de la Mancha.

La misión de don Quijote será la de corregir los desafueros de que le da cumplida cuenta la Opinión. Luego aparece la Presidencia futura, cortejada por pretendientes nombrados en clave: el intendente don Palmerín, el Inglés, que busca hacer negocios leoninos, el Atorrante, que odia el trabajo, el Comisario, Brocha (se refiere a Dardo Rocha, fundador de La Plata), etc. El elegido será finalmente Pellegrilargo (Carlos Pellegrini), mientras la complacida Opinión confía «que alguna vez la verdad / resplandezca en todas partes». Y concluye con una proclama de esperanza, mientras suenan los acordes de un himno patriótico: «Poned en los estandartes: / "Orden, Patria y Libertad". / Ni de abajo ni de arriba / sufráis el yugo tirano / ¡Viva el pueblo soberano / de la República!».

Volvemos a encontrar a don Quijote en el Lunario sentimental de Leopoldo Lugones (1909), poemario que se anticipó a muchos hallazgos metafóricos y lúdicos de las posteriores vanguardias. Allí se incluyen fragmentos en prosa y uno de ellos es el diálogo Dos ilustres lunáticos, en el que dos desconocidos se encuentran en el andén de una remota estación ferroviaria. Es noche de luna llena. Uno de los pasajeros que esperan es rubio y lampiño, de aspecto escandinavo, porte distinguido y gestos nerviosos, según puede verse en su andar y fumar sin tregua. El otro es alto, huesudo, algo desmañado en el vestir. La interrupción del servicio de trenes a causa de una huelga les brinda pretexto para iniciar una conversación, al principio algo forzada. El primero, cuya inicial es H., según puede verse en su equipaje, está fastidiado con los huelguistas. El segundo, cuyo nombre empieza en Q., en cambio, desea luchar en favor de la justicia, aunque el camino sea largo y arduo. No tarda en percibirse que H. es un aristócrata que desdeña las veleidades redentoristas de los humildes. Por lo contrario, Q. se subleva contra las iniquidades y corre a remediarlas. Un débil que sufre lo acongoja y jamás mira de qué lado está la Ley, pues a menudo es instrumento de la injusticia. Ve en H. un deshumanizado intelectualismo, mientras H. intuye en Q. a un anarquista, no demasiado peligroso, pero que exige cautela.

A medida que la conversación prosigue, Q. muestra su predilección por el riesgo, por el héroe que afronta solo una organización opresora. No importan los medios. La espada y la bomba pueden estar al servicio de las causas más nobles. No le preocupa el logro inmediato. Sus ideales se ciernen en el porvenir. No en vano es espiritualista, al revés de H. que se confiesa materialista, incrédulo de muchas quimeras, entre las que incluye el amor. Eso no le ha impedido hablar con fantasmas, que lo han confirmado en su hastío y en su misoginia. Q. no comparte tales sentimientos frente a la mujer, que es para él compensación de inclemencias, coronación de esfuerzos, remanso y hoguera. Si lo sabrá por experiencia, él que ha amado a un milagroso dechado de perfección, tan sensible, pura y discreta que nadie la ha visto, que cualquier contacto la profanaría. No es ésta la opinión de H. No siquiera la luna lo inspira y lo fastidian tantos epítetos que le han endilgado los poetastros. Q. entonces sale en defensa de la luna y de la mujer. Sólo le quedará batirse a duelo con ese insolente despotricador. Saca así su tarjeta y se la entrega a su adversario, que a su vez lo imita. Al leer su identidad respectiva, ambos se asombran: uno es nada menos que el príncipe Hamlet y el otro Alonso Quijano. Se miran de hito en hito, como no dando crédito a sus ojos, mientras comprueban mutuamente que han desaparecido, ausencia que el espectador no tardará en confirmar. En el andén vacío se advierte que este encuentro no ha transcurrido en el tiempo sino en la eternidad de sus apariencias intangibles. El hidalgo manchego, tocado por la vara mágica del gran poeta argentino, se ha convertido en evanescente entelequia, en engendro ilusorio surgido al sortilegio del resplandor lunar.

Don Quijote acompañó como presencia viva desde su infancia a Alberto Gerchunoff, el antiguo inmigrante judío que llegó a ser escritor de fuste, mentor de periodistas. Así lo reconoció en su cálido libro de 1938, La jofaina maravillosa: agenda cervantina. Recuerda allí la acción transfiguradora de este contacto, tanto lo sedujeron sus anhelos de justicia, sin importarle la ingratitud de Andresillo. Más tarde, hizo suya la imagen inalcanzable de Dulcinea. Poco a poco la pareja trashumante se tornó más y más corpórea y el hidalgo y su escudero se incorporaron al propio paisaje. Los vio como paladines en pugna contra la mediocridad, contra el hueco relumbrón, contra la prudencia pusilánime, contra el desdén fatuo de los satisfechos, contra los conservadores de lo caduco. Claro que don Quijote es un inadaptado, un anacrónico. ¿Cómo, si no, su febril fantasía puede creer en tanta soñada utopía?

Pero él se sabe diferente, tiene conciencia de «su sonambulismo grandioso», de ser un perseguidor de quimeras y de la casuística que había reemplazado la política, la religión, la justicia y hasta la convivencia. Sabe ser, cuando cuadra, cuerdo, galán y cortés. La visión de Gerchunoff se parece a la de Unamuno en que abstrae al personaje de su contexto. Pero se diferencia en cuanto afirma la raigambre cervantina, pues el hidalgo surgió de los ensueños y frustraciones de su creador. A Cervantes dedica, pues, Gerchunoff párrafos dictados por cálida afinidad. De sus vivencias y anhelos salieron todos sus personajes, tanto Preciosa, Luscinda, Galatea como don Quijote con su celada de cartón y su ridículo yelmo de barbería, pero capaz de infundir denuedo en los más cautos e ilusión en los más apocados, de conferir belleza a una zafia labradora con sólo ponerle un nombre prestigioso, ya que las palabras poseen su propia magia y le baste con llamar «damas» a dos mozas del partido para que ya ningún viandante se atreva a propasarse con ellas en su trato. Si hasta Rocinante se sentirá etéreo y raudo cuando su amo lo espolea en sus arremetidas, guiadas siempre por la piedad y el amor. También estas páginas de Gerchunoff son un testimonio de amor del inmigrante en América, identificado con la lengua, no la lengua de la España monumental, culta y funeraria, sino la de aquellos que pasaron el mar en pos de un sueño.

Marco Denevi, novelista y cuentista moderno, es autor también de una breve pieza teatral, Los cuerdos y los locos, de tono farsesco, en la que se asiste a una original transformación de don Quijote de caballero andante en caballero de industria, de platónico amante de una doncella imaginaria en embaucador de rameras de baja estofa. Sancho le prepara el terreno. Llega a una mancebía del Toboso fingiendo buscar a Dulcinea. Atendido por la regenta, una tal Celesta, le expone la vaga filiación de la doncella y de paso las prebendas que el caballero, su amo, se dispone a distribuir generosamente entre sus criados y favorecedores. Esto excita la codicia de Celesta, quien quiere nada menos que el virreinato de Nápoles. Lamentablemente, con los datos tan vagos que Sancho aporta, no le es posible localizar a Dulcinea, que nadie, ni el propio caballero, ha visto jamás. Vale decir que cualquiera puede ser Dulcinea, siempre que logre espolear la imaginación del estrafalario don Quijote. Cualquiera de sus pupilas, incluso ella misma, podría ser Dulcinea.

Expuesto el juego, Sancho sale y regresa con don Quijote en persona. Pero contrariamente a lo esperado, el hidalgo no se llama a engaño, no confunde lugares y personas. En vano Sancho invoca a Merlín para explicar la mutación del esperado palacio en pocilga y de las damas en espantajos. Don Quijote es aquí realista y pragmático, lo que le interesa es la posición económica de su dama, no tanto su hermosura y mucho menos su juventud, ¿qué haría un cincuentón gastado por la caballería con una doncellita de dieciocho años? Celesta, asumido su papel de Dulcinea, no se mostrará esquiva, siendo de suyo generosa, y bendecirá cualquier empresa heroica, tanto más cuanto de ella deriven tangibles beneficios. Claro que también es previsora y se hará firmar un contrato. Don Quijote la complace, aunque pondrá sus condiciones. Las campañas que emprenderá no se solventan solas. Será menester una contribución de sus eventuales beneficiarios. Celesta y sus pupilas le entregarán así dinero y hasta sus collares, brazaletes y anillos. No son muy valiosos, pero algo dará por ellos el genovés. Y así llega el momento de partir hacia el riesgo y la gloria, pero antes habrá otra etapa: Sancho deberá buscar a Dulcinea en Esquivias, aldea cercana, usando la misma estratagema indagadora y las mismas promesas. Celesta queda tan contenta y don Quijote prosigue su camino en busca de otras incautas. Tenemos en Denevi una desmitificación de don Quijote, muy alejado por cierto de su locura redentora.

En la Argentina se han publicado importantes estudios sobre la novela de Cervantes. Pero en estas páginas —que ni de lejos pretenden ser exhaustivas— prefería seguir al personaje, liberado del discurso literario primigenio, en otros senderos y circunstancias, mostrado en diversas virtualidades tributarias o divergentes del modelo original. Tal parecía ser el destino de don Quijote desde antes de su tercera salida, cuando ya corrían dos versiones de sus aventuras, que Cervantes procuró deslindar en nombre del decoro y la verosimilitud. Pero su criatura lo arrastraba a ser testigo y cronista de nuevas andanzas. Al hacerlo morir, quizá pensó en una especie de exorcismo, en aligerarse de un sueño que se estaba volviendo obsesivo. Borges en una parábola recuerda que la muerte de don Quijote, soñada por Cervantes, precedió en poco tiempo a la de su soñador, con lo cual el autor de «Las ruinas circulares» insertaba una obra maestra en una de sus dilectas direcciones temáticas. Don Quijote muere cuerdo, en su recto sentir y entender, salvándose así la locura que proseguirá unida como atributo de su arquetipo. Don Quijote seguirá recorriendo caminos con su mirada febril, andando por esos mundos impulsado por otros designios que su creador quizá ni sospechó. Y así llegó a América donde será cantado por Darío, glosado por Montalvo y también incitador de algunos autores argentinos. ¿Concreción póstuma del sueño de Cervantes cuando quería pasar a América? ¿O —como medita Borges— sueño de Cervantes cuando quería pasar a América? ¿O —como medita Borges— sueño de Alonso Quijano antes de morir, en la vislumbre postrera —ya intemporal y ubicua— en la que mezclarían escenarios reales y anhelos difusos?

El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
está pasando que pasó mucho antes.

  • (*) En VVAA, Las relaciones literarias entre España e Iberoamérica. Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1987, págs. 161-169. volver
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