Recopilación de Leonor Fleming y Santiago Sylvester
Al contrario que México y Perú, donde se fundaron tempranos virreinatos con una vigorosa tradición literaria, Argentina, con el Virreinato del Río de la Plata, creado en 1766, no ofrece una producción cervantista sino hasta recién entrado el siglo xix, coincidiendo con la Independencia y con la generación de 1837. Pero el Quijote se filtró de tal manera en la vida nacional que su huella puede rastrearse a primera vista. Precisamente el ideal de libertad que atraviesa la novela de Cervantes, es rescatado por los próceres de la Independencia. Así, el antiespañolismo de la época revolucionaria se concilia con la devoción por don Quijote. Sarmiento y Alberdi, los padres fundadores, utilizan paródicamente la figura del hidalgo para exponer sus ideas políticas. Y no sólo eso, sino que el personaje regresa a Europa con acento argentino, encarnado en intelectuales como Roberto Payró quien en una Bruselas asolada por los bárbaros, durante la primera guerra mundial, cumple misiones propias de la audacia quijotil. Borges, incondicional admirador de la prosa cervantina, reitera poéticamente el doble sueño del autor y su personaje, resultado del cual surge la más clara y honda verdad de la existencia. Y es que todo en el libro es susceptible de metaforización, desde la célebre aventura de los molinos que pronostica la mecanización industrial, pasando por liberación de los galeotes que se lee como una apelación humana contra los castigos exagerados, hasta los anónimos rebaños de cabras que se equiparan a los ejércitos modernos.
Esta rica y variada antología pone de manifiesto el culto que la inteligencia argentina ha profesado a una obra cuya validez universal, al decir de Paul Groussac, «no nace por la sola operación del genio, sino que se hace con el concurso anónimo y prolongado de las generaciones, quienes, interpretando y como plasmando a su grado la obra primitiva, le allegan una verdadera colaboración».