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El «Quijote» en América

Quijote

Por José Edmundo Clemente*

La lectura informal de una obra cuya esencia dramática es el tratamiento informal de la novelería de la época, constituye una empresa tan inusitada como la emprendida por el increíble Caballero de la Triste Figura, sin la ventaja de sus maravillosas ocurrencias y decires, ni de la prontitud y amenidad de los diálogos. Porque el Quijote es la felicidad mayor de la literatura española. Mediodía culminante del ingenio y del estilo de nuestra lengua. La intencionada ironía sobre la legendaria caballería andante y, de paso, de la bucólica pastoril, antesala ingenua de la cursilería actual, avisa del travieso comportamiento dominante del libro. Inclinación nítida y constante que tienta a una actitud contraria: a tomar con formalidad a los protagonistas y a resaltar con empaque los hechos memorables de la trama, aunque presiento que este simulacro de buen comportamiento me va a durar muy poco.

Donde acontece que lo informal es lo formal

Dentro de esta presente formalidad, recupero la famosa embestida contra los molinos de viento, como metáfora premonitora de la diabólica mecanización industrial que habría de devorarlo todo con sus gigantescas manos de dioses insaciables; a la liberación de los galeotes, como apelación humana contra castigos exagerados, «que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo»; a los anónimos rebaños de cabras, premonición de los ejércitos modernos que se mueven como manadas en las húmedas trincheras; a la idealizada Dulcinea del Toboso, de la perfección transparente de la mujer ensoñada, nunca visible en la textura áspera de la realidad.

Que trata de la verdadera condición y ejercicio del famoso hidalgo

Previne que mi formalidad iba a tener piernas cortas. Estoy tentado de sospechar que las famosas aventuras por los caminos de la Mancha fueron pretextos del sin par hidalgo para salir del ámbito hogareño y quitarse de golpe las preocupaciones caseras. Siempre el manejo de la hacienda doméstica es menesteroso y cuando no falta una cosa falta la otra y resulta más fácil arreglar el mundo entero que los infinitos problemas de la vida cotidiana. Las muchas lecturas ya lo habían aislado algo de esas molestias, pero las paredes de la finca marcaban una empecinada geografía menor. Nada más oportuno, entonces, que aprovechar el impulso viajero de esos libros y soltarse libremente. Empresa de molde en un descendiente de conquistadores de mundos nuevos. La fascinación de la hazaña está en el continente ignorado y el buen caballero prefiere las incomodidades del camino a las incomodidades de la casa.

Descuidar males propios para atender males ajenos tiene el veraniego clima de las vacaciones y de las fiestas de disfraz. Podemos regresar cuando queramos o pasar a otro conflicto de mejor atracción con solo mudar de playa o de antifaz. Varios son los recursos de prestidigitación utilizados por Cervantes. Enmascara escenografía para las insólitas peripecias del protagonista; puebla de fosforescencias fantasmagóricas los quietos lugares castellanos; miente de garbosos castillos a las sucias y mezquinas ventas del camino. A esa tangente lúdica apunta, sin dudas, el cambio de nombre del modesto Alonso Quijano por el rimbombante de don Quijote de la Mancha o el Caballero de la Triste Figura o el Caballero de los Leones. El propio Cervantes participa de la misma travesura al simular su autoría como simple y entrometida ordenación del manuscrito arábigo de un tal Cide Hamete Benengeli.

Igualmente, el esquema literario incluye diagonales narrativas que diversifican el recorrido lineal. Los amores de la pastora Marcela, las peripecias del sufrido Cardenio y la intervención de la discreta Dorotea, así como las alternativas de las bodas de Camacho el rico y su enfrentamiento con Basilio el pobre, integran premeditadas bifurcaciones. Uno de los relatos, el del Curioso impertinente, constituye una adelantadísima avant première del inefable Cocu magnifique de Crommelynck. La suma de estas digresiones temáticas, que algunas ediciones «adaptadas» suprimen, conforma, juntamente con el guión caudal, el cambiante universo por el que transita el desgarbado manchego, adarga antigua y lanza fuera de astillero, desfaciendo entuertos y enderezando razones.

Donde se cuenta el notable encantamiento del rústico Sancho Panza

La informalidad requiere acomodar el movimiento a la marcha del texto original. Libro de caballería, al cabo, la gloria del Quijote está en el andar; en cabalgar con el cuerpo y con la imaginación, realidad traslúcida ésta, pero también realidad. Más aún, solamente la realidad requiere total imaginación y sólo los idealistas penetran hondo en el misterio de la realidad absoluta. De ahí su tremenda capacidad de convencer. Raza de profetas. Lo confirma, entre muchas, la historia del rústico Sancho Panza, quien deviene en escudero por obra y encantamiento de don Quijote y, desde su pobre fantasía, nivelada en refranes y dichos lugareños, Sancho asciende hasta el deslumbramiento feérico de la alucinación.

Sabido, de pobres y de necesitados es la esperanza. En ellos el milagro tiene las puertas abiertas. Sancho nada podía aguardar de su porvenir de labriego menesteroso y se rinde de inmediato a las promesas gratuitas de ínsulas y fortunas. Sus ojitos iluminados por la codicia tienen por momentos apariencias de honda sensibilidad. Los parlamentos con su mujer sobre la manera de cómo ella deberá vestir y comportarse en la corte donde él será gobernador son de una sencillez y ternura emocionantes. Pero nunca la ambición nubla a los hombres de bien y pronto la usura inicial de Sancho deriva en principios éticos. Su espectacular renuncia a la creída Barataria da prueba de un señorío que pocos pueden ejercer, porque la salud moral del encantado viene de la naturaleza del encantador.

Don Quijote y Sancho configuran al principio dos notas musicales opuestas; aguda, una; grave, la otra. Filosa o roma, delgada o pesada, lentamente una armonía concertante las empareja; al punto de resultar trabajoso saber en un momento dado quién divaga con menos desatino. Quizá la socarronería de Sancho indique un leve matiz, que desaparece cuando se trata de aclarar recompensas prometidas. El cura, el barbero, el ama y la sobrina, nunca alcanzaron a comprender que la solidaridad por una meta fragua las mentes en un mismo razonamiento. Que la diferencia entre los mediocres y los que no lo son radica en que los mediocres son infelices.

De cómo don Quijote recuperó su juicio para mal nuestro

Enfermo y agotado, don Quijote vuelve a ser Alonso Quijano, y a su vida lisa y rutinaria; y las cosas a su medida, inalterable y monótona. El postrer testamento de los bienes terrenales, tediosamente judicial, es triste simetría del escrutinio de los libros que lo llevaron a la exaltada fantasía y que el balance último se la quita. Con esa desgarradora lucidez acaba la novela. Nosotros cerramos el libro con una sensación de desamparo por haber perdido la estrella que nos guiara por el ilusorio mundo de la creación; por separarnos para siempre de esas hermosas locuras que muchas veces reprimimos por falta de imaginación. O de coraje.

  • (*) En Guía de lecturas informales, Buenos Aires, Ediciones La Isla, 1988, págs.79-83. volver
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