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El «Quijote» en América

El Estudiante de Tucumán

Por Leonardo Castellani*

Apenas hubo el rubicundo Apolo descorrido con sus nacarados dedos los negros cortinones de las tinieblas, cuando arrancaron a Su Majestad el nuevo Gobernador del cuarto de baño donde estaba afeitándose y lo llevaron de prisa a la Sala de las Discretas Disposiciones para atender los negocios del día. No bien se hubo sentado al trono y empuñado la tranca cuando entró el Capellán trayendo de la mano a un jovencito lampiño de arreboladas mejillas, brillante testa peinada al medio y bicolor boquita abierta, el cual vestía impecable terno y traía en la diestra una lanza con un banderín enhiesto. Plantose el jovencito delante del trono, y apoyándose en la lanza como un Cid Campeador, lanzó este grito:

—¡Paso a los jóvenes! ¡Abajo los viejos! ¡Muera la gerontocracia!

Mirolo Sancho de arriba abajo y volviéndose al Capellán sin más respuesta, le dijo:

—¿Qué es esto, Reverencia?

—Señor Gobernador —informó el Capellán—, recordará su Esplendencia que no ha mucho le presenté un viejo solemne que pretendía se le entregaran los cargos fiscales por el solo hecho de ser viejo y ser solemne. Ahora le traigo el caso contrario.

—¿Y qué hicimos entonces? —preguntó Sancho. No recuerdo bien si lo sacamos a patadas o lo hicimos correr con un perro rabioso...

—Creo que lo nombramos Taquígrafo del Concejo Deliberante —dijo el Capellán. ¡Pues bien! Ahí queda su Esplendencia con el interfecto, que yo tengo que rezar el Breviario.

Volviose Sancho al adalid, que había puesto el dedo pulgar de la mano derecha en el bolsillo izquierdo del chaleco; y se entabló entre los dos el siguiente diálogo:

Sancho.— ¿Quién es usté, niño?

Joven.— ¿Y cómo sabe usté que soy niño?

Sancho.— Por esa pelusita del labio.

Joven.— ¿Por esta pelusita del labio?

Sancho.— Por esa misma.

Joven.— ¿Y por el largo del cabello mide usté la hombría del hombre?

Sancho.— No tengo otra seña a la vista.

Joven.— ¿Y la inteligencia?

Sancho.— Hasta ahora no le he visto la estampa, en este caso al menos.

Joven.— ¿Y esto?

Sacudió el joven la lanza, se desplegó el banderín rojo, y todos pudieron leer las siguientes palabras:

¡Paso a los jóvenes!

¡Viva la emancipación de la inteligencia!

¡Las universidades son los reductos de la oligarquía! ¡Viva la Reforma!

¡Queremos controlar a los Profesores, al Decano y al Testut [sic], si se descuida!

¡Muera la gerontocracia!

Leyó Sancho con gran atención y por largo espacio el descomunal letrero, y le entró un temblor fatídico al encontrarse que no sabía la palabra gerontocracia y el doctor Pedro Recio no estaba a su lado; pero al fin hizo de tripas corazón, maldiciendo la poca escuela que le dieran sus padres, y considerando que un Gobernador debe hacerse de coraje en esos lances. Y haciéndose el enterado, dijo:

—¡Y bueno! ¿Qué hay con eso?

—¡Aquí están mis reivindicaciones! —gritó el jovenzuelo.

(¡Zas! ¡Otra palabra! ¡Y lo peor es que deben de ser zafadurías! —pensó Sancho azorado. Y miró todo alrededor a ver qué hacían los cortesanos; pero resulta que los cortesanos estaban todos mirándolo a ver qué hacía él para hacer lo mismo.)

—¡Basta! —dijo Sancho con rabia entonces, viendo que el otro se lo quería merendar con logofluncias. ¿Qué es lo que quiere usté?, ¡eso es lo que se desea saber!

—Quiero ser nombrado Rector de la Universidad de Tucumán.

—¿Y con qué méritos?

—Con mi juventud lozana, como dijo Marquina. Hay que apoyarse en la juventud, Gobernador. Todos los movimientos políticos del siglo se apoyan en la juventud, Esplendencia. La juventud es la eflorescencia cósmica, como dijo Ortega y Gasset en su «Carta a un joven argentino».

—Pero ¿qué es lo que sabe usté, así más o menos?

—Sé de todo, Gobernador. El principio de Arquímedes. El teorema de Pitágoras. Quién fue María Antonieta. Quién era José Martí, Calixto Oyuela, Manuel González, Hipólito Yrigoyen, Juan Pérez y Rubén Darío. Qué son cucurbitáceas y estafilococos. Dónde queda la isla del Peloponeso. Cuál es la población de Oceanía. Qué le dijo un día Federico Segundo a Carlomagno. En suma, sé todo lo que manda el profesor Mantovani en su libro Bachillerato y formación juvenil. ¡Yo he hecho el Bachillerato Ínsular salvándome de todos los exámenes y con premio de honor del Ministro de Instrucción Pública!

—¿Y a que no sabe esta pregunta que le voy a hacer ahora? —dijo el Gobernador haciéndose el chiquito.

—¿Cómo no, Gobernador? Largue nomás, que aquí abarajo —dijo el otro muy confiado.

—¿Qué es lo que le dijo Noé a su hijo Benjamín cuando se fugó con la mujer de Putifar?

El bachiller lo miró con ojos despavoridos.

—Pero diga, Monseñor —tartamudeó—, quiero decir, Monsegur, es decir, Majestad, ¿eso es de Instrucción Cívica o de Educación Democrática, o de qué?

—¡Eso es una noción de cultura general que no debe ignorar ningún ínsulo mío! —gritó Sancho tremebundo, viendo que lo había atrapado.

—Eso... ¡Eso no está en el programa! —exclamó el bachiller todo asustado. Esto no estaba en el programa.

—¡Andá, repasá, m’hijito! —dijo Sancho bajándose del trono y acariciándole la reluciente cabecita. ¡Andá, repasá, m’hijito! ¡Oiga, Alférez! Dele a este muchacho un caramelo largo y sáquelo un momento al baño, después de lo cual me lo fleta derechito a su casa. Y hágame el favor de llamarme al papá del chico, si lo tiene. Y si no lo tiene, que no lo debe tener, por las trazas, al juez de Menores llámenmelo inmediatamente.

Sonrió el chico con satisfacción al oír esto, creyendo que lo iban a hacer por lo menos Presidente del Socorro a los Argentinos Concentrados en los Campos de Concentración de Francia; y se retiró contoneándose. Pero Sancho, lejos de eso, se volvió al Escribano y le dictó el siguiente

Decreto

En uso de las atribuciones que me acuerda mi supremo cargo, no para gobernar la Ciencia que no tengo, sino para atajar los abusos que se perpetran en nombre della.

Ordeno, dispongo y mando:

1. Restitúyese a vigor el antiguo prescripto por el cual los Rectores de Universidad, o sea Estudios Generales, tenían en la Edad Media facultad de azotar por mano propia o ajena a los estudiantes que no estudiaban.

2. Otórgase a todos los estudiantes que no estudian el derecho obligatorio de hacer huelga por diez años y no presentarse a ningún examen, salvo al examen de higiene de las uñas y de los dientes, a juicio del Rector.

3. El nombramiento del Rector y Decano queda reservado a mi real resorte, con acuerdo del Alto Consejo y de una lista de sabios que tendremos escondida en alto secreto, ya que los veros sabios suelen ser también personas escondidas y poco ruideras, que hay que buscarlos con linterna y sacarlos de casa a tirones.

4. El Rector nombrará por sí y ante sí los profesores, con obligación de dar cuenta a este Real Resorte; y en vez de veros estudiosos, en el caso de que nombrase un profesor figurante, politiquero, mistificador, sofista, envenenado, charlatán polido, sabelotodo, deslumbrero, sucio —intelectual, moral, o físicamente—, farsante, diletante, engrupido, libresco, incapaz de morir por la verdad y explotando imitaciones della, se les cortará las cabezas tanto al Rector como al Profesor de marras: porque han pecado mucho peor que monederos falsos.

5. Los muchachos que deseen ser médicos y abogados se pagarán las carreras en cuotas módicas, las cuales se destinarán al sobrio sustento del claustro y a la compra de libros antiguos y selectos con muy pocos nuevos; y de ningún modo a editar libros de fanfarria, a hacer grandes edificios con fachadas equivocadas y después quemarlos, ni a hacer nuevas universidades por todas partes mientras todavía andan mal las antiguas.

6. Este Real Resorte, a pesar de su pobreza, fundará para buen ejemplo cincuenta bolsas de estudios para estudiantes pobres y meritorios a juicio del Alto Consejo; y cada Ciudad, Villa o Pago de mi Ínsula fundará opulentas becas en número proporcionado a su riqueza, para los hijos della que demostrasen intelectos sobresalientes, a juicio de la Comisión de Vecinos Espectables.

7. Todo aquel que debe ejercer la medicina pasará después del diploma un año de práctica encerrado en un monasterio de benedictinos, en el cual estudio dará razón visible de su sentido moral, amor al prójimo, capacidad de sacrificio, despego del dinero, decencia, cortesía, equilibrio mental, discreción, gerontocracia y reivindicación, además de sus capacidades técnicas, bajo la alta dirección del doctor Alberto Castaños.

Cópiese, publíquese y cúmplase,

Sancho I

Dictado lo cual, enjugose Sancho el sudor y diose una gran palmada en la barriga en señal de autosatisfacción de sí mismo, pasando al punto a inaugurar los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en un festín de glicosurias y paradigmas suprarrenales con acompañamiento de organismos parastatales y donaciones inter-vivos, según el binomio de Newton y la ley de Huglings-Jackson.

  • (*) En El nuevo gobierno de Sancho, Cap. 10, Buenos Aires, Biblioteca Dicto, 1976, págs. 92-97. volver
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