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El «Quijote» en América

Peregrinación de Luz del día
Parte segunda

Por Juan Bautista Alberdi*

I Cansada de bribones Luz del Día busca los viejos caballeros españoles en América. Noticias de don Quijote

Cansada ya de bribones, Luz del Día empezaba a suspirar por encontrar allí algo de la España caballeresca, que no podía faltar en un mundo descubierto y poblado por España, en la época de su mayor esplendor, y casi rayana de sus tiempos heroicos. Ella recordaba haber oído que don Quijote y Sancho, y el Cid y Pelayo, habían también venido a la América como emigrados, y que se habían establecido y debían existir todavía en su suelo. Daría uno de sus ojos Luz del Día por dos horas de sociedad con Sancho Panza, cuando menos, es decir con la ingenuidad o la malicia candorosa del rústico. Pero ésos también deben andar de incógnito, se dijo Luz del Día.

Ella sabía que todas las Españas andan en las Américas, pero en diverso traje, con disfraces de ingleses y franceses, hablando lenguas extranjeras, para hacerse inconocibles. ¿Cómo dar con ellos? ¿Cómo sacarlos de su disfraz? ¿Quién sabe, se decía Luz del Día, si alguno de estos sirvientes galoneados, que veo en esta monarquía disfrazada ella misma de república, no es el escudero Sancho Panza? ¿Quién sabe si alguno de estos generales de la república no es, bajo el incógnito, don Quijote o el mismo Cid Campeador, o don Pelayo? ¿Preguntaré por ellos a alguno de los truhanes que he tenido la desgracia de conocer hasta hoy? Es posible que ni relación tengan con ellos, a pesar de ser compatriotas. Pero cuando me tratan a mí misma, ¿por qué no tratarían al honor, es decir, al Quijote, al Cid para falsificarlos mejor, como ellos dicen? ¿Me dirigiré a Tartufo, el más malo de todos ellos, para saber de esos viejos y nobles tipos? ¿Pero guardará relación con don Quijote, que apaleó de boca cuando menos, a los clérigos?

Un día, en efecto, quiso verle con este objeto y le reveló su deseo. Como era de esperar, Tartufo, que tenía por especialidad el cultivo y ejercicio de falsificar todo lo que es honor y generosidad, no pudo haber dejado de cultivar a don Quijote y al Cid.

—Pero ¡Tartufo no es soldado!

—¡Bah! ¿Y por qué no? Basta que no sea soldado, para que pretenda serlo. Su esencia es la simulación. Será la mentira del soldado con la mentira del valor.

Luz del Día recordó el ofrecimiento de Tartufo, de hacerla conocer en sus salones a muchos personajes célebres, si alguna vez la ocurría venir a las horas que siguen al almuerzo. Las horas de comer, son las horas de visitar de esos señores.

El día que Luz del Día se presentó en los salones de Tartufo, dio la casualidad que ninguno de esos personajes se encontrase allí. Pero Tartufo, que acogió con mucha gracia la visita y la solicitud de Luz del Día, los conocía a todos ellos, a todos los cultivaba y de todos podía darla noticias, como desde luego empezó a verificarlo, cuidando previamente de advertirla que no tenía sino indirectamente las noticias de Quijote y de Sancho, que iba a darla, pues siempre evitaba el trato inmediato de esos dos sujetos, que aunque muy útil por lo que tienen de socarrones en medio de su franqueza aparente, y mucho había que aprender de ellos en disimulo, era sin embargo incompatible su natural indiscreción, con las exigencias de la posición grave y delicada de Tartufo; que la daría por tanto, el eco de la crónica corriente acerca de esos sujetos.

Principió por advertirla que todos ellos estaban inconocibles en tal grado que no necesitaban de incógnito, sino para no verse desdeñados por inútiles. Como son los emigrados más antiguos y más españoles por decirlo así, son también aquellos en quienes ha ejercido más fuerte influjo el régimen de América.

—El nuevo régimen los ha perdido enteramente, porque ellos lo han tomado a lo serio, como crédulos incurables y simples que son por naturaleza, dice Tartufo.

Don Quijote ha hecho de la libertad su Dulcinea. Digo mal en llamarle don, porque como se ha hecho republicano, ahora se firma Quijote, liso y llano. Leyó en los libros y en los poetas de la caballería americana, las proezas de un San Martín y de un Bolívar, y porque ellos conquistaron la independencia o la libertad exterior del país a punta de sablazos, Quijote ha descubierto que él podía conquistar la libertad interna, o el Gobierno del país, por el país a punta de lanza. Se comprende que a sablazos se eche del país a un dominador extranjero en un solo día, por el efecto de una sola batalla victoriosa; pero sólo a un loco le ha ocurrido que a sablazos puedan extinguirse las tinieblas y la ignorancia de la cabeza de un pueblo, que ignora radicalmente el gobierno de sí mismo, en que consiste la libertad moderna. Tal batalla es más loca que la que tuvo con los molinos de viento en España.

Don Quijote no nació para entender esas distinciones. Sin dejar de ser siempre el mismo loco, en América se ha vuelto un loco pillo, un loco especulador; le ha tomado a Sancho un poco de su locura astuta de escudero, así como Sancho le ha tomado a él un poco de su locura de caballero. Es la influencia de la democracia, que los ha igualado y acercado más y más de condición social.

Don Quijote ha creído que el modo de introducir la libertad interior en Sud-América, era dejarla sin liberales, por esta razón, que no es mala del todo, a saber: que los liberales mentidos son el mayor obstáculo de la libertad verdadera. Pero él olvidó que matarlos no es educarlos, y que enterrar la licencia, es enterrar la libertad. Pero ¿es capaz don Quijote de matar de veras a hombre alguno? Él mata carneros, y vacas que toma por enemigos de la libertad, porque los carneros y las vacas no entienden de votaciones, ni de discusiones parlamentarias, ni de opinión libre en los negocios de la estancia a que pertenecen; sin embargo, como loco pillo, no se descuida en vender los cueros y la carne salada de sus enemigos muertos, y en guardar el dinero que recibe, para no tener que vivir siempre de aventuras. Quijote así, ha perdido todo su lustre; se ha hecho prosaico, calculador, común, egoísta, sin dejar de ser el mismo loco; si ve apalear a una mujer, él mismo ayuda a apalearla, lejos de defenderla, siempre que la cosa le ofrece algún provecho. Ha tomado a Sancho mucho de su villanía de resultas de la república, que ha igualado a los amos con los criados.

Sancho por su parte se ha hecho insoportable con sus pretensiones de hacerse un caballero igual a otro caballero; invocando la democracia, se ha dado a elegante, hombre de gran mundo (porque también hay gran mundo en las repúblicas); se ha puesto peluca colorada y lleva corsé, lo cual le hace sudar y bufar como una máquina de vapor, con una libertad que él llama democrática. Sus ventajas de republicano han puesto celoso a don Quijote, que no puede ocultar su ojeriza al viejo escudero insolentado. Este advenedizo caballero ha llevado su impertinencia hasta ofrecer un empleo a sueldo en su casa a su antiguo señor. Pero es indudable que Sancho ha ganado y es más feliz en América que don Quijote: lo pasa mejor y tiene mayor aceptación; sus cualidades son más americanas, por decirlo así, en el sentido que son más democráticas.

Sancho se ha entregado a la política, como la industria más lucrativa; es una nueva forma de su vieja industria de escudero. El comercio de votos, la agencia de electores, las empresas electorales para las presidencias, que aseguran empleos lucrativos, la formación de clubs, la organización de convites y bailes por subscrición, son ramos de su tráfico especial; pero su rol es secundario siempre en ellos; es el del revendedor; el del que negocia por segunda mano; especie de judío vulgar y oscuro, calculador y logrero, más que su viejo patrón, se interesa en el Gobierno, no por el brillo, sino por el dinero y por los beneficios anexos al Gobierno.

II El Cid. Don Pelayo. Noticias de estos emigrados

En cuanto al Cid Campeador, a don Pelayo y a esos generosos y ásperos guerreros de la España caballeresca, emigrados en América cuando terminaba la guerra de los moros y cuando los infieles del mundo de Colón tomaban el papel de estos últimos, pocas son las noticias que Tartufo puede dar a Luz del Día. Ellos son como extranjeros a las ciudades formadas por el comercio moderno en Sud-América, casi siempre judaico y protestante por índole. Se han quedado en las montañas, en las campañas desiertas, en las soledades mediterráneas del Nuevo Mundo, que les recuerdan tal vez mejor los bellos días de sus primeras proezas de América contra los salvajes infieles, que la poseían antes de la Conquista.

En la guerra de la Independencia tomaron su parte sin duda, pero fue para defender la libertad que adquirieron de vivir sin sujeción a nadie, ni a su mismo soberano. Defender la independencia de América fue para esos vetustos y célebres caudillos tomar entre sus manos lo que creían ser su propiedad personal por haber sido ellos el instrumento inmediato de su conquista hecha por los reyes de España; fue reemplazar al rey en el Gobierno de lo que, a sus propios ojos, era más bien un reino de ellos mismos.

Tal fue la alteración y degeneración que la América desierta produjo en los campeadores o campesinos del tiempo de la conquista de América, quedados en sus desiertos como colonos. Sus caracteres presentan una mezcla incomprensible de grandeza y de barbarie, de crimen y de heroicidad. Así es que de un lado tienen adoradores y secuaces fanáticos, y del otro violentos e implacables enemigos, siendo generosos y desinteresados las más veces, tanto sus amigos como sus enemigos. La dominación bastarda de la España, los llamó caudillos insurgentes; otras dominaciones posteriores, no menos bastardas, sin embargo de surgir de la tierra misma, les conservaron la misma ojeriza.

Me guardaré de insinuar que esos caudillos de Sud-América sean la continuación del Cid Campeador al pie de la letra; pero si el Cid se encontrase todavía en América bajo algún incógnito o tan bastardeado que no estuviese conocible, por cierto que no habitaría en los lugares donde viven los Gil Blas y los Basilios, con cuyos hábitos de refinamiento y sibaritismo no tienen punto alguno de analogía.

La América y su régimen moderno han cambiado al Cid, como nos han cambiado a nosotros mismos, prosiguió Tartufo aludiendo a él y a sus amigos. El Cid ha degenerado, como han degenerado todas las especies emigradas de la Europa, desde la especie humana, hasta la especie bovina; desde don Quijote, hasta su rocinante; desde Sancho, hasta su jumento. El suelo desierto tiene una acción embrutecedora, como el suelo cultivado y poblado tiene una acción civilizadora. Así los Pelayos y los Cid de la América del Sud, se han vuelto flojos, perezosos, sedentarios; se han acanallado por efecto de la democracia, y han cobrado un apetito desordenado de los bienes del prójimo. Tienen mucho de comunistas, tal vez por lo que deben a Loyola de su educación primera. Como campeadores, los Cid de Sud-América son de condiciones campesinas, héroes rurales, que Luz del Día no podría conocer en las ciudades, porque sólo habitan las campañas y las poblaciones interiores y apartadas. Nuestros Cid de las ciudades son verdaderas caricaturas de baja comedia. Hacen sus campañas sin levantarse de su sillón, o alrededor de los salones. Su lanza es la frase, con que traspasan el globo terráqueo, como si fuera el globo de una naranja. Hacen sus expediciones alrededor de un periódico, tendidos en un sofá, quemando cigarros fragantes más que cartuchos de pólvora. Cantan al viejo Cid y sus hazañas, pero se guardan de imitarlas por no profanarlas, dicen ellos.

III Noticias sobre Fígaro y don Juan Tenorio

Más fácil, dice Tartufo, sería dar con Fígaro y con don Juan Tenorio, para lo que es tratar gentes amables y galantes. Pero Luz del Día ni me ha preguntado por ellos, dice Tartufo.

—Es que de pillos estoy atosigada, respondió ella, ni tampoco es mi ánimo ver toda entera a la España establecida en América. Por lo que llevo visto, estoy convencida de que para encontrar tales tipos, no es necesario buscarlos; ellos mismos le salen al encuentro al que desea evitarlos.

—En efecto, dice Tartufo, los Tenorios no hacen papel en América, y la primera razón de ello es que son multitud. Aquí don Juan, no sería ya don Juan, sino simplemente Juan, igual en todo a miles de otros Juanes, pero todos con los mismos derechos contra las doncellas, que se daba el héroe de la leyenda española. Haciéndose multitud, el héroe ha descendido más todavía en el nivel y tono de sus hazañas. La seducción baja y sin brillo, sin lances, sin peligros, sin arte, hipócrita y aleve, que hace sus robos al favor de la amistad empleada como llave falsa, para abrirse las puertas más sagradas del santuario doméstico: tal es el Tenorio bastardeado por la influencia de la vida americana y de la democracia en particular.

Todos los Tenorios, se tratan unos a otros como iguales; es decir, que cada uno trata a los otros como será tratado él mismo a su turno. Cada uno a su turno es verdugo y víctima. La mitad primera de su vida es empleada en afrentar a sus mayores, la segunda mitad en ser escarnio de los más jóvenes. La familia se vuelve un melodrama, en vez de ser la escuela del orden social. Tal vida puede ser divertida; pero la diversión es la del festín del Convidado de Piedra, de que los don Juan de toda especie deben guardar memoria.

—Llega uno a dudar de que sea Tartufo el que pronuncia esas palabras, dice para sí misma Luz del Día. Pero, ¿sería Tartufo si no hablase así?

IV Papel de Fígaro en Sud-América

—Por lo que toca a Fígaro, dice Tartufo, la cosa es diferente, como convendrá Luz del Día. Fígaro es el reverso, la antítesis de Basilio, sin ser por eso la virtud. Si el uno es la intriga en favor del despotismo, el otro es la intriga en favor de la justicia. Los dos intrigantes expresan el Antiguo Régimen, y a este título los dos viven de incógnito en las Américas del siglo XIX. Pero aquí el terreno de sus intrigas es más vasto. No es, como fue en Europa, la familia propiamente dicha es esa otra gran familia, que se llama el Estado; es el terreno de la política, no el terreno del amor, o al menos es el del amor de la libertad, no el del amor de la mujer... Si tuviese que ganar su vida en la venta de mujeres, Fígaro se moriría de hambre en América, porque la libertad de ese comercio ha hecho de todo sirviente, negro y viejo, una especie de Fígaro.

El conde de Almaviva, para Fígaro en América, es el pueblo oprimido y explotado por los tutores, que quieren desposar a su víctima contra la voluntad de ella. Su Rosina americana, es la libertad en pupilaje. Su Bártolo, es el gobierno vetusto y opresor, que tiene en tutela a la libertad y vive de su explotación. Basilio es el hombre de los Bártolos, que vive del despotismo; Fígaro es el hombre del conde de Alma-América y de la libertad, que es la Rosina a quien su amante soberano busca para esposa. Fígaro es el feliz patrón de estos santos amores. Por esa razón no puede ser desagradable para Luz del Día, pues sus intrigas deben tener a sus ojos la disculpa del objeto. Es cierto que esto basta para que Basilio redoble su rencor a Luz del Día.

—Eso es verdad hasta cierto grado, dice Luz del Día; pero la intriga aunque sea noble en su objeto a veces, es al fin intriga y falsedad, y en este sentido, Fígaro mismo no me llena del todo.

—¿En qué disfraz vive Fígaro en América? pregunta Luz del Día.

—Tiene varios, responde Tartufo, aunque todos pertenecen a la política; los principales son de escritor, publicista, diputado, orador, hasta soldado, hasta médico, hasta clérigo, cuyo último disfraz tiene para él la ventaja de evitarle toda confusión con Basilio, que ha colgado la sotana. Su barbería política es la prensa, donde hace la barba a todos los Bártolos, para dar facilidades al contacto de la Libertad con el pueblo. Luz del Día tiene razón; en los países libres no hay Fígaros, porque no hay Bártolos. Fígaro es un triste pero necesario soldado de los pueblos menores de edad, aunque soberanos, que viven en tutelaje compatible con la soberanía, así en lo político como en lo civil. Fígaro es el liberal favorito de Sud-América. Es la crítica consolatoria del mal que no se puede remediar de pronto. En los Estados-Unidos falta Fígaro porque allí no hay Bártolos. Bártolo habita en la América pupila por excelencia, que es la América Hispano-Latina, bajo el incógnito de gobierno y gobernante. Si no hubiera pueblos menores de edad, en la inteligencia y manejo de sus propios destinos, no habría Bártolos, ni Basilios, ni Fígaros, ni condes de Almaviva, ni comedias de libertad. La vida política, que es toda una comedia, cuando los pueblos son menores de edad por su inexperiencia, sería una realidad en Sud-América, como lo es en la América del Norte, si el pueblo en el Sud, estuviese tan maduro como lo está en el Norte. Si es verdad que la comedia, como espejo de la vida, corrige las costumbres, y sirve a la educación de los pueblos, Fígaro es una especie de monitor de la América libre de palabra, que espera serlo de hecho.

V Encuentro de Luz del Día con Fígaro

Un criado, en esto, anunció la visita de un escritor afamado.

A su aparición, exclamó Tartufo: —Hablando del rey de Roma, luego asoma.

—Por la regla, añadió el visitante, que todo es maravilla en el que es de Sevilla.

Introducido Fígaro a Luz del Día, dijo que ya había tenido el honor y el sentimiento de oír hablar de la señora, con motivo de dos incidentes ruidosos.

—Los menciono, agregó presto Fígaro, porque son para mí, dos títulos de recomendación y simpatía respetuosa en favor de la señora, conociendo la mano que los preparó. Fígaro y Luz del Día, como hermanos en su horror a Basilio, simpatizaron en el acto, y sin embargo de todas las inconsistencias del enemigo de la calumnia, fue su contacto la ocasión del primer gusto que tuvo Luz del Día, desde su llegada al nuevo mundo.

Tener que consolarse con el contacto de un tunante, aunque amable y bueno, era una desgracia para Luz del Día, y una razón para que empiece a sentir el deseo de reemigrar de América. Apercibido de esto y de los motivos que tenía Luz del Día, para abstenerse de ofrecer sus servicios de institutriz en las casas de educación, Fígaro la aconsejó que no dejase la América sin ensayar el efecto de una conferencia pública, a la que sus lances conocidos darían mayor incentivo, lejos de perjudicarla.

—¿Sobre qué punto, preguntó Luz del Día, podría yo hablar ante un público y en un país que no conozco?

—No hay más que uno solo para todo el que quiere hacerse escuchar en América: es la Libertad, como tema de disertación. Con tal y siempre que no se trate de su ejecución y práctica, todo el mundo es fanático por la libertad ideal y platónica; por esa libertad que no se ve ni se palpa, que no se usa ni practica. Cuanto menos real, tanto más ilusoria. Como a la mujer, para amar la libertad con fanatismo es preciso no poseerla. La libertad entendida a la inglesa, es decir, como carga, como trabajo público, como contribución de plata, de sangre, de cuidados, de tiempo, de labor, es la prosa más detestable en esta América de poetas y de cantores. El liberador que la diese a sus compatriotas, sería asesinado por ellos en reivindicación de sus ilusiones de esclavos, que viven cantando su adorada libertad eternamente ausente o cautiva.

Agradecida de la sugestión y dispuesta a realizarla, Luz del Día manifestó a Fígaro el deseo de recibir de su experiencia la comunicación de algunos datos prácticos sobre la condición real de la libertad en Sud-América, que pudieran serla útiles para tener una conferencia pública. Ya era mucho consuelo para Luz del Día el saber que la libertad es amada, aunque no poseída ni conocida. El amor es un paso a la posesión. Si su imagen es dulce, su posesión lo es más; todo está en enseñar al pueblo las condiciones necesarias, no sólo para conocerla, sino para poseerla.

—Para esto necesito estudiar las causas que hoy hacen existir a la libertad sin liberales, y yo creo que nadie debe conocerlas mejor, que el redactor del periódico que lleva este título, y no es otro que Fígaro.

VI Condición de la libertad en Sud-América, tratada en conversación de Luz del Día con Fígaro

—Tartufo no debía estar presente en la conversación que deseaba tener Luz del Día; y Fígaro, previendo esta necesidad, pidió a su interlocutora la indicación del día en que podría él tener el honor de visitarla con ese fin, si ella lo aceptaba, como en efecto lo aceptó para la mañana siguiente en casa de Luz del Día.

La conversación de esa mañana fue toda del más vivo interés político. Toda ella versó sobre la cuestión de saber cómo vive la libertad en la América del Sud. Casi en todo el coloquio fue Fígaro quien tuvo la palabra.

—Desde luego, dijo él, no puede pretenderse que la libertad vive en Sud-América, sino como vive el que duerme; una vida en suspenso, en una especie de letargo; es la libertad del que no tiene pies, ni manos, ni ojos, ni oídos. El país a quien esa libertad pertenece es libre con esta sola limitación, de no poder usar de su libertad indisputable. La América felizmente no aspira a otra cosa por ahora: le basta para ser feliz, tener idea de que es libre, y tiene razón, porque es la sola libertad de que es capaz por ahora. Con tal que la libertad le pertenezca y sea su propiedad confesada por el Gobierno, poco le importa que en realidad otro se la guarde y posea. Esta no-posesión, no es, a sus ojos, un desmentido de su derecho a ser libre. Con tal que la libertad sea exclusiva del pueblo, poco le importa que sea el pueblo el único que no la practique ni posea. No por eso la libertad vive tranquila en Sud-América. Aunque impotente y confinada en la inacción, ella vive disputada por dos clases de enemigos o pretendientes, a saber: los bribones de un lado y los imbéciles de otro. Los unos la explotan so pretexto de servirla, los otros acaban de arruinarla so pretexto de defenderla. El jefe de los primeros, siento decirlo, es nuestro amigo Tartufo; el de los segundos, es nuestro don Quijote.

Quijote ha empeorado en América; se ha hecho más loco y menos amable, porque sus aventuras son en otro terreno que dista mucho de la comedia divertida. En Europa tomaba los molinos por gigantes, aquí toma los carneros por ciudadanos libres. Allá daba lanzadas a los odres creyéndoles vivientes; aquí decreta hombres libres, forma municipales, hace legisladores y electores, por la mera virtud de sus decretos escritos. En España se creía un héroe, en América se cree un Dios, —¡Que la libertad sea! dice aquí, como el que dijo «¡Sea la Luz!», y el loco queda creído que la libertad ha nacido y es un hecho, porque existe su decreto escrito, que la ordenó nacer y existir. Como decreta la libertad, Quijote decreta la victoria, es decir, la fuerza, la inteligencia, el poder superior, el acierto, de que es un efecto la victoria. Todo eso es para él la obra de su palabra; con tal que esa palabra esté escrita en papel oficial y en forma de decreto, la libertad y la victoria, son hechos. Al que ha nacido de españoles, y es español de raza, de repente lo decreta inglés o yankee, y desde ese día lo tiene como a tal, aunque siga hablando español, viviendo como español, siendo de hecho español de raza, sin entender del inglés ni jota. Él suprime la historia del país y la complexión o constitución social, que el país debe a su historia secular, por un decreto en el cual ordena que lo que ha sucedido, no sea lo que ha sucedido, sino lo que ha dejado de suceder. Así él deroga la constitución, o construcción, o forma, o temperamento, o estructura, que el Estado ha recibido de los hechos, que forman la historia de su vida, por un mero golpe de pluma; y decreta por el mismo acto para su país de constitución o complexión hispano-americana, la constitución o complexión de un país de Norte-América, que es la obra natural de los hechos que forman la historia anglo-americana. Cuando de un ocioso o de un poltrón hace, por un decreto escrito, un municipal inteligente, laborioso y activo, poco le importa que el poltrón siga siendo poltrón, desde que en el decreto escrito, el poltrón existe cuna un municipal de Inglaterra o de Alemania, en actividad e inteligencia. Peor para el municipal recalcitrante si, conforme al decreto, no arroja lejos su pereza e ignorancia desde el día de su promulgación.

No hay quien disuada a don Quijote de que un decreto escrito, no es, por sí solo, una institución, es decir, no es un hecho real, sólo porque nadie puede negar que el decreto está escrito, y que es un hecho escrito, aunque no un hecho vivo. A sus paisanos de origen y raza española un día los deroga como tales, y en vez de españoles los decreta ingleses de raza, de temperamento y de educación, desde cuyo momento sus paisanos son verdaderos yankees o sajones aunque sigan hablando español, viviendo como españoles de origen y ni noción tengan de lo que es inglés o yankee. Otro día los deroga como ingleses y los decreta como suizos; más tarde los reorganiza en belgas, después los reconstituye en alemanes, y por fin, los recompone en viejos holandeses del tiempo de las Provincias Unidas. Quijote cambia la educación, las creencias, los hábitos, el temperamento, el carácter histórico de su pueblo, como cambia el uniforme de los soldados, por un simple decreto. Todo eso lo hace con el aplomo, la sinceridad, la confianza tranquila del que no duda un instante de su poder, de un Creador Supremo, es decir, de un Dios que gobierna y dirige. Y cuando una de sus criaturas formadas por decreto, persiste en guardar la forma y carácter que le dio la intrusa y usurpadora naturaleza, don Quijote la suprime, en castigo del orden natural sublevado contra el orden legal, escrito y promulgado en debida forma, que es el único Orden legítimo. Así queda salvada la institución o decreto que ordenó a la criatura ser lo que no era, matando el derecho vivo para salvar el derecho muerto, que es el meramente escrito; o lo que es igual, negando a Dios para reconocer a don Quijote. Es necesario leer su ensayo de colonización en Patagonia, para ver hasta dónde ha ido su locura de reformador americano. Pero esto merece un capítulo aparte, que yo someteré a la atención de la señora Luz del Día, como parte de los datos noticiosos, que ha tenido a bien pedirme, para preparar su conferencia.

VII Quijotanía, o la colonización socialista en Sud-América

—Es bueno no olvidar que todo europeo que pasa a la América se hace más libre de espíritu, adquiere mejor idea de sí, se da más valor a sí mismo, y muchas veces hasta se hace vano y fatuo. Don Quijote no podía escapar a esa ley. La América lo ha hecho más loco en el sentido de su ambición y presunción característica. Su locura ha cambiado de tema, pero no de naturaleza. En vez de ser el Quijote de la Mancha ha sido el Quijote de la Patagonia; es decir, que el vuelo de su fantasía no ha reconocido límites, desde que se ha visto en aquel mundo favorito de los ensayos temerarios, de los experimentos fantásticos, donde todas las utopías se ponen a la prueba, y donde los más cuerdos se vuelven un poco don Quijotes.

Instalado en América como no estuvo jamás en Europa, propietario de una estancia comparativamente grande, poblada, como de ordinario se ve allí, de miles de animales útiles de toda clase, caballos, ovejas, vacas, aves, perros, regulares habitaciones; despreocupado de todo cuidado sobre los medios de vivir, y de vivir cómodamente; disponiendo ampliamente de su tiempo, don Quijote se ha dado a las lecturas más variadas. No hay libro moderno, no hay doctrina social, ni teoría política, ni descubrimiento científico, cuya noticia haya escapado a su curiosidad ambiciosa. De todo ello se ha hecho una ensalada, en su cabeza insegura y fantástica, y la consecuencia natural ha sido la misma de que en Europa ya fue víctima. Las lecturas le han trastornado la cabeza y le han precipitado en empresas y proyectos al lado de los cuales son sensatos los de su vida en Europa. Citaremos, entre otros, al que por su carácter político y social hace hoy la diversión del público de América. Como no hay propiamente cuestión social en América, ni motivo de que exista, todo hasta el mormonismo, en innovaciones sociales, es mirado como simple curiosidad, y dejado a su libre e inofensivo desarrollo. Así don Quijote ha podido conducir su empresa con entera libertad, hasta el día en que ha tropezado en el terreno siempre escabroso de la política militante, y caído en las garras de la justicia criminal, que es la justicia de los tigres, como lo veremos al fin del episodio.

VIII La teoría de Darwin aplicada a la regeneración social

—Don Quijote había leído en el libro célebre de Darwin, Sobre el origen de las especies, que todas ellas, según las pruebas que ofrece la historia natural de la tierra, procedían originariamente de cuatro o seis tipos en que la vida animal y vegetal había verosímilmente hecho su primera aparición sobre la faz de nuestro globo; que una ley peculiar a la vida orgánica los había multiplicado al infinito, y que esta ley era la selección natural, o la perfectibilidad espontánea de que las especies son capaces por la acumulación de las mejoras creadas por la educación al favor de la sucesión orgánica; que, según esta ley de creación natural y continua, la especie humana tenía probablemente por origen, otra especie menos perfecta, la del mono, por ejemplo.

Sobre esta teoría, que ha calentado tantas cabezas, la de don Quijote se puso a fermentar y produjo lo que vamos a ver, traduciéndola en los experimentos prácticos más curiosos y más inauditos.

Si el hombre es pariente del mono, se dijo él, con doble razón se le debe creer pariente más cercano del carnero; y a fe que este parentesco hace más honor al hombre, pues el mono es bellaco, indecente, inútil, ladrón, inmoral, mientras que el carnero es el símbolo religioso de la mansedumbre y de la bondad: el carnero hace vivir al hombre, sin vivir del hombre, lo que de paso confirma que es el padre del hombre.

En esta hipótesis, confirmada todavía por las muchas señales que el hombre mismo da, de ser una especie perfeccionada del carnero, no hay razón para no creer que todo carnero es susceptible de convertirse en hombre verdadero, con sólo educarlo en los usos y costumbres sociales del hombre. Si la educación es una segunda naturaleza, como dice el refrán, Pascal ha dicho, con doble razón, que la naturaleza es una primera educación. Dar al carnero por primera educación, la educación del hombre, es darle la naturaleza humana en cierto número de años.

Atribuyendo a los años la acción que Darwin atribuye a los miles de años, en la transformación de las especies animales, don Quijote no se contentó con decirlo, sino que se puso a practicarlo. Un interés menos inocente que el de la ciencia lo condujo en esto. Él tenía unos cuantos miles de ovejas y otros tantos animales vacunos y caballares en una estancia que empezó como por un juguete, y que gracias a la paz que le daba la distancia apartada de su situación, en pocos años se volvió una especie de principado. La estancia estaba situada entre la Patagonia y la Pampa, un poco vecina del mar y más cercana de la colonia inglesa de Falkland que de Buenos Aires. Esa soledad le dejaba entera su libertad soberana de ensayar todas las locuras imagi¬nables en materia política y social. Él sabía que la Patagonia había inspirado a Darwin su grande idea sobre el origen de las especies. Él quería tener la gloria de deber a ese mismo desierto el primer experimento de un resultado práctico de esa teoría, hecho en servicio de esta grande idea patriótica, la de convertir en cuatro días una simple estancia en un Estado federal de la gran confederación del Plata, por un esfuerzo artificial y precipitado de la selección natural, por una especie de golpe de Estado de la naturaleza.

Don Quijote tenía por mayordomo a un joven gallego de mediana instrucción y buen talento natural, adornado de una codicia tan desmedida y apasionada, que lo hacía más crédulo que a don Quijote su locura. Al lado de un hombre del temperamento de don Quijote, aislado y apartado de todo contacto de hombres sensatos, viendo a su amo poseedor de una vasta tierra y de miles de animales útiles, el gallego miró en don Quijote no solamente un sabio, sino un príncipe, y en su dominio un principado sin rival, porque todo era desierto a su alrededor. Esa simple posición bastaba para hacer como hizo del gallego, un Sancho sin saberlo; y don Quijote, no teniendo mucho en que escoger, le hizo su secretario y consejero de Estado, con quien se acostumbró a discutir y a ejecutar oficialmente, a medida que los concebía y discutía, todos los planes de que vamos a dar una breve noticia.

IX Plan constitucional de un pueblo de carneros

Don Quijote dio a su estancia por de pronto el nombre y rango de colonia; a sus animales el de colonos, a su gallego el de secretario general de Quijotanía, como llamó a su colonia el imitador de Guillermo Penn, y él mismo se dio el titulo de gobernador de su Pensilvania patagónica. Los peones recibieron el título de intendentes, y los colonos fueron clasificados en tres departamentos, a saber: homo-ovejas, homo-vacas, homo-caballos. El Gobierno de la colonia fue democrático-representativo, con un parlamento mudo (por de pronto), en el que cada departamento debía tener un número de votos proporcional al de su poblador. Los homo-ovejas formaban mayoría absoluta, y, teniendo más de la mitad de los votos, ellos hacían la ley. Provisionalmente y mientras no sabían hablar, ni escribir, ni leer, debían hacerlo por ellos, el gobernador y el secretario general constituidos en consejo y parlamento colonial. Las leyes y decretos debían ser dados y promulgados en nombre del pueblo de Quijotanía, proclamado soberano y libre por su fundador y libertador. La soberanía debía ser ejercida por el pueblo, en forma de plebiscitos, expresados por un sí o un no, en contestación a los proyectos interrogatorios propuestos por el gobernador libertador. Al cabo de dos años, la colonia asumiría el rango de Estado soberano y libre y se daría una constitución de tal, definitivamente. Sólo entonces entraría en relaciones con el Gobierno nacional de la República, o en caso necesario con los poderes extranjeros.

—Y bien, preguntó don Quijote a su gallego un día: ¿qué piensa mi secretario de esta idea? (porque el genio mismo necesita desconfiar modestamente de sus propios consejos, añadió don Quijote para sí mismo).

—Yo confieso, señor Gobernador, que me gustaría ser Secretario de Estado aunque fuese de un Estado de carneros, pero no veo qué utilidad podamos sacar de este trabajo, y sí veo el inconveniente.

—¿Cuál es? pregunta don Quijote asombrado.

—Que se van a reír de nosotros, y nos van a tomar por locos.

—¿Quiénes?

—Las gentes de los otros pueblos.

—¿Por qué razón?

—Por nuestra pretensión de formar un Estado político, con animales irracionales.

—¡Candoroso! dijo don Quijote— ¿y tú crees que esos otros Estados se componen de otra cosa que de animales? Ante todo, permíteme notarte que estás atrasado en historia natural, cuando hablas de animales irracionales. Ya no los hay, según los sabios modernos, que lo han cambiado todo. Hoy es sabido que todos los animales poseen su dosis de razón y que todo en este punto se reduce a cuestión de cantidad. Así ha invadido la democracia los dominios mismos de la historia natural. Lo que vamos a hacer es la repetición de un hecho, que existe en toda América, por no decir en todo el mundo democrático. No soy yo quien lo dice. El Darwin de la democracia moderna, el mismo Tocqueville, ha dicho estas palabras, que definen nuestra democracia en proyecto, como definen todas las democracias nacientes: «una multitud inmensa de hombres semejantes o iguales... Sobre ellos se eleva un poder inmenso y tutelar, que toma sobre sí solo el encargo de asegurarle sus goces... Ese poder es absoluto... No tiraniza, pero estorba, comprime, anonada, embota y reduce en fin a cada nación a no ser más que una majada de animales tímidos e industriosos, cuyo Gobierno es su pastor». Y esto no es un insulto a la democracia, pues Tocqueville es su apóstol.

—Para mí, dice don Quijote, lejos de insulto, ése es su mejor elogio, porque una democracia de animales tímidos es una mina de oro amontonado y de poder sin límites, para el que la gobierna. Toda la diferencia que separa el pueblo de Quijotanía de los otros pueblos cuya risa temes, es que los habitantes del nuestro son ciudadanos en forma de carneros, mientras los otros son carneros en forma de ciudadanos. En su conducta política, no lo dudes, todos son semejantes, con esta diferencia, que los nuestros son los más modestos, pues siendo más útiles a la civilización, no tienen la presunción de los que creen representarla, sólo porque saben ultrajarla a cada paso.

—Pero en todo caso, mi señor, dice el gallego, no se puede negar que los otros carneros saben hablar, leer y escribir, discutir y votar, reunidos en comicios, llevar y ejercitar las armas, en fin, ejercer más o menos bien su soberanía, como si fueran hombres.

—Permíteme hacerte otra advertencia, antes de responderte, dice don Quijote. No digas los otros carneros, porque son tan vanos, que si llegan a saberlo, pueden apalearnos. Para distinguirlos de los nuestros, bastará decir los otros, o si tú quieres, los sajones, porque todos los carneros políticos son o se tienen por sajones de origen liberal.

Tanto mejor si nuestros demócratas de Quijotanía no saben leer, ni escribir ni hablar. Así ejercerán mejor su soberanía, porque se verán forzados a ejercerla por nuestro conducto, y nosotros la ejerceremos, como es natural, primero en nuestro provecho, y después en el suyo. Para delegarla en nuestras manos, y hacer, a ese fin, sus leyes fundamentales, no necesitan saber más que estas dos palabras: y no, o si quieres una sola, un mero . El sí de los pueblos modernos es el fiat del Génesis político: ellos hacen la ley, como Dios hizo la luz: con un vocablo. O si quieres una comparación menos adusta, el de los pueblos es como el de las niñas, que no por ser dictado y repetido automáticamente deja de ser la ley que gobierna la libertad de toda su vida, de mujeres casadas. Pues bien, ese sí, que hace las familias y las naciones, que crea los reyes y los emperadores, que hace las constituciones y los códigos, nuestro pueblo de Quijotanía lo sabe pronunciar del modo más soberano, y tú lo oyes a cada paso, cuando apenas nos divisa, ya nos saluda simpática y respetuosamente, repitiendo sí, sí, que en su temperamento lirio, equivale a ¡bien! ¡bien! ¡convenido! ¡apoyado!

—Yo lo he oído mal en ese caso, dice el gallego, pues yo he creído entender que dicen ¡mée! mée! que en francés significa pero, es decir principio de negación, de disentimiento, de protesta, de resistencia, en una palabra, lo contrario de sí. ¡Cuidado, señor, con no exponernos a un plebiscito negativo, por un error de orejas!

Don Quijote se ríe del candor de su secretario, o más bien de su ignorancia lingüística.

—Tú no adviertes una cosa muy sencilla y es, que como sajones de origen, nuestros carneros (quiero decir nuestros ciudadanos), hablan inglés, y ese vocablo que te parece mée, es en realidad yes, que en inglés significa sí. Con la ausencia del país original, nuestros sajones de Quijotanía, han variado insensiblemente la pronunciación. Como sajón de raza, nuestro pueblo será a la vez libre, gobernable y civilizado. Descendiente de John Bull, será con propiedad Juan Lanas, como el rey lana será primo hermano del rey algodón.

Gobernable, dice el gallego, ya lo creo, pues seis perros nos bastan para tener en orden a veinte mil ovejas. Pero necesito que el señor me explique ¿cómo puede ser libre una nación de animales tímidos y desarmados, ni cómo un pueblo compuesto de animales puede ser civilizado?

—Un buen ejemplo es el catedrático más breve y convincente. La Inglaterra, que es la patria de la libertad, es la patria del carnero por excelencia. Luego el carnero representa la libertad, precisamente porque es manso y desarmado; es decir, porque representa la paz.

—Dispénseme, señor, si me permito una observación respetuosa: ¿no es un león el símbolo de la Inglaterra, en su escudo de armas?

—Sí, pero es de advertir que la Inglaterra no contiene más león que el de su escudo de armas, mientras su suelo está cubierto de carneros. La India, por el contrario, es la patria de los tigres y leones, lo cual no la impide ser la esclava del país de los carneros.

El león es un animal que ha nacido armado en guerra, y lejos de ser libre, por esa causa, vive al contrario esclavizado en jaulas de fierro. Sólo es libre en los desiertos, donde la libertad es inútil. El cordero al contrario, jamás está encadenado ni enjaulado, y la sola razón de su libertad es que no tiene armas para atacar a la libertad de los otros.

—Pero, yo creo, si no me engaño, persiste el gallego, que el ejército británico no se compone de carneros; y que si no tenemos más soldados que nuestros amables y lanudos ciudadanos, todo enemigo se tendría por feliz de entrar en guerra con nosotros, porque comería buena carne sin trabajo, y tendría buenos colchones en que dormir.

—Yo no niego, dice don Quijote, la necesidad de que formemos un ejército permanente compuesto de buenos perros, esperando a que nuestros carneros ciudadanos se conviertan en hombres, por la ley de la selección natural, ayudada por nosotros con buenos madurativos.

X Dificultades vencidas

—¿Y cuántos meses, o cuántos años serán precisos, para que, según esa gran ley, nuestros ciudadanos de cuatro patas, marchen, vistan, hablen como nosotros? pregunta el gallego a don Quijote.

—Esa es cuestión de ninguna importancia, responde don Quijote, para la civilización de nuestro pueblo. Que un carnero ande en dos pies o en cuatro patas; que vista algodón, como nosotros, o lleve su colchado natural de lana; que hable muchas palabras o que sólo hable una, siempre será un carnero, mientras conserve su índole de tal. Lo que hace al carnero, no es su forma, es su abnegación sin límites; y los dos tercios de la especie humana, exceden felizmente al carnero en esta cualidad. Así como es hoy nuestro pueblo, está mejor dispuesto para el orden y progreso, que lo están los Estados más guerreros de la América del Sud. Más provecho hace al desarrollo de la libertad americana la mansedumbre de nuestros carneros, que todo el brío de nuestros tigres en forma de soldados.

No sé si lo ha notado mi recomendable secretario, prosigue don Quijote, es un hecho que la civilización de Sud-América está representada por los animales mejor que por los hombres; por sus carneros y sus vacas, que le dan sus lanas y sus cueros, en cambio de cuyos productos animales le da la Europa el de sus manufacturas. El caballo, que puebla sus campos, representa como el vapor, la fuerza motriz, que produce su locomoción y movimiento. Si la civilización tiene por símbolos materiales las vías de comunicación, es un hecho que la comunicación libre y sin huellas determinadas, representada por el caballo, lo constituye un vehículo mil veces más simbólico de la civilización, que el wagon del ferrocarril por abundante y económico. Los animales en Sud-América, hacen el papel de los esclavos en la Antigüedad: neutrales en las guerras sociales y políticas, ellos proveen a nuestro sustento, mientras ricos y pobres pasamos nuestras vidas en disputar el poder y la riqueza. El caballo y el buey representan la fuerza motriz en la industria, en que son mejores motores que el brazo del hombre, y casi tan fuertes como el vapor mismo, pues quinientos caballos representan la fuerza de un buque de vapor de primer orden. La fuerza motriz es oro, pan, riqueza, vida, civilización. Aquí se perfeccionan los caminos. Al camino de sangre se sustituye el camino de hierro. Sólo el caballo que, cual locomotivo de sangre, suprime la pampa y el desierto, se bastardea en vez de mejorar bajo los gobiernos que se llaman civilizados. Nosotros trataremos al caballo y al carnero como agentes elementales del hombre civilizado; como mitades de nosotros mismos, en una palabra, como a prójimos, estando a la ley de Darwin más ancha que la ley del Cristo en el sentido del naturalista, ya que no del teólogo.

—Yo no veo más que un peligro en esto, señor, dice el gallego, y ya nuestra cocinera me lo ha señalado. Como ella ha aceptado la idea de que los carneros son nuestros parientes naturales, su conciencia se ha preguntado si podríamos comer a nuestros semejantes sin incurrir en el vicio detestable de antropófagos.

—Como se comen unos a otros los hombres, y aun los amigos en caso de naufragio, es decir, de suprema necesidad, sin ser por eso antropófagos, dice don Quijote. Pero podremos ir manteniendo el viejo régimen mientras los carneros tardan en tomar nuestra figura y semejanza. En este solo punto, es decir, para satisfacer el hambre, iremos manteniendo la idea de que no son hombres, aunque sean ciudadanos.

El gallego saboreó esta solución, sin dejar de observar para sí solo que la moral política de su jefe no era de la primera fuerza; y desde entonces empezó a sospechar que la ambición lo hacía un poco maquiavelista. Todo irá bien, se dijo él, con tal que el precedente no se aplique a mí mismo, en ningún caso extremo.

—Otra objeción me ocurre, señor, dijo él a don Quijote: estando abolida la pena de muerte por la constitución ¿cómo podremos matar a un ciudadano aunque sea carnero?

—Distingamos, dice don Quijote: está abolida la pena de muerte por delitos políticos, pero no por crímenes privados.

—Para el caso, dice el gallego, todo viene a ser lo mismo, pues ¿qué crimen puede cometer un carnero?

—Tampoco un propietario lo comete, replica don Quijote, y sin embargo se le quita la propiedad por causa de utilidad pública. Por el mismo principio, es lícito expropiar la vida de un carnero por causa de utilidad pública, previa indemnización de su valor.

—¿Y a quién será pagada la indemnización previa de la vida que se quita? pregunta el secretario.

—Al mismo carnero, naturalmente, dice don Quijote, con abundante pasto, como hacemos con el cerdo que cebamos para matar y comer. Además nos queda otro recurso de alta política, para salvar la moral de la ley, y es el de imputar al carnero algún crimen capital, como sedición o traición, para justificar su muerte necesaria. Buscaremos un buen abogado, que se encargue de ese ministerio, o lo que es mejor que un buen abogado, un buen pedante o pedagogo, que amenice la sentencia con su erudición divertida, y adormezca el pánico de los carneros que quedan en capilla.

XI Solución de otras objeciones al plan de Quijotanía

—Me queda siempre una duda, que sometí antes de ahora a mi señor, y es ésta: ¿qué utilidad práctica vamos a reportar de la creación de esta colonia o nación de animales? ¿Es un simple experimento científico, o es un mero entretenimiento para pasar el tiempo árido de la vida del campo? pregunta el secretario a su señor.

—¡Es, dice gravemente don Quijote, una empresa de la más práctica y grande importancia! Yo bien veo, amigo secretario, que poco has meditado en los grandes recursos que ofrece la política a los hombres laboriosos y hábiles, que saben explotarla con más intrepidez que vanos escrúpulos. Ser el gobierno de un pueblo, aunque sea de carneros, es al fin ser un gobierno; es tener derecho a tratar con los otros gobiernos, de poder a poder, de cambiar notas y honores con ellos, de enviarles y recibir representantes. Ser un Estado, en lugar de una estancia, es tener derecho a darse un gobierno, a enviar senadores y diputados al Congreso federal, y gozar de dietas pagadas por el tesoro de la nación. Todo esto es no solamente agradable y lúcido, sino extremadamente provechoso y útil. Tú, por ejemplo, ¿no serías más feliz en ir como senador al Congreso, que estar de mayordomo de una estancia? ¿No te sería más agradable verme a mí de gobernador de un Estado, que de oscuro propietario de una estancia?

—Ciertamente que sí, respondió el gallego, saboreando risueño su satisfacción anticipada. Pero ¿quién nos daría esos empleos?

—El sufragio universal de nuestro pueblo de Quijotanía, dice don Quijote, que para eso cabalmente será soberano.

—Y si los carneros, observa el gallego a su señor, se diesen a sí mismos esos empleos, supuesto que todos somos iguales por la ley ¿sería honroso y ventajoso para nosotros vernos gobernados por animales? ¿Serían recibidos ellos mismos como diputados y senadores en el Congreso, o como ministros en las cortes extranjeras, si les cupiese el honor del sufragio popular?

—Esas hipótesis son inconcebibles. No hay cuidado de que los carneros se elijan a sí mismos, ni de que siquiera elijan por sí mismos. Dejarían de ser carneros si eligiesen para sus gobernantes, a otros que no fuesen sus gobernantes actuales. Ellos elegirán ciertamente, desde que son libres de elegir, pero se guardarán de no ejercer su libertad sino por nuestro conducto; y nosotros tendremos entonces buen cuidado de no elegir sino a nosotros mismos. Es la ventaja natural de la libertad representativa.

—Me parece eso tan natural y justo, dice el gallego, que sería un crimen de lesa libertad en el pueblo el elegir para gobernantes a los que no están en el gobierno.

—Sin embargo, para prevenir de lejos ese abuso ruinoso de toda libertad, añade el gallego, me permitiré yo, en mi calidad de secretario, indicar al señor gobernador que no sería bueno darse priesa en sacar a nuestras gentes de su actual capacidad electoral, es decir, que a fin de que mejor ejerzan su libertad, será preferible que no sepan leer, ni escribir, ni hablar más que la palabra .

—Ciertamente, dice don Quijote, que es el más funesto abuso que pueda cometer un pueblo libre, el de querer ejercer su libertad por sí mismo, en vez de hacerla ejercer por conducto de su autoridad competente. Yo comprendo que un pueblo debe tener todas las libertades, pero, naturalmente, ha de ser a condición de no ejercer ninguna por sí mismo, y de entregarlas todas a su Gobierno. La libertad representativa, como el gobierno representativo, significa una libertad que se ejerce por apoderado. El apoderado es libre, pero no es libre por su cuenta, sino por cuenta y en provecho del poderdante, que harto tiene con ser el duelo de la libertad que no ejerce. Así, nuestro pueblo será el más libre de América, por la razón de que será el que menos se moleste en ejercer su propia libertad: el más bien educado para la libertad, por la razón de que no sabrá hablar más palabra que el sí misterioso, por el cual se encarna su libertad en la libertad soberana de su gobierno.

XII Primer amago de desquicio

El gallego acababa de pronunciar un bravo estupendo, cuando dan a la puerta enormes golpes, y tras ellos entra despavorida la cocinera anunciando ¡una revolución!

—¿En Buenos Aires? pregunta don Quijote.

—¿En Chile? pregunta el gallego.

—¡No, dice la cocinera, aquí, entre nosotros!

—¿Por los peones?

—¡No, por el pueblo!

—¿Qué hay? explícate, dicen ambos miembros a la cocinera.

—Que a la vista de un ejército extranjero, el pueblo se ha pronunciado en su favor y por aclamación, pues todo él se ha puesto a gritar sí, sí, es decir yes, yes (o en sajón corrompido, mée, mée) entregándole su autoridad por este plebiscito traidor, como la entregó al señor gobernador antes de ahora, del modo más regular.

—Es decir que estamos destituidos, exclama tristemente el gallego, y que no nos queda otro partido que escaparnos. Pero ¿cómo? ¿Quién nos llevará de aquí? Los caballos deben estar complicados en el movimiento, como miembros del pueblo soberano. Tendremos que capitular con el enemigo.

—¿Es grande el ejército? pregunta don Quijote.

—Se compone de seis hombres, pero cada hombre es del tamaño de seis mil hombres, dice la cocinera que los ha visto.

—Son gigantes en tal caso, dice don Quijote, aterrorizado de verse sin armas.

—Son patagones, dice el gallego.

—Tú sabes, dice don Quijote, que en este país de Patagonia, todo ha sido gigantesco en otro tiempo. El Megaterium era un perrillo de faldas de las mujeres, que eran como torres andantes. ¿Vienen a pie?

—No, señor, dice la cocinera, a caballo, en caballos del tamaño de seis mil caballos cada uno.

—¡Qué decía yo! ésos deben ser Megaterios o Mastodontes, dice don Quijote. ¡Oh! ¡si Darwin pudiera verlos vivos! Como él no vio toda la Patagonia, sin duda se le traspapelaron estos individuos, en algún pliegue del terreno gigantesco. ¿Cómo resistirá un ejército de treinta y seis mil hombres? ¡Nuestra situación es grave! ¡No estábamos preparados!

—Pero vamos a verlos, dice don Quijote.

Salidos entonces al patio, se informaron por los peones de que todo lo ocurrido estaba reducido a que algunos hombres que conducen ganado para Babia Blanca, se habían acercado a la costa según la costumbre del país, en solicitud de algunos víveres, que deseaban comprar, y no encontrándolos habían continuado su viaje, después de tomar agua, de encender sus cigarros y decir un adiós amigable.

—¡Qué comedia! exclamó el gallego, apenas vuelto de su pánico.

—Realmente una comedia, dice don Quijote; pero como no hay comedia sin moral, la nuestra debe tener una.

—Más de una, dice el gallego la primera es que cuando fundemos una Gaceta oficial, será preciso dar la redacción a la cocinera por su gran facultad inventiva.

—Y al secretario, añade don Quijote, debemos darle la cocina y las polleras de la cocinera, por su gran presencia de espíritu. La comedia aunque comedia, no deja de sugerirme un temor, y es el del peligro que corre la seguridad de mi gobierno, por la falta de instrucción y cultura de mi pueblo. Si esos hombres hubiesen entendido su lenguaje, ¿quién duda de que se hubieran prevalido del plebiscito que les ofrecía la soberanía, que no buscaban pero que se hubieran apropiado, como podrá hacer mañana todo ambicioso que sepa que nuestra democracia no sabe otra cosa que ofrecerse a todo el mundo, como una mujer pública? Su posición es al menos la de una mujer bonita, a quien todos los que se acercasen a ella oyesen repetir, sin que nadie le pregunte nada, sí, sí, sí. Cada uno daría por hecha su conquista. Yo empiezo a sospechar que lejos de ser una ventaja para el gobierno la ignorancia del pueblo, puede llegar a ser su mayor peligro.

—Yo siento ser de otra opinión, dice el gallego: yo digo que si la única palabra que habla nuestro pueblo le ha bastado para ofrecer su soberanía al primer conquistador pasante, no necesitaría sino poseer todas las palabras del diccionario, para entregarnos maniatados a cuantos vengan a pedirle su sanción. Yo creo que el sí constituyente de los pueblos, deja la vida de los gobiernos pendiente de un cabello.

—De los gobiernos tontos, dice don Quijote, que no saben hacer decir sí al pueblo que quiere decir no. Yo digo que el pueblo debe saber pensar y hablar, a condición, bien entendido, de pensar y hablar por conducto de su gobierno; o bien sea de no pensar ni hablar sino lo que dicte su gobierno. Es el modo como algunos poderes han conciliado la instrucción popular, con la estabilidad del orden.

—¿En qué quedamos entonces, pregunta el gallego, sobre esta cuestión, que encierra el porvenir entero del gobierno? ¿Enseñaremos a hablar a nuestro pueblo, o le dejaremos reducido al uso del formidable , que hace pasar las coronas de cabeza en cabeza, según el viento caprichoso de la voluntad, o mejor dicho de la lengua popular?

«La lengua de los carneros, será siempre un plato exquisito para los gobiernos que saben ser libres con la libertad de su pueblo, dice don Quijote sentenciosamente».

XIII Sistema de instrucción pública. Academia de Quijotanía

—Yendo por este camino, prosigue don Quijote, nos convendrá fundar academias y universidades en nuestra Quijotanía, para consolidar su gobierno por las luces administradas como el alumbrado de gas, por cañerías de hierro, con sus llaves tenidas por las manos de la autoridad.

La instrucción es la mejor base de la obediencia, cuando es instrucción gubernamental, es decir, cuando es dada por el gobierno en el sentido y según la mira de ser obedecido. Fundaremos a este fin una Academia.

—No será una Academia de la lengua, en todo caso, dice el gallego, porque la lengua de nuestro pueblo se reduce toda a la palabra .

—¿Y qué importa? Será la Academia del , o mejor dicho, la Academia del silencio, destinada a cultivar la gran ciencia del callar la sabiduría negativa que consiste no en lo que dice, sino en lo que deja de decir; no en la verdad que enseña, sino en el error que deja de enseñar; no en lo que estudia, sino en lo que se abstiene de estudiar; no en lo que se sabe, sino en lo que ignora; no en lo que publica, sino en lo que deja de publicar. En este terreno, nuestra Academia podrá ser vencida por otras, si se comparan las producciones: pero ninguna tendrá su gloria de no haber producido jamás un solo disparate. Ya los árabes habían dicho, que si la palabra es plata, el silencio es oro, lo cual equivale a decir, que si Platón es sabio, el carnero es la sabiduría.

—Una nación de carneros, es ya una novedad bastante original, dice el gallego; pero un cuerpo sabio formado de animales, podrá parecer una novedad que no encuentre un solo creyente.

—Poco sabe y poco ha visto en este punto mi novel secretario. Yo le daré las bases, y él redactará sobre ellas, los Estatutos de la Academia de Quijotanía. Y para no perder tiempo ni dilatar su edificación, yo se las daré al instante. (El secretario escribe).

Base Iª. Ninguno podrá ser recibido miembro de la Academia si no prueba por documentos fehacientes, que ignora la palabra, la escritura y la lectura de toda lengua conocida. Si no presenta un diploma por el que acredite que no ha frecuentado escuela alguna, y que son ciencias que ha dejado de estudiar, las matemáticas, la física, la geografía, la historia, la legislación, la moral, la economía política, la teología, la filosofía.

2ª. La Academia constará de diez miembros, cada miembro tendrá un secretario, cada secretario será responsable de lo que se someta a la firma tácita de su jefe, ante su jefe únicamente.

Todos los secretarios serán confidenciales e invisibles, menos el secretario general de la Academia, que será público y dará inspiración a los demás.

La Academia tendrá un tesoro. El secretario general será su tesorero. El tesoro se formará de las contribuciones pagadas por los miembros correspondientes en cambio de su diploma.

3ª. La Academia tendrá miembros correspondientes en países extranjeros, con especial encargo de no mandarle jamás correspondencia alguna.

4ª. Las funciones de académico serán gratuitas. Los secretarios tendrán un sueldo del Estado.

5ª. El Gobierno hará los académicos y los secretarios, y podrá destituirlos por razones del Estado.

6ª. Cada secretario hace su trabajo y lo somete a su académico. Si el académico responde , la obra toma su nombre y el secretario guarda su responsabilidad ante su jefe. Las funciones de secretario de Academia son compatibles con las de secretario de Gobierno.

—Yo pregunto ahora al que tiene el honor de ser el mío, ¿aprueba él o no la idea de mi Academia?

—¿En cuanto a mí, qué duda cabe? ¿No veo desde luego que seré yo toda la Academia? ¿Pero qué dirán los otros de una Academia en que sólo son excluidos los que saben leer y escribir, y eso por la razón de que saben leer y escribir?

—Reír de una academia semejante es no conocer tantas otras que brillan en el mundo. Dios me libre de toda mira de ultrajarlas; pero dudo que exista una sola, cuya tercera parte de miembros sepan entender los libros que llevan su nombre.

XIV Competencia de la ignorancia para hacer buenos libros. Varias instituciones sociales de Quijotanía

—Conozco, dice don Quijote, más de un académico que no sólo produce buenos libros a pesar de su ignorancia, sino que su ignorancia es la única razón o causa de sus buenas producciones, puesto que cuanto menos saben, menos intervienen en la composición de sus obras, que escriben como los reyes escritores por medio de sus secretarios.

Con las luces oficiales, que mantienen la obediencia, daremos también al pueblo de Quijotanía instituciones y leyes que sirvan para agrandarlo, haciendo antes la grandeza de nuestro gobierno. Para hacer de la sociedad una máquina productiva del poder de nuestro gobierno, nos serviremos de un Código social o civil, que daremos desde luego a Quijotanía.

—¡Cómo! observa el secretario ¿un Código civil y social, antes que una constitución política, antes que una ordenanza militar, antes que un reglamento de comercio y de industria?

—Todas estas cosas, dice don Quijote, no son sino ramas accesorias y subalternas del Código civil; por mejor decir, son meros capítulos del Código civil. Formad la sociedad para que sirva a la grandeza del gobierno, es decir para la guerra, y tendréis formada su ordenanza militar, su constitución política, su iglesia, su industria.

Tal cual es la sociedad, así es el ejército, así es la iglesia, así es el gobierno mismo. Todo lo que está en la sociedad, está en el Código civil, que es la verdadera ordenanza militar, la verdadera constitución política, el verdadero código eclesiástico, la verdadera ordenanza de comercio.

Para construir el edificio social, el Código civil hace todas las piezas, ruedas y resortes de que la sociedad se compone. Él hace la persona o rol social del hombre, de la familia que es almáciga de la sociedad, de la propiedad o el patrimonio de que vive la familia; el movimiento de la propiedad o los contratos y testamentos, que hacen circular la propiedad alrededor de toda la sociedad, como el agua que riega todo el huerto.

Yo hablo a mi secretario con la historia en la mano.

—Ya lo creo, dice el gallego, porque esas cosas no me parecen inventadas por mi jefe.

—Los Césares de todas las edades, prosigue don Quijote, que supimos siempre donde nos aprieta el zapato en hecho de constituir la sociedad de nuestro mando en el interés de constituir nuestro poder soberano y perpetuarlo, tomamos desde luego a la sociedad entera en nuestras manos y le dimos el molde que convenía al vigor y mantenimiento de nuestra autoridad, organizando de un golpe, por un código social, no solamente la sociedad, sino el gobierno en sus raíces más profundas, el ejército, en los gérmenes sociales de su disciplina, la riqueza pública y la pobreza privada en sus manantiales más hondos. Así los emperadores romanos dejaron a la posteridad los códigos civiles, que perpetúan no sólo su nombre, sino su autoridad, en cierto modo, sin dejar constituciones políticas ni reglamentos militares. Sus imitadores modernos, Carlo Magno, Alfonso de España, Federico de Prusia, el Emperador de Austria, Napoleón I y su inacabable fila de payasos, buscaron la constitución que convenía más al vigor y sostén de su poder en la organización que a ese fin dieron a la sociedad entera por sus códigos civiles que aun viven, no por constituciones políticas, que no han dejado.

XV Territorios. Medios de agrandar los de Quijotanía

—Para agrandar el poder del Gobierno, que es el fin, por la grandeza del país, que es el medio, el Código social reconoce tres caminos: 1º, el engrandecimiento del territorio nacional: 2°, el aumento de su población: 3º, el ensanche de la obediencia, que hace del pueblo el brazo del gobierno. El brazo, no debe saber pensar. Todo el pensamiento reside en la cabeza, en un cuerpo bien organizado. Un hombre cuyas piernas y brazos tuviesen la facultad de pensar, que corresponde a su cabeza, sería un monstruo, y ese monstruo sería el monstruo de la anarquía; la discordia hecha hombre. Sólo el cráneo social, es decir el gobierno, debe saber pensar, por toda y para toda la sociedad entera. Desparramar la luz en todo el pueblo, es como disipar la autoridad, como armar a todo el mundo, para que todos manden y ninguno obedezca.

—Temo, dice el secretario, que esas máximas parezcan tomadas al imperio de la China, y que nos acusen de querer hacer de Quijotanía, la China americana, es decir, de querer contrahacer el Paraguay del doctor Francia.

—Cual más cual menos, dice don Quijote, todos son chinos los gobiernos de este mundo. Al paso que van las cosas de este siglo, yo no desespero de ver resucitado el viejo imperio, que se hunde en el extremo oriente asiático, en las regiones orientales del nuevo mundo americano, como vemos resucitada a la Asia Menor, en las leyes que gobiernan a las sociedades cristianas de Occidente. La China invade al Occidente en materia de libertad, teniendo por vanguardia a los socialistas de la democracia moderna, que son los precursores del gobierno que vamos a ensayar en Quijotanía.

Aunque el territorio sea lo primero que nos falta, será lo último de que tendremos que ocuparnos, si hemos de adquirirlo por conquista, que es el método usado por la industria de los emperadores. Si lo intentamos por un ejército de carneros, no es seguro que eclipsemos la gloria de Bismarck. Patagonia nos pertenece por la geografía; pero como las naciones han dado en vivir fuera de su casa, no hay Estado vecino que no pretenda ser dueño de Patagonia.

—Hagamos como ellos, dice el secretario, para eludir su conflicto, sin perjuicio de agrandar nuestro suelo pacíficamente.

—¿Por qué método? pregunta don Quijote.

—Anexando por un decreto al territorio de Quijotanía, las seis Pléyades, que según el testimonio uniforme de todos los astrónomos, que las han visitado por medio del telescopio, son seis mundos del tamaño del nuestro. Así viviremos más que a la moda, es decir, no sólo fuera de nuestro territorio, sino fuera de este mundo. Sedamos el imperio del aire. Son seis mundos con la ventaja de no parecer sino seis chispas de esa arena brillante, que forma el suelo del cielo; así nadie nos disputaría una cosa tan abundante.

—¿Y por qué seis, en ese caso, y no seiscientas o la mitad del cielo, supuesto que nadie ha pensado en esa conquista?

—Para no tener disputas por el cielo, con los hombres de este mundo. La moderación de nuestra adquisición dejaría indiferentes a los otros poderes.

—Pero ¿qué utilidad práctica tendría esa anexión nominal?

—Mil anexiones se han hecho en este mundo, que no han sido más positivas, y sin embargo se han respetado sus títulos. Aumentado nuestro territorio con el archipiélago de las Pléyades, estas Islas Malvinas celestiales, ya veríamos si los ingleses iban a quitárnoslas como a las otras. Nuestro título posesorio, una vez admitido (pues nadie pretendería haberlas ocupado antes que nosotros), sería plata efectiva por procederes financieros de todos conocidos en esta época. Sobre su depósito en un banco hipotecario, tendríamos millones de libras esterlinas a préstamo con la hipoteca de cada Pléyade.

—¿Pero, habría Banco que diese plata sobre tales hipotecas? pregunta don Quijote.

—Se prestan millones cada día, dice el secretario, con hipotecas menos sólidas. Como el dinero prestado no pertenece al Banco que lo presta, mejor que pertenece la cosa hipotecada al que lo recibe, todos los grandes negocios de crédito se hacen de ordinario sobre bases meteorológicas o atmosféricas, sin que por eso dejen de producir a los agentes intermediarios, los provechos más reales y positivos. Todo depende del prestigio del deudor; pero ¿es el crédito otra cosa que un prestigio, es decir el brillo de una pléyade, que tal vez no existe? Con el archipiélago de las Pléyades anexionado a nuestro suelo seríamos un imperio colonial, en la forma de esos granos de arena poseedores de mundos lejanos, como el Portugal y la Holanda de otras edades.

—Pero dudo, observa don Quijote, que tales títulos nos basten.

—Aun tendríamos en ese caso otro título, que no dejaría pretexto de vacilación a la chicana de un judío: acudiríamos al Papa en busca de una bula de concesión de las seis Pléyades, a título de administrador, que es del cielo, como tenedor de sus llaves en nombre del propietario supremo. ¿Con qué otro título fue España poseedora de esta tierra patagónica, en que está comprendida Quijotanía? ¿Quién osaría negar ante la bula pontificia que las Pléyades eran territorio integrante del territorio de Quijotanía? Se le pueden disputar al Papa sus Estados en la tierra, pero no sus dominios en el cielo.

—Tú me convences, secretario, y desde ahora prometo nombrarte mi virrey, en nuestro archipiélago de las Pléyades.

XVI De la población de Quijotanía y su ensanche y progreso

Aumentar la población es agrandar el Estado, su fuerza, su riqueza, su bienestar. Pero en un país despoblado, el poblarlo es sinónimo de hacerlo, de crearlo, de constituirlo. No toda población conviene a este propósito. La población es un bien cuando es un elemento de orden y de gobierno; cuando ella es al gobierno, lo que los brazos y los pies son a la cabeza del cuerpo humano. El brazo que piensa, que razona, que sufraga, usurpa el rol de la cabeza, que es la capital del cuerpo humano y silla de su gobierno. En este sentido, don Quijote opinaba que después del carnero no había poblador más útil para un país, que obedece a un gobierno libre, que el hombre salvaje. Dotado de la misma literatura que el carnero, la cual consiste en no hablar, ni escribir, ni leer, el salvaje, como el soldado de un país libre, es esencialmente obediente; su rol de ciudadano es esencialmente pasivo. Por este modo de ser jamás puede ofrecer obstáculo ni resistencia, a las libertades del gobierno. No puede ser capaz de ambición, ni de oposición, ni de sedición, ni de revolución contra el gobierno, estando desnudo de voto pasivo, ni candidato para puestos elevados en el gobierno. Al contrario, un gobierno libre debe atraerlo como al inmigrado más capaz de colaborar en sus libertades, por su admirable aptitud para ejercer sus libertades de no hablar, de no escribir, de no leer, de no hacer nada sino por intermedio del gobierno, como sus conciudadanos de cuatro patas.

Felizmente Quijotanía está situada al lado de los manantiales de esa inmigración preciosa que puebla la Patagonia, la Pampa, la Tierra del Fuego, etc. Con atraer a los indios de esos desiertos, la población de Quijotanía quedaría formada en cuatro días, de súbditos tan aptos como los carneros para la obediencia pasiva.

La anexión de los indios traería consigo la de sus tierras, y nuestros dos problemas de vida o muerte, quedarían resueltos de un solo golpe, o por mejor decir nuestros tres problemas, siendo el tercero el de una población ilustrada en el callar absoluto del carnero sajón.

—Pero, los indios que quedan en esa parte de América son pocos, observó el secretario. Aunque los ganásemos a todos, nos traerían con su exigüidad los peligros a que los expone la codicia extranjera, de que sus tierras son objeto.

—A falta de salvajes de la América desierta, los traeríamos de la Europa poblada, contestó don Quijote, sin la menor ironía.

—Pero ¿hay salvajes en Europa? preguntó el gallego.

—Cien veces más que en la Patagonia, la Pampa y la Tierra del Fuego reunidas, contestó don Quijote. La parte más civilizada de la Europa contiene millones de hombres, que no saben leer ni escribir mejor que un carnero o que un salvaje de la Pampa. La misma Londres, y París, están llenas de salvajes letrados, que no por saber leer y escribir son menos salvajes que los pehuenches. Poco importa el país de procedencia con tal que el inmigrado de Quijotanía escriba, lea y hable como un carnero, es decir, que no hable, sino por las manos, por los ojos, por los labios de su gobierno. Más ignorantes que mis pies, no lo serán jamás, y todas mis libertades me serían estériles sin el auxilio de mis pies, que son mis mejores súbditos.

La materia de este capítulo y del que va a leerse, es una prueba del cambio que ha producido América en los caracteres de don Quijote y de su escudero, llámese Sancho, o no sea más que un gallego innominado. Se diría que cansado de enderezar entuertos, el inflexible caballero de la Mancha se ha vuelto en América un secuaz servil de los hechos, como para quitarles y apropiarse su poder; Sancho, por el contrario (suponiendo que el gallego sea su metempsicosis), se ha hecho fantástico y visionario, tal vez por emular a su ex-patrón del viejo mundo, en la cualidad que ha formado su celebridad. Es una prueba de este cambio de caracteres, la divergencia de opiniones que los divide en el debate a que da lugar la discusión del plan y táctica con que deben organizar a Quijotanía, para poblarla con los salvajes de América y Europa, que, después de los carneros, son los habitantes más capaces de aumentar el poder y el prestigio de un gobierno libre.

XVII Los indios salvajes y su conversión

—¿Cómo atraerá los indios salvajes para refundirlos, con sus tierras, en el pueblo de Quijotanía? Por el método de Bismarck es imposible, no teniendo más población por ahora que nuestros carneros para formar ejércitos. Tenemos que invertir su divisa, y hacer de esta otra nuestras horcas caudinas: El derecho prima la fuerza; esperando que cuando Quijotanía se componga de todos los salvajes de esta parte del mundo, tendremos buen cuidado de dar vuelta al axioma, y repetir con el siglo xix: «La fuerza prima el derecho».

—No pudiendo conquistarlos por la espada, dijo don Quijote, los conquistaremos por la religión.

—¿Con sermones predicados para disuadirlos de que roben y maten y se embriaguen?

Es peor que declararles la guerra a sangre y fuego. Su existencia, su felicidad, su gloria toda, consiste en violar el Evangelio. El crimen es su industria, su diversión, su derecho civil, porque es más inconsciente todavía que el derecho con que los soberanos del mundo civilizado queman, destrozan y devastan los países de los otros soberanos, sus hermanos. Los jesuitas intentaron conquistarlos por sermones; y primero que abdicar el robo y el homicidio, colgaron a los jesuitas mismos. De resultas de eso fueron las Misiones a docilizar los indios del Norte, ya docilizados por los Incas y su antecesores semi-civilizados. Marchando delante de los hechos, los jesuitas se dieron por autores de los hechos. Para convertir a los indios salvajes tenemos que dejarles dos tercios de sus hábitos, por bárbaros que sean, y no quitarles otro tercio, sino cuando hayan adquirido nuestros gustos y adoptado nuestros usos, sin esperar a que renuncien jamás al otro tercio de los suyos primitivos.

Sobre todo, continuó el secretario, si no les dejamos una parte de su barbarie, se los llevará el gobierno argentino, que parece haberles asegurado y garantido el goce íntegro de ella, a condición de tenerlos por amigos, para que devasten amigablemente sus campañas con toda seguridad. El amor al robo en el salvaje, se confunde con el amor a la patria y a sus leyes.

—Como otros patriotas, que sin ser salvajes, dice don Quijote, adoran a su patria, como a su vida, por la simple razón de que viven del pan que se hacen dar por la patria. Seamos justos. ¿Qué es nuestra civilización sino la barbarie regularizada? ni ¿qué es la barbarie sino la materia primera de que está fabricada nuestra civilización? Civilizado o bárbaro, el hombre vive del robo: toda la diferencia está en la forma del pillaje. Desnudo y desarmado, el hombre nace conquistador y usurpador por derecho. Examinad su persona de pies a cabeza: todo lo que viste es ajeno, y lo tiene contra la voluntad de su dueño. No dirá él, que el ternero ha consentido gustoso en que le saquen el cuero de que está formado el calzado que visten sus pies; ni que el cabrito le ha regalado su propio pellejo para que vista sus manos con el guante que las abriga. La lana de que está hecho el vestido que cubre su cuerpo, pertenece a los carneros, que han quedado desnudos, a la intemperie, para que el hombre cubra su desnudez. La seda de su corbata y de su sombrero, ha sido el traje de gusanos, que han quedado desnudos para que el hombre se adorne con su precioso producto. ¿De qué se alimenta el hombre más civilizado y más cristiano? De cadáveres de animales, que lejos de dañarle, han sido a menudo sus mejores servidores y amigos: las gallinas y los pichones por ejemplo. Su mesa diaria es un anfiteatro anatómico; una carnicería hecha a sangre fría; un montón de cadáveres o de vivientes que han sido muertos, para que el hombre viva, y viva bien, y lo mejor posible. ¿Qué es la cama en que duerme? Lana y pluma, que han dejado desnudos o sin vida a sus dueños naturales.

El secretario no pudo impedirse de interrumpir a su jefe con estas palabras:

—Ya veo el efecto mágico de esta política. Bastará presentar la civilización por este lado para hacerla amable, no sólo a los ojos de los salvajes, sino de los animales mismos. Es como la rehabilitación de su estado, que debe llenarlos de orgullo, y decidirlos muy posiblemente a aceptar gustosos un compromiso, que a nosotros mismos nos obligue a barbarizarnos un poco, en el interés de la civilización; con tal de que no llegue al extremo de hacernos parecer cómplices de su barbarie, ante los maliciosos que quieran aprovecharse de ese pretexto para atacarnos como a indios bárbaros.

—Todo lo contrario, dijo don Quijote, sin ironía: cuanto más nos acerquemos de los usos de los salvajes, mayor será la parte que nos quepa en las garantías que les acuerda el Gobierno Argentino. Nuestro Código será un tratado de paz entre la civilización y la barbarie: la paz de los extremos. Ni tal orden de cosas es tan nuevo como mi secretario pudiera creerlo. Los soberanos más civilizados del mundo no vivimos de otro modo entre nosotros mismos, por más que los súbditos vivan en ese orden artificial, que llaman civilización. Los soberanos vivimos en el estado de naturaleza, los unos respecto de los otros; sin autoridades ni leyes comunes: en la más soberana libertad. Resolvemos nuestras contiendas a palos. El rey más civilizado de la Europa es un Calfucurá respecto del soberano vecino, en cuanto a independencia de toda ley y de toda autoridad común. Damos a este régimen de cosas, el nombre de derecho de gentes, precisamente por ser la rama del derecho que más bien merece llamarse derecho de animales.

Así, no teniendo ejército para imponer a los salvajes nuestras leyes, por el método de los emperadores romanos, ni por los terrores celestes empleados por los jesuitas, haremos que las reciban por gusto; y para que tengan gusto en obedecerlas, haremos que ellas confirmen una parte de su derecho civil de matar y robar legítimamente.

Como Moisés, como los primeros legisladores teocráticos, haremos creer a los indios, por el tenor de nuestras leyes, que todo lo que existe y sucede en Quijotanía, es porque así lo ordena y manda nuestro Código civil.

—Ese secreto de Moisés, era también el de nuestro paisano el poeta Quevedo, observó el gallego: «Para verse seguido por las mujeres, no hay sino caminar delante de ellas».

—Es el secreto de todos los legisladores sabios, dijo don Quijote, que saben ser meros copistas de Dios, cuando hacen leyes, que ya están hechas, y escriben códigos, que rigen el mundo sin estar escritos.

—Ese método, observa el secretario, tiene un inconveniente y es, que él puede acabar por hacer creer a los que marchan por delante de las cosas, que son las cosas las que los siguen a ellos, en materia de legislación y de gobierno.

—Tanto peor para los que sucumban a esa fatuidad, responde don Quijote, pues tendrán la suerte de Satanás, que cayó de su altura eminente, precisamente porque se creyó tan poderoso como Dios.

—Yo creo, dijo el gallego, que para evitar disputas y pleitos de contre-façon, falsificación de leyes, con el Legislador Supremo, lo más seguro sería copiar uno de esos códigos con que los emperadores y reyes absolutos amoldaron las sociedades de su mando, para hacerlas servir al ensanche y sostén de su poder personal. Sería el medio de ganarles su gloria, sin tomarse su trabajo.

—Pero mi secretario olvida, dice don Quijote, que para imponer copias de códigos, cuyos originales se impusieron a los pueblos por la fuerza de los ejércitos, se necesitan ejércitos de ese mismo poder, es decir, ejércitos de soldados, no de carneros. Lo más obvio y económico en nuestro caso, será copiar al legislador que codificó sin ejércitos. De este modo, en vez de copiar copias, copiaremos el original mismo del código civil de la creación.

—¡Pues qué! ¿Hay un código civil de la creación? ¿Dónde está ese código? ¿Quién lo conoce? pregunta el gallego.

—En todas partes, para el que sabe leerlo, responde don Quijote. Vivimos en virtud de sus preceptos y los seguimos sin pensarlo, como meros instintos condicionales de la vida. Yo dictaré a mi secretario el plan y las bases de ese código de los códigos, para que en la calma del recogimiento, medite y haga nacer todo su texto de las grandes bases y según el plan que me limitaré a diseñar en el siguiente título preliminar, o prefacio, o preludio, o sinfonía del Código civil de Quijotanía.

Bajo su dictado el secretario escribe lo que sigue:

XVIII Código civil de la creación. Título preliminar

«El Código civil o social de la creación se deriva todo entero del plan de la creación animal.

»El Código es el camino, el plan es el fin. Definir el fin, es encontrar el camino.

»Es el plan de la creación, vivir y desarrollarse continuamente, mejorando cada vez más su vida. Si se interroga al animal (hombre o bestia) ¿qué quiere, qué busca, qué necesita en este mundo? Por todos sus instintos, por todos sus actos, su respuesta universal y uniforme, será: vivir, vivir mucho, vivir bien y cada día mejor.

»Hasta en los combates sangrientos, el hombre muere, buscando mejorar su vida. Éste es su fin desde que nace por la voluntad de otros, hasta que muere contra su voluntad propia. Si hay quienes mueren por su gusto, la ley no es hecha para ellos, porque son fenómenos aislados de la vida.

»Así la vida, más que del hombre, es propiedad de la especie humana. El individuo no es sino la forma de la especie, pero forma elemental y esencial, sin la cual la especie perecería, como el individuo.

»Cada especie, en el plan de la creación, es una criatura colectiva, un ente compuesto y multíplice, cuyas partículas o individuos se tienen asidos recíprocamente por leyes fisiológicas que presiden a su común y, a la vez, parcial conservación y desarrollo. Esas leyes, en conjunto, son el código civil o social del ente colectivo y multíplice, que se llama sociedad. Los individuos de que está formado están sujetos y encadenados entre sí, por las necesidades recíprocas de su existencia, como las partículas de que consta el cuerpo de cada hombre o como los planetas de que se compone el ente o grupo astronómico, que se llama sistema planetario. La sociedad vive por el individuo y para el individuo, porque el individuo vive por la sociedad y para la sociedad.

según esto:

»Las divisiones y objetos del Código civil de la creación nacen simplemente del plan de su instituto, que se reduce a mantener y desarrollar la vida de la humanidad, en su forma natural, que es la sociedad. Su orden es el siguiente:

»Primero que todo, la concepción de la ley; es decir, su definición, su promulgación, su alcance, sus efectos;

»Luego, el hombre y la producción de su ser. De aquí el matrimonio, la familia;

»Luego, su crianza y desarrollo. De ahí la patria-potestad, la tutela, la curatela;

»Luego, las cosas asociadas y adheridas y asimiladas al hombre, como accesorio de su persona y condición de su existencia. De ahí la propiedad;

»Luego, el movimiento circulatorio de la propiedad, que, como la circulación de la sangre, distribuye la vida en todos los miembros de que la sociedad se compone, por la acción de su facultad más noble, la libertad de su voluntad. De ahí los contratos y obligaciones;

»Luego, la perpetuación del hombre por su posteridad y descendencia, de que es condición natural la herencia por la cual el hombre sigue haciendo vivir a su posteridad desde la tumba.

»El código civil de la creación, no encierra, en grande, otra cosa ni sustancia, dice don Quijote; pero es un hecho que todo esto está en el código de la creación y pertenece al orden de lo creado. La ley, la familia, la propiedad, su circulación por la voluntad libre del propietario —único comunismo conciliable con la libertad—, es decir, los contratos, la herencia, son instituciones civiles o sociales fundadas por el Creador del hombre; no son creaciones del hombre. Admitiendo que el Gobierno no es hombre, sino vice-Dios».

XIX Títulos-espécimen o muestras deducidas de las bases que preceden

TÍTULO PRIMERO

De las leyes

«Art. 1º. La ley social o civil es la necesidad de todos, sentida y proclamada por uno solo. Este uno solo es el soberano, es el gobierno, es el legislador».

—Sin duda, interrumpe el secretario, eso debe de estar ilegible, o mal escrito en el Código de la creación. ¿Cómo se puede saber que una necesidad es de todos, si todos no la sienten y proclaman? ¿Se puede sentir frío, hambre, sed, o dejar de sentir estas necesidades por conducto de un procurador?

—Ciertamente que no, dice don Quijote, estando a lo vulgar y común; pero éste es el gran misterio de la ley y de la autoridad que la da. Sin misterio no hay religión, ni ley, ni creación, ni Dios, ni alma. ¿Conoce el hombre la naturaleza de estas cosas? ¿Dejan de existir porque no las conozca?

«Dios no necesita conocer el hambre para legislar sobre el hambre.

»Si la necesidad sentida por todos, debiese ser proclamada como ley por todos los que la sienten, la ley vendría a ser hecha por todo el mundo, es decir, por la sociedad y naturalmente para la sociedad, lo cual quitaría al Gobierno toda razón de ser y existir; y yo y mi secretario perderíamos el gobierno de Quijotanía ipso facto. Esto es contrario al Orden de la historia. No se conoce un código civil que no haya sido hecho por uno solo y para uno solo, es decir, para el Gobierno. No se conoce hasta hoy una sociedad que se haya legislado y codificado por sí misma y para sí misma. En cuanto a la nuestra, se quedará sin leyes civiles perpetuamente si espera a ser capaz de intervenir en su sanción. No será, pues, Quijotanía, compuesta de carneros, la que dé al mundo el ejemplo de lo que no se ha visto hasta hoy».

XX Del legislador

«Art. 2º. Hace la ley el que hace la necesidad, y es autor de la necesidad el autor del hombre.

»Luego el poder soberano de legislar la sociedad, pertenece al Gobierno, como creador supremo que es de todo lo que existe bajo su poder.

»El Gobierno rehace lo que Dios hace. Es el segundo creador del hombre, en el sentido de que pudiendo quitarle la vida, se la deja. Deudor al Gobierno de su vida, el hombre es su criatura, en este sentido. Todo hacedor es legislador natural de su obra, de su hechura.

»Como hace al hombre, el Gobierno hace las leyes y condiciones orgánicas del hombre; hace sus facultades, sus derechos y deberes, sus instituciones, sus progresos, su civilización. Hace todo esto dejando de impedirlo. No es su matador, luego es su creador. Por este método ha sido hecha la unión actual de la nación o sociedad argentina, mediante el poder humano de sus presidentes.

»El Gobierno hace los hechos por el hecho de no deshacerlos e impedirlos. Organiza la nación por el hecho de no desorganizarla. En una palabra, el Gobierno es autor de todo, por el hecho ventajoso y cómodo de no ser autor de nada. Es el segundo misterio de su instituto divino.

»En este sentido histórico, el Gobierno es la vice-Providencia, el vice-Hacedor de la nación de su orando».

XXI De los efectos de la ley

«Art. 3º. En consecuencia del artículo anterior, la ley no tiene efecto retroactivo, ni efecto activo, ni efecto preventivo. Es decir que la ley no cambia la historia, porque los hechos están hechos; ni el presente hijo del pasado, porque los hechos de hoy son hijos naturales de los hechos de ayer; ni el futuro, hijo del presente por la razón dicha dos veces.

»Todo el efecto de la ley es entonces negativo, y consiste en dejar las cosas como estaban.

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»El solo efecto positivo de la ley es hacer vivir al legislador, es decir, al gobierno que la hace, que la reglamenta y que la ejecuta.

»Cuanto más negativa es la ley, más eficaces son sus efectos, porque las personas y las cosas del Orden social, están ya legisladas por su hacedor primero».

XXII De las personas

«Art. 4º. Aunque es un hecho que la ley rehace las personas, teniendo presente que los hombres están ya hechos, y que la experiencia ha probado que su hechura no es mala, se confirman por el Código de Quijotanía, las tradiciones y costumbres siguientes relativas a la producción del hombre, a su conformación o hechura, a su crianza y desarrollo.

»Art. 5º. Todo el que nazca en Quijotanía, continuará en la obligación de ser hijo de un hombre y de una mujer. Ninguno podrá producirse a sí mismo. Es prohibida por la ley toda especie de generación espontánea».

—Pues es lástima, interrumpe el secretario, porque éste sería tal vez el medio de evitar las desuniones, que suscite la unión matrimonial.

—Mi secretario, dice don Quijote, verá en los artículos siguientes la razón de ser de la unión matrimonial. Si cada ser se produjera por sí mismo, la sociedad no existiría por falta de objeto. El hombre dejaría de ser un ser social, perfectible y capaz de civilización. La sociedad tiene su principio y raíz fundamental en la necesidad que tienen unas de otras las tres personas, que suponen el hecho de la producción del hombre. Esa sociedad de tres, debe la persistencia que la hace ser institución, a la indigencia con que el hombre viene al mundo.

XXIII Usos confirmados

«Art. 6º. Confírmase por este Código la costumbre según la cual todo hombre en Quijotanía está obligado a nacer diminuto, desnudo, desarmado, iletrado, mudo, estúpido, incapaz hasta de tenerse de pie».

—¿Y por qué tanto privilegio para nuestra querida raza? pregunta irónicamente el secretario, por no reírse a carcajadas.

—Pues no es ironía, dice don Quijote, el llamar privilegios a esos aparentes rigores. Si el hombre naciese vestido, como el carnero, no sería él fabricante de las ricas y variadas telas con que cubre su desnudez, hermoseando su persona. Si naciese armado como el león, no sería el inventor del cañón Krupp. Si naciese instruido y productor como la abeja, no seguiría viviendo de la vida de su madre, los largos años que requiere la infancia de su vida secular; ni la madre, dividida en dos existencias, viviría esos años bajo el amparo del autor de esa multiplicación. La cadena que, de esos tres seres, hace un grupo necesario a su recíproca existencia, es la ley de la familia, y la familia es el taller en que se renueva y perpetúa la especie humana en su forma natural, la sociedad civilizada.

«Art. 7º. A ningún hombre, en Quijotanía, será permitido por las disposiciones de este Código quedarse toda su vida en las condiciones vergonzantes con que viene al mundo. Así, tan pronto como nazca, empezará a crecer gradualmente en sus facultades físicas, morales e intelectuales, para bastarse a sí mismo, hasta alcanzar el nivel de sus padres, a los veinticinco años, más o menos.

»Art. 8º. Cada hombre es libre de vivir, si puede, más de cien años, pero la ley no permite vivir dos siglos.

»Art. 9º. Se adjudica a cada hombre, por la duración de su vida, la propiedad de toda su persona, y nadie podrá despojarle de sus pies, de sus brazos, de su cabeza, ni de sus sentidos, so pena de nulidad».

XXIV De las cosas y su propiedad

«Art. 10. Dueño de su persona, el hombre es dueño y propietario de todas las cosas que le tienen por autor y creador, y que sin formar parte de su persona, son necesarias a su existencia. Ocupar y tener, es producir, cuando es sin quitar a otro lo que ha ocupado o producido.

»Art. 11. La propiedad individual es consagrada por el Código Civil en provecho de la sociedad toda entera, no por un comunismo ciego y animal, sino por su aptitud a circular entre todos, por la voluntad libre de cada uno, en servicio de sus necesidades respectivas, tan variadas y diversas como las propiedades mismas».

—Yo creo, dice el secretario, que éste es el momento de hacer una observación, que interesa a los destinos sociales de Quijotanía.

—¿Cuál es? pregunta, sorprendido de la observación, el legislador de Quijotanía.

—La propiedad dividirá un día a nuestra sociedad de Quijotanía, como tiene divididas a todas. Para preservarnos de ello con tiempo, ¿no convendría prevalernos de la sanción del Código para suprimirla del todo, en provecho de todos? ¿puesto que la ley es la necesidad de todos?...

Sentida y declarada por uno solo, interrumpe don Quijote, y ese uno solo, que aquí soy yo, no gustaría desprenderse de lo mucho que tiene, en provecho de gentes que nada tienen.

A mi vez aprovecharé de este momento para explicar a mi secretario colegislador, que la propiedad, lejos de ser la anarquía, es el orden y la paz de las sociedades.

No es de una buena legislación, ni de una buena política, lo que no está en la naturaleza de las cosas. El comunismo en el sentido de una fusión de todas las propiedades individuales en una sola propiedad pública y común, es imposible, no según el código A, B, C, D, sino según el Código civil o social de la creación. El hacedor de todo lo creado ha hecho la propiedad individual haciendo al individuo; y yo, legislador y modesto vice-creador de Quijotanía, no puedo separarme de las instrucciones de mi comitente divino. La propiedad individual es el individuo mismo, considerado en las cosas que le deben a él su segunda creación, y se hallan adheridas a su persona para alimentar su existencia de hombre civilizado.

No habría más que un medio de suprimir la propiedad individual; ese medio sería el suprimir al individuo mismo.

¿Es posible hacer de dos o más hombres uno solo? Pues tan posible como esto, es refundir dos o más propiedades en una sola propiedad definitiva y permanente. Si los dos o más propietarios continúan a ser dos o más individuos distintos, las dos o más propiedades suprimidas, no tardarán en producirse de nuevo.

Por otra parte, suprimir el individuo, sería suprimir la especie humana. Si por un milagro de que sólo Dios es capaz, se refundiesen todos los individuos que la forman en un solo y único individuo, ese sería el preludio de su muerte, porque siendo mortal todo individuo, la especie humana hecha un solo hombre, dejaría de existir al fin de ese único individuo. La especie humana no es perpetua, sino porque se compone de individuos, que no mueren y se reproducen sino para que la especie subsista siempre.

Y así como el individuo es la forma esencial, que ha recibido la especie para renovarse y vivir perpetuamente, así la propiedad individual ha sido hecha para utilidad y goce de la sociedad entera. Y no deja de ser útil a ese destino, sino cuando es suprimida para formar un comunismo destructor del orden natural de la sociedad humana.

No hay duda que platónicamente, y en abstracto, se hacen de dos o más propiedades una sola, pero es a condición de hacer de dos o más personas, una sola persona ideal y abstracta, es decir, una persona que no existe sino en la idea. Eso es el matrimonio, que de marido y mujer compone una persona; eso es la sociedad colectiva, que de muchos asociados compone una persona moral y abstracta. Pero esa fusión o comunismo es puramente artificial y platónica. Ella no impide que los dos o más individuos refundidos en uno solo, por el Código Civil, sigan existiendo como dos individuos por el código de la creación. Y basta esto sólo para que la propiedad individual siga existiendo en el seno mismo del comunismo abstracto y sin realidad.

Más que el individuo mismo, la propiedad individual es la fuerte y poderosa razón de ser de la sociedad civilizada. O mejor dicho, la propiedad es la civilización, no solamente porque ella es el hombre considerado y garantizado por la sociedad en su dominio sobre el mundo físico, exterior a su persona, que su genio ha sabido amoldar y anexará ella para completarla y extenderla; sino porque la propiedad es el mecanismo por el cual, un hombre, que no produce más que una sola cosa, goza de todas las cosas que los otros producen, mediante el cambio libre, que el hecho de la sociedad hace posible.

Hasta por sus excesos la propiedad ha servido a la civilización humana elevándola al ideal de perfección de que es capaz el hombre. Sin esos hacinamientos anormales de la propiedad, llamados grandes fortunas, la sociedad no habría conocido jamás esos modos de existencia que han exaltado al hombre hasta dotarle del tacto de los dioses para lo que es discernir lo bello, lo bueno, lo justo, lo noble, lo grande, como es incapaz de concebirlo, el que no es más propietario que lo es un carnero o un caballo.

—Ya veo, dice el Secretario, que mi augusto patrón no peca de socialista.

—Al contrario, responde él: yo soy socialista por excelencia, como lo somos todos los soberanos y legisladores que hemos hecho la sociedad, por la acción de nuestros códigos civiles. Pero mi socialismo es el de la creación. La sociedad es obra de Dios, como el individuo, que no es sino su forma. Si no hubiese más que un solo hombre, no habría sociedad, porque ¿de quién sería socio ese hombre solitario? ¿Tú crees que el padre, la madre y el hijo, están en sociedad por un pacto que ha estado en su mano celebrar o no celebrar? Pues la gran sociedad en que viven los hombres de la especie humana, no han sido ellos más libres de no celebrarla que lo han sido los tres seres de esa sociedad, formada por Dios, que se llama la familia.

XXV Proyecto de matrimonio internacional de don Quijote con una princesa indiana

Al oír estas ideas, el secretario se quedó cavilando sobre cuáles han podido ser los libros que de ellas han poblado la cabeza de su señor; pues nunca lo creyó capaz de elevarse a tales concepciones, que, por otra parte, eran contrarias enteramente a las ideas que, sobre los mismos puntos, le había conocido en otro tiempo no lejano. Su incoherencia hacía sospechar que no eran suyas.

Presto, aprovechándose de la última expresión, el secretario se permitió sugerirle en el interés de la organización social de Quijotanía, la conveniencia que habría en que el señor Gobernador tomase por esposa una gran dama extranjera, como hacen los soberanos con la triple mira de formar una dinastía para el Gobierno del nuevo Estado; de legislar y afirmar el Código por la autoridad del ejemplo de una vida ejemplar de familia; y, por fin, con la mira política de atraer las razas indígenas y sus territorios, si don Quijote elige por esposa a una princesa de las Pampas o de Patagonia. Un soberano que conserva un resto de juventud, y su estado de celibatario, es un escándalo público, es un peligro social, y si a la juventud añade la elegancia, entonces es la espada de Damocles suspendida sobre la cabeza de todas las vírgenes del país.

Don Quijote no halló de repulsivo en la sugestión, sino la candidatura de la novia. Poco crédulo se mostró en las dulzuras de una Dulcinea que come carne cruda de yegua, que anda desnuda, y monta a caballo como hombre. Como sus damas de honor, serían de su misma raza y familia, no sería mucho el atractivo que darían a la corte de Quijotanía. Y no serían pocos los que viniesen en busca de un rango en la lista civil, pues si la familia, entre los salvajes, es como no existente para todo deber moral, es abundante en personal cuando se trata de recibir su parte del precio en que es vendida la novia al pretendiente más insalvable. Por el lado político es menos sostenible la candidatura de una princesa de la Pampa para reina de Quijotanía. Ningún hombre desciende impunemente cuando se casa con su inferior. La cabra siempre tira al monte, aun en los países pampas o llanos. Todo el que desciende se degrada a los ojos de su misma consorte, que no por eso se releva. La mujer advenediza es el peor tirano de su marido, si es superior a ella en casta, en fortuna o en belleza.

—Para un casamiento político, dice don Quijote, no se debe olvidar el precedente clásico, que nos ofrece la historia americana. Los indios del Perú edificaron y pusieron en el trono a un irlandés que naufragó en sus costas, porque la rubicundez desconocida de sus cabellos y el color rosado de su rostro los hizo creer que era hijo del sol. Ése fue Manco-Capa, el fundador de la dinastía de los Incas. Nacido en el Cuzco, su color tostado y amarillo le hubiese relegado en el último rincón.

El gallego que ya cree ver aplicado este precedente al Manco-Capa de Quijotanía, hace notar a don Quijote, que si él no es rubio, al menos es blanco, y puede pasar por hijo de la luna, ya que no del sol; pero si prefiere pasar por hermano de parte de padre del más antiguo de los Incas, se puede hacer venir un peluquero francés de Buenos Aires, que en dos minutos lo pondría más rubio que Manco-Capa.

—Ya pasó el tiempo, dice gravemente don Quijote, de conquistar a los indios por estos medios. Los indios Pampas viven hoy en pleno siglo xix, para lo que es medrar de la civilización, ya que no para servirla. En lugar de ser conquistados, son ellos los que conquistan. Los papeles se han cambiado. Un día de estos irán a la ópera italiana en Buenos Aires, y clavarán sus tiendas en la Plaza de la Victoria.

«Otro es el medio de conquistarlos pacíficamente al favor de su ignorancia de hombres semi-civilizados, es hacerlos creer, sentir o admitir la idea de que el poder del Gobierno es sobrenatural e infalible. ¿Por qué serían ellos incapaces de esta creencia, que es la del pueblo sud-americano de origen latino? Así, yo vuelvo al proyecto de Código, y concluyo por éstas:

XXVI Disposiciones generales que interesan al orden público

«Art. 12 y último. La mar de Quijotanía se tendrá en sus límites y la tierra en los suyos. El fierro seguirá siendo más pesado que la tierra, la tierra que el agua, el agua que el aire, el aire que el vapor. La tierra de Quijotanía se abstendrá de cambiar de latitud y longitud y conservará, en virtud de lo dispuesto en este Código, su clima, su horizontalidad, su desnudez, su avidez, su pobreza...»

—Pero, señor Gobernador, interrumpe el secretario, ¿por qué no aprovechar de la feliz ocasión que presenta la sanción de este Código, para dotar a esta tierra de algunos cerros y elevaciones, que quiebren su monotonía, den corrientes a sus aguas insertas, y bellos arbolados a la desnudez de sus llanuras?

—Porque eso sería empobrecerla en vez de enriquecerla, dice don Quijote. Con el suelo sucede lo que con el hombre. Quijotanía será un día el país más rico y opulento de la América del Sud, precisamente porque la naturaleza ha negado a su suelo esa riqueza espontánea e increada, que sólo sirve para engendrar al ocioso, es decir, al pobre, al atrasado, al bárbaro. Los destinos de Quijotanía están previstos en la historia de la Prusia, de la Holanda, de la Inglaterra, de la América del Norte, países que han debido lo que son en laboriosidad y progreso, a la ingratitud del suelo que les tocó por morada desde la cuna. Los países que nacen ricos son como los animales que nacen vestidos: se quedan animales, porque no necesitan inventar el medio de vestirse. El hombre no es el soberano de la tierra sino porque nace desnudo, desarmado, ininteligente, iletrado, impotente, y así queda muchos años de su vida.

Finalmente, el Código no cambiará el suelo de Quijotanía, por otra razón no menos plausible, y es que, aunque decretase su cambio, se quedaría el mismo que es hoy. Ya se ha dicho que todo el poder de la ley consiste en dejar las cosas como están: la ley sanciona lo que es, y nada más.

—Entonces, dice el gallego, las leyes son inútiles.

—Que sí, replica don Quijote, pues sin ellas el soberano no tendría qué hacer ni en qué ocuparse, ni motivo de ganar emolumentos, ni razón de ser su gobierno.

El Código civil de la creación está hecho, y está en ejercicio, pero no está escrito ni promulgado.

Éste es el papel del vice-Creador, es decir del soberano. El legislador es un augusto copista, cuando legisla de buena fe; es un plagiario, cuando se pretende autor.

XXVII Debates sobre el Código

El joven gallego no gustó de este proyecto, o mejor dicho, no lo entendió; como discípulo que era, como todos los mozos de su edad, de las doctrinas revolucionarias, que tienen por Evangelio el Contrato social de Rousseau. No gustaba de nada que oliese a derecho divino. Lo halló tan poco consecuente con las ideas conocidas de don Quijote, en su política americana, que atribuyó ese extraño factum a una de esas lecturas que todos los días trastornaban la cabeza del voluble y generoso caballero. Pero se guardó de expresar a su jefe estos motivos de su divergencia en la apreciación de su proyecto. Él lo objetó de inadecuado al país, y de contrario a la conocida regla de Solón, de acomodar las leyes a la capacidad del pueblo, que debe recibirlas, no a un tipo abstracto de perfección absoluta. Contrariamente a esta regla, el proyecto de Código Civil había sido concebido para hombres civilizados, cuando en realidad estaba destinado a ser ley de un pueblo de carneros, de caballos y de vacas, tal como Quijotanía. Hechas con respeto estas observaciones, solicitó de su augusto jefe el permiso de someterle un contra-proyecto de ley civil, que el legislador y libertador podía sancionar o desechar según su soberano albedrío, de propietario propiamente dicho.

Autorizado por don Quijote, que sólo se reservó modestamente la independencia de su opinión y de su acción soberana, su secretario le sometió las siguientes bases de un contra-proyecto de Código, que debía redactar más tarde, en una especie de discurso preliminar que damos aquí en extracto.

XXVIII Bases de un contra-proyecto de Código Civil

«El codificador de Quijotanía (escribió el gallego), se halla en faz de una cuestión semejante a la que calificó Hamlet de to be or not to be; por relación, no a su persona, sino al pueblo de su mando.

»¿Somos, o no somos un Estado soberano?

»¿Es, o no verdad que la ley es la voluntad general?

»¿Es, o no cierto que la voluntad general es la voluntad del mayor número?

»¿Es o no verdad que el mayor número elude su voto universal por el voto particular de su gobierno? »Luego el poseedor de este sufragio omnipotente, tiene en su mano el poder de dar a su pueblo la forma y condición que más le guste, y la ley de Quijotanía se define, la voluntad general del pueblo traducida y expresada por la voluntad particular de su gobierno. Más fuerte que el legislador de derecho divino, ejecutor servil de un poder ajeno, el Gobierno de Quijotanía será una segunda Providencia, será el Júpiter de su potentado, el segundo hacedor supremo de sus súbditos.

»Desde entonces, su ley civil, apoyada en la ley de Darwin (selección natural) tendrá el poder y la misión de crear la materia legislable, antes de legislarla, la materia primera del Estado, antes que su manufactura política. Es el método que la lógica de la creación comanda al trabajo de nuestro Código social: es el orden natural que han invertido las demás Repúblicas de Sud-América, dando leyes antes de hacer la sociedad, que debe recibirlas, es decir legislando seres que no existen.

»Si la ley debe ser hecha para el Estado, según su capacidad de recibirla, como dijo Solón, no es menos evidente que el Estado debe ser hecho para la ley.

Luego nuestro pueblo debe empezar por ser codificado, como si estuviese compuesto de hombres civilizados.

»Nuestro Código debe ser hecho para crear el pueblo que no tenemos, y crearlo de modo que sirva para la codificación más acabada; debe responder a las necesidades sociales del momento, no a las necesidades que no se sienten todavía.

»La primera necesidad de nuestra sociedad es salir de la heterogeneidad de sus clases, en virtud del principio republicano que nivela y uniforma todas las condiciones.

»Si nuestro pueblo debe componerse todo él, o de puros hombres, o de puros carneros, es preciso que la ley civil, fundada en la ley de selección natural, nos carnerice a los hombres de la colonia (empezando naturalmente por los miembros de su gobierno), o que humanice a todos los carneros, caballos y vacas, de que se compone al presente. Al señor gobernador le toca elegir cuál de las dos formas le conviene asumir y guardar, dice el gallego mirando a don Quijote.

»La República no admite privilegios de raza ni casta, prosigue. Son más que aristocráticos los privilegios que una clase se arroga entre nosotros, de nacer vestida para toda su vida de un traje de lana, que es a la vez materia primera y artefacto, y el cual, creciendo con el portador, como la túnica del Señor, exime al privilegiado de pagar sastres, derechos de aduanas y de fabricación; de vivir de meras yerbas que nada cuestan; de no ir a las escuelas, de no pagar contribuciones, ni ser del ejército, ni de la guardia nacional; de ser elector sin ser elegible, lo que es equivalente a hacer trabajar sin tomar parte en el servicio público, gobernar sin ser gobernado (porque elegir es gobernar)».

—Es por esto sin duda que los gobiernos representativos de Sud-América, ejercen el poder electoral de elegirse a sí mismos, observa de paso don Quijote en apoyo de su secretario.

Después de agradecer esta interrupción, el secretario prosigue en estos términos:

—Estos privilegios que hacen de nuestros carneros una especie de estado en el Estado deben desaparecer en nombre de la igualdad republicana y de la integridad del país. La ley social tiene el deber y los medios de hacerlo. Preciso es que nuestro Código Civil, en su primer libro sobre las personas, empiece por transformar la del ciudadano, que se aparta de la condición del hombre, y que todos los ciudadanos actualmente en forma de carneros, toros y caballos, sean obligados a nacer, en lo futuro, en forma de hombres, iguales anatómicamente a los miembros del Gobierno.

«La ley debe prescribirlo así bajo pena de nulidad del nacimiento en caso de contravención.

»Para ello debe la ley señalar un término improrrogable a las ovejas y demás ciudadanos animales, pasado el cual todo habitante que, en vez de nacer en forma de hombre, nazca como hasta aquí en forma de carnero, será suprimido según el uso de Esparta, como ciudadano imperfecto e inútil, o como un mal tipo, según la ley de Darwin (selección natural).

»Sólo después de un lapso de tiempo en que este Código preparatorio haya humanizado y uniformado al pueblo de Quijotanía, será promulgado y empezará a regir el Código Civil según el plan de la creación, bosquejado ya por el señor gobernador libertador. Antes de esa metamorfosis necesaria, sería ineficaz y extemporánea la sanción de toda ley conveniente a hombres civilizados. La ley extemporánea es como dada a seres de otra especie o de otro mundo. Promulgar para Código Civil de un pueblo de carneros, el ideal del Código Civil de hombres cultos, es como dar las leyes anglo-sajonas del gobierno de sí mismos a pueblos de origen español, que durante toda su vida han tenido tanta parte en su gobierno propio, como los carneros la tienen al presente.

»En cuanto al gobierno de su propia persona, que es el grande objeto del Código social (pues en él consiste la libertad humana), mal puede el hombre gobernar bien lo que está mal hecho. Toca al Código Civil reformar la geografía del cuerpo humano, en el sentido de su libertad o buen gobierno propio. Siendo la cabeza la capital del hombre, y siendo la capital la que gobierna, importa colocar bien la cabeza para que bien gobierne. Hasta aquí el hombre ha tenido la capital de su cuerpo encima de sus hombros, es decir, en un confín o extremidad de su persona, de donde ha resultado que su razón ha ido por un lado y su conducta por otro, porque sus pies han estado en el extremo opuesto de su capital. Para que los pies y la cabeza marchen acordes es preciso acercarlos entre sí, colocando la cabeza en medio del cuerpo humano, como toda capital debe estarlo en un cuerpo bien construido».

—Pero eso no debe ser, grita alarmado don Quijote. ¿No ve mi secretario que trasladar la capital del hombre al centro de su cuerpo es colocarla en mala vecindad, y obligarla a vivir como ella, toda cubierta, sin poder ver ni gobernar?

—Lo de menos, dijo el gallego, será remediar ese inconveniente, pues bastara trasladar la vecindad al lugar en que estaba la cabeza, no siendo más imposible lo uno que lo otro para el omnipotente legislador de Quijotanía

A pesar del cumplimiento, don Quijote no se mostró satisfecho de un cambio de geografía, que podía exponer a los extranjeros, construidos según la geografía antigua, es decir, con la cabeza en los hombros, a desagradables equivocaciones, cada vez que tuviesen que hablar o verse con los súbditos de Quijotanía.

—Este contra-proyecto, dijo el gallego, por conclusión de su preliminar, no es obra mía, sino de mi augusto jefe, en cuyas ideas, que tantas veces le he oído emitir, está fundado casi literalmente.

Don Quijote, sea por convicción, o por picarse de consecuente, aceptó las bases del contra-proyecto, con dos enmiendas: 1ª, la del título, por no ser en realidad un contra-proyecto, puesto que el otro debe sancionarse más tarde; 2ª, la supresión de las palabras que consagran la pena de exterminio contra todo carnero que no nazca en figura de hombre, después del término fijado por la ley, por la razón de que, si ese término resultare insuficiente, por un error de cálculo del legislador, no sería justo ni político exponer al Estado a desesperar en sus jóvenes generaciones, nacidas según el antiguo régimen.

Don Quijote, en medio de su locura de legislador libertador, no desconocía que al fin sería él quien tuviese que pagar con su bolsillo los efectos de la pena de exterminio contra sus carneros que no nacían en forma de hombres. Su fe en la ley de selección natural no llegaba hasta exponerse a sacrificarle su bolsillo.

XXIX Diplomacia y política exterior de Quijotanía

Puesto en ese estado el trabajo de la codificación en lo civil, que en realidad no era sino el de la proyección del futuro edificio, los miembros del Gobierno de Quijotanía se ocuparon de la diplomacia, es decir de la vida exterior del nuevo Estado.

—Tan pronto, dijo don Quijote, como nuestro Estado empiece a llamar la atención del mundo, su soberanía va a ser objeto de codicia para todos los aspirantes a la Patagonia, en cuyo territorio estamos colocados. Felizmente es grande el número de esas aspiraciones. Lo forman la República Argentina, Chile, el Brasil, Inglaterra, y las tribus indígenas, que habitan la Patagonia y sus adyacencias.

«Nuestra diplomacia tendrá que hacer de sus rivalidades encontradas la piedra fundamental de la independencia de Quijotanía. Empezaremos por buscar nuestro rango natural de Estado semi-soberano, en el seno de la confederación Argentina, de cuyo territorio es el nuestro como una mera prolongación geográfica. Si la ambición de esa nación no se contentase con la mitad de nuestra soberanía, la asumiríamos en su totalidad, apoyándonos en la aspiración rival menos interesada, que es la de Inglaterra. Haremos una alianza ofensiva y defensiva con el gobernador de las Islas Malvinas, en previsión de eso».

—Pero, no tiene poderes para ello, observó el secretario. El poder diplomático de las Islas de Falkland o Malvinas está en Londres.

—Y ¿qué idea han tenido los ingleses en colocar tan a trasmano el centro de su poder diplomático? añadió el secretario.

—¡No importa! iremos a Londres, dijo don Quijote. Irás tú mismo de embajador, y puede ser que la misión te valga, de paso, un regio casamiento: es decir, un casamiento internacional.

—¿Con quién? preguntó el gallego.

—Con alguna hija de la reina, nada menos.

—Si están casadas todas.

—Pues entonces, con alguna sobrina.

—Es imposible.

—¿Por qué?

—Porque no soy príncipe, ni tengo sangre regia. A no ser que el señor gobernador se proclamase Rey de Quijotanía, y me adoptase como su hijo y heredero de la corona, según hizo Julio César con Augusto.

—La idea no es mala, dijo don Quijote, y como los Césares están vecinos de Patagonia, al otro lado de los Andes, no sería difícil que me tornen por uno de los Césares de Araucania. Si la forma de gobierno es resultado de la voluntad soberana de cada país, tanto derecho tengo de proclamarme Rey como Gobernador, y muy mal entendida sería la modestia del que tomase el título más humilde por el más alto. ¿Quién duda de que me iría mejor el título de Majestad, que el de Excelencia y Señoría? Puedes contar que serás príncipe, dijo al secretario, que se aterrorizó al ver cercano y posible aquel enorme y brusco ascenso.

—Yo creo, dijo el gallego, que será mejor mandar una misión preparatoria, de la cual podría ir yo como secretario para ver y estudiar de cerca las cosas y condiciones del gran cambio monárquico, antes de realizarlo.

—¿Y a quién daríamos esa misión? pregunta don Quijote. Yo sé bien que si mandamos un carnero será recibido como embajador, y aun hará papel en el mundo diplomático, si conseguimos que se tenga en dos pies, que se abstenga de balar y de comer pasto en los parques frecuentados por el mundo elegante. Hablarías tú por él, le harías las notas y discursos y las cartas de excusa para eludir por sistema los convites comprometentes a comidas, bailes y fiestas de todo orden. Pero, como no se puede responder de que, en un parque de Londres, al ver los carneros que allí apacientan en el musgo, no se ponga a dar gritos de simpatía por esa gente que allá ocupa un rango bien subalterno, mejor será mandar de ministro diplomático a un indio parragón. No le faltará la calidad soberanamente diplomática de no entender ni ser entendido de nadie; y tú tendrás carta blanca para atribuirle cuantos pensamientos puedas recoger de los libros menos conocidos de la diplomacia, sin temor de verte desmentido por él. Gracias a esta calidad podrás obtenerle algunos diplomas de miembro correspondiente de algunos cuerpos sabios y dar a la prensa con su nombre y como obras de su pluma, algunos manuscritos inéditos que podrás comprar a sabios oscuros, que se mueren de hambre. Al prestigio de su ciencia y de su cultura así probada, añadirá en breve nuestro indio, el de una probidad incorruptible, pues no habrá cruz, ni condecoración, ni dinero, con que puedan corromper el desinterés de su patriotismo parragón.

—Es verdad, dijo el gallego, con tal que no le dejemos pasar por frente de alguna talabartería, porque si llega a ver frenos, riendas, cinchas, sillas u otros aparejos de montar a caballo, difícilmente podrá disimular al ojo menos perspicaz, su capacidad de entregar diez veces la Patagonia entera, al primero que le ofrezca un par de cajones de esos artículos.

—No olvidemos entre tanto, dijo don Quijote, que éstos serán expedientes extremos de que no echaremos mano sino en el caso de ver desairada nuestra aspiración a tomar el rango de Estado confederado en el seno de la República federal vecina. Ver satisfecha esta aspiración, debe ser todo el objeto de nuestra política semi-exterior, por ahora.

XXX Fines interiores de la política exterior de Quijotanía

En efecto, las veleidades de independencia nacional, de monarquía, de alianzas de familia con las testas coronadas de Europa, no pasaban de platonismo puro. Las miras de don Quijote que eran más cortas y más positivas, se reducían a ser reconocido y admitido como Gobernador de un Estado confederado, en la unión de las Provincias del Río de la Plata, y no era poca ambición, vista la condición de lo que llamaba su pueblo y su gobierno de Quijotanía. Negociar este reconocimiento, de parte de los poderes centrales de la confederación, fue el objeto de una misión, que confió a la sagacidad y audacia de su secretario. No se necesitaba en efecto poca audacia y poca sagacidad para persuadir al pueblo y al Gobierno argentinos de la existencia de un Estado de Quijotanía, en Patagonia, poseyendo una población de cincuenta mil habitantes, un gobierno regular, academias, códigos, constitución escrita, etc., sin que nadie hasta entonces hubiese oído hablar de la existencia de tal pueblo. Todo dependía de los intereses y ambiciones, que el negociador supiese encender y suscitar, antes de que le exigiesen y obligasen a exhibir datos y documentos estadísticos, probatorios del nuevo Estado. Habiendo empezado por derramar a manos llenas las esperanzas y promesas de candidaturas para diputados y senadores al Congreso, para miembros de la Academia, para títulos universitarios; de subvenciones gruesas a los periódicos amigos; de privilegios para ferro-carriles, telégrafos, bancos, empréstitos, colonización de tierras, empresas de inmigración, etc., el reconocimiento deseado no se hizo esperar mucho tiempo, como satisfacción debida al clamor de la opinión pública entusiasmada hasta el delirio, con la adquisición de un Estado, que parecía caído del cielo. Nadie pensó en averiguar, antes de todo, si los hechos eran ciertos: se hubiese reputado traidor al que hubiese vacilado en creerlos.

Se dio como resuelto el problema tradicional argentino de la población y posesión de Patagonia. El censo nacional fue levantado de la mitad de cien mil habitantes. Ya no eran catorce, eran quince las Provincias unidas del Río de la Plata. El Gobierno Nacional dirigió un manifiesto al mundo diplomático noticiando el advenimiento del nuevo Estado. El Ministro de Negocios Extranjeros lo avisó por una circular mareada de una satisfacción irónica a los Gobiernos de Chile, Brasil, Inglaterra, etc., como para decirles que perdiesen toda esperanza ambiciosa sobre lo que ya no era el desierto de Patagonia. Sólo el nombre de Quijotanía fue encontrado mal sonante y sospechoso, y empezaron a reemplazarlo por el de Estado de Patagonia. Honores infinitos fueron prodigados al Guillermo Penn de la nueva Pensilvania; todos querían conocerlo, ver su retrato. Los artistas empezaron a diseñarlo por las noticias arrebatadas a su ilustre secretario. Orión dio en su folletín, como testigo de visu, la descripción de las ciudades, de los habitantes, de los trajes y usos pintorescos del nuevo Estado, que aseguró haber recorrido.

Publicó un retrato aproximado de su jefe. Habló de sus mujeres, sajonas de raza, de largo y crespo cabello, casi blanco por su rubicundez solar; de su honestidad angelical y de su fidelidad de raza sobre todo. Reprodujo un discurso que dijo haber pronunciado en un banquete ofrecido a su celebridad ruidosa, por todo el pueblo de Quijotanía, y en que fue proclamado gran protector del continente americano, por sus victorias oratorias obtenidas en su defensa, contra los filibusteros y piratas del lago de Ginebra y del lago de Neufchàtel más que todo.

A medida que la persuasión pública y el entusiasmo general se agrandaban, crecía también el terror mal encubierto del secretario sobre las consecuencias que el desencanto debía traerles a él y a su jefe, el día inevitable del descubrimiento de su insigne superchería. Se atribuía su aire de timidez a la modestia inseparable de los hombres eminentes en la acción.

XXXI Vacilaciones del Gobierno de Quijotanía

Regresado medio incógnito a Quijotanía para dar cuenta a su jefe del buen éxito inesperado de su misión, lo hizo en pocos momentos, sin omitir nada esencial; el secretario embajador acabó por descubrir a su jefe el pánico de que venía poseído sobre las consecuencias posibles de tamaña fantasmagoría. Al oír la palabra fantasmagoría, don Quijote se trasportó de la cólera más exaltada, y trató a su negociador de hombre sin coraje, sin ciencia y sin buena fe, puesto que dudaba de su propia gloria y se calumniaba tan estúpidamente a sí mismo.

—Yo no veo calumnia ni embuste, dijo el gallego, en este sentido. Lo que yo veo, es que de un momento a otro, de todas partes, van a empezar a llegar los que atraídos por la curiosidad y el interés vendrán a conocer y tocar lo que han admirado sobre la fe de nuestra palabra; y que no viendo otra cosa que una estancia poblada de animales, en lugar del Estado que les hemos anunciado, nos van a prender como a impostores y culpables del crimen de usurpación de títulos y de mando, y van a soterrarnos en una prisión por años enteros.

Don Quijote sonriendo con lástima de la pusilanimidad ignorante de su secretario le habla en estos términos:

—¡Cuán limitado es tu ojo, amigo mío! cuánto te compadezco! Si tuvieras el ojo de la ciencia, verías en esto, que te parece una simple estancia, todo un Estado opulento en germen, pero que no por ser en germen, deja de ser en realidad el Estado que hemos anunciado. No has mentido en lo más mínimo. Nuestro Estado existe, y existe del modo más completo; ¿sabes cómo? Como existe la encina en el corazón de la bellota. ¿Qué le falta al árbol para desplegar sus ramas a la faz del sol? Nada más que un simple lapso de tiempo. He ahí la cuestión de nuestra patria; mera cuestión de tiempo. Esta estancia es un Estado, como la bellota es una encina. Cuando una cosa existe en realidad, disputar sobre la hora de su mayor desarrollo, con el reloj en la mano, es prolijidad nimia, impropia de hombres de Estado. ¿Qué es un carnero a los ojos proféticos de la ciencia que tiene a Darwin por apóstol? Un hombre en germen, y tal vez de mejor índole que el presente, originario del mono, criatura incapaz de disciplina y de gobierno, mal inclinada y nada escrupulosa. Es preciso ser la ignorancia en persona para poner en duda la realidad de nuestro Gobierno y del pueblo de nuestro mando. No temas que de la Atenas del Plata, salga la señal de tan ignorante escepticismo. Si las cenizas de la Grecia antigua son miradas como del pueblo mismo de Platón viviente ¿por qué las raíces fecundas de la futura Quijotanía no serán vistas como un imperio que existe desde hoy mismo? La estadística es la máscara de los hechos: ella los enumera todos, menos uno, la vida.

XXXII Fin vergonzoso del Estado de Quiiotanía

Acabado este discurso, que sumió al secretario en la más profunda consternación, don Quijote salió al patio a ver por qué ladraban los perros, y se encontró con un grupo de jóvenes viajeros, que llegaban a la casa, para preguntar por el camino que conduce al nuevo Estado de Quijotanía. El gallego que los reconoció desde lejos, se guardó de dejarse ver. El camino de Quijotanía, dijo don Quijote, es el que ha traído a Vds. a este lugar: Vds. están en Quijotanía.

—¡Bravo! bravo! exclaman entusiasmados los jóvenes. Si las estancias de Quijotanía, son tan ricas como ésta ¿cómo serán las ciudades? Pero nosotros vamos a la capital de Quijotanía, donde reside su ilustre Gobernador, ¿quiere V. indicarnos el camino?

—Ese gobernador es el mismo que tiene el placer de hablar con Vds.

—¡Cómo! exclaman ellos, sorprendidos de la extraña respuesta: o este hombre es un loco, o es un farsante del mejor humor, se dicen ellos.

Siguiendo la broma, los muchachos le preguntan si Su Excelencia les haría dar un poco de agua y un rato de hospitalidad. Uno de ellos protestó contra ese tono chancista. Los otros dijeron:

—En todo caso, al que nos toma por tontos, bien podemos tomarlo por loco.

—Sin duda, dijo el primero a don Quijote, el señor Gobernador está pasando en su estancia la temporada de receso.

—No, señor, yo nunca estoy ocioso. Esto que a los ojos vulgares parece una estancia, es un Estado, el Estado de Quijotanía.

—¿Y los habitantes?

—Sus habitantes pueblan su territorio, replica don Quijote.

—Y esos pueblos, que venimos a conocer, ¿dónde están?

—Yo no conozco el arte de hacer ver a los ciegos, dice don Quijote, un poco enfadado.

—Vamos, dice uno de los jóvenes, a reconocer por nosotros mismos el país, a ver si damos con los pueblos, que tal vez este hombre tiene interés en ocultarnos. Loco o farsante, dejémosle con su manía.

Esta determinación es adoptada; pero antes de saludar al incomprensible personaje, uno de los tunantes se permite preguntar si podría el Señor Gobernador hacerles traer por su secretario un poco de fuego para encender sus cigarros.

—¿Por qué no? responde don Quijote; y llama a su secretario, para darle esta embajada.

El secretario se hace sordo. Don Quijote renueva su llamado; nada. Don Quijote entra al salón y, no viendo allí a nadie, va él mismo en busca del fuego a la cocina. Esto renueva el buen humor de los muchachos, que persisten en creerle loco o farsante.

—Es bien rebelde el secretario, que Su Excelencia dice tener, murmuran ellos irónicamente.

Don Quijote picado en su amor propio, obliga al secretario a presentarse.

—¡Cómo! exclaman sorprendidos los jóvenes, al verle ¿no es el mismo que hemos visto en la capital? Aquí hay un misterio, dice el uno. Aquí hay una gran superchería, dice el otro. No es posible, vamos a ver la realidad por nuestros propios ojos. Confirmada la sospecha por una rápida inspección del país, en que nada que parezca ciudad o pueblo se descubre, los viajeros vuelven a la capital, que lejos de acoger la sorprendente revelación, la rechaza obstinadamente, la atribuye a cálculos de especulación de los que quieren ser solos en la explotación de los negocios que promete el país desconocido. Los reveladores insisten, pero el público se hace sordo; guarda todas sus ilusiones, y trata de traidores y de malos patriotas, que niegan los progresos del país, a los que quieren persuadirle del engaño insolente de que ha sido víctima. La realidad se hace admitir al fin, por los testimonios, que se multiplican al infinito, y el Gobierno Nacional se ve obligado a decretar la prisión de los impostores y su traslación ante la justicia criminal.

Don Quijote y su secretario entran al fin en la capital, como reos de Estado, por entremedio de una multitud a la vez insolente y simpática, que tanto los aplaude como befa y escarnece.

Sometidos a un proceso criminal, don Quijote es absuelto por la excusa de demencia o monomanía, y el secretario es condenado como cómplice doloso a la pena de destierro por un año, en la frontera de Patagonia. Los dos fueron condenados a pagar las costas y a la pérdida del ejemplar que tenían del libro de Darwin sobre el origen de las especies. Había sido el petróleo que inflamó sus cabezas pajizas, y podía echarlas en la reincidencia, si no se les confiscaban esos libros.

El lector recordará que todo este episodio relativo a Quijotanía ha sido parte de los datos que Fígaro suministraba a Luz del Día, para prepararla a dar su conferencia sobre la libertad y el Gobierno libre en Sud-América.

Después de referirla las locuras y disparates del legislador y libertador de Quijotanía en su ensayo de colonización social, continuó Fígaro en los siguientes términos la conversación preparatoria de la conferencia, en que Luz del Día debía exponer la teoría y los principios del Gobierno libre, antes de dejar la América del Sud para volverse a Europa.

  • (*) En Peregrinación de Luz del Día o viaje y aventura de la Verdad en el Nuevo Mundo. Cuento (en tres partes), en Obras Completas, tomo VII, Buenos Aires, Imprenta de «La Tribuna Nacional», 1887, «Parte Segunda», Caps. I a XXXII, págs. 269-33. volver
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