por Antonio Vives Coll
[p. 193] Uno de los aspectos más interesantes de la literatura es la literatura comparada, idea debida a Villemin que la dio a conocer en una conferencia en la Sorbona hace ochenta años. Desde entonces ha tenido esta disciplina mucha aceptación en el extranjero. Justo y forzoso es aquí citar los nombres de Texte, Macaulay, Betz, Lanson, Mornet, Hazard y, por encima de todos, Van Tieghem.
En España en primer término debe nombrarse a Montoliu, que se ha dado cuenta de la vital importancia de la literatura comparada al escribir: «La literatura, lo mismo que las bellas artes, o la filosofía, o la ciencia, o el sentimiento religioso de un pueblo determinado no ofrece hoy en su historia un interés notable; considerada aisladamente a los ojos de los más caracterizados representantes de aquella tendencia, sólo adquiere importancia de éste todo al que damos el nombre de cultura. Los hechos literarios no tienen otro valor que el de materiales para la obra de conjunto que ha de construir el que aspire a darnos la visión del alma de los pueblos a través de su historia».1
La base de casi toda la literatura comparada es la literatura greco-latina, tan traducida, imitada y asimilada durante el Renacimiento y, en grado menor, en las demás épocas.
España, como es de suponer, no escapó de esa ley de la traducción, imitación y asimilación de la literatura greco-latina ya siguiendo las corrientes universales, ya imponiendo las suyas propias o fundiendo unas y otras. Corroboran esa afirmación los puntos de [p. 194] contacto de nuestro inmortal Quevedo con Luciano de Samosata, que constituyen el contenido de este artículo.
A los días de gloria de un país sigue el ocaso. Toda decadencia produce un satírico de primera magnitud. En las horas tristes de Grecia vivió Luciano (125-195). En las jornadas sombrías de Roma surgió Juvenal (42-125), y en los comienzos de nuestro rápido declinar apareció el inigualable Quevedo (1580-1645).
La capacidad cultural de Quevedo fue portentosa. Sus sólidos estudios en los Jesuitas de Madrid, en Alcalá y Valladolid y una insaciable curiosidad literaria, hicieron que fuera el autor más versado de su tiempo y de toda nuestra Edad de Oro en las literaturas hebrea, griega, latina, francesa e italiana además de la española. Su saber y su fama era tanta que a los veinticinco años el humanista Justo Lipsio ya le llamaba «gran honra de los españoles» [texto griego].2
Sus extensos conocimientos al servicio de un agudo don de observación, de una imaginación insospechada, de una fantasía deslumbrante, de una profunda sabiduría de la vida y de una ironía rayana en el sarcasmo, a menudo, produjeron los tan riquísimos satírico-morales Sueños.
Los Sueños constituyen la obra más importante y la única que nos interesa de Quevedo, salvo algunas citas que se encuentran fuera de ellos. Los Sueños son a la vez obra nacional y universal. Nacional, porque el inmenso cuadro que se despliega a nuestra vista es el de la España de principios del siglo xvii. Y universal, porque, como es natural, aparecen los defectos de los mortales de todos los tiempos.
A ese nacionalismo y a ese universalismo contribuyeron, además de la vista de liebre de nuestro escritor, un cortejo de ingenios españoles y extranjeros. Al lado de las huellas de las medievales Danzas de la muerte, de la Vida y muerte de Fr. Francisco de Ávila (1508), de Las cortes de la Muerte (1567) de Luis Hurtado de Toledo, de Gil Vicente, del Tratado del Juyzio Final de F. Nicolás Díaz (1599), de la Tragicomedia alegórica del Paraíso y del Infierno (1599), de las cervantinas Novelas ejemplares (1613), de la Divina Comedia (1314), de los Dialoghi piacevoli de Niccoto Franco [p. 195] (1542), de I mondi celesti, terrestri ed infernali (1562) de A. Fr. Doni, de la inspiración nacida a la vista de los cuadros del Bosco y de los frescos del cementerio de Pisa, hallamos huellas de Séneca, Homero y Luciano, que es el autor que nos interesa.
Los puntos de contacto entre Quevedo y Luciano son evidentes. La semejanza de genio es indiscutible: el mismo espíritu burlón; el mismo escepticismo, si no estuviera templado el de Quevedo por acendrada fe católica; y la misma idea pesimista del mundo.
A la vista del título y del procedimiento seguido en la mayoría de los Sueños observamos que Quevedo optó por el método escogido por Platón, Luciano, Cicerón, Dante y otros ingenios antiguos y medievales en algunas obras: el sueño. Nada mejor para ello que el sueño, puesto que no pone trabas a la imaginación viva y desbordante y permite dar rienda suelta a cualquier agudo entendimiento para que sin plan previo produzca su obra, con la ventaja enorme de poder acercar los personajes en el tiempo y en el espacio, haciéndoles aparecer en el sombrío mundo de ultratumba.
Al leer los Sueños, sin vacilación ninguna concluimos que el inmenso cuadro que aparece en las siete fantasías quevedescas fue sugerido por la inmensa galería divina y humana, que desfila en la obra del genial Luciano de Samosata.
En el escritor griego aparecen atletas, tiranos, soldados, reyes, filósofos, panaderos, jardineros, cocineros, zapateros, escritores, soberbios, parásitos, sofistas, ricos, cortesanos, ya tipos, ya individuos, entre éstos últimos destilan Diógenes, Menipo, Creso, Midas, Polístrato, Carmoleos, Lampico, Aquiles, Sardanápalo, etc. También hacen acto de presencia todos los dioses celestes y marinos, que discuten, pelean y riñen como cualquier mortal. Ora contemplamos la Atenas decadente del siglo ii, ora la Atenas clásica. Las escenas ocurren en Atenas, Corinto, Laconia, Lidia, Frigia y Asiria.
En Quevedo queda eternamente vivo el Madrid de Felipe III y Felipe IV, sin que pierda naturalmente el autor español ni la idea de España, ni la idea del Universo. Toda la sociedad contemporánea aparece en los Sueños y cae zaherida bajo los avinagrados dardos de Quevedo, excepto los soldados y los pobres, que nuestro satírico en un rasgo de españolismo perdona. Así vemos escribanos, mercaderes, médicos, jueces, taberneros, sastres, zapateros, libreros, abogados, sayones, procuradores, racioneros, sacristanes, [p. 196] obispos, inquisidores, reyes, sacerdotes, maestros de esgrima, alguaciles, fiscales, corchetes, despenseros, pasteleros, filósofos, escribanos, secretarios, barberos, boticarios, cómicos, astrólogos, enamorados, sepultureros, alquimistas, ministros, verdugos, aguadores, mahometanos, venteros, corrilleros, cocheros, bufones, truhanes, juglares, chocarreros, predicadores, hidalgos, tintoreros, confesores, poetas, saludadores, ensalmadores, supersticiosos, quirománticos, pesquisidores, demandadores, cirujanos, sacamuelas, entrometidos, fulleros, soplones, avaros, glotones, lujuriosos, maldicientes, ladrones, matadores, salteadores, capeadores, necios, ciegos, locos, mentecatos, adúlteros, cornudos, lindos, hipócritas, ricos, discretos, aduladores, zurdos, escandalosos, habladores, chismosos, mentirosos y enfadados. Completan este cuadro las malas mujeres, ya bellas, ya feas, con todos sus variados defectos y manchas. Convierten el cuadro en dantesco el cortejo de ángeles o de diablos, el primero en el Sueño del Juicio Final presidido por Dios, el segundo por Lucifer en algunos otros Sueños. En concreto, lo mismo que en Luciano, aparecen en Quevedo personajes históricos como Pirro, Cincinato y Juliano el Apóstata, personajes fabulosos como Píramo y Tisbe, personajes populares como Pedro de Urdemalas, Vargas y Mátalascallando. No sólo, finalmente, aparecen españoles sino también judíos, genoveses, portugueses, holandeses, franceses, venecianos, etc. Todos estos personajes, con muchas coincidencias de Luciano y Quevedo, son diferentes por lo que al autor se refiere. La pincelada del escritor griego es corta. La del satírico español, larga. Aunque hay excepciones en ambos genios. Pero la perfección es la misma. El defecto siempre queda magistralmente retratado.
Afición común a los dos autores es la de las alegorías. Muchísimos son los seres alegóricos en uno y otro autor. La comedia griega ya los había hecho familiares a todo ateniense. Por otra parte, la literatura española, anterior a Quevedo, está llena de alegorías. Los personajes alegóricos agradaban a uno y otro ingenio, especialmente cuando se trataba de hacer entrar en sus diálogos estas abstracciones de las que la moral y la dialéctica no pueden pasarse. Pues con la alegoría el personaje es la idea misma y la alegoría es la perfección de una idea abstracta.
En Luciano aparecen la Fortuna, el Tesoro, la Usura, el Cálculo, [p. 197] la Pobreza, el Trabajo, la Sabiduría, el Coraje, el Sufrimiento, la Molicie, la Prudencia, la Insolencia, el Orgullo, etc.
En Quevedo desfilan la Locura, los Diez Mandamientos, las Desgracias, la Peste, las Pesadumbres, el Nuevo Testamento, la Justicia, la Verdad, el Mundo, la Carne, el Dinero, la Envidia, la Discordia, la Ingratitud, etc.
En los dos escritores cotejados aparece la Muerte con un séquito distinto. En Luciano, mucho más natural, el «muerte excelente» [texto griego] tiene su cortejo de mensajeros y heraldos integrado por:3
calenturas y fiebres y agotamientos y pulmonías y muertes violentas y robos y venenos y jueces y dictadores [texto griego].
En Quevedo, el escritor sarcástico por excelencia, la Muerte va acompañada por enfadosos y habladores y algo más lejos por los médicos, porque hay «mucha más gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y calenturas, y mucha más gente matan los habladores entrometidos que los médicos. Y has de saber —habla la Muerte— que todos enferman de excesos o destemplanza de humores; pero lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan».4
Pasando ya a la temática, hallamos el primer punto de contacto entre los dos escritores en el principio del Sueño del Juicio Final. Quevedo, al igual que Luciano, no puede prescindir ni siquiera en las fantasías, de la erudición, y ganando la palma al griego, que sólo pone una cita —aunque esmalta todos sus escritos con ella— de Homero en el comienzo del sueño propiamente dicho de Sueño o vida de Luciano:5
un ensueño divino llegome en el sueño / a lo largo de una noche inmortal [texto griego].
pone sucesivamente las siguientes:
Los sueños, señor, dice Homero que son de Júpiter y que él los envía, y en otro lugar que se han de creer.6
Nec tu sperne piis venientia somnia portis
quum pia venerunt somnia, pondus habent.7 [p. 198]Todos los animales sueñan de noche cosas como sombras de lo que trataron de día.8
De Petronio recogemos estas dos citas:
Et
canis in somnis leporis vestigia latrat.9
Et
pavido cernit inclusum corde tribunal.10
Ambas son de Petronio y ambas muy imprecisas. Como puede apreciarse fácilmente, y, excepto la última, citas sobre los sueros.
Y dormido vio Quevedo:
Un mancebo que discurriendo por el aire, daba voz de su aliento a una trompeta, afeando en parte con la fuerza su hermosura. Halló el son obediencia en los mármoles, y oídos en los muertos; y así, al punto comenzó a moverse toda la tierra, y a dar licencia a los güesos que anduviesen, unos en busca de otros. Y pasando tiempo (aunque fué breve), vi a los que habían sido soldados y capitanes levantarse de los sepulcros, con ira, juzgándola por señas de guerra; a los avarientos, con ansias y congojas recelando algún rebato; y los dados a vanidad y gula con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de sarao o caza.
Esto conocía yo en los semblantes de cada uno, y no ví llegase el ruido de la trompeta a oreja que se persuadiese que era cosa de juicio. Después noté de la manera que algunas almas huían, unas con asco y otras con miedo, de sus antiguos cuerpos: a cuál faltaba un brazo; a cuál un ojo; y dióme risa de ver la diversidad de figuras y admiróme la providencia de Dios en que estando barajados unos con otros, nadie por yerro de cuenta se ponía las piernas ni los miembros de los vecinos. Sólo en un cementerio me pareció que andaban destrocando cabezas, y que ví a un escribano que no le venía bien el alma y quiso decir que no era suya por descartarse della.
Después, ya que a noticia de todos llegó que era el día del Juicio; fué de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos por no llevar al tribunal testigos contra sí; los maldicientes las lenguas, los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus mismas manos. Y volviéndome a un lado, ví a un avariento que estaba preguntando a uno (que por haber sido embalsamado y [p. 199] estar lejos sus tripas no hablaba porque aún no habían llegado) oí pues habían de resucitar todos los enterrados, si resucitarían unos bolsones suyos…11
El espectáculo del día del Juicio Final, al igual que Carón12 y Menipo13 el espectáculo universal, desde una altura, y así vio también el tribunal de Dios:
El trono era obra donde trabajaron la omnipotencia y el milagro. Dios estaba vestido de sí mismo, hermoso para los santos y enojado para los perdidos: el sol, las estrellas colgando de su boca, el viento tullido y mudo, el agua recostada en sus orillas, suspensa la tierra, temerosa en sus hijos los hombres.
Algunos amenazaban al que les enseñó con su mal ejemplo peores costumbres, todos en general pensativos: los justos, en qué gracias darían a Dios, cómo rogarían por sí, y los malos en dar disculpas.
Andaban los ángeles custodios mostrando en sus pasos y colores las cuentas que tenían que dar de sus encomendados, y los demonios repasando sus copias, tarjas y procesos. Al fin, todos los defensores estaban de la parte de adentro, y los acusadores de la de afuera. Estaban los Diez Mandamientos por guardas de una puerta tan angosta, que los que estaban a puros ayunos flacos, aún tenían algo que dejar en la estrechura.
A un lado estaban juntas las desgracias, peste y pesadumbres.14
Tribunal cristiano que, por contraste, nos recuerda el de Minos en «Menipo»:15
Avanzamos paso a paso y nos detuvimos en las cercanías del tribunal de Minos. Casualmente se encontraba sentado en un trono elevado, flanqueado por los Tormentos, las Erinias y las Venganzas. De uno y otro lado le iban trayendo a su presencia remesas de gentes unos tras otros, encadenados a una gruesa maroma. Decían que eran recaudadores de impuestos, adúlteros, proxenetas, aduladores, sicofantas y una caterva de gentes de esta ralea, de los que todo lo embarullan en la vida. Aparte, los adinerados y prestamistas se acercaban pálidos, barrigudos y achacosos de gota, oprimido cada uno de ellos por una gruesa cadena al cuello y una pesada bola. De pie, allí mismo, íbamos viendo lo que sucedía y oyendo lo que decían en su defensa; los acusaban unos oradores novedosos y extraños [texto griego].
Estos oradores son las sombras sobre las cuales sigue diciendo:
Después de morir, esas son las que nos acusan, ratifican y refutan lo que cada uno de nosotros ha hecho a lo largo de su vida; algunas parecen, sin duda, dignas de todo crédito, pues están siempre unidas a ellos y nunca se separan de los cuerpos [texto griego].
[p. 200] sin dejar de tener, por eso, ciertos ribetes lucianescos. En una palabra, como dice Tovar,16 la idea de la obra es eminentemente cristiana. Con todo no se olvida uno, como acabamos de ver, del Menipo, del Icaromenipo, del Carón y de los Diálogos marinos.
Desde el Sueño del Juicio Final lo más natural es pasar a los «Sueños infernales». Los Sueños infernales son tres: El alguacil endemoniado, el Sueño del Infierno y El Infierno emendado. En ellos echa mano Quevedo del recurso artístico del Infierno, tomándolo sin duda por influencia del lejano modelo. Luciano trató esencialmente del Infierno en los Diálogos de los muertos XVII —donde Hermes enseña a Menipo las bellezas humanas del Infierno— y XX —aquí es Foco, que muestra a Menipo el Hades—, en el Menipo y en Travesía. Accidentalmente tratan del Infierno los restantes Diálogos de los muertos, Sobre los sacrificios, Sobre el luto, Aficionado a la mentira y Dos veces acusado. Esta coincidencia de recurso era natural. El Infierno, tanto en la concepción griega como en la cristiano-dantesca, es el recurso artístico por excelencia para satirizar la comedia humana. Luciano poseía otro recurso para el mismo fin: la contemplación del universo desde una altura —debemos acordarnos del Carón17 y del Icaromenipo—18 recurso que utilizó Quevedo, como ya hemos visto, en el principio del Sueño del Juicio Final.19
En los tres Sueños infernales palpita mucho más que en los demás Sueños el espíritu lucianesco. El Sueño del Infierno y El Infierno emendado representan por ese orden una visión cada vez más perfecta y acabada artísticamente con relación al Alguacil endemoniado. En El alguacil endemoniado sólo se observa una semejanza de tema.
En el Sueño del Infierno no sólo hay semejanza de tema sino [p. 201] también de procedimiento. Pues, como dice Tovar, esta obra «es un amplio cuadro donde se satirizan los distintos estados y clases sociales», y «es el humor crítico lo que acerca esto a la línea lucianesca».20
Pero donde hay evidentes rasgos lucianescos es en El Infierno emendado. Aquí vemos a Quevedo, que en su segunda visita infernal —la primera la efectuó en el Sueño del Infierno— encuentra entre los personajes históricos a Clito: «hombre señalado con grandes heridas», que «alzando la voz, dijo: Yo soy Clito».
Y a Alejandro Magno que contesta altanero:
más honrado soy —dijo otro que estaba a su lado— y he de hablar primero. Oye al emperador Alejandro, hijo de Dios, señor de los mundos, miedo de las gentes, magno y máximo.
Y tiene que aguantar las acusaciones del primero en un fragmento, que es la mejor imitación literaria del Siglo de Oro de los Diálogos de los muertos y demuestra en concreto hasta qué punto en Quevedo podía asimilarse y se asimiló la obra de Luciano. Dice Quevedo:
Yo, señor, fuí gran privado deste emperador; que para ver cuán poco caso hacen los dioses de las monarquías de la tierra, basta ver a quién se las dan. Hicieron a este maldito insensato, de quien la soberbia aprendió furores, señor de todo, con título de rey de los reyes. Persuadióse que era hijo de Dios; a Júpiter Ammon llamaba padre, y por autorizarse con el sello de Júpiter, se introdujo en esta de carnero y se rizó de cuernos y no falta sino torearle en las monedas y llamarse Alejandro Morueco. En balde porfiaban en él las pasiones naturales, tan doctas en desengañar la presunción humana: dióle lo que tuvo la fiereza, hízole grande la temeridad, creció del robo, no era capaz de advertencia. Presentó por testigo al filósofo envasado,21 vecino de una tinaja, que le tuvo por bufón y se rió de verlo, y para la vuelta le dijo, estorbándole el sol que le calentaba: «No me quites lo que no me puedes dar». Yo le sentí en lo que me mandaba, y no me dió la privanza ni obediencia diligente, sino el entender él que yo sería participe de sus insultos, séquito de sus locuras y aumento de sus adulaciones. Yo (¡desdichado de mí!) quise tener lástima del; atrevíme a ser leal al tirano (esto que no es nada) y viéndole desacreditar las cosas de su padre Filipo [p. 202] y desnacerse con la lengua y con las obras, de tan gran príncipe que le dió el ser, desengañábale de la divinidad. Traté de que descornase su descendencia: referíale los esclarecidos hechos y virtudes de su padre, entre muchos que adorándole con incienso le decían que era hijo de Dios; y había adulador que le aseguraba de vista la generación divina, y consejero que por línea recta de varón le hallaba mayorazgo del cielo y heredero forzoso del rayo y el trueno. Yo le hacía tales recuerdos de las cosas de su gran padre que le decía: «Poco le falta a esta descendencia para divina». Pues para ver quién fué este desatinado tirano y cuál su violencia, por testigo de su grandeza, por voz de las alabanzas de su padre, con sus propias manos me mató a puñaladas, mas él murió en la mesa y vivió en la guerra. Concertadme estas medidas, su maestro, de quien no quiso aprender a vivir, de asno disimuló el veneno, y él se quedó cornudo, sin Dios, sin reino y sin vida. A mí me dió el fin que he dicho por lo que habéis oído, y a Abdolonymo, mondapozos, estándolos mondando le hizo rey de Sidonia, no por ensalzar la virtud, sino por mortificar con afrenta la soberbia de los nobles de Persia después de la muerte de Darío. Topéme aquí con él, porque los privados que ha habido en el mundo nos juntamos a tomar satisfacción de nuestros príncipes, y díjele que dónde había dejado lo de Dios, y que si estaba desengañado; y en razón desto nos asimos cuando llegaste. Matóme porque alabé a su padre. Mira lo que es delito digno de muerte en un tirano, siéndolo sólo en el padre haberle engendrado. A Parmenión y Filotas, sus privados, también los mandó matar, aunque le adoraban y tenían por hijo de Júpiter. A Amyntas, su prima, y a su madastra y hermano, y a Callísthenes su privado, mandó matar.22
Este fragmento es una maravillosa síntesis de los Diálogos de los muertos XIII —en el que Diógenes conversa y se burla de Alejandro— XXIV —en el curso del cual Filipo reprocha a su hijo todos los actos y obras reprobables—, en los que se menciona a Pérdicas, Aristóteles, Clitos, Calístenes y Hefestión entre otros.
Siguiendo su visita, Quevedo encontró a un testador enfurecido:
¡Maldito sea yo! —decía un testador—; que me veo desta suerte por mi culpa! Voto a N. —decía (y llamaba a todos)—, que sí sé hacer testamento, que estoy vivo ahora y que no me he condenado. La enfermedad más peligrosa después del dolor, es el testamento: más han muerto porque hicieron testamento que porque enfermaron.
¡Ah, vivos! —gritaba—, sabed hacer testamento, y viviréis como cuervos… Dejáronme los médicos, mandando prevenir; yo, con mucha devoción y mesura, ordené mi testamento con mi In Dei nomine, Amén, lo de su «entero juicio» «el cuerpo a la tierra» y las demás cláusulas del boquear. Y luego (nunca yo lo dijera) [p. 203] empecé los Item más: A mi hijo dejo por heredero. Item, a mi mujer dejo esto y esto… Y al instante que formé el testamento, la tierra, a quien mandé el cuerpo, tuvo gana de comer, mi hijo de heredar, mi mujer de monjil… Si yo pedía la pócima, mi mujer respondía: tocas; el criado: ropilla… Y como nada de lo que mandaba se podía cumplir sin mi muerte, en mandar a todos algo, mandé que me matasen todos. Si yo volviera a la vida, este fuera mi testamento: Item, mando a mi hijo heredero, que mal provecho le haga cuanto comiese, y que mi maldición caiga, y que cuanto le debo es de mala gana y por no poder más. A él y a ellos se los lleve el diablo, a mi mujer que mala pestilencia le dé Dios, y duelos y quebrantos…23
Cómico fragmento lleno de cadencia lucianesca que hace pensar en los Diálogos de los muertos V, VI, VII, VIII y XI, todos ellos diálogos sobre la herencia.
Más tarde encontró Quevedo en su interesante visita a preclaros varones atenienses:
Se levantó un hombre viejo, y con él otros muchos, que arrastrados de los príncipes tenían el suelo lleno de canas y de sangre. Yo soy —dijo— Solón; aquellos los siete sabios; aquel que maja allí aquel tirano Nicrocreonte es Anaxacro; éste Sócrates; aquel pobre cojo y esclavo, Epicteto; Aristóteles, el que detrás de todos saca la cabeza con temor; Platón, aquel que no puede echar la habla del cuerpo; Sócrates, el que no ha vuelto en sí y tiene, como veis, dudosa vida.24
Pasaje inspirado con evidencia en otro de los Diálogos de los muertos XX:25
ÉACO.— Ese es Solón, el hijo de Ejecéstides, y aquél Tales, y el que está a su lado Pítaco y los demás. En total son siete, según estás viendo.
MENIPO.— Esos, Éaco, son los únicos que no están tristes, sino radiantes. Y el que está lleno de ceniza como pan cocido en ascuas, el que está todo cubierto de llagas, ¿quién es?
ÉACO.— Empédocles, Menipo, medio chamuscado llegado del Etna.
MENIPO.— Buen hombre de la sandalia de bronce: ¿qué te pasó para arrojarte a los cráteres?
EMPÉDOCLES.— Un ataque, Menipo, de melancolía.
MENIPO.— De eso nada, por Zeus; más bien te carbonizaron ambición, soberbia y enorme estupidez, con las sandalias puestas, y bien merecido que te lo tenías. Y además, tus tejemanejes de poco te sirvieron, pues se vio que habías muerto. Por cierto, Éaco: ¿dónde está Socrates?
ÉACO.— Es aquel que no para de charlar, detrás de Néstor y de Palamedes.
MENIPO.— No obstante, me gustaría verle si es que está ahí.
ÉACO.— ¿Ves al calvo?
MENIPO.— Están todos calvos; de modo que esa es una señal para reconocerlo igual para todos.
ÉACO.— El chato, te digo.
MENIPO.— Estamos en las mismas; todos son chatos.
SÓCRATES.—¿Me buscas a mí, Menipo?
MENIPO.— Claro que sí, Sócrates.
SÓCRATES.—¿Cómo van las cosas en Atenas?
MENIPO.— Muchos de los jóvenes dicen dedicarse a la filosofía y, desde luego, si alguien se fijara en su porte y sus andares, pensaría que se trata de filósofos de talla.
SÓCRATES.— Yo he visto a muchos.
MENIPO.— Y has visto, creo, qué pintas tenían al acudir aquí a tu vera Aristipo y el propio Platón; el primero, apestando a mirra y el otro con la lección de adular a los tiranos de Sicilia bien aprendida.
SÓCRATES.— Y de mí, ¿qué piensan?
MENIPO.— Por lo que a este punto respecta, eres un individuo afortunado; al menos todos creen que has sido un hombre digno de admiración y que lo sabías todo, hay que ser sinceros, a pesar de no saber nada.
SÓCRATES.— Eso solía decirles yo también, pero creían que se trataba de una ironía.
[texto griego].
En el que Eaco mostrando el Hades a Menipo le indica a Solón y a los restantes sabios de Grecia, a Empédocles, Sócrates, Aristipo, Platón, etc.
Sólo nos quedan por ver tres Sueños: el Sueño de la Muerte, El mundo por de dentro y La Hora de todos y la Fortuna con seso.
Del Sueño de la Muerte nos limitaremos a decir que tiene con las obras citadas de Luciano un lejano parecido de tema y una semejanza más cercana de procedimiento.
Derivación remota del Carón —relacionado sin duda con el Icaromenipo— es El mundo por de dentro. En el primero Hermes enseña al barquero infernal:26
Cuáles son las cosas que hay en la vida; qué es lo que hacen en ella los hombres y de qué se ven privados todos ellos, que gimen a voz en grito cuando bajan para acá; pues ninguno de ellos hace la travesía sin derramar muchas lágrimas [texto griego].
[p. 205] En el segundo, el Desengaño guía y lleva a Quevedo a la calle Mayor de la Hipocresía, donde contempla un entierro, las lamentaciones de una viuda, la opulencia de un rico, la hermosura de una dama y «cuando ocurre por debajo de la cuerda».
Por consiguiente, es obvio el parecido de las dos obras, esmaltadas de esquemáticas reflexiones morales que no dejan, empero, de ser profundas.
Todavía se acordó Quevedo de Luciano en La Hora de todos y la Fortuna con seso. Esta obra guarda relación evidente con el Timón, la Asamblea de los dioses y el Icaromenipo.
Con el Timón la semejanza es de argumento. Con las dos restantes la nota común es la comicidad de la asamblea de los dioses que, al final, en la obra quevedesca se trueca en banquete. Analicemos sucesivamente el Timón y La Hora de todos y la Fortuna con seso.
En el Timón, el personaje del mismo nombre, rico empobrecido, en una extensa plegaria, mezclada de rasgos serios y cómicos, invoca a Zeus para que se apiade de sus males. El omnipotente Dios oye la súplica y pregunta a Hermes el nombre del implorante. Hermes contesta y le explica cómo Timón de rico se volvió pobre y le recuerda lo bien que se portaba con los dioses y con los amigos, cuando se hallaba en próspero estado. Zeus apiadado decide librar al buen ateniense de las pesadas labores del campo y ordena a Hermes que conduzca a Plutos y al Tesoro juntos a Timón. Plutos no quiere obedecer sin antes conversar con Zeus que le convence y así Hermes —de lazarillo—, Plutos y el Tesoro se dirigen al pequeño campo donde Timón cava. La pobreza, el trabajo, la Constancia, la Sabiduría y el Coraje, que le rodean, acatan la orden de Zeus y se marchan. Plutos y Hermes quedan dueños del nuevamente afortunado Timón, que prefiere permanecer pobre a rico a las primeras de cambio, pero que más tarde obedece el mandato de Dios. Timón, empero, escarmentado por lo que le ocurrió, decide vivir como los lobos y tener un sólo amigo: Timón. Y poniendo en práctica [p. 206] su idea recibe con cajas destempladas a los numerosos aduladores que, como cuervos, se preparan para vaciarle sus arcas.
En la segunda obra, Júpiter enfurecido convoca a asamblea todas las deidades olímpicas y manda llamar a Mercurio para que le traiga la Fortuna «asida de los arrapiezos». Mercurio cumple el mandato, trayendo a la Fortuna, acompañada por la «Ocasión». A la vista de la diosa ciega, Júpiter iracundo a más no poder le dice que sus locuras, sus disparates y sus maldades son tales:
que persuaden a la gente mortal, que pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, que el cielo está vacío, que yo soy un dios de mala muerte. Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios a la virtud, al pecado; que encaramas a los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das dignidades a quien habían de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer.27
Sigue una discusión en la que intervienen además de Júpiter y la Fortuna, la Ocasión y el Sol. Finalmente Júpiter decreta:
irrevocablemente que en el mundo, en un día y una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece.
La Fortuna decide que eso se produzca el mismo día, el 20 de junio, a las cuatro de la tarde. Y a esa hora el embustero se vuelve veraz, el enriquecido por fraude pobre, etc., y en resumidas cuentas, el verdadero mérito ocupa el lugar que le corresponde y todos los mortales resultan sorprendidos y confusos a la vista de Júpiter que concluye:
Todos reciban lo que les repartiere y que sus favores u desdenes por sí no son malos, pues sufriendo éstos y despreciando aquéllos, son tan útiles los unos como los otros. Y aquel que recibe y hace culpa para sí lo que para sí toma, se queje de sí propio, y no de la Fortuna, que le da con indiferencia y sin malicia. Y a ella la permitamos que se queje de los hombres que usando mal de sus prosperidades u trabajos, la disfaman y la maldicen28 [p. 207].
Y con estas palabras, regocijada la Fortuna,
volvió a engarbullar los cuidados del mundo y a desandar lo devanado,29
después que terminó la hora de todos. Los dioses siguen con un animado banquete que cierra la obra.
Como se ve fácilmente, el parecido entre el Timón y La Hora de todos y la Fortuna con seso es evidente. En la primera obra Zeus oye y atiende las súplicas de Timón. En la segunda Júpiter oye y atiende las quejas del linaje humano. En la primera para siempre. En la segunda para una hora sólo. Visto el arrepentimiento sincero de Timón y la tontería de los mortales. En uno y otro caso Zeus ordena el cambio a la Fortuna, que a regañadientes acaba por obedecer al omnipotente dios.
La filiación lucianesca de esta obra la remata Quevedo con un ágape celestial, que es el último tributo de admiración al genial satírico, imitación perfecta, en el más alto grado de la palabra, del escritor griego y que demuestra hasta qué punto Quevedo tenía un genio afín al del satírico griego y en qué medida asimiló su obra:
Júpiter prepotente mandó luego traer de comer; y instantáneamente aparecieron allí Iris y Hebe con néctar, y Ganímedes con un velicomen de ambrosía.
Juno, que le vió al lado de su marido, y que con los ojos bebía más del copero que del licor, endragonada y enviperada, dijo:
—O yo o este bardaje hemos de quedar en el Olimpo, u he de pedir divorcio ante Himeneo.
Y si el águila, en que el picarillo estaba a la jineta, no se atufa con él, a pellizcos lo desmigaja.
Júpiter empezó a soplar el rayo y ella le dijo:
—Yo te la quitaré para quemar el pajecito nefando.
Minerva, hija del cogote de Júpiter (diosa que si Júpiter fuera corito, estuviera para nacer), repostó con halagos a Juno; mas Venus, hecha una sierpe, favoreciendo aquellos celos, daba gritos como una verdolera; y puso a Júpiter como un trapo, cuando Mercurio, soltando la tarabella, dijo que todo se remediaría, y que no turbasen el banquete celestial.
Marte, viendo los bucaritos de ambrosía, como deidad de la carda y dios de la vida airada, dijo:
—Bucaritos a mí. Bébaselos la luna y estas diosecitas.
Y mezclando a Neptuno con Baco, se sorbió los dos dioses a tragos y chupones; [p. 208] y agarrando de Pan, empezó a sacar dél rebanadas y a trinchar con la daga sus ganados, engulléndose los rebaños hechos jigote a hurgonazos.
Saturno se merendó media docena de hijos. Mercurio teniendo sombrerillo, se metió de gorra con Venus, que estaba sepultando debajo de la nariz a puñados rosquillas y confites.
Plutón, de sus bizazas sacó unas carbonadas que Proserpina le dió para el camino; y volviéndose Vulcano, que estaba a diente, se llegó andando con mareta, y con un mogollón muy cortés, a poder de reverencias, empezó a morder de todo y a mascullar. El Sol, a quien toca el pasatiempo, sacando su lira, cantó un himno de alabanza de Júpiter, con muchos pasos de garganta.
Enfadados Venus y Marte de la gravedad del tono y de las veras de la letra, él con dos tejuelas arrojó fuera de la nuez una jácara aburdelada de quejidos; y Venus, aullando los dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado, salpicando de cosquillas con bullicios los corazones de los dioses.
Tal cizaña derramó en todos el baile, que parecían azogados.
Júpiter, que atendiendo a la travesura de la diosa, se le caía la baba, dijo:
—¡Eso es despedir a Ganímedes, y no reprehensiones!
Dióle licencia y hartos y contentos se afuraron».30
En resumidas cuentas, podemos terminar diciendo que Quevedo por la identidad de espíritu, la mariposeadora imaginación, el humorismo, la ironía o el sarcasmo, el procedimiento seguido, el cortejo que desfila en los Sueños la riqueza de las alegorías y la imitación literaria es el Luciano español. Y afirmamos con Tovar: «No es la visión, lineal y ática en el griego, barroca en el nuestro, lo que tienen de común uno y otro. Pero hay un innegable parentesco entre las fantasías satíricas de ambos»31 como acabamos de ver.