por Carlos Vaíllo
[p. 364] Desde enfoques muy distintos y en variedad de espacio y tiempo, estudiosos de todos los países vienen comprobando la extraordinaria vigencia del tópico del mundo al revés.1 Bajo esta denominación se agrupa un cúmulo de imágenes y motivos, dispersos por textos y grabados, a los que hermana la representación invertida de la realidad. Así, en las viñetas de las aleluyas populares del siglo pasado aparece el marido enfundado en unas faldas y atareado con las faenas de la casa, mientras que la consorte, equipada adecuadamente, acude a la guerra. En otras vemos al niño castigando a sus padres o al maestro. Con la misma pauta de revancha del oprimido y de la víctima se hallan ejemplos de liebres u otras presas de cara que persiguen al cazador; o bien, se ve a un jinete que lleva a cuestas su montura. Todas estas imágenes (y otras muchas más) inventa la fantasía popular para goce de la capacidad de sorpresa del público. Al cotejarse con dibujos de otras épocas y países se advierte la continuidad de este sencillo esquema, verdaderamente internacional, en figuraciones afines y aun idénticas. Como se deduce claramente de los pocos ejemplos citados, todo consiste en trocar entre seres humanos o animales, consigo mismo o con los de otra especie, las funciones asignadas por la sociedad o la naturaleza.
Con bastante seguridad hay que atribuir al influjo de las fiestas del Carnaval y similares, en las que se llevan a cabo toda clase de inversiones paródicas, la persistencia en el pueblo de este tipo de fantasías.2 Por las trazas parece como si la licencia de estas celebraciones tradicionales [p. 365] hubiera rebasado sus límites cronológicos para enseñorearse de un mundo, tocado de locura, trastornando todas las jerarquías y leyes aceptadas como normales. En la difusión del tema varía la significación que se le presta. Tanto puede servir para reforzar la convicción reaccionaria de una decadencia de los principios morales o patrióticos de una sociedad, presa de tendencias disolventes, como para crear el efecto contrario, apoyando la renovación social.3 En cualquier caso tiene virtualidades satíricas que no dejan de manifestarse, sea cual sea el sentido que se le imprima. Los disparates de Juan del Encina siguen hasta cierto punto esta tradición.
Al margen de su implantación popular interesa la relevancia del tema del mundo al revés en la literatura, lo que nos conducirá directamente al asunto de este trabajo. Ya es sabido que los «adynata» o «impossibilia» de los autores clásicos4 son los antecedentes de la aparición en la literatura latina medieval del topos del mundo al revés, que, aclimatado en las diferentes literaturas nacionales, llega prácticamente a nuestros días.5 Están por dilucidar las interferencias que desde el campo culto o desde el popular contribuyen a dar forma al tópico literario; lo cierto es que, prestigiado como tópico heredado de la tradición, el mundo al revés puede amoldarse a las necesidades expresivas de cada escritor, integrándose por un esquema fácilmente ampliable en la particular visión del mundo o «Weltanschauung». Conscientes o no de estar reproduciendo un gastado lugar común, los escritores que se sirven de él extraen (o pueden extraer) ante todo un marco ordenador, que en este caso se identifica con la inversión sistemática de nuestra experiencia o nuestra concepción de cosas y personas. Al mismo tiempo, el tópico, como otros, reviste una significación profunda que enlaza con pulsiones fundamentales del alma humana (la inseguridad, por ejemplo); ahí radica en gran medida el motivo de la pervivencia de ciertos lugares comunes en la literatura. Al lado de este valor mostrenco, sin embargo, adquiere otros remozándose en contacto con una sensibilidad artística. Y son éstos y no la perduración de una fórmula los que importa rescatar en cada autor que, empleando el tópico, consigue revitalizarlos. Por eso, vienen muy a cuento las palabras de la gran investigadora argentina María Rosa Lida al reseñar el libro de Curtius: «el lugar común [p. 366] en sí es lo inerte, lo muerto dentro de la transmisión literaria, que cobra valor cuando se lo recrea y diversifica, esto es, cuando deja de ser tópico; su inventario marca estrictamente el rastro de la inercia espiritual de Europa, no de su unidad creadora».6
La fortuna del tópico en España aguarda aún su historiador, aunque ya disponemos de algunas contribuciones relevantes.7 En el siglo xvii, como en otros países de Europa8 goza el tópico de renovado favor, tal vez por la misma predilección barroca por lo raro y absurdo. Aunque faltan grabados autóctonos, está fuera de duda la difusión entre el pueblo. A caballo entre literatura y folclore carnavalesco, algunos entremeses representan en escena algunas tergiversaciones de la realidad, como la inversión de sexos, motivo reiterado del mundo al revés; con ello, parodian convenciones de las comedias de capa y espada, cuyos entreactos amenizaban. Pero es en la sátira donde rinde mejor en calidad de compendio de todos los defectos modernos. Valgan como muestras sendos arranques de una letrilla atribuida a Góngora y de una «Sátira» anónima:9
Todo el mundo está trocado,
sólo reina el recibir,
ya nos venden el vivir
y vivimos de prestado;
el que tuviere un ducado
se verá grande en un día;
la balança más vacía
subirá más fácilmente;
todo será diferente
y si algo desto no fuere
será lo que Dios quisiere.
Todo el mundo irá al revés,
el bazar será subir,
valdrá barato el mentir,
reinará el interés.
[p. 367] La retahíla de casos particulares que encabezan estos enunciados abstractos y generales no siempre pueden cobijarse bajo el membrete del tópico, al no cumplimentar los requisitos exigidos; pero resta la voluntad de reducir a las coordenadas del mundo al revés un amplio espectro de anomalías de todo tipo, denunciadas en las estrofas. Lo difícil es hallar una aplicación consecuente con el principio reductor del tópico en las numerosas menciones del mundo al revés.
Corresponde, sin embargo, a varias figuras descollantes del panorama literario del siglo las mejores formulaciones del topos: Lope de Vega, Tirso de Molina, Gracián y Quevedo, entre los más significados, forjaron obras importantes a base de imágenes y motivos del mundo al revés. En estos autores el lugar común deja de ser tal para constituir una clave interpretativa de concepciones profundas. Dada la diversidad de matices que en cada uno cobra el tópico, sólo me referiré al autor escogido para esta pesquisa.
Más que en cualquier otro escrito de Quevedo, en La Hora de todos y la Fortuna con seso se desarrolla el tópico con fuerza y amplitud. Conviene distinguir entre el tema y la aplicación estructural y narrativa del tópico a cada una de las escenas que componen el libro. Como es sabido, La Hora de todos gira en torno de la noción básica de que el mundo anda mal, al revés, como efecto último del pecado original; fundamentalmente, se expresa este sentido en la queja contra la diosa Fortuna al principio y en el discurso de Júpiter, que rubrica la perversidad inmutable del mundo. Entre ambos extremos median las distintas inversiones de la hora, con las que se pretende restablecer el equilibrio alterado por los modos del mundo al revés. De hecho, el enderezamiento del mundo sólo ha evidenciado el mundo al revés de la realidad, aparentemente al derecho; se plantea más bien como un castigo momentáneo que varía mucho de los tipos satíricos tradicionales, sometidos a inversiones bruscas de carácter carnavalesco, a los personajes elevados o históricos, tratados con más consideraciones y en otra clave distinta. A pesar de estas precisiones necesarias sigue siendo esta obra por su mayor escala un punto de referencia obligado en el rastreo del tópico en la poesía satírica10 [p. 368].
Al pasar de este texto en prosa, culminación de una trayectoria satírica y reflexiva, al dominio de la poesía satírica se puede sacar un balance desfavorable, en vista de la trivialidad de muchos versos. Sin embargo, la poesía contiene en cifra muchos postulados que desarrolla con más desahogo la prosa, tanto seria como festiva. De manera explícita o implícita, el trasfondo de un mundo al revés articula muchas de las construcciones satíricas en la poesía de Quevedo. Sin detenerse en la superficie del mero enunciado, penetra a menudo en la misma configuración estilística, determinando el empleo de ciertos recursos. Si no fuera por el riesgo de caer en manifiesta exageración, cabría la posibilidad de extender la categoría de mundo al revés al conjunto del universo satírico de Quevedo, uniforme en cuanto a blancos y modalidades del ataque. No obstante, en vista de la dificultad de tal empresa, me centraré en el comentario de aquellos pasajes y poemas con evidentes vínculos con el topos.
En el recorrido por diversas apariciones del mundo al revés, vale la pena comenzar por el romance «Los borrachos» (697)11 a causa de los aspectos típicos que presenta. A juzgar por las numerosas variantes conservadas pudo ser uno de los romances más difundidos por el autor. En cierto modo es comprensible su éxito por el muestrario de tipos y temas favoritos de la sátira quevedesca. Si se atiende a la estructura, el poema pertenece a un modelo mixto de descripción y diatriba, pues en el cuadro de unos lacayos beodos (tres franceses y un español), distribuido en dos porciones, al frente y al final, se enmarca el monólogo satírico de uno de ellos (el español) enderezado a sus camaradas. Desde el arranque del romance con el verso «Gobernando están el mundo» se anuncia el tema principal, el arreglo del estado del mundo.
En medio de otras consideraciones, más adelante examinadas, destaca el núcleo del discurso, contenido en los siguientes versos:
Todo se ha trocado ya;
todo al revés está vuelto:
las mujeres son soldados,
y los hombres son doncellos.
Los mozos traen cadenitas;
las niñas toman acero,
que de las antiguas armas
sólo conservan los petos.(versos 65-72)
[p. 369] Una de las facetas más genuinas y reiteradas del mundo al revés, la inversión de sexos y funciones anejas, aprovechada por el entremés12 proporciona la charnela entre dos series de reprobaciones expresadas por el borracho: la pérdida del ardor guerrero en las galas de la paz y la emancipación de la mujer, dominada sólo por la búsqueda del provecho material. En sí misma, la representación del mundo al revés incide en las galas y adornos del petimetre (las «cadenitas») y en las aguas ferruginosas (el «acero») que, recetadas a las enfermas de opilación, se convertían en pretexto para escapar a la tutela familiar.13 La mujer pedigüeña, por otra parte, aparece metamorfoseada en diestro de esgrima en unos bailes y entremés del propio autor.14 Con el significado de «bríos», «acero» puede contribuir a un chiste verbal: «toma acero y muestra aceros / de no dejar blanca en mí» (655, 18-19). Por la confusión de atributos no queda del todo claro la concordancia de «petos», pues si de un lado puede ser un juego de voces con el latín «petere», ‘pedir’15 de otro formaba parte de la indumentaria del lindo: «que ya traen todos los diablos / azul, guedejas y petos» (786, 29-32).
En este último supuesto se reforzaría un esquema formal que funciona desde el principio, el quiasmo que hace alternar el orden de los sujetos de los versos careados en pares antitéticos: «mujeres»/«hombres», «mozos»/«niñas». De momento tomamos nota del procedimiento, cuya repetición confirmará un rasgo constante.
En forma de colofón, las coplas del mundo al revés (que aún tienen la prolongación de los «arrepentidos de barba») cierran una serie de invectivas contra la degradación de los tiempos del presente. Con un tono de «laudator temporis acti», que recuerda la Epístola satírica y censoria contra las costumbres de este tiempo, se censura el lujo y el abandono de las virtudes guerreras del pasado en contraste con prototipos de valor y decencia (el Cid y Jimena). La comparación entre el «ayer» y el «hoy» se ve afectada por las leyes del mundo al revés, ya que, omitido el eje temporal que distancia los términos de la contraposición, se obtiene una situación invertida en el intercambio de atributos: el capitán [p. 370] de antaño recibe la paga del paje coetáneo, y viceversa. Según se sitúe la perspectiva, en un plano intemporal, se instaura un mundo al revés. Por la insistencia en el tema de la inflación (el ajuar de doña Jimena no da más que para el remiendo de unos calzones) se revela la dificultad del noble de rentas fijas y bajas como Quevedo por superar la corriente alcista de la época que beneficia a los principales proveedores del gasto suntuario del aristócrata: el sastre y el mercader.16 De ellos, víctimas frecuentes de la pulla quevedesca, se asegura: «y hoy, si alguno ha de vestirse, / le desnudan dos primeros» (49-50). Conciliar lo inconciliable es maravilla del mundo al revés, apuntalado aquí por un juego de voces ingenioso, que consiste en oponer a las dos acepciones, propia y figurada, de una palabra el antónimo de una sola17 además del sentido propio que le contrapone a «vestirse», «desnudar» significa también ‘despojar’, ‘robar’. Momentáneamente, la ilusión coincide con las características del mundo al revés.
Junto a cuestiones económicas se barajan insatisfacciones con el signo pacifista de los tiempos actuales. Del careo de las dos épocas se desprende que la preocupación por la moda es inversamente proporcional al ímpetu militar. De su antigua ocupación, los caballeros modernos sólo conservan el nombre de «cuchilladas» dado a ciertos adornos de las calzas: «¡tanta pendencia en las calzas, / y tanta paz en el dueño!» (63-4). En cambio, la probada belicosidad del Cid se ve ahora acompañada de un traje antiguo, convertido en hábito ridículo: «con botarga colorada / en figura de pimiento» (47-8). Visto desde el presente, el personaje se asimila a una figura de Carnaval: «ansí buesos y arlequines, / peranzules y botargas… la bailen danzas de espada» (778, 53-4 y 56). Responsable de estos trastornos, el Tiempo es apostrofado igualmente en otro romance, que enumera sus «operaciones», parangonadas a los efectos de un mundo revuelto: [p. 371]
Las galas de los antiguos
ha convertido en botargas,
y las marimantas viejas
las ha introducido en galas.(757, 121-4)
Como factor de desbarajuste, el Tiempo ha ocasionado un trueco perfecto de modas con los cambios y recuperaciones a que se nos tiene acostumbrados. Con el refuerzo de un quiasmo («galas» se repite en los extremos), la copla del tiempo ofrece un vaivén más simétrico y equilibrado que el planteo de «Los borrachos», donde, en una sola dirección, se advierte «que el inventor de otro traje / hace lo flamante viejo» (55-6). Lejos de considerarle extraño, el motivo del tiempo que todo lo cambia encaja sin dificultad en el tópico del mundo al revés.
Si pasamos a las coplas posteriores al núcleo, la nostalgia del pasado cede el lugar a un tema a la sazón en boga: el amor «interesable» de las mujeres. También incurre en el mundo al revés la insolencia de las damas pedigüeñas, pues se culpa de la situación a la debilidad de los varones; por ahí enlaza con el afeminamiento puesto de relieve por el tópico. Contra la costumbre de acceder a todos los deseos de las damas galanteadas y su codicia, se eleva la protesta de numerosos sujetos de poemas satíricos de Quevedo. Como botón de muestra, «Pues, ¿qué ley manda, niña, o qué alcalde / que valgas tú dinero, y yo de balde?» (626, 17-8). A recuperar la preponderancia perdida tiende el siguiente «arbitrio» imaginado por el parlanchín achispado:
Si yo reinara ocho días,
pusiera en todo remedio,
anduvieran tras nosotros
y nos dijeran requiebros.(101-4)
Con el aire de un nombramiento burlesco de «rey de Carnaval», cuyas órdenes disparatadas había que acatar, se receta un remedio no mejor que la enfermedad.18 Con la intención de enderezar un mundo al revés se cae de nuevo de pleno en el tópico. Salvo por su carácter descabellado, el mecanismo es similar al empleado en La Hora en la mayoría de las viñetas. Ante todo, desenmascara una realidad aparentemente al derecho, poniéndola del revés. Como apunta la canción ya citada, «Si te gozaba yo, tú me gozabas» (626, 13); luego, como castigo, las mujeres deben cortejar al hombre, desembocando en la misma situación escenificada en el entremés del Marión y similares, que presuponía «doncellos» [p. 372] en vez de varones. Así se desemboca en el mismo absurdo que se combatía, restableciéndose el mundo al revés: la diversión está asegurada de este modo, aunque se cierre el círculo vicioso del tópico en torno a las víctimas de la sátira.
A pesar de (o gracias a) su ebriedad, la «persona» del discurso está en condiciones de advertir (como sucede en el Criticón19 un mundo patas arriba. Pero su estado físico y social no le capacita para «gobernar el mundo» más que en un mundo al revés. En calidad de integrante de él, el borracho es una víctima más de su propia sátira: el criado que pretende ser rey. Precisamente las últimas coplas de la diatriba versan sobre el «desgobierno» de los maridos que de gobernarse a sí mismos han pasado a que «tienen por lugarteniente / la mitad de todo el pueblo» (111-2). Por más que despotrique, la «persona» satírica, que no hay que confundir con el autor real20 tiene sus limitaciones: la enmienda de los vicios es uno de ellos. Esta ambigüedad de la sátira de Quevedo en general (recuérdese que en los Sueños son los diablos los que satirizan) se debe en gran medida la carencia de principios morales en la crítica, a la vez acertada y desproporcionada, de malas costumbres. Como para confirmar la obediencia a las leyes que rigen el mundo revuelto, los borrachos van cayendo derribados al suelo o dan con el vino en tierra en la escena final, contrapunto del inicio, en actitud bestial.
En los sucesivos casos que van a examinarse se va a dar por separado el esquema del mundo al revés en dos caras, que vimos reunidas en el romance, la denuncia de una realidad y el enderezamiento de esta realidad.
A la primera categoría pertenece un soneto en que se zahiere a un médico. Uno de los blancos más vapuleados de la sátira quevedesca, la estirpe del médico de la sátira se remonta en una larga tradición a textos de la Antología griega, Plauto, Marcial, Juvenal o las Danzas de la Muerte, por citar sólo algunos casos sobresalientes.21 Con el tiempo, al llegar [p. 373] al punto culminante de la diatriba antimédica en los siglos xvi y xvii se configura un tipo satírico estable, construido sobre unos mismos motivos. No escapa a este esquematismo el tratamiento que le dispensa el autor en su sátira en verso y prosa; es de sobras conocido el escaso o nulo aporte de Quevedo a un repertorio tradicional de tipos satíricos, sin que eso merme en lo más mínimo su genio indiscutible. Así, a poco que frecuentemos los textos festivos del Siglo de Oro y, en especial, de don Francisco, siempre aparecerá el mismo personaje embutido en amplios ropajes, de gran barba, atontado en mula, provisto de guantes y enorme sortija, repartiendo récipes con cómica suficiencia, y pocos detalles más.22 Tal cual, la convención fue adoptada por el escritor, aunque la adornó con su dominio espectacular del lenguaje, bordando todos los aspectos trillados.
Entre los más antiguos reproches enderezados a la profesión figura en primer plano una tendencia a despachar al otro mundo a los pacientes. La breve alusión de un verso de Juvenal (X, 221), «Quot Themison aegros autumno occiderit uno», queda ampliamente rebasada en la ofensiva que durante la Baja Edad Media se emprende contra los averroístas y, como exponentes de un materialismo que se atreve con lo más sagrado, el cuerpo, contra los médicos. En este clima nacen, por ejemplo, las Invective contra medicum, de Petrarca, que da curso entre humanistas posteriores a cierto número de tópicos; una de sus acusaciones, la impunidad del médico, «cuius error terca tegitur», se aduce en contextos folcloristas.23 Justamente, al arraigo popular de esta creencia hay que atribuir la persistencia de los chistes maliciosos a cuenta del médico.
Haciéndose eco de tal corriente adversa, Quevedo prodiga las referencias [p. 374] a médicos que actúan al servicio de la muerte. Gracias al sesgo desorbitado de sus burlas consigue extraer del filón casi agotado buenas ocasiones de risa. Como anticipaba, del caudal de pullas contra los médicos, un soneto se pliega a los condicionamientos del mundo al revés. Copio a continuación el soneto, cuyo epígrafe reza: «Mató un médico su candil estudiando, por despabilarle, y reconoce el candil justa aquella pena por su culpa»:
Si alumbro yo porque a matar aprenda,
¿de qué me espanto yo de que me apague?
Pues en mí «Quien tal hace que tal pague»
justifica el dotor se comprehenda.
Despabila al que cura y a su hacienda;
cura al que despabila, aunque le halague;
basta para matar que sólo amague:
de calaveras es su estudio tienda.
Por ser matar la hambre comer, come;
hasta su mula mala de repente;
ninguna escapa que a su cargo tome.
Es mataloshablando eternamente;
será el mundo al revés siempre que asome,
pues el amanecer vuelve Occidente.(543)
Sólo conozco en el romance 783 un caso igual de coherencia del sujeto con el principio dominante de la muerte. Subordinados, aparecen otros motivos habituales, como la codicia, la adulación, charlatanería o la mula, algunos muy viejos.24 Este procedimiento es característico de algunos poemas satíricos, en especial sonetos, un aspecto es asediado desde perspectivas diferentes que confluyen en el mismo punto (repárese en el soneto «A una nariz» por bien conocido). Aquí la muerte es insistentemente aludida a través de diversas variantes a partir del arranque, apagar (matar) una luz en el intento de avivarla. Este acto inocente se dota de inesperada trascendencia: es una especie de emblema del oficio del matasanos, como ya anotó González de Salas. Al mismo tiempo, la luz que alumbra el estudio del doctor aparece como cómplice de crímenes futuros y planeados. No contento con la ecuación «despabilar» = «curar» = «matar» y, Quevedo redondea la implacable determinación del médico con una retahíla de expresiones que en una u otra forma remiten a la muerte. En la selección de términos y giros del campo [p. 375] semántico de la muerte, el criterio no puede ser más amplio, pues abraza una sinonimia parcial («despabilar») o una metáfora deslexicalizada de la lengua corriente («matar la hambre»), un juego de voces con las «mataduras» de la mula o la deformación paródica de un bordoncillo («mataloshablando» por «mataloscallando»),25 amén de referencias directas a la pericia homicida del doctor comparado a un espadachín («basta para matar que sólo amague»). Todas estas alusiones macabras surten el efecto de constituir al doctor en verdadero ser para la muerte.
Remata el soneto una conclusión original: el médico es un mundo al revés. No recuerdo ninguna imagen que incluya al médico entre los moradores del mundo al revés, al menos con iguales características: que se sepa, tampoco la sátira que maneja el tópico. Sin embargo, nada más lógico que la innovación de Quevedo, justificada por el oficio trocado con el de un matarife. Cuando se presenta insistentemente a los médicos como poco menos que homicidas, es un caso flagrante de perversión de las funciones encomendadas de sanar a los enfermos. Bajo este prisma el médico se integra en la serie quevedesca del mundo al revés de forma natural, como aquel médico de La Hora que trueca lugar con el verdugo. Más que habitante, el médico es el mismo mundo al revés: por tanto, compendio de todos los trastornos que allí tienen asiento. En apoyo de esta enormidad el autor se vale de uno de los «impossibilia» más reiterados: el sol se desplaza de oeste a este. En un poema amoroso, «Varios afectos de amante», se lee de modo semejante: «los que podéis vestir de luto a mayo / y anochecer el sol en el Oriente», (386, 3-4). En el soneto satírico, sin embargo, el verso «pues el amanecer vuelve Occidente» está seleccionado por el juego de voces que contiene, ya que «Occidente» se puede derivar con etimología falseada del verbo latino «occïdere», ‘matar’, en vez del étimo correcto «occidere», ‘caer’, ‘declinar’. Con esta metáfora cósmica, de hecho, culmina la sarta de alusiones a la capacidad mortífera del galeno, exagerada al máximo; remontando el curso del poema, sin embargo, las habilidades médicas se perciben sujetas a las leyes de inversión que rigen el mundo al revés, y se dotan de una malicia que contradice los deberes sociales del médico.
Para despejar las dudas acerca de la relevancia de la imagen final para el conjunto del soneto convendrá analizar su impronta en la propia forma. Antes de manifestarse el tópico en los dos últimos versos se observa una dimensión lingüística del mundo al revés en la disposición en [p. 376] quiasmo de los versos «Despabila al que cura y a su hacienda; / cura al que despabila, aunque le halague» (5-6). En un ámbito reversible, equivalen palabras de significado contrario al tiempo que se oponen: «despabila» (con los sentidos de ‘matar’ y ‘acabar con presteza’, ‘robar’) y «cura» (anota González de Salas que «el curar y el matar se toma por una cosa misma»). Sin más que desplazarse, una palabra se conmuta en su opuesta. En cierto modo, refleja la simetría del espejo, que traspone el lado derecho al izquierdo y viceversa.26 La combinatoria sintáctica de estos versos se ajusta al modelo proporcionado por el mundo invertido, es decir, el topos «modeliza» el poema; en las líneas abstractas que relacionan los dos verbos se reconoce una réplica verbal del modelo, su icono. En este caso, la semejanza marcada de significante y significado propia del icono pertenece a la categoría del «diagrama» en el que el significante reproduce sólo relaciones entre los elementos componentes del significado.27
Otras combinaciones del tópico con la corporación médica son más vagas y esporádicas. Así, el pasaje de una letrilla que culpa a los médicos de la sustitución de la fórmula de cortesía «Que Dios guarde» por «A Fulano, que Dios pierda» (654, 15-22). Por tanto, incide en las malas intenciones del médico, más criminal que incompetente. En cambio, en algún otro pasaje, los yerros derivan de la ignorancia; sobre la base de un chiste trivial, «errar»/«herrar»,28 la mula pasa a responsabilizarse de las curas del amo (759, 1-4).
Probablemente, la insistencia de Quevedo en el tema responde a un afán de elaborar una convención satírica tradicional. Sin embargo, una ojeada a textos serios revela en Quevedo unas razones profundas para su aversión satírica al gremio. En el médico combate Quevedo algo más que el tipo consagrado por generaciones de satíricos. Cuando en Virtud militante, en el apartado «Enfermedad», llega a la cuestión de la medicina, brota espontáneamente el chorro de burlas usual para exponer la incapacidad de este arte. Más adelante, con todo, matiza algunos extremos de la sátira: «Muy excelentes médicos ha habido y hay en el [p. 377] mundo; empero todos curan con lo que saben, por lo que conjeturan de lo que ignoran y no ven».29 Hasta este punto está dispuesta a llegar la ecuanimidad del autor; sin duda, es lo más amable que quepa espigar en toda la obra de Quevedo al respecto. Aparte posibles experiencias personales poco gratas y el peso de la tradición, influye en la inquina quevedesca un sistema filosófico, el estoicismo, poco compatible con la salud del cuerpo; la preparación para la muerte prima sobre cualquier otra consideración.30
No ha de ser el cuidado hacer que la vida sea larga, sino buena. Nuestra muerte no reconoce otro médico eficaz y docto para su salud, sino la buena conciencia. Para las enfermedades de la vida, solamente es medicina preservativa la buena muerte.
Como es fácil advertir, el pensamiento moral sigue derroteros distintos de la preocupación por aliviar unos dolores o salvar al cuerpo de la muerte.
Si se buscaría en vano en la sátira el polo positivo del que el médico es correlato degradado, el tratado moral encuentra una contrapartida aventajada en el buen vivir y el entendimiento natural autorregulador, sin duda en obediencia al precepto senequista «sequere naturam».31 En el «Sermón estoico de censura moral», afirma que «el ayuno se llama medicina» (145, 46), mientras que, en clave más jocosa, remacha: «Y la templanza es el mejor Galeno» (570, 4). Aunque de manera involuntaria, entre las virtudes de la pobreza también se halla el ahorro de medicinas: «Mi pobreza me sirve de Galeno… y abstinencia forzosa me gobierna» (558, 1 y 11). En definitiva, el médico es adversario de la vida en la sátira, pero también de la Naturaleza en una perspectiva filosófica. Ante la muerte inevitable sólo se le reconoce el papel de testigo impotente:32
Confieso que hay excepción de excelentes y fieles y doctos médicos y artífices; mas no presumo hallarla yo. No por eso los desprecio, si bien los excuso; y cuando más no pueda, que será algún día que ya no puede venir lejos, los llamaré, no para escapar, para morir, como es uso y costumbre. Pagarélos: ceremonia introducida, no socorro eficaz. Llamaré a que me cure el que sé que pelea; y moriré, como hombre, de un día tras [p. 378] otro, y trillado del paseo de las horas, sin que tenga culpa en mi acabamiento otra cosa que mi composición, donde se muere por ley, y no por venta.
Tanto en la sátira como en el tratado ascético se margina al médico de su cometido propio por pecado de más o de menos. De agente obstinado de la muerte a acólito ineficaz de ella, se recorre todo el trecho que media de la sátira a la reflexión moral; pero ambas visiones no están reñidas con la perspectiva invertida que rige el mundo al revés, el nuestro, donde la muerte triunfa sobre la vida.
Si bien la sátira antimédica de Quevedo se nutre suficientemente de las convenciones literarias para no necesitar acudir al trasfondo doctrinal que la sustenta, no ocurre otro tanto con la siguiente formulación del tópico, solidaria de una ideología concreta:
Que su limpieza exagere,
porque anda el mundo al revés,
quien de puro limpio que es
comer el puerco no quiere;
que lagarto rojo espere,
el que aún espera al Señor,
que tuvo por favor
las aspas descoloridas,
concertáme esas medidas.(642, 29-37)
En la estrofa de la letrilla (otra versión ligeramente distinta en 668, 23-9) aflora con el antisemitismo la resistencia de la élite del poder político, social y económico a abrir sus filas a la entrada de aspirantes a la nobleza, enriquecidos en actividades productivas. Pero el dinero abrirá brecha hasta en los reductos más acreditados de la sangre limpia, las Órdenes militares, cuyos hábitos se venden a mercaderes desde 1625 en tiempos de Olivares.33 Contra los advenedizos indeseables no quedaba otra defensa que achacarles antepasados conversos. Como partidario firme del orden tradicional, Quevedo no da muestras aquí de una indignación fingida. Se confirma en abundantes pasajes de la poesía satírica (para no recurrir a otras fuentes) un desdén aristocrático por las clases laboriosas de la sociedad, como el arrendador del vino (732, 77-80), el tabernero (634) o el mercader de paños (763, 1-4), motejados de judíos para descalificarlos en sus pretensiones honoríficas.34
Una vez más, Quevedo amplía la gama del mundo al revés ahora, [p. 379] para incluir un fenómeno social coetáneo. Se comprueba así, si falta hacía, la raíz conservadora que por regla general posee el tópico. Desde una óptica reaccionaria, todos los cambios sociales pueden traducirse en la clave de un mundo revuelto, donde lo inferior suplanta a lo superior, y al revés. Sin que se suscite siquiera la cuestión de unos méritos, el solo intento de alterar el orden de la sociedad sancionado por Dios es perverso en sí; puede parangonarse al afán de medro de los pícaros en el Buscón o la letrilla 648.
La simple mención del mundo al revés podría rebajarse a la categoría de mera trivialidad de no acompañarse de una estructura coherente con el topos. Un análisis somero de la estrofa apoya la hipótesis de una disposición del texto ordenada por una imagen dominante. En la letrilla considerada en conjunto se desvelan diferentes hipocresías sociales mediante un empleo de la antítesis bastante extendido. Esa misma pauta sigue la estrofa, donde se alude al mundo al revés, salvo que sirve de vehículo para contraponer dos realidades marcadamente incompatibles al tiempo que sutilmente se complace en los rasgos que invitan a una confusión de los extremos. Para lograr este efecto, el autor renueva en cierto modo la técnica observada en el Buscón, donde dos códigos distintos se entrecruzan en las palabras del narrador.35 Por uno de ellos, así, en la estrofa, no querer comer puerco puede interpretar como indicio de limpieza; pero, por el otro, es señal segura de carecer de la limpieza de sangre de que alardea el converso. No deja de ser paradójico en quien todavía espera al Mesías, el Señor crucificado, esperar una cruz o insignia («lagarto rojo») del hábito de la Orden militar de Santiago, consagrada a la gloria del Señor. Revela, además, una gran malicia comparar la honra que reporta una cruz de Santiago con el «favor» de las aspas infamantes del sambenito, que supone de hecho una conmutación de una pena más grave. Esta combinación de opuestos atenuados por una semejanza superficial (limpieza, espera, cruz, honra), casa con la perspectiva invertida del tópico: la sustitución (no efectuada) de lo alto por lo bajo es más divertida si va abonada por una serie de «razones» que enturbian pasajeramente la nitidez de las discrepancias. Casi con seguridad, esta letrilla corresponde a una época en que los casos raros de encumbramiento indebido podían tomarse a chacota aún.
Aunque no se mencione en este lugar, el motor de tales ascensos es el dinero. En todos los tiempos se le acusa de subvertir la ordenación [p. 380] jerárquica de la sociedad.36 A veces, el «poderoso caballero don Dinero» ocasiona trastornos equiparables a los del mundo al revés: «¿Y quién lo de abajo arriba / vuelve en el mundo ligero?» (649, 41-2). Factor de desorden al mismo nivel que la Fortuna o el Tiempo, el poder del dinero será elevado a la categoría de culto, el «dinerismo», fomentado por una conjura hebraica, en La Hora de todos. En épocas de profunda crisis, como la que le tocó vivir al autor, suele cundir la impresión de una gran inestabilidad, traducida en cambios bruscos de fortuna y carreras fulgurantes: «El que nació entre candiles, / se pasea entre blandones» (654, 96-7). Sin relación expresa con el tópico, pero en la línea de las mutaciones sociales que aborrece el aristócrata Quevedo, se reserva un gran espacio para fustigar la figura del «letrado cazapuestos» (653, 30), variante del «catarribera», que cual plaga burocrática ávida de poder amenazaba las viejas posiciones de la nobleza; así, el «pretendiente de una plaza / para encaramarse en otra» (768, 65-6). Riqueza, intriga, carreras universitarias, desequilibran el mundo, ganándose la antipatía del autor.
Si el mundo al revés puede considerarse una verdad universal, implica la existencia, al menos teórica, de un mundo al derecho. En principio, la sátira no se ocupa de cómo acceder a él, es decir, de la virtud o la normalidad; en la mayoría de los casos, se dan por supuestas tras las lacras que denuncia la sátira. En esto radica el objetivo perseguido por el autor satírico. Mientras que los ejemplos aducidos hasta el momento se atienen a la táctica de desenmascarar una realidad tergiversada, aunque aparentemente al derecho, hay casos en los que el poeta imagina una operación inversa de la que originó el mundo al revés. Tal como sucedía en el romance «Los borrachos», no se revela el haz que ocultaba el envés del mundo, sino que, como máximo, se aplica el castigo merecido mediante un procedimiento de signo inverso. El mismo sistema retributivo funciona en las premáticas burlescas. Apenas anima a éstas un afán auténtico de corrección de abusos; por medio de ordenanzas paródicas se somete a un reajuste el caos de seres y cosas inconexos, según un criterio «lógico» o bien justiciero. En esta tarea no es raro que se enconen situaciones propias del mundo al revés: «A barbados ceceosos / loando se pongan basquiñas» (743, 9-10). Bajo pretexto ordenancista («Mando yo, viendo que el mundo / de remedio necesita», 743, 1-2), se logra realzar los defectos o adecuar a la realidad [p. 381] la apariencia; el resultado puede compararse con el armazón simple del soneto 516, «Mujer puntiaguda con enaguas», y similares. A través del ingenio el autor se asegura un dominio verbal del absurdo, regido a voluntad sin intención moralizante; es la revancha del intelectual que carece de medios para modificar efectivamente una perversión inmutable.
Al contrario de las muestras analizadas, la variedad de mundo al revés enderezado no traspasa el plano hipotético, ya que sólo refleja el deseo del satírico y no una realidad en acto. Así, se aplica a casos históricos en los que se evoca la posibilidad de un cambio de rumbo completo sin otro fin que la fantasía absurda. Cuando refiere la insania de Artabano y Domiciano, aficionados respectivamente a pescar ranas y cazar moscas, propone a la Fortuna un mejor empleo de la realeza deshonrada, pasándola a las víctimas: «Fortuna, ¿no estuvieran más decentes / puestas en un moscón y un renacuajo / las dos coronas, que en tan viles frentes?» (538, 9-11), En otro caso histórico-legendario, el encuentro del cínico Diógenes y Alejandro Magno37 más bien destaca la falta de sinceridad en el anhelo del rey de «trocar el cetro a cazcarrias», pues «si Dios otorgara el trueco, / allí viera Dios las trampas» (745, 184, 187-8). Como en La Hora de todos, un cambio de fortuna no hace mejores a los hombres.
No todos los enderezamientos hacen gala del mismo delirio absurdo. Como es natural, se filtran en ellos preocupaciones morales que embargaban al autor en contextos más serios. Así ocurre en el siguiente soneto copiado íntegramente:
Si el mundo amaneciera cuerdo un día,
pobres anochecieran los plateros,
que las guijas nos venden por luceros
y, en migajas de luz, jigote al día.
La vidriosa y breve hipocresía
del Oriente nos truecan a dineros;
conócelos, Licino, por pedreros,
pues el caudal los siente artillería.
Si la verdad los cuenta, son muy pocos
los cuerdos que en la Corte no se estragan,
si ardiente el diamatón los hace cocos. [p. 382]
Advierte cuerdo, si a tu bolsa amagan,
que hay locos que echan cautos, y otros locos
que recogen los cantos y los pagan.(554)
Tanto en textos morales como satíricos, el tema de la sobrevaloración de gemas y metales preciosos recurre en parecidos términos; así, en los Sueños del Infierno y de la Muerte, el tratado ascético Providencia de Dios38 y el soneto moral 68, donde se habla de «Las guijas que el Oriente por tesoro / vende a la vanidad y a la locura» (9-10). A poco que ahondemos en el cotejo, habrá que concluir con R. M. Price, «The satirist in one style is a moralist in another».39 Con estrategia adecuada al caso, los textos convergen en un repudio igual del lujo desmedido.
Se parte en el soneto de la constatación de un mundo aquejado de locura colectiva, tema corriente de la sátira. Del mismo modo que los locos se ríen de la locura de los demás (cf. romance 728), se dan también locuras complementarias en quienes echan cantos y quienes los recogen para pagarlos.40 Al rebajar, en una hipotética iluminación de la mente del mundo, el comercio de piedras preciosas al de simples guijas, el autor lo anexiona a la esfera del mundo al revés implícitamente; el enderezamiento no hace otra cosa que dejar al descubierto la realidad. De acuerdo con los cánones del tópico, los objetos no ocupan el lugar que les corresponde en la escala de la creación: de un lado, «guijas», «migajas», «jigote» (términos del estilo ínfimo a los que presta cohesión la paronomasia); de otro, los elementos celestes que pretendían suplantar, «luceros», «luz», «día». De seguir el impulso moralizador del soneto 68, mencionado más arriba, el rechazo de estos bienes ilusorios habría derivado hacia el elogio de aquellos bienes imperecederos de la Naturaleza frente al brillo engañoso del lujo artificial: «De balde me da el sol su lumbre pura, / plata la luna, las estrellas oro» (68, 12-13). En cambio, la inspiración satírica encuentra más divertido destacar en la cordura recobrada del mundo el empobrecimiento, consecuente del vuelco, en el gremio de los plateros: «Si el mundo amaneciera cuerdo un día / pobres anochecieran los plateros» (1-2). Con ello, se renovaría una operación típica del mundo al revés.
En los dos primeros versos es patente un quiasmo que se superpone a la antítesis: «mundo»-«amaneciera»-«cuerdo» / «pobres»-«anochecieran»-«los plateros». Entre las expresiones metafóricas deslexicalizadas [p. 383] «amanecer» y «anochecer» con adjetivo predicado,41 se interpone convenientemente «un día». El cuadro de contraposiciones se completa con las que se dan entre «guijas» y «luceros» o, en el interior de lexemas, «migajas» y «luz», «jigote» y «día». Equivalencia en la discrepancia es la fórmula conceptista, «concordia discors», que mejor cuadra a la elaboración quevedesca del topos: inversiones quiásticas, paralelismos antitéticos.
Dentro del terreno de las fantasías justicieras, el tema mismo de la justicia parece obligado. Nada con más méritos para ingresar en la categoría del mundo revuelto que la descarada corrupción de los funcionarios de la justicia. Viejo tema de la sátira medieval del Arcipreste de Hita o de Pero López de Ayala, en competición con el del dinero, los males de la justicia inspiran muchas páginas a los talentos literarios del Siglo de Oro, sin que en modo alguno quede a la zaga nuestro autor, enemigo jurado de alguaciles, escribanos, jueces, corchetes y demás ralea. De este pozo sin fondo interesa la frecuente equiparación de perseguidor y perseguido, servidor de la justicia y delincuente, si no se inclina la balanza del delito en favor del encargado de reprimirlo. En el Alguacil alguacilado42 advertía el demonio que «hay muchos de éstos (alguaciles) en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave y escala». Por eso no extraña que un caco arrepentido aspire a convertirse en… alguacil: «harto de hurtar a palmos con la mano, / quiero, alguacil, hurtar con ella a varas» (542, 13-4; cf. 647, 27, y 761, 29-32). Sin necesidad de formularlo expresamente, la profesión entra de lleno en las filas de los oficios desvirtuados del mundo al revés, como el matasanos antes.
Sentado que la justicia está en manos de los peores delincuentes, sólo falta imaginar el castigo que sancione a todos los culpables. Combate así Quevedo la paradoja, tomada de San Pablo (Ad Romanos; 2) y desarrollada en Virtud militante: «Muchos pretenden ser jueces más para ser delincuentes sin castigo que para darle a los que lo son. Muchos hombres se condenan así en lo que condenan en otros».43 Para cumplir con su deber, la horca necesita de una ración mayor según reclama en el siguiente soneto [p. 384]:44
Si a los que me merecen me entregara
la Justicia, no holgara la madera.
¡Oh qué notable colgadura hiciera!
En oro a la de Túnez despreciara.
En un credo, oficiales despachara
que en despachar se tardan una era;
menos el ruido que las nueces fuera,
y el pino fruto de nogal llevara.
Hubieran en mí más varas que no palos;
presos y prendedores y ringlones;
de pobres extendiera a ricos malos.
Ladrones, y quien burla a los ladrones
gozaran igualmente mis resbalos,
aunque el adagio los trocó en perdones.(547)
Confrontado con el intercambio de papeles que se produce en el episodio segundo de La Hora, el soneto no llega a absolver al reo, cediéndole el puesto de verdugo; pero el número de clientes habituales se ha incrementado con el aporte de delincuentes honrados, respetables tan sólo en un mundo al revés. Aunque no se le cita, el tópico está presente en filigrana. El punto de partida es un estado de cosas, denunciado por una letrilla:
Este mundo es juego de bazas,
que sólo el que roba triunfa y manda.
Toda esta vida es hurtar,
no es el ser ladrón afrenta,
que como este mundo es venta,
en él es propio el robar.
Nadie verás castigar
porque hurta plata o cobre:
que al que azotan es por pobre
de suerte, favor y trazas.(647, 1-10)
Tras la metáfora del juego de naipes y sobre todo del mundo como venta,45 se abre proceso a una sociedad que canoniza el delito y al delincuente. A esta confusión intentará poner tasa la horca, instaurando una nueva confusión: en el castigo en vez del premio.
La yuxtaposición de opuestos, «presos» y «prendedores», «pobres» [p. 385] y «ricos malos», refleja bien los efectos del enderezamiento. Las autoridades judiciales como los ricos, a quienes incluye en el censo de los criminales, están aludidos por metonimias: «En oro» (4) se refiere al que guardan los poderosos; los «ringlones» son los de los escribanos, y las «varas», las insignias de mando de los alguaciles, contrastadas con los «palos» de la horca, como sucede a una «señoría», «que el mando y palo tenía, / y ya tiene sólo el palo» (648, 17-8). También se advierte el sello del tópico en la fórmula de quiasmo que contienen los versos antitéticos: «En un credo, oficiales despachara / que en despachar se tardan una era» (5-6). En simetría de espejo, «En un credo», que además de presteza connota el rezo de esta oración en el patíbulo, se opone a «una era», mientras que el cambio de «oficiales» de objeto directo a sujeto, de paciente a agente, determina la variación de las acepciones del verbo «despachar». En la secuencia «Ladrones, y quien hurta a los ladrones» (12) se aprecia una nueva inversión.
Si se repara en que no se traspasan los límites de una fantasía en los dos sonetos descritos con cierto detenimiento, sorprenderá hallar una inflexión a la regla general del mundo al revés en una letrilla donde se admite la realidad concertada:
Fui bueno, no fui premiado;
y, viendo revuelto el polo,
fui malo y fui castigado:
ansí que para mí solo
algo el mundo es concertado.
Los malos me han invidiado;
los buenos no me han creído;
mal bueno y buen malo he sido:
más me valiera no ser.(661, 3-11)
Por una vez parece que quiebra el sistema que para el desengaño46 rige los asuntos humanos, premiando a los malvados, mientras que «pasan los buenos penas y quebrantos» (640, 87). La letrilla, sin embargo, tiene una réplica casi idéntica en la queja de un cortesano retirado que se lee en un soneto moral:
Fui malo por medrar: fui castigado
de los buenos; fui bueno: fui oprimido
de los malos, y preso, y desterrado.
Contra mí solo atento el mundo ha sido,
y pues sólo fue inútil mi pecado,
cual si fuera virtud padezca olvido.(85, 9-14)
[p. 386] Aunque coinciden los planteamientos de ambas poesías y se enmarcan en el mismo ámbito de intrigas cortesanas, sólo se alude a una trama de mundo al revés en el texto satírico; la especialización del tópico dentro de la sátira es manifiesta. Tanto la letrilla como el soneto dimanan del dilema sustentado en La cuna y la sepultura:47 «si eres bueno, te aborrecen los malos; si eres malo, los buenos; tu día postrero todos te desampararán». Como el conflicto es forzoso, las expectativas del cortesano ansioso de recompensa se frustran sin que sus servicios seduzcan a los interesados y competidores; no llega a la perversidad de otro intrigante que «todos los malos quiere que sean buenos» (50, 12). En la figura desmedrada del adulador sin éxito se percibe cierto parentesco con la del «estrellado» o «gafe» de otro romance,48 al «que no hay cosa mala o buena / que, aunque la piense de tajo, / al revés no me suceda» (696, 34-6). Así, al equipararse con este tipo burlesco, se dota del contorno cómico que falta al sujeto del soneto moral: éste conduce al desengaño y requiere seriedad; aquél sólo produce regocijo con sus desdichas. Sin variar la significación, cambia el estilo.
El fragmento satírico copiado pertenece doblemente a la órbita del topos al desplegarlo en dos tiempos o en las dos caras que venimos descubriendo. Al principio, se admite la realidad de un mundo («polo») revuelto: los buenos son siempre preteridos. Al fallar la contrapartida es cuando se advierte la acción de un mundo concertado, aunque de alcance restringido a un individuo («para mí solo»). Así pues, aparecen alternativamente los dos motivos del mundo al revés que veíamos disociados en otras poesías de Quevedo. Como en casos previos, la simetría invertida del quiasmo refleja la difracción característica: el orden de colocación del par antitético «bueno» y «malo» alterna por tres veces. En la última ocasión pierden en el juego de sustituciones su identidad los términos antagónicos que se disuelven en los híbridos «mal bueno» y «buen malo», que expresan lo insatisfactorio de las representaciones hipócritas y la relatividad inestable de los conceptos. Aunque «mal» y «buen» remiten a la habilidad desigual para ejercer de «bueno» y «malo» respectivamente, el contexto les presta cierta coloración moral: en la bondad se descubre su raíz malvada (busca el premio); en la comedia de maldades disfrazadas logra convencer a todos (para su desgracia).
Con desparpajo cómico, lo cierto es que se rozan cuestiones trascendentales; nada menos que la acción de la Providencia puede verse en juego tras el castigo de las pretensiones del sujeto satirizado. Casi como [p. 387] antídoto de las exageraciones satíricas, un párrafo del tratado Providencia de Dios49 corrobora el mentís que supone la letrilla a toda una línea de negro pesimismo:
Si no los hubiera (impíos abatidos), se juzgara que universalmente estaban los bienes temporales hipotecados por legítima forzosa de los ruines y los impíos. No tuviera excepción el error en esta materia capital, de los que oponen a Dios que solamente los delincuentes y malos tienen bienes, honras y puestos; siendo así que la mayor parte de ellos miserablemente mendiga y padece abatida, y muchos dignos y virtuosos están con esplendor exaltados. Hay buenos que gozan y tienen felicidad temporal, y buenos que padecen desamparo y desprecio; y sucede lo mismo en los impíos; con que se prueba que no son las riquezas ni la mendiguez por sí malas ni premio o castigo destinado a unos u a otros.
Claro que este tipo de explicaciones ortodoxas destruiría el efecto de una sátira; por eso han de buscarse fuera de ella cuando se reconstruyen las motivaciones que originaron una burla determinada. ¿Hasta qué punto son muchas de las bromas quevedescas extrañas a sus planteamientos éticos? No se puede confiar demasiado en la teoría del creador frío sin un resorte moral tras muchas de sus diatribas. A medida que avanzamos en el cotejo con textos reflexivos se perfila más una actitud de repudio de diversas negaciones del sabio estoico arquetípico, encarnadas en tipos o vicios satirizados. Por perseguir sólo el premio de su bondad o su maldad, el cortesano ambicioso se halla en las antípodas de un espíritu ecuánime; a la vez, incurre en el ridículo que le convierte en pasto de la sátira. Contra la opinión vulgar, los beneficios y perjuicios de la fortuna son indiferentes moralmente según aclara el pasaje en prosa copiado. Enlaza con otro tema estoico, la renuncia de los bienes materiales que sólo son buenos empleados con virtud; así se lee en el mismo tratado ascético:50
tienen tanto de peligrosos estos que llaman bienes, de que gozan los malos (pues hacen los beneméritos indignos), que es merced de la divina Providencia apartarlos de los justos, y castigo consentirlos a los impíos. Con que se prueba que todo lo entienden al revés estos sacrílegos que se usurpan judicatura sobre las disposiciones de Dios. ¿Cómo, pues, los bienes, honras y dignidades del mundo harán al malo bueno, si al bueno lo hacen malo y al perverso peor? ¿Quién, pues, los tendrá sin riesgo? Quien los rehusó, quien los teme, quien los desprecia, quien los padece; quien los tiene, sin que ellos le tengan.
[p. 388] Entre burlas y veras, las tres últimas muestras de poesía satírica analizadas contienen un pequeño curso de doctrina estoica que el conocedor del pensamiento de Quevedo sabrá aplicar a las circunstancias. Bajo el denominador común de un mundo enderezado, se pone de relieve la locura del lujo desmedido de las gemas, la confianza vana en la justicia y en la recompensa; son todos bienes ajenos que conviene supeditar a los propios, a los que dependen de uno mismo. Algunos malvados ansían demasiado estos bienes externos (poder, riquezas) y, por tanto, se exponen en mayor medida que otros a los altibajos de la fortuna. Frente a la complacencia satírica en mostrar el mal triunfante, puede servir de consuelo el espectáculo renovado de la caída de los indignos. Como apunta el estribillo de una letrilla, no es válida una perspectiva demasiado unilateral: «Pícaros hay con ventura / de los que conozco yo, / y pícaros hay, que no» (648, 1-3). Para subrayar el vaivén vacilante de la fortuna, en la misma letrilla se recurre a una imagen corriente del mundo al revés, la silla sobre el hombre, aquí una «señoría»:
Yo la vi con gran regalo,
y sobre silla en dosel;
ya veo la silla sobre él,
castigando su locura.(19-22)
Como bien demuestra La Hora de todos, el reino de Fortuna es proclive a accidentes que a veces se asimilan a los vuelcos del mundo al revés. Así sucede en algunas estrofas de un romance dedicado a las fechorías de Fortuna: «¡Qué de volatines veo… y han de tener el pescuezo / en donde tienen las plantas!» (746, 33, 35-6). Al igual que el tiempo y el dinero, la fortuna multiplica las oportunidades al mundo revuelto, aunque adolezca de una volubilidad constitutiva que afecta tanto a buenos como a malos.
De acuerdo con una máxima estoica de La cuna y la sepultura.51 «No es dichoso aquel a quien la fortuna no puede dar más, sino aquel a quien la fortuna no puede quitar nada», se manifiestan varios individuos apicarados en sonetos, letrillas y romances de Quevedo. A las incertidumbres de la fortuna oponen un ideal de vida hedonista, un poco en la vena de ciertas composiciones de Góngora, como este ejemplo [p. 389] entre muchos: «Más descansa quien mira que quien trepa; / regüeldo yo cuando el dichoso hipa, / él asido a Fortuna, yo a la cepa» (519, 12-14). A vueltas con este grosero materialismo con el que el autor no podía estar conforme, encuentran eco presupuestos de vida estoicos. Así coinciden algunos con el retraimiento de los negocios públicos preconizado por la Escuela: «Ya dije a los palacios: “Adiós, choza”» (572, 5). Sin duda, no entra en el designio del autor presentar estos tipos como ejemplares, pues pagan tributo al género satírico en calidad de hazmerreír. En cuanto negativo de otros tipos satirizados, desvelados por honores y riquezas y juguetes de la fortuna, estas figuras del pícaro arquetípico merecen nuestra consideración.
Al revés de los personajes insatisfechos con su mala estrella (como el citado de 661 o el desdichado de 696), el sujeto del romance «La vida poltrona» (773) se declara contento con su suerte, aunque carece de todo. Por no faltarle, sin embargo, no le faltan cinco dedos de enjundia de cristiano viejo (165-72 y cf. soneto 550, 3-4). Junto con esta circunstancia, otros pormenores del discurso del poltrón podrían ser suscritos por don Francisco, como, por ejemplo, la determinación de no dejar herederos que se beban esfuerzos y ahorros (81-8), reminiscencia de Horacio (Sat. 11, 3, 122-3). En especial, se nota una coincidencia de pasajes con la canción moral «El escarmiento», donde se abomina del «envidioso polvo cortesano» (12, 28). Algunos versos pueden emparejarse, salvadas las distancias de tono y estilo: «para mí me vivo, / para mí me bebo» (773, 31-2), «Vive para ti solo, si pudieres, / pues sólo para ti, si mueres, mueres» (12, 127-8); «que en nosotros vive / el sepulcro nuestro» (773, 51-2); «vivo, me soy sepulcro de mí mismo» (12, 32); «y que ande cargado… de favores vanos» (773, 121 y 123); «descanso yo de andar de mí cargado» (12, 64). Descontada la parte que corresponde a la parodia de lugares comunes estoicos en boca de sujetos indignos (como sucede con expresiones de la devoción religiosa, incluso aplicados torcidamente), hay que reconocer con independencia del contexto la validez universal de algunas sentencias.52 La verdad, como sucedía con el borracho del romance, también se escucha entre risas.
Que esta galería de pícaros, representada por el poltrón, se revele más cercana a la ecuanimidad del sabio, sin duda se debe a la decadencia de los tiempos que corren. Desde su mirador a cubierto de avatares de la fortuna, el poltrón contempla un mundo caduco (así titula Quevedo una de sus obras políticas): «cuando ya está el mundo / muy cascado y viejo» (3-4). A este desaliento por el presente, sin embargo, [p. 390] no corresponde un entusiasmo nostálgico por el pasado, por una época mítica, cuya armonía contrasta con la dureza y rigor de la contemporánea. No se muestra afecto el autor a una «edad de oro», un pasado de inocencia paradisíaca, donde tal vez recela un fondo de paganismo que no podía aprobar; por eso lo cita fugazmente en un repaso a las edades del mundo tradicionales que le sirven de combustible para un chiste final sobre cuerno:
Tristes de nosotros,
dichosos de aquellos
que el mundo alcanzaron
en su nacimiento.
De la edad del oro
gozaron sus cuerpos;
pasó la de plata,
pasó la de hierro
y para nosotros
vino la del cuerno,
rico de ganados
y Diegos Morenos.(17-28)
Aunque la referencia es demasiado escueta para adivinar si Quevedo apreciaba estos ensueños utópicos,53 el despiadado realismo de que hace gala en la sátira recomienda cierta cautela en los juicios. Difícilmente aceptaría, por ejemplo, la tan decantada indistinción de lo «mío» y lo «tuyo», cuando le vemos alabar en los amoríos de los gatos que «Todo requiebro era “Mío”, / y ninguno de entrambos» (685, 37-8). En contraste con visiones idealizadas, Quevedo se muestra fiel a las viejas evocaciones folclóricas del pasado que lo conciben como auténtico mundo al revés:
¿no sabe que fue ese tiempo
aquel de Mari Castaña,
cuando los hombres pacían
y los jumentos hablaban?(778, 73-6)
[p. 391] Mientras que el campo se configura como retiro idealizado de las fatigas y afanes de la ciudad en la poesía moral, en la sátira, al «menosprecio de Corte», «que es pepitoria del mundo, / en donde pies y cabezas, / todo está revuelto y junto» (751, 2-4), no corresponde una inequívoca «alabanza de aldea». Aunque en algunos pasajes satíricos se trasluce un elogio de la franqueza y honradez del campesino (711, vgr. 25-32), resalta más el salvajismo de los moradores del campo (así, Galicia, paradigma de lo rústico, en el romance 749). Por espíritu de contradicción o por disgusto verdadero con sus vasallos de la Torre de Juan Abad, el autor se muestra arrepentido del abandono de la Corte: «De Madrid salí, y de juicio» (751, 81; cf., en cambio, 711, 13-4).54
Después de explorar en vano estas vías que conducirían a un estado más natural sin contacto con la civilización corruptora, se queda uno más convencido del nihilismo pesimista del autor. En rigor, le seducen sobre todo las posturas de desafío de los pícaros con que proclama su inconformismo conservador fundamental. En su empeño por aniquilar con la mofa los falsos valores del mundo, Quevedo no vacila en emplear como ariete un absurdo casi surrealista. Así, en uno de sus últimos poemas, redactado durante el cautiverio de San Marcos de León, el romance «Matraca de los paños y sedas» (763), desencadena en la escena final, digna de La Hora de todos, un pandemónium de animales, plantas y rocas que, en hipótesis fantástica, reclaman en las prendas de vestir o las joyas aquello de que les desposeyó el hombre (336 y ss.). En la vuelta al «adanismo» (así llama a la desnudez en 770, 90), que se vislumbra, se persigue la renuncia a cuanto falsea al hombre auténtico, aunque para ello, para acabar con el lujo (y con los sastres), se caiga en el mundo al revés. La actitud senequista del sabio en el consejo «Vivamos, sin ser cómplices, testigos» (94, 13) se dobla en el poema satírico de desdén desesperado: «Dejemos por loco al mundo / en poder de los muchachos» (763, 373-4).
Ya como trasunto, ya como contrapunto imaginario de la realidad, el mundo al revés posee un peso específico importante en la poesía satírica [p. 392] de Quevedo. Como se ha evidenciado en la indagación, la funcionalidad del tópico se ejerce a varios niveles del poema: estructural, temático e ideológico. Brevemente, revisaré algunos de estos puntos.
Al gravitar en el poema la representación invertida de la naturaleza o la sociedad, queda afectada hondamente su misma construcción, la disposición de versos y palabras. En calidad de matriz, el tópico moldea, «modeliza», el entramado de relaciones observable en la microestructura o la macroestructura del poema. Aunque no pueda decirse que los recursos estilísticos empleados en el contexto del mundo al revés sean específicos, sí puede afirmarse que allí se concentran con cierta regularidad, configurando su expresión lingüística. En primer lugar, es notable la frecuencia con que recurre la figura del quiasmo, obedeciendo a una relación especular invertida, calcada de la visión del mundo. Superpuesta a esta disposición particular de versos y palabras o independientemente, la antítesis refleja el juego de oposiciones que se establece entre la realidad aparencial y la profunda. Como es anejo al tópico cierto grado de confusión, el poeta se complace en destacar las sutiles semejanzas que equiparan extremos en principio inconciliables; maestro en la «concordia discors» conceptista, Quevedo pone a contribución del tópico todo su arte. Por la velocidad que imprime al tránsito de los opuestos, el poeta consigue esta calidad de confusión inherente a los vuelcos del mundo al revés.
Si se objeta que tales manipulaciones estilísticas se hallan por doquier en la obra satírica del autor, cabría argüir que a toda ella sostiene una representación invertida de las cosas. La idea es plausible, puesto que está implícita en la sátira la noción de un trastorno radical de las normas de la sociedad o la Naturaleza, más o menos exagerado según las intenciones de cada autor y la amplitud del contraste. Sin ir tan lejos, basta constatar el amplio espectro de tipos y conductas que cubre en Quevedo el marbete del mundo al revés; no sería demasiado osado extenderlo a otras apariciones de los mismos temas o sujetos, contrafiguras de arquetipos aprobados por nuestro escritor. Me remito a las páginas anteriores para comprobar la riqueza del muestrario; sin olvidar que éste es más bien exiguo y repetitivo en Quevedo.
Por el conducto del tópico podemos aproximarnos al pensamiento moral y a la ideología en general que subyacen a las burlas. El tono predominantemente festivo no debe ocultarnos el hecho que tales obras surgen de una conciencia moral exacerbada. Claro es que ninguna propuesta de reformación de los vicios se arbitra en esta sátira, volcada a la crítica destructiva y al revulsivo. Tales mofas (y no entro en la espinosa cuestión de su legitimidad o conveniencia) no son sino el primer [p. 393] paso en el camino del desengaño, a cuyo cabo está esperando el autor con sus tratados morales o su poesía grave para ofrecer otras opciones de estar en el mundo. Algunos vislumbres nos ofrecen los contrapuntos invertidos de nuestra experiencia de la realidad y, en general, todas estas obras de igual temática cotejadas debidamente con los textos serios del autor. Se desprende de ello una visión amarga y desesperanzada, con alguna punta de nostalgia por un pasado mejor y un aprecio de una estructura jerarquizada de la sociedad; todo ello desbroza en realidad el camino para otra imagen, igualmente contrapuesta a nuestra experiencia, la del sabio estoico que renuncia o desprecia los bienes externos otorgados por Fortuna. Como ha podido comprobarse, un fondo amargo y serio se perfila en la sombra del flagelo satírico de Quevedo. Mérito de éste, sin embargo, es haber sabido transformar en divertido este mundo invertido.