por Lía Schwartz
[p. 27] Toda sátira barroca se presenta generalmente como el producto de la confluencia de elementos de variada procedencia. El yo satírico que enuncia el discurso responde, sin duda, a estímulos de una coyuntura histórica determinada en la que se sitúa la persona del autor. El texto satírico, como todo texto literario, se inscribe en contextos históricos y sociales que lo conforman en parte y que son reconocibles directa o indirectamente. Con todo, no siempre es fácil determinar qué tipo de relación establece el texto con la realidad extratextual, con qué objetividad la refleja o de qué modo la representa. Ello se debe, en gran medida, al hecho de que el autor barroco, como el renacentista, concibe la creación literaria como juego dialógico de elementos tradicionales e innovación personal. Toda forma literaria escogida impone así convenciones definidas, en el plano temático y aun en el aspecto verbal, que el autor barroco acepta y manipula en la producción de su nuevo texto.
Las sátiras en prosa y los poemas satíricos de Quevedo surgen [p. 28] claramente de este tipo de proceso intertextual. Por un lado, acogen toda la gama de convenciones del género tal como se había configurado en la tradición clásica —de Horacio a Juvenal y Luciano— y en su desarrollo particular durante la Baja Edad Media. Por otro, parecen referirse a la realidad extratextual y proveer información sobre ciertos aspectos de la sociedad española del siglo xvii que el lector poco avisado puede aceptar como verídica, si no se cuestiona el modo específico de representación que un texto imaginario-ficcional pone en juego.2 Al hacerlo, descubre que la información ofrecida se configura a partir de la peculiar visión de la realidad que Quevedo poseía. Habría que agregar que la denuncia hiperbólica de la perversión y desequilibrio del mundo y de los hombres que ofrecen sus textos satíricos confirma las expectativas del lector competente ya que aquella corresponde a la óptica requerida por la máscara que asume todo yo satírico. No parece exagerado afirmar, pues, que el género condiciona en gran medida la selección de la información ya que la sátira se ha definido siempre como discurso crítico del mundo y del comportamiento de los hombres en cualquier momento histórico. Tanto la Roma de Augusto como la de Nerón o la de Diocleciano, tanto la España heroica de la época de la gran expansión imperial de Carlos V, como la España en crisis de Felipe III y de Felipe IV ofrecieron materia para la denuncia satírica.3
[p. 29] Los narradores de las sátiras en prosa de Quevedo y el yo satírico que enuncia un poema ven, por ello, la realidad desde una «atalaya» claramente circunscripta. El lector descubre así que hay estructuras literarias y retóricas que mediatizan su percepción. Consecuentemente, puede afirmarse que producir un texto satírico en el barroco es incorporar, mediante un trabajo de escritura cuidadoso, formulaciones literarias ya existentes al propio discurso. El enunciado nace de un proceso de re-lectura activa de la tradición literaria. Activa, porque temas o motivos literarios prestigiados por razones específicas se transforman en el proceso mismo de incorporación a un sistema que se articula en estructuras socio-políticas e ideológicas diferentes.
Mi interés por este tipo de proceso intertextual me impulsa a estudiar una serie de textos, temáticamente afines, que se insertan en la prosa y la poesía satírica. Las variaciones retóricas que ofrecen nos permitirán señalar, indirectamente, cómo el sistema de la sátira quevedesca se va modificando y transformando a lo largo de casi treinta y cinco años de desarrollo —de 1600 a 1635—.
En el repertorio de figuras execrables ridiculizadas por las sátiras quevedescas se destacan los numerosos retratos de letrados. Letrado < litteratus era ‘el que profesaba letras’ (Covarrubias), ‘el docto en las ciencias’ (Autoridades), pero en su acepción más restringida solía denotar a los juristas: jueces y abogados. Intriga la insistencia con que se recrea la figura, en todas sus variantes. En todos los textos que la presentan aparece como «tipo», fuertemente convencionalizado. Ninguno de los que he encontrado es invectiva personal dirigida con certeza a un individuo concreto, a la manera de las que Blecua denomina «sátiras personales». Con todo, no han faltado críticos que justificaran esta insistente aparición con argumentos biográficos: ¿no estuvo Quevedo mismo envuelto en múltiples pleitos desde 1609 a 1633, a propósito del cobro de derechos de su Torre de Juan Abad? Razón suficiente para hallar una causa extrínseca de la creación del personaje, que puede apoyarse en comentarios de unas cuantas cartas. Aun F. W. Müller, quien, por otra parte, señala con acierto el «error de visión de Quevedo», condicionado por su actitud reaccionaria, insiste en atribuir el presunto realismo de las escenas en que aparecen los tipos profesionales de jueces, abogados, alguaciles y otros representantes menores de la maquinaria judicial, a la experiencia personal de Quevedo con letrados [p. 30] en Sicilia, Nápoles y la península, y con abogados en los largos años de pleitos con el concejo de la Torre.4
Sin embargo, la explicación parece ingenua. Por un lado, la crítica del juez, del letrado, se había cristalizado en la tradición popular. Son prueba de ello refranes de la época que se refieren a la venalidad e ignorancia de jueces y abogados. Correas recoge algunos en su Vocabulario de 1627: «Xuez sobornado, deve ser kastigado con soga i palo», «Abogado sin zienzia —o sin konzienzia— mereze gran sentenzia i penitencia», «Líbrete Dios, ermano, de ‘párrafo’ de lexista, de ‘infra’ de kanonista, i de ‘ezétera’ de eskrivano» o en su variante: «Líbrete Dios de xuez kon leyes de enkaxe, i de enemigo eskrivano, i de kualkier dellos kohechado»; y acerca de los juicios: «Xuizio kontrahecho, haze tuerto lo derecho».5 Por otra parte, la figura del abogado-letrado es obligatoria en la Ständesatire de la tardía Edad Media, como lo son la del médico, y la del mercader, con las que dialogan los Sueños y muchos poemas satíricos. Como tipo satírico, integra toda presentación de estados, oficios y profesiones igualados en el afán de lucro y en la condenación de los individuos que los ejercen.6
Lo encontramos, por ejemplo, entre los treinta y tres tipos que convoca la Muerte, en la Danza de la Muerte castellana del siglo xv.7 Las estrofas 42 y 43 ofrecen la queja del abogado y la admonición de la muerte. Conviene recordarlas aquí: [p. 31]
(Danzad Abogado, dejad el Digesto).
Dice el Abogado
¿Qué fue hora mezquino de cuanto aprendí,
De mi saber todo e mi libelar?
Cuando estar pensé, entonces caí,
Cegó-me la muerte, non puedo estudiar.
Recelo he grande de ir al lugar
Do non me valdrá libelo nin fuero,
Peor es amigos que sin lengua muero:
Abarcó-me la muerte, non puedo fablar.Dice la Muerte
Don falso abogado prevalicador
Que de amas las partes levastes salario,
Venga se vos miente como sin temor
Bolvistes la foja por otro contrario.
El Chino e el Bartolo e el Coletario
Non vos librarán de mi poder mero,
Aquí pagaredes como buen romero.
Ciertos núcleos semánticos de los retratos quevedescos ya están esbozados en estos versos: el abogado es falso y prevaricador, porque, impulsado por su deseo de enriquecerse, cobra dinero de los pleiteantes. Toda la aparente sabiduría del que ha estudiado leyes en textos conocidos no basta para librarse de la muerte inexorable. Sin duda, la mención de los defectos del tipo, en el contexto ideológico de la Danza, cumple la función de probar que todos los hombres son pecadores y condenables. Ninguna clase social se salva de los horrores de la muerte, que sigue llamando o golpeando aequo pede, una vez más, las puertas de todos los mortales. En la sátira de Quevedo, el horror de la muerte igualadora cambia de signo: ya [p. 32] no se trata de insistir en su inevitabilidad solamente, sino de proclamar la corrupción de los hombres en casi todos los estados y profesiones. Conviene detenerse, con todo, en algunos juegos intertextuales.
Los textos que presentan el tipo están distribuidos a lo largo de todo el corpus —desde las Obras festivas a su última ficción satírica, La Hora de todos—. Para su examen, conviene ordenarlos en torno a rasgos semánticos compartidos o comunes. Se perfilan así variaciones codificables que parecen responder a su situación cronológica en el corpus. Estudiar estas variaciones y su relación con formulaciones literarias anteriores permitirá descubrir formas de producción de un enunciado satírico quevedesco y pondrá de relieve su importancia. Los retratos de la prosa deben ser punto de partida de esta ordenación, porque su cronología está determinada con certeza. En cambio, de los textos poéticos que recrean alguna forma del tipo muy pocos pueden ser fechados por evidencia externa. De todos modos, se dejan agrupar sin dificultad a partir de sus rasgos comunes.8
En el Sueño del Juicio Final, el yo —observador/narrador— descubre a un juez en un arroyo y le interroga:
A mi lado izquierdo, oí como ruido de alguno que nadaba y vi a un juez, que lo había sido, que estaba a medio del arroyo lavándose las manos, y esto hacía muchas veces. Llegué a preguntarle que por qué se lavaba tanto y díjome que en vida, sobre ciertos negocios, se las habían untado y que estaba porfiando allí por no parecer con ellas de aquella suerte en la residencia universal.
(pág. 74)
Todo el segmento que describe al juez es la realización ficcional de una frase proverbial, núcleo que la genera. El procedimiento es característico de toda la obra satírica, pero su frecuencia es mayor a partir del Sueño de la Muerte, de 1622. Correas ya registra la [p. 33] frase proverbial untar las manos ‘cohechar’. Reducida agramaticalmente a su literalidad, ésta produce la instancia de ficción: el juez-personaje pretende eliminar el rastro físico —el unto del soborno—. El enunciado ficcional, así, no responde a una lógica extratextual: es el resultado de una expresión cristalizada en la lengua. Aunque dada en discurso indirecto, la réplica del personaje indica que él mismo reconoce su pecado. Recibir cohecho constituye una perversión de las obligaciones de su estado, de su profesión de jurista. El juez «que falta a las obligaciones de su oficio, quebrantando su juramento profesional» (Autoridades) es, por lo tanto, un prevaricador. La expresión vuelve al texto de la estrofa 43 de la Danza. A partir de este encuentro textual, veremos que los restantes retratos de letrado retornan de algún modo al núcleo semántico señalado.
En el Discurso de todos los diablos este rasgo característico produce un personaje imaginario, el diablo del Cohecho. Se lo presenta en pugna con el diablo de la Consecuencia sobre la pretensión de adjudicarse el título de diablo Máximo. El narrador de la sátira hace que el diablo de la Consecuencia se arrogue superioridad:
mientras yo durare en el mundo, no ay que temer virtud y justicia, ni buen gouierno, y esse diablo del cohecho, sino le arreboço, con que cara se entrara por vnas vñas graduadas, y por vnas opalandas magníficas. Calle el Picaro, que el titulo de Maximo diablo solo es mio
(Wahl, pág. 83; Bourg, pág. 223b)
Los letrados están caracterizados elípticamente con dos sintagmas: el primero, uñas graduadas, propone como predicado de letrados la metáfora ya lexicalizada uñas ‘destreza o inclinación a hurtar’ (Autoridades). Aplicado a mercaderes, se halla en un pasaje del Sueño del Juicio Final: «tres o cuatro mercaderes, que se habían vestido las almas del revés y tenían todos los cinco sentidos en las uñas de la mano derecha» (pág. 73). Un refrán citado por Correas resume la imagen proverbial en la época: «Tiene uña en la palma —Ke es ladrón y se rekaten dél» (Combet, pág. 498b). La relación letrados=uñas sugiere que ambos lexemas comparten este rasgo semántico, aunque sepamos que en el caso de letrados se trata de una connotación no-marcada y sólo comprensible a partir de la opinión que tiene el autor o el narrador de los juristas. El adjetivo graduadas también constituye una atribución incongruente, pero explicita el foco uñas. La figura, por otra parte, tiene paralelos en contextos metafóricos con los que se describe a los médicos: ponzoñas [p. 34] graduadas, hoces graduadas. El segundo sintagma describe a los letrados con la metonimia hopalandas magníficas: la vestidura por la persona. Se combinan así, en apretada síntesis, un elemento caracterizador de la apariencia y el rasgo clave de la conducta del tipo a partir de una visión tradicional.
El texto ficcionaliza lo que en otras instancias aparece como re-descripción metafórica. Al principio de esta escena, el narrador afirma que ha visto al diablo del Cohecho «en mil diferentes partes… y lo he conocido en vnas partes Doctor, en muchas Licenciado, entre mugeres, Bachiller, entre Escribanos, Derechos». Y cuando en el Sueño de la Muerte, ésta le señala al yo las postrimerías y el yo ve el Infierno, le parece «notable cosa» y afirma:
Miro —respondí— al infierno y me parece que lo he visto mil veces. —¿Dónde? —preguntó. —¿Dónde? dije. En la codicia de los jueces.
(pág. 198)
En efecto, la codicia es siempre móvil condenable de la conducta del letrado corrupto no sólo en la sátira de Quevedo sino en otras presentaciones satíricas del tipo. Cuando en el canto décimo octavo del Crotalón, el Gallo relata su aventura extraordinaria de naufragio y desaparición en el vientre de una «ballena de grandeza increíble» —metamorfosis del gallo en mancebo que parte a las Indias, y del conocido motivo bíblico, contaminado aquí con recuerdos de narraciones folclóricas de origen oriental— también, entre las profesiones desvirtuadas, se mencionan en secuencia significativa, las de juez, escribano, mercader y médico.9 El mancebo y sus compañeros de naufragio se topan, en el vientre de la ballena, con una «dueña ançiana» y su hija, una hermosa doncella, personajes alegóricos que dicen llamarse la Bondad y la Verdad. Madre e hija cuentan cómo fueron rechazadas por Riqueza, Mentira, y Cobdiçia y se vieron obligadas a huir de España, al ser desamparadas por sus amigos. Camino de las Indias Nuevas, cayeron en el vientre de la misma ballena. Uno de los amigos de Verdad era un juez:
Tu sabrás que entre todos mis amigos yo tenía vn sabio, y anciano juez, el qual engañado por estas maluadas, y aborreçiendome a mi, por augmentar en gran cantidad su hacienda torcia de cada dia las leyes, peruertiendo [p. 35] todo el derecho canonico y çeuil; y porque vn dia se lo dixe, dandome un enpujon por me echar de si me metio la vara por vn ojo que casi me lo sacó: y mi madre me le restituyó a su lugar (a); y porque a vn escribano que estaua (b) ante él le dixe que passaua el arançel me respondio que sino reçibiesse más por las escripturas de lo que disponian los Reyes que (c) no ganaria para çapatos, ni avn para pan; y porque le dixe que porqué interlineaua los contratos, enojandose me tiró con la pluma vn tildon por el rostro que me hizo esta señal que ves aqui que tardó vn mes en se me sanar.10
(pág. 236a)
Es el deseo de ganancia lo que lleva a un juez a «torcer las leyes» y a pervertir el derecho canónico y civil. La representación literaria del tipo en el Crotalón se centra, en este pasaje, en «torçía… las leyes, peruertiendo… el derecho». Parte de la acepción metafórica, ya lexicalizada de torcer ‘interpretar mal’ y juega con la antítesis irónica torcer-derecho, este último lexema en silepsis.11 La antítesis desemboca fácilmente en un juego de palabras banal: derechos torcidos, que aprovecha mejor la polisemia de los lexemas porque ahora están unidos en un sintagma unitario, de núcleo y modificador. El juego de palabras, frecuente en el español de la época de Quevedo genera una predicación metafórica en el mismo Sueño del Juicio Final, en el que se lee que: «Fue condenado un abogado porque tenía los derechos con corcobas» (pág. 83). Este tipo de predicación metafórica es bastante frecuente en el sistema del lenguaje satírico de Quevedo: obliga a ver un lexema «abstracto», derecho, como «concreto», «corpóreo», «animado», del cual se puede predicar que posee gibas. El sintagma —que resulta sorprendente— se origina sin embargo en una forma de silepsis ya generalizada. En otra variante, en el Sueño del Infierno, se aplica a derechos el lexema [p. 36] tuertos; en juego polisémico, produce el fácil chiste bizcos, que representa un grado semántico menor que tuertos-adjetivo:
¿Véis aquél? —me dijo—. Pues mal juez fue, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia, y a los derechos que no hizo tuertos, los hizo bizcos.
(pág. 119)
La imagen del juez prevaricador y del abogado corrupto se amplifica en El alguacil endemoniado, de 1605-1608. En un segmento del diálogo entre el licenciado Calabrés y el diablo encerrado en el cuerpo del alguacil se pasa revista a los condenados del Infierno. La mención de los jueces y los ministros de justicia subalternos sigue inmediatamente a la de los mercaderes: «Estos ponemos al lado de los jueces que vivieron mal en la tierra» (pág. 99). La disposición, análoga a la que se observa en el canto décimo octavo del Crotalón no es arbitraria o casual. Se funda en una relación metonímica, de contigüidad, que es frecuente en la distribución de tipos enumerados en los Sueños. Además de la justificación propuesta en el pasaje, según la lógica del relato, jueces y mercaderes tienen en común, en este sistema, el afán de lucro, que asegurará su ascenso social. Por un lado, pues, este pasaje reinstaura el juego con la Danza y el Crotalón, por otro, el tema de la ambición de dinero adquiere renovado valor en el contexto ideológico de los Sueños. La voz narrativa ficcional de la que emana el discurso está aquí muy cerca de la ideología del productor del texto. El tema de la codicia es no sólo verbalización de un viejo motivo de la filosofía moral: el rechazo ascético de las vanidades de los bienes terrenales. También delata la crítica acerba del enriquecimiento de la burguesía ascendente: profesionales y mercaderes que medran con el desarrollo de la economía dineraria desde fines del siglo xv.12
[p. 37] Con modalidades diversas el tema se insinúa en obras más o menos contemporáneas de la sátira de Quevedo.13 Basta recordar aquí ciertas secciones de El coloquio de los perros, en especial la que incluye en la narración irónica de las aventuras picarescas de Berganza, una secuencia de relato sobre sus experiencias con algunos oficiales de justicia; en ella se desenmascaran las trampas de un alguacil y sus compañeros, un escribano y unos corchetes, para sacar cohecho.14 En el discurso cervantino, la crítica se produce mediante el recurso sutil de afirmar que no todos son bellacos como el amo de Berganza. Por supuesto que el comentario de Cipión funciona como una especie de lítote, en el plano del significado, e irónicamente afirma la corrupción en tanto parece restringir su crítica:
Si, que dezir mal de vno, no es dezirlo de todos; si que muchos y muy muchos escriuanos ay buenos, fieles y legales, y amigos de hazer plazer, sin daño de tercero; si que no todos entretienen los pleytos, ni auisan a las partes; ni todos lleuan mas de sus derechos; ni todos van buscando e inquiriendo las vidas agenas, para pornerlas en tela de juyzio; ni todos se aunan con el juez para hazeme la barba, y hazerte he el copete; ni todos los alguaziles se conciertan con los vagamundos y fulleros; ni tienen todos las amigas de tu amo para sus embustes.
(págs. 195-96)
Pero la fina ironía cervantina no tiene paralelo en el sistema de la sátira quevedesca. Nada se insinúa en esta última; todo se denuncia con recursos de retórica persuasiva que no permiten dudar acerca de la opinión de un narrador. El tono siempre vehemente y [p. 38] recargado de afectividad de la crítica de las profesiones traiciona el resentimiento que deben haber experimentado los nobles que se encontraban en situación semejante a la de Quevedo. Desde el Renacimiento se observa la superposición de un nuevo juego de poderes, basado en la posesión de dinero, al régimen de estratificación social de la sociedad estamental. El ascenso del burgués rico a un estado medio en el que se empareja con el hidalgo de escasos recursos económicos provoca, como ya lo ha señalado Maravall, reacciones críticas «sobre todo por parte de aquellos que temen ser alcanzados».15
En la situación ficcional del Alguacil, el juez prevaricador no sólo se enriquece, sino que genera la corrupción total del sistema de la justicia. A la pregunta ingenua del licenciado Calabrés: «Luego, ¿jueces hay algunos allá?», responde el diablo:
—¡Pues no! Los jueces son nuestros faisanes, nuestros platos regalados y la simiente que más provecho y fruto nos da a los diablos; porque de cada juez que sembramos cogemos seis procuradores, dos relatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes y esto cada día. De cada escribano cogemos veinte oficiales; de cada oficial, treinta alguaciles; de cada alguacil diez corchetes. Y si el año es fértil de trampas, no hay trojes en el infierno donde recoger el fruto de un mal ministro.
(págs. 99-100)
Los jueces son «faisanes y platos regalados». El discurso metafórico postula siempre la supresión de la función referencial del lenguaje para liberar, en cambio, una segunda referencia poética que re-describe la realidad. Aquí la re-descripción es perturbadora porque ha acercado el tema de las postrimerías al campo semántico de los alimentos. Lo mismo ocurre con la selección del lexema simiente, que genera una serie isotópica, de frases paralelísticas —enumeración de los que se condenan a instancias del juez—. En la lógica del enunciado, la multiplicación maligna de los pecadores —frutos de un mal ministro— amenaza con saturar el Infierno de condenados: de allí la hipérbole resumidora «no hay trojes en el infierno», que tampoco tiene valor referencial. En cambio, prepara la próxima sección del diálogo que trata la consecuencia de la venalidad de los jueces (o la causa, según la perspectiva del que observe el fenómeno): la desaparición de la justicia de la tierra.
La recreación del tipo satírico del mal letrado/juez —cargado de un nuevo significado ideológico— se orienta en otra dirección. El [p. 39] receptor competente descubre que en este punto la generalizada e hiperbólica crítica del hic et nunc se entrelaza con la fábula mitológica. No hay justicia en la tierra, porque «Astrea, que es la justicia, se subió al cielo». Esto lo dice el diablo, que narra a continuación, en forma alegórica el mito.
Varios siglos después que Hesíodo, en Los trabajos y los días, forjó el relato de las edades del hombre, fuente del tema de la Edad de Oro, uno de sus imitadores, el poeta estoico Arato, lo amplía en sus Phaenomena.16 La diosa de la justicia, Dike, que vivió entre los hombres durante la primera y la segunda generaciones, huye al cielo aterrorizada por las iniquidades cometidas por los hombres en la Edad de Bronce. Dike se refugia en el Zodíaco, se convierte en la constelación Virgo, casta y justa. Los poetas la invocan desde entonces con el nombre de la virgen Astraea. Esta adición al tema de las edades del hombre forma parte de posteriores elaboraciones poéticas del topos. En la versión de Ovidio, por ejemplo, cierra el relato de las cuatro edades:
Virta iacet pietas et virgo caede madentis,
Ultima caelestum terras Astraea reliquit.17
El texto de los Sueños es, en un nivel, una amplificación del tema, que era además lugar común en el pensamiento moral de la época. Sólo que el personaje del diablo agrega algo más:
los hombres bautizaron con su nombre unas varas que fuera de las cruces, arden algunas muy bien allá y acá tienen nombre de justicia los que las tienen. Porque hay muchos de estos en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave falsa y escala.
(pág. 99)
El concepto de justicia es ya incomprensible para los hombres: «subióse al cielo y apenas dejó aquí pisadas». Lo fue desde que Astrea desapareció de la tierra: desde un tiempo mítico. Lo que queda es un nombre mal aplicado a unas varas que, por metonimia, se llaman justicias, como símbolo de los ministros que la ejercen. Pero estas varas, metafóricamente, hurtan más que un ladrón: la transferencia de un clasema ‘animado’ al lexema varas ilumina retrospectivamente una frase anterior: «varas… que arden… allá» —en el Infierno— porque son tan condenadas como un vulgar [p. 40] ladrón. El diálogo con el contexto filosófico-mitológico vuelve a desviarse. En la escritura del texto, el narrador parece avanzar de la recreación del tipo del juez, a la situación social de su momento histórico y de allí retrocede aparentemente a las formas de pensamiento del relato poético-mitológico, atemporal en su expresión del descontento del hombre con la civilización. El afán de lucro que caracteriza a los letrados quevedescos es, en parte, una actualización de la frase ovidiana: amor sceleratus habendi (v. 131). Pero las consecuencias ficcionales del mito relatado sugieren, en el contexto quevedesco, su relectura. El mito explica aquí, lo que en otras obras satíricas se define como la falacia del lenguaje. La corrupción general de los tiempos ha desvirtuado el lenguaje como medio de comunicación: los nombres ya no se adecuan a las cosas que designan, o las cosas ya no son lo que deberían ser. Justicia, designa la vara y los ministros, pero ya no significa lo que significaba. El significante del signo lingüístico no remite ya al significado y éstos a su referente; se ha producido, diríamos hoy, una especie de ruptura de la solidaridad signo-referente. El mito ha sido recreado para aludir también a este extraño fenómeno.
Letrados, jueces, abogados, escribanos, ministros de la justicia son, pues, todos condenados y habitan en las sucesivas visiones del infierno quevedesco. Todos ellos engañan con una apariencia exterior de idoneidad y competencia que oculta sus malévolas intenciones. Para ser letrado, en consecuencia, basta asumir una máscara de hombre sabio, tener una imponente biblioteca y citar autoridades jurídicas que correspondan a la vestimenta simbólica de la profesión.
Las burlas de la apariencia del letrado son la otra cara de la crítica del tipo como venal y vendido al mejor postor de su interés: versiones del abogado prevaricador que tuerce las leyes. Pero en desarrollos posteriores de sus retratos se vislumbran otros motivos satíricos que se entretejen con las ya consabidas denuncias. Dos son los textos principales que amplifican la descripción satírica desde nuevas perspectivas. El primero pertenece al Sueño de la Muerte, de 1622, y se halla en la sección en la que el yo narrador dialoga con el marqués de Villena —personaje popular más que histórico— aunque el texto juegue con ambas imágenes. La imaginación popular había sancionado sus poderes de nigromante; se decía que a su muerte, el marqués se «había hecho tajadas dentro de una redoma para hacerse inmortal» (pág. 207). El yo narrador [p. 41] observa, con ojos aterrados, que el gigote se vuelve a recomponer en la redoma e inicia, así, un diálogo acerca de los tiempos que corren en ese año de 1621. La extensa escena es muy importante, ya que el enfrentamiento ficcional de un personaje que representa el pasado glorioso de España con el yo, crítico acerbo de su presente decadente, permite vislumbrar la posición política del narrador, muy cercana a la del productor del texto.
El segundo texto, fundamental, es el capítulo 39 de la Hora, de 1635. En esta situación ficcional, un letrado cuya apariencia genera burlas reductoras del tipo, habla en su estudio con una multitud de litigantes:
Un letrado bien frondoso de mejillas, de aquellos que con barba negra y bigotes de buces traen la boca con sotana y manteo, estaba en una pieza atestada de cuerpos tan sin alma como el suyo. Revolvía menos los autores que las partes, tan preciado de rica librería, siendo idiota, que se puede decir que en los libros no sabe lo que se tiene. Había adquirido fama por lo sonoro de la voz, lo eficaz de los gestos, la inmensa corriente de las palabras en que anegaba a los otros abogados. No cabían en su estudio los litigantes de pie, cada uno en su proceso como en su palo, en aquel Peralvillo de las bolsas. Él salpicaba de leyes a todos.
(pág. 220)
El discurso satírico de La Hora, constituye la versión más consumada de los mecanismos retóricos del lenguaje de Quevedo. Concentración de la frase, elipsis —supresión de nexos lógicos— predicaciones metafóricas que transgreden las posibilidades del español literario y popular de la época requieren el esfuerzo ingenioso del receptor para descodificar el mensaje. No sorprende, pues, descubrir en qué se ha convertido la imagen del letrado barbudo: frondoso de mejillas —la metáfora hace ver al letrado como vegetal y la hipérbole relaciona barba y bigotes con hojas que crecen profusamente en árboles. Pero la metáfora siguiente obliga a una rápida reacomodación de perspectiva: el color hace superponer icónicamente barba y bigotes a la imagen de una sotana y su manteo. Los cuerpos —los libros que llenan su estudio según recomendación del Libro de todas las cosas— son tan inertes como el suyo, porque ha perdido ya su alma, condenado como está en vida al Infierno, y sólo puede aducir con ellos sabiduría. Su fama de abogado se funda sobre unos gestos eficaces, una retórica leguleya que vale sólo como actio, ya que los discursos que pronuncia carecen de contenido, de significación —así lo confirma la enumeración paratáctica de incongruencias y frases hechas del lenguaje legal de su discurso, incluido [p. 42] a continuación—. Pero esto ya no tiene importancia; para tener éxito, basta hablar ininterrumpidamente, asumir una máscara verbal que apabulle a cualquier contrincante: en el discurso metafórico del texto, resume esta idea la predicación que superpone a la imagen auditiva de la voz, la del agua que corre —contradicción semántica típica del lenguaje de La Hora— mediante el uso del verbo anegar y del sintagma inmensa corriente de las palabras, retomada en la frase final «salpicar de leyes». Todos son los ingenuos litigantes que van a su estudio para ser, en verdad, despojados —en el lenguaje indirecto de La Hora, el estudio es otro Peralvillo en el que se ajusticia no a delincuentes sino a sus bolsas, con lo que el lexema bolsas recibe, así, un clasema ‘animado’—. La descripción inicial del narrador resume, en apretada síntesis, rasgos del personaje que hallamos diseminados en todo el corpus.18
En las dos obras se agrega o desarrolla otro motivo satírico importante: la crítica de la falsa erudición de los juristas. Se incluye, así, en el Sueño, una larga enumeración de autores de diversa procedencia a quienes consultan —o citan— los letrados del día para embaucar y confundir a sus clientes. «Todos esos autores, textos y decisiones y consejos no harán que no sea abominable necedad gastar lo que tengo por alcanzar lo que otro tiene y puede ser que no lo alcance», dice, por otra parte, un litigante en La Hora.19 En el Sueño, la acusación se bifurca en las quejas del yo y los comentarios del marqués de Villena que coincide con aquél. En España, dice el yo, «hay plaga de letrados… No hay otra cosa sino letrados… y valiera más a España langosta perpetua que licenciados al quitar» (pág. 211). Y sin embargo, no hay justicia: «En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos doctores… La justicia por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada como especias. Un Fuero-Juzgo, con su maguer y su cuemo y conusco y faciamus era toda las librerías… Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios, Surdos y Fabros» (pág. 212), y sigue la [p. 43] enumeración de aquel «cimenterio» que tienen los letrados por librería.20
El desarrollo del motivo puede ser interpretado, sin duda, como otra manifestación de la alabanza de illo tempore característica del pensamiento moral, siempre aceptable para una mentalidad conservadora. Y, en parte, la denuncia de la complejidad del sistema legal —la multiplicación de leyes y la proliferación de procesos connota tal actitud—. El motivo, sin embargo, aparece con frecuencia en textos literarios y filosóficos de los humanistas del Renacimiento. Erasmo lo desarrolla, por ejemplo, en su Encomium Moriae, donde satiriza más de una vez al personaje del doctor pálido y atestado de glosas.21 Es probable, por ello, que una obra en particular haya podido funcionar como punto de partida de la formulación de Quevedo, aunque no descartamos juegos simultáneos con otras obras. No olvidemos que ya Tácito había dicho en sus Anales, III, 23: «ut olim flagitiis, sic nunc legibus laboramus». La cita aparece en los Essais de Montaigne y es a ella a la que precisamente nos referimos.22
Hace ya algunos años, Juan Marichal había señalado la admiración profesada por Quevedo hacia el autor de los Essais.23 Citaba entonces Marichal la frase con la que Quevedo caracterizara la obra en su Nombre y descendencia de la doctrina estoica: «libro tan grande que quien por verle dejara de leer a Séneca y Plutarco, leerá a Plutarco y Séneca» (pág. 983b). Comunidad ideológica en el neoestoicismo que impulsa a reconocer más de una relación entre el texto de los Essais y aun las obras ficcionales satíricas. En efecto, el capítulo XIII del libro III, «De l’expérience», contiene una extensa argumentación sobre este motivo y algunas afirmaciones anticipan claramente las versiones de Quevedo. La multitud de leyes no asegura un dictamen justo, afirma Montaigne. En la Edad de Oro no las había y tampoco existen en ciertas naciones que no parecen [p. 44] menos justas: en ellas el más sabio dictamina, sin obligación de ejemplo y consecuencia. Los letrados obstruyen la administración de justicia con el uso de un lenguaje técnico que genera la duda y la contradicción. El mundo vive en incertidumbre y querellas, sin haber descubierto el sentido de las palabras de Quintiliano (X, 3): «Difficultatem facit doctrina» —la ciencia crea la dificultad—. «Nous doubtions sur Ulpian, redoutons encore sur Bartolus et Baldus. Il falloit effacer la trace de cette diversité innumerable d’opinions… Tant d’interpretations dissipent la verité et la rompent». Y más adelante: «Tout fourmille de commentaires; d’auteurs, il en est gran cherté». Mejor es no tener jurisconsultos ni procesos; ejemplo de sensatez fue Fernando el Católico, continúa Montaigne, que decidió no enviar letrados a América, «de crainte que les procés ne peuplassent en ce nouveau monde, comme entant, science, de sa nature, géneratrice d’altercation et division; jugeant avec Platón, que c’est une mauvaise provision de pays que jurisconsultes et médecins». Así también anuncia el marqués de Villena que dará arbitrio a los reyes del mundo: «Que quien quisiere estar en paz y rico, que pague los letrados a su enemigo para que lo embelequen y roben y consuman» (pág. 214). El consejo es una amplificación de la frase de Montaigne: la jurisprudencia es ciencia generadora de altercados y división. El pasaje de Montaigne termina de manera rotunda: dos son las profesiones nocivas para la buena ventura de un país: jurisconsultos y médicos; ya lo decía Platón, en la República, III, y la sátira de Quevedo no podría reflejar mejor esta opinión. En el texto de los Sueños, se han unido, incluso, ambas profesiones en fácil chiste: «En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos doctores».
La denuncia del sistema judicial que emprende Montaigne se articula, sin duda, en el contexto más amplio de sus preocupaciones filosóficas sobre el valor de las leyes frente a la naturaleza humana, siempre cambiante y contradictoria. Para Montaigne, la jurisprudencia no puede resolver casos en litigio porque la realidad es mucho más rica e imprevisible que las leyes. Por ello, la infinidad de interpretaciones posibles y glosas tienen poco valor, ya que con unos cuantos principios básicos nacidos de la experiencia se puede administrar justicia con más sensatez. En los textos de los Sueños y la Hora, en cambio, el motivo se entreteje con otros que ya hemos considerado y no se desarrolla con la misma consistencia, precisamente porque las sátiras son ficción narrativa y no ensayo filosófico [p. 45].
Pero su exploración ficcional completa la visión del tipo despreciable y de sus actividades. Se une al rechazo del letrado prevaricador, asido a su imagen exterior de hombre sabio, el desprecio por una actividad pseudo-erudita que se agota en sí misma y que carece de valor práctico, cuando no oculta ignorancia supina.
La agresividad que proyectan estos pasajes, con todo, revela algo más sobre el contexto ideológico de la sátira. El tipo del letrado ya existía en la tradición satírica y los retratos de Quevedo son el producto, en parte, de esta tradición. Apropiarse de un esquema previo, sin embargo, suele ser punto de partida, impulso inicial. Variación retórica y modificación de los contextos con los que dialoga dan como resultado representaciones cargadas de nuevo valor.
En los textos en prosa de Quevedo el letrado recibe el ataque enconado de narradores afectivamente comprometidos con su rechazo. En la poesía, el yo que enuncia el poema es apenas leve máscara que cubre al productor. Todos estos enunciados en su tono irónico-satírico delatan un resentimiento indudable que no puede menos que ser adjudicado a la visión político-social de Quevedo, o de la clase que éste representa. Los abogados, por ello, no sólo son el símbolo despreciable de los tiempos —en los que se han desvanecido los valores de la antigua España guerrera, imperial y poderosa— sino que pertenecen a un grupo social que ha entrado en conflicto con aquella clase. En efecto, los letrados representan al grupo social de burócratas educados que han desplazado a la alta nobleza en el servicio de la monarquía española. Desde la época de Fernando el Católico, el personal político de la corte —secretarios y funcionarios menores— pasa a estar constituido por letrados, cazapuestos, que monopolizan los cargos de poder. Quevedo es defensor y portavoz de los intereses de la alta nobleza, aunque no pertenezca a ella por nacimiento. La recreación del tipo del letrado, por ello, revela este resentimiento y desprecio consecuente.
«Vi montones de letrados / recogiendo a hopalandas / plazas, de las que decía / al hacer lugar las guardas», se lee en un romance. Y en otro, que comienza con una jocosa imprecación a la Fortuna: «Fortunilla, fortunilla, / cotorrerica de fama», se repite un concepto semejante: «Tus puestos dalos a otro / cerrado menos de barba: / que los que son puestos hoy, / serán quitados mañana» (Blecua, núm. 752 y 746).
Los retratos de letrados y los textos en los que aparecen, pues, no reflejan fielmente individuos reales. Sólo delatan la opinión de [p. 46] un sector conservador de la sociedad barroca que se opuso al desarrollo de una burocracia estatal, y a la expansión del grupo social de los juristas, que la nueva economía requería. Tampoco es objetiva la crítica de la ignorancia de los letrados; por el contrario, la reorganización del estado solicitaba precisamente la colaboración de individuos con competencia profesional para que ejercieran diversas actividades en la administración. Lo que los historiadores han demostrado, en cambio, es que el aumento de poder —y eventual movilidad social— de los letrados fue contemporáneo a la supresión o disminución del papel político de la nobleza que Quevedo indudablemente resentía.
Producir un enunciado literario en el barroco es re-leer, reinterpretar, esquemas temáticos y verbales ya existentes, prestigiados por tradiciones culturales. La representación de situaciones del universo empírico —aun en textos miméticos— no es nunca directa, especular. El productor del texto barroco ve el mundo a través y a partir de estructuras retóricas ya existentes, que son parte de sus experiencias de lecturas, de modelos admirados. En la sátira de Quevedo la literatura mediatiza siempre la percepción de lo real. Pero esos mismos textos, en su elaboración retórica, revelan, de manera inequívoca, la ideología del autor.