por Aurora Egido
El campo no es de todos recibido;
y si cantamos campo, el campo sea
que merezca del Cónsul ser oído.
Virgilio, Égloga IV
(por la traducción de Fray Luis de León)
[p. 213] La atracción ejercida por el soneto de Quevedo a Lisi «Cerrar podrá mis ojos la postrera» descansa, en buena parte, en el reclamo del título, «Amor constante más allá de la muerte», el más afortunado, tal vez, de los que enmarcan su poesía.1 El hallazgo de un lema paralelo en la emblemática y la necesidad de rastrear los orígenes del mismo me llevarán al estudio de un tópico clásico, el de la vida y el olmo, generalmente olvidado en las notas a la poesía del Siglo de Oro.
«La amistad que dura aún después de la muerte», así reza la inscripción de un emblema de Alciato2 en la traducción española de Daza Pinciano. La pictura ofrece un olmo viejo al que una vid se anuda rodeándolo. Y el pie suscribe:
[p. 214] Al olmo viejo, seco y sin verdura,
La parra fresca y verde entretexida
Es encubierto exemplo en tal figura
Que al’amistad durable nos conbida.
Pues no es perfecto amor el que no dura
Al menos hasta el ir de aquesta vida.
Bueno será buscar amigos tales
Que quedos siempre estén a nuestros males.3
La invención de la que resultó tal maridaje no es, sin embargo, original de Alciato, pues, como glosan sus comentaristas, contaba con abundantes precedentes clásicos. Una larga tradición convierte la unión del olmo y la vid en símbolo común del amor que se cifra bajo especies de eternidad, ya sea en relación con el vínculo amistoso o con el epitalamio propiamente dicho. Claudio Minois, al comentar este emblema, reclamaba las fuentes de Virgilio, Catulo y la Antología griega principalmente.4 En efecto, la crítica actual ha sabido construir el catálogo de precedentes que el motivo acarrea, desligando la presencia de este tópico del paisaje ameno virgiliano. Peter Demetz ha trazado su historia desde Catulo a Heinrich von Kleit, dando al motivo un sentido de unión marital que permanece constante a través del tiempo.5 Las ramificaciones del tema alcanzan el simbolismo cristológico y resurgen en la literatura europea a partir del siglo xv para extenderse en los géneros más variados: desde la comedia isabelina al canto épico, para reposar [p. 215] en los versos de Ronsard, Tasso y Goethe. Según Demetz, el topos no demuestra sino su capacidad de vivir una espléndida vida literaria, más allá del calendario a que los estilos y géneros obligan.6 Por otro lado, la costumbre de sembrar las vides junto a los olmos aparece constatada en los tratados de agricultura de Varrón, Columela y Plinio, remitiéndonos a un paisaje antiguo que todavía perdura en el sur de Italia y en el norte de Portugal.7
Independientemente de que es posible abundar en los ejemplos clásicos,8 parece obvio que no podemos circunscribir el tópico a un solo significado, pues como ocurre en toda esfera mítica, su simbolismo es capaz de evolucionar según el contexto en el que aparece.9
En principio, el carácter lujurioso de la vid —coincidente con el de la yedra— parece estar ligado tanto al mito de Osiris como al de Baco.10 En [p. 216] cuanto al olmo, nace unido a los ritos de fertilidad y a la tradición homérica (Ilíada, VI, 419) que relata el entierro de Etión, padre de Andrómaca, en cuya tumba las ninfas plantaron olmos.11 Conocido como el árbol de los sueños, es imagen antropológica, igual que todos los árboles en general, y símbolo, frente a la vid, de masculinidad.12 Las mitologías orientales conferían al árbol la expresión de la inmortalidad en todo lo concerniente al mitema del árbol de la vida, tan ligado al Génesis.13 Equiparar el hombre a un árbol es símbolo extendidísimo, y detallar su presencia en cada caso sería tarea tan pretenciosa —y nunca mejor dicho— como la de poner puertas al campo.
La escolástica freudiana, partiendo fundamentalmente de bases bíblicas, mitos clásicos y ritos de civilizaciones euroasiáticas, ha reflejado en el árbol todo cuanto cabe en sus analogías con el cosmos, confiriéndole un [p. 217] simbolismo amplio y bien nutrido que va desde su consideración como centro y soporte del universo hasta su motivación de epifanía de las divinidades.14 Claro que, como afirma el propio Mircea Eliade, «no hay que dejarse ofuscar por la riqueza casi ilimitada de las hierofanías vegetales»,15 pues todo viene a dar en un significado común que engloba el resto, el de que la vida se regenera periódicamente. De esta forma, el vínculo del olmo y la vida aparece como dictado perenne de la unión que supera a la muerte, pues es capaz de reanimarlos en su mutua convivencia.16 Si bien es cierto que podríamos hablar de la vid y del olmo como de una imagen arquetípica que sabe reaparecer de forma constante, hay que convenir, sin embargo, en que su función puede cambiar con la historia y oírse con voz nueva por encima de la tradición que mantiene lo esencial del modelo.17
Sin abandonar los fundamentos del simbolismo clásico, la Iglesia dio, sin embargo, nuevas lecturas a la unión de estas dos plantas. El cristianismo se apoyó en la tradición salmista y evangélica para su uso como icono sepulcral en las catacumbas. La vid, a solas, es imagen cristocéntrica, símbolo de María y de la Iglesia, pero en su unión con el olmo equivale al matrimonio entre esta última y Cristo, prestándose mutuamente apoyo y vida.18 No [p. 218] parece que el motivo tuviese importancia a lo largo de la Edad Media, y puede decirse que no renace hasta que el humanismo lo divulgó a partir de la emblemática, juego capaz de vulgarizar y difundir los grandes temas tipificándolos y transmitiéndolos de forma espectacular. El Renacimiento basó su propia fórmula de resurgimiento en «Un brote fresco creciendo de un árbol seco»19 y fomentó la utilización de imágenes arborescentes no sólo en las formas literarias propiamente dichas, sino en la iconografía y las empresas que adornaban la vida cortesana.20 Por lo que a la emblemática amorosa se refiere, fue el laurel —tan obsesivamente petrarquista—,21 saliendo del pecho del amor, así como los girasoles y la vid [p. 219] junto al olmo, los motivos fundamentales de inscripciones y pinturas. Mario Praz ha señalado, a propósito de los últimos, la factura clásica del símbolo de la amistad más allá de la muerte, presente tanto en los emblemas de Alciato como en los de Scève.22 El alejandrinismo invadió la emblemática amorosa. Las salamandras, fenices, alambiques, falcones, mariposas y cocodrilos sirvieron para variar la materia ovidiana, provenzal y petrarquista. Y también el olmo y la vid resurgieron de la Antología palatina para nutrir un amplio museo de emblemas, como los de Corrozet, Domenichi, Juan de Borja, Camerarius, Vaenius y Heinsius.23 La unión de los amantes se vuelve «a lo divino» en Corrozet, para simbolizar la vida religiosa cifrada en el apoyo que el más fuerte presta al más débil. Domenichi, Camilli24 y Heinsius apelan a la amistad y al amor, y Juan de Borja politiza la fusión, aludiendo al apoyo que puede encontrarse en los ministros o privados. La polisemia del tema, así como la de los árboles en general, puede comprobarse en las figuraciones de Cesare Ripa. La Alegoría es una mujer a cuya izquierda aparecen el olmo y la vid, y lo mismo ocurre con la Amistad, aunque en este segundo caso la mujer lleva bordada en su ropa la inscripción «Mors et Vita». También la Caridad cristiana se apoya en el mismo argumento visual, pero cambiando el árbol por una vara a la que rodea una vid trepadora.25
[p. 220] Puesto que en los emblemas están siempre presentes la exégesis bíblica y la tradición clásica no parece oportuno tomarlos como fuente en los casos de semejanza con obras literarias concretas. Claro que la existencia de las picturae haría más efectivo el dictado, y también más popular, al incorporarse en una buena parte a las artes decorativas. Alciato se inspiró en las fuentes más diversas, pero fundamentalmente en la Antología griega. El tradicionalismo de sus imágenes es bien obvio y, respecto a la que nos ocupa, es evidente que la inscripción Amicitia etiam post mortem durans no decía en sí nada nuevo, como tampoco el dibujo y la explicación al pie. Pero su tono lapidario afectaría, sin duda, no sólo a la fortuna de la imagen en su conjunto, sino a la misma idea de inmortalidad amorosa que podría barajarse con otros motivos diferentes. Como dice Edgard:
parece ser una lección de la historia que el lugar común puede ser entendido como una reducción de lo excepcional, pero que lo excepcional no puede ser entendido amplificando el lugar común…,26
y del interminable acopio de ejemplos paralelos deben destacarse, junto a los casos análogos, las excepciones. En España, contamos con un amplio repertorio de olmos y vides unidos, por motivos comunes, desde Garcilaso.27 Junto a los recuerdos clásicos ya enumerados y el reclamo de los emblemas, la voz de algunos poetas italianos parece escucharse tras sus versos, como ha señalado Vilanova.28 Suelen establecerse las consabidas sustituciones de la yedra por la vid, así como la equivalencia del álamo y el olmo. El propio Covarrubias recoge la voz olmo en su Tesoro con el simbolismo referido, definiéndolo como lema de caridad, junto a la vid.29
[p. 221] Fue la Égloga I de Garcilaso la que contribuyó a acrisolar el tema, en los conocidos versos:
¿Quál es el cuello que como en cadena
de tus hermosos braços añudaste?
No ay coraçón que baste
aunque fuesse de piedra
viendo mi amada yedra
de mí arrancada, en otro muro asida
y mi parra en otro olmo entretexida,
que no s’esté con llanto deshaziendo
hasta acabar la vida.30
Los comentarios de Herrera reforzaron la simbología garcilasista, enriqueciéndola con la erudición acostumbrada:
La parra se casa con el olmo y es su amiga, porque crece en él; que según Virgilio se maridaban las parras a los olmos y hoy se usa junto a Barcelona. La que estaba sola, se decía viuda, y así la llama Catulo, y al olmo nombra el mismo marido de la vid porque, como dice Plinio, las vides huelgan juntarse con los olmos…31
[p. 222] Este aprendido canto surgió en los poetas renacentistas en el ambiente de las Églogas y Geórgicas virgilianas que emparentaban los álamos de Alcides con las yedras lascivas y apelaban al mito ovidiano que relata la transformación en álamos de las hermanas de Faetón. La tórtola viuda, gimiendo sobre olmos y chopos desde Virgilio, tal y como nos la descubrió María Rosa Lida, aparece en las traducciones que del clásico hizo el maestro Fray Luis de León. Y con ella, «el álamo de yedra rodeado», la vid en el pecho de Coridón y «el sazonado juntar la vid al olmo». Traducciones que, como sabemos, Quevedo tuvo tan a mano.32 Los poetas aragoneses y extremeños abundaron en estos temas. Aldana redunda en la vid «sin arrimo», al llorar la ausencia de su hermano Cosme, o interroga:
¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados,
llorar y suspirar de cuando en cuando?33
Lupercio Leonardo perfila los álamos de Aranjuez y cercena los pámpanos de octubre, o traduce el Epodon de Horacio («Mas las vides crecidas / con [p. 223] olmos acomode»).34 Su hermano Bartolomé casa las vides con los olmos en un paisaje bucólico.35 Y también los reclaman versos de Medrano, de Pablo de Céspedes, de Francisco de Rioja, de Figueroa…36
Pero será Francisco de la Torre quien recogerá en sus endechas, sonetos y canciones la tradición clásica para darle cabida y abrigo en sus locus amoenus. La «verde y eterna yedra» ocupa el espacio poético de la amada. La voz del poeta se hace árbol quejoso, como el llanto del ruiseñor de las Geórgicas, en «las ramas del olmo, honor del prado». Orillas del Tajo, yedra y vid se ligan al amparo del olmo que les presta vida. Arboledas de olmos y de robles con vides y hierbas tejen sombra en la égloga o forman arco a la entrada de una cueva. Sus liras se ciñen con esta equivalencia:
Todo brota y estiende
ramas, hojas y flores, nardo y rosa;
la vid enlaza y prende
el olmo y la hermosa
yedra sube tras ella presurosa.Yo, triste, el cielo quiere
que yerto inuierno ocupe el alma mía
y que si rayo viere
de aquella luz del día,
furioso sea, y no como solía.Renueva, Filis, esta
esperança marchita, que la elada
Aura de tu respuesta
tiene desalentada.
Ven primavera, ven, mi flor amada.37
Francisco de la Torre alimenta versos de soledad y de esperanza, y se ajusta fielmente en otros casos a los sonetos de B. Varchi, amigo de Aldana, o traduce los de Domenico Perini. Damón llora ausencias de Filis bajo el [p. 224] «tronco de un haya de una vid cercada»38 o identifica su cuerpo con los de la encina y el olmo rodeados de yedra y vid, en el deseo de Filis: «Viva yo siempre ansí con tan ceñido / laço».39
A su fortuna contribuirían las traducciones que Pedro de Espinosa y Villegas hicieron de Catulo y Horacio. La vid se asoma entre pragmáticas y sáficos, y los olmos reflejan en la oda su antropomorfismo inconfundible.40 Los ecos anacreónticos y los idilios de Teócrito refuerzan el tópico en el ambiente delicado de las Eróticas, para terminar fijándolo en la antítesis que va reforzando la poesía descrita: la vid, sinónimo de primavera y juventud, frente al olmo caduco, agostado por la vejez y el invierno.
Toda la poesía del Siglo de Oro los recuerda, por encima de escuelas y tendencias, asegurando, una vez más, el clasicismo. Villamediana poblará de álamos su «Fábula de Faetón» y arrimará las vides, en el tipificado abrazo, a la silva.41 Juan de Arguijo, Juan de Moncayo, Guillén de Castro, Soto de Rojas en el Adonis…42 Poetas mayores y menores consagrarán el mito de [p. 225] Alcides y el beneficioso epitalamio del árbol con la planta joven. Lope rimó yedras y álamos en los sonetos a Lucinda. Ella debía ser la planta tierna que, arrimada al tronco del poeta, liberase a uno y a otra de la muerte. Pocos versos como los suyos enlazan mejor el tópico del amor constante con la tragedia personal:
Mira estas hiedras que con tiernos lazos
para formar sin alma su himeneo
dan a estos verdes álamos abrazos,
y si tienes, Lucinda, mi deseo,
hálleme la vejez entre tus brazos
y pasaremos juntos el Leteo.43
Lope también se refirió al tópico en la canción III de La Arcadia, «parra que al olmo enlaza» (v. 73), junto al despliegue de frutos, a la cornucopia que apela al gozar de los sentidos. El catálogo de amenidad y delicias paradisíacas no resistía el olvido. Y Pedro de Espinosa lo dibuja, una vez más, en La Fábula del Genil:
Así del olmo abrazan ramo y cepa
con pámpanos harpados los sarmientos;
falta lugar por donde el rayo quepa
del sol, y soplan los delgados vientos.
Por flegibles tarahes sube y trepa
la inexplicable yedra, y los contentos
ruiseñores trinando, allí no hay selva
que en mi alabanza a responder no vuelva.(vv. 57-64)
El propio Tirso lo recoge en la escena II de La joya de las montañas, con aires de poesía tradicional, junto al canto del ruiseñor y otras maravillas creadas por la mano de Dios:
[p. 226] Aquella vid abrazada
en el álamo frondoso
pinta un bosquejo glorioso
de insensible enamorada.44
En cuanto a Góngora, ofrece un rico muestrario de árboles en sus sonetos, y abunda en olmos viejos y pámpanos de hermosas vides en los romances. La tortolilla gime sobre ellos, sin otra variación anotable. Pero es en el Polifemo donde desarrolla la metáfora de rigor en el abrazo de Acis y Galatea:
Mas —cristalinos pámpanos sus brazos—
amor la implica, si el temor la anuda,
al infelice olmo, que pedazos
la segur de los celos hará, aguda.45
Muy ligada al himeneo de Catulo, la Soledad I repite la imagen de los olmos (v. 544) y de los álamos (vv. 651 y ss.) para confirmar el canto amoroso —«los álamos casando con las vides»—.46 El festejo de las bodas forma palestra de labradores valientes que luchan desnudos cuando llega la desposada:
Abrazáronse pues los dos, y luego
—humo anhelando el que no suda fuego—
de recíprocos nudos impedidos
cual duros olmos de implicantes vides
yedra el uno es tenaz, el otro muro.(Soledad I, vv. 968-972)
El siglo xviii no se olvidará del tópico. Meléndez Valdés retomará el motivo en el delicado romance de «Rosana en los fuegos» y en otros donde [p. 227] el álamo presidía la estación de sus amores juveniles».47 «Al olmo viejo y seco»48 de Machado se le acerca casi íntegro el primer verso del emblema de Alciato, y los ruiseñores cantan sobre los álamos sorianos porque así habían cantado desde las Geórgicas por lo menos. Poco importa al poema si fue deuda directa o poligénesis, aunque aquí mantenemos la dependencia. El árbol seco de los emblemas, con la rama joven —brote nuevo o vid que se le anude—, había servido también a Goethe en 1796 para encarnar sus propios problemas matrimoniales con «Aminthas».49
En fin…, Quevedo. Este contaba, como hemos visto, con un tema sobradamente elaborado que supo manejar en contextos muy diferentes. Tal vez Fray Luis y Francisco de la Torre o los propios comentarios de Herrera, con el que tantos nudos de identidad poética mantiene, le prestaron la imagen.50 No creo, sin embargo, que no pudiera tomarlo directamente de [p. 228] la Antología griega que manejó, como sabemos,51 o de los mismos emblemas.52 Lo que importa aquí es destacar que el tópico funciona en su poesía con una capacidad de cambio que aboga a su favor como constructor de imágenes versátiles.
El primer ejemplo es un poema metafísico en el que Quevedo añade, a los ecos que la tradición le prestaba, una cierta tensión provocada por la dureza de las rimas y el contexto de muerte en el que surge la canción desengañada:
Estos que han de beber, fresnos hojosos
la roja sangre de la dura guerra;
estos olmos hermosos,
a quien esposa vid abraza y cierra,
de la sed de los días,
guardan con sombras las corrientes frías.53
Quevedo se instala en este paisaje de una «dura sierra» donde espera que la muerte desate su alma, aún sujeta
[p. 229] a esta prisión de miedos y dolores,
a este polvo soberbio y presumido,
ambiciosa ceniza, sepultura
portátil, que conmigo la he traído,
sin dejarme contar hora segura.(vv. 106-110)
El contraste con la suavidad de la bucólica o el lamento pastoril de otras versiones es evidente, y aunque la canción tenga redobles del tópico de la vida retirada, Quevedo sabe imprimirle una voz personal poco frecuente.
Para el amor, olmos y vid en la Farmaceutría, mientras despliega erudición en torno a los remedios de la enfermedad amorosa. Se inicia en un ambiente bucólico a orillas del Pisuerga para engalanarse con árboles y aves. Dice a Galafrón, tras anunciarle el llanto de la tórtola «viuda» en árbol seco:
Mira la vid que a Baco soberano
la boca regaló y honró las sienes,
cómo sirve de grillos en el llano
a los pies de los olmos que mantienes.
¡Ay, cómo los enlaza! ¡Ay, si hiciese
Amor que ansí mi Aminta me ciñese!54
El paralelismo carece de mayores novedades y se remite a la tradición tópica, como vemos. Claro que para entender bien el tópico y el poema ha de tenerse bien en cuenta que pertenece al género de uno de los idilios de Teócrito, Pharmaceutriae, en el que se relata la técnica de la seducción femenina gracias a pociones e inventos mágicos.55
En los dedicados a Lisi, glosa el tema de la yedra y el álamo en un soneto correlativo con el que simboliza su propia destrucción:56
Esta yedra anudada que camina
y en verde laberinto comprehende
la estatura del álamo que ofende
pues cuanto le acaricia, le arrüina.
[p. 230] Tentado también por el descriptivismo, detalló en un poema lírico el fecundo matrimonio de álamos y vides con toda la galanura que conlleva el «gasto» de la primavera.57 Quevedo no desdeñó las posibilidades simbólicas que la tradición adjudicaba a la naturaleza y hay en su poesía signos de esa variedad que da razón de ser a toda ella.58 Pero también supo dar la vuelta al tema y desmitificar laureles y cipreses, burlarse de Aranjuez y acudir al carnaval en el «Romance de las bodas de don Repollo y doña Berza».59
La repetición, que da en cansancio, traspasó el tópico a la jácara, convirtiéndolo en trasunto burlesco. La canción «A una dama hermosa y borracha» deriva en estas mutaciones:
Permite que yo sea
el olmo desa vid, y que con lazos,
dándote mil abrazos,
tejida en laberintos mil te vea;
que en lo que toca a besos, comedido,
menos de los que das al jarro, pido.
Lo que al laurel de Dafne, esta metamorfosis combina la burla con el elogio de la dama, aprovechando abundante caudal de referencia cultas que se doblegan al erotismo.60
[p. 231] El epitalamio de Catulo se tipifica en la consabida cantinela contra los casados. La sátira de los «Riesgos del matrimonio» desengaña de las mujeres en esta forma:
Ni aun sin culpa algún olmo se casara
con la lasciva vid, si a sinrazones
también el sentimiento no negara.
Pues sólo a disculpar los bujarrones
no ha de bastar huir de las mujeres
ni quieren admitirlo los tizones.61
Partiendo de una sátira de Juvenal, y en un contexto que no reclama bucolismo alguno, Quevedo encuadra el tópico para rebajarlo a las gradas últimas del tercer estilo. Extrapolándola, ha reclamado la autonomía de la imagen.
La épica se contrahace en el «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando».62 El llanto de Filomena y otras sutilezas paisajísticas pueblan la Argalía («que ya está en el Padrón junto a la fuente», p. 715):
Aquí la vid, al olmo agradecido,
celosa esconde en pámpanos y lazos,
y el tronco, ya galán, y ya marido,
con las hojas requiebra sus abrazos;
de su corteza Amor está vestido
los sarmientos dan flechas a sus brazos,
y los racimos llenos y pendientes
dan a la sed desprecio de las fuentes.
El tópico ha sabido acomodarse a los contextos más dispares y, dominado por ellos, ofrecer variaciones sobre la unión marital de vid y olmo. Ocurre, sin embargo, que Quevedo apenas si da al tema esa visión trascendente que el epigrama de Alciato descubre con el lema de la amistad que dura más allá de la muerte. Volviendo al principio, creo, sin embargo, que puede existir una derivación directa del emblema en el título del soneto a Lisi «Amor constante más allá de la muerte», y si es así, no deberse a la mano de Quevedo. Este conocía muy bien a qué reclamos se sujetaba el tópico, aunque fuera para burlarse del mismo. De ahí que resultase ilógico colocar un título que iba unido a una tradición concreta, la del olmo y la vid, ante un texto poético que predicaba el amor venciendo a la muerte con materia bien distinta.
[p. 232] Cierto que no se puede afirmar categóricamente que el título no sea de Quevedo, pero me inclino a pensar que fue González de Salas quien, amigo de jeroglíficos y obsesionado por los emblemas, contribuyó a fijar para la historia un marco propicio en el que habitase el soneto.63 La propia tradición de la Antología griega y la misma tradición emblemática confirman doblez de autores para la inscripción y el texto, por no hablar ya de la pintura propiamente dicha.64
Si así fuese, González de Salas habría cometido la imprudencia de adelantar acontecimientos, resumiendo en forma lapidaria lo que el soneto no nos descubre plenamente hasta el último verso.