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Mujer e independencias

Antecedentes históricos: relevancia del papel de la mujer en el proceso emancipador latinoamericano

Por M. Ángeles Vázquez

El siglo xviii instaura en el mundo la modernidad histórica cuya premisa esencial es la construcción de una sociedad nueva asentada en valores inalienables: la igualdad, la justicia, la libertad; valores que los grandes moralistas de la época propugnarán para salvar no ya almas, sino individuos y sociedades, espíritu que será heredado por los siglos posteriores.

Frente a los discursos que insisten en la diferencia de sexos —bien de modo jerárquico, bien complementario— el xviii ve nacer también un principio igualitario que, aunque no pretende promover cambios importantes en la vida de las mujeres, sí será un antecedente que impulse las primeras reivindicaciones feministas. En este sentido es de referencia obligada el Discurso en defensa de las mujeres (1726) del padre benedictino Benito Jerónimo Feijoo, en el que argumenta que es la igualdad y no la diferencia entre sexos lo que revela la razón: las almas no tienen sexo. Años más tarde, entre 1786 y 1790, la gran ilustrada aragonesa Josefa Amar y Borbón (1749-1833), hija de José Amar, médico de cámara de Fernando VI, también defenderá la independencia femenina a través de las series de discursos que pronuncia en pro de la paridad de sexos. Amar es autora de uno de los textos más rigurosos sobre el tema educativo, Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790), y autora de la memoria que, con motivo del debate en torno a la admisión de las mujeres en la Sociedad Económica Matritense, escribió cuatro años antes 1: Discurso en defensa del talento de las mujeres.

Constituyeron acontecimientos históricos trascendentales en el siglo xviii la gran rebelión militar del indígena Tupac Amaru II en el Virreinato del Perú (1780-1781), la insurrección de los hermanos Catari en Potosí, Bolivia (1781), el levantamiento de los comuneros del Paraguay (1717-1735) y del Virreinato de Nueva Granada, Colombia (1781), entre otros. A partir de 1808 casi la totalidad de los territorios de América Latina se abocan a lograr su independencia del dominio español.

En 1809, se constituye la primera Junta que rompe con España, y que significa el Primer Grito Libertario de América, después del levantamiento popular que depone a las autoridades de la Audiencia de Charcas (Bolivia). El 16 de julio, la Junta de La Paz, nombra presidente al patriota Pedro Domingo Murillo. El 9 de agosto de 1809, en la ciudad de Quito, la Junta proclama la soberanía del pueblo, y el 11 de octubre de 1810 anuncia la independencia de Ecuador. El 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo inicia la lucha por la independencia en el Virreinato de Nueva España, México. A partir de 1817, la guerra se generaliza en todo el territorio.

Al concluir la independencia de América Latina en el siglo xix, asentadas ya las bases de los estados nacientes, se inicia la creación de los héroes nacionales y se comienzan a divulgar sus figuras entre la población para fomentar el patriotismo y el nacionalismo. Durante este proceso surgieron y se perfilaron los rostros de los hombres que habían fraguado la emancipación de España, pero ninguna mujer mereció tal reconocimiento, a pesar de que las mujeres —sobre todo las de clases popular— comienzan a ser vistas como símbolo de resistencia2. Bárbara Potthast y Eugenia Scarzanella en Mujeres y naciones en América Latina, aseguran que esta transición:

[…] se realizó a través de varias vías, pero la más importante fue, sin duda, la educación laica y estatal. En el último cuarto del siglo xix, casi todos los estados latinoamericanos y sobre todo aquellos que se consideraban modernos, iniciaron una ofensiva educativa [...] En este proceso, las mujeres, sobre todo las maestras, se convirtieron en figuras claves3.

Era, por otra parte, la primera posibilidad femenina de salir del entorno privado sin transgredir las normas de mujer respetable que de ellas se esperaba.

No obstante, la historiografía, hasta finales del siglo xx, no ha estimado la presencia de las mujeres en la formación de las repúblicas recién nacidas, siendo consideradas simplemente hasta entonces como un monótono modelo: son esposas, hijas y hermanas sumisas y castas, sirviendo en las tropas como enfermeras, rancheras o cosiendo banderas, esquema modelado desde antiguo.

Cuando estalla el movimiento de la independencia este diseño no se modifica y, como en otras revoluciones, la mujer no forma parte del inventario de los asuntos sociales que se deberían comenzar a desarrollar. Sin embargo, el impacto de la independencia fue de tal magnitud que alteró toda la sociedad —no solo desde sus bases sociales, económicas o políticas, sino también desde el ámbito de lo cotidiano—. Esta convulsión, por tanto, también invade la vida femenina y las mujeres responden, con su presencia activa, a esta inexcusable convocatoria, saliendo de sus hogares e incorporándose al campo de batalla —aunque fueran perseguidas, ultrajadas y en muchos casos, alcanzaran la muerte—.

En 1826, el taller de Domingo Navas Spínola publica en Caracas una obra titulada Las ilustres americanas. De las mujeres en la sociedad y acciones ilustres de varias americanas4. En este texto se ofrece a los lectores una relación pormenorizada «de los hechos notables ejecutados por las mujeres latinoamericanas en la gesta de la independencia y, al mismo tiempo, se destacan los atributos de estas damas, presentándolas como mujeres virtuosas y merecedoras de ingresar al procerato de la independencia en calidad de heroínas». Las mujeres, según su autor, poseen las cualidades propias de su sexo, además de bellas, dóciles, modestas y virtuosas, están no obstante hechas para perseverar en las empresas más arduas y se encuentran naturalmente inclinadas para el —cito al autor— «tranquilo y delicioso círculo de la vida doméstica».

Habría que preguntarse si en este devenir histórico se producen desajustes en la vida de estas heroínas, si desean seguir siendo un modelo de virtud, si actúan por el amor a la patria y el deber de defenderla ante el agresor sin que por ello se vean mermadas sus «cualidades naturales», o es más bien una reafirmación elocuente de su condición femenina, una reivindicación en su cambio de estatus. En cualquier caso, en estos momentos de revuelta social los hechos demuestran cómo las mujeres despliegan sus principales armas en defensa de una independencia social y personal. Infinitos ejemplos permiten documentarlo, pero consideremos solo algunos de ellos:

En la rebelión del precursor independentista José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II (1790), en el virreinato de Perú, participa activamente en la lucha; su mujer, Micaela Bastidas Puyucahua, que rompe todos los moldes de la época y se convierte en «icono invisible» de la historia peruana, siendo el motor de la insurrección popular más grandiosa del Virreinato. En 1854, José de Austria llegaría a decir que la rebelión de los Tupac Amaru fue encabezada por Bastidas (dato sin documentar). Según unas cartas que nos han llegado, escritas por Micaela a su marido, parece que fue más enérgica que el mismo Tupac Amaru, instigándole a enviar las tropas a la toma del Cusco. Compartió con él, desde un inicio, los ideales de libertad, y aun discutió los planes estratégicos de la rebelión. Gracias a su habilidad logística se obtuvo la victoria de Sangarará en noviembre de 1780. Junto a Micaela, según las investigaciones de Meri Knaster5, otras mujeres Tupac Amaru formaron parte de esta batalla: Cecilia Túpac Amaru (hermana de José Gabriel Túpac Amaru) también provocó y estimuló el levantamiento y Marcela Castro, la esposa de Marcos Túpac Amaru, «esta indomitable mujer»6. Bartolina Sisa, por otra parte, luchó junto a su marido, Julián Apaza (que usó el nombre de Túpac Katari), líder aimara del levantamiento en La Paz, en el Alto Perú.

En 1811, en Barinas, Venezuela, veintiún mujeres firmaron una carta al gobernador, «en nombre de las demás de sus sexo» en la que se ofrecían para alistarse al ejército republicano. Alrededor de 1813, la venezolana Josefa Camejo Venancia de la Encarnación (casada con el coronel Juan Nepomuceno Briceño Méndez) forma parte del Ejército Patriótico en Barinas y el 3 de mayo de 1821, ella misma leyó el manifiesto declarando la provincia de Falcón libre.

En Guatemala —que abarca hasta 1821 los actuales países de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, y el territorio de Chiapas—, la heroína de la independencia María Dolores Bedoya y González de Molina (1783-1853), casada por poderes con Pedro Molina, una de las figuras más notable de la lucha independentista del reino de Guatemala, participa activamente en los sucesos del 15 de septiembre de 1821. Acompañada durante la noche por un grupo de mujeres, recorre las calles con un farol en su mano y arenga al pueblo para que acuda a la plaza del Cabildo donde están reunidas las diputaciones provinciales en la llamada Sesión Histórica que se llevó a cabo en el Palacio Nacional de Guatemala, actual Parque Centenario. Con su heroica actitud consigue que la multitud reaccione ante los opositores de la firma del acta de independencia de España. Desde entonces, en homenaje a la labor ciudadana de María Dolores Bedoya, y como rescate de los valores patrios, se adornan las casas con faroles, celebrándose a partir de la revolución de 1948 el famoso Desfile de Faroles.

En México, la heroína Leona Vicario (1789-1842) tuvo una actuación fundamental durante la lucha por la independencia en Nueva España. Vicario, que era huérfana, desafió a su tío y tutor monárquico y entregó gran parte de su fortuna a la causa rebelde. Compró armas y las pasó de contrabando enviando información en clave a los insurgentes y soldados reclutados.

Por otra parte, la Generala, Antonia Nava Catalán (1780) pone en marcha una brigada femenina y convence a muchas mujeres de clase trabajadora y campesina para que se unan al ejército independentista. Acerca de esta notable heroína hemos extraído un párrafo del cronista e historiador Luis González Obregón:

En un pueblecillo perdido en las escabrosidades de la Sierra de Xaliaca o Tlacotepec, en el Sur, el general don Nicolás Bravo sufría tremendo sitio de los realistas. Estaban a sus órdenes don Nicolás Catalán (su marido) y un puñado de valientes; pero la situación era tan crítica, que hacía algunos días que las provisiones se habían agotado y el desaliento había invadido a los insurgentes, algunos de los cuales veían la capitulación como halagüeña esperanza. El general Bravo hizo un esfuerza supremo. Sacrificando sus sentimientos humanitarios que siempre lo distinguieron, mandó diezmar a sus soldados para que comiesen los demás. La orden iba a cumplirse cuando doña Antonia Nava y doña Catalina González, seguidas de un grupo de numerosas mujeres, se presentaron al general y con varonil actitud le dijo la primera:

—Venimos porque hemos hallado la manera de ser útiles a nuestra Patria. ¡No podemos pelear, pero podemos servir de alimento! He aquí nuestros cuerpos que pueden repartirse como ración a los soldados; y dando ejemplo de abnegación sacó del cinto un puñal y se lo llevó al pecho: cien brazos se lo arrancaron, al mismo tiempo que un alarido de entusiasmo aplaudía aquel rasgo sublime.

El desaliento huyó como los fantasmas con la luz de la mañana. Las mujeres se armaron de machetes y garrotes y salieron a pelear con el enemigo.

(México viejo: Época colonial (1521-1821), C. Bouret, 1900)

Después de la muerte de su marido, Navas ofreció sus cuatro hijos al General José María Morelos, tres como soldados y el más joven como tamborilero. Se desconoce la fecha y causa de su fallecimiento.

Importante es la personalidad de la colombiana Antonia Santos, que en 1816, en el recrudecimiento del proceso emancipador, organiza la guerrilla de Coromor y la aprovisiona con los bienes de su hacienda. Como muchas otras mujeres fue encarcelada y fusilada en 1819 por negarse a delatar a sus compañeros.

También en Colombia, Policarpa, la Pola, Salavarrieta (1796, posible fecha de nacimiento), es sin duda la heroína que acude de inmediato al imaginario del periodo independentista colombiano —aunque no es la única—. Representa a la mujer valiente, luchadora y activa que estructura desde Guaduas (Cundinamarca) una red de espionaje que traslada a la capital, lugar a donde huye por recomendación de la resistencia. Una de sus tareas era coser ropas a las señoras de los realistas con el fin de escuchar noticias y averiguar el número, movimientos, armamento y órdenes de las tropas enemigas. Entre otras actividades la Pola recibe y envía mensajes de la guerrilla de los Llanos, compra material de guerra y convence y adoctrina a los jóvenes para unirse a los grupos patriotas. Un consejo de guerra la condena a muerte el 10 de noviembre de 1817 y cuatro días después, es fusilada.

Otros nombres ilustres de mujeres guerreras son la ecuatoriana Manuela Sáenz (1797-1856) —personaje que nos gustaría desarrollar por su inteligencia y desafiante carisma, pero lo hará la ponente Consuelo Triviño—; la peruana Francisca Zubiaga y Bernales, la Mariscala (1803-1835), esposa de Agustín Gamarra, presidente del Perú en dos ocasiones (1829 y 1838), que participa en las batallas del Alto Perú y es protagonista política durante un corto espacio de tiempo. Zubiaga no fue una mujer de presidente cualquiera; se decía que se vistió con un uniforme de coronel y se puso al frente del ejército durante el malestar social que siguió a la independencia. Abraham Valdelomar escribió su biografía, La Mariscala (1914), y, en colaboración con José Carlos Mariátegui, una obra teatral de tipo costumbrista, La Mariscala (1916).

Después de conseguir la autonomía, se esperaba de las mujeres que se ajustaran a modelos específicos que encajaran en las circunstancias de la posguerra, tal y como ya hemos dicho, pero, ¿había sido la actitud de los hombres hacia ellas diferente durante las guerras? En este sentido, hemos de considerar la actitud del general San Martín, que trabaja con varias mujeres durante la lucha por la independencia y se asegura de que recibieran un reconocimiento nacional por sus esfuerzos. Es por ello que funda la Orden del Sol para recompensar el mérito civil y militar. Condecoradas con esta orden están Isabel de Orbea, Manuela Sáenz, Rosa Campusano, Brígida Silva de Ochoa y Carmen Noriega de Paredes, entre otras.

Pero la lucha femenina y su perspectiva independentista nos llega también a través de los textos: la mujer —ahora vista por sí misma— toma la pluma (lo que delata estrategia femenina, vida inteligente) desde la conversación y la carta, como margen entre lo literario y lo no literario y como un estilo de novelar el yo, hasta el cuento y la novela, pasando por el ensayo, el relato de viajes y la autobiografía. La literatura hispanoamericana de este siglo trae consigo resonancias insurgentes, himnos revolucionarios y el inicio de las literaturas nacionales. Por eso las mujeres ya no precisan ampararse en un claustro (para salvaguardar la «virtud») o en un apellido ilustre que las proteja, «no se requiere (para escribir), ser santa Teresa de Jesús o sor Juana Inés de la Cruz»7, desplegando ahora todo tipo de estrategias femeninas que reconozcan su trabajo.

El realismo y el naturalismo se alternan como canon europeo y problemática explícitamente americana. Son muchas las brillantes escritoras de este siglo que merecen atención y objeto de estudio, voces relegadas que ahora activan el aliento reivindicativo de otras causas que se unen a la demanda común de emancipación femenina:

Así tenemos, en Cuba, a la marquesa Beatriz de Jústiz y Zayas de Santa Ana (1733-1807), la primera escritora de Cuba, apenas conocida por el carácter transgresor de su obra y personalidad, y a Merced Beltrán de Santa Cruz (La Habana 1789 - París 1852), la condesa de Merlín.

Pero es la fuerza e inteligencia que trasmite Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) lo que la convierte con mayor viveza en una mujer autónoma y libre de opinar, elegir o amar. De actitud vehemente e impetuosa, es una de las autoras más radicales del ideario Ellas, órgano oficial del sexo femenino. Hija de un teniente español de la Marina (Manuel Gómez de Avellaneda) y de una joven cubana, Francisca de Arteaga, y perteneciente a una ilustre familia de Camagüey (entonces Puerto Príncipe). Desde muy niña comienza a escribir. La familia se traslada a Galicia y ella es ridiculizada por todos por su afición al estudio y porque no era buena para nada: «no sabía planchar, ni cocinar, ni calcetar... ». Publica sus primeros poemas en un periódico de Cádiz con el seudónimo de la Peregrina. Se marcha sola a Madrid decidida a triunfar donde también comienza a participar en otras publicaciones como La América, El Semanario Pintoresco Español, El Álbum Iberoamericano y en Flores y Perlas. Presentada en el Liceo por Zorrilla es de inmediato admitida como una socia más. Después de estrenar dos obras de teatro y publicar sus Poesías y la novela Sab, primera novela antiesclavista que además denuncia el estado de sumisión de las mujeres en el patriarcado, en 1848 es ya la autora más requerida y admirada de Madrid. Cuando regresa a Cuba, dirige el periódico Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello que cambia el rumbo literario de la isla. A través del contenido de sus cartas se encierra el análisis de su profunda vida interior, de su inconformismo, de su fuerza y lucha por el trabajo, por la libertad.

Otra pensadora de la época es la historiadora, periodista, cuentista y novelista colombiana Soledad Acosta de Samper (1833-1913). Hija de Joaquín Acosta, diplomático, científico y militar en la lucha de Independencia, personaje destacado de la escena cultural del momento, se empeñó en darle a su hija una educación que no era habitual en las niñas de la época, apoyado en ello por la herencia cultural sajona de su esposa. Casada con José María Samper (1828-1888), poeta, novelista y destacado político, fue también propicio al desarrollo de la carrera intelectual de la autora, de manera que Acosta pudo disfrutar, aunque no sin dificultades, de un entorno familiar excepcional para el desarrollo de sus aspiraciones intelectuales.

Centrándonos ahora en Perú, Flora Tristán (1803-1844), precursora de la Primera Internacional (A.I.T.), ya para la década de 1830 escribía acerca de la situación de las extranjeras pobres de Francia, en pro del divorcio y en los años consecutivos sobre los derechos de la mujer, del acceso paritario a la educación, y sobre la unión de los obreros en la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria, con un amplio sentido de internacionalismo.

Clorinda Matto de Turner (Perú, 1852-1909) y su maestra Juana Manuela Gorriti (Argentina, 1818-1892), escritoras ligadas por una larga y fuerte amistad, promovieron la pluralidad cultural y fueron reconocidas en su época como escritoras de dilatado alcance, y, aunque no han sido totalmente postergadas en el siglo xx, han logrado sobrevivido: Gorriti como escritora romántica de leyendas incaicas y Clorinda Matto como voz de protesta social indigenista especialmente por su novela Aves sin nido (1889) y por ser pionera de los primeros feminismos, indigenismos y nacionalismos —en esta época de la historia, de alguna manera, términos relacionados—. El libro cumbre de Clorinda es, sin duda, Aves sin nido, publicada simultáneamente en Lima y Buenos Aires y traducida al inglés en 1904, y con una influencia importante en el movimiento reformista. Novela de costumbres, ambientada en un imaginario pueblo de los Andes peruanos, su propósito es mostrar los males sociales de la región, con especial énfasis en el maltrato y la explotación de los indígenas por parte del clero y del funcionariado político, en un contexto historiográfico construido entre la negatividad de lo indígena y el idealismo intemporal, donde la mujer «india» aparece como arquetipo del eterno femenino. En esta novela, son las mujeres las que, independientemente de su situación socioeconómica, desafían la estructura social que les rodea. Ellas, desde un principio son roles activos que toman parte eficiente en la acción narratológica. He ahí la reivindicación de Matto de Turner: la mujer de su tiempo ha de tener un papel dinámico en la reconstrucción del país. También Matto de Turner recrea esta idea en su melodrama musical Hima-Sumac de épica patriótica. En él la princesa peruana, presentada tenue e inmóvil, es escogida en desmérito de la figura histórica a la que sustituye: Micaela Bastidas, para la que hubiera cabido esperar, bajo la pluma de Matto su encumbramiento a gran heroína de la historia peruana.

Por último, citaremos brevemente a la primera escritora de Chile, Carmen Arriagada de Gutike (1807-1888); hija del militar partícipe en la independencia chilena Pedro Ramón de Arriagada. A Mariquita Sánchez de Thompson (1786-1868), una de las primeras mujeres argentinas políticamente activas. En su casa admite a los personajes más notables de la llamada Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, donde se debaten asuntos sociales y literarios. Fue cronista de los sucesos que conformaron la historia fundacional de Argentina como república, y las tácticas retóricas y reflexiones con proyección histórica de sus escritos, que fueron considerados inoportunos y políticamente incorrectos. Junto a ella, también la argentina Juana Manso (1819-1875), educadora, fundadora de bibliotecas, escuelas y periódicos, primera militante feminista argentina y autora del primer compendio de Historia Argentina. Amiga de Sarmiento, la admiró como a la única persona en América del Sur que pudo interpretar su plan de educación.

Para finalizar, señalar la magnífica y vasta obra de Eduarda Mansilla (1834-1892), que fue inexplicablemente arrastrada por el viento de la historia, olvidando no solo su condición de precursora en el género de cuentos infantiles, sino su calidad literaria. Sus obras abarcaron casi todos los géneros literarios, incursionando en la novela, el drama, obras de teatro, ensayos filosóficos, artículos periodísticos de diversa temática y la crítica musical.

Todas estas mujeres manifiestan a través del ejercicio de la escritura, insatisfacción, conciencia de opresión y de límites simbolizando vivencias «y fantasías en un entretejido de planos explícitos y latentes»8. Intentan —y a veces lo consiguen— cambiar su lugar en una estructura patriarcal y jerárquica inamovibles. Todas, también, exhiben la inteligencia del superviviente, que enseña a manipular a los poderosos para ganar un máximo de ventaja o de protección.

Basándonos en estos pocos ejemplos podemos decir que mientras las experiencias de las mujeres latinoamericanas desafiaron los modelos tradicionales de conducta femenina, el periodo que siguió a la independencia vio cómo la elite criolla perpetuaba de nuevo el régimen subordinado «natural» femenino, tal y como muchos de los padres de las revoluciones pertenecientes a esa clase social habían esperado. Por esto se hace necesario una deconstrucción de los tópicos, una reescritura de la historia, no como un rescate melancólico del pasado, sino para edificar una historiografía que vigorice otro diálogo que consiga rastrear nuevas interpretaciones sobre las mujeres y sus manifestaciones culturales, porque todas ellas —queda demostrado— han recorrido las posibles construcciones de un yo, de «cómo re-escribir ese yo» que desafía la imagen dada por la escritura canónica masculina y como reivindicación de lo que afirma pocos años más tarde Virginia Woolf (1882): «Malo, bueno o mediano, de hoy en adelante escribiré lo que me gusta».

Bibliografía

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  • (1) La vida escrita por las mujeres IV. Por mi alma os digo. De la Edad Media a la Ilustración, edición de Anna Caballe. Barcelona: Lumen, 2004. volver
  • (2) Véase el rol de las mujeres en el caso de la Guerra de la Triple Alianza en Uruguay. volver
  • (3) Mujeres y naciones en América Latina. Problemas de inclusión y exclusión, Bárbara Potthast y Eugenia Scarzanella. Frankfurt am Main: Vervurt-Iberoamericana, 2001, p. 10. volver
  • (4) Fuente: Inés Quintero, «Las mujeres en la Independencia ¿heroínas o transgresoras» en Mujeres y naciones en América Latina, Vervuert, 2001, p. 59. volver
  • (5) Meri Knaster. Women in Spanish America. An Annotated Bibliography from Pre-Conquest to Contemporary Times, G. K. Hall and Co, Boston, 1977, p. 468. volver
  • (6) Elvira García y García. La mujer peruana a través de los siglos. Lima: Imp. Americana, Plazuela del Teatro, 1924, pp.169-170. Fuente: Claire Brewster, «Género en la independencia de Latinoamérica II: ¿"Amazonas o inocentes"? La contribución de las mujeres a la causa» en www.genderlatam.org.uk/es/documents/amazons.doc. volver
  • (7) La pluma como espada. Del Romanticismo al Modernismo, óp. cit., p. 21. volver
  • (8) Domenella, Ana Rosa y Nora Pasternac. Las voces olvidadas: Antología de narradoras mexicanas nacidas en el siglo xix. El Colegio de México, 1997. volver
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