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Mujer e independencias

Manuela Sáenz, la ficción de la historia en dos novelas colombianas

Por Consuelo Triviño Anzola. Escritora colombiana

Manuela Sáenz es uno de los personajes más fascinantes de nuestra historia, no solo por su papel en el proceso de la independencia, al lado de Bolívar, sino por las pasiones que despertó. Amada, odiada y envidiada con igual intensidad, fue borrada del relato de la historia oficial. Sin embargo, su vida ha inspirado a poetas, novelistas e historiadores que pretenden penetrar en el fondo de su ser, para darle voz y así responder a los interrogantes del presente. Gracias a la ficción, Manuela Sáenz habla de sus sueños, al tiempo que pide un reconocimiento por sí misma, no solo como amante de Bolívar, sino como sujeto independiente. Y es que el olvido en que cayó, resume el esplendor y la derrota, la grandeza y la miseria de un continente.

Si bien los enemigos de Bolívar que eran también los suyos, ignoraron su valía, este fue su más ferviente admirador y defensor. De ello queda constancia en cartas a Santander recogidas en el volumen Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón. En una de ellas de 1825, le escribe defendiéndose de las acusaciones de favorecer a Manuela ascendiéndola al grado de coronela, como otras heroínas americanas:

Usted conoce tan bien como yo, de su valor como de su arrojo ante el peligro. ¿Qué quiere usted que yo haga? Sucre me lo pide por oficio. El batallón de húsares la proclama; la oficialidad se reunió para proponerla, y yo, empalagado por el triunfo de su audacia le doy ascenso con el propósito de hacer justicia. (p. 141)

En 1828 le escribe otra carta defendiéndose de quienes censuran su relación con ella:

Manuela es para mí una mujer muy valiosa, inteligente, llena de arrojo, que usted y otros se privan de su audacia. No saldrá (ahora menos) de mi vida por cumplir caprichos mezquinos y regionalistas. La que usted llama «descocada», tiene en orden riguroso todo el archivo que nadie supo guardar más que su intención y juicio femenino. (p. 151)

En carta dirigida a Manuelita, a propósito del polémico nombramiento como coronela, Bolívar le escribe:

…cumplo con la justicia, de dar a usted su merecimiento de la gloria de usted, congratulándome de tenerla a mi lado como mi más querido oficial del ejército colombiano. (p. 41)

El hecho es que tan altas distinciones no la hicieron merecedora de un lugar en el mosaico de la historia, al lado de los padres de la patria, estrechez de miras ante la cual Bolívar se muestra muy avanzado, cuando reconoce en ella cualidades que se consideraban exclusivas de los hombres, e incluso admite su superioridad, pidiéndole consejo a la hora de organizar el Estado, encomendándole labores de espía, entregándole el archivo y su documentación privada, defendiéndola ante sus detractores y enemigos y protegiéndola incluso de sí misma cuando le pide cautela y moderación para acallar las murmuraciones.

Existen pocos documentos relacionados con Manuela, pero son suficientes para formarnos una idea del personaje: romántica, apasionada, leal, amiga de sus amigos, como se define a sí misma, amante de la libertad, de la justicia y con una profunda conciencia americana, por encima de las rivalidades regionales —que brotan en el momento de construir las nuevas repúblicas—, aunque al final de sus días arraigara en ella más su sentido de pertenencia a la ciudad de Quito y al nuevo país, Ecuador. Conviene señalar que cuando conoció a Bolívar ya había participado en la causa patriota, y había recibido condecoraciones. Es decir, que no solo sigue al hombre que ama, sino a un ideal libertario. En escritos adjudicados a ella y que se designan como «Diario de Paita» así se refiere a Bolívar:

Él, por su parte halló en mí ¡TODO! Y yo, lo digo con orgullo, fui su mejor amiga y confidente. Para unificar pensamientos, reunir esfuerzos, establecer estrategias. Dos para el mundo. Unidos para la gloria, aunque la historia no lo reconozca nunca. (p. 179)

La feroz oposición de hombres como Santander o Córdoba contrasta con la naturalidad con que Sucre y Bolívar reconocen sus cualidades, lo que evidencia una tensión entre lo que, por un lado, resulta excepcional y, por otro, dictan las costumbres, la moral y los prejuicios del orden vigente. Pero Manuela alega que el mundo está cambiando y en carta a Bolívar cuestiona la moral que la censura: «"El mundo cambia", la Europa se transforma también. ¡Nosotros estamos en América! Todas esas circunstancias cambian también…». Ella asocia el sentido de la decencia a su condición de patriota y defiende su relación con Bolívar ante lo que considera convencionalismos e hipocresía. En resumen, Manuela se enfrenta a los ejércitos y obtiene muchos triunfos en las batallas, pero se encuentra impotente ante los prejuicios que ni ella ni Bolívar pueden derrotar.

A este respecto, conviene remitirse a Joan Scott, que en su ensayo Historia de las mujeres propone una nueva forma de abordar la historia y desde un punto de vista femenino, advierte que:

La historia de las mujeres, que implica realmente una modificación de la historia indaga la forma en que se ha establecido el significado de ese término general. Critica la prioridad relativa concedida a la historia masculina («his history») frente a la historia femenina («her history»), exponiendo la jerarquía implícita en muchos relatos históricos. (p. 72)

Ese cuestionamiento no se ha producido respecto a la historia hispanoamericana, lo que no significa que no se haya hecho referencia a las mujeres, que no se les haya levantado un monumento, intentando reparar el olvido en que cayeron. Se pueden citar trabajos como los de Sarah Chambers, que aborda el asunto en el siglo xix a partir de la correspondencia de mujeres y donde dedica especial atención al caso de Manuela Sáenz. Pero lo cierto es que el capítulo de las independencias americanas aún no ha desvelado el papel de la mujer, como sujeto en las acciones, en ese proceso, ni su participación en las batallas, ni el mejoramiento o empeoramiento de su situación al pasar del régimen colonial a la etapa republicana. Sabemos que las mujeres estuvieron, en muchos casos, al mismo nivel de los varones, como ocurre con Manuela Sáenz, que en la actualidad ya es un ícono del feminismo, pero que tuvo que esperar más de cien años tras su muerte para que se hiciera justicia reconociendo la importancia que tuvo.

Tal actitud, sin duda, se debe a una mentalidad que asigna a las mujeres un papel subordinado. Sin embargo, en la época no era extraño que una mujer tomara parte en los asuntos de Estado, que se vistiera de hombre y asumiera el mando. Bolívar y Miranda habían conocido a esta clase de mujeres en Europa, hijas de la Ilustración y muy bien consideradas en las altas esferas. No obstante, Manuela fue demasiado lejos y su comportamiento escandalizó a la sociedad de su tiempo. Los biógrafos recuerdan que vivió bajo el signo del escándalo desde su nacimiento por ser hija bastarda, por escaparse del convento donde se educaba con un joven oficial, por abandonar al marido para unirse a Bolívar y por comportarse como un hombre en las batallas y asumir la dirigencia en cuestiones de Estado. El caso es que una estela de murmuraciones la seguía: su pasado, sus maneras de «marimacho», su sexualidad, su fuerte temperamento, su arrogancia con los enemigos, su cercanía con los criados y con las gentes del pueblo, todo en ella creaba suspicacias. Sin embargo, en las cartas se percibe a una persona inteligente, no a una loca irresponsable y frívola que pretende llamar la atención. Por la excepcionalidad de su carácter y por su condición es lógico que inspirase en igual medida adhesiones y rechazos, que, finalmente, se le borrara de la historia con la disculpa de preservar la reputación de Bolívar, como hiciera el caudillo venezolano Antonio Guzmán Blanco, que hizo desaparecer su nombre de las memorias del general O’Leary eliminando el capítulo dedicado a ella, supuestamente para no revelar que Bolívar vivía con su amante. Por tanto, no se trataría de hacer una historia de las mujeres separada de la de los varones, sino de articular su papel en la historia oficial al mismo nivel de estos, lo que implicaría superar el punto de vista masculino dominante. Es sintomático, en el caso de Manuela, que la bibliografía en torno a su figura sea predominantemente masculina y ajustada a los prejuicios de la época a la que pertenecen los autores, que ficción se centre en su sexualidad y que sus cualidades se reconozcan no sin cierta condescendencia o paternalismo.

Germán Arciniegas describe así su complicada situación en «Manuelita Sáenz», texto que hace parte de su libro América mágica II. Las mujeres y las horas:

Desde la noche en que Manuelita se robó a Bolívar en Quito hasta la noche en que le salvó la vida en Santa Fe de Bogotá, debió espantar siempre a las damas de buena sociedad. En las tres capitales: en Quito, en Lima y en Bogotá, cerraban las ventanas las señoras para no verla pasar. En Quito era la que abandonó al marido, en Lima la querida de Bolívar, en Bogotá, la que acaudillaba los soldados como un coronel. (p. 94)

Del mismo modo, llama la atención lo ocurrido en Colombia, cuando, con motivo de la celebración del primer centenario de la independencia, se convocara un concurso público para la redacción de una historia que enseñara a los jóvenes a amar a sus héroes. Resultado de ese concurso fue la Historia de Colombia para la enseñanza secundaria de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla (Bogotá, Escuela tipográfica salesiana, 1911, 2 vols.) donde no se menciona a Manuelita Sáenz. Cuando se refiere el episodio del atentado de la noche septembrina en el que ella le salva la vida a Bolívar, los autores retoman su testimonio, pero evitan decir que Bolívar convivía con una mujer con la que no estaba casado. En la edición de 1911 se habla de «un testigo ocular» y su nombre se reduce a una nota. Hay que esperar a la edición de 1929 en la que se describe con algún detalle a «doña Manuela Sáenz», aunque no explican por qué estaba en el Palacio de San Carlos. (II, 388).

Esta extraordinaria anomalía exigía una reparación por parte de historiadores y novelistas. Si bien Manuela cayó en el olvido, su nombre salió a la luz cuando el geólogo francés Jean Baptiste Boussingault, que la conoció personalmente, publicó sus Memorias en 1896, en las que hablaba de ella (Mémoires. Tome II, 1822-1823. Chamelot et Renouard, Paris, 288 p. BN). Pero su testimonio, en gran parte, se basa en los rumores que recogió. Allí se nos muestra a un personaje atractivo de vida disipada y con ciertas excentricidades. Se insiste en lo más picante, en las habladurías respecto la relación íntima con sus criadas, o en episodios como el de la serpiente de la que se hace morder para morir como Cleopatra; o del oso que amamanta, detalles que se llevan a la ficción como recurso grotesco a la hora de construir al personaje.

A partir de esas memorias se han escrito muchas biografías de Manuela Sáenz. Del mismo modo, se han hecho películas, como la del venezolano Diego Rísquez, series de televisión inspiradas en su figura, como la que llevo a cabo la televisión colombiana en 1978, Manuelita Sáenz, y operas, tanto en Ecuador como en Colombia, y hasta cómics y festivales dedicados a su memoria.

El hecho es que la ficción penetra en la historia evidenciando verdades que no fueron admitidas en el pasado. Y es que la Historia con mayúsculas se construye con trozos de ficción, como sugiere el colombiano Germán Arciniegas en un ensayo que recomiendo «La novela y la historia» (1946), recogido en el volumen Con América nace la nueva historia, en el que insiste en la cercanía entre la historia y la literatura y en el hecho de que en la historia se cuenten muchas mentiras y en la ficción grandes verdades.

Entre las novelas inspiradas en Manuela Sáenz en Colombia destaco dos: La otra agonía. La pasión de Manuela Sáenz (2006), de Víctor Paz Otero, que se adentra en la consciencia del personaje Manuela en su relación con Bolívar, buscando una identidad independiente del héroe; y Nuestras vidas son los ríos (2007) de Jaime Manrique Ardila (que obtuvo el premio a la mejor novela de ficción en el International Latino Book Awards 2007 en USA ese mismo año). Esta última fue escrita originalmente en inglés y en ella el autor no solo le da voz a Manuela, sino a las dos criadas que la acompañaron desde su infancia y secundaron sus campañas de guerra, Jonothás y Nathan. Este es un alegato feminista que reivindica el papel de Manuela, su concepto de la vida y la pasión romántica en la que se sostienen sus acciones. Conviene mencionar La risa del cuervo (1992) —de Álvaro Miranda, que le dedica dos capítulos—, así como recordar que Manuela es personaje de muchas novelas dedicadas a Bolívar, como El general en su laberinto (1989), de Gabriel García Márquez, o Las cenizas del Libertador, de Fernando Cruz Kronfly, por mencionar solo unas pocas.

El hecho es que el personaje de Manuela admite múltiples lecturas. Desde la perspectiva de género destaca su alegato a favor de la participación de la mujer en la lucha independentista, unida a su conciencia de una identidad femenina americana, multirracial y a su concepto de la libertad y la justicia, como se resume en una carta escrita a Bolívar en 1822:

Los señores Generales del Ejército Patriota no nos permitieron unirnos a ellos; mi Jonothás y Nathán sienten como yo el mismo vivo interés de hacer la lucha, porque somos criollas y mulatas, a las que nos pertenece la libertad de este suelo... (p. 117)

La carta pone en evidencia su temperamento impulsivo y su carácter decidido. El historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González la presenta como una mujer que se conducía en la hora difícil en la misma forma que hubiera procedido el Libertador. «Le sobraba genio», decía, «solo faltaron hombres que la secundasen». En las cartas también se evidencia opinión de sus enemigos políticos, que la consideraban una «descocada» por no decir «una ramera».

Pero si sus contemporáneos pusieron en duda su honor, no ha faltado quien en el presente lo defienda, como el diputado ecuatoriano que retó a duelo al escritor venezolano Denzil Romero, a raíz de la publicación de la novela La esposa del Dr. Thorne, con la que obtuvo en España el Premio La Sonrisa Vertical 1988. Romero ofrecía el retrato de una hembra ambiciosa, arrogante, y de extraordinaria voracidad sexual. Haciéndose eco de la leyenda, la situaba en una dimensión telúrica: su carne es como «lava no eructada», la lava de todos los volcanes que ofrece la tierra ecuatoriana; es la mujer «personuda», la «varona», satánica, que a hurtadillas aprende a fumar, la mujer que al ser infecunda se considera una «machorra».

La pasión por Manuela Sáenz atraviesa los siglos y alcanza al gobierno de Hugo Chávez, que, en ceremonia solemne, simbolizando el traslado de sus restos, este año llevó de Paita a Caracas un puñado de tierra para que descansara al lado de Bolívar. Manuela murió en Paita en 1857 a causa de la difteria. Había pasado sus últimos días tullida, en una silla de ruedas, haciendo dulces y vendiendo tabaco. Ese final se evoca en la ficción en tono elegíaco, grotesco o paródico, recursos literarios para subvertir la impostura de la oficialidad al rendir culto a un pasado maquillado, plagado de infamias y traiciones.

Así, Álvaro Miranda fabula el destino de Manuela en la fosa común cubierta con cal, para erradicar la epidemia en La risa del cuervo (1992), donde la presenta atrapada, su cuerpo inmóvil y aplastado por otros cadáveres. En la fosa sobrevive su deseo de reencontrarse con Bolívar en el momento de la resurrección, mientras ve deshacerse su cuerpo carcomido por los cangrejos que se alojan en su sexo. En cambio, el colombiano Víctor Paz Otero en La otra agonía, la pasión de Manuela Sáenz le permite una reivindicación feminista en primera persona:

...yo puedo proclamar y reclamar para mi pequeña e inadvertida gloria, el orgullo de haber sido libre, tanto en la vida como en el amor. (pp.70-71)

El biógrafo Víctor W. Von Hagen sostiene la misma idea:

Había en ella algo muy libre, casi descocado; sin embargo, las manos bellas y cuidadas uñas, que sostenían levemente las riendas, mostraban los ahusados dedos de la dama. Eran manos capaces de acción. Dos enormes pistolas turcas de bronce, amartilladas y preparadas para su uso, estaban enfundadas en sendas pistoleras a la altura de las rodillas. Era fácil leer el nombre en las culatas de bronce: Manuela Sáenz. (p. 16)

En una mano la aguja de bordar, en la otra, las pistolas, subrayando los rasgos femeninos de su carácter, para matizar las opiniones despectivas de quienes la consideraban un marimacho.

El personaje de Manuela se presenta en contraste con Bolívar a quien muestran confiado y demasiado benevolente con sus enemigos. Si ella es suspicaz y rápida, él niega la evidencia de la traición. En carta al general O'Leary, desde Paita en 1850, Manuela cuenta lo ocurrido la noche septembrina, cuando le salvo la vida, subrayando la grandeza de Bolívar para con sus enemigos. Así lo pinta a como a don Quijote, débil, enflaquecido y en camisón, dispuesto a defenderse con la espada. En ese momento tiene que convencerlo para que huya de los enemigos, saltando por la ventana y ocultándose bajo un puente. Bolívar, a la vez, recordará esta noble acción en una carta al general Córdoba en defensa de Manuela:

Ella es también Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal. [...] De este raciocinio viene el respeto que se merece como mujer y como patriota. (p. 146)

Como se ve, la Manuela de la ficción no es muy distinta de la retratada por algunos historiadores y biógrafos, ya que, como decía, se refieren las mismas anécdotas. Mientras unos subrayan su inteligencia y sagacidad, su valor, el coraje que tuvo a la hora de enfrentarse a los enemigos de Bolívar; otros, se centran en su faceta más mundana, en sus costumbres ligeras y excesos. Crónicas de la época como la de Rufino Cuervo sugieren su «imprudencia», aunque es fácil entender que se le mirara con malos ojos por ser una querida. Los cronistas también dicen que era una mujer derrochadora que ofrecía fiestas espléndidas, agasajando en abundancia a los invitados y luciendo costosos trajes que se mandaba hacer, tomados de modelos de revistas francesas.

Germán Arciniegas subraya sus habilidades varoniles, en contraste con su feminidad:

Para Bolívar, Manuelita no sólo era la mujer de las manos más bellas del mundo, de magnética atracción amorosa: era además la republicana fiera, astuta, implacable, que se vestía de soldado y daba miedo con la lanza. Era la generala del general. (p. 95)

En cualquier caso, las ficciones inspiradas en la vida de Manuela intentan reparar el agravio asignándole al personaje determinados valores como la «superioridad», que ya señalaba Ricardo Palma en 1856 en la crónica que ofrece de ella:

En el acento de la señora había algo de mujer superior acostumbrada al mando y a hacer imperar su voluntad. Era un perfecto tipo de la mujer altiva. Su palabra era fácil, correcta y nada presuntuosa, dominando en ella la ironía. (Tradiciones peruanas completas)

Si la historia y las crónicas la muestran «libre» y «descocada», ágil, agresiva, decidida, voluble, sin el recato de las doncellas, pero, a la vez delicada, como dirá Víctor Von Hagen, o «imprudente» como la definiría Rufino José Cuervo, las cartas de Bolívar la presentan «osada»y «valiente». En la ficción, en cambio, se señalan sus apetitos sexuales: «volcánica», «personuda», «varona», «satánica» dirá el venezolano Denzil Romero; o lúcida conciencia femenina para Víctor Paz Otero que le da voz:

Eran confusas mis ideas, pero de una rotunda nitidez mis emociones. Involucrarme en el torbellino abrazador y arrasador de este tiempo que llegaba tocando trompetas libertarias fue para mí un impulso violento, nacido de mis más profundas y hermosas sensaciones. (p. 105)

Al margen del anecdotario recogido por los historiadores, Jaime Manrique construye un personaje verosímil situando a Manuela en el centro de los acontecimientos, en conflicto con los valores coloniales, la religión, el matrimonio, las convenciones sociales que marginaban a las mujeres, desde la educación que recibían en las instituciones religiosas hasta el lugar que les asignaba la familia. Entregada por el padre a un rico comerciante inglés, Manuela se rebeló contra esas ataduras defendiendo su sentimiento patriótico, su amor a Bolívar y a la causa que este defendía:

El estar casada con Thorne era como haber estado sepultada viva en una existencia de preocupaciones insignificantes. Cuando me involucré en la revolución, había tenido la oportunidad de desempeñar un papel en un momento en que se forjaba la historia. Estaba dispuesta a pagar cualquier precio con tal de ayudar a que el Libertador concretara su sueño de la Gran Colombia. (p. 169)

Esta novela da comienzo con el testimonio de Manuela, quien resume su vida en una frase lapidaria: «Nací rica y bastarda y morí pobre y bastarda». A esa bastaría, que la convierte en un ser excluido, se suman la deshonra, el adulterio y su comportamiento varonil. No obstante, la narración de Manrique sabiamente teje el manto de su historia con interesantes matices, demostrando cómo el marido, Thorne, fue su admirador y protector hasta la muerte, cómo, además, algunas mujeres que la criticaban también deseaban compartir el lecho del Libertador y cómo entre los leales a Bolívar hubo muchos que la respetaron y le rindieron honores militares. Del mismo modo, se presentan las circunstancias en las que traspasar los límites trae consecuencias funestas para Manuela, lo que señalan sus dos criadas en los momentos de mayor tensión. Sin embargo, al final de sus días, el lúcido balance que ofrece de la historia no deja de ser revelador:

Nadie quiere ver a su madre patria regida por extranjeros. Eso lo habíamos solucionado. Y sin embargo, temía que las mismas injusticias perpetradas por los españoles estaban siendo perpetradas ahora por nosotros los criollos. (p. 356)

En la ficción, Manuela será también un cadáver romántico en La risa del cuervo, donde el narrador viaja al más allá, siguiendo al cuervo de Poe, para dar cuenta de los héroes decapitados, cuyas vísceras fueron diabólicamente cocidas o calcinadas, como Manuelita, enterrada en una fosa común, cubierta de cal a causa de la peste:

La cal quemaba a Manuelita Sáenz. Le arrancaba el pellejo, le desprendía la raíz de los cabellos. Los dientes se le aflojaban y, uno a uno, le llenaban la boca. Aquellas antiguas perlas ahora roídas y carcomidas por los años, se le enredaban entre la lengua y de golpe le llegaban al estómago. (p. 51)

Esta novela de Miranda parodia los motivos románticos y subraya los aspectos grotescos de la tragedia, inspirado en las anécdotas de Boussingault, como la de la mordedura de la serpiente y la del osezno que mamaba de sus pechos. Manuela es para él cal, tierra, agua, fuerza telúrica que se dispersa, comida por los cangrejos que se alojan en el lugar que antes guardaba su sexo. El narrador dirá:

Necesitaba recuperar el tiempo que se iba, reencontrarse con ella misma, pero nada consiguió; sólo llegó un cardumen de sábalos que entre mordiscos comenzaron a llevársela a las lejanas aguas donde nunca llegaría aquel hombre que la sabía estremecer entre sus piernas. (p. 104)

En Nuestras vidas son los ríos, Nathán y Jonotás que la conocieron en la intimidad ofrecen un retrato de Manuela a la que presentan también con sus debilidades, cuando la furia volcánica se desataba en ella contra los enemigos de Bolívar, que eran los suyos. Tras el fallido intento de asesinato de Bolívar, se juzgó y ejecutó a los culpables y Manuela fue implacable. Sin embargo, a Natán no se le escapa la complejidad de la situación y nos informa que tras sentenciar a muerte a un muchacho de quince años, insensible a las súplicas de madre, Manuela se encerró en la alcoba a llorar. Esta es su conclusión:

Aquel día comprendí con claridad que si Bolívar y Manuela hubiesen permanecido en el poder, habrían llegado a ser tan crueles como los dictadores españoles más sanguinarios. Nadie que hubiese tomado parte en la epopeya de la independencia podía reclamar que tenía las manos limpias de sangre. (p. 299)

Para Paz Otero Manuela es olvido, amargura y vacío, y Paita, el lugar mítico donde se consume. Allí se encuentran los restos de su correspondencia quemada. Allí se escribe a sí misma, escribiendo para un ser que ya no podrá leerla. Paita es el lugar donde recuerda mientras espera la muerte, invocando el nombre de Simón:

…debo esperar, quién sabe cuánto tiempo más, el padecimiento de una agonía que es dolorosa y que ahora debe prolongarse en la despiadada tristeza de estos recuerdos que se convertirán en testimonio sombrío de una existencia que por momentos se transmuta en amargura, en amargura que sangra y se precipita en tanto incoherente en el vacío de las palabras. (p. 9)

Manuela por tanto exige que se le vea sola, sin Bolívar; como individualidad reclama su lugar en la historia, en calidad de mujer libre e independiente:

Quisiera ser y estar desnuda, arrancarme de tu sombra protectora y agobiante de guerrero. Lo quiero y lo intento, porque yo desnuda encontraré también una voz y un lugar en esta epopeya desgraciada y turbulenta. (p. 11)

Manuela es también, mujer inconclusa:

Yo tuve que convertirme en hombre para acompañarte en el horror desmesurado que implicaban tus combates. La mujer es hombre cuando odia, y por eso, mi vida de mujer se quedará inconclusa. Pero en esa guerra de mujer que liberé con furia enamorada y libertaria, yo secreta y confusamente comprendía que mi aventura personal era también un hecho colectivo. (pp. 29-30)

Manuela es secreto dolor:

Tus guerras y las mías se dieron en campos diferentes. Tú lograste quebrantar la opresión de un mundo escrito y sostenido con letras de hierro sobre los hechos reconocibles de la historia, pero no percibías la oscura ignominia que aplastaba la historia que vivían otros seres desde dentro. Me dolía ser mujer cuando me amabas, y en esto no hay reproche… (p. 29).

Manuela, rediviva, escribe y Paz Otero insiste en la escritura del drama, evocando la pérdida de esas cartas quemadas que ya no resolverán las incógnitas que abre el personaje:

Estas notas que nunca serán por ti leídas, estas notas que son escrituras del silencio, imaginarias páginas escritas y perdidas en el viento, son mi soledad, la oscura incoherencia de mis sueños rotos, el quejido de una mujer que ha muerto innumerables veces en innumerables tardes… (p. 40)

Manrique Ardila indaga en el personaje más allá de la muerte en la consciencia separada de todo aquello que lo ata a lo terrenal, la lucha infructuosa por recuperar la hacienda heredada de su madre, Catahuango, lugar mítico a donde nunca pudo regresar:

Por fin, me liberaba de aquello, me liberaba de un sitio que de todas maneras nunca debió haberme pertenecido. Pertenecería siempre a los indios, que a su vez siempre habían pertenecido a esa tierra, porque los indios y la tierra eran la misma cosa. (p. 365)

La historia dice que al morir Manuela, el general Antonio de la Guerra, amigo íntimo suyo, llegó hasta su casa y la encontró en llamas. De entre las cenizas rescató una carta de Bolívar en la que expresa los poderosos sentimientos que despertó en él:

El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que se está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela. No tengo tanta fuerza como tú para no verte. Apenas basta una inmensa distancia. Te veo, aunque lejos de ti. Ven...ven...ven...luego. (p. 113)

Elocuentes palabras para resumir un sentimiento que llega hasta nosotros abriendo interrogantes sobre nuestra historia e invitándonos a reconstruirla de modo que encajen las piezas restituyendo a las mujeres el papel que jugaron en el proceso de independencia.

Bibliografía

  1. Arciniegas, Germán. «La novela y la historia», Con América nace la nueva historia. Bogotá: Tercer mundo, 1991, pp. 23-47 (publicado por primera vez en 1946).
  2. —. «Manuelita Sáenz», América mágica II. Las mujeres y las horas. Buenos Aires: Sudamericana, 1961, 253 pp.
  3. Arrubla, G. y J.M. Henao. Historia de Colombia para la enseñanza secundaria. Bogotá: Escuela tipográfica salesiana, 1911, 2 vols.
  4. Bousingault, Jean Baptiste. Memorias. Caracas: Editorial Centauro-J. A. Catalá Editor, 1974, 318 pp.
  5. Chambers, Sarah. «Cartas y salones: mujeres que leen y escriben la nación en la Suramérica del siglo xix», en Nación y literatura en América Latina. Comp. Ramón Maíz. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2007, pp. 19-43.
  6. Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón, acompañadas de los Diarios de Quito y Paita, así como de otros documentos. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 2010, 193 pp. http://www.scribd.com/doc/34179733/Las-mas-hermosas-cartas-de-amor-entre-Manuela-y-Simon
  7. Manrique Ardila, Jaime. Nuestras vidas son los ríos. Bogotá: Alfaguara, 2007.
  8. Miramón, Alberto. La vida ardiente de Manuelita Sáenz. Bogotá: Librería sudamericana, 1946.
  9. Miranda, Álvaro. La risa del cuervo. Bogotá: El faro del tiempo, 2006, 177 pp. 1.ª ed. 1991.
  10. Palma, Ricardo. Tradiciones peruanas completas. Madrid: Ed. Aguilar, 1964, pp. 1132-1135.
  11. Paz Otero, Víctor. La otra agonía. La pasión de Manuela Sáenz. Bogotá: Villegas editores, 2006, 159 pp.
  12. Romero, Denzil. La esposa del Dr. Thorne. Barcelona: Tusquets, 1988, 212 pp.
  13. Rumazo González, Alfonso. Manuela Sáenz la libertadora del libertador. Buenos Aires: Almendros y Nieto, 1945, 313 pp.
  14. Scott, Joan. «Historia de las mujeres», en Peter Burke. Nuevas formas de hacer historia. Madrid: Alianza, 1991, pp. 59-88.
  15. Von Hagen, Víctor. Las cuatro estaciones de Manuela. Buenos Aires, México: Editorial Hermes, 1953, 361 pp.
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