Por Ghislaine Gazeau. Laboratoire interdisciplinaire de recherches sur les Amériques de la Universidad de Rennes 2
Ricardo Palma, en los Anales de la Inquisición de Lima, una de sus obras más tempranas y, sin embargo, libro «importante porque puede decirse que con él comienza la plenitud literaria de Palma» (José Miguel Oviedo, 627)1, cita muchos nombres de mujeres y añade datos y señales de las mismas.
Tratar de conocer a las mujeres que tuvieron que vérselas con este temible tribunal a partir de esta obra nos parece conforme con el proyecto del autor, ya que la voluntad de Palma fue hacer un trabajo histórico y, puesto que toda su vida consideró que era un deber poner la historia del Perú al alcance de los peruanos, obrar para que se conociera la historia.
No solo reivindica él mismo el método de trabajo del historiador : «haber acopiado pacientemente los datos», sino que además insiste precisando el género histórico de lo escrito. Opinión compartida por historiadores citados por Alberto Flores Galindo (99): «Ricardo Palma se autodefinía como historiador, condición que siempre le negaron los críticos literarios, pero no así investigadores como Raúl Porras y Rubén Vargas Ugarte».
A lo largo de su obra muchas veces Palma evoca con mucha precisión qué documentos conservados en la Biblioteca Nacional, u otros que el mismo adquirió, están utilizados para fundamentar su trabajo de investigación. No duda en citar tanto documentos de archivos como escritos contemporáneos suyos, lo que permite considerar como fidedignos sus escritos, aunque una parte de las fuentes citadas han desaparecido durante el incendio de la Biblioteca de Lima.
Los Anales evocan unos veintidós autos de fe entre 1573 y 1805, algunos solo aludidos por falta de documentación o por la poca importancia de los casos tratados; así los últimos, después del auto de 1749 en el que se rehabilitó post mortem a Juan de Loyola, injustamente condenado por calumnias, al que no asistió el virrey ni fue convocada la muchedumbre.
En los Anales, 63 nombres de mujeres aparecen en las listas de penitenciados. No siempre Palma refiere los datos completos de cada mujer: edad, origen, «raza», estatus social, crimen y pena. Según nuestra investigación se da la edad de unas 34 mujeres que van de 15 hasta 70 años (25 menores de 41 años; una mayoría de 12 entre 31 y 40 años), con una edad media de 51 años. Doce mujeres son limeñas, veinte provincianas más una de Guayaquil, una de Cuenca, una argentina y dos chilenas —entonces parte del virreinato—, siete españolas (de Sevilla, Cádiz y Toledo), dos portuguesas y una mexicana. Entre las 63 mujeres, diez son blancas, nueve mulatas, ocho negras, siete mestizas y dos indias, de las otras no se sabe. Cinco son esclavas.
Casi a la mitad de ellas se las acusa de hechicería, brujería, por sortilegios, hechizos y filtros. Ocho se condenan por mal vivir, tener dos maridos o cambiar de marido. A cinco las condenan por judías judaizantes, a dos por heréticas y a cinco místicas por tener éxtasis, ver apariciones, tener revelaciones, etc.
No olvidemos que estos crímenes estuvieron confesados bajo torturas que Ricardo Palma describe con detalles.
Las penitenciadas resultaban condenadas a diferentes penas: la confiscación de sus bienes, centenares de azotes, paseos infamantes por las calles, años de reclusión en un beaterio o de destierro.
A dos de ellas la Inquisición las condenó a morir en la hoguera. Una de ellas, Ángela Carranza, ya había muerto por consecuencia de las torturas así que la quemaron en estatua. A la otra, Ana de Castro, la entregaron al brazo secular y no le perdonaron aunque:
al pasar por la iglesia de los Desamparados, la Castro dio muestras de arrepentimiento, y abandonándola la energía que desplegara en el tormento, rompió a llorar, pero Mudarra no quiso privar a los espectadores del desenlace de la horrible tragedia que a las cuatro de la tarde se efectuó en la plazuela de Otero y en el mismo sito donde hoy se ve el burladero o templador de la plaza de toros. (106)
El autor se muestra especialmente sensible a los casos de esas dos mujeres, cuyas historias ocupan dos capítulos centrales de la obra, el tercero y el cuarto.
El tercer capítulo es el de estructura más compleja del libro y que, con el siguiente, menos encaja con el título de Anales. Se detiene en el auto de fe en el que se condenó a Ángela Carranza en 1694. Palma aprovechó una evidente compasión por el hecho de que sea mujer y loca para poner ante el lector el tinglado que llevaba a la denuncia de una persona ante el Santo Tribunal de la Inquisición, al proceso, a la condena y a los castigos después del auto de fe. Este capítulo se divide en 10 apartados diferentes bien evidenciados. Entre ellos, en un acercamiento progresivo, el relato va y viene de la biografía de la condenada a las descripciones de las diferentes fases de un auto de fe.
En la primera parte nos enteramos de que fue por casualidad como Ricardo Palma conoció la historia de Ángela Carranza.
Sigue una descripción detallada de tres tormentos horribles —«el de la garrucha, el del potro y el del fuego» (60)— que infligía el Santo Tribunal a los reos. La tercera parte se detiene en otras costumbres de esa institución cuya crueldad no perdonaba ni a las mujeres. Después de esas nueve páginas a veces insostenibles, Palma se adentra en la biografía de la que presenta como víctima : «Ángela Carranza , beata agustina....» (66) o «ilusa beata» (67). Termina esta parte con la lista de las condenas de los otros seis presos pero todavía no acaba nuestro escritor con la suerte de la protagonista y detiene el relato del proceso con una advertencia al lector :
Después de la lectura de estos seis procesos, que duró más de una hora, pasó el secretario del Tribunal al de Ángela Carranza, la verdadera protagonista de la función. Pero antes de ocuparnos de él, consagremos un párrafo a la explicación de las insignias penitenciales y otras menudencias. (69)
Cumplido lo anunciado, vuelve Palma a la biografía de la Carranza que presenta entonces en la época en la que se la consideraba santa, dando a conocer al lector sus fuentes: los mismos cuadernos de la beata. El apartado siguiente lo sacó Palma de otro documento: «la larguísima relación que el Doctor Hoyo hace de la causa» (75). Palma copia algunas líneas escogidas. Enseguida se nota un cambio del punto de vista ya que empieza la cita por la palabra «monstruo» para aludir a la misma mujer. No podía el hombre del siglo xix aceptar los términos de esa relación que tachó de «inepcias» (77):
Y en estilo más verde que el cuadernillo prosigue su relación el doctor Hoyo. Y estas inepcias no sólo se imprimieron [...], sino que se leyeron, en el templo de Santo Domingo y delante de las más aristocráticas y pudorosas limeñas. (77)
Entonces vuelve el autor de los Anales a los cuadernos de Ángela y deja asomar su propia opinión del caso: la Inquisición condenó a una loca por sus «delirios y extravagancias»:
Si el desprestigio del Santo Tribunal de la Fe no hubiera llegado en el siglo xix a su mayor altura, el examen de tan original proceso bastaría para lograrlo. (81)
Este retorno a los cuadernos de Ángela no cierra el capítulo; siguen dos apartados. En el primero se enumeran los tormentos que se infligieron a la Carranza y se demuestra la versatilidad de la opinión de un pueblo que años atrás peleaba por conseguir reliquias de la condenada. Palma hace hincapié en el hecho de que el pueblo no podía admitir su propio error: haber confundido locura con santidad. Cito parte del final del relato del auto de fe :
La multitud que soñaba con ver achicharrada una bruja, se retiró murmurando, como el público cuando es defraudado de un espectáculo teatral; y para desquitarse del chasco celebró en casi todas las calles de Lima, simulacros de auto, en los que arrojaban al brasero estatuas de la beata. (82-83)
El último apartado de este largo y bien estructurado capítulo tercero se refiere a la suerte del párroco que había creído en la santidad de Ángela Carranza, lo que permite un final en el que, paradójicamente, trasciende mansedumbre: «El Tribunal, después de dos meses de prisión, absolvió a Hijar y Mendoza... por considerarlo un vir bonus de aquellos que tragan y digieren bolas de jebe y ruedas de molino» (85).
Después de este capítulo dedicado a los tormentos y condenas, Ricardo Palma dedicó el cuarto capítulo al desarrollo del ceremonial mismo del auto de fe, y otra vez escogió hacerlo contando un auto en el que una mujer era la protagonista. Se iba a castigar el 23 de diciembre de 1736 a 28 reos, entre ellos 11 mujeres. A una de ellas, doña Ana de Castro, la iban a entregar al brazo secular; en otras palabras la condenaban a morir en la hoguera «en medio del aplauso popular» (106). Se la condenaba por su mala conducta y por ser «judía judaizante». Sobresale el episodio, no solo por la crueldad, sino porque el escritor, en un apartado separado, insistió en la belleza de la mujer :
Hablando con nuestra habitual franqueza, la de Castro pasaría hoy por una cortesana de gran tono, que había vendido sus favores a subido precio a uno de los virreyes y a los más encumbrados y ricos caballeros de la nobleza colonial. Como hemos dicho, Ana, a pesar de la fecha que contaba, era una mujer hermosa y elegante. Sus amigos la llamaban «la bella española», y el pueblo «la Madama de Castro». (104)
Termina el capítulo con un corto párrafo que alude a la conducta escandalosa de dos inquisidores de la época.
Fue en la época de este auto cuando los inquisidores Calderón y Unda dieron el escándalo de amancebarse con dos hermanas, Magdalena y Bartola Romo, hijas del alcaide de la cárcel. El primero tuvo tres hijas, a las que hizo educar en el monasterio de las Catalinas, donde eran conocidas por el apodo de «las inquisidoras». (107)
Este párrafo, como en un juego de espejo con la conducta de la bella Ana de Castro, hace hincapié en la injusticia de la Inquisición que no condenó a sus propios miembros.
Al explayarse en los casos de dos mujeres, la meta de Palma no era solo conservar la tradición, divulgar, popularizar la historia, hacer posible que los peruanos conocieran la historia de su país.
Ocurrióme pensar que era hasta obra de patriotismo popularizar los recuerdos del pasado, y que tal fruto no podía obtenerse empleando el estilo severo del historiador, estilo que hace bostezar a los indoctos2.
También quería llamar la atención de los posibles lectores, hacer que la lectura fuera amena incluso para los no especialistas. Para lograr su meta, en los Anales, Palma alcanzó la síntesis de lo histórico con lo narrativo mezclando párrafos enteros que refieren exclusivamente a datos de los archivos, compendios biográficos de víctimas de la Inquisición, intervenciones personales en las que trascienden la opinión, la indignación o cualquiera de sus emociónes y relatos capaces de provocar los mismo sentimientos en los lectores y de «evitar el bostezo de los indoctos» según cita Luis Millones en el prólogo a los Anales (XIII).