Por Leyla Bartet. Escritora y socióloga peruana
La sociedad precolonial aparece, desde sus inicios, como una sociedad escindida. Esta fractura se habrá de prolongar a lo largo de la Colonia y tras la Independencia habrá de asumir nuevas formas durante la República. La separación entre vencedores y vencidos y las bases legales que le dan sustento dificultan desde temprano el funcionamiento interno del sistema colonial. El especialista francés Bernard Lavallé sostiene, con razón, que el siglo xviii fue el más representativo del conflicto étnico y acogió por ello sublevaciones y movimientos diversos que dan fe de la difícil evolución hacia un mestizaje complejo y discutido.
Esta ponencia pretende una aproximación al tema desde una perspectiva particular: aquella de la etapa precolonial que se extiende desde la Conquista hasta mediados del siglo xvi. Es posible vislumbrar aquí las raíces de la fractura interna que hizo del Perú un país con más dificultades de integración tras la Independencia que otros de sus vecinos andinos (Ecuador, Bolivia).
La actitud de los conquistadores en los primeros años, su relativo rechazo al mestizaje y la voluntad de traer mujeres europeas para asegurar la formación de una sociedad hispánica en el Perú constituyen elementos interesantes en esta búsqueda. Pero, sin duda, el tema crucial es que las primeras «españolas» que cumplen esta función esencial son en realidad esclavas moriscas, que los hispanos preferían a las mujeres indígenas a su llegada al Perú. Las razones de esta preferencia deben buscarse en la historia de la relación de la España católica con la idea de alteridad y en el «proyecto» de sociedad que traían. Las características de la presencia morisca en el país constituye el eje del presente trabajo.
Es preciso insistir en un aspecto fundamental: lo que llega de España a América con la conquista dista mucho de ser homogéneo. España está permeada y marcada por su relación de ocho siglos con la brillante civilización de al-Andalus primero y, más tarde, con las negociaciones y conflictos de tipo político militar establecidas entre los taifas y los reinos cristianos.
El concepto de alteridad que trae el conquistador es heredero de su relación con lo árabe. Baste para ello una rápida mirada a los textos de los primeros cronistas. Por ejemplo, Pedro Cieza de León (cf. El señorío de los Incas) designa los templos indígenas como «mezquitas». También Bernal Díaz del Castillo (cf. La historia verdadera de la conquista de Nueva España) sostiene que el expedicionario Francisco Hernández de Córdoba califica la primera gran ciudad azteca que encuentra en su camino hacia Tenotchtitlan de «Gran Cairo» y el propio Cortéz compara esta última a Granada. Otro cronista español, González de Nájera, quien aprecia la valentía de los guerreros araucanos, en Chile, dice de ellos que «combaten como moros». El otro exterior, es decir, el indio, es designado con una expresión utilizada en la península ibérica a comienzos del siglo xvi para referirse al otro interior, aquel que existe en el espacio que ocupa el enunciante. En el caso de los españoles se trata del árabe, del infiel, de aquella persona distinta y presente. Así, árabes e indígenas son a sus ojos sino iguales, al menos equiparables. La ventaja de los primeros radica en que se trata de un alter conocido. El indio, en cambio, posee todos los elementos de la diferencia. Y, como suele ocurrir con las culturas en contacto, se desarrolla entre ellas relaciones de aproximación-rechazo1: había también una suerte de fascinación por lo árabe. Desde el siglo xvi, las «jarchas» o poesías mozárabes, anteriores al mismo romancero, dan prueba del embeleso por las mujeres de piel morena cuando en los cánones góticos reinantes en el resto de Europa, la mujer rubia era símbolo de belleza.
En el período que sigue inmediatamente a la conquista del Perú, etapa que se prolonga hasta aproximadamente 1560, no llegaron mujeres españolas al Nuevo Mundo. Algunos historiadores como Konetzke afirman que hubo algunas, aunque pocas. Se dieron disposiciones para que los casados partieran con sus mujeres legítimas, pero esta medida, como tantas otras, fue burlada en los puertos de embarque. En esta primera etapa, las mujeres que llegan a América son en gran mayoría esclavas blancas, es decir, moriscas.2
Según el historiador peruano Nelson Manrique3, los moriscos que llegan a América, salvo algunas excepciones, pertenecen a un estatus modesto. Entre los conquistadores presentes en Cajamarca solo uno, Cristóbal de Burgos, habría sido de origen moro. No existe confirmación de nada más. Pero, como lo indica el historiador Guillermo Lohman4, detectar con certeza la presencia de moriscos en el virreinato resulta casi imposible porque la mayor parte de ellos tenían nombres españoles. Los que llegaron a lo largo del siglo xvi lo habrían hecho como esclavos, entre los cuales una mayoría eran mujeres. ¿Por qué, a diferencia de lo que ocurrió con los esclavos negros, entre los cuales había una proporción de tres hombres por cada mujer, con los moriscos ocurrió lo contrario? Los historiadores coinciden en su respuesta.
En su ya clásico El Mundo Hispanoperuano 1532-1560, James Lockhart recuerda que las mujeres españolas constituían una minoría entre los colonizadores de la primera etapa en el Perú: los especialistas señalan una proporción de diez a uno (diez hombres por cada mujer). Pero, a diferencia de lo que ocurrió en Brasil, al menos según el análisis realizado por Gilberto Freyre, en el Perú la ausencia de portuguesas no fue cubierta masivamente por las mujeres indígenas. En el país vecino, el proceso de mestizaje se da desde un inicio, creando así las condiciones para el melting pot cultural del que Brasil es hijo.
En el caso peruano las mujeres españolas eran demasiado pocas para darle a cada español una esposa, pero suficientes para evitar que el Perú prehispánico fuera una sociedad sin mujeres. Dice Lockhart:
Si bien la influencia indígena fue importante, tanto inmediatamente como a lo largo del tiempo, el Perú, incluso en la primera generación, tenía suficientes españolas como para imposibilitar la pérdida de cualquier elemento cultural importante.
Pero la valoración y el análisis del papel de las españolas en la Conquista es una tarea delicada. Y lo es no solo porque el tema ha sido ignorado por la gran mayoría de historiadores que han estudiado esta etapa, sino porque la definición misma de «española» es ambigua. En los registros legales, las mujeres eran identificadas solo por su estado marital, pero a las españolas se les reconocía al no ser llamadas negras, indígenas o mestizas. Sin embargo, hay duda e inconsistencia, tanto en los hechos como en materia de su identificación explicita en los documentos de época, cuando se trataba de dos grupos que estaban en proceso de ser absorbidos por las castellanas comunes y corrientes: las moriscas y ciertas mulatas de piel clara que hablaban español. El fenotipo, el color de la piel, resultaban fundamentales.
Las moriscas, esclavas de ascendencia musulmana, eran en su mayor parte bereberes caucásicas, españolas de nacimiento y conversas al cristianismo. Tenían el español como lengua materna. Las mulatas —aculturadas ya— habían nacido por lo general en España o en una colonia antigua. Las esclavas de ambos tipos que se convertían en amantes de los españoles solían obtener su libertad al poco tiempo y tomaban su lugar entre las españolas, lo que resultaba relativamente fácil habida cuenta su lugar de nacimiento.
En todo caso, es preciso aceptar que entre las españolas de la América hispana hay una minoría de moriscas y mulatas que, a partir de 1555, incluiría a algunas mestizas. Definir estadísticamente el tamaño de esta minoría es imposible, pero debe haber sido la décima parte de todas las ostensiblemente españolas. Su importancia, en el momento de la Conquista, radica en que muy pocas españolas, salvo las moriscas, participaron en el proceso inicial, entre 1532 y 1535.
Según Nelson Manrique, los moriscos de América no suscitaron el profundo rechazo que provocaron los judíos conversos o «marranos» debido a que se trataba de personas de poca fortuna cuyas actividades no ocasionaban enemistades particulares, como sí ocurrió con los judíos conversos. Por el contrario, los moriscos eran artesanos especializados cuyo aporte productivo era altamente valorado en una sociedad que trataba de reproducir la vida española en las Indias. El único caso de verdadera fortuna es citado por Alberto Flores Galindo5: se trata de Emir Cigala, «quien vivió en el virreinato bajo la falsa identidad de Gregorio Zapata, llegó a ser capitán, hizo fortuna en Potosí y solo reveló su origen cuando estaba ya de retorno en su país».
Sin embargo, Zapata está lejos de ser el único que encontró buena acogida en el Virreinato de Lima. Juan José Vega6 menciona a Cristóbal de Burgos, «conquistador iletrado de anillo en la oreja», quien, a pesar de su origen, llega a ser regidor de Lima y rico encomendero en Cotabamba, gracias a su desempeño en las guerras contra los incas. El historiador cita también a otro guerrero, probablemente morisco, llamado Francisco de Talavera, concejal limeño y amigo del propio Pizarro. Y a Lorenzo Farfán de los Godos, primer alcalde de San Miguel de Piura, así como al primer alcalde de Lima, en 1535, Don Nicolás de Ribera, el Viejo, de origen berebere aunque lo negara. Resulta explicable que quienes tuvieran sangre mora lo escondieran. De hecho, si presencia árabe hubo durante los primeros años de la colonia, esta no tuvo un carácter legal. Por definición, un árabe no tenía cabida en el virreinato pues España entonces buscaba una homogenización en torno al cristianismo y la Santa Inquisición tenía como función esencial perseguir la apostasía, fuera esta judía o musulmana. Para su ventaja, los moriscos pasaban fácilmente por españoles del sur. Más aún si se considera que cambiaban su apellido antes de embarcarse en Sevilla rumbo a las Indias.
La forma más extendida en que los moriscos entraron a las Indias fue en condición de esclavos, pero algo los diferenciaba de manera sustancial de los esclavos africanos negros: como ya se indicó, mientras entre estos últimos la proporción era de tres hombres por cada mujer, entre los moriscos era de cuatro o cinco mujeres por cada hombre. Algunos habrían sido propiamente moriscos de territorio español y otros berberiscos (bereberes) de las morerías norafricanas. Es probable que algunos de estos «esclavos blancos» de sangre mora provinieran de los grupos que se esclavizó por derecho de guerra tras el levantamiento de las morerías de Granada, a inicios del siglo xvi. Sin embargo, los moriscos esclavos fueron siempre una minoría y se juntaron en el Perú con negras e indias. En cambio las esclavas de origen árabe, mucho más numerosas, se convertían en compañeras de los españoles. Manrique (óp. cit.) explica esta curiosa situación por lo siguiente: «Las moriscas servían para satisfacer la necesidad de mujeres de los conquistadores [...] Comprar una morisca significaba adquirir un ama de llaves y una concubina». Conforme el número de mujeres españolas aumentó, se produjo la declinación de las moriscas que se fusionaron con la población femenina española y adquirieron su libertad, hasta desaparecer a mediados del s. xvi como categoría.
Pero «las moriscas libres tenían una situación muy ambigua, pues si su origen las ponía en situación de desventaja socialmente hablando, su antigüedad —un valor ampliamente apreciado en la sociedad colonial— las elevaba. Algunas permanecieron en posiciones marginales, como criadas, otras asumieron el papel de españolas y hubo algunas que alcanzaron una elevada condición social» (Manrique, óp. cit.). Un buen ejemplo de esto último es el caso citado por el historiador José Antonio del Busto7. Se trata de doña Beatriz de Salcedo quien, a pesar de su apellido, era morisca. Lockhart, que también cita el caso, afirma que llegó al Perú en 1532 como esclava bajo el simple nombre de Beatriz. Concubina del veedor de Pizarro, García de Salcedo, este terminó por casarse con ella, legalizando su estado. Beatriz de Salcedo llegó a ser la primera española oidora de la cordillera andina. Acompañó a su concubino a Cajamarca cuando aún estaba preso el inca Atahualpa y logró entablar cierta amistad con las hermanas y mujeres del depuesto inca. Ella misma narra su encuentro:
Porque como fui la primera mujer que entró en este reino, en Casamalca, estaba yo con ellas y las trataba y conversaba. Que esta testigo lo sabe bien porque estaba y residía muchas veces con ellas. Vivía con ellas porque la cuidaban de que no viviera con los hombres de la hueste
Tras una estancia en Cajamarca y otra en Jauja, se instala en Lima con su marido en una casa situada frente a aquella del gobernador, cerca del río Rimac. Como se suponía que los funcionarios reales no debían ser mercaderes, se hizo cargo, en gran parte, de los asuntos comerciales del veedor. Allí vivió la esclava las agonías de su amo que, in articulo mortis, se casó con ella para hacerla heredera de su encomienda de indios. Beatriz de Salcedo —que ostentaba el vocativo de doña— se convierte así en una excepción en la Indias Occidentales: la única mujer encomendera y morisca de la historia de América. Pero Del Busto le atribuye otro mérito: el de haber sido quien sembró por primera vez el trigo en el Perú, tras recuperar algunos granos mal molidos de cierta harina que llegó de España. De hecho, un escrito oficial firmado por el virrey Conde de Nieva reconoce que no fueron las hidalgas castellanas quienes introdujeron el cultivo del trigo en el país, sino las esclavas moriscas. Pero el asunto es delicado puesto que casi todas las españolas que llegaron al Perú antes de 1537 —fueran moriscas o no— pretendieron el mismo honor.8
Otro caso (cf. Lockhart, óp. cit.) es aquel de las mujeres que trabajaban (generalmente comadronas, panaderas o posaderas). Entre estas destaca el caso de Francisca Suárez, conocida como la Valenciana, quien fue una de las mujeres más conocidas de Lima durante dos décadas, de 1530 a 1550. A juzgar por sus afirmaciones sobre sí misma, todo parece indicar que fue morisca y se le conocieron diferentes nombres y lugares de nacimiento (el reino de Granada, Valencia). Muy pronto se le llamó la Valenciana y llegó a operar una pensión atendida por varios esclavos y bien equipada con víveres, platería y tapices de Damasco. A este negoció agregó una panadería y se hizo dueña de cuatro o cinco casas, además de la suya. Como no estaba bien visto que una mujer viviera sola se casó cuatro veces. Una de ellas con Antonio de Toledo, quien le ayudo a sacar adelante el negocio de la pensión. Pero el matrimonio fue anulado pues ocurrió una situación frecuente entre los matrimonios de Indias: Toledo era bígamo. En efecto, con frecuencia los que llegaban al Perú sucumbían a la tentación de olvidar a una esposa pobre y lejana por una nueva rica y presente. Toledo había estado casado en España y su esposa legal abrió juicio. Los tribunales eclesiásticos reconocieron finalmente este primer matrimonio en 1554 y se le desterró, invalidando su casamiento con la Valenciana.
Siempre dentro del tema de las «esclavas blancas» como se llamaba a las moras esclavizadas tras la reconquista, Lohman (óp. cit.), señala que la más antigua presencia detectada se remonta a 1534. Entonces Hernando Pizarro es autorizado a traer para el servicio de su hermano Francisco «hasta cuatro esclavas blancas con la condición de que fuesen nacidas en la península y hubiesen ingresado a la grey católica por lo menos diez años antes de pasar». Luego los contratos conservados en los escritos ante los notarios limeños permiten entrever la presencia de esclavos blancos y Lohman cita varios de estos casos:
En 1536 el conquistador Melchor Palomino le compra a un colega, Crisóstomo de Ontiveros, otro personaje importante, una esclava morisca llamada Mencía y en 1537 el sastre Pedro Gutiérrez adquiere por 280 pesos una esclava morisca, Lazaria. Ese mismo año, Francisco Pacheco traspasa otro esclavo morisco, Luzmilo.
Los precios oscilaban entre los 280 y los 600. En 1538 Juan de Ruanza adquiere por 600 pesos un esclavo morisco herrado en la cara que se llama Jorge. Y Juan León traspasa una esclava blanca acarimbada (con una marca en la mejilla llamada carimba) por la misma cantidad.
Según Lohman vale la pena destacar que, lejos de aplicar a estos esclavos un trato brutal, no eran raros los casos que revelan sensibilidad hacia ellos. Así, en 1538 Juan de Panes concede la libertad a su esclava blanca María. Al año siguiente, el notario Pedro de Castañeda hace lo mismo con su esclava blanca Isabel, con la que además había tenido una hija.
Con el paso de los años la presencia de los moriscos se fue diluyendo. Pero aún se encuentran sus huellas en 1554, cuando la morisca Lucía de Herrera oficiaba de adelantada del caudillo Francisco Hernández Girón, líder de la revolución de 1554. Y en 1560 la inquisición entregó a la justicia ordinaria a varios moriscos.
Los moriscos varones no tuvieron mayores problemas para asimilarse. Eran finos artesanos, racialmente no se distinguían de los mediterráneos, hablaban perfectamente el castellano, tenían apellidos españoles y les era muy fácil mimetizarse en las vastas extensiones de los imperios hispanos de ultramar. Ya fuera a través de la liberación o de la fuga, hicieron fácil carrera como artesanos libres, habiendo fecundado con su genio creador la arquitectura y el arte de todo el virreinato» 9. Hasta 1595, el arte mudéjar americano se encuentra presente en casi todas las iglesias. En el Cuzco, esta forma de arte que tanto le debe a los alarifes y albañiles moriscos, perduró hasta 1650. El terremoto del 31 de marzo de aquel año acabó prácticamente con todas la obras de ese estilo a punto de no dejar más que lo poco que ahora se ve (i.e. la hermosa iglesia de Andahuaylillas).
No queremos dejar de evocar aquí el carácter difícil del mestizaje español-indígena en el Perú desde los inicios del Virreinato. Se trata de una sociedad muy estratificada, marcada por la casta y la raza, estratificación que persiste a lo largo de la Colonia y no desaparece con la Independencia. El Perú colonial distribuía grupos y sujetos, dichos y desdichos, según la extracción social y el dinero. «Piel y plata», resume Hugo Neyra (cf. Hacia la tercera mitad. Perú ss. xvi-xx. Lima 1997). Mestizaje hubo, pero jamás simetría entre las partes. El mestizaje y el derrumbe demográfico habían impedido la formación de un tipo de sociedad bipolar como la de los colonos puritanos de Norteamérica, con barreras infranqueables de raza que habrían conducido a una sociedad con solo dos núcleos de habitantes: aborígenes y europeos. Sin embargo, al inicio, esta voluntad de apartheid existió. Hacia 1570, cuando concluye la Conquista, el país está ocupado por una minoría extrema de blancos emigrados y criollos. No son más de 150 mil que sumados a los 250 mil esclavos negros y mulatos no alcanzan sino un 5% de la población total. El Perú del Virrey Toledo es masivamente indio. Pero hacia 1650 hay ya tantas «castas» como indios. En general, del siglo xvi al siglo xviii, disminuye la población india y aumentan los diversos mestizajes. La importación de esclavos y la promiscuidad sexual trasforman esa sociedad en una más compleja que aquella de repúblicas de indios y blancos por separado que, al parecer, se había imaginado en un inicio. Estas fracturas étnico-culturales se prolongan tras la Independencia, desembocando en una republica que, más allá de sus esfuerzos por convertirse al fin en un estado pluricultural de ciudadanías compartidas y equilibradas, sigue padeciendo de modo velado y perverso, racismos y asimetrías.