Por Concepción Bados Ciria. Universidad Autónoma de Madrid
En la celebración del bicentenario de las independencias iberoamericanas numerosas voces provenientes de distintos medios de la comunicación y la cultura han evocado con energía y entusiasmo la participación —silenciada y acallada por la historia oficial durante estos dos siglos— de la población femenina en una insigne causa que cambió para siempre el devenir político y socioeconómico de los países latinoamericanos. Como ejemplo, la revista mexicana Proceso, que sacó a la luz a lo largo de 2009 y 2010 una colección de fascículos bajo el subtitulo Bi-Centenario, en los cuales se trataban desde diferentes perspectivas los episodios más notables de los diversos conflictos bélicos acontecidos en suelo mexicano. Para los objetivos de mi análisis, el número nueve de los citados fascículos es particularmente interesante ya que incluye un artículo firmado por Carmen Boullosa titulado «Las insurgentes», el cual, a mi parecer, lleva implícito el proceso de feminización de las independencias iberoamericanas al que hago referencia en estas páginas. Antes, quiero señalar que me adhiero al término «feminización» en el sentido que se viene usando en diferentes foros y espacios relacionados con los estudios de género desde hace unas décadas. Una de las primeras voces en acuñar este término fue la crítica feminista chilena Nelly Richard, quien proponía ensamblar la política, la cultura y el arte para hablar de «feminización de la escritura». Tal proceso suscitaba, en primer lugar, una estrategia de enunciación articulada en torno al feminismo como vector de acción política en lo social; en segundo lugar, se asentaba como fuerza de intervención teórica capaz de cuestionar y resistir la organización simbólica dominante; en tercer lugar, se asumía como detonante estético promotor de la desregulación de las codificaciones sociales (1993: 35-38).
Lo cierto es que en fechas cercanas a la celebración del bicentenario de las independencias iberoamericanas numerosas voces femeninas, precisamente, han sacado a la luz diversos estudios ligados a lo femenino como punto de enunciación y con capacidad renovadora, precisamente, en un espacio como es el de las luchas de independencia acontecidas en Iberoamérica a lo largo del siglo xix. Tales investigaciones y escritos posibilitan nuevos acercamientos y aproximaciones a la hora de analizar los más recientes procesos políticos, sociológicos y culturales de los países latinoamericanos, particularmente en lo que concierne a la participación en la vida pública de las mujeres.
Para ilustrar la feminización de las independencias iberoamericanas en la celebración de su bicentenario me voy a referir a dos espacios diferentes: el primero es el académico, un espacio donde se articulan desde hace unas décadas los resultados de distintos proyectos auspiciados por numerosas historiadoras feministas que enlazan y comparten los presupuestos de los estudios de género; el segundo es el literario y cultural, en concreto, el artículo «Las insurgentes» escrito por Carmen Boullosa en la revista Proceso en 2009 y el poema dedicado a Juana Azurduy por la escritora argentina Silvia Loustau, publicado en su blog el día 8 de agosto de 2009.
Con el establecimiento en la academia de los estudios de género, principalmente a partir de los años setenta, han surgido voces alternativas a las de la historiografía oficial, con el fin de revisar, para rescribirlo después, el papel de las mujeres que participaron en los procesos de independencia de los distintos países latinoamericanos; asimismo, se han interpretado desde los enfoques de género, numerosos documentos obviados la historiografía oficial, todo ello con el objetivo de rescatar las estrategias de las que se sirvieron las mujeres latinoamericanas para contribuir a la causa independentista, superando y rebasando los controles y límites impuestos por el sistema patriarcal dominante y teniendo en cuenta condicionantes como el género, la raza y la clase social. Más que la exaltación heroica de estas mujeres, a los estudios de género les interesa analizar y tratar la incidencia y la repercusión que estos acontecimientos han podido tener en la historia de las mujeres en Latinoamérica después de doscientos años de independencia, sobre todo en los que afecta a su incursión y participación en la esfera pública y, por ende, en la política.
Una de las primeras historiadoras en investigar en este sentido fue Evelyn Cherpak, quien publicó en 1978 el artículo «La participación de las mujeres en el movimiento de Independencia de la Gran Colombia». Entre otras cosas decía:
Este desprecio por la mitad de la población ya no se puede aceptar. Las mujeres no fueron espectadoras pasivas en este conflicto. Participaron en él y fueron afectadas por él como individuos, como madres y como esposas. Por lo tanto es necesario hacer una nueva estimación de la naturaleza de su contribución y de los efectos que tuvieron las guerras de independencia en su posición en la sociedad. Este enfoque habrá de conducir a un más completo conocimiento de la época revolucionaria. (1978: 253)
Siguiendo este impulso, la historiadora inició la recuperación y publicación de textos emitidos por algunas de estas mujeres, en los cuales se planteaba su decisión de tomar parte activa en la vida pública y, por ende, en los conflictos bélicos. De manera que Evelyn Cherpack llegó a constatar que las mujeres se ofrecieron como voluntarias para unirse a los ejércitos y como muestra presenta la carta que en Octubre de 1811, veintiuna mujeres de la provincia de Barinas en Venezuela, enviaron al gobernador, con el título: «Representación que hace el bello sexo al gobierno de Barinas», Gazeta de Caracas, 5 de noviembre de 1811. En la carta se ofrecían para alistarse al ejército republicano. Entre otras cosas, dicen:
No ignoran que V.E., atendida la debilidad de su sexo, acaso ha procurado eximirnos de las fatigas militares: pero sabe muy bien V.E. que el amor a la patria vivifica a entes más desnaturalizados y no hay obstáculos por insuperables que no venza. Nosotras, revestidas de un carácter firme y apartando a un lado la flaqueza que se nos atribuye, conocemos en el día los peligros a que está expuesto el país; él nos llama a su socorro y sería una ingratitud negarle unas vidas que sostiene. El sexo femenino, Señor, no teme los horrores de la guerra: el estallido del cañón no hará más que alentarle: su fuego encenderá el deseo de su libertad, que sostendrá a toda costa en obsequio del suelo Patrio1.
En esta carta, las mujeres han interiorizado los estereotipos que las han enmarcado a lo largo de siglos de historia patriarcal; sin embargo, lo que interesa destacar es su osadía para dirigirse a las autoridades masculinas y ofrecerse como agentes favorables a la lucha2. No obstante, lo más importante, como bien señala Cherpak, es que en 1811 se imprimió de forma deliberada en la prensa de Caracas una carta que planteaba el problema de la participación femenina y que afirmaba que la debilidad construida en el imaginario cultural no debería impedir su intervención en la lucha activa e incluso física en la insurgencia.
Entre los trabajos más interesantes provenientes del espacio académico está el llevado a cabo por el grupo de investigación de las universidades de Nottingham y Manchester en Reino Unido. Lleva por título Gendering Latin American Independence. Women´s political culture, and the Construction of Gender 1790-1850. Culminó con la publicación South American Independence: Gender, Politics, Text, en 2006. Cuentan con una exhaustiva base de datos donde se recogen diversos enlaces sobre bibliografía, documentos gráficos, discursos y textos políticos y más de 50 entradas sobre mujeres que tuvieron un papel determinante en las independencias de sus países. Una de estas investigadoras, Claire Brewster, en su artículo «¿Amazonas o Inocentes? La contribución de las mujeres a la causa», concluye que lejos de estar restringidas a los deberes culinarios y de prestar cuidados, las mujeres llevaron a cabo una gran variedad de funciones en las luchas independentistas (2007:2). Afirma, además, que:
El complejo y sangriento proceso de la independencia permitió cierta movilidad social; las grandes cantidades de bajas masculinas trajeron consigo nuevos roles para las mujeres dentro y fuera del hogar. Eran muchas las mujeres directamente involucradas en este período agitado y, a causa de esto, una gran cantidad de ellas se arriesgaron a ser apartadas de sus familias y en muchos casos dieron su vida por la causa. (2007: 2)
La investigadora evoca las figuras de Marcela Castro, esposa de Marcos Túpac Amaru, Bartolina Sisa, y Micaela Bastidas como participantes activas en la rebelión Túpac Amaru, iniciadora de los movimientos de independencia en Perú. Asimismo, reconstruye con detenimiento la figura de Francisca Zubiaga y Bernales (1803-1835), esposa del general Agustín Gamarra, que fue presidente de Perú entre 1829 y 1833. En efecto, la vida política de esta mujer corre a la par de la del cuzqueño, de origen vasco, Agustín Gamarra, un teniente coronel del ejército español que, decepcionado por la conducta realista, optó por presentarse ante el Libertador San Martín en 1821 para ponerse al servicio de la causa emancipadora. Los cronistas de la época la describen como hermosa y tremendamente seductora, unas cualidades que puso al servicio de las ambiciones de su marido y de las suyas propias. Habitualmente vestía una capa larga que había pertenecido a su padre y era, según diversas fuentes, una mujer que no se ajustaba a un patrón de comportamiento tradicional. Como esposa del presidente luchó con él para mantener viva la causa de la independencia. Llegó a vestirse con un uniforme de coronel y se puso al frente del ejército durante el malestar social que siguió a la independencia. En 1831 tuvo que defender el puesto de su marido, ausente en la guerra, frente a los acosos y rivalidades del vicepresidente La Fuente. Francisca Zubiaga interceptó mensajes y cartas, ejerció control sobre la prensa y envió a las fuerzas armadas para capturar a La Fuente. Sin embargo, poco después, Gamarra y Francisca entraron en Arequipa el 27 de abril de 1834 exigiendo la recaudación de fuertes sumas de dinero y amenazando a los arequipeños más ricos con encarcelarlos e imponerles sanciones si no contribuían a la causa. Este hecho suscitó el antagonismo de la mayoría de sus habitantes, que prometieron su apoyo al líder de la oposición, José Luis de Orbegoso. El 18 de mayo de 1834, las fuerzas de Orbegoso tomaron la ciudad y la población se unió para expulsar a Gamarra, quien se exilió a Bolivia, mientras que su mujer, principal objetivo del odio popular, disfrazada de hombre, huyó a Chile. Exiliada y pobre, murió de tuberculosis en Valparaíso el 8 de mayo de 1835 a los treinta y dos años de edad3.
Gran parte de la información obtenida por Claire Brewster proviene de la obra de Flora Tristán, Peregrinaciones de una paria 1833-1834. Sin duda alguna esta circulación de información entre mujeres contribuye, de nuevo, a la feminización de la lucha independentista4. Lo cierto es que Tristán admiraba profundamente a esta mujer, a la cual dedica el capítulo xviii y último de las memorias que escribió en el viaje que realizó a Perú entre 1833 y 1834 en busca de sus raíces. Tristán relata con detalle el encuentro en el puerto del Callao, en el navío inglés en que Francisca Zubiaga se encontraba prisionera antes de salir exiliada a Chile. Así describe Tristán a la que llama «ex presidenta de la República»:
Todo en ella anunciaba a una mujer excepcional, tan extraordinaria por el poder de su voluntad como por el gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 o 36 años, era de talla mediana y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con que se pretende medir la belleza, no era ciertamente hermoso. Pero a juzgar por el efecto que producía sobre todo el mundo, sobrepasaba a la más bella. Como Napoleón, todo el imperio de su hermosura estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡Cuánto atrevimiento! ¡Cuánta penetración! ¡Con qué ascendiente irresistible imponía el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiración! El ser a quien Dios concede aquella mirada no necesita de la palabra para gobernar a sus semejantes. (474)
A lo largo de este capítulo Flora Tristán realiza un retrato minucioso de la mujer que, tras estar en la cúspide del poder, ha sido relegada a la situación más terrible que un ser humano pudiera desear: el ser desterrado de su patria. Tristán la examina con detenimiento y la muestra en su esplendor: «Tenía sortijas en todos los dedos, zarcillos de diamantes, una collar de perlas finas de una gran belleza y debajo pendía un pequeño escapulario sucio y muy usado» (476). Lo cierto es que la viajera quedó muy impresionada de este encuentro y no dudó en regresar al Callao y visitar de nuevo a la señora Gamarra, el mismo día que zarpaba hacia Valparaíso. En este segundo encuentro, Francisca le confiesa a Tristán la enfermedad que ha padecido durante años y a la que debió sobreponerse en los momentos más duros de la lucha armada. Se lamenta Francisca de que su enfermedad no tiene cura y que los ataques de epilepsia que sufría a menudo no suscitaron la compasión de sus opositores. De esta guisa recoge Tristán las confesiones más íntimas de Francisca:
A menudo, en lo más fuerte de la acción, la ira que sentía al ver la inercia y la cobardía de los hombres a quienes mandaba, me hacía arrojar espuma de rabia y entonces comenzaban mis ataques. No tenía sino el tiempo de echar el pie a tierra. Muchas veces los caballos me han pisoteado y mis servidores me han llevado como muerta. ¡Pues bien Florita! ¿Creerá usted que mis enemigos se han servido contra mí de esta cruel enfermedad a fin de desacreditarme en el espíritu del ejército? Decían por todas partes que era el miedo al ruido del cañón, el olor de la pólvora lo que me atacaba los nervios y me desvanecía como una marquesita de salón. Le confieso, son estas calumnias las que me han endurecido. He querido hacerles ver que no tenía miedo ni de la sangre, ni de la muerte. (482)
Si bien esta íntima confesión causa una honda impresión en Tristán hasta el punto de reconocer que su «valor y su constancia heroica en medio de los sufrimientos me la hacían parecer sobrenatural» (484), lo cierto es que en las páginas que siguen, la narradora relata las «particularidades que creo deben interesar al lector», haciendo referencia a la historia que le cuenta una amiga de infancia de doña Pancha, y en la que se alude al obstáculo que representa ser una mujer para continuar la obra de Bolívar en un país como Perú, «donde sus habitantes se sintieron insultados por la manera de proceder de la orgullosa presidenta» (487). En última instancia, Flora Tristán parece confirmar que la conducta osada, arriesgada, temeraria y ambiciosa de Francisca no se correspondía con las costumbres del país que gobernaba y ello le hizo crearse infinitos enemigos y el odio feroz de la sociedad limeña, que no cejó hasta desterrarla.
En primer lugar, el título del artículo escrito por Carmen Boullosa no deja dudas de la intención subversiva y rompedora de la escritora mexicana. Durante los dos últimos siglos, los insurgentes mexicanos han sido recordados y conmemorados como héroes en México: numerosos estados llevan los nombres de estos próceres, e incluso la gran avenida que atraviesa la capital mexicana se denomina «Insurgentes», un adjetivo sustantivado portador, en primera instancia, de la marca del género masculino. Con «Las insurgentes», Carmen Boullosa promueve la marca del femenino como un nuevo sujeto de enunciación, rompedor, resistente y provocador al mismo tiempo. El artículo se divide en 29 fragmentos que evocan desde una perspectiva feminizada la obra que Genaro García publicó en 1910 para festejar el primer centenario de la independencia y que lleva por título Leona Vicario y las otras insurgentes mexicanas5. Boullosa subraya el interés elitista de Genaro García —protegido de Porfirio Díaz—a la hora de elaborar la mencionada obra, al tiempo que denuncia que el gobierno instituido por la Revolución Mexicana no haya reimpreso nunca su volumen sobre las independentistas. Se lamenta Boullosa:
La mayor parte de las independentistas están borradas de la memoria popular: no queda huella de las amotinadas, las rebeldes, las cabecillas, las seductoras. Su memoria ha quedado disuelta. ¿Por qué no hemos tenido lugar para estas valientes, las que daban órdenes, tomaban las armas, vestían de varones, denunciaban a sus captores, enfrentaban las instituciones?. (2009: 34)
A tal fin va a dedicar la escritora los 29 fragmentos de que se compone el citado artículo. Comienza Boullosa con una alusión a la leyenda prehispánica en la que la joven guerrera Nahuani, quien se hacía acompañar de un águila llamada Orizaba, perdió la vida en una batalla. Para aplacar su dolor, el águila se dejó caer en una montaña, conformando el volcán que lleva su nombre y que erupciona para evocar la muerte de la joven guerrera (2009: 27). Boullosa hermana la gesta de Nahuani a la de María Josefa Martínez, hecha prisionera por las tropas realistas el 5 de noviembre de 1815. Vestida de varón, empuñada el arma, montada a caballo, la guerrera comandaba 12 hombres y fue acusada de alta traición a la corona española y ejecutada (2009: 28). Boullosa reconstruye la insurgencia de una cincuentena de mujeres, casi todas ellas pertenecientes a las clases populares, al tiempo que inquiere:
No hay memoria alguna de estas mujeres en México. ¿Dónde quedó el recuerdo de ellas? ¿Por qué no recordamos a las hidalguianas, las que siguieron a Hidalgo, el Padre de la Patria, excepto por dos figuras, Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez? ¿Por qué no hay lugar para ellas en el panteón de mitologías nacionales? ¿Por qué, en cambio, tenemos tan presentes a las Adelitas, sombras fieles de sus compañeros?. (2009: 30)
Sin duda alguna Boullosa pretende hacer un hueco en la memoria histórica de México a unas mujeres que destacaron por su valentía y su compromiso para con la Patria, jugando un papel de capital importancia en la contienda bélica, y para ellas busca el mismo reconocimiento que para las soldaderas de la revolución, aceptadas y reconocidas como colectividad eficaz en la lucha, aunque relegadas a un segundo plano, como es el de enfermeras, cuidadoras, lavanderas y otros menesteres domésticos, siempre necesarios en la lucha armada. No deja de reconocer Boullosa que Leona Vicario y Josefa Ortiz ocupan un lugar destacado en la historia de México, pero también insiste en evocar presencias desconocidas para la gran mayoría.6 Tales son las de María Fermina Rivera, Manuela Herrera, Carmen Camacho, María Bernarda Espinosa, María Josefa Sámano, María Ignacia Rodríguez, Ana María Ortega; Trinidad Ortega, Josefa Huerta, Casimira Camargo, entre otras. Concluye Boullosa que al menos 300 mujeres fueron hechas presas por el poder virreinal, sin que ni siquiera se sepan sus nombres, y como colofón a su alegato feminizador, nombra a una niña de dos años y medio de edad, de nombre Guadalupe e hija del insurgente Pedro Moreno, independentista, según Boullosa, sin que medie su voluntad ya que es capturada y ofrecida en canje por un preso realista. Su padre no accede al canje y denuncia como vil chantaje la utilización de una niña que no tiene culpa de nada (2009: 33). Además, tras lamentar en dos ocasiones la imposibilidad de encontrar el conocido folleto de Lizardi Noticias biográficas de insurgentes mexicanas, asegura Boullosa: «¿Cómo es posible que las pocas páginas que componen estas breves biografías no hayan sido reproducidas hasta la extenuación durante la gerencia de lo "institucional y revolucionario"?» (2009: 30). Sin duda alguna, la escritora lo hace en estas páginas de la revista Proceso, ya que bajo el título de Las insurgentas, Boullosa propone la anunciación del femenino como una fuerza subversiva, que abre nuevas vías de análisis en el espacio simbólico establecido durante siglos por la ideología patriarcal dominante.
Una de las heroínas más notables de las Independencia en Iberoamérica es Juana Azurduy, a quien la presidenta argentina Cristina Fernández condecoró con el grado de general a título póstumo el 15 de julio de 2009 con motivo de la celebración del bicentenario. Un mes después la poeta Silvia Loustau publicaba en su blog el poema «Yo soy Juana Azurduy», de gran dramatismo y fuerza poética. Juana Azurduy nació en el cantón de Toroca en las cercanías de Chuquisaca, Alto Perú, el 12 de julio de 1780, año en que la ciudad de La Paz fue sitiada por Túpac Catari y Bartolina Sisa, alzados en armas en apoyo a Túpac Amaru. La adolescencia de Juana fue conflictiva ya que se enfrentó al conservadurismo de su tía por lo que fue encerrada en el Convento de Santa Teresa. Juana se rebeló contra la rígida disciplina del convento y de la familia, promoviendo reuniones clandestinas durante las cuales supo de la existencia y la lucha de los independentistas peruanos Tupac Amaru y Micaela Bastidas. Casada con el héroe independentista Manuel Ascencio Padilla, ambos se sumaron a la Revolución de Chuquisaca, que el 25 de mayo de 1809 destituyó al presidente de la Real Audiencia de Charcas (actual Bolivia). En 1813, Juana y su esposo, a las órdenes del general Belgrano, reclutaron a más de 10 000 milicianos y transportaron la artillería que sería definitiva en la lucha por la independencia en el Alto Perú. Con la retirada del ejército argentino del Alto Perú, Padilla, Juana y sus milicianos se organizaron en guerrillas que lucharon durante años contra los realistas. Azurduy lideró la guerrilla que atacó el cerro de Potosí, tomándolo el 8 de marzo de 1816, hecho que le valió el rango de teniente coronel por un decreto firmado por Juan Martín de Pueyrredón. Tras ello, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable, con el que posa en el retrato que la ha hecho famosa en Latinoamérica7. En 1825 se declaró la independencia de Bolivia y el mariscal Sucre fue nombrado presidente vitalicio otorgándole a Juana una pensión en recompensa a su labor revolucionaria, pero esta le fue usurpada en 1857 bajo el gobierno de José María Linares. Juana Azurduy murió olvidada y en la absoluta pobreza, el día 25 de mayo de 1862, cuando había cumplido 81 años. Sus restos fueron exhumados 100 años después para ser guardados en un mausoleo erigido en su honor. Como señalé más arriba, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner convalidó el 15 de julio de 2009 el ascenso a general del Ejército, en forma póstuma, de la luchadora de la independencia Juana Azurduy. El reconocimiento a esta mujer es notorio tanto en Bolivia como en Argentina en los últimos años, y a ello contribuyó en gran medida la recientemente fallecida cantante Mercedes Sosa, quien difundió una cueca norteña con letra del historiador Félix Luna y música de Ariel Ramírez en honor de la revolucionaria. He aquí dos estrofas del poema:
Me enamora la patria en agraz, desvelada, recorro su faz; el español no pasará, con mujeres tendrá que pelear.
Tierra en armas que se hace mujer, amazona de la libertad.Quiero formar en tu escuadrón y al clarín de tu voz atacar.
La canción reconstruye las hazañas de Azurduy, al tiempo que anota la feminización de la lucha independentista cuando propone en estas estrofas a las mujeres como alegoría de la resistencia y el triunfo en la lucha armada. Mucho más dramático e intenso es el poema narrativo escrito por Silvia Loustau en agosto de 2009. La subjetividad arrolladora de la primera persona enunciadora resuena con una fuerza que traspasa los límites simbólicos establecidos. Este es el poema de Silvia Loustau que da la voz y la palabra a Juana Azurduy:
Yo soy Juana Azurduy, la mujer a quien el General Belgrano la ascendió al grado de Teniente Coronel. Yo soy Juana Azurduy, la compañera de Manuel Asencio Padilla, con quien tuvo cinco hijos. Yo soy Juana Azurduy, quien con mi hija en un brazo y el sable en el otro, revolucionó el pueblo de Chuquisaca un 25 de Mayo de 1809, de esa manera desde el Alto Perú bajaba la libertad al Virreinato del Río de la Plata. Yo soy Juana Azurduy siempre vestida para el combate. Túnica escarlata, alamares de oro y plumas blancas, para que nadie olvidase mi condición de mestiza. Yo soy Juana Azurduy, quien sembró terror entre la soldadesca española. Yo soy Juana Azurduy, quien le escupió a la cara al General Goyeneche, cuando osó ofrecerme dinero para que abandonase la lucha. Yo soy Juana Azurduy, quien en 1816 tuvo bajo su mando 6000 indios. Yo soy Juana Azurduy, quien junto a Manuel, asaltamos por segunda vez la ciudad de Chuquisaca.
Hasta en 23 ocasiones, es la propia Juana Azurduy, quien mediante el recurso de la anáfora viene a confirmar sus hazañas y sus gestas, también su sufrimiento y la pérdida que supuso para ella y su familia la lucha insurgente. Juana Azurduy se confirma en el poema como la gran luchadora que fue, la valiente, la vencedora, la condecorada, pero también la humillada, la desposeía, la maltratada, la olvidada:
Yo soy Juana Azurduy, la que se fue a Salta y combatió tres años junto a la Macacha y el General Juan José Miguel de Güemes. Yo soy Juana Azurduy, quien vagó por las provincias, con su hija de seis años y ni un hueso para roer. Yo soy Juana Azurduy, a quien el presidente Sucre le otorgó, al fin, una pensión. Yo soy Juana Azurduy, a quien José Maria Linares le quito su magro ingreso. Yo soy Juana Azurduy, a quien todo le fue arrebatado, menos los sueños. Yo soy Juana Azurduy de quien el Altísimo se compadeció y la llevo, al fin, cuando tenía 81 años.
Por último, Silvia Loustau hace que Juana se reconozca e identifique con las madres de Plaza de Mayo de Buenos Aires, el símbolo máximo de la resistencia frente a los abusos del poder.
Yo soy Juana Azurduy, quien no contó con más patrimonio que las lágrimas. Yo soy Juana Azurduy quien supo que volvería en cada compañera combatiente de la Patria Grande. Yo soy Juana Azurduy, quien ahora, con pañuelo blanco, busca en el mar, la tierra, en cada rostro. Yo soy Juana Azurduy, quien cada jueves dice ¡Presente! en Plaza de Mayo.
La feminización de la escritura de Silvia Loustau es evidente, y con ella, la homónima de las luchas de independencia en los países de Sur de América. Su poética rebasa los límites de la significación aceptada durante siglos por la cultura oficial, al tiempo que subvierte los registros históricos establecidos cuando permite que Juana Azurduy hable de forma tan clara, firme y rotunda. Silvia Loustau ha empoderado a Juana Azurduy y se ha sumado a la feminización de las luchas de independencia en Latinoamérica.
Al finalizar las diversas conmemoraciones del bicentenario de los procesos de independencia en Hispanoamérica un hecho es cierto: una gran cantidad de mujeres desafiaron los modelos tradicionales de comportamiento femenino en el siglo xix y contribuyeron como agentes decisivos en los movimientos insurgentes. Detrás de esta conclusión se encuentran numerosas investigaciones y estudios llevados a cabo desde distintos foros, tanto académicos como literarios y culturales, los cuales, teniendo en cuenta los enfoques de género, han promovido una feminización de las luchas independentistas acaecidas en Latinoamérica a lo largo del siglo xix. Las historiadoras y escritoras que han reconstruido y reescrito la —hasta hace poco tiempo invisible y acallada— participación de las mujeres en la Independencia, apuntan a una feminización de tales acontecimientos porque presentan la participación de las mujeres como una estrategia de intervención, tanto teórica como estética, capaz de modificar y cuestionar, a la par que abrir nuevos códigos y discursos a los ya establecidos durante dos siglos por la ideología patriarcal dominante. Analizar, estudiar y revisar la contribución de las mujeres en el bicentenario de las luchas patrióticas es un paso más en el complicado camino que hace posible el empoderamiento de género en los espacios postcoloniales. En definitiva, este trabajo es un homenaje a las «insurgentes» hispanoamericanas del siglo xix, ya que al rememorar y reconstruir su afán y su empeño por obtener la libertad en las gestas independentistas, se rinde homenaje a todas las mujeres silenciadas, olvidadas y relegadas, pese a su valor y sus eficacia, por siglos de predominancia patriarcal en los distintos órdenes que envuelven el devenir histórico de los pueblos.