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Mujer e independencias

Juana Azurduy: de la mujer histórica al mito popular

Por Martín F. Yriart

I

Los filósofos de la historia, bajo el racionalismo del siglo xviii, plantearon una diferenciación ontológica entre lo que llamaron historia res gestae (la historia como los hechos sucedidos) e historia rerum gestarum (la historia acerca de los hechos sucedidos). Es decir, la realidad histórica objetiva y la representación de esta por el historiador.

Esta diferenciación no acabó en el planteo de los racionalistas sino que ha continuado a través de los siglos y hasta nuestros tiempos, como lo evidencia en la actualidad la escuela francesa de los Annales, que ha planteado una aparentemente paradójica historiografía «sincrónica», tomando prestado un concepto de la lingüística estructural, o como lo testimonia la interminable disputa acerca de la posibilidad o no de la objetividad historiográfica.

Un poema —si aceptamos que el texto de una canción pop puede serlo— no es un texto historiográfico, pero aún así no está exento del juicio crítico, en la medida en que se refiere a un hecho o un personaje histórico. Y sobre todo, cuando su repercusión pública a través de los medios de comunicación  contribuye de manera decisiva a la formación del imaginario social de la historia de un país y de la identidad de sus protagonistas.

Todo esto debiera ser tenido en cuenta para comprender el personaje creado (rerum gestarum) en el imaginario social argentino (y probablemente en el de países como Bolivia o sus demás vecinos, o incluso de otros como España) con la persona histórica de Juana Azurduy (res gesta), convertida en mito nacional y personaje literario.

Juana Azurduy, que participó activamente en las guerras de la independencia sudamericana, es sujeto en estos días de innumerables páginas de Internet, de por lo menos una biografía generosamente novelada (del escritor argentino Pacho O’Donnell), y de una canción de inextinguible popularidad, que pronto cumplirá medio siglo de existencia y sigue siendo un éxito de ventas en versiones renovadas según el cambiante gusto de las audiencias de radio y televisión.

II

A fines de la década de 1960 —en plena dictadura militar de la tríada Onganía-Levingston-Lanusse— una fiebre de nacionalismo musical permeaba a la sociedad argentina. Cuando en 1969 el sello musical Polidor, del grupo alemán Deutsche Gramophon Geselschaft, lanzó en Buenos Aires el disco de vinilo Mujeres Argentinas, dos canciones se podían oír cualquier día, a casi cualquier hora, en las cadenas de radio: Alfonsina y el mar y Juana Azurduy, ambas con letra de Félix Luna (1925-2009) y música de Ariel Ramírez (1921-2010).

Mujeres Argentinas, un LP de 33 r.p.m. con apenas ocho temas, ha sido (y es tal vez todavía) uno de los éxitos comerciales más grandes de la música argentina, probablemente inigualado desde los tiempos de las placas de pizarra sintética de 78 r.p.m., de las que grabó centenares durante su breve vida Carlos Gardel.

A pesar del rígido control de los medios de comunicación por el régimen militar argentino de 1966-1972, Luna (una importante figura del partido Unión Cívica Radical, del poco antes depuesto presidente Arturo Illia) y Ramírez (un artista entonces públicamente identificado con el Partido Comunista, del que luego se apartó), no hallaron obstáculo para la amplia difusión de su obra.

La explicación de esto puede encontrarse en el contenido fuertemente nacionalista de las canciones, como tal vez mejor en la ocasional enemistad, tanto de radicales y comunistas, como de los militares nacionalistas argentinos, con el mayoritario movimiento político peronista, proscripto en ese momento.

Han pasado más de cuarenta años desde el lanzamiento del famoso LP y radicales y comunistas, después de un siglo de existencia, han desaparecido prácticamente del espectro político argentino; los peronistas se encuentran fragmentados en diferentes líneas antagónicas; los militares están recluidos en sus cuarteles; las elecciones nacionales las ganan candidatos surgidos de una trama de alianzas entre caudillos locales.

Alfonsina y el mar todavía se oye, sin embargo, en salas de espera de aeropuertos, y en las cabinas de aviones que aguardan pacientes su turno para aterrizar, o en pasillos de supermercados. Estas versiones aéreas o consumistas de la melódica balada se pueden incluso descargar actualmente de la Internet, para el gusto de melómanos de oído diluido.

Las demás canciones del disco son cosa del pasado.

Excepto Juana Azurduy, que goza de una curiosa segunda vida en una docena o más de versiones adaptadas a todo tipo de estilo musical contemporáneo, desde estridencias de bandas de punk-rock hasta recitales de Lieder para contralto con piano, mientras la original, que cantaba la folklorista argentina Mercedes Sosa, acompañada por el mismo Ramírez, sigue estando disponible en CD.

Ni las letras de Luna se destacan por su originalidad o vuelo poético, ni las melodías de Ramírez pasarán a la historia como un hito en la música del siglo xx, ni siquiera dentro del restringido apartado folklórico, sub-apartado de música pop de inspiración folk latinoamericana.

Alfonsina y el mar (una deprimente balada para muchachas sentimentales acerca de una poeta que se suicidó por penas de amor) ha seguido el curso natural de las obras de su género aferrándose a una popularidad residual estabilizada.

Con Juana Azurduy, que sus autores definieron de manera misteriosa como «aire de cueca del norte», ha sucedido sin embargo un fenómeno diferente.

En la Argentina de 1969 solo unos pocos interesados en la historia de la independencia sudamericana sabrían de los sucesos y del personaje al que alude la canción, inexistente para los manuales escolares.

Todo es historia, la revista que creó y dirigió Luna, y que fue plataforma de lanzamiento de innumerables libros y autores de la llamada «corriente revisionista» de la historiografía argentina, solo llevaba dos años de existencia cuando se publicó el LP. No había tenido tiempo aún de causar el espectacular impacto que produjo en la cultura popular del último tercio del siglo xx, hasta convertirse en un pingüe boom editorial, junto con los libros de sus colaboradores.

Cuatro décadas después de todo esto, tras su prolongado período en el limbo, Juana Azurduy, nacida en 1780, en lo que es hoy la ciudad de Sucre, en  el sur de Bolivia y entonces el norte del virreinato del Río de la Plata, ha recobrado actualidad en la Argentina. Su figura ha sido relanzada por todos los canales de comunicación posibles, especialmente por ciertos sitios web de diseño abigarrado y discurso estridente pero muy similar, donde abundan sospechosos los colores de la bandera argentina, como pintados por la misma mano.

La letra de la canción de Félix Luna no puede ser más elemental, con ribetes casi prosaicos, más aptos para una composición escolar en fecha patria que para un top-ten:

Juana Azurduy
Flor del Alto Perú
No hay otro capitán
Más valiente que tú

Oigo tu voz
Mas allá de Jujuy
Y tu galope audaz
Doña Juana Azurduy

Me enamora la patria en agraz
Desvelada recorro su faz
El español no pasará
Con mujeres tendrá que pelear

Juana Azurduy
Flor del Alto Perú
No hay otro capitán
Más valiente que tú

Truena el cañón
Préstame tu fusil
Que la revolución
Viene oliendo a jazmín

Tierra del sol
En el Alto Perú
El eco nombra aún
A Túpac Amaru

Tierra en armas que se hace mujer
Amazona de la libertad
Quiero formar en tu escuadrón
Y al clarín de tu voz atacar

Truena el cañón
Préstame tu fusil
Que la revolución
Viene oliendo a jazmín

Bien mirada, esta letra dice más acerca de su autor, un ocasional profesor de historia puesto a poeta lírico, que de la presunta heroína a la que pretende cantar.

En cuanto a la música, debido al momento por el que pasa la legislación internacional sobre derechos de autor, no cabe aquí colocar ningún enlace a los múltiples sitios de Internet que la ofrecen gratuitamente, sea en su versión original, sea en las posteriores recicladas en estilos modernos. Pero basta con escribir «Juana Azurduy» en la ventana de un buscador, para tener al instante en la pantalla la vasta oferta de descargas gratuitas, como también de ejemplares de las diversas grabaciones, antiguas y actuales, en LP, casette, CD, con precios que van de U$S 10,00 para los CD Polydor o Poligram, hasta U$S 30,00 para el disco de vinilo original. Este último precio, para un LP editado hace ya cuarenta años, es un indicador de que las tiradas originales debieron ser de decenas de miles de ejemplares, de los que sobreviven tantos como para producir un fuerte efecto de dumping en su actual precio de reventa.

Si Alfonsina y el mar se puede escuchar todavía hoy en aeropuertos y aviones, y en pasillos de supermercados, se debe sin duda al carácter tenuemente hipnótico de su melodía, que se acentúa aún más al eliminarse la voz de la cantante, la cual, en el caso de Mercedes Sosa, de la versión original —hay que reconocerlo— es difícil de superar en estridencia y distonía, aunque sí fácil en los aspectos melódicos y líricos.

La misma búsqueda por Internet revela rápidamente la posible causa de la renovada popularidad de Juana Azurduy. No hace falta leer siquiera los textos porque se encuentra en una foto a color datada en marzo de 2010 en la que, en una pared carente de todo ornamento, cuelga un cuadro que se supone que es un retrato de cuerpo entero y bandera en mano de la generala Juana Azurduy de Padilla, recientemente ascendida post mortem a ese grado por decreto de Poder Ejecutivo Nacional argentino.

Al pie del cuadro se ve una mesa, sobre la que reposa algo que pareciera una urna funeraria. A izquierda y derecha de ella se ven sendos mástiles ornamentales, el izquierdo con la bandera boliviana y el derecho, con la argentina. Y junto a cada mástil posan de pie, con rostro visiblemente orgulloso y feliz, los presidentes de Bolivia, Evo Morales, y de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. La ocasión de la foto es una visita de estado de la presidenta a la ciudad boliviana de Sucre, parte del protocolo involucrado en el lanzamiento de la nueva alianza latinoamericana conocida como UNASUR, cuyo principal sostén es el presidente venezolano Hugo Chávez.

«Aire de cueca del norte», el género musical que Luna y Ramírez asignaron a su canción, resulta en este punto más que curioso, si no directamente inapropiado. Mirando el mapa de América del Sur y la toponimia del departamento boliviano de Chuquisaca, vecino a la frontera con la Argentina, donde encontramos las ciudades de Padilla y de Azurduy, cabría plantear que más apropiado que como lo hicieron sus autores sería describir el género de esta canción como «aire de cueca del sur» (del sur boliviano, se entiende).

Incluir a Juana Azurduy, la heroína por antonomasia de la independencia boliviana, en un disco titulado Mujeres argentinas, parece un desliz grave para un profesor de historia, si no un acto fallido para un dúo formado por un profesor de historia y un folklorista intelectual. Cualquier atlas histórico escolar de América del Sur evidencia que la antigua gobernación de Alto Perú, del virreinato del Río de la Plata, nunca formó parte efectiva del territorio de la República Argentina. Bolivia se separó de las Provincias Unidas del Río de la Plata y declaró su independencia en 1825.

III

Juana Azurduy de Padilla nació el 12 de julio de 1780 en la ciudad boliviana de La Plata (hoy llamada Sucre en homenaje al héroe de la independencia sudamericana), del departamento de Chuquisaca (parte de lo que entonces era conocido como el Alto Perú). Murió allí a los 85 años, el 25 de mayo de 1862.

Su esposo Manuel Ascencio Padilla se destacó como líder revolucionario en el liderazgo de la conocida como Republiqueta de la Laguna durante las luchas por la independencia de los criollos (los latinoamericanos nativos del Virreinato del Río de la Plata).

A la muerte de Padilla, Juana asumió la comandancia de las guerrillas insurgentes y luchó a la par de las fuerzas regulares del Ejército Expedicionario del Norte, creado por el entonces gobierno revolucionario de Buenos Aires. Su memoria es honrada hoy en la Argentina y en Bolivia. Hablaba el quechua (tenía sangre indígena), pero se había educado en el prestigioso Convento de Santa Teresa de Chuquisaca.

Juana Azurduy heredó, a la muerte de sus padres, una importante propiedad rural en el departamento de Chuquisaca, en el sur de Bolivia, y subsecuentemente unió su fortuna a la de Padilla, otro hacendado nativo. Ambos, como figuras prominentes de la sociedad criolla, se vieron inevitablemente envueltos en la convulsión social, política y militar que, en la segunda década del siglo xix, concluyó en la independencia de las colonias españolas de América del Sur.

Como fue costumbre en toda la región, al producirse el movimiento insurgente, los Padilla reclutaron tropas entre los trabajadores de sus fincas y se lanzaron a la cabeza de ellos para luchar contra los ejércitos españoles.

Manuel Padilla murió en los comienzos de este proceso, no sin antes dejarle cuatro hijos pequeños a su esposa. Ella lo remplazó al mando de su contingente armado al tiempo que procuraba la seguridad de sus hijos. Sus irregulares fueron inicialmente rechazados como combatientes por el ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y solo admitidos con fuerza de apoyo logístico para hacer saca de provisiones en los territorios en los que operaba, una misión poco heroica a primera vista, aunque imprescindible.

La campaña del Alto Perú fue una sucesión de derrotas para las fuerzas insurgentes enviadas por el gobierno de Buenos Aires, que debieron retroceder hasta las provincias rioplatenses de Salta y Tucumán, donde por fin allí lograron contener el avance del ejército español de Fernando VII.

José de San Martín, enviado para hacerse cargo del ejército independentista del Río de la Plata, entonces al mando de Manuel Belgrano, llegó al lugar, evaluó la situación y pidió el relevo inmediato alegando motivos de salud. San Martín, con su formación y experiencia militar, comprendió rápidamente que el camino de la victoria para los rebeldes sudamericanos no pasaba por el Alto Perú, donde los españoles tenían todo a su favor, sino por el Pacífico, donde la ofensiva de los insurgentes lo tomaría por la espalda.  

Lo que hasta ese momento había sido una campaña ofensiva de los independentistas pasó a convertirse en un combate de retaguardia, destinado a obligar a los españoles a mantener fuerzas importantes en el terreno, pero con una estrategia de guerra de guerrillas (las famosas «montoneras» de gauchos a caballo), sostenida de manera a la vez eficaz y económica, con pocos hombres y medios.

Los hechos demostraron que la hipótesis estratégica de San Martín era acertada. Por razones simétricamente opuestas, los españoles tampoco pudieron avanzar mucho, o por lo menos de manera permanente en el territorio del Río de la Plata.

Tras las victorias que los ejércitos combinados de San Martín y de Simón Bolívar obtuvieron sobre los españoles en territorios de los virreinatos del Perú y de Nueva Granada, los españoles renunciaron a retener sus posesiones coloniales en América del Sur.

Juana Azurduy y su esposo Padilla, que desde 1806 estaban activos en el movimiento independentista sudamericano, se sumaron a la Revolución de Chuquisaca que el 25 de mayo de 1809 destituyó al presidente de la Real Audiencia de Charcas. Desde el comienzo colaboraron con las expediciones enviadas desde Buenos Aires, al mando primero de Antonio González Balcarce y luego del general Manuel Belgrano. A la cabeza de los peones de sus fincas y de otros vecinos, combatieron a los españoles defendiendo la zona comprendida entre Chuquisaca y la región selvática que se extiende hasta Santa Cruz de la Sierra.

Tras la derrota del Ejército del Norte en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811, los españoles comandados por José Manuel de Goyeneche recuperaron el control del Alto Perú. Las propiedades de los Padilla, junto con las cosechas y sus ganados, fueron confiscadas. Juana Azurduy y sus hijos fueron hechos prisioneros por los españoles. Manuel Padilla logró rescatarlos y todos se refugiaron en las alturas de Tarabuco, una sierra solo poblada por indígenas y de difícil acceso para las fuerzas regulares españolas.

Este primer capítulo de la historia de Juana Azurduy tiene dos elementos destacables. El primero es el despojo por los españoles de los importantes bienes del matrimonio, que ningún gobierno posterior a la independencia sudamericana (ni rioplatense ni boliviano) tomó la medida de restituir. El segundo es el recurso de los Padilla a refugiarse en la dura geografía del Alto Perú (hoy Bolivia), cuya naturaleza agreste no ha cambiado mucho hasta el presente, y a recurrir a la ayuda de los indígenas para luchar contra los españoles.

En 1813 los Padilla y sus seguidores se pusieron a las órdenes del general rioplatense Manuel Belgrano, nuevo jefe del Ejército Auxiliar del Norte, llegando a reclutar 10.000 milicianos. Durante la batalla de Vilcapugio, una dura derrota para las fuerzas insurgentes, Padilla y sus milicianos tuvieron como misión transportar la artillería, pero sin participar en el combate.

Tras la derrota de las fuerzas de Belgrano, Juana Azurduy organizó con sus seguidores el cuerpo llamado de «Leales», que intervino en la batalla de Ayohuma, el 9 de noviembre de 1813. Una vez más, las fuerzas encabezadas por Belgrano fueron derrotadas y esto condujo a la retirada de las fuerzas rioplatenses del Alto Perú. A partir de ese momento Padilla y sus milicianos se dedicaron a realizar acciones guerrilleras contra los realistas.

Azurduy lideró la guerrilla que tomó el cerro de Potosí el 8 de marzo de 1816. Debido a su desempeño en la guerra de guerrillas contra los españoles, tras el triunfo logrado en el combate del Villar, a solicitud de Martín de Güemes, comandante de las fuerzas irregulares, recibió el grado de teniente coronel. El decreto, firmado por Juan Martín de Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, lleva fecha del 13 de agosto de 1816. Tras ello, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable.

El 14 de noviembre de 1816 Juana Azurduy fue herida en la batalla de la Laguna; su marido acudió a rescatarla. En este acto resultó herido y murió a consecuencia de ello.

A instancias de José de San Martín, el nuevo jefe de las fuerzas rioplatenses, se produjo un cambio de planes militares. Así, la ruta del Alto Perú para combatir a los realistas, cuyo centro de poder se encontraba en Lima, sobre el Pacífico, fue dejada de lado por la vía de Chile.

La guerrilla comandada por Azurduy se replegó hacia el sur, uniéndose finalmente a Martín Miguel de Güemes. A la muerte de Güemes, en 1821, se vio privada de toda ayuda y debió refugiarse nuevamente con sus hijos en el territorio del este, casi exclusivamente poblado por indígenas, donde murieron sucesivamente los cuatro pequeños y ella contrajo una severa enfermedad.

La campaña militar conducida exitosamente por San Martín a través de Chile culminó con la derrota española en el Perú y la conquista de Lima, su capital, por las tropas rioplatenses y chilenas. Las fuerzas insurgentes de Simón Bolívar, que habían triunfado en la parte norte de América del Sur (hoy Colombia, Ecuador y Venezuela) convergieron con las de San Martín en el territorio del actual Ecuador. Bolívar se hizo cargo del mando supremo de todas las fuerzas conjuntas sudamericanas.

En 1825, Bolívar, luego de visitar a Juana Azurduy y ver la condición miserable en que vivía, la ascendió al grado de coronel y le otorgó una pensión. Al salir, le comentó a su segundo, Antonio José de Sucre, elegido presidente del nuevo estado del Alto Perú, en adelante Bolivia:

Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre.

En ese tiempo, Juana Azurduy conoció a otra mujer extraordinaria de la independencia americana, Manuela Sáenz, que también recibió el grado de coronel por su papel en la lucha contra los españoles. Manuela Sáenz le escribió 8 de diciembre de 1825:

El Libertador Bolívar me ha comentado la honda emoción que vivió al compartir con el General Sucre, Lanza y el Estado Mayor del Ejército Colombiano, la visita que realizaron para reconocerle sus sacrificios por la libertad y la independencia. El sentimiento que recogí del Libertador, y el ascenso a Coronel que le ha conferido, el primero que firma en la patria de su nombre, se vieron acompañados de comentarios del valor y la abnegación que identificaron a su persona durante los años más difíciles de la lucha por la independencia. No estuvo ausente la memoria de su esposo, el Coronel Manuel Asencio Padilla, y de los recuerdos que la gente tiene del Caudillo y la Amazona.

Posteriormente, Sucre, como presidente, le aumentó su pensión, que apenas le alcanzaba para comer, pero el venezolano fue depuesto como presidente vitalicio de Bolivia en 1828 y, debido a los vaivenes políticos, Juana Azurduy dejó de percibir su paga en 1830. En una carta escrita en ese año, desde del Chaco argentino, donde había buscado ayuda entre los indígenas, reclama:

A las muy honorables juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución. (...) Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme.

Desde Salta, en territorio argentino, continuó solicitando al gobierno boliviano, ya independiente, sus bienes confiscados. La pensión que le habían otorgado le fue quitada en 1857 definitivamente bajo el gobierno de José María Linares. Juana Azurduy murió en la indigencia el día 25 de mayo de 1862 en vísperas de cumplir 82 años. Fue enterrada anónimamente en una fosa común.

Ni la cueca de Luna y Ramírez, ni las declaraciones oficiales que rodearon el todavía reciente nombramiento post mortem de Juana Azurduy como «generala» del Ejército argentino por la independencia de las colonias españolas de América del Sur se detienen en esta sucesión de ignominias que sufrió esta luchadora (nunca más apropiada la palabra).

Juana Azurduy también ha sido hecha «mariscala» del Ejército Boliviano.

IV

El que sigue es el texto del decreto 892/09 del Poder Ejecutivo Nacional argentino, publicado el 14 de agosto de 2009 en el Boletín Oficial de la República Argentina.

Más allá de la apreciación del circunstancial significado político del acto, que subraya el antepenúltimo de los considerandos (sobre las relaciones bilaterales con Bolivia y sobre la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas argentinas), es interesante observar el lenguaje y estilo del decreto presidencial argentino, más propios de un discurso electoral o una arenga cuartelera que de un documento de Estado.

Y sobre todo, la forma en que pasa de puntillas sobre las causas de la indigencia en que murió Juana Azurduy. La realidad es que el Estado boliviano la privó de su pensión de teniente coronel y el argentino nunca le concedió la de coronel.

El texto del decreto, de 910 palabras, emplea solo quince para referirse al sufrimiento y la miseria en que vivió Juana Azurduy las últimas cuatro décadas de su vida, tras su última batalla en 1823:

Finalmente, murió a la edad de OCHENTA Y DOS (82) años, humilde y sin fortuna.

Vale la pena leerlo en su totalidad. Lo firman dos mujeres: la presidenta argentina Cristina Fernández y su ministra de Defensa, Nilda Garré. Su texto completo dice:

B.O. 15/07/09 - DECRETO 892/09 - PERSONAL MILITAR - Promoción post mortem.
PERSONAL MILITAR
Decreto 892/2009
Promoción post mortem.
Bs. As., 14/7/2009

VISTO el expediente del registro del MINISTERIO DE DEFENSA N.º 20.139/2009, lo informado por el Jefe del ESTADO MAYOR GENERAL DEL EJÉRCITO, lo propuesto por la Ministra de Defensa, y CONSIDERANDO:

Que los antecedentes reseñados en el VISTO se refieren a la propuesta para el ascenso post mortem, al grado de Generala, de la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA.

Que Dña. Juana AZURDUY nació el día 12 de julio de 1780, en CHUQUISACA, actual territorio del ESTADO PLURINACIONAL DE BOLIVIA, entonces perteneciente al VIRREINATO DEL RIO DE LA PLATA. Su padre fue un español terrateniente y su madre, una hija de esta tierra. De aquél aprendió los quehaceres rurales, templando tempranamente su espíritu aguerrido ante la dureza del ámbito donde se crió.

Que en 1805 contrajo matrimonio con el criollo Manuel Asencio PADILLA, con quien compartía ideales de libertad, lo que la llevó a embarcarse en la larga lucha por la independencia de su tierra. Así, luego de los sucesos de mayo de 1810, Juana y su marido prestaron sin dudarlo su apoyo al primer ejército nacional, conducido por BALCARCE, CASTELLI y DIAZ VELEZ.

Que, derrotadas las fuerzas revolucionarias, Juana fue apresada junto a sus hijos, siendo posteriormente rescatada por su esposo, dedicándose ambos, con los nativos, a organizar la resistencia al poder realista. En este tiempo, Juana aprendió a usar la espada, la lanza y las boleadoras.

Que, a la llegada del General Manuel BELGRANO, Juana y su esposo se presentaron ante él para prestar su colaboración. Juana logró reunir una milicia integrada por DIEZ MIL (10.000) lugareños, a quienes entrenó y denominó Leales. Con ellos, combatió en AYOHUMA, y pese a la derrota, BELGRANO le obsequió, debido al coraje demostrado en el campo de batalla, una espada que ella usaría de allí en adelante. Había defendido el terreno con sus Leales hasta las últimas consecuencias.

Que Juana —quien vestía los colores celeste y blanco de la bandera de BELGRANO— peleó contra los realistas en la Guerra de Republiquetas, en el ALTO PERU. Ocurrida la batalla de CERRO DE VILLAR, el 14 de septiembre de 1814, BELGRANO pidió al Director Supremo de las PROVINCIAS UNIDAS DEL RIO DE LA PLATA, Juan Martín de PUEYRREDON, que le concediera el grado de Teniente Coronela de los Decididos del Perú, por su sobresaliente actuación.

Que Juana peleó en más de QUINCE (15) batallas e incluso, llegó a hacerlo estando embarazada. Finalmente, murió a la edad de OCHENTA Y DOS (82) años, humilde y sin fortuna, en la tierra que la vio nacer, el día 25 de mayo de 1862.

Que en 1825, el General Simón BOLIVAR la ascendió a Coronela. Con motivo de dicho ascenso, Manuela SAENZ tuvo oportunidad de comentarle, mediante una carta fechada el día 8 de diciembre de aquel año, que «El Libertador Bolívar me ha comentado la honda emoción que vivió al compartir con el General Sucre, Lanza y el Estado Mayor del Ejército Colombiano, la visita que realizaron para reconocerle sus sacrificios por la libertad y la independencia. El sentimiento que recogí del Libertador, y el ascenso a Coronel que le ha conferido, el primero que firma en la Patria de su nombre, se vieron acompañados de comentarios del valor y la abnegación que identificaron a su persona durante los años más difíciles de la lucha por la independencia». No estuvo ausente la memoria de su esposo, el Coronel Manuel Asencio Padilla, y de los recuerdos que la gente tiene del Caudillo y de la Amazona [...]

[...] Una vida como la suya me produce el mayor de los respetos... Debe sentirse orgullosa de ver convertida en realidad la razón de sus sacrificios y recibir los honores que ellos le han ganado.

Que, en atención a todo ello, resulta necesario saldar la deuda histórica de agradecimiento que el ESTADO NACIONAL tiene con la memoria de la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA, guerrera heroica e indoblegable de la independencia, por su destacadísima actuación en las filas de nuestras fuerzas libertarias; y conferirle, en consecuencia, el grado de Generala.

Que el reconocimiento que esta medida se propone entraña un llamado a tener presente la hermandad entre la NACIÓN ARGENTINA y el ESTADO LURINACIONAL DE BOLIVIA, que la figura de Dña. Juana AZURDUY interpreta, en el marco de la celebración del bicentenario de la independencia boliviana; y, asimismo, resulta pertinente para expresar un cambio en la cultura institucional de las Fuerzas Armadas que se orienta a consolidar el derecho de la mujer a alcanzar la máxima jerarquía a lo largo de la carrera militar y a participar activamente en la defensa de la Patria en condiciones de equidad, es decir, en  igualdad real de oportunidades con los hombres de la Defensa.

Que la DIRECCION GENERAL DE ASUNTOS JURÍDICOS del MINISTERIO DE DEFENSA ha tomado la intervención que le corresponde.

Que la presente medida se dicta en uso de las facultades otorgadas por el artículo 99, incisos 1.º, 12 y 13, de la CONSTITUCIÓN  NACIONAL.

Por ello,

LA PRESIDENTA DE LA NACIÓN ARGENTINA

DECRETA:

Artículo 1.º — Promuévese al grado de Generala post mortem a la Teniente Coronela Dña. Juana AZURDUY DE PADILLA.

Art. 2.º — Remítase al HONORABLE SENADO DE LA NACIÓN a los fines de su acuerdo respectivo.

Art. 3.º — Comuníquese, publíquese, dése a la DIRECCIÓN NACIONAL DEL REGISTRO OFICIAL, y archívese.

FERNÁNDEZ DE KIRCHNER. - Nilda Garré

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