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Mujer e independencias

Chilenas del Bicentenario

Por Isabel Allende. Diputada del Partido Socialista de Chile

Presentación

Si bien las mujeres se corresponden a la mitad de la población chilena, el registro de su participación en la historia colonial y republicana ha sido una materia de preocupación reciente. La participación de las mujeres en ámbitos sociales, culturales, económicos y políticos ha estado ausente en buena parte de los grandes relatos de la historia del país. Ello ha comenzado a cambiar a partir de las primeras investigaciones con perspectiva de género que se iniciaron en los años 80. El objetivo primordial ha sido reparar el desconocimiento sobre el pasado femenino y, asimismo, dar cuenta de que las mujeres hemos contribuido de manera sustantiva a la comprensión integral de la historia chilena.

Aunque se dice que su primer viaje a Chile se habría realizado en 1913, la destacada socióloga Julieta Kirkwood señala que ya en 1905 una feminista y libre pensadora española, Belén de Zárraga, formaba grupos de mujeres en las salitreras del norte de nuestro país, en los albores de la Independencia. En 2005 una mujer gana por primera vez las elecciones para acceder a la presidencia de la República de Chile, Michelle Bachelet, y con ello cambia el imaginario colectivo de las mujeres chilenas en el acceso al poder.

Estos dos hitos son expresiones del largo camino seguido por las mujeres chilenas en estos dos siglos. El bicentenario consolida la llegada de las mujeres a la esfera pública, en el poder político, y las consagra como sujetas de derechos.

Patriotas y realistas

La Independencia de Chile comienza con la proclamación de la primera Junta Nacional de Gobierno, el 18 de septiembre de 1810, que dio inicio a la etapa conocida como la Patria Vieja, que culmina en 1814 con la Reconquista o Restauración Absolutista. La llegada del Ejército Libertador en 1817 pone fin a ese segundo período y, con él, Bernardo O´Higgins se proclama primer jefe de Estado de Chile independiente, bajo el título de director supremo, hasta 1823. Ese año renuncia voluntariamente para evitar una guerra civil y se exilia en Perú hasta su muerte.

Las guerras de la independencia nacional afectaron la unión y cohesión de la sociedad colonial en su conjunto; muchas familias se dividieron entre la monarquía y la patria, y las mujeres, como parte integrante de la sociedad, no fueron ajenas a esta escisión en el cuerpo social de aquel entonces. No fueron espectadoras pasivas del conflicto; al contrario, participaron en él y se vieron afectadas por la guerra. Sin embargo, la historiografía las ha invisibilizado.

El repensar la acción y la participación femenina en la independencia de Chile se presenta hoy como un desafío que rescata la participación femenina en política, independiente de las ausencias en cargos públicos, ya que su influencia se expresaba en sus opiniones y consejos escuchados en distintas esferas de la acción masculina.

Las mujeres conservadoras

Previamente a la instalación de la primera Junta de Gobierno se celebraron en las iglesias de nuestro país una serie de novenas y misas en favor de la conservación del antiguo régimen. Del mismo modo, a fin de desprestigiar el movimiento juntista, se buscó alarmar a la población contra este proyecto; se decía que este sería el origen de una guerra encarnizada y sangrienta, y de la destrucción de la religión. Haciendo eco de estos rumores, muchas señoras de Santiago intervinieron en la arena política a fin de resguardar el orden colonial.

La influencia femenina escuchada y respetada en los círculos familiares se prolongó y proyectó al espacio público en defensa de los intereses del Rey. Este «poder invisible» no fue ineficaz del todo, pues contribuyó al retraso y a la tensión producida antes de la instalación de la Junta, así como a los sucesos acaecidos posteriormente a ella.

Las autoridades de los diversos gobiernos de turno reconocieron en reiteradas oportunidades el poder del influjo femenino y por ello buscaron atraer a las mujeres a su lado cuando era posible. En caso contrario, se buscó combatirlas a través de la prensa ridiculizándolas, confiriéndoles una serie de atributos nefastos a sus personas por el temor en las altas esferas políticas de su influencia.

La «impunidad femenina» atormentó fuertemente el sentir de los seguidores de la Patria Vieja, la dificultad de atacar el gran poder del sexo femenino, que retrasaba y deslegitimaba públicamente y a escondidas la marcha de la revolución, hizo a los hombres de esta emprender una suerte de guerra a través de la prensa.

El activismo político de las mujeres independistas

Por otra parte, durante el período de la Independencia de Chile, aunque las mujeres no participaron en la lucha armada como sucedió en otros países latinoamericanos, también protagonizaron un activismo político que recién comenzó a ser reconocido desde fines del siglo xix, a favor de la independencia, y, por tanto, sus posiciones frente al acontecer no fueron unívocas.

Mujeres de la elite santiaguina tuvieron un papel connotado durante la independencia. A muchas de ellas se las caracteriza como heroínas al estimular la valentía entre los libertadores por su actitud de sacrificio y por su entrega a la causa emancipadora. Asimismo, destaca la influencia que los pensadores ilustrados del siglo xviii tuvieron en la instrucción de las mujeres aristocráticas, que apoyaron la causa patriota colaborando con el Ejército Libertador.

La importancia de los salones

Como anfitrionas de los salones más frecuentados de la época, las mujeres de elite reunían a grupos políticos e intelectuales, ofrecían un cálido ambiente para el intercambio de ideas y consolidaban vínculos y alianzas útiles para el apoyo de las operaciones logísticas y militares de los patriotas. Aquí se canalizó la influencia femenina durante la época de la independencia. Era en el hogar, donde la mujer ejercía, en todas sus dimensiones, el poder de su influjo. Este espacio no era cerrado como muchas veces se supone, sino que constituía más bien el punto de reunión donde el mundo público y el privado se imbricaban al calor de la chimenea.

Los salones fueron los «encargados» de interrelacionar ambas esferas, pues allí se desarrollaba mayoritariamente por aquellos años la vida intelectual, social y política. Las tertulias fueron, por tanto, uno de los medios a través de los cuales el espacio femenino se mostró receptivo a las influencias del espacio cívico. Aquí fue donde las mujeres patriotas tuvieron sus primeros encuentros con las ideas de la revolución, aquí comenzó el ir y venir de las ideas que forjaron el movimiento de la emancipación. En estos, hombres y mujeres comenzaron a soñar con el advenimiento de un nuevo orden. De este modo, muchos de los hogares fueron transformándose en verdaderos núcleos de la revolución y la mujer estuvo presente en gran parte de ellos.

Tempranamente algunos salones comenzaron a adquirir notoriedad en relación a sus integrantes. El de Luisa Recabarren, mujer de notable instrucción para su tiempo, se dice que fue el punto de reunión de los patriotas, donde tomaba parte en las conversaciones y discusiones que pronto derivarían en los acontecimientos de 1810.

Al otro lado de los Andes, el salón de Javiera Carrera —hermana de los próceres José Miguel, Juan José y Luis—, en Buenos Aires, fue para los emigrados y proscriptos un pedazo de patria donde, reunidos y asilados bajo la protección de su anfitriona, maduraron ideas y proyectos de independencia del país: «Su tertulia era, en consecuencia, como un pedazo de Chile que los emigrados iban a saborear con ansiosa avidez». A su vuelta a Chile, en los días de la Patria Vieja, fue un confortable abrigo para todos los hombres y todas las ideas que comenzaban a presagiar un nuevo orden; fue en él, según afirma la tradición popular, donde una de las noches se desplegó a la vista de los concurrentes el primer estandarte de la patria que reemplazaría por algunos años el pabellón español.

No solo la práctica del salón se circunscribió a la sociedad santiaguina y a las clases más acomodadas, Águeda Monasterio, en su modesto salón, no reunió al mundo elegante, sino a la gente que vivía de su trabajo.

El período de la Reconquista

En la proscripción, bajo la autoridad del gobierno de la Reconquista, los salones nuevamente comenzaron a cumplir el papel de asilo de los conjurados. En estas circunstancias, las damas, como sus anfitrionas, brindaron apoyo, ayuda, asilo e información a los rebeldes del reino y a los que se encontraban tras los Andes.

Las tertulias fueron vistas como una fuente incesante de peligro para la tranquilidad del reino bajo el dominio español por lo que fueron sometidas a toda una suerte de vigilancia que, en más de una oportunidad, hizo caer a las damas que las presidían. Esta suerte corrieron Águeda Monasterio, Luisa Recabarren y Paula Pineda, entre otras más. En relación a esta última. Se asegura que «encerrada en la cárcel por los realistas, se le hizo sufrir porque no revelaba los nombres de los patriotas que se reunían en su casa: jamás salió una queja de sus labios, y soporto por largo tiempo su cautiverio, hasta que fue libertada por los patriotas».

Otra mujer destacada es Paula Jaraquemada, que valientemente ocultó a los 120 sobrevivientes del desastre de Rancagua albergándolos y negándose a entregarlos a los españoles.

Así, aunque privadas de la condición de ciudadanas, la política no estuvo ausente del horizonte existencial de las mujeres de la independencia.

Su contribución económica

Las mujeres, además de estar informadas del acontecer diario de esta, se interesaron y participaron en ella de diversas maneras. Una de las más importantes fue su contribución económica, pues gracias a ella pudieron solventar parte de los crecientes gastos que sobrepasaban a todas luces la capacidad fiscal del erario. La mujer contribuyó pecuniariamente a la causa que defendía. Tempranamente comenzaron a ser públicas aquellas erogaciones, las cuales se ajustaban a la capacidad de la o las donantes, según fuese el caso.

Los historiadores de nuestro país no se ponen de acuerdo en cuál de ellas debe llevar el título de madre de la patria. E incluso hay quienes dicen que no existe ninguna mujer a la que pueda atribuírsele tal título. Pero la académica e historiadora Sol Serrano destaca a Javiera Carrera y reivindica el gran valor del poder femenino en la gesta de la Independencia. Esta investigadora acuciosa de las relaciones hombre-mujer no cree que la carencia de una educación formal fuera decisiva para negarle a las mujeres algún grado de influencia en el nacimiento de la patria, como afirman algunos de sus colegas. «Separar lo público de lo privado, tal como se hace habitualmente, es un error de la historiografía porque en ese período eso no existía y prácticamente las familias son las unidades de poder. Lo que pasa es que lo hemos mirado así. Creo que hay muchas madres de la patria si tenemos una manera nueva de mirar las cosas», afirma.

Javiera Carrera es una mujer comprometida que tiene una vida muy trágica en la cual pierde todo lo que tiene por la lucha de su círculo familiar. Pierde a su marido y a sus hijos: con el exilio deja de ver a sus hijos y cuando vuelve se va a vivir al campo y tampoco los ve.

Las mujeres eran muy activas y las de estrato bajo estaban muy presentes en el trabajo. Dibujaban el paisaje urbano con las formas de poblamiento y sus principales ocupaciones estaban en la caridad, la protección a la infancia, y, muy pronto, en torno a los derechos laborales. Ahí estaban las mujeres.

Desamparo y persecución

También existen evidencias tempranas de que mujeres patriotas de otras clases sociales contribuyeron de diversas maneras a la acción independentista. Las investigaciones en archivos judiciales y de guerra y en epistolarios dan cuenta de ello. Las consecuencias sociales del apoyo a la causa de la independencia y realista arrastró consigo pobreza, desamparo y persecución entre la población femenina capitalina y de algunas provincias, pues su condición de mujer no fue una característica que inspirara indulgencia en uno u otro bando.

Algunas mujeres fueron desterradas o recluidas en sus hogares, cárceles o conventos y a aquellas que poseían patrimonios significativos les fueron requisados sus bienes. Otras, en cambio, se convirtieron en intermediarias ante las autoridades y, apelando al derecho de súplica, se empeñaron en obtener la liberación de sus familiares y la devolución de sus bienes. Por su parte, las más pobres, que trabajaban en oficios de lavanderas, cocineras o costureras, debieron asumir la manutención total de sus familias luego de que sus maridos, padres o hermanos fueron apresados o asesinados.

Como caso general, las mujeres de pueblo, sin tener ninguna riqueza, mantuvieron a sus hijos en un buen número de casos sin padre. La mujer popular, durante todo el siglo xix y gran parte del xx, jugó un rol importante en la manutención de esta familia uniparental que formaba el grueso de la población popular chilena. Este tipo de heroísmo no es considerado.

La historia de las mujeres de Chile combina el protagonismo y la acción social con la discriminación e invisibilidad.

La beneficencia, la educación y la igualdad cívica

La influencia de la Iglesia Católica

Durante el siglo xix, las mujeres chilenas en el ámbito público destacan por su dedicación a la beneficencia, sus aspiraciones en el acceso a la educación y el comienzo de la lucha por la igualdad de derechos.

La influencia de la Iglesia Católica fue decisiva en la participación de las mujeres en el ámbito de la beneficencia, y el obispado de la época les otorgó un rango de liderazgo en la conducción de las primeras instituciones como el Instituto de la Hermandad de la Caridad, que daría origen a hospitales que hasta hoy existen.

Las mujeres de elite tenían importancia como benefactoras, sobre todo en el caso de las viudas que fueron muy poderosas, como Candelaria Goyenechea, que fue socia de la primera sociedad anónima en Chile, la Compañía de Ferrocarril entre Santiago y Valparaíso, y Juana Ross (1830–1913). Esta última, esposa y viuda de Agustín Edwards Ossandón, fue una mujer riquísima que se dedicó a la beneficencia y que gastó parte importante de su fortuna en construir hospitales y hogares para niños. Ella sola organizó una sociedad con otras mujeres para fundar hospitales, hogares para huérfanos y colegios. En definitiva, realizó una labor social intensa en privado y anónima, y lo asumió como una forma de vida.

Las mujeres católicas acaudaladas no solo donaron su dinero para las diversas causas benéficas que iban en ayuda de los más pobres y desvalidos, sino que además intervinieron directamente con la Iglesia Católica y el gobierno respecto a su gestión y funcionamiento. Su posición política era más cercana a los partidos conservadores y clericales. De hecho, los políticos anticlericales veían un nexo estrecho y decían que el clero y los conservadores estaban movilizando «sus reservas femeninas».

La educación como herramienta de incorporación a lo público

En el campo educacional, en 1840, se creó la Escuela Nacional de Preceptoras, de donde egresaron cientos de maestras primarias y fue, en esta misma fecha, cuando se crearon los primeros colegios secundarios y fiscales para mujeres. A su vez, en 1871, Abdón Cifuentes, uno de los principales líderes del Partido Conservador, en su calidad de ministro de Educación, promovió un programa en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile para formar a mujeres matronas.

Dichos establecimientos fueron un factor clave para que en 1877, mediante un decreto del ministro liberal Luis Amunátegui, se validaran los exámenes rendidos por mujeres y posteriormente se les abrieran las puertas de ingreso a todas las carreras de la Universidad de Chile, siendo así esta la primera de América en dar tal oportunidad a las mujeres.

Ese mismo año ingresó la primera mujer en la universidad: Eloisa Díaz entró a estudiar medicina y se recibió en 1883 como doctora. En 1890 se recibieron nuevas profesionales: Ernestina Pérez como doctora; Matilde Troup como abogada; Paulina Starr como dentista; Glafira Vargas como farmacéutica; y Rosario Mandrágora como agrónoma. Y en 1893 diversas mujeres lograron ingresar en el Instituto Ciencia y Progreso, en Valparaíso, y dos años más tarde se creó el Liceo Femenino n.°1. A fines del siglo xix había 1.717 niñas en la enseñanza secundaria, 669 en escuelas normales y 394 en carreras técnicas.

A comienzos del siglo xx se formaron las primeras agrupaciones netamente femeninas como el Círculo de Lectoras para el estudio de la literatura femenina, fundado por la profesora radical Amanda Labarca, una de las más destacadas líderes feministas anticlericales; y el Club de Señoras, por Delia Matte Izquierdo, quien se preocupó de cultivar el intelecto dada la ignorancia de las mujeres de la clase alta respecto a las de clase media, ya que «apenas conocíamos los misterios del rosario.

También a través de las mancomunales —organizaciones de carácter territorial que agrupaban a los gremios por provincias—y las sociedades de la resistencia se comenzó a generar una embrionaria conciencia de género.

Las aspiraciones de igualdad cívica

La primera defensa del voto femenino se encuentra en Abdón Cifuentes, uno de los líderes del Partido Conservador, quien en 1865 hizo una defensa del voto de la mujer en su discurso denominado «Acerca del derecho electoral de la mujer». Asimismo, a través de varios periódicos de fines del siglo xix, a través de los cuales las mujeres católicas manifestaban su intención de inscribirse en los registros electorales, donde la evidencia disponible sugiere que esta iniciativa formaba parte de la estrategia del Partido Conservador para reforzar su base electoral más que para afirmar una postura a favor de los derechos de la mujer.

En este sentido, la posición de los anticlericales que buscaban la separación entre la Iglesia y el Estado, pero que se oponían al voto de la mujer, generó la deserción de algunas mujeres más liberales que apoyaron el anticlericalismo, y que se decepcionaron con el escaso apoyo obtenido para alcanzar este derecho. Es el caso de Martina Barros, que, habiendo apoyado la legislación anticlerical en 1880, se sintió hondamente decepcionada en 1884 cuando el Congreso rechazó el voto electoral de la mujer y pasó a integrarse en las líneas conservadoras, pese a que su posición feminista la hizo manifestarse también a favor del divorcio.

Después de la Primera Guerra Mundial surgen los deseos de igualdad ya que las mujeres comienzan a ocupar labores masculinas reemplazando a los soldados, y la lucha por el voto comienza a tomar fuerza, y nuevamente son los conservadores quienes lo promueven. En 1917, un grupo de jóvenes del Partido Conservador presentó el primer proyecto de ley que promovía la participación política de las mujeres aunque, una vez más, es rechazado en el Congreso.

En 1923 Teresa Flores es elegida en el Consejo Ejecutivo en la Federación Obrera de Chile (FOCH) conviertiéndose así en la primera mujer dirigente nacional de una central sindical chilena.

La reafirmación por los derechos sociales y laborales se expresa en 1929 mediante una publicación de las labores de la Cruz Blanca a través de la cual Adela Edwards de Salas aboga por una legislación que fije un salario mínimo y exige la igualdad de ingresos entre hombres y mujeres: «el salario de la mujer ha sido considerado únicamente como una ayuda a las ganancias del padre o del marido; sin embargo, es la mujer la que sostiene la familia…». Durante las décadas de 1920 y 1930 fue la «lideresa» más destacada del movimiento femenino católico y fundó un partido político en 1932, la Acción Nacional de Mujeres de Chile (ANMCH), aliado del Partido Conservador. Según ella se había dado cuenta de que «faltaban leyes para las mujeres…» así como beneficencia y asistencia social. Las mujeres católicas comenzaron a exigir igualdad civil y política.

Por su parte, la Acción de Mujeres Socialistas nació y se desarrolló en los años treinta. Los nombres dirigentes se repiten por casi un decenio: María Montalva, Blanca Flores, la escritora feminista Felisa Vergara o la ingeniera Violeta de la Cruz, entre otras.

Más de veinte años de lucha fueron necesarios para conquistar su ciudadanía y con ella un lento acceso a cargos de representación popular y de gobierno. El 11 de mayode 1935 un grupo de avanzadas chilenas se organizan para luchar por la igualdad de derechos de las mujeres a través de la creación del Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH). Sus fundadoras fueron Elena Caffarena, Olga Poblete, Marta Vergara, Graciela Mandujano, Flor Heredia, Evangelina Matte, Aída Parada, María Ramírez, Eulogia Román y Clara Williams de Yunge.

Permanecieron activas durante dieciocho años y jugaron un protagónico papel en las luchas que libraron las mujeres de esa época. Su organización se extendió a lo largo de todo el país y sus acciones fueron decisivas para lograr finalmente el derecho a voto de la mujer.

La participación local

En 1934 la nueva ley electoral municipal incluyó el voto femenino y en 1935 las chilenas votaron por vez primera en las elecciones municipales. Eso les fue concedido en tanto se entendía que lo local, el municipio, era en cierta forma una extensión del hogar y de la vida privada. La votación fue contabilizada en mesas separadas de los hombres, y de allí la tradición cívica chilena de mantener hasta hoy mesas de mujeres y de hombres.

En las primeras elecciones municipales el voto femenino favoreció a los conservadores, pero en la medida en que se fue ampliando el padrón electoral local de las mujeres, los radicales comenzaron a recibir más votación femenina. Igualmente, las leyes sociales promovidas por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, en 1938, desde el Ministerio de Salubridad, Asistencia y Previsión Social apuntaban a favorecer a la mujer. Un joven ministro de 31 años, médico y socialista, Salvador Allende, encabezó estas iniciativas para generar una política pública de protección a la madre soltera y a los hijos nacidos fuera del matrimonio, y un decisivo apoyo por reducir las altas tasas de mortalidad infantil, que en esos años hacían que Chile ocupara el primer lugar mundial en mortadlidad infantil.

A su vez, con el triunfo de Aguirre Cerda y el Frente Popular se introduce un cambio trascendental: una mujer asume el cargo de alcaldesa de Santiago y se convierte en la primera mujer de Sudamérica en dirigir un municipio. Es la socialista Graciela Contreras de Schnake.

De igual forma, en 1941 el presidente Pedro Aguirre Cerda presenta un proyecto de ley para el sufragio femenino, redactado por Elena Caffarena en 1940, el cual es apoyado por todos los partidos del Frente Popular. Este quedó archivado tras la muerte repentina de Aguirre Cerda, el año 1941.

La lucha de las mujeres por lograr el derecho a voto no solo implicaba el ser reconocidas y consideradas como ciudadanas y elegir a sus representantes; sino que, sobre todo, suponía ser partícipes de la toma de decisiones en la orientación de los cambios e instalar sus posiciones respecto de las desigualdades sociales, económicas y culturales. Chile era una sociedad con una estructura de hacendados, basada en el inquilinaje derivado de la colonia, perpetuando la carencia de «todo» de muchos frentes a la bonanza relativa de muy pocos.

En 1944 se organizó el Primer Congreso Nacional de Mujeres, en el que participaron 200 instituciones femeninas de todo el país, y del que nació la Federación de Instituciones Femeninas, que, con una gran diversidad ideológica, social y religiosa, presentó un nuevo proyecto de ley, con el que obtuvo el apoyo de la mayoría de las fuerzas políticas.

En ese período, también destaca Gabriela Mistral, quien tuvo una trayectoria previa como maestra de escuela y también una carrera consular que la llevo a Italia, España, Portugal, Guatemala y Brasil. Se solidarizó con la causa de la Guerra Civil española y desde 1914 recibió varios premios literarios. En 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, cuando aún en Chile la mujer no obtenía el derecho a voto. Fue la primera poetisa y literata hispanoamericana en hacerlo, y la primera de los latinoamericanos.

La creación del Partido Femenino de Chile, en 1946, por María de la Cruz, tenía como objetivo, entre otras cosas, ayudar en la lucha para obtener el sufragio femenino. Se dice que en su mejor momento el partido llegó a estar conformado por 27 000 militantes.

Durante el gobierno de Gabriel González Videla (1946-1952), se crea la primera Oficina Nacional de la Mujer. La idea era luchar para que ellas mejoraran su situación como mujeres trabajadoras y, por supuesto, como madres. Fue Inés Enríquez la primera mujer que ocupó el cargo de directora.

En 1949, después de largas batallas dadas en todos los planos de la sociedad, las chilenas acceden al voto político. Todos los partidos apoyaron la iniciativa y la ley fue aprobada por unanimidad. En 1952 las mujeres chilenas votaron por primera vez en una elección presidencial en la que el elegido fue Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958).

La obtención del voto femenino fue recibida igualmente con inquietud por los partidos políticos. La respuesta electoral era una incógnita e incluso algunos llegaron a verlo como una amenaza para la democracia; sin embargo, la demanda era imparable. Asimismo, comparativamente con el resto de los países de América, Chile se estaba quedando rezagado en una conquista política que parecía ya muy necesaria.

El derecho a voto de las mujeres mostró que había grandes diferencias entre ellas, que el logro de pocas también significó el acceso a muchas, que no compartían, no entendían y se dejaban manipular por la religión, sus esposos y los hombres que tradicionalmente detentaban el poder. Por muchos años, más mujeres votaron por gobiernos conservadores y sustentaron así la permanencia de la tradición y las diferencias de clase hasta bien entrado el siglo xx.

Participación política de la mujer y legislación a su favor

Dado que las mujeres hasta 1952 no fueron reconocidas como ciudadanas como tales no habían podido ser ministras, diputadas o senadoras. A partir de ese año, desde que Adriana Olguín, una mujer excepcional, fue ministra de Justicia, la mujer pudo ser ministra en Chile, y Amanda Labarca fue nombrada la primera embajadora ante las Naciones Unidas.

En 1952, el Partido Femenino apoyó a Carlos Ibáñez del Campo y logró inclinar la balanza en su favor dándole una gran victoria en las mesas de mujeres, que por primera vez votaban. La segunda ministra fue nombrada ese mismo año y María Teresa del Campo asumió el cargo de ministra de Educación.

En las elecciones parlamentarias de 1953 logran elegir como primera senadora de Chile a María de la Cruz. Posteriormente fue inhabilitada por el mismo Senado. Nunca se aclaró exactamente la situación pero su participación política generó una transversal desconfianza masculina.

Por su parte, el MEMCH se disolvió en 1953 y sus integrantes se unieron a otros referentes políticos.

Corría la década de los 50 y, si bien Salvador Allende era un visionario y lentamente iba convocando a los chilenos para vencer su miedo y hacer frente a los poderosos históricos, sus campañas de 1952 y 1958 no lograron convencer a las chilenas. El Allende líder, poco a poco, lograba instalar algunas de sus visiones y convicciones sobre los cambios más urgentes, y nuevas ideas profundas para que el pueblo se apropiara de la sociedad y validara una nueva cultura de solidaridad y modernismo en el país. Aún así, en el conjunto de las organizaciones políticas que lo apoyaban, las mujeres no destacaban. La mujer seguía siendo la madre, la esposa o la compañera que salía a trabajar cuando el empleo masculino escaseaba.

Sin embargo, desde su rol como parlamentario, impulsó las principales leyes sociales que beneficiaron a las mujeres, como la Ley de Asignación Familiar, con obligación de ser pagada a la mujer y solo cobrable por ella; la ley que prohibía la enajenación de los bienes por parte del esposo; la ley que aprobó la legitimidad de los hijos, aunque se hubiera declarado nulo el matrimonio; y una de las más importantes como fue la ley que creó el Servicio Nacional de Salud y que generó el mayor impulso en el fomento y la protección de la salud materno-infantil en Chile.

Dirigentas sindicales, diputadas y senadoras

En la década de los años 50 las mujeres trabajadoras comenzaron a expresarse a través de liderazgos sindicales, apoyados por los partidos de izquierda como el Partido Socialista y el Partido Comunista. Su presencia se manifiesta en huelgas y protestas frente a tratos laborales injustos y discriminatorios. A partir de estas luchas emergen nuevas dirigencias y en 1957 son elegidas en el Congreso Nacional de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) Livia Videla, Mireya Baltra y Graciela Trujillo.

Ese mismo año fue elegida Inés Enríquez, la primera mujer diputada, militante del Partido Radical, integrando la Comisión de Relaciones Exteriores y la Comisión Especial sobre Vagancia Infantil. Fue reelecta en 1961 y se integró a la Comisión de Trabajo y Previsión Social y como reemplazante de la Comisión de Vías y Obras Públicas. Volvió a ser reelecta en 1965 y fue parlamentaria hasta 1969.

En la década de los 60 las mujeres en Chile llegaron a ser el 22% de la fuerza laboral y durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva se organizaron cientos de centros de madres en las poblaciones, que adquirieron personalidad jurídica a través de la Ley de Promoción Popular. También se generalizó el uso de anticonceptivos y se iniciaron los primeros programas de planificación familiar a través de la entrega gratuita de dispositivos intrauterinos y píldoras en los consultorios públicos. Asimismo, se aprueba la Ley para la jubilación de las mujeres a partir de los 55 años.

Al finalizar los años 60, habiendo transitado desde un gobierno de derechas, encabezado por Jorge Alessandri (1958-1964), y continuando por la propuesta de «revolución en libertad» de la Democracia Cristina, una opción de centro presidida por Eduardo Frei Montalva (1964-1970), las mujeres en Chile, en cerca de 20 años de haber accedido a la igualdad cívica, llegaron a acceder a 22 escaños de diputadas y 3 senadoras. Mujeres socialistas como Carmen Lazo, Auristela Fernández, Marta Melo, Fidelma Allende e Irma Moreno son dirigentes que colaboran desde sus cargos partidarios a esta importante conquista política.

El Gobierno de la Unidad Popular

Salvador Allende se propuso crear el Ministerio de la Mujer, dejando listo el proyecto para su presentación. Previamente organizó por decreto la Secretaría Nacional de la Mujer, cuyo cargo ocupó Carmen Gloria Aguayo, a quien le reconoció un rol ministerial a la espera de la promulgación legislativa que no alcanzó a producirse. Este organismo será la base desde la cual se creará el Servicio Nacional de la Mujer después de la recuperación de la democracia en 1990.

Durante la Unidad Popular se propuso un Nuevo Estatuto de la Familia que contemplaba el derecho de la mujer a celebrar contratos, enajenar e hipotecar sus bienes sin autorización del esposo, el cuidado y manutención de los hijos por ambos padres, la filiación única que terminara con la distinción entre hijos legítimos, ilegítimos y naturales, el reconocimiento jurídico a las parejas estables no casadas, y tribunales familiares para facilitar la separación.

Se apuesta por un programa social público que favorece directamente a las madres y los hijos a través del mejoramiento de la calidad de vida de la población, considerando salud, vivienda y educación, un mayor acceso a programas materno-infantiles, organización de programas de capacitación para la mujer, entrega gratuita de ½ litro de leche a niños y mujeres embarazadas, y una ampliación del período postnatal de 45 a 90 días. Todo lo anterior se expresa en el descenso de la mortalidad infantil, de la natalidad y de la fecundidad.

Asimismo, Allende contó con la colaboración de Mireya Baltra como ministra del Trabajo (primera mujer en ocupar esta cartera) en 1971. De igual manera, contó con la estrecha colaboración de Beatriz Allende, quien participó desde la Secretaría de la Presidencia. Además, durante su gobierno 23 mujeres fueron diputadas y 2 senadoras, destacando entre ellas, su hermana Laura Allende, María Elena Carrera, Amanda Altamirano, Silvia Araya, Julieta Campusano, Fidelma Allende o Gladys Marín, entre otras.

También es destacable la gran expresividad cultural que las mujeres fueron desarrollando en esos años inspiradas en figuras anteriores como Violeta Parra, Marta Brunet, María Luisa Bombal o Isidora Aguirre, que desde distintas vertientes artísticas ayudaron al país. Las manifestaciones de Isabel Parra, Marta Colvin, Gracia Barrios y muchas otras contribuyeron al rico acervo cultural de ese período.

Mujeres en la Dictadura Militar

Apenas producido el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, las mujeres se organizaron en torno a la defensa de la vida. Las primeras expresiones de ello se encuentran en el Comité Pro-Paz, creado por el cardenal católico Raúl Silva Henríquez, el 4 de octubre de 1973. Destacaron mujeres como Ana González, Sola Sierra, Viviana Díaz, Lorena Pizarro, y las abogadas Fabiola Letelier y María Luisa Sepúlveda.

La defensa de los derechos humanos

En esta primer etapa que puede ubicarse hasta el año 1976 la organización de las mujeres responde a la violación sistemática de los derechos humanos. Surgen diversas agsociaciones, siendo las más emblemáticas la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Agrupación de Presos Políticos, y la Agrupación de los Ejecutados Políticos. Se busca la solución al caso personal derivando en la denuncia y luego en la presión social.

La labor periodística se transforma en algo fundamental: el rol de Radio Cooperativa y periodistas como Patricia Verdugo y Mónica González fueron claves en la denuncia de los peores crímenes que cometió la dictadura. Desde un comienzo documentaron y recopilaron fuentes y antecedentes claves para varios de los procesos más emblemáticos. Permitieron hacer justicia y establecer verdades históricas y fueron parte de la conciencia vigilante que denunció y no claudicó en la búsqueda de la verdad y la libertad.

En el exterior, en el ámbito de la solidaridad internacional, las figuras emblemáticas de Hortensia Bussi de Allende, Moy de Tohá e Isabel Margarita Morel de Letelier generaron una red de solidaridad mundial y dieron a conocer el drama que vivía el país bajo la dictadura militar. También lo hicieron Cecilia, Angélica y Sofía Prats Cuthbert, hijas del General Carlos Prats y Sofía Cuthbert —asesinados en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1974— que lucharon junto a la abogada Pamela Pereira por la justicia frente a un crimen horrendo e injustificable.

Por la subsistencia básica

Asimismo surgieron grupos de mujeres para satisfacer necesidades de subsistencia. Bajo el amparo de la Iglesia Católica aparecieron los comedores infantiles, los talleres laborales, los huertos familiares, las ollas comunes y los «comprando juntos», que buscaban apoyar y resolver solidariamente las principales dificultades económicas, producto de la alta cesantía imperante y la pobreza que llegaba a cifras cercanas al 40%.

Tempranamente la dictadura militar organizó una amplia red de voluntarias basándose en la estructura de centros de madres. Así, el 13 de noviembre de 1973 se creó CEMA Chile, llegando a contar con 50 000 integrantes. Ellas fueron la base de apoyo popular femenino que tuvo Pinochet.

La problemática específica de la mujer

Las mujeres comienzan a preguntarse por su problemática específica a partir del Año Internacional de la Mujer (1975) y del Decenio de la Mujer de Naciones Unidas (1975-1985), entre otras múltiples iniciativas internacionales. Chile se sensibiliza en relación al tema, a través de mujeres de instituciones de apoyo, partidos políticos y, por ultimo, de organizaciones populares. Es así que van surgiendo un sinfín de organizaciones que van cuestionando la discriminación de la mujer. Nace el Movimiento Feminista y se generan una diversidad de movilizaciones y en el auge de estas se acuña «la democracia en el país y en la casa». Nacen organizaciones como Mujeres por la Vida, Mujeres Democráticas, Mujeres de Chile, entre otras.

La pionera en la elaboración teórica feminista en Chile fue la socióloga Julieta Kirkwood: ella fue la responsable de la visibilización y reconocimiento de la sabiduría feminista latinoamericana. Cuestionó los viejos paradigmas de género legitimados por las ideologías políticas y religiosas, el poder de los partidos políticos para poner en crisis militancia y «deber ser» ideológico, los rígidos roles de género y las contradicciones entre conductas públicas y privadas. Sus principales aportes se encuentran en su reflexión sobre los «lugares de enunciación de los saberes feministas» y lo que llamó «los nudos de la sabiduría feminista». La producción de los saberes feministas, en particular en Latinoamérica, no se hizo desde la academia: estos nacieron de la experiencia cotidiana de visibilizar un sujeto que no lo era frente a las propias mujeres y frente a la sociedad. Para esta última la producción de saberes del feminismo se hizo al nombrar lo que hasta ese momento no tenía nombre, produciendo discursos propios, evidenciando la distancia entre teoría y práctica. Así, al nombrar lo privado en clave política era posible convertir lo personal en un proyecto colectivo.

La dictadura militar se institucionalizó y las mujeres se interrogaron respecto a su rol en este orden social, cultural y político. En este contexto se realizan los primeros encuentros masivos y se convoca a la celebración del Día de la Mujer. Surgen organizaciones con el objeto de reflexionar acerca de la condición de la mujer y otras como referentes de partidos o sectores políticos.

Movilización de las mujeres

Durante los años 80, las mujeres se movilizan contra la dictadura con sus demandas específicas. Ellas, junto a los jóvenes en las poblaciones y en las universidades y los trabajadores, comienzan a ser las primeras expresiones de rebeldía contra los militares.

En este período el trabajo de organismos no gubernamentales se desarrolla a través de programas dirigidos a la mujer de escasos recursos y se crean instituciones dedicadas exclusivamente a las mujeres. Con ello se facilita la toma de conciencia de las mujeres de la condición de género enriqueciendo su práctica organizativa. Proliferan los pequeños grupos que problematizan su vida cotidiana desarrollando entre sus participantes una alta carga de afectividad y solidaridad.

Organizaciones como Isis Internacional, el Círculo de Estudios de la Mujer, la Morada, el Centro de Estudios de la Mujer o el Instituto de la Mujer van dando fundamento conceptual e institucional a las nuevas demandas de las mujeres. Eliana Largo, Soledad Larraín, Ximena Valdés, Teresa Valdés y Natacha Molina, entre otras, fueron varias de las mujeres que promovieron y desarrollaron las posiciones feministas que respaldaron la lucha política de las mujeres.

En julio de 1983 renace el MEMCH como instancia de coordinación de organizaciones de mujeres. Participan en su refundación dos importantes dirigentes y fundadoras del antiguo MEMCH como Elena Caffarena y Olga Poblete. El nacimiento de este nuevo MEMCH se da en plena dictadura como culminación de un proceso de búsqueda por parte de las mujeres para encontrar caminos de unidad y convergencia que les permitieran enfrentar los difíciles momentos que se vivían en Chile, y se extiende en regiones como Valparaíso, destacando la participación de Marta Díaz y Elena Rivera.

Las manifestaciones culturales también encuentran en las mujeres expresiones múltiples y diversas. Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld, Ana María del Río, Marcela Serrano y Pía Barros son ejemplos de ello.

Hacia la recuperación de la democracia

A partir de la implementación del estado de sitio de 1986, después del fallido atentado a Pinochet, el movimiento declina sus actividades públicas, con excepción de los 8 de marzo. Se establece que la salida de la dictadura será negociada y determinada en plazos.

Al optarse por la denominada «vía jurídica hacia la democracia», cuando la oposición a Pinochet decide participar en el Plebiscito de 1988 a través de los denominados «partidos instrumentales», ya un año antes, las mujeres se habían involucrado en el plebiscito para asegurar el triunfo del NO y pasan a formar parte de la red que promovió la inscripción electoral mayoritaria —cabe recordar que hasta esa fecha no existían registros electorales—. Este hecho permitió supervisar su realización y ganarle al dictador «con un lápiz»: Wilna Saavedra, Mariana Aylwin, Marta Lagos, Clarisa Hardy, Mónica Silva, fueron parte de las mujeres que desde los partidos colaboraron en la potente red que se gestó en todo Chile.

Se publican las Demandas de las Mujeres a la Democracia, que incorporan, además de la vuelta a la democracia, una crítica al orden social establecido y diversas apreciaciones críticas ante la situación discriminatoria de la mujer. En esos documentos aparecen reivindicaciones específicas de género y demandas por la incorporación de la mujer al programa de gobierno democrático.

Se forma la Concertación de Mujeres por la Democracia que elabora un programa de Gobierno para la mujer y en él se propone la creación de una oficina de gobierno especializada en el tema, con rango ministerial. También, a partir de la formación de los partidos políticos instrumentales que se crean a fines de la dictadura militar, participan en las elecciones presidenciales y parlamentarias. La Concertación obtiene cuatro diputadas: Laura Rodríguez, María Maluenda, Adriana Muñoz y Eliana Caraball; al Senado acceden dos: Carmen Frei y Laura Soto.

La vuelta a la Democracia

Tras diecisiete años de gobierno militar que interrumpieron una larga historia democrática, el país afrontó una coyuntura llena de desafíos y esperanzas. Recuperado el ejercicio de la democracia mediante un proceso de articulación de movimientos sociales y actores políticos, el gobierno del Presidente Aylwin buscó materializar un programa que incluyera la efectiva democratización de la sociedad, recuperando las antiguas tradiciones y promoviendo una creciente adecuación a los nuevos tiempos. Internamente, las heridas de innumerables violaciones a los derechos humanos y ciudadanos se presentan por primera vez desde el Estado. En el plano internacional, comienza la reinserción en la comunidad latinoamericana y mundial.

La creación del SERNAM

La democracia no puede desconocer a las mujeres. El Presidente Aylwin, en 1990, nombra a Soledad Alvear, demócrata cristiana, como la primera ministra en democracia para que instale el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM). Será este el único cargo ministerial que ocupe una mujer en el primer gobierno democrático después de la dictadura militar. Una socialista, Soledad Larraín, asume el cargo de subsecretaria o secretaria de Estado.

En 1991 se crea institucionalmente y en 1994 se inicia la ejecución del primer Plan de Igualdad de Oportunidades para las mujeres chilenas. Las necesidades y demandas de las mujeres empiezan a formar parte de las agendas de los ministerios y del Estado en su conjunto.

Institucionalización y visión de género

La década de los noventa fue la de la institucionalización de la lucha contra la discriminación de las mujeres: se incorpora en el Estado el concepto de género y se adquieren las herramientas teórico-metodológicas necesarias para elaborar políticas públicas que reconocen las diferencias entre mujeres y hombres y, por tanto, sus necesidades específicas. La visión de género se cuela por todas las rendijas de la burocracia estatal, como también lo hacen los Programas de Mejoramiento de la Gestión (PMG) de género —aún vigentes— con herramientas eficaces para medir los avances en la incorporación de medidas de equidad de género.

El proceso de transición es liderado por los partidos políticos y el movimiento social que hizo posible la salida de la dictadura no tiene presencia. Comienza un período de reordenamiento de lo social, lo político y lo gubernamental. Las mujeres tienden a atomizarse, existe un flujo desde las ONGs, los partidos políticos y las organizaciones sociales hacia las estructuras de gobierno. Los grupos feministas y de instituciones de investigación con perspectiva de género tienden a incorporarse al Servicio Nacional de la Mujer o postular a candidaturas parlamentarias o alcaldicias. Son pocas las instituciones que permanecen, la mayoría se reorganiza y las redes de mujeres tienden a dispersarse y perder poder público.

Chilenas en el siglo xxi

Desde 1952 hasta 2000, solo siete mujeres han sido ministras frente a los 490 hombres que han sido ministros.

En el siglo xxI, el presidente Lagos aumentó esa cifra a más del doble ya que durante su gobierno nueve mujeres ocuparon carteras ministeriales. Cuando Michelle Bachelet se convirtió en la primera mujer presidenta de la República de Chile, su gabinete fue también el primer gabinete paritario de la historia del país. A la fecha, la presidenta Bachelet ha nombrado a quince mujeres ministras.

La vida cívica de las chilenas comenzando el siglo xxi

En los 48 años de vida cívica del siglo xx siete mujeres (1,4%) encabezaron ministerios. En los primeros 8 años del siglo xxI esta cifra ha aumentado a 24 mujeres (5,5%).

Las mujeres somos el 52,5% de la base electoral y más de la mitad de los padrones de la militancia partidaria. Sin embargo, las candidaturas municipales de mujeres el año 2008 ascendieron a un 23% para las alcaldías y un 28% para las concejalías. Los resultados: las mujeres alcaldesas electas apenas superan el 20% y la más afectada es la Concertación que solo logra un 15,2% de mujeres electas en las recientes elecciones.

Si consideramos las últimas elecciones parlamentarias, realizadas en diciembre de 2005 junto a las presidenciales, no se produjeron variaciones numéricas, ya que mantuvimos a dos senadoras en los mismos partidos —DC y UDI—, que representan un 5,2% del total, y entre las diputadas, pasamos de ser 16 a ser 18 gracias a que el PS logra subir de una diputada a tres, y de un 13,3% alcanzamos hoy un 15%. Hoy, la Concertación cuenta con una senadora, Soledad Alvear, y nueve diputadas: Carolina Tohá, María Antonieta Saa, Ximena Vidal, Adriana Muñoz, Laura Soto, Clemira Pacheco, Denise Pascal, Carolina Goic e Isabel Allende.

Participación en el mercado laboral

La tasa de participación femenina en el mercado laboral es del 39%, la más baja de América Latina y el Caribe. En Chile un tercio de la masa laboral femenina se concentra en trabajos de baja calificación y baja remuneración. A la vez, las mujeres que ocupan cargos de alta responsabilidad reciben un sueldo un 30% inferior del que recibiría un ejecutivo por desempeñar las mismas tareas. El estereotipo de la mujer trabajadora en los medios de comunicación es bastante negativa: es una trabajadora secundaria que se incorpora al mercado por necesidad, para apoyar al esposo. Las mujeres no buscarían trabajo por realización personal, y además, su salida del hogar, afectaría a los hijos.

Las chilenas somos urbanas

Las mujeres chilenas son acentuadamente urbanas, más que los hombres, principalmente las jóvenes adultas. Han reducido apreciablemente su fecundidad en los últimos cuarenta años (de 5 a 2,6 hijos de promedio) y han mejorado notablemente su condición educativa. Además, un tercio de las mayores de 15 años participa en el mercado laboral y algo más de la mitad vive en condiciones de pobreza. Con estos rasgos sociodemográficos, participan abundantemente en las organizaciones sociales de base pero son aún una exigua minoría en los ámbitos de poder y toma de decisiones.

Este perfil basado en cifras promedio —útil especialmente para su comparación con los hombres— presenta particularidades por sectores. Entre las mujeres urbanas, el factor diferencial más importante se refiere al nivel socioeconómico. Las mujeres pobres —más de la mitad de la población femenina urbana— tienen una fecundidad mayor, deficiencias educativas y ocupacionales, y acentuadas carencias en el campo de la salud. Por su parte, las más pobres han generado estrategias de supervivencia y han acudido al mercado de trabajo en condiciones de subempleo e informalidad.

Las mujeres rurales muestran en general rasgos sociodemográficos más deprimidos si bien han alcanzado niveles educacionales semejantes a los varones rurales. Destaca su invisibilidad productiva: se registran trabajando económicamente menos del 20% de las que están en edad de hacerlo. Un sector particular de mujeres es el indígena, que, además de sufrir discriminación por razones de sexo y etnia, presenta la fecundidad más alta, la menor esperanza de vida y, en general, las peores condiciones socioeconómicas del país.

Michelle Bachelet, primera mujer presidenta de la República

Finalmente, el siglo xxI trajo a Chile, como al resto del mundo, la globalización y con ella la complejización de relaciones interpersonales entre sexos, haciendo que cada vez más mujeres se orientaran a la búsqueda de la autonomía personal y política. La academia se plaga de estudios de «género»; el mayor acceso al conocimiento también hace posible que muchas más mujeres se sientan y actúen como sujetas de derecho llegando a alcanzar niveles cada vez más altos en la pirámide de distribución del poder político vigente en el país, hasta el logro más importante: la elección de Michelle Bachelet como presidenta de la República de Chile en diciembre de 2005.

La presidenta Bachelet, al asumir el cargo en marzo de 2006, creó el primer gabinete paritario de la historia de Chile y declaró:

La paridad no solo constituye un medio para promover una mayor participación de la mujer en distintos ámbitos de la vida en sociedad, sino también debe ser vista como una herramienta esencial para la profundización y perfeccionamiento de nuestra democracia.

Hablar de paridad, en consecuencia, implica hablar de una democracia más profunda y efectiva.

Desde esta perspectiva, cualquier democracia que no considere la paridad o la equidad de género como un elemento de su esencia es, sin duda, una democracia imperfecta.

Todos estos antecedentes permiten aseverar que en el Chile del Bicentenario las mujeres no solo seguirán presentes, sino que serán más visibles y deberán confrontar con mayor fuerza el latigazo inevitable de la vuelta del péndulo, que se anuncia desde los ámbitos masculinos que auguran que después de un gobierno liderado por una mujer socialista no cabe más que un gobierno liderado por un hombre de derecha.

Las mujeres del Bicentenario no creemos que eso tenga por qué ser así; después de todo, el siglo recorrido solo nos ha dejado la experiencia del poder en el cuerpo social, y en colectivo, las chilenas no estamos dispuestas a que el poder se vuelva a concentrar dejando que quienes ocupan el poder económico vuelvan a ocupar también el poder político. Aún tenemos mucho por hacer para dejar que el Bicentenario empiece de esa manera y nuestra voluntad esta puesta en hacer que esta nueva etapa de la República de Chile tenga a las mujeres como representantes y expresión cabal de la realidad de nuestro país.

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