Por Consuelo Triviño Anzola. Escritora colombiana
Si bien este encuentro en homenaje a Lorca aborda su condición de viajero por América, aprovecho la ocasión para subvertir el orden de cosas y referirme a un viajero latinoamericano, un colombiano, que conoció a Lorca en su visita a España. Ocurrió poco antes de que este se embarcara a América y por la correspondencia entre ellos, podemos deducir que su amistad fue profunda y cómplice. Se trata de Jorge Zalamea (1905-1969), poeta, ensayista y crítico, más conocido por sus traducciones del Nobel Saint John-Perse que por sus obras, nada despreciables, por cierto, ya que sus versos tocaron las fibras del alma popular, en un momento en que la poesía, asumida como hecho colectivo en Colombia, conquistaba los espacios públicos e incluso veía crecer su audiencia difundiéndose por la radio, como ocurrió con su célebre poema El sueño de las escalinatas.
Asumimos que Zalamea conoció a Federico García Lorca en torno a abril de 1928. No obstante nos faltan las fuentes documentales que permitan establecer una cronología detallada de esa amistad, pues no sabemos con exactitud cuándo ni en qué circunstancias se conocieron1. La única constancia de este hecho son las cartas fechadas que Lorca le escribió y que se recogen en distintas ediciones de su obra, junto al testimonio de Zalamea publicado en homenaje a Lorca, treinta años después de su ejecución y en el que habla de su amistad2.
Carecemos de información documentada sobre las experiencias comunes, sobre lecturas y proyectos compartidos, si los hubo. En su artículo: «Federico García Lorca, hombre de adivinación y vaticinio», Zalamea señala dos fechas: 1928 y 1932. Primero se sitúa en el otoño de 1928 cuando le presentó a Lorca el político colombiano, su compañero de generación, Alberto Lleras Camargo, y en el verano de 1932 cuando los dos coinciden en la finca de unos amigos en Canillejas, entonces a las afueras de Madrid. Zalamea destaca aspectos de la personalidad del poeta, su intuición y dotes adivinatorias. Nos cuenta que compartió con él la lectura de Ulises de Joyce y que a Lorca le bastó con escuchar sus opiniones para dar posteriormente una charla sobre la novela sin haberla leído, o al menos, eso es lo que le confiesa. A Zalamea le impresionó que, en la charla, Lorca expresara con extraordinaria agudeza ideas sobre la novela que superaban las propias y que, al mismo tiempo, le confesara que no había leído el libro.
Sobre las cualidades adivinatorias del poeta, Zalamea señala que se manifestaban en su percepción de las fuerzas ocultas, en el temor a los muertos y la adivinación de hechos del pasado, que lo transportaba a una suerte de trance. En aquella casa de Canillejas nos cuenta que Lorca se empeñó en que yacían enterrados seres cuya presencia se manifestaba. En efecto, aclara Zalamea, posteriormente se pudo comprobar que en otro tiempo allí había existido un cementerio (Zalamea, 1978: 805).
Las cinco cartas que comentaré nos revelan el grado de amistad entre ellos y sus textos, a la vez, nos permiten establecer comparaciones y señalar coincidencias o afinidades entre ellos. Por supuesto, establecer paralelismos entre Jorge Zalamea y Federico García Lorca no deja de ser arriesgado. Sin embargo, me atrevo a plantear algunas cuestiones derivadas de mi lectura de de algunos textos en los que explican sus respectivas poéticas y donde se aprecian algunas coincidencias. Lo expresado por Lorca en sus conferencias, influyó, probablemente, en la percepción estética de Zalamea. Textos suyos como «La consolación poética», donde confiesa lo que le ocurrió cuando descubrió la poesía de Saint John Perse, coinciden con algunos planteamientos lorquianos en «Juego y teoría del duende» (1928) donde Lorca intenta desentrañar el misterio de la poesía remontándose a la tradición popular, asignándole una dimensión humana: «Todo hombre, todo artista, llámese Nietzsche o Cézanne, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con su duende, no con su ángel, como se ha dicho, ni con su musa» (García Lorca, F., 1997: 152). Y es que las cartas de Lorca enviadas a Zalamea permiten conjeturar intensas conversaciones sobre la angustia vital del ser humano y su búsqueda interior, sobre el viaje que todo artista emprende cuando se sumerge en los misterios de la poesía.
Si Lorca padeció los tormentos de la pasión y las inseguridades del artista, Zalamea no fue menos visceral en su búsqueda de las verdades estéticas ni en su concepto de la amistad. El perfil que Álvaro Mutis ofrece de Zalamea destaca su experiencia en España, el encuentro, además de con Lorca, con Ricardo Baeza. Para Mutis es importante este encuentro, pues Baeza lo inicia en los secretos de la traducción. De esa época señala dos traducciones de Zalamea firmadas por Baeza, El negro Narcisus y La línea de la sombra de Conrad. Y es que poetas como José Emilio Pacheco consideran que lo mejor de la obra de Zalamea es su traducción de Saint-John Perse, el mérito que supuso volcar tan poderoso caudal estético a la lengua castellana, el haber puesto su talento, su propia voz, a una poesía que adquiere una nueva dimensión en otra lengua. Pero lo que interesa en este encuentro es subrayar la relación entre estas dos figuras, su conocimiento mutuo y la riqueza que suponemos se deriva del diálogo entre ambos.
Zalamea deja constancia de su conocimiento de Lorca y de la Generación del 27 en La vida maravillosa de los libros: «En una síntesis genial García Lorca ha desposado la cultura con lo popular y ha injertado el espíritu nuevo en el viejo tronco. Los artistas jóvenes de España ven repentinamente cómo no hay oposición entre lo clásico y lo moderno; cómo es posible extraer del pueblo las hondas esencias poéticas; cómo se trabajan en el juego de luz, de armonía y de inteligencia, las formas olvidadas de la poesía castellana, con las imágenes más audaces y originales para crear un arte de riquísimo contenido anecdótico, de incontenible fuerza dramática» (Zalamea, 1978: 245), ideas muy similares a las expuestas por el poeta en su célebre conferencia sobre Góngora.
La detallada cronología lorquiana permite presuponer encuentros en Madrid, antes del viaje del poeta a Nueva York en junio de 1929, tras visitar París y Londres, ciudad donde permaneció hasta el 6 de marzo, cuando viajó a La Habana. En el verano de 1930 Lorca ya se encuentra en Granada y en el otoño de ese año está en Madrid. En junio de 1931 se proclama la segunda república española. No hay rastro de una correspondencia con Zalamea por esos años en los que Lorca debió entregarse a la misión que le encomendara el nuevo gobierno como director artístico del Teatro La Barraca.
En cualquier caso, la correspondencia entre Lorca y Zalamea permite abrir campos de interpretación sobre el desarrollo de la obra de este último. En 1928 Lorca estaba entregado a diversos proyectos, como la finalización de La zapatera prodigiosa y la salida de la revista Gallo. Era un momento fulgurante de su carrera con la repercusión del Romancero gitano. En agosto de ese año Lorca le escribe a Zalamea desde Granada comentándole sobre su «Oda al Santísimo Sacramento» donde desarrolla el tema de la angustia amorosa a través de la imagen del dragón y del unicornio como manifestaciones del deseo: «Debajo de las alas del dragón hay un niño / y en la luna que cruje, caballitos de sangre, / El unicornio quiere lo que la rosa olvida / y el pájaro pretende lo que las aguas vedan» (García Lorca, 1996: 1070). En la carta comenta los versos y explica la elección de la imagen del unicornio que para él «tiene el encanto poético indefinido de conversación borrada […]», le advierte que el contenido de la carta lleva «versos míos inéditos, sentimientos de amigo y de hombre que no quisiera divulgar» (García Lorca, 1997: 1070). La mencionada oda, que se publicaría ese mismo año, está dedicada a Manuel de Falla. Ian Gibson hace referencia a la respuesta de Zalamea de la que toma la siguiente frase: «No temas nunca la exhibición de tus cartas. Te quiero y me quiero demasiado para jugar a los manuscritos famosos». (Gibson, i, 2010: 324).
La carta también sugiere el envío de una anterior en la que ha «regañado» al amigo díscolo y le explica que se queda más tranquilo diciéndole lo que le ha dicho y explicándole que no estaba enfadado con él. También le comenta sobre otro poema: «La Academia de la rosa y el frasco de tinta», un poema cruel, pero limpio. En una demostración de confianza, Lorca cita textualmente las palabras de Dalí que demuestran el grado de amistad entre los dos.
Otra de las cartas publicadas es de agosto-septiembre y en ella Lorca evidencia las inseguridades de la amistad cuando se escudriñan interioridades, entre luces y sombras. Introduce una tensión en la relación íntima debida, en parte, al temor de ofender al otro y de perder con ello su aprecio. «Querido Jorge: He recibido tu carta. Yo creí que estabas molesto. Celebro con todo mi corazón (este desdichado hijo mío), que estés como antes, como la primera vez». (García Lorca, 1997: 1074).
Lorca es ocho años mayor que Zalamea y esa distancia lo sitúa en el nivel del maestro que da consejos. Así le recomienda: «Dibujar el plano de tu deseo», vivir dentro de una norma de belleza. «La belleza viva que pulsan mis manos me conforma de todos los sinsabores», le confiesa. Se refiere al abatimiento de Zalamea. Según Lorca: «Estás en una triste edad de dudas y llevas un problema artístico a cuestas, que no sabes cómo resolver». En esta carta le envía la «Oda a Sesostris», que promete ser de más de trescientos versos, que considera de «gran intensidad»: «Me parece que este Demonio es bien Demonio. Cada vez esta parte se va haciendo más oscura, más metafísica, hasta que al final surge la belleza cruelísima del enemigo, belleza hiriente, enemiga del amor». (García Lorca, 1997: 1075).
La tercera carta lleva el membrete de la revista Gallo, parece ser respuesta a una de Zalamea. En esta le confiesa que le había escrito anteriormente, pero que rompió la de septiembre de 1928. Los dos parecen haberlo pasado «mal» en el verano. En el caso del poeta, debido a «cantidad de conflictos que me han asaltado últimamente». Sin embargo, se deduce que el antídoto es el trabajo en el que no pierde la ilusión. «Ahora hago una poesía que es de abrirse las venas, una poesía evadida, ya de la realidad con una emoción donde se refleja todo mi amor por las cosas». Lorca desarrolla este concepto de «poesía evadida» en su conferencia «Imaginación, inspiración, evasión» y que relaciona con el sueño surrealista con sus normas poéticas de «emoción verdadera», pero de una evasión que aunque «muy pura», considera «poco diáfana», acaso alejada de sus preferencias estéticas y también de las del propio Zalamea que se acerca al telurismo de Miguel Ángel Asturias, más que al sueño surrealista en El sueño de las escalinatas donde «espaldas al río» el poeta interroga a las fuerzas naturales que dan origen a la vida y perpetúan la injusticia: «A cada vuelta de siglo, se hacen más claras en el clamor de sus criaturas palabras, quejas, gemidos, gritos, alaridos de hambre y súplicas de justicia y de paz». (Zalamea, 1978: 477).
La carta de Lorca está escrita desde la Huerta de San Vicente donde compone el tercer número de la revista Gallo. Como posdata le insiste al joven amigo: «¡Que estés alegre! Hay necesidad de ser alegre, el deber de ser alegre. Te lo digo yo, que estoy pasando uno de los momentos más tristes y desagradables de mi vida». (García Lorca, 1997: 1079). La cuarta es de finales de septiembre y en ella lo invita a Granada bajo la promesa de un otoño animado por la actividad de la universidad y la belleza de los jardines de la Alhambra. En la quinta se muestra preocupado por no haber obtenido respuesta y reitera la invitación que le hizo de visitar Granada, proponiéndole ir a escuchar la conferencia que va a impartir en el Ateneo de esa ciudad en compañía de Falla. En ella le anuncia su próximo viaje a Madrid. Como he dicho las cartas fueron escritas entre agosto y octubre antes de que Lorca se embarcarse rumbo a Nueva York en junio de 1929.
En 1930 Lorca está de vuelta en España impresionado por la experiencia americana y habanera. Se vincula al programa cultural de la República en 1931. Zalamea permanecerá en España hasta 1932. Es un periodo en que no se documentan encuentros entre ellos, aunque probablemente coinciden más de una vez, ya que la salida a la finca de Canillejas, que refiere Zalamea en el texto escrito para conmemorar el fallecimiento de Lorca, se fija en 1932. Al año siguiente Zalamea se traslada a Londres donde ocupará un cargo diplomático y posteriormente regresará a Colombia para ser parte del equipo de gobierno de Alfonso López Pumarejo durante el periodo de 1934 a 1938. He de aclarar que hace referencia a una correspondencia después de que Zalamea abandonara España y que no se recoge en las ediciones consultadas (Castilla Lattke, E., 2007: 17).
El asesinato de Lorca sorprende a Zalamea en Bogotá, en plena gestión administrativa como secretario General de la Presidencia. Entregado a los proyectos del gobierno, resumiría ese momento político como de cambios en los que se pretendía barrer con la «falsa cultura» para dar a conocer la auténtica derivada del conocimiento exacto de las cosas, con la «revolución en marcha» liderada por López Pumarejo (Rodríguez Amaya, 2003: 113). El sueño de los Nuevos se hacía realidad, gracias a su vinculación a la vida política, bien como jefes supremos del país, o en calidad de ministros o asesores, como ocurrió también con Germán Arciniegas, por poner otro ejemplo.
En resumen, el periodo vivido por Zalamea, entre 1928 y 1932, en Madrid, resultó sumamente beneficioso para su posterior obra, al tomar conciencia del hecho estético y de la tradición literaria en lengua española, en su diálogo con Lorca. Pero, a la vez, a través de Zalamea, Lorca tuvo conocimiento de autores como Joyce y probablemente de muchos más. Queda por estudiar la repercusión de su papel como difusor de obras de otras lenguas y otras tradiciones. Así como lo que Zalamea le aportó a Baeza y al contrario. De lo que sí queda constancia es de los estrechos vínculos entre España y Latinoamérica durante este intenso periodo que abarca las vanguardias de los años veinte y treinta. Las distancias entre España y países como Cuba, México y Argentina eran mucho más largas de lo que lo son ahora, pero los vínculos eran más estrechos.
Lo que sucedía en Buenos Aires, México y La Habana era tan importante o más que lo que sucedía en Madrid o Barcelona y eso también lo entendió Lorca en los viajes que realizó por Latinoamérica. No es gratuito que personajes clave en la vida de Zalamea como Vilches, con quien viene a España, Baeza que le facilita los medios para subsistir y Lorca que lo guía en sus aspiraciones artísticas tuvieran tan estrecha relación con el mundo americano.
A mi juicio, la travesía de Zalamea pone en evidencia de qué manera este aprovechó lo vivido desde que abandonó su país hasta su regreso, en tres piezas emblemáticas: El sueño de las escalinatas, La metamorfosis de su Excelencia y El gran Burundú Burundá ha muerto. Estos poemas, narraciones o letanías a veces de evocaciones bíblicas son su respuesta a la intolerancia y el fanatismo padecidos en su tierra y fueron posibles gracias al viaje interior, después de la aventura que supuso lanzarse al abismo y aún así preservar la escritura en medio de la adversidad. Zalamea, finalmente, resolvió el problema artístico que llevaba a cuestas, según Lorca, después de haber leído a Saint John Perse y compartido con él su condición de viajero y de exiliado, en contacto directo con otras culturas y tradiciones.
De su conocimiento de los procedimientos poéticos, pero también de su consciencia política, parte la idea que desarrolla Zalamea de una poesía al aire libre dirigida al pueblo. Del mismo modo que Lorca pretendía, a través de la poesía, desvelar el espíritu oculto «de la dolorida España». De ahí, la importancia de la voz, del ritmo, de los acentos, de la sonoridad y eficacia del canto para tocar las fibras del alma colectiva. Zalamea alcanza momentos fulgurantes en El sueño de las escalinatas: «Que vengan aquí, que se acuclillen en primera fila, muy cerca de mí para que su yerta brasa haga borbollar las palabras en mi pecho hasta que broten de él lenguas de fuego. / Pues quiero desatar un gran incendio» (Zalamea, 1978: 472) son versos que traen hasta nosotros el reclamo de los vencidos de todos los tiempos, las promesas de una redención, posible a través de la experiencia poética.
Lamentablemente, esta búsqueda artística, esa travesía indispensable para la creación, en el caso de Federico García Lorca, se vio fatalmente interrumpida por la intolerancia y la brutalidad del poder, como lo lamenta Zalamea en el artículo en el aniversario de su muerte: «Bien apretado contra la tierra debió quedar su corazón, cerradas sus manos sobre las briznas de hierba, mordiendo sus dientes en un beso postrero los terrores de España…». (Zalamea, 1978: 248).