Por César Oliva. Universidad de Murcia
Cuando en 2006 se cumplieron 75 años de la proclamación de la ii República española, la entonces llamada Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales quiso rendir homenaje a la labor llevada a cabo en el campo de la cultura durante aquella década de los treinta. Para ello organizó una gran exposición sobre Misiones Pedagógicas e inició un proyecto que rememorara la labor que Federico García Lorca y Eduardo Ugarte habían desarrollado con su teatro universitario La Barraca. Esta segunda iniciativa se organizó con el nombre de «Las Rutas de La Barraca». El proyecto trataba de recordar aquellos trabajos iniciados en 1932, después de que el Gobierno de la República facilitara la creación de aquel mítico grupo escénico. Para hacer posible ese renacer de La Barraca se contó con estudiantes universitarios que quisieran ir por los mismos caminos que habían ido los fundadores del grupo. También con pueblos y ciudades entonces visitados y que ahora desearan volver a recibir a la joven farándula, pueblos y ciudades con un público capaz de reaccionar en similar medida a la de sus antepasados.
En pleno siglo xxi ya no era necesario formar un grupo universitario como hicieron Lorca y Ugarte. Podíamos disponer de varias Aulas de Teatro, con una actividad que suele ir más allá de las habituales escenificaciones, y programas que se imbrican en los propios currículos docentes. En 2006 resultó sencillo elegir cuatro de esas aulas, con trayectorias de probada eficacia, que llevaran a cabo otras tantas giras o rutas que coincidirían con los pueblos y ciudades a los que había acudido La Barraca de 1932 a 1935. Más difícil fue encontrarles acomodo en dichos lugares. Aunque en la mayoría de ellos se aceptó con entusiasmo la presencia de estas «nuevas Barracas», hubo sitios en los que no pareció tan bien recibirlas. A veces, los pueblos eran tan pequeños que apenas podían dar albergue a los estudiantes. Ni siquiera de comer. La Sociedad Estatal, que había sufragado los gastos de montaje, llevaba las producciones a cada localidad con sus correspondientes transportes, solicitaba a los pueblos la manutención de los participantes y, de ser posible, el alojamiento. Unas veces fue así, pero otras tenían que ir después de la función a hostales alejados bastantes kilómetros del lugar de actuación.
Dichos pueblos correspondían, como queda dicho, a los que habían sido visitados por La Barraca lorquiana, principalmente en la parte norte de la península, menos calurosa y turística que la parte sur. Castilla y León fueron las zonas preferidas, aunque también se acudió a Asturias, Cantabria, Galicia y La Rioja. En fechas alejadas de períodos vacacionales, actuaron así mismo en lugares tan variopintos como Madrid, Murcia, Elche, Alicante, Granada, Barcelona o Sabadell.
Las Aulas de Teatro seleccionadas en aquella inicial Ruta de La Barraca fueron las de las Universidades de Santiago, Valencia, Murcia y Carlos iii. Todos sus componentes, casi sesenta en total, tuvieron una especie de beca que atendiera a los gastos de bolsillo, y se les entregaron monos de trabajo semejantes a los que llevaban en la primitiva Barraca. Esta iba a ser una seña de identidad de la gira, pues todos llevaban el símbolo que Benjamín Palencia pintó para aquel grupo. El repertorio debía ser coincidente con el que el propio García Lorca propuso para La Barraca. Las cuatro Aulas de Teatro se repartieron entre ellas los títulos, correspondiendo los Entremeses de Cervantes a la Carlos iii (entremeses que fueron El retablo de las maravillas, La guarda cuidadosa, Los habladores y La cueva de Salamanca); Fuenteovejuna, a la Universidad de Murcia; El caballero de Olmedo, a la de Santiago; y El burlador de Sevilla, a la de Valencia. Hubo una inolvidable inauguración de Las Rutas, en la que todos los grupos se reunieron en una especie de presentación conjunta. El acto tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes, lugar especialmente ligado a la memoria de muchos de los componentes de La Barraca, pues cerca de allí se llevaron a cabo la mayoría de los ensayos. Cada grupo seleccionó un fragmento de su obra, que fue interpretado ante un numeroso público, en el cual se contaba con la asistencia de algunos de los viejos componentes de La Barraca original, como fueron Pili Aguado y Gonzalo Menéndez Pidal. Resultó una fiesta inolvidable, conducida por Laura García Lorca, presidenta de la Fundación García Lorca. No faltaron fotos conjuntas de los jóvenes actores de hoy con los veteranos de ayer, ni lágrimas de recuerdo en muchos de los asistentes, parientes de los que constituyeron La Barraca evocada1.
A partir de entonces, primeros días de julio de 2006, Las Rutas de La Barraca iniciaron su actividad por aquellos caminos previamente andados por los estudiantes de los años de la República. Se visitaron un buen número de pueblos, 55 en total, todos ellos con su pequeña anécdota en el recuerdo de La Barraca de García Lorca. La experiencia fue tan apasionante que se prolongó más allá de aquel verano. En la primavera de 2007, el Aula de Teatro de la Universidad de Murcia llevó Fuenteovejuna a Ceuta, Tánger y Tetuán, tal y como había hecho la primigenia Barraca en abril de 1934, y con la misma obra de Lope de Vega. El Aula de la Carlos iii aumentó el número de actuaciones fuera de su ámbito habitual con los Entremeses cervantinos.
La experiencia estaba iniciada. Los resultados habían sido tan notables, que la Sociedad Estatal decidió continuar las giras. Habíamos descubierto, sin querer, una actividad que iba más allá de la simple conmemoración. Reparamos en que la cultura en España seguía necesitada de carros faranduleros, de jóvenes cuyo entusiasmo traspasara los límites de las candilejas, de públicos deseosos de ver comedias sin apenas tramoya, al aire libre, como pedía el propio García Lorca. Por eso la Sociedad Estatal pensó que el siguiente verano debía haber Barraca, aunque fuera para celebrar otras efemérides. Por ejemplo, aquel 2007 se cumplían cuatro siglos del nacimiento de Francisco de Rojas Zorrilla, y 75 años de la puesta en marcha de las Misiones Pedagógicas. De ahí que el repertorio de ese año estuviera compuesto por dos comedias del poeta toledano (Donde hay agravios no hay celos y Entre bobos anda el juego), y otras dos de Alejandro Casona (Retablo jovial) y García Lorca (Títeres de cachiporra), impulsor el primero de las citadas Misiones, y creador el segundo de La Barraca. Ya no sería «La Ruta de La Barraca» el título de las giras sino «Las Huellas de La Barraca», en clara alusión a que se continuaba la actividad del famoso grupo, aunque no necesariamente ni con el mismo repertorio ni en los mismos lugares.
De nuevo fue la Residencia de Estudiantes el lugar elegido para reunir a los grupos antes de salir de gira, e interpretar algún fragmento de lo que días después se vería en plazas y calles de pueblos. Dichos grupos fueron de las universidades de Murcia y Carlos iii, que repitieron experiencia, y de Jaén y Puerto Rico, lo que significó la primera participación de grupo hispanoamericano. La novedad de ese año fue sustituir los calurosos monos azules por camisetas más frescas presididas por la insignia de La Barraca. En total se hicieron 53 representaciones en aquellos lugares en los que la recepción del año anterior había sido más notable, aunque se incorporaron otros pueblos que, enterados de la campaña, no quisieron perderse la fiesta del teatro popular. El éxito de estas giras estivales motivó que los grupos ampliaran sus actuaciones en el invierno representando en Instituciones Penitencias, merced a un acuerdo firmado entre el Ministerio correspondiente y la Sociedad Estatal. Cada grupo fue a unas diez cárceles por término medio, en las que ofrecieron a los reclusos las mismas obras que el verano anterior había llevado a los pueblos.
En 2008 se celebró el ii Centenario de la Guerra de la Independencia. La Sociedad Estatal andaba metida en la producción de varias exposiciones y congresos sobre dicho acontecimiento, y Las Huellas de La Barraca procuró entrar en la misma temática. No era fácil salir de los textos clásicos a los que estábamos acostumbrados, pero los grupos hicieron el esfuerzo de buscar entre el repertorio menos tradicional obras que conectaran con aquel 1808. Se dio entrada a un nuevo elenco, el de la Universidad de Ourense, que montó una adaptación de El equipaje del rey José, de Pérez Galdós, que llevaba por título El equipaje. La Universidad Carlos iii hizo lo propio con un texto de Azorín, La guerrilla; la de Jaén representó un espectáculo titulado 1808. Josep Botella en Logroño, con textos de Félix Enciso y José Ignacio González; y la de Murcia, la obra de Rafael Alberti Noche de guerra en el Museo del Prado. En total se hicieron 54 funciones. A dicho número hay que añadir el de las funciones en instituciones penitencias, que desde entonces formaban parte de las plazas a las que acudir con Las Huellas de La Barraca.
El año 2009 se cumplía el iv centenario de la primera edición del Arte nuevo de hacer comedias, de Lope de Vega. De manera que el poeta madrileño se convirtió en objetivo central de la filología española y, también, de nuestro proyecto teatral. Con esa decisión recuperábamos el estilo más cercano a la Barraca primigenia: los clásicos españoles, con Lope de principal protagonista. Pero es que, además, ese año decidimos ampliar el número de grupos concurrentes, con el consiguiente aumento de lugares en donde actuar. De cuatro grupos se pasó a seis, siendo uno de ellos una coproducción entre la Universidad de Puerto Rico, que ya había participado dos años antes, y la de Murcia, una de las más asiduas colaboradoras de este proyecto, dada su amplia tradición teatral. Una adaptación de José Luis Ramos Escobar de La Gatomaquia fue el montaje que realizaron ambas compañías en conjunto. Del resto continuó el Aula de Teatro de la Carlos iii, con La villana de Getafe, siendo nuevos en Las Huellas los demás grupos: Alicante, con Quien todo lo quiere; Granada, con una versión de la novela a Marcia Leonarda El desdichado por la honra; la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, con La hermosa fea; y Alcalá, con La niña de plata. Todas, como vemos, de Lope de Vega. Precisamente fue la última universidad citada, la célebre y antigua Universidad de Alcalá, la que acogió el acto de inauguración de estas Huellas de La Barraca, ya que conmemoraba también el V centenario de su fundación. Ese verano de 2009 el salto cuantitativo en número de representaciones fue espectacular, ya que casi se dobló la cifra habitual llegándose a las 95. Como venía siendo habitual, los itinerarios volvían a ser los tradicionales, a los que se unieron regiones como Extremadura, Aragón o Castilla-La Mancha. También por primera vez una de esas rutas llegó hasta las islas Canarias, lugar a donde nunca había ido La Barraca, ni la de antes ni la de ahora. Fue La villana de Getafe, de la Universidad Carlos iii, la obra que se vio en Las Palmas y siete ciudades canarias más.
Para entonces, Las Huellas de La Barraca era un proyecto ampliamente consolidado en el panorama de la cultura popular española. Por este motivo, en 2010 UNESCO Madrid le otorgó su anual Premio Dionisos, reconociendo así una labor tan ardua como gratificante. En las palabras de agradecimiento pronunciadas en el acto de entrega del galardón, se recoge buena parte de la filosofía que conlleva el proyecto, filosofía coincidente con la que García Lorca inculcó a su grupo en aquella proverbial Barraca.
En ese 2010, de cara a la quinta edición de nuestras giras estivales, la experiencia acumulada aconsejó algunos cambios con el fin de agilizar el desarrollo de la campaña. Estábamos en Año Jacobeo, con lo cual la temática se dirigiría a obras relacionadas con peregrinos, romerías y personajes afines. Los itinerarios visitados estarían en consonancia con las vías que la tradición había abierto desde distintos puntos de España, Francia y Portugal hasta llegar a Santiago. La evolución principal en la organización de estas Huellas fue convocar un concurso para aquellos grupos que desearan participar en las giras. Hasta entonces se habían designado las compañías, en función de su historial y reconocimiento nacional e internacional. Pero el eco que iba teniendo La Barraca, el deseo de participar que llegaba más allá de nuestras fronteras, hizo estudiar una serie de cambios. Un jurado designaría a los grupos que ofrecieran más garantías para la realización de montajes y giras, abriéndose la posibilidad a la participación de grupos hispanoamericanos. Salvo la RESAD, que había intervenido el año anterior, todos los grupos seleccionados en 2010 eran nuevos en Las Huellas de La Barraca.
Curiosamente se repitió la cifra de actuaciones del año anterior, 95, en los seis itinerarios distintos que llevaron las obras hasta Santiago. Los grupos seleccionados, y textos programados, fueron: La Calderona, de la Universidad Católica de Chile, con Mujeres coloniales, de Inés Stranger Rodríguez; Masca Teatro, de la Universidad Autónoma de México, con el espectáculo de calle Romería a Santiago, de Edith Checa y Gabriel Silva; el Aula de Teatro de Barcelona, con Historia peregrinas, de Miguel-Anxo Murado; la RESAD de Madrid, con El peregrino, de Josep de Valdivielso; la ESAD de Castilla-León, con Retablo de peregrinos, de varios autores; y Escena Erasmus, de la Universidad de Valencia, con Europa o la nave de los locos, creación colectiva. Este último montaje tenía de original que los actores procedían de varios países gracias al programa Erasmus, por lo que tuvo amplia resonancia en diversos centros docentes europeos.
Para 2011, la Universidad Complutense de Madrid, a través de su Instituto del Teatro, ofreció la idea de realizar una edición conmemorativa de Las Huellas de La Barraca que rememorara la relación que dicha institución, con el nombre de «Universidad Central», mantuvo con el grupo de García Lorca en los años treinta del pasado siglo. En el viejo Paraninfo de San Bernardo, el grupo representó el auto La vida es sueño, de Calderón de la Barca, ya que la mayoría de sus componentes procedían de dicha universidad. De ahí que este año, la nueva Sociedad Estatal, Acción Cultural Española, haya prestado todo el apoyo posible a esta iniciativa merced a tres actividades: una exposición conmemorativa, un curso de verano en la sede de El Escorial, y las ya clásicas Huellas de La Barraca, que insistirán en el repertorio que García Lorca utilizó para su grupo. Tal y como se hizo en 2006 con Las Rutas de La Barraca, aunque más ampliado. El número de grupos, por ejemplo, ha vuelto a ser seis, siendo elegidos de nuevo por una comisión de profesionales del teatro: La Calderona, de la Universidad Católica de Chile, que repite del año pasado, con El joven burlador, basada en la comedia de Tirso de Molina; el Laboratorio Escénico Univalle, de la Universidad del Valle de Colombia, con la Égloga de Plácida y Victoriano, de Juan del Enzina; dos elencos veteranos en este proyecto, Murcia y la Universidad Carlos iii, con El Caballero de Olmedo y Las almenas de Toro, ambas de Lope de Vega; la RESAD de Madrid, con La vida es sueño auto, de Calderón de la Barca, y Escena Erasmus, de la Universidad de Valencia, que también vuelve del año pasado, con El maravilloso retablo de las maravillas europeas, sobre el entremés cervantino. El número de lugares a los que fue las Huellas de La Barraca en ese verano de 2011 superó las ciento cincuenta.
Con todos estos datos sobre la mesa, se pueden adelantar las siguientes cifras que aporta el programa Las Huellas de La Barraca. En seis años de vida han participado en el proyecto dieciséis grupos en un total de 31 giras, ya que algunos de ellos lo han hecho en más de una ocasión. La relación de grupos y presencias en estas campañas es la siguiente: con 5, la Universidad Carlos III y la Universidad de Murcia; con 3, la Universidad de Valencia y RESAD; con 2, las universidades de Jaén, Puerto Rico y Católica de Chile; y con 1, las universidades de Santiago, Alcalá, Ourense, Granada, Alicante, Barcelona, UNAM de México y Del Valle de Colombia, más la ESAD de Valladolid.
El total de estudiantes, actores y técnicos participantes, sobrepasa la cifra de 300; el de lugares visitados para actuar ha rebasado con creces los 500. Todas estas cifras dan muestra del gran esfuerzo colectivo que premia una actividad tan altruista y vocacional como es Las Huellas de La Barraca.