Por Reina Roffé. Escritora argentina
Resultan prácticamente innumerables las películas, documentales, incluso obras teatrales y series televisivas dedicadas a presentar las distintas instancias de la vida de García Lorca y, sobre todo, aquellas relacionadas con su trágica muerte. Su figura ha sido representada exhaustivamente en una suerte de ficción audiovisual que lo rescata como personaje histórico y lo sitúa como un mártir de la causa republicana, como una leyenda del siglo xx. Y a pesar de esta profusión, se echaba de menos, al menos así me pareció, novelar a Lorca, llevarlo a la novela en uno de sus tramos más fulgurantes, su viaje al Río de la Plata, donde experimentó momentos muy altos, días que no pudieron ser para él más felices y promisorios, porque obtuvo todo o casi todo aquello con lo que sueña un artista: reconocimiento de sus pares y admiración popular, además de haber ganado una considerable suma de dinero gracias a sus taquilleros dramas y su intensa actividad como conferenciante, adaptador y director teatral.
Recordemos brevemente que durante su estancia en el Río de la Plata, la compañía de Lola Membrives repuso Bodas de sangre en el teatro Avenida de Buenos Aires y, durante su visita a la ciudad porteña, se dieron varias de sus obras: La zapatera prodigiosa, Mariana Pineda y la creación para títeres Retablillo de Don Cristóbal. Le encargaron, además, la adaptación de La dama boba de Lope de Vega, que se estrenó como La niña boba, protagonizada por la actriz Eva Franco, y deslumbró a un amplio público con sus conferencias (Juego y teoría del duende, Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre, Poeta en Nueva York, El canto primitivo andaluz) organizadas por «Amigos del Arte», un ateneo cultural muy importante de la época.
Con una rapidez asombrosa, se tendió entre Buenos Aires y el poeta una doble vía por donde discurre la mirada enamorada de Lorca por la ciudad porteña y la apropiación amorosa del poeta granadino por parte de la Argentina que, a 75 años de su muerte, todavía persiste. Tanto es así que hasta el día de hoy la visita del autor de Bodas de sangre se recuerda como un capítulo central de la historia del Río de la Plata. Y es esta mirada enamorada de doble vía la que me llevó a escribir El otro amor de Federico.
En primer lugar, quiero decir que, cuando trabajamos con personajes reales, y sobre todo en el caso de García Lorca (el poeta y dramaturgo español más conocido internacionalmente), se hace necesario elaborar, lo que podríamos llamar, el tránsito, siempre delicado, de persona a personaje. Debí leer biografías, artículos, las cartas que Lorca escribió a lo largo de su vida, y releer su obra poética y teatral para documentarme e investigar su proceso vital y creativo. Una vez hecho este trabajo, advertí que debía quedarme solo con lo esencial y, desde ahí, contextualizar a Lorca en un marco cierto, pero sabiendo que lo importante pasaba por la reinterpretación de los hechos y de las circunstancias que rodearon al poeta andaluz, especialmente en una de sus travesías más enjundiosas. Debía ganar lo novelesco a lo documental, la ficción al sesgo histórico. Y, desde ese lugar, dilucidar las tensiones que problematizaron el complejo entramado de su vida. Traté de sumirlo en su marco histórico, social y familiar, permitiendo que hablara por sí mismo, que aparecieran sus fantasmas, sus estados de orfandad, sus terrores, su íntima filiación con la muerte, como así también su lado solar, gozoso, su alegría innata, incluso su charlatanería, que hizo que Borges lo catalogara de «andaluz profesional».
Perseguí su retrato —no sé si lo alcancé— en todos los frentes posibles y en los intersticios menos conocidos, para mostrar cómo, por qué y en qué circunstancias Lorca escribe, realiza su obra y se convierte en un creador de inusitado éxito. Bajo estas coordenadas, aparece el niño eterno que desea caer bien a todo el mundo, el artista total que recita, canta, toca el piano y la guitarra y dibuja para sus amigos. Aparecen también sus enamoramientos y las referencias a ese dolor tremendo que significó para él que dos de sus grandes amigos (Buñuel y Dalí) despreciaran una de sus obras más festejadas, el Romancero gitano. Afloran sus mentiras o, mejor dicho, su enorme necesidad de fabular como modo de seducir con la palabra o de huir de los compromisos que le impone una fama imprevista y en aumento. Surgen en él fuertes dudas sobre la calidad de su producción teatral y poética, en especial a partir del éxito rotundo que obtiene en la Argentina. Siente que la tremenda repercusión de su obra es desmesurada y se ve como un impostor. Comienza a pensar, como en algún momento todo gran artista lo hace, que superarse impone un acto de fe en sí mismo a gran escala. Se evidencia la obsesión de Lorca por retribuirles a sus padres todo lo que ellos habían hecho por él, sosteniendo su carrera de escritor que, hasta Buenos Aires, donde obtuvo ingentes ganancias, no le había reportado beneficios. Desea compensarlos de algún modo por la tristeza o la vergüenza que pudieran haber sentido por el hecho de que él no era como los demás. La novela planea, además, sobre aspectos que marcaron la personalidad de Lorca: el joven indeciso que indaga sobre su virilidad y lucha por despojarse de todas sus máscaras para vivir su sexualidad libremente.
Se trata, en definitiva, de un Lorca real pero, sobre todo, soñado, inventado por las distintas voces del relato, donde se mezclan y destilan verdad y ficción, vida y literatura. En otras palabras, tomé lo que se sabe de Federico para reelaborarlo desde mi óptica personal, desde una mirada actual, donde todo adquiere otra significación. Y también hice hincapié en aquello que se había silenciado de él o no se quiso ver por prejuicios de épocas anteriores.
En esta novela, como no podía ser de otra manera, Lorca habla mucho sobre la escritura y sus efectos. El Lorca inventado, que perfectamente podría ser el Lorca real, entiende, por mediación de otro personaje que lo relata, que escribir es llenar el vacío que deja cada día, franquear los obstáculos del propio cuerpo y los deseos irrealizables, sortear la realidad siempre desangelada. Escribir es el camino hacia una luz reveladora que, a veces, se enciende para producir el poema. Para él, también era hacerle escaramuzas a la muerte, prolongar su vida en palabras.
Para dar las diversas facetas de un Lorca genial y polifacético, tuve que trabajar con distintas modalidades discursivas. De ahí, el Lorca narrado a través de su propia voz, en soliloquios íntimos y reveladores, y el narrado mediante el testimonio y la interpretación peculiar de otro personaje, una mujer que estuvo ligada íntimamente al poeta durante los meses que vivió en Buenos Aires, a quien propios y ajenos llaman Cesca, y tiene por entonces 23 años, personaje de sensibilidad extraordinaria, que penetra con gran percepción y sabiduría en el alma del poeta que, de pronto, desea formar una familia con ella y tener hijos; esa mujer, que es quien más respeta «sus instintos», lo induce a pensar en lo enigmático y pendular de la naturaleza, que no siempre es de una sola inclinación. Me pareció interesante mostrar, más que su condición de homosexual, de la que tanto se ha hablado, su ambigüedad en distintos asuntos, y jugar con la idea de un Lorca ilusionado con una chica capaz de intuirlo y verlo más de lo que él se veía a sí mismo, un Lorca que tiende a la «normalidad» como una manera de calmar la zozobra que, de seguro, le producía la mirada social.
Si bien el contexto está construido con datos de la realidad, intenté privilegiar la fabulación del poeta, que cuenta y confiesa. Cuenta lo que podemos asegurar y confiesa aquellas cosas que podría haber dicho, si no le hubieran arrebatado la vida, y figuran como huellas borradas en sus cartas, en sus poemas, en sus dramas. La confesión surge de lo que desencadena en él el hecho de estar en otro país, en otro continente, durante casi seis meses de febril exposición pública; su viaje se carga de significado. Libre de la coacción de la familia y de su amada y, por entonces, triste España, se siente más cómodo consigo mismo. Advierte que viajar es madurar en la travesía. Viajando y escribiendo podía rehacerse a sí mismo, salir lo más ileso posible de los «timotazos» de ciertos naufragios amorosos y literarios.
El personaje de Federico García Lorca me sirvió, además, para recorrer un momento de la historia argentina marcado por los primeros golpes militares que se dieron en el país a partir de Uriburu y la crisis mundial, consecuencia del crack de la Bolsa de Nueva York, de características similares a la crisis actual, y mostrar que, pese a todo, la Argentina de aquella época tenía capacidad de recuperación y una energía creadora de vital trascendencia. Por eso, de alguna manera, la novela es un homenaje a la ciudad de Buenos Aires y a los artistas de la época que son quienes trazaron las líneas por donde pasaría toda nuestra literatura. De la mano de Federico aparecen intelectuales y escritores de primera línea, como Pablo Neruda, Oliverio Girondo, Norah Lange, Ricardo Molinari, Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Borges, Juan Carlos Onetti y tantos otros con sus proyectos renovadores. Una Argentina culta y festiva que estaba a la vanguardia en cuanto a espectáculos teatrales y con la música popular, el tango, en su apogeo. Deseaba hacer notar eso, que por las mismas veredas circulaban y se interceptaban escritores, actores, divas de la escena y los grandes maestros de la canción popular, como el afamado autor de teatro y compositor de inolvidables tangos, Enrique Santos Discépolo, y el cantante más internacional de aquel momento en esas riberas, Carlos Gardel. Me interesaba mostrar el clima intelectual de la época que deja una gran añoranza. A medida que iba investigando el período, pude comprobar el intercambio intenso, fructífero y solidario entre escritores de distintos países de América y Europa, quizá mucho más del que existe ahora, que contamos con enormes facilidades para comunicarnos. Incluso antes de tocar suelo argentino, Lorca ya tiene indicios de lo que representará para él su viaje al Río de la Plata. Uno de los puertos donde recala el Conte Grande en su travesía hacia Buenos Aires es Río de Janeiro, por entonces capital de Brasil; allí lo espera el embajador de México en ese país, Alfonso Reyes, figura emblemática del mundo cultural de la época, que lo agasaja durante las horas que dura la escala y le entrega los primeros ejemplares de «Oda a Walt Whitman», que en una edición limitada había hecho imprimir en México, versos escritos por Lorca en Nueva York. En España hubiera sido difícil lograr una edición y mucho más detener a las malas lenguas en tiempos que se iban poniendo cada vez más peliagudos a raíz de las turbulencias políticas que terminaron en la Guerra Civil y la dictadura franquista, en un marco internacional tremendo con el avance del nazismo en Alemania y el fascismo en Italia. Recordemos que, en «Oda a Walt Whitman», Lorca exalta la erótica del amor entre hombres, la hermosura viril, y habla de los muchachos que juegan bajo los puentes. Otro ejemplo de la vitalidad y curiosidad intelectual de aquel momento, opuesta a la indiferencia o apatía actual dominante, lo da el hecho de que otro mexicano, el escritor Salvador Novo, que se hallaba en Montevideo por asuntos de trabajo, escapa por unos días de sus obligaciones para ir a Buenos Aires con la intención de conocer a Lorca y compartir con él tiempo, lecturas; intercambiar libros, ideas y entablar amistad.
De la amistad, también quería hablar en la novela. Casi, sin excepción, Lorca es acogido con los brazos abiertos por el mundo artístico y literario del país. En otra de las escalas del Conte Grande, ya en Montevideo, el barco se llena de queridos amigos del poeta que vivían en el Uruguay y de periodistas. Hay dos personas que han ido de la capital argentina expresamente a Montevideo para acompañar al poeta en ese último tramo hacia Buenos Aires: el empresario Juan Reforzo, marido de Lola Membrives, y el crítico teatral de mayor influencia en Buenos Aires, Pablo Suero, la cara más aplaudida de la ciudad, por la cantidad de bofetadas que había recibido de actores, dramaturgos y directores teatrales debido a sus insidiosas críticas. En ese momento era jefe de sección del diario Noticias Gráficas y tenía, además, varias piezas dramáticas. Suero había colaborado en propagar la idea, que reflejaban los periódicos desde principios del mes de octubre de 1933, de que estaba a punto de llegar el autor contemporáneo más innovador en lengua española. Lorca no lo defraudó y reafirmó su creencia de que era «un genio de su raza». El derroche de simpatía, su conocimiento del romancero popular, de las vanguardias, el entusiasmo que demostraba por La Barraca, sumaban. Y para Suero (asturiano de origen) también sumaba que Lorca fuera, como él, un católico liberal, un republicano y un típico muchacho de su tierra. Y que, como liberal y republicano, estuviera preocupado por la victoria electoral de las derechas en España. Y lo admira más cuando el poeta le dice que él era innovador en virtud de sus aspiraciones, aspiraba a ser más que el autor de Bodas de sangre. De hecho, su aspiración ya se había cristalizado en dos obras teatrales, El público y Así que pasen cinco años, que de tan innovadoras eran casi irrepresentables, y en sus poemas, por entonces inéditos, Poeta en Nueva York y Odas. Suero se convierte, de inmediato, en uno de los grandes anfitriones del poeta y lo invitará a todas partes y le presentará a todo el mundillo teatral y literario. Pero no solo Suero, cada uno que Lorca conoce lo vincula a otro. De este modo, la red de amistades que establece es inmensa y sus días y sus noches están colmados de encuentros y actividades. El poeta visita cuanto sitio hay en la ciudad y acude a las tertulias más glamurosas del momento: Signo en el hotel Castelar, donde se aloja, y la Peña, que se realiza en el café Tortoni. En esas tertulias se reunían todos los que eran para leer sus creaciones, charlar y discutir hasta altas horas de la madrugada. También bailaban, generalmente tangos, lo hacían muy bien Norah Lange y Alfonsina Storni. Lorca tuvo allí otro escenario más para desplegar sus encantos: cantar, tocar el piano, recitar poemas suyos o de Neruda, uno de sus inseparables amigos. A Neruda (que se hallaba en Buenos Aires como cónsul de Chile) lo unía y los hacía compatibles el hecho de que ambos provenían del Sur. Neruda se había trasladado del sur de Chile a Santiago. Lorca, de Granada a Madrid. Jóvenes que en sus guaridas de provincia salían al balcón a contemplar los grandes hacinamientos de colores del crepúsculo, ese reparto inmenso de luz que tira del anaranjado y el escarlata, como dice Neruda en sus versos, para capturarlos en unas líneas. Ambos amaban la naturaleza, también los unía el hecho de que los dos, sin darse cuenta, se habían convertido (Federico con su Romancero; Pablo, con sus Veinte poemas) en autores cuyos versos la gente recitaba de memoria, como si fueran clásicos populares, cosa de la que ninguno de los dos pensaba claudicar, aunque creyeran que esos versos no representaban su totalidad creadora, que era diversa. Con Neruda, precisamente, Federico preparó el famoso discurso al alimón que ofrecieron en el PEN Club y constituye una defensa ocurrente y desenfadada de Rubén Darío, que estaba en esos momentos injustamente olvidado y en la ciudad que él había llamado flor colosal, amada y enorme, ciudad de los sueños que vienen.
La presencia luminosa de Lorca, en un país que empezaba a declinar después de varias décadas de progreso y reorganización nacional, significó una especie de oasis en ese desierto que parecía llevarse muchas cosas por delante. «Nos trajiste la alegría», le había dicho Norah Lange a Lorca. Ella y Girondo y muchos más lo veían como un ángel caído del cielo, enviado del señor para purificar la atmósfera tristona y melancólica de la ciudad. Para algunos, como Pablo Suero, el poeta seducía por su espontaneidad y sencillez. «Risa sana, satisfecha, campesina», así es retratado por los periodistas. «Habla de las cosas más serias, inclusive de su propia obra, sin darle importancia a nada». Son innumerables las amistades que hace y habría algo que decir de cada una de ellas. Una cuestión de espacio me lo impide. Sólo añadiré que Lorca reconoce sentirse parte de la ciudad de Buenos Aires, una ciudad que, para él, tiene una trágica vitalidad, que siente en su sangre. Y piensa que es generosa y comprensiva con el retrato de su voz poética que está en sus versos y en sus dramas. Por eso, posterga varias veces su viaje de regreso a España, porque se siente obligado y comprometido con la gente que le demuestra tanta admiración y cariño. Le complace observar que sus cosas gustan a todas las clases por igual, al pueblo llano como a la oligarquía más rancia y a los intelectuales. El éxito que obtiene con Bodas de sangre y las dos ediciones, una popular y otra de lujo, que Victoria Ocampo realiza del Romancero gitano, le parecen acontecimientos muy significativos para su vida de escritor y siente que allí, en el Río de la Plata, tiene un público devoto, pero sobre todo abierto, que se vuelca a distintas propuestas, incluso a las más atrevidas y vanguardistas.
De las amistades, me interesó destacar las que establece con Norah Lange, Alfonsina Storni, María Rosa Oliver, Salvadora Medina Onrubia, Sara Tornú y varias actrices. Para el poeta, lo más amistoso de la Argentina eran sus mujeres. «Dudan menos que los hombres, son más desprejuiciadas que ellos. Ellos lo esperan todo. Ellas no esperan nada y dan todo de sí mismas. En este sentido, están más liberadas que los hombres, les importa menos lo que piensen los demás. Son grandes amigas, amigas espontáneas. Y eso es algo maravilloso que encontré en la Argentina», diría de regreso a España, en unas declaraciones realizadas al periodista y escritor Eduardo Blanco Amor. En efecto, es con las mujeres con quienes mantiene una relación peculiar, con ellas puede hablar de todo y particularmente de sus miedos, mostrar sus luces pero también esas sombras ominosas que nunca lo abandonan. Esa identificación con las mujeres se plasma en buena parte de su obra. Él sabía lo que era la discriminación. De niño, se sentía alumno de último banco y esto hacía que comprendiera muy bien la situación de la mujer de aquella época, a quien se le pedía todo pero no se le permitía nada, vigilada por la familia y por la sociedad. No es casual que los personajes más importantes de su dramaturgia sean mujeres, en ellas encontraba una veta para canalizar sus propios padecimientos.
Otro aspecto que tuve en cuenta y quise reflejar fueron los debates estéticos que llenaron de contenido la época. Lorca se veía imperfecto, porque buscaba la perfección. Estaba en una etapa en la que, como muchos escritores de su generación, como Neruda, como Blanca Luz Blum, como González Tuñón, sentía la necesidad de manifestarse en contra del arte por el arte, «una cosa que sería cruel si no fuera afortunadamente cursi». Para él, ningún hombre verdadero creía ya «en esa zarandaja del arte puro, arte por el arte mismo». Y afirmaba que en ese período dramático del mundo «el artista debe llorar y reír con su pueblo».
A medida que escribía la novela, advertí que Lorca se transformaba para mí en una especie de médium a través del cual podía interrogarme mejor sobre las contradicciones y perplejidades de los argentinos y celebrar uno de sus dones magníficos: la amistad que, como señalaba otro autor de la época, Raúl Scalabrini Ortiz en su Biblia porteña, El hombre que está solo y espera, se crea como una obra de arte, contra el otro, cruel y desatinado mundo real. A través de Lorca, sentí que podía asomarme sin prejuicios a la ventana de un país complejo y de un personaje carismático que nos observaba con cariño y simpatía, pero también con una mirada crítica; asomarme, además, a lo confuso de toda vida que clama ser revelada. Tenía que escribir desde la letra, conciliar esos dos mundos que existen en este tipo de obras: la reescritura de los datos que nos ofrece la realidad más la reescritura que de ellos se hace con el arte de la ficción. La escritura pasaba, entonces, por nombrar lo que se había callado, por subrayar lo que se había dicho en una ocasión y en otra sobre la misma cosa pero de distinta manera, para mostrar la distorsión. En ese proceso, advertí que elaboramos escenas de las que somos parte, ya que el hecho de seleccionar los momentos significativos de otra persona nos implica, llevándonos a discurrir por las huellas de nuestro propio deseo y también de nuestros miedos, fobias, máscaras, embustes e infamias.
Me pareció factible que un escritor que viaja a otro país y es recibido como él lo fue en el Río de la Plata, donde encuentra amigos entrañables, éxito, dinero y posibilidades de poner en escena sus obras más irrepresentables, quisiera establecerse en Buenos Aires y con una mujer magnífica que, finalmente, no quiere encerrarlo en un cuadro doméstico, en una utopía de normalidad y trascendencia. Idea, la de quedarse en Buenos Aires, con la que se juega durante toda la ficción. Por otro lado, resultaba tentador torcer su destino, dejarlo vivo, protegido, eterno en la ciudad que lo amó y cuyo amor fue «su otro amor», amor correspondido por el poeta. Amor que está también en mí, por qué no decirlo, en la memoria enamorada y nostálgica con la que reconstruí mi ciudad natal que tenía una vida social y cultural fascinante en una época tan problemática.