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Lorca: Viajero por América

Lorca en América o América en Lorca

Por Juan Ignacio Siles del Valle. Secretaría General Iberoamericana

Para la Secretaría General Iberoamericana es de especial satisfacción participar y apoyar la puesta en marcha de este I Encuentro Internacional. Lorca: Viajero por América, porque privilegia un acercamiento distinto tanto a la vida como a la obra del poeta granadino, y puesto que abarca un espacio de tiempo que, si bien ha sido recordado por sus amigos, por biógrafos y académicos, resulta poco conocido para los lectores de hoy.

Ese espacio americano fue en algunos casos muy determinante en la afectada personalidad del poeta, pero también, aunque en menor grado, en su obra. Nueva York, Cuba, Buenos Aires o Montevideo marcan, sin duda, un cambio en García Lorca y amplían su mundo hacia horizontes para entonces desconocidos para la inmensa mayoría de los artistas o intelectuales españoles de su época.

Después de la Guerra Civil sí, serían muchos los que tendrían posibilidades de redescubrir América a partir de la experiencia del exilio, especialmente en México y en Argentina, aunque también en Estados Unidos. Allí partieron gran parte de los compañeros de generación de Lorca: Alberti, Guillén, Salinas, Cernuda, Prados, Altolaguirre, Bergamín.

Pero antes de la guerra, la experiencia americana estaba reservada apenas a unos pocos. Los nexos, rotos tras las luchas por la independencia en las primeras décadas del siglo xix, se habían ido recomponiendo gracias a las masivas emigraciones de españoles a tierras argentinas o uruguayas a principios del siglo xx. Quienes allí partían lo hacían a sabiendas de que el camino de retorno apenas era factible para los pocos que pudieran hacer fortuna.

Los viajes de Lorca estuvieron marcados por otro signo. Iba acompañado de un prestigio ya consolidado. Llevaba consigo contratos para dar conferencias, leer su poesía o representar sus obras de teatro. El éxito alcanzado y el recibimiento que tuvo en Buenos Aires o Montevideo no tienen parangón entre los poetas iberoamericanos. Salvo quizás el que Rubén Darío tuvo en España unas décadas antes o el que Neruda tendría después de su experiencia en el sudeste asiático o durante su estadía madrileña previa a la guerra.

Por lo demás, García Lorca llevaba consigo una importante marca americana. Su poesía había estado impregnada —al menos la inicial— por la influencia de la poesía de Darío. No se trataba solo del afán por lo mitológico, la afinidad en las lecturas, Verlaine o Lautreamont, por ejemplo, o el desbordamiento de la sensibilidad, sino también por la búsqueda de nuevas formas de lenguaje poético. Su aproximación al modernismo —un lenguaje esencialmente americano— le llegaría también a través de Juan Ramón Jiménez o Machado, pero fue el nicaragüense quien más se reflejaría en el granadino.

Su voz, sin embargo, pronto adquiriría sus propios rasgos. Su esencia será siempre andaluza, pero su modo de decir, sus imágenes poéticas, sus símbolos, sus ritmos serán absolutamente personales, al punto de que sea difícil emparentarlo (excepto en su temática, especialmente en lo que toca a su obsesión por la muerte) con los poetas clásicos a los que conocía muy bien o con las vanguardias europeas tan en boga en esos años. Tampoco es fácil reconocer influencias suyas en las generaciones posteriores, bien sea por el corte brutal que se produce tras la guerra o bien por la imposibilidad de repetir una voz tan única.

Resulta por lo tanto difícil establecer cuánto determinaron sus viajes a Lorca. Extraño es comprobar que casi no tuvo interés por dar el salto que algunos de sus antiguos amigos, como Dalí o Buñuel, dieron a París, destino y centro de la producción y la vanguardia más cosmopolita —solo estuvo de paso— en busca de una modernidad artística que para él posiblemente no tenía interés: del surrealismo tomará prestado lo indispensable, pero nunca entrará en los márgenes del automatismo y privilegiará en lo esencial la claridad antes que el hermetismo. Ni siquiera le interesaba la bohemia, prefería la tertulia o la intimidad familiar.

Los viajes lo llevaron, más bien, a América. ¿Qué fue lo que lo impulsó primero que nada a ir a Nueva York? Tiene que haber sido algo más que los ofrecimientos que le había conseguido Fernando de los Ríos. Era seguramente el gran desafío de la modernidad, del progreso, de la técnica. Pero también el que se le ofrecía frente al bienestar y la libertad individual.

El impacto que la ciudad de Nueva York tuvo sobre Lorca fue enorme y está recogido en una de sus obras poéticas más significativas. Pero cabría preguntarse si lo que determina la escritura es el espacio geográfico y las gentes que lo habitan o si es más bien el choque cultural frente a una modernidad que el poeta no logra comprender (o que comprende mejor que nadie en su degradación e inhumanidad). Lo cierto es también que Poeta en Nueva York es uno de sus libros formalmente más arriesgados y posiblemente aquel en el que mejor puede vislumbrarse la huella surrealista.

Acaso pueda incluso pensarse que El público, la pieza teatral más ambiciosa y vanguardista de Lorca, hubiera sido iniciada o al menos concebida en Nueva York. Su inquietante surrealismo, su concepción teatral tan revolucionaria, su misma desenfadada defensa de la homosexualidad, ¿no nacen quizás de la experiencia neoyorquina, abierta a una libertad formal y conceptual antes no del todo asumida?

¿O es en la estadía en Cuba, donde redacta finalmente el texto, que esa libertad termina por decantarse?

¿Pero son los espacios geográficos los que determinan la creación poética? ¿O lo son las lecturas y las experiencias de vida? ¿Podríamos imaginar Poeta en Nueva York si Lorca no hubiese estado nunca en Manhattan? Pero, por otra parte, ¿podríamos entender la Oda a Walt Whitman si Darío no hubiese escrito mucho antes otro texto dedicado al poeta americano?

El viaje a la Argentina tiene una significación muy diferente. Si bien es cierto que la ciudad de Buenos Aires era probablemente la urbe latinoamericana más desarrollada, lo que atrae al poeta es búsqueda de un público nuevo, de un espacio que no le fuera tan irreconocible como Nueva York y en el que pudiera desenvolverse en su propia lengua. Iba en busca del suceso que tal vez no sentía tener en su propio país.

El resonante éxito de Lorca en Buenos Aires y Montevideo no viene, sin embargo, acompañado de una producción poética tan rica como la que trajo consigo de su viaje a Nueva York y Cuba. Ni siquiera pudo terminar de escribir Yerma, como en más de una ocasión se había propuesto durante sus seis o siete meses de estadía rioplatense. Sí pudo, en cambio, realizar la adaptación de una comedia de Lope. Las muchas ocupaciones sociales tal vez le impidieron concentrarse en la poesía, pues no tuvo allí la soledad y el recogimiento que le hacían falta para trabajar.

Las crónicas y los testimonios de la época, sus propias cartas, recogen las innumerables muestras de aprecio que tuvo durante su estadía. El mundo parece girar únicamente en torno a él. Poco hay, sin embargo, que nos manifieste el modo en que Buenos Aires pudo haber repercutido sobre Lorca. Queda de manifiesto sin duda la admiración que los círculos de escritores y artistas argentinos le prodigaban (con algunas excepciones notables como la de Jorge Luis Borges), pero casi nada hay de lo que Lorca pudo haber leído o aprendido de los argentinos en sus largos meses en Buenos Aires.

Poco tiempo de vida le quedaría a Lorca a su regreso. El suficiente para dar término a Yerma y a La casa de Bernarda Alba. Sus otros proyectos, seguramente los más personales, incluido el de viajar a México, quedarían pendientes y hasta inconclusos. Algunos de ellos no los conoceríamos sino hasta mucho tiempo después de su muerte. De una u otra manera, eran producto también de sus viajes americanos.

En todo caso, sus viajes, sus pioneros viajes hacia América, especialmente hacia el sur, importan no solo por la influencia que hayan tenido sobre él o la repercusión que tuvo entre quienes lo trataron o lo conocieron, sino también porque en su momento reestablecieron y enriquecieron los puentes culturales de la identidad común y del mutuo conocimiento que subsisten en ambas orillas de la comunidad iberoamericana.

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