
Puede parecer una laguna importante en la Historia de la Cultura europea el no haberse abordado y planteado abiertamente la cuestión de la recepción en Europa, en el siglo xvi y en el xvii, de la lengua y la literatura españolas, de la difusión y la presencia real y, muchas veces, avasalladora, de las obras de creación literaria original de los españoles, en el marco de distintas literaturas nacionales europeas, durante esos siglos, hecho señalado por muchos, pero no descrito ni pormenorizado aún en su conjunto, o desarrollado en toda su complejidad. La preponderancia política y militar de España en esa época tuvo papel determinante y decisivo en la difusión y conocimiento de la lengua y de las letras españolas en Europa, pues todos los pueblos, cuyo destino histórico se cruzó con la acción diplomática y bélica de la España de entonces, sintieron curiosidad y atracción por las costumbres, la conducta, las formas de expresión y las muestras del espíritu de una nación a la que especiales circunstancias históricas y geográficas habían mantenido en una situación un tanto marginal dentro del continente y del panorama general de la Edad Media europea, y que irrumpía, de pronto, y haciéndose sentir firmemente, fuera de sus límites territoriales y políticos. Se presta, en todas partes, repentina atención al español y a lo español, se traducen libros españoles a otros idiomas, o se leen en su texto original en otros países y se imitan y copian los nuevos modelos. La sensibilidad de ciertos extranjeros queda afectada y removida por la lectura de las obras españolas que circulan ampliamente y que pudieran haber caído, más o menos casualmente, en sus manos, pero que habrán de dejar luego huella indeleble en su ánimo y en la producción propia. La moda y el gusto hispanos fueron imponiéndose progresivamente hasta integrarse en las literaturas nacionales extranjeras con las que habían entrado en contacto, permeando o conformando géneros literarios autóctonos, sirviendo de inspiración o incentivo a grandes o mediocres autores, a obras maestras o menores, que surgen en países física y espiritualmente alejados de la lengua, de la vida y el talante de España. El contacto y las relaciones de España y las literaturas de esos países enriquecieron el acervo de las letras europeas y obras españolas pasaron así a ser definitivamente ingrediente esencial de ese trasfondo, del cuadro abigarrado y universal que constituye la común historia literaria de Europa.
Hace unos años, concretamente en 1961, en un número extraordinario dedicado a España por la revista histórica de la UNESCO, Cahiers d’Histoire Mondiale, se publicaron una serie de ensayos que querían ser aportación de la erudición nacional al trabajo de la Comisión Internacional que prepara, para dicho organismo de las Naciones Unidas, una Historia del Desarrollo Científico y Cultural de la Humanidad. Entre los artículos recogidos en ese volumen estaba un opúsculo mío, en versión francesa, sobre «Mitos y temas españoles en la literatura universal»1, que pretendía dar una visión muy resumida y condensada de cómo lo español se había venido reflejando principalmente en la cultura del mundo occidental desde la Edad Media hasta la época contemporánea: desde que España y la personalidad de sus hombres y creaciones literarias se convierten en centro de atención de las naciones en el siglo xvi, e influyen o se integran, más tarde, en las literaturas nacionales de distintos países de Europa a través de traducciones, adaptaciones o imitaciones, congenialidades esporádicas de lectores y autores extranjeros que descubren esas obras y buscan en ellas solaz e inspiración, hasta que los más diversos géneros y estilos acaban por hispanizarse en la Europa del siglo xvii.
Algunas veces, una obra española y sus traducciones acabarán por resumir y simbolizar una moda literaria, un determinado gusto y unos sentimientos, y hasta un comportamiento social y ético, que adquieren caracteres de generalidad en todos los países de Europa y que revelan cuán evidente era su actualidad, su «modernidad» en aquellos momentos. Toda una gama de temas españoles estarán ya desde entonces siempre vivos en la literatura europea y prototipos literarios de cepa española, como Don Quijote y Don Juan, adquirirán un carácter casi mítico, por encima de la época en que surgieron como personajes y de la obra en que cristalizó su vida primera. Lectores, traductores, primeros entusiastas de las obras literarias españolas, fueron igualmente destacando rasgos característicos suyos, tratando de comprender hondamente su temática y sus propósitos, fijando lo que es su sustancialidad y sus valores morales y estéticos. Abierto así el camino, quedará también para el futuro la consideración meditada de la significación del pasado español y de sus exponentes más genuinos y sobresalientes que serán objeto de comentario y elucubración desde el siglo xvii, y que en el xviii y xix juzgarán las obras españolas como conquistas permanentes de la fantasía y del espíritu, cumbres en la Historia de la mente y de la sensibilidad literaria europea, y fuentes y testimonios de grandes experiencias humanas. En el eco del éxito inicial de la literatura española en la Europa del siglo xvi y la vitalidad de su difusión y el atractivo que ejercieron sus temas y sus estructuras y formas expresivas en el siglo xvii, y aun en los siguientes siglos, es donde hay que buscar el arranque de la universalidad de la literatura española que parece olvidarse por muchos en nuestros días2.
Intentar puntualizar y matizar esa presencia de España en el ambiente y en las letras de la Europa moderna, desde el siglo xvi, en que la literatura española aparece ya informando abundantemente la creación literaria de los escritores europeos, dando impulso al espíritu de su expresión y de su arte, es algo que ha de caer necesariamente dentro del conocido campo de la Literatura Comparada, con sus consiguientes riesgos y limitaciones. Especialistas de esa, más que disciplina, rama de los estudios literarios3 han venido previniendo contra ellos, pero señalando, al mismo tiempo, una serie de aspectos y parcelas que la metodología no ha acotado aún lo bastante, y que la investigación ha dejado sin explorar suficientemente: las peculiaridades de un modo de ser nacional, del estilo y la sensibilidad de un país y una cultura en una época determinada, transplantados a un medio extraño y asimilados en un tiempo distinto al de su origen. Se trata de algo más complejo y difícil que señalar meras causalidades o influencias, simples móviles o reflejos, aunque la precisión y la necesidad de fijar circunstancias cronológicas y externas en el proceso de los contactos de las obras españolas con las extranjeras, y también del volumen y cuantía, en cada caso, de su proyección hacia el exterior, exigen, en muchas ocasiones, entrar en detalles eruditos que pueden parecernos nimios y anecdóticos.
Todavía nos encontramos en un período de esbozo de nuestros estudios sobre la recepción de la cultura española en Europa desde el siglo xvi, en etapa de acopio de materiales, de acumulación de datos fragmentarios, sujetos a ulterior interpretación, de sistematización de hechos que pueden preparar una deseada visión de conjunto. No nos faltan monografías, aquí y allá, sobre el eco y la fortuna de algunos autores y obras españolas en países determinados, sobre el éxito y capacidad de seducción e imitación de ciertos géneros (teatro, novela, sobre todo), y su arraigo, en otros, acerca de asuntos y personajes literarios que encontraron en públicos extranjeros franca adhesión y acogida, alcanzando así un rango de universalidad. Pero sí falta una presentación elaborada y documentada de cada uno de los capítulos del encuentro de las letras españolas con las literaturas nacionales de los países de Europa que ilustre su proceso de adaptación y asimilación e identifique su progenie y sus consecuencias, la resonancia y el ambiente nuevo que engendra y crea.
Yo me atrevería a recordar hoy aquí ante vosotros algunos hechos, a sugerir sus implicaciones y problemas, a considerar ciertos aspectos y destacar momentos importantes dentro de esa rica variedad que ofrece el choque o reacción de la originalidad de la lengua castellana o de alguna obra o género literario español proyectados sobre el mundo circunstante, sobre unos idiomas, mentes y sentires extraños, sobre naciones, grupos sociales e individualidades ajenos al ser español, tanto en tiempos pretéritos como en otros más cercanos, en trance de imponer creaciones suyas, ideas, formas y temas propios, de atraerse y de españolizar la imaginación, el comportamiento y los sentimientos de hombres de otras lenguas y de otro origen y naturaleza.
No debe olvidarse, en esta primera salida de la literatura española a Europa, y, en general, en todo el conocimiento que de ella llega a tenerse en los siglos xvi y xvii, que, muchas veces, se depende de una lengua que sirve de intermediaria entre los libros españoles y las traducciones posteriores a otras lenguas extranjeras en países donde los originales no son fácilmente asequibles, porque ofrece dificultades su adquisición, o porque hacer una versión literaria del texto español no encontraba fácilmente personas aptas ni medios propicios que la hicieran factible y digna. Por eso no puede extrañar la importancia que las primeras traducciones italianas de La Celestina y de varias novelas españolas tuvieron para una transmisión y difusión de esas obras en Francia, Inglaterra o Alemania; el valor de las traducciones francesas de todo género como intermediarias para otras versiones inglesas y alemanas; el caso curioso o intrincado de las traducciones europeas de los libros de Antonio de Guevara que pasaron al alemán del italiano, al magiar del latín, al holandés del alemán y del francés, al sueco del alemán, y los más destacados traductores ingleses de la época de los Tudor llevaron a cabo sus versiones sobre anteriores traducciones francesas. Es decir, que muchas obras españolas, aun venciendo la natural ignorancia o poca familiaridad con la lengua castellana que hubiese en algunos sitios, en el siglo xvi, se integraron así dentro de una amplia actividad editorial europea, cuyos efectos no pueden desdeñarse. Los libros españoles iban, a través de otras lenguas, incorporándose, lentamente, de este modo, en el marco de la unificación del gusto y de los géneros literarios que dominaban la sociedad europea del momento. La literatura española adquirió desde aquel entonces alta categoría y paridad con las obras nacionales de los países a cuyas lenguas había sido traducida y en que era aceptada como parte de su producción nacional. En la segunda mitad del xvi, en pleno ardor de aprendizaje de lenguas extranjeras, abundan ediciones, muchas publicadas en el extranjero, de obras españolas bilingües, trilingües y hasta cuatrilingües, en que el texto original va acompañado de versiones en otro idioma que habían alcanzado aceptación general.
Una cuestión previa, no muy tenida en cuenta hasta ahora por los estudiosos que han prestado atención a la primera difusión de las letras españolas en los distintos países europeos, es la del conocimiento del español y la popularidad y la extensión de la enseñanza de la lengua castellana en aquellas naciones en el siglo xvi. Se está entonces en un momento inicial, y todavía, probablemente, muy lejos de lo que fue luego la situación de que tenemos testimonios contemporáneos, muchas veces invocados, de finales del siglo o principios del xvii. Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua, compuesto hacia 1535, había escrito: «Assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano»; pero en Italia comienza la influencia española. En el Persiles, obra póstuma de Cervantes, que va fechada en 1616, se lee (Libro III, Cap. XIII): «Preguntáronles quién eran en lengua castellana, porque conocieron ser españolas las peregrinas, y en Francia ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana». En la Gramática castellana de Cristóbal de Villalón, que se publica en 1558, se apunta, en relación con la expansión en países más lejanos: «Y aun en Alemania se huelgan en la hablar». Aunque no haya de olvidarse la temprana hispanización de Austria y del sur de Alemania, al suceder a Carlos V, en el Imperio, su hermano Fernando, que introdujo costumbres españolas en la Corte de Viena, de lo que dan fe el poeta Cristóbal de Castillejo y otros contemporáneos4. Algunos historiadores de las literaturas nacionales europeas han hecho notar lo tenue que se revela la influencia de las letras españolas fuera de la península en el reinado de Carlos V, y la parvedad en traducciones literarias españolas a otros idiomas en los primeros cincuenta o sesenta años del siglo xvi5. Sabemos, aunque solo sea parcialmente, los progresos del español en algunos países europeos y a las esferas sociales a que llegaba el conocimiento de nuestra lengua: Alfred Morel-Fatio publicó en 1888, como primera contribución a sus Études sur l’Espagne, un estudio en que esboza un cuadro general de cómo Francia conoció y comprendió a España desde la Edad Media, fijándose principalmente en los libros y circunstancias a través de los cuales se llegó a ese conocimiento y comprensión6. Se señalaba para la primera etapa en ese esquema, antes de Le Cid (1636), la importancia que para un conocimiento más intenso y profundo de la lengua castellana y para el despertar de mayor curiosidad e interés por las letras y la cultura española, en general, tuvieron los franceses y españoles, intérpretes y maestros de español en Francia, y también los escritores franceses que hicieron de la traducción de libros españoles profesión al servicio de editores y lectores ansiosos de asimilarse a las nuevas corrientes del gusto del público francés.
Los nombres de Chapelain, Lancelot, Chappuis, César Oudin, Charpentier, Juan de Luna, Salazar, Palet, entre otros, constituyen un grupo importante que mucho hizo a favor del conocimiento y difusión de la lengua y literatura española en Francia. Los enlaces de los monarcas franceses con infantas españolas, que acercaron a los últimos Habsburgos reyes de España al ámbito político de los Luises de Francia, crearon un clima favorable, con el país vecino, a la lengua y las cosas de España7. La enemistad y contraste bélico que condicionó, salvo excepcionales paréntesis de aproximación y coexistencia, las relaciones entre Inglaterra y España, no impidió, sin embargo, cierto ambiente propicio al conocimiento y al interés por la nación rival y poderosa, por su idioma8 y sus creaciones literarias: hay también producción de gramáticas y diccionarios, y Dale B. J. Randall9, que estudió, en el período 1543-1657, las traducciones al inglés de buena parte de la novelística española de esa época, es uno de los pocos investigadores que se han planteado la conveniencia, para poder estimar exactamente la influencia de una literatura extranjera, de empezar tomando en cuenta los conocimientos acerca de los que existe certeza de que habían aprendido o sabían español, planteándose los problemas y la teoría de la traducción entonces dominante y las actividades de los traductores en la Inglaterra renacentista.
Una serie de estudios monográficos, que debemos, en su mayoría, a hispanistas femeninos italianos10, nos documentan e informan sobre la actividad docente, literaria y editorial de españoles residentes en Italia e italianos metidos en la tarea de dar a conocer la lengua y la literatura española, en sus originales, o en traducciones, impresos en un país que se constituyó, muy pronto, en el siglo xvi, en el mayor centro de difusión e irradiación de las letras hispanas en Europa, que sigue aún vivo en el siglo xvii. Aunque ya Benedetto Croce y Eugenio Mele11 habían señalado, hace años, la labor de algunos de esos lingüistas y traductores de antaño, revivimos ahora, con todo detalle e intensidad, lo que debió ser la personalidad de Alfonso de Ulloa; la pintoresca figura de Francisco Delicado, autor y editor de La Lozana Andaluza, libro escrito y pensado para ser leído en Italia, y editor además de otros libros españoles de moda como La Celestina, el Amadís, el Primaleón, y La cárcel de amor; el destino aventurero de Hordognez (que así escribía su apellido) que, de una cátedra de Valencia, fue a Venecia a traducir y publicar La Celestina; de las actividades de Franciosini, gramático, lexicógrafo y primer traductor del Quijote al italiano; de Barezzo Barezzi, uno de los extraordinarios adaptadores de Antonio de Guevara, etc.
En todo este esfuerzo en torno al aprendizaje del español y al acercamiento a un público poco familiarizado con la lengua y las letras españolas, no debe olvidarse el papel que, al lado de gramáticas y diccionarios, tuvieron los «diálogos», que se popularizaron, ya fuera en combinación con gramáticas y vocabularios, ya fuera para dar independientemente una idea de lo que era el lenguaje coloquial de los españoles que se movían entonces por Europa, o preparar a aquellos extranjeros que tenían que entenderse con ellos en su propio país o en algún viaje a España. Es fenómeno consustancial con el Renacimiento europeo el interés por el aprendizaje de las lenguas modernas para entenderse en sociedad y con el comercio con los otros pueblos y para viajar y utilizarlas prácticamente. Muchas gramáticas se componen pensando en la educación de las clases aristocráticas y cultas deseosas de dominar la conversación en una lengua extranjera y de iniciarse rápidamente en la lectura de libros escritos de otros países12. Entre los vocabularios y manuales políglotas que fueron corrientes en Europa destacan los «diálogos» impresos en español, bilingües y no bilingües, a través de los cuales se ponía nuestra lengua viva al alcance de los europeos, tratando de reproducir con autenticidad su fraseología correspondiente a situaciones determinadas, con la misma preocupación que los pedagogos modernos tienen por los «patterns» de una lengua extranjera y los «habits» de los hablantes13. Raymond Foulché-Delbosc, bajo el seudónimo de «Marcel Gauthier», tuvo la feliz ocurrencia de publicar conjuntamente, en un tomo de su Revue Hispanique, con el título de «Diálogos de antaño», una serie de esas conversaciones fingidas que encontraron buena acogida en Europa durante el siglo xvii14. El gran erudito francés traza la complicada historia y transmisión de esos «diálogos» en el comercio de libros y reseña las numerosas ediciones de dichos «diálogos», obra de William Stepney (1501), de John Minsheu (1599), de César Oudin (1611) y de Juan de Luna (1619). Cierran las listas los de Francisco Sobrino que siguieron la tradición a principios del siglo xviii. Alguno más pudiera haberse añadido. Así, por ejemplo, los que aparecen en el Espejo general de la Gramática de Ambrosio de Salazar, que se publicó, por vez primera, en Rouen en 1615 y que se reimprimió luego varias veces en esa ciudad donde Salazar había asentado sus reales como maestro de castellano15. Si algunos, como el de Stepney, nos presentan un español que pudiera parecer defectuoso y balbuciente, otros nos dan un ejemplo de lo que podía ser el lenguaje convencional de la época referida aunque, algunas veces, se eche mano de los diálogos para la explicación de la gramática o para alguna pedante disertación. En los diálogos del Spanish Schoole-master de Stepney se perfilan temas como los siguientes: «Enseñar a los caminantes cómo avían de preguntar el camino desde un lugar hasta otro», «para cobrar deudas», «para hablar a la mesa, a las fiestas y a los banquetes», «diversas pláticas familiares para vsar en el mesón», «para quando vamos a la iglesia…». En los Pleasant and Delightfull Dialogues, debidos al profesor de lengua de Londres John Minsheu, se desarrollan conversaciones para «levantarse por la mañana»; «para comprar y vender joyas y otras cosas»; «entre pajes en el qual se contienen las ordinarias pláticas que los pajes suelen tener unos con otros», y así, hasta siete. Y César Oudin, que los reprodujo, compuso un octavo «de algunas cosas tocantes al camino»; y Juan de Luna se atrevió incluso a ensayar uno «entre una dama y un galán», y otro, «entre dos damas»… Ambrosio de Salazar, murciano que se pasó muchos años en Rouen, enseñando la lengua de Castilla, da a sus diálogos un aire más pedantesco, como en el Diálogo Primero, «De la variedad de lenguas y otras cosas curiosas»; o un carácter más práctico, como el Segundo: «Las conversaciones que se tienen en la mesa y paseándose. La manera de saludarse a todas las horas del día».
Una benemérita profesora norteamericana, Carolina B. Bourland, estudió los «Diálogos de antaño» publicados por Foulché-Delbosc en la Revue Hispanique, especialmente los de William Stepney, insertándolos en la línea de breves vocabularios con diálogos, difundidos por Europa, que arrancaban de un Vocabulare originariamente francés-flamenco, de Noël de Berlaimont, cuya primera impresión, en Amberes, se remonta a 1536, que alcanzó gran número de ediciones y que llegó a ser políglota, es decir, a comprender hasta ocho lenguas16. El español se había introducido, por derecho propio, en el campo de las lenguas de que se servía prácticamente Europa, a través de un poliglotismo que se había impuesto como imprescindible. De estos «diálogos», publicados al margen de manuales de gramática y de vocabularios, se desprendían, más que del habla de los españoles que andaban por países del extranjero, voces y frases hechas que hicieron fortuna en el lenguaje coloquial de los europeos. Hay vestigios en todas las lenguas europeas de interjecciones, «jurons» y frases exclamativas españolas incorporadas en aquel entonces, algunas de las cuales perduran hasta hoy17. Rudelf Grossmann sorprendió, hace años, con un trabajo juvenil sobre la presencia e influencia de España como nación en el teatro inglés de la época de Isabel I de Inglaterra18. Allí aparecen consignados detalles y voces referentes al comercio y a la industria, a la guerra, a las modas y costumbres sociales, etc., pero también una rica colección de títulos, nombres propios, frases estereotipadas, refranes y también escenas completas, o fragmentos de ellas, que los actores recitaban completamente en español. Casi causa pasmo imaginar lo que debía de ser para los espectadores londinenses de The Jew of Malta de Marlowe y The Alchemist de Ben Jonson el oír a los actores declamar largas tiradas en español.
La irrupción de España en la vida europea en el siglo xvi y los efectos duraderos de su intervención en la política internacional tenían que abrir igualmente el camino a la influencia de su lengua sobre las otras lenguas con las que entró en estrecha relación de contacto, y existen, desde hace años, una serie de estudios preliminares que han inventariado numerosos hispanismos que se encuentran en las lenguas europeas, especialmente en francés y en italiano19. Pero cabría ampliar la lista de esos estudios, y cualquier intento nuevo ha de replantear necesariamente, en relación con cuestiones metodológicas, la global de la difusión del español en los países europeos y de la importancia de su aportación y participación en la vida activa y la cultura del continente. Así, por ejemplo, un breve trabajo de Hans Janner sobre la lengua española en Alemania durante la época de Carlos V20, más bien una concisa comunicación para ser leída en un congreso en torno al centenario de la muerte del Emperador, aparte de corregir atinadamente ciertos puntos y de sugerir otros, llamó la atención sobre el hecho de que se usaran palabras españolas, en el siglo xvi, en el lenguaje comercial internacional forjado en famosas ferias europeas. Una revisión de «the Spanish Element» del inglés, publicada, por vez primera, en 1935, por la filóloga Mary S. Serjeantson21, llega a la conclusión de que es el siglo xvii el que incorpora el mayor número de hispanismos a la lengua inglesa, y en ellos destaca también una gran cantidad de voces aborígenes americanas que llegaron al inglés a través de los historiadores de Indias y del comercio de importación, que España inició, de los productos de las tierras de Ultramar recién descubiertas. El gran polígrafo italiano Benedetto Croce nos dejó, como fruto de sus juveniles investigaciones históricas en su hispanizado Nápoles natal, un gran libro sobre España en la vida italiana del Renacimiento. No solo documenta hispanismos corrientes en la lengua de la Italia que estuvo, desde fines de la Edad Media, bajo la influencia española, sino el magnífico cuadro de la cultura y sociedad hispano-italiana que se forjó en la época del Renacimiento, de italianos que convivieron con aquellos tipos españoles extraordinarios que pulularon entonces por tierras italianas, cargados de «superbia gothica», aventureros y soldados fanfarrones que iban a convertirse en figuras populares estereotipadas en la vida y teatro del país.
Una reciente nueva contribución de un filólogo italiano, Gian Luigi Beccaria22, no solo aumenta y precisa los hispanismos conocidos, o los no tenidos aún por tales, con sus originales investigaciones, sino que ensaya, con nuevos enfoques y puntos de vista, los problemas que ofrece, en el campo de los préstamos, el sostenido contacto del español con diversas variantes lingüísticas regionales del italiano, y los que suponen la recíproca influencia de sus formas en lenguas tan parecidas y próximas en su coexistencia y empleo en la Italia del siglo xvi. Aparte de la consideración de lo que él llama la «fenomenología del préstamo» y del particular examen de unos temas con especial referencia al comportamiento social en que se incluyen tantos términos que manifiestan actitudes vitales y éticas y situaciones humanas y de relación social. Así, encontramos flema, sussiego, brio, disinvoltura, proveccio, firmemente enraizados en la mentalidad y en la lengua italiana, lo mismo que las ceremonias y los complimenti y creanza de origen español. Toma también en cuenta Beccaria el españolismo en las traducciones al italiano y las citas españolas en los textos literarios como instrumentos estilísticos que contribuyen a aumentar el elemento hispánico de la lengua italiana. Todos los que han estudiado las palabras españolas que se introdujeron, desde el siglo xvi, en las lenguas europeas, han estimado como forma más apropiada para presentar esa penetración el agruparlas en esferas afines determinadas, mostrando cómo todos los campos de la actividad de un pueblo habían pasado por esa contaminación de la vida y costumbres de la lejana España que ejercía así, en mil aspectos, una profunda y variada influencia. Beccaria esboza también, en su estudio, una visión panorámica de la variedad de aspectos y sectores de la lengua italiana en que la influencia del español se hacía sentir más intensamente. Entre los estudios antiguos que existen sobre los hispanismos en lenguas europeas el interés de los investigadores se había fijado especialmente en ciertos campos: el libro de Ricardo Ruppert se ocupa especialmente de los términos que se refieren al ejército y a la política; el de W. F. Schmidt abarca múltiples campos de la vida pública y privada; R. Grossmann, en su estudio citado, tomando como fuentes el teatro inglés isabelino, presta atención a la guerra, al comercio, a las actividades sociales (modas indumentarias, danza y teatro, deportes), y a cuestiones morales; un librito de P. Scheid, sobre las palabras españolas en alemán, revela sí solo una ligera influencia del español, pero críticas de especialistas insisten en que el tema no se ha agotado en lo que se refiere a los préstamos más antiguos, etc.23