Recuerdo perfectamente el momento. Es el 13 de febrero de 1972, y se celebra la sesión pública en que se formaliza el ingreso de Carlos Clavería en la Real Academia Española. El recipiendario ha leído su discurso, y hace ahora lo propio, dándole la bienvenida, don Emilio García Gómez. El gran arabista enfila ya la conclusión, luego de haber evocado la trayectoria vital de Clavería, con sus constantes idas y venidas por universidades de Europa y América, y haber glosado sus principales trabajos, dedicando la atención que merecen a los soberbios Estudios sobre los gitanismos del español. «¿Qué ha podido mover a este redomado europeo, a este filólogo itinerante —se pregunta entonces García Gómez—, a estudiar los gitanismos?». Ensaya algunas posibles respuestas, pero se reserva para el final una definitiva que encierra una deliciosa proeza de ingenio: «Si hubiésemos de buscar todavía —remata— otro móvil espiritual, quizá lo hallaríamos en lo único que puede unir a los gitanos con Clavería: el nomadismo». En ese momento, justo enfrente de él, Carlos Clavería, regocijado, no resiste la tentación de comprobar la reacción que en el público produce la genial ocurrencia, y vuelve su mirada hacia las filas de butacas. Al hacerlo se dibuja francamente en su rostro aquella sonrisa apicarada que recordarán cuantos tuvieron la fortuna de conocerle.
Cuando comienzo a escribir estas líneas termina el año en que se han cumplido cien desde que don Carlos Clavería Lizana vino al mundo (en Barcelona, el 25 de marzo de 1909) y treinta y cinco desde que lo dejó (en Oviedo, el 16 de junio de 1974). Más olvidado hoy, acaso, de lo que merecía estarlo, se antojaba oportuno que su centenario no pasara sin algún acto de recuerdo u homenaje, y el más indicado de ellos parecía el que el Instituto Cervantes decidió tributarle: la reedición de su discurso de ingreso en la Academia, este España en Europa. Aspectos de la difusión de la lengua y las letras españolas desde el siglo xvi que en su nueva salida tiene el lector entre sus manos. Aunque no faltaran razones para la reedición de cualquier otro libro del autor, eran varias las que concurrían para la elección de este. Fue, en su momento, publicación no venal, como todas las de su género, pero, a diferencia de otros discursos de ingreso, no llegó a ser —aunque al parecer el autor se proponía que lo fuera— núcleo de un libro o monografía posterior que pudiera haber logrado más amplia difusión. Y encajaba exactamente, por su tema, con la razón misma de ser de la institución que lo recupera. Añádase, en fin, que este pequeño homenaje se dirige a quien durante cuatro años (1956-1960) fue director del Instituto de España en Múnich y durante otros seis (1963-69) de su equivalente londinense. Es decir, de dos de los centros que, creados por la Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores a partir de 1948, prefiguraron lo que es hoy la red de Institutos Cervantes en todo el mundo.
Carlos Clavería fue, en las décadas centrales del siglo pasado, el más cosmopolita de los hispanistas españoles. El europeísmo, para él, fue mucho más que una convicción, fue una profesión vital. Tras realizar los estudios de Derecho y Filosofía y Letras en su Barcelona natal y desplazarse a Madrid en 1929, como entonces era preceptivo, para cursar las asignaturas del doctorado, fue becario de la Universidad de Barcelona en Múnich (1930-31), y lector de Español en las universidades de Marburgo y Fráncfort entre 1931 y 1937. Después de la guerra lo fue, durante otros seis años, en Uppsala, donde, naturalmente, aprendió sueco y se lanzó a bucear en las huellas hispánicas que pudiera encontrar en aquel país nórdico; de ahí saldrán sus Estudios hispano-suecos, reunidos en 1954.
Ya doctor desde 1945 —con una tesis que, al estudiar la fortuna española de Le chevalier délibéré de Olivier de la Marche, subrayaba el borgoñismo del emperador Carlos—, dejó Suecia en 1946 para aceptar un puesto como profesor de Lenguas Románicas en la Universidad de Pennsylvania. Comienza así su primera y más dilatada etapa americana, entreverada de estancias en Harvard y Bryn Mawr College. En la hermosa necrología que Rafael Lapesa le dedicó se evocan los encuentros de ambos en aquellas tierras, y una conversación en la Pennsylvania Station de Nueva York en la que, al revelarle Clavería al amigo «su cansancio de profesor errante», recibe el consejo de opositar en España a una cátedra universitaria. Al poco (1950), don Carlos gana la de Gramática General y Crítica Literaria de la Universidad de Murcia, y desde entonces su actividad se reparte, como explica Lapesa, «entre intentos de acomodación a la vida española y frecuentes salidas al extranjero». Es de suponer que el ya gran especialista en Literatura Comparada no se sintiera muy a sus anchas en los medios universitarios españoles del momento, y que echara de menos las bibliotecas en que estaba habituado a trabajar. Tras poner en funcionamiento, como ha quedado dicho, el Instituto de España en Múnich, vuelve a América (Universidad de California en Los Ángeles, 1960-61), recala en Madrid unos años, 1961-1963, durante los cuales es Redactor Especial del Diccionario histórico en el Seminario de Lexicografía de la Academia. En 1963 obtiene cátedra en la Universidad de Oviedo, pero de nuevo sale de España, esta vez para dirigir el Instituto de Londres. Durante los últimos años de su vida ocupa la cátedra ovetense, y el 14 de enero de 1971 es elegido por unanimidad miembro de número de la Real Academia Española. Las fechas de su ingreso, y de su repentina muerte en la ciudad asturiana, quedan ya consignadas arriba.
En plena Guerra Mundial había iniciado sus acercamientos a la literatura española desde la óptica comparatista europea. Son los reunidos en Cinco estudios de literatura española moderna (1945), que ponen en relación a Clarín con Flaubert y Renan, a Azorín con Nietzsche y Guyau, al Belarmino de Pérez de Ayala con lingüistas como Max Müller, a Machado con Bergson y Heidegger. «Se intenta comprobar —explica— cómo un cierto libro o un cierto autor extranjero se reflejan o encuentran eco en la obra y el espíritu de unos escritores españoles. No se trata de establecer infuencias ejercidas por unos sobre otros, sino de inquirir […] el proceso de formación de una obra literaria o del pensamiento de un escritor, de perseguir la huella que en la idea original y en la creación dejaron unas lecturas». Similar carácter tienen varios de los ensayos reunidos en Temas de Unamuno (1953).
Pero simultáneamente, dando muestras una vez más del admirable integralismo de la mejor filología española, Clavería se iba interesando por un sector de los estudios lingüísticos muy desasistido entonces: el de lo que tan problemáticamente se denomina «argot», y sus aledaños. Iniciada esta línea de investigación en 1941 (con un artículo «Sobre el estudio del “argot” y del lenguaje popular»), pronto desemboca —espoleado, según declaración del propio autor, por el ejemplo de Max Leopold Wagner— en la dedicación a los gitanismos. Sus Estudios de 1951 son un asombroso ramillete de monografías que, tras un panorama general, desentrañan, con inusual pericia y documentación apabullante, unos cuantos revesadísimos casos de los préstamos recibidos del caló por nuestra lengua en sus estratos más populares, y desde ellos incorporados a la literatura. El hecho de que tras la aparición de aquel volumen Clavería no abandonara el asunto, sino que enriqueciera su conocimiento con nuevos trabajos, justificaría con creces, por cierto, una nueva recolección, en la que también tendría encaje, desde luego, su capítulo sobre «Argot» del segundo tomo de la Enciclopedia Lingüística Hispánica (1967).
En fin, el estudio que el lector tiene entre sus manos aúna también el interés lingüístico y el literario, como el subtítulo subraya. En su primera parte atiende a la difusión por Europa de la lengua que precisamente desde el Quinientos empezó a llamarse española, y a los instrumentos que la facilitaron: gramáticas, diccionarios, diálogos modélicos para su aprendizaje. Hoy ha crecido extraordinariamente la atención de la llamada historiografía lingüística hacia esas obras —pasto, por otro lado, no ajeno a las exigencias curriculares de tantos docentes especializados en lo que, clausurado el siglo de las siglas pero no, ni mucho menos, su espíritu, ha dado en llamarse E/LE—; precisamente por ello no está de más recuperar esas pocas páginas pioneras que les dedicó don Carlos Clavería, tan lejanas ya (1972) que podrían haber escapado al conocimiento de los interesados.
La segunda parte, notablemente más extensa, recorre la impregnación que en la vida y la cultura europeas de los siglos xvi al xx —nada menos— dejaron algunos géneros y obras de nuestra literatura: la picaresca muy señaladamente, pero también La Celestina, la narrativa sentimental, pastoril o caballeresca y el teatro, sin que falte una rápida ojeada —no podía ser de otro modo— al Quijote y a la poesía lírica. Remito al espléndido párrafo final del discurso, en el que se desvela que el designio, mucho más allá del estudio de recepciones o la detección de influencias, era mostrar el modo en que España había contribuido a forjar en el continente una unidad cultural. Tras lo cual rinde homenaje a los estudiosos que le precedieron en el empeño de que la presencia de España en Europa y en la literatura universal fuera «conocida y reconocida».
Se entenderá, pues, que hayamos aludido al europeísmo profundo de Clavería. Y también que muy intencionadamente hayamos utilizado antes para referirnos a él la palabra hispanista. Hoy nadie duda de que en las nutridísimas filas del hispanismo se incluyen los muchos españoles a él profesionalmente consagrados, pero durante un tiempo la condición de hispanista se reservaba al extranjero aficionado o enamorado de los estudios hispánicos, de un mundo y una cultura que, remontándonos aún más atrás, no dejaban de tener el ingrediente de exotismo que siempre ha contribuido a alimentar pasiones de esa índole. Pues bien, estimo que Clavería, desde su instalación física y mental en tantas universidades europeas y americanas, actuó como un puente entre el hispanismo mundial y la filología de intramuros, pues estaba en condiciones de identificarse con el «hispanista» que contempla lo español desde fuera sumando la ventaja añadida de conocerlo en profundidad desde dentro. Es muy significativo, a este respecto, que en el congreso fundacional de la Asociación Internacional de Hispanistas (Oxford, 1962) don Carlos fuera elegido Vocal de la primera Junta Directiva de dicha sociedad.
Caracterizan a los trabajos de Carlos Clavería, sean del campo que sean, el manejo de una documentación muy rica y el anhelo de exhaustividad bibliográfica, en tiempos en que esto último era, en aparente paradoja, más fácil y también más difícil de perseguir que hoy: más fácil porque la masa de letra impresa era menor, acaso todavía abarcable (bien que con grandes esfuerzos); más difícil porque, lejos aún los subsidios mecánicos, el acopio era benedictinamente manual. Ya hemos sugerido antes que sin el peregrinar de don Carlos por las mejores bibliotecas de Europa y Estados Unidos ese noble anhelo no habría sido posible. En cualquier caso, se vio en la situación un tanto enojosa del erudito de buena ley que en ocasiones se siente movido a pedir disculpas (¿?) por no haber podido desentenderse de su propia autoexigencia. Así, por ejemplo, cuando en la «Nota preliminar» de Temas de Unamuno advierte que «los lectores pueden, si quieren, prescindir de esos “andamios” de la erudición [las notas al pie], que tan poco gratos fueron siempre a don Miguel». «Que sean únicamente —añade— testimonio del tesón y fervor con que se quiere penetrar e interpretar su obra».
Tesón y fervor son dos palabras que caracterizan admirablemente a don Carlos Clavería en lo filológico. Quienes lo conocieron en ese terreno ponderaron su sabiduría, su memoria prodigiosa, su agudeza crítica. Pero uno de ellos, Emilio Alarcos Llorach, compañero en el claustro ovetense, nos dejó además este testimonio de mucho mayor calado: que ante el amigo «lo que de modo ineludible se imponía era la humanidad, la bondad envuelta en modestia, la presencia original y única de un hombre abierto a la comprensión y al perdón de toda estupidez y de toda petulancia».
Pedro Álvarez de Miranda