Por Álvaro Torrente Sánchez-Guisande,
presidente del Patronato Fundación Gonzalo Torrente Ballester
«La biblioteca de GTB no era solamente un enorme espacio forrado de libros hasta el techo […]. En ella también había espacio para las herramientas de la creación»
Siendo yo niño, cuando en 1970 recalamos en Madrid después del periplo americano y un breve paso por Pontevedra, en el nuevo colegio me hicieron rellenar una ficha en la que preguntaban la profesión de mi padre. «Lector», escribí ingenuamente, convencido de que esa ocupación explicaba los miles de libros que nos acompañaban en cada desplazamiento y que llenaban inexorablemente las paredes de nuestros sucesivos domicilios. Cuando años después recordaba esta anécdota, sonreía de mi ingenuidad, consciente de la imposibilidad de vivir de esa sola actividad, pero también de lo difícil que resultaba vivir sin ella: sin el libro, sin la fábula, sin la narración.
Hoy creo que, en el fondo, no estaba descaminado, ya que, aunque la lectura no dio sustento y abrigo a GTB y su extensa familia, sí fue un eje de nuestra vida. Sobre el caldo de cultivo de la magia medieval de la aldea de Serantes y la racionalidad moderna de la ciudad de Ferrol que llenaron su niñez, GTB alimentó el virus de la literatura con lecturas, primero en su propia casa, después en bibliotecas públicas y privadas, y poco a poco en la suya propia, la que habría de acompañarlo, siempre creciente, en las innumerables mudanzas a las que le impulsaba su curiosidad de peregrino y su permanente insatisfacción. Y a pesar de ellas, de las mudanzas, la biblioteca conservó tras cada viaje su identidad e incluso su distribución, con La Pléiade a sus espaldas y sus clásicos preferidos a la izquierda: Cervantes, Joyce, Ortega, Nietzsche… En cada cambio, GTB se las apañaba para reconstruir ese lugar secreto y privado, entre tabernáculo y vientre materno, donde se encerraba por la tarde a escribir algunos folios de lo que tuviera entre manos, interrumpiendo momentáneamente su retiro a las siete para tomar una taza de Lapsang Souchong con Fernanda y, en ocasiones, con alguno de sus hijos.
Pero la biblioteca de GTB no era solamente un enorme espacio forrado de libros hasta el techo, con tenues luces y mullidos sillones para la siesta (y en ocasiones para algunos invitados). En ella también había espacio para las herramientas de la creación: los magnetófonos con los que fingía dialogar (guardaba en los cajones miles de horas de grabación); las máquinas de escribir, que con los años se fueron electrificando y convirtiendo en ordenadores; el millar de discos de vinilo donde estaba toda la música de sus novelas (el Lamento d’Arianna, las partitas para violín solo de Bach, el piano de Chopin o de Ravel, y mucho Mozart y Beethoven); álbumes de fotos, algunas personales pero la mayoría intentos de atrapar momentos y paisajes, testimonio de su ojo observador; y, sobre todo, papeles, miles de papeles, entre cartas, versiones de novelas y artículos, liquidaciones o facturas. De todas las bibliotecas, la que mejor recuerdo es la de la calle Toro, en Salamanca, una habitación enorme al final del pasillo (desde cuyo balcón se veía la Torre del Aire hasta que derribaron la vieja casa de enfrente para construir un bloque que la ocultó), que se convirtió, en mi adolescencia, en un rincón iniciático de músicas y lecturas, y donde le recuerdo por primera vez escribiendo Apocalipsis opus 29 (que acabaría titulándose Fragmentos de Apocalipsis).