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Gonzalo Torrente Ballester

Un posible J. B.

Por Ricardo Menéndez Salmón

«Galicia […] vio nacer […] a cuatro grandes cronistas, topógrafos y vates de sus fronteras: por orden cronológico, al pontevedrés Ramón María del Valle Inclán, al orensano Eduardo Blanco Amor, al coruñés Gonzalo Torrente Ballester y al lucense Álvaro Cunqueiro»

Todo Finisterre demanda, cuando menos, un cronista, un topógrafo y un vate. Un cronista porque hay que redactar, un topógrafo porque hay que mensurar y un vate porque hay que cantar los límites para que no se pierdan, para que el viajero incauto, perezoso o dado sólo a frecuentar las grandes capitales y los centros del alboroto y del alborozo planetario acuda también a ciertos espacios por definición excéntricos, los pueda situar en el cronomapa del mundo y los llegue a aceptar como parte integrante de un ecosistema plural y vivo.

Galicia, que es, entre otras cosas, nuestro Finisterre atlántico, vio nacer, entre finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, a cuatro grandes cronistas, topógrafos y vates de sus fronteras: por orden cronológico, al pontevedrés Ramón María del Valle Inclán, al orensano Eduardo Blanco Amor, al coruñés Gonzalo Torrente Ballester y al lucense Álvaro Cunqueiro. Los cuatro, cada cual a su modo, moviéndose entre el esperpento deformante y las mocedades heroicas, sin renunciar a un muy vigoroso realismo o a la construcción de frescos folcloristas en los que convivieron con absoluta congruencia el movimiento obrero con la empanada de lamprea, consiguieron levantar una cosmovisión acaso única en la fecunda tierra de la literatura forjada dentro de la Península, independientemente de la lengua de origen en que esa literatura haya sido redactada.

Y aunque, a poco que se conozca la geografía que se pisa, uno podría estar tentado a pensar que de Vilanova de Arousa a Orense y de Ferrol a Mondoñedo el universo gallego es de por sí lo suficientemente rico, pregnante y generoso como para que la prosaica realidad y la profética imaginación bastasen a la hora de cifrar una experiencia del límite, uno de estos cuatro magníficos cronistas, topógrafos y vates, Gonzalo Torrente Ballester, aún se sintió en la obligación de sacarse de la chistera, en esa obra maestra de la literatura que es La saga/fuga de J. B., una quinta provincia gallega, Castroforte del Baralla, suprimida de los atlas durante la Restauración por orden de Cánovas del Castillo, tras su intento fallido de constituirse en cantón y república independiente, pero que a beneficio de la fantasía se puede visitar, desde 1972, en las sucesivas ediciones que del texto se han publicado hasta la fecha.

En deuda con una tradición literaria que ha hecho de Yoknapatawpha, Kakania, Santa María, el Mar de las Sirtes o Región ítems irrenunciables de una educación sentimental, he sentido desde muy joven la necesidad urgente, no exenta de cierta atrición respetuosa, de visitar estos territorios fuera de los mapas, donde los conflictos de los personajes encuentran acomodo. No en vano, llegado a la literatura como quien desembarca en una playa de promisión, como lector nunca he hecho mío el célebre dictum de Ockam según el cual hay que evitar la multiplicación innecesaria de los entes, sobre todo de los entes de ficción. Al contrario, en la promiscuidad de los caracteres soñados y en la prolijidad de los territorios alternativos, he encontrado desde niño ciertas recompensas que la realidad, tozuda y a veces avara, se ha obstinado en negar a mi imaginación. Quizás porque como Torcuato del Río, el inolvidable casanova de la novela de Torrente Ballester, expresara por la pluma interpuesta de José Bastida, el no menos memorable personaje central de la novela: «El laberinto es la razón que se ríe de sí misma y desarrolla las posibilidades de oscuridad que su naturaleza le permite». Lo cual, bien mirado, podría constituir una definición nada desdeñable del arte de la escritura.

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