Por Juan Ángel Juristo
«Los escritores que tienen grandes problemas con la vista, tantos como aquellos que ven tan bien y fino como un rastreador piel roja, miran el mundo de manera diferente a los otros»
Tengo para mí, siempre me dio el pálpito, que los escritores que tienen grandes problemas con la vista, tantos como aquellos que ven tan bien y fino como un rastreador piel roja, miran el mundo de manera diferente a los otros. La tradición quiere que nuestro cantor épico de los orígenes de nuestra civilización fuese llamado «El Ciego» y deviniese casi divinizado. En un ámbito menos sacralizado, más chusco, se mueven mis observaciones. Recuerdo aún una foto maravillosa, fascinante, en que se ve a Gonzalo Torrente Ballester pegado casi al culo rotundo de una estatua modernista, de mujer, claro, que sostenía una lámpara en una escalera del Ayuntamiento de La Coruña donde se otorgaba el premio literario que lleva su nombre. Cuando ví aquella foto parece que se me reveló de golpe el misterio del fuerte erotismo que poseen sus narraciones: miraba las cosas de muy cerca para poderlas pulir con más acierto. Y visto así, ¿qué me dicen del estallido verbal, potente casi como Shakespeare, de otro ilustre casi cegato como James Joyce? Su enorme incontinencia verbal tenía más que ver con el oído que con otra cosa, de ahí esos paisajes perfectos, nítidos, científicos, de Dublín, cuando miraba y esa enorme poesía, casi divina, cuando percibía los olores, los sonidos, los sabores, de la capital irlandesa. Peculiaridades de los casi ciegos. ¿Hace falta remitirse al más ilustre de nuestra lengua en el siglo que nos ha dejado, Jorge Luis Borges, para entender que buena parte de su mundo tomó cuerpo con rotundidad progresiva cuando los colores poco a poco iban perdiendo octavas y terminó quedándose sólo con la distinción del amarillo, el color de Apolo?
Pero la distinción se complica cuando la cosa se mira como una carencia casi sin remedio, al modo de un pecado original, como si de una página de Dostoievski se tratara. Ernesto Sábato, sin ir más lejos. Informe sobre ciegos es una metáfora amarga del mundo, del nuestro, incluso del que gozan con la mirada el común de los mortales sin problemas de visión. Aquí el relieve de las cosas, la celebración de las mismas tal y como se presentan, da paso a un problema moral de finísimo calado y honda amargura. Deducir esa propensión a los problemas de visión de Sábato no deja de ser una tontería, pero cuando llega la hora pánica, cuando existe un exceso de luz, nuestra tradición nos dice que nos quedamos ciegos, que no vemos, y es entonces cuando percibimos aquello que se esconde tras la feliz apariencia. Tradición, ésta, que nos puede venir más recientemente del cristianismo pero que cierta reivindicación moral de escritores de izquierda ha adoptado como suya. El último por nuestros pagos, José Saramago, un hombre que tenía problemas de visión debido a la edad solamente, con esa salud propia de un hijo del campo del Alentejo. Su ceguera, pues, su informe, es tardío, después de haber celebrado, cuando joven, la lluvia de Lisboa como pocos. Entonces veía con brutal nitidez el relieve de las cosas, hasta distinguir las gotas de agua, casi una a una.
Lo de ver sólo a condición de colocarse potentes lentes trae consecuencias múltiples. Algunos pueden deducir en el peculiar modo de verbalizar de Francisco Umbral, tan propenso a la lírica, sus dificultades con distinguir la forma de las cosas a la primera. En cualquier caso esa vena lírica dio lugar a Mortal y rosa, uno de los libros de prosa poética más bellos de nuestra literatura reciente. O como en el caso de Dámaso Alonso, que nos descubrió el vasto continente de Góngora, amén de muchas otras cosas, porque debido a un problema de la vista no pudo estudiar la carrera técnica a la que creía estaba llamado. Quisiera acabar, por no extender la cuestión hasta límites inapropiados, con un último ejemplo, el de un best seller de los años en que en España no había dinero ni para comprar una novela de Marcial Lafuente Estefanía: José María Sánchez Silva y su Marcelino pan y vino. ¿Habría alguna relación entre su escasa terrena visión y la excelsa que nos retrata entre la relación de un niño con Cristo? Cierro aquí la cuestión.