Por Andrés Ibáñez
«En este país, el despliegue efectivo de la imaginación se les prohíbe, o al menos se les reprocha, a los que de ella viven y se alimentan»
G. T. B.
Un hombre de sesenta y seis años, con el pelo casi blanco aunque todavía abundante. Unas enormes gafas negras, que además de oscuras parecen de mucho aumento. Gestos rápidos y finos, una boca que se pliega y se repliega al decir las palabras en algo que casi es un tic pero no llega a ser un tic. Un cierto alambicamiento en la expresión. Un pitillo encendido hábilmente, sin dejar de hablar, engarzado en una larga boquilla negra. Profundos pliegues en el rostro, pequeño y arrugado como una pasa. Parece un ciego, como Tiresias, como Borges, pero no es ciego. Es Gonzalo Torrente Ballester, uno de los grandes novelistas del siglo xx. Es Gonzalo Torrente Ballester, el más grande novelista español del siglo xx. Sí, este hombre mayor, casi anciano, padre de once hijos, el más pequeñito de apenas siete años, este hombre de pelo casi blanco y ojos casi ciegos (en realidad, las gafas negras las lleva desde joven), que habla con una seguridad desconcertante y quizá con un dejo de arrogancia, acaba de cosechar, en realidad, su primer éxito literario. Le quedan cuatro años para la jubilación, pero acaba de publicar La saga/fuga de J. B., que es el libro que le ha llevado a la fama. Y este hombre algo alambicado, algo arrogante en su expresión, que se toma su tiempo para contestar las preguntas, en el que adivinamos una inteligencia rápida y precisa, y una infinita capacidad de ironía, parece nervioso, indignado, molesto. Se queja de que el reconocimiento le viene demasiado tarde. Se queja de que cuando se jubile no tendrá más tiempo para escribir, sino menos, porque con su jubilación de profesor no podrá mantener a su familia. Este hombre de sesenta y seis que acaba de publicar la novela más importante del siglo xx español y una de las grandes obras maestras de la literatura posmoderna europea, es en realidad un escritor frustrado. Escribir en España, dice Cernuda en un famoso poema, no es llorar, es morir. Lo que estamos viendo es la entrevista realizada por el periodista Joaquín Soler Serrano en A fondo.
Estamos acostumbrados a leer en las historias de la literatura que Gonzalo Torrente Ballester, nacido en 1910 en una aldea próxima a Ferrol y muerto en Salamanca en 1999, comenzó como autor dramático, siguió como periodista y continuó como narrador. Fue, al mismo tiempo, profesor, siempre profesor, y lo fue por vocación. Él mismo habla de una «doble vocación», la de la enseñanza y la de la escritura, una declaración que resulta infrecuente en un novelista, rara especie animal que normalmente no desea hacer otra cosa en la vida más que escribir y escribir. Sabemos, también, que Torrente Ballester fue falangista y que perteneció al grupo de los falangistas ilustres e ilustrados (Ridruejo, Rosales, Laín), aunque Torrente fue falangista por circunstancias y no por grandes convicciones, tuvo siempre problemas con la censura del régimen y en 1962 firmó un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga que le costó su puesto de trabajo en la Escuela de Guerra Naval y sus colaboraciones como crítico en Radio Nacional y en Arriba. En cuanto a lo de autor teatral, ¿cuántos de los que serían capaces de citar los títulos de algunas de sus obras de teatro, o incluso de todas, saben que Torrente jamás pudo estrenar ninguna de ellas? No, Torrente nunca fue autor teatral, aunque le habría gustado serlo: se limitó a escribir teatro y a verlo publicado. También le habría gustado ser catedrático universitario. Sólo llegó a catedrático de instituto.
Su obra narrativa comienza dentro del mundo de la fantasía, da un giro al «realismo» y luego retorna triunfalmente a la fantasía con La saga/fuga. Conviene señalar, sin embargo, que su famosa trilogía «realista», Los gozos y las sombras, una de las obras más deliciosas de la literatura española moderna, nada tiene que ver con el realismo decimonónico, ni con el naturalismo, ni con la literatura social tan de moda en la época. Las tres novelas de Los gozos y las sombras (1957-1962) son «realistas» sólo en el sentido de que no contienen elementos fantásticos, ni islas artificiales, ni pueblos que vuelan en las alturas, pero son, en realidad, literatura romántica, «realismo romántico» si se quiere, cuya raíz son los arquetipos, el mito y la leyenda. Inexplicablemente, esta maravillosa fantasía gótica pasó desapercibida. El primer volumen ganó el Premio de la Fundación March de Novela, lo cual movió a su autor a completar la trilogía, que apenas llegó a vender unos cuantos cientos de ejemplares. La siguiente novela, Don Juan (1963), una de las grandes obras maestras de Torrente, fue también un fracaso: la primera edición tardó nueve años en agotarse. Entre 1966 y 1970, Torrente Ballester vivió en Albany, en el estado de Nueva York, como profesor invitado. Allí tenía mucho tiempo, pocas ocasiones de haraganear (no hay tertulias ni cafés en Albany) y muchos libros, y terminó Off-side, otro libro de lectura deliciosa, y comenzó Campana y piedra, que sería el origen de La saga/fuga de J. B.
Esta es, sin duda, su obra maestra. Todo Torrente está aquí: sus raíces gallegas, las historias que oía contar a los mendigos que paraban por su casa cuando era niño, la fascinación del mito y de la magia, la lección del surrealismo, junto al lenguaje desprendido, irónico y preciso de un narrador que se las sabe todas, que ha viajado y ha vivido, y especialmente que ha vivido y viajado en la literatura moderna y posmoderna y ha buceado en las tendencias intelectuales y estéticas más avanzadas de su época. La saga/fuga es una obra de deslumbrante originalidad, un milagro donde el incansable despliegue técnico y el uso virtuoso del personaje coral va unido a un talento narrativo sin par en nuestras letras modernas. La acción salta a través de la historia, parodia incontables autores antiguos y contemporáneos, pone en marcha diversos procedimientos formales de tipo estructural, arquitectónico y musical (las siglas J. B. recuerdan a Johann Sebastian Bach, famoso autor de fugas), y es tan divertida como conmovedora, porque sabe unir la maquinaria de tan magno delirio a la simple historia de amor de un hombre pobre y feo por una sencilla muchacha del pueblo. Merece la pena leer el informe del censor de la época, que escribe (¡después de tener el libro en sus manos sólo un día!): «De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender (…) Este libro no merece ni la denegacion ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación, y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el SILENCIO ADMINISTRATIVO». Es una suerte que la D.G.S. no siguiera las sugerencias de tan mentecato personaje.
La fama esquivó durante tanto tiempo a Torrente sin duda porque escribía una literatura que, a pesar de sus fuertes raíces hispanas y más concretamente gallegas, tenía un hálito de cultura europea y una libertad imaginativa que no encontraba eco en la espesura verbal y castiza que son características de mucha de nuestra novela moderna. Y es que Torrente es un autor de la especie más rara en las letras hispanas: la de los escritores que se leen sin sufrimiento y con mucho gusto y placer. Quizá este reconocimiento tardío le moviera, en sus últimos años, a escribir demasiado y un tanto apresuradamente. Él mismo se autodefinió siempre como un haragán, y a menudo componía sus textos dictando en un magnetófono. Recibió todos los honores, el Premio Príncipe de Asturias, el Premio Cervantes, el Premio Planeta, el Nacional de las Letras. Este año celebramos el centenario de su nacimiento.