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Gonzalo Torrente Ballester

Falsas naderías

Por Jordi Gracia

«Lo de más es el autor y su libertad inteligente, celada pero no inhibida, para dejarse llevar por donde dicta el estímulo inmediato de un episodio novelesco, de una noticia o una vivencia»

Una auténtica turba de razones confluyen en la dedicación de Torrente Ballester a la prosa quietista y nebulosa de los diaristas, de los cuadernos de notas y observaciones. Pero la más importante de todas es que nunca tuvo el proyecto literario de redactar un diario o un dietario o un libro de horas particulares, como sí ha sido invento de muchos en el último medio siglo (al menos). Quizá ese es un rasgo de fondo que explica la originalidad de su práctica del género, porque no sabríamos bien cómo entenderlo sin saber al mismo tiempo su origen doble: en el arma engañosa del magnetófono y en la colaboración regular en el periódico. Pero esas ¿no son excusas para dar salida conveniente al ensayista que hubo desde el principio en Torrente Ballester? Cuando el autor revisa y selecciona y sobre todo reescribe las grabaciones magnetofónicas que hizo regularmente desde 1961 (las que fueron a parar a los Cuadernos de un vate vago, de 1982) está regresando a materiales que encarnan meditaciones novelescas (sobre sus novelas), biográfico-sociales (cosas que pasan o le pasan) y observaciones crudas, sin adorno ni demasiada retórica.

Esas son las que mejor definen una perspectiva singular sobre el mundo: socarrona, sí, pero miedosa también, o recelosa de todo y de todos, desconfiada y al mismo tiempo ilusionada. Su autorretrato cristaliza a veces con furia en esas páginas grabadas o escritas y es el que más se parece no tanto al novelista cuanto al ensayista, al autor de Literatura española contemporánea o de un libro tan espléndido como El Quijote como juego, que es de 1975. Para entonces lleva ya muchos artículos escritos en la prensa en ese mismo tono de reserva y esquinamiento, de recelo por el mundo nuevo y de recelo también por el mundo viejo, que fue peor. Son las páginas personales y a ratos confesionales que ha ido dejando en el Faro de Vigo desde 1964 (seleccionadas en el abusivo título de Memoria de un inconformista) y que por entonces redacta también para Informaciones. Son las notas en formato de artículo que van a parar también a los aún más frescos y abiertos Cuadernos de La Romana y Nuevos cuadernos de La Romana. Fuese por la vía de la oralidad grabada o fuese por la revisión escrita de lo grabado, la espontaneidad del observador está sometida a la madurez resabiada y ya muy desencantada de un hombre que pasa muy de largo la cincuentena y espera aún hacer su obra literaria. Se siente desatendido sin desmayo por los demás (que no lo celebran ni siquiera tras escribir una novela tan excelente como Don Juan) y sólo al borde de la Transición logrará alguna reconciliación con el nuevo público joven de la futura democracia gracias a La saga/fuga de J. B., de 1972. Las razones de esa desolación están dispersas en los libros que he mencionado, pero es lo de menos: lo de más es el autor y su libertad inteligente, celada pero no inhibida, para dejarse llevar por donde dicta el estímulo inmediato de un episodio novelesco, de una noticia o una vivencia. Son las naderías reales que dan sentido y hondura a un autorretrato intermitente, a menudo autocompasivo y siempre alérgico a la vulgaridad reflexiva.

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