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Gonzalo Rojas

Presentación

Poeta de lo numinoso, como él mismo gusta de definirse, el chileno Gonzalo Rojas (Lebu, 1916) funda su quehacer en la búsqueda del enigma que esconde la realidad, alumbrado fugazmente por el resplandor del relámpago. Desde sus primeros libros —La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977)— hasta las últimas entregas de su extensa y pausada trayectoria —Las hermosas (1992), Río Turbio (1996), La reniñez (2004)—, su poética —larvaria, en sus términos— se fragua lentamente, desde un singular diálogo entre la palabra y el silencio, y son sus signos primordiales el ritmo quebrantado y la pulsión visionaria.

Perteneciente a la generación del 38 —al igual que Nicanor Parra—, se incorporó tempranamente al grupo surrealista Mandrágora, del que pronto se habría de distanciar para seguir su propio rumbo. Ajeno a la búsqueda quimérica de una originalidad que él considera originalismo, se declara transido por la escritura de los clásicos —Arcipreste de Hita, Juan de Yepes, Quevedo, Gracián— y modernos —Baudelaire, Rimbaud, Apollinaire, Celan—, en especial los latinoamericanos: Vallejo, Mistral, Huidobro, Neruda, Borges. «Todos somos coro y vivimos naciéndonos los unos de los otros», declara en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 2004, y en uno de sus últimos poemas afirma con humor que no es poeta telúrico ni órfico, sino lectúrico.

El itinerario poético de Gonzalo Rojas está signado por un elemento: el aire; su itinerario vital, por un permanente deambular: «del aire soy, del aire, como todo mortal, / del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas…», afirma en su poema «Mortal». Desde el pueblo minero de sus orígenes se desplazaría primero por la geografía chilena —Concepción, Iquique, Valparaíso, Santiago, Atacama—, y después por espacios lejanos, adonde lo llevaron tareas diplomáticas —Cuba, China—, o el exilio que sufre a partir de 1973, y que lo aboca a lo que él llama transtierro en un título de 1979 —Alemania, Venezuela, Estados Unidos—, para regresar finalmente a su Ítaca chilena, en 1989, y construirse una casa en el sur de sus orígenes, sobre un río del que toma el nombre: Torreón del Renegado.

Desde entonces los homenajes y reconocimientos se suceden: el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Nacional de Literatura en Chile en 1992, el argentino Premio José Hernández en 1997, el mexicano Premio Octavio Paz en 1998 y el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes en 2003. Todos ellos rinden tributo a su poderosa palabra creadora, cuya poética, de una religiosidad panteísta y heterodoxa, se afirma como fisiológica y sanguínea; es afirmativa y genésica, y se acoge a un lema de Baudelaire —«todos los elegíacos son unos canallas»—, para concluir: «La elegía mía es una elegía despanzurrada, irreverente, llena de amor y llena de desafío» (Sefamí, 1996: 68). Aferrada a la materia, con su ritmo encantatorio explora la otredad, lo numinoso —un concepto heredado de Rudolf Otto y su libro Das Heilige—, que imbrica lo santo al mysterium tremendum y el silencio, y que cristaliza en la imagen obsesiva del relámpago, doble alumbramiento —luz y génesis— siempre inasible, como la llama con que Valéry representara la esencia poética: el poeta la ronda sin poder nunca habitarla. De ahí el balbuceo y el centelleo característicos de los versos de Rojas, donde la palabra se quebranta y se abisma en los territorios de lo arcano —«Juguemos al gran juego de volar / en esta silla: el mundo es un relámpago»—, en tanto el poeta ludens reinventa la infancia desde la reniñez.

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