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Gonzalo Rojas

Aproximaciones al nieto de Quevedo

Por Diego Valverde Villena

Gonzalo Rojas, el poeta de Lebu, el inventor de palabras; el que estira los vocablos y los retuerce y los muda, y les insufla el aliento para darles vida. El que ama a las mujeres desde la punta del pie hasta la punta del cabello. El que las mira, las toca y las besa, y las signa con una palabra en la frente para hacerlas inmunes a la muerte, encantadas.

¿De dónde esa originalidad? ¿De dónde esa fuerza que le permite recrear el mundo? ¿De dónde la luz para llegar al rehallazgo, a la reniñez?

Gonzalo Rojas nació a la poesía al oír, siendo muy niño, la palabra «relámpago». Ese fue el comienzo, el instante fundacional: un fulgor contenido en cuatro sílabas. ¿Y luego? ¿Cuál es la fuente inagotable de la inspiración de Rojas? La curiosidad y la fascinación por el mundo. Rojas nos habla de su interés por leer el mundo. Leer el mundo como si fuera un libro, como decían los cabalistas. Pero también leer los libros porque son el mundo, como diría Pérez de Ayala transmutado en Belarmino y Apolonio.

Rojas, desde el agradecimiento, nos habla una y otra vez de aquellos que han marcado su peregrinaje vital y poético. A esa Bildungsroman que es su literaria vida no le falta ni el maestro alemán: «Jünemann, que me enseñó a leer por dentro el mundo».

Y no hay como conocer bien a los predecesores para ser moderno y original. «Yo estaba en tratos con los clásicos de la antigüedad greco-romana y por supuesto, con los españoles de la edad de oro; y simultáneamente con Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Laforgue, Apollinaire». En cuanto avanzamos por su poesía, la lista de agradecimientos y referencias se hace muy larga. San Juan de la Cruz, Quevedo y Vallejo guardan un lugar de honor. Luego, Paz por encima de todos, y Borges, y Darío, y después sus compatriotas Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, y los dos Pablos, de Rokha y Neruda.

Pero su curiosidad no se detiene en nuestra tradición y nuestra lengua, y así Shakespeare, Pound, Kafka, Breton, Kavafis, Sade, Swedenborg, Artaud, Hölderlin, Blake y Novalis, entre otros, forman parte de sus Lares poéticos. Y Celan, «Si me preguntan quién fue Celan debo decir: yo soy Celan. Tanta es la identidad de dos que silabearon el Mundo en dos lenguas tan remotas, el alemán y el español».

Silabear el Mundo: siempre la preocupación de Rojas por entender el Mundo, por abarcarlo, por descifrarlo. De ahí sus elogios a los físicos, parientes cercanos de los poetas por su precisión y por su afán de comprender, por querer llegar a la raíz y la cifra de todo.

Rojas es tan original, tan peculiar, tan él mismo precisamente por no buscar la originalidad. Por dejar que la poesía de los clásicos fluya a través de sí y se vista de sus vivencias y de su mirada. Rojas cree en un continuum de poetas, casi como lo que apuntaba Shelley en A Defence of Poetry al decir que todos los poemas del mundo son fragmentos de un solo poema infinito creado por todos los poetas del orbe. Dice Rojas, superando influencias y confluencias: «Todo es parte; nos nacemos los unos a los otros en constante nacimiento».

Desde su juventud comienza Rojas ese trasiego de saberes y sentires. Lo que recibe con una mano lo entrega con la otra. A los veinte años aprende latín con Ovidio, Horacio y Catulo. Y poco después lo vemos en la mina, enseñando a leer a los mineros con los textos de Heráclito. Pero, a su vez, él aprende de los mineros; porque Rojas está siempre aprendiendo.

Entre todos los grandes, encuentra una genealogía específica: «También me engendró Vallejo o ¿por qué no? Quevedo más remoto». Y en otro lugar dice también de Vallejo «de él venimos todos, los de allá y los de acá, como antes de Quevedo o Juan de Yepes». Quevedo, Vallejo y San Juan de la Cruz: poetas contemporáneos —entre sí y con nosotros, como todos los clásicos—, poetas de ahora mismo. A pesar de la distancia en el tiempo, tan cercanos. Por eso dice «nuestro Juan de Yepes» o habla de Quevedo «tan entrañablemente nuestro».

De los tres quiero quedarme con Quevedo, pues con él comparte su nieto Rojas tantas cosas. Una es la profundidad enmascarada de juego. El tono alegre, el gracejo, esconde el bisturí que abre la carne para llegar a los asuntos fundamentales de la vida. Al meollo de las cosas, al verdadero significado del mundo.

La manera de usar el lenguaje es la misma. Esa manera de forjar la palabra, de ponerla al rojo vivo y de tornearla hasta el extremo deseado, como se trabaja el hierro en la herrería. Incluso el léxico, como en Jorge Millas, con el dialecto de los campesinos de Chiloé «que hablan el español del siglo xvi». Pero sobre todo esa sintaxis tan barroca, «Ha el corazón tramado un hilo duro» o «Lo ha en su latido palpitado todo» (en Julio Cortázar). Y esa ductilidad tan germánica de las palabras, que saltan suavemente entre categorías, sin límites, parte verbo, parte sustantivo, parte adjetivo: «naricear/ cartílago adentro el plazo de su/ aire, y así ojeando orejeando». Esa valentía barroca en el trato con la palabra: una palabra en cambio constante para mejor captar y abarcar al cambiante mundo.

Mucho hay de barroco en Rojas: un barroco palpitante y renovado que se sumerge en la vida, en lo hermoso y lo horrible, lo sublime y lo cotidiano. Y que busca a Dios. Porque, como anotó Lêdo Ivo, «Deus é barroco».

Como «su» Quevedo, Rojas se encuentra atrapado entre lo divino y lo humano (o lo divino humano, como en Das Heilige). Como su Quevedo puede decir: «Nada me desengaña: el mundo me ha hechizado». Como Quevedo se bate a diario con el Amor y la Muerte.

El Amor y la Muerte: los dos temas fundamentales de Rojas, quizá las dos caras de la misma moneda. Su segundo libro se llamaba Contra la muerte, y él nos confiesa: «cuanto he escrito y desescrito en este Mundo [...] ha sido un diálogo con la que siempre esta ahí». La Muerte, esa muerte pelirroja como todas las mujeres puestas al fuego de Trece cuerdas para laúd.

¿Y qué decir de las mujeres del amador Gonzalo? Son los espejos que le pone la vida a su paso. Son múltiples, son la misma: «te dijera española / mía, francesa mía, inglesa, ragazza, / nórdica boreal, [...] ¿griega, / mi egipcia, romana / por el mármol? / ¿fenicia, cartaginesa [...]?» Tienen diversos rostros pero la misma fuerza, la misma atracción. Todas son parte de la clave para entender el Universo. Todas son parte de la clave para que Gonzalo Rojas se comprenda a sí mismo. ¿O sólo una?: «no poder amar / trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, / a esa una que me diste en el viejo paraíso».

¿Qué se ama cuando se ama? Esa es la pregunta del peregrino Rojas mientras busca a esa mujer de cambiante nombre, esparcida en muchas por todo el orbe, por toda la historia. Todas pelirrojas —lo supo Klimt— puestas al fuego de su palabra.

Mujeres que se vuelven palabra, o palabras de alma femenina. «Las toco, las huelo, las beso a las palabras». Palabras sobre las que trabaja, sílaba a sílaba, con l’ostinato rigore, para hallar su secreto, para encontrar la vida que ellas guardan.

Gonzalo Rojas: personaje, teólogo, loco, bronce, aullido de bronce. De la estirpe de Quevedo, sobrino de Vallejo, ahijado de Celan. Sangre de poeta, él, hasta la última gota.

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